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domingo, 15 de diciembre de 2019

EN LA CIUDAD LÍQUIDA CON MARTA REBÓN


En la ciudad líquida de Marta Rebón en Málaga, otra ciudad líquida. Fotografía: Lucía Rodríguez

Durante unos días me he dejado poseer por la voz y la mirada de Marta Rebón. Sin oponer resistencia, me he sumergido en las páginas de En la ciudad líquida; en la corriente de sus palabras, que te arrastran por el texto como por las aguas de un río o te llevan a la deriva en un mar en calma. Aguas próximas a las orillas, en cuyas superficies se reflejan las ciudades líquidas.
Cuando estudiaba Eslavas, después de jornadas en que casi me rompía la crisma debido a los traspiés que daba por los vericuetos de la lengua rusa, recuerdo que a menudo tenía pesadillas. En concreto eran dos, y ambas compartían escenario: San Petersburgo, la metrópoli que el zar Pedro I erigió hace algo más de tres siglos en una marisma inhóspita junto al mar para poner coto al dominio de los suecos y abrir las ventanas de Rusia de par en par a la ciencia, la cultura y la moda de Europa. En el primero de esos sueños inquietos, me encontraba perdida en la ciudad sin lograr hacerme entender por ningún viandante, pues cualquier frase que balbuceaba obtenía por respuesta una mueca de infinita incomprensión. En otro de esos desvaríos nocturnos cobraban vida las avenidas, los palacios y los puentes que el emperador ruso mandó edificar sobre el agua a arquitectos extranjeros. Un colosal monstruo de granito, mármol y hierro forjado me perseguía sin tregua hasta que yo despertaba con alivio. De estas visiones alucinadas tenía la culpa un puñado de escritores que, inspirándose en la ciudad líquida, crearon la imagen de una urbe fantasmagórica en que el ensueño constituía una realidad tangible, y cuyas calles, más que la morada de personas de carne y hueso, daban la impresión de ser el telón de fondo ideal para una secuencia de escenas literarias.
 Empecé a pasar algún verano que otro en la ciudad más premeditada del mundo cuando aún eran muy visibles, tanto en los comercios casi desiertos como en los rostros pétreos cual pisapapeles de sus habitantes, la hecatombe económica y la profunda herida emocional causadas por la disolución de la Unión Soviética. La ciudad, en lugar de emerger de las aguas, parecía un barco a la deriva a punto de hundirse en el Nevá. Arrojados al capitalismo sin un manual de instrucciones, quienes un día fueron leningradenses parecían cautivos en una jaula dorada hecha de una profusión de fachadas barrocas, neoclásicas, modernistas y estilo Imperio, aderezadas con un sinfín de columnas, pilastras, frisos y cariátides.
Las cinco esquinas, San Petersburgo
Fotografía: Ferran Mateo
***
Las calles de Oporto, salpicadas de cabinas rojas como las londinenses, siempre te arrastran hacia el río. Sigues los dibujos geométricos de la calçada, lees las tipografías y los rótulos antiguos de los comercios. Oporto es como un verso que espera paciente la siguiente rima. No tiene prisa, incluso el tiempo parece llegar tarde.
 […] La ciudad se movía como un barco. No. Tal vez el suelo se abriera en alguna parte. No. Era el mareo. La despedida. No. La ciudad tal vez fuera de agua. ¿Cómo sobrevivir a una ciudad líquida?
 En Oporto te atrapan el graznido de las gaviotas, el vapor de las máquinas de café, el silencio condensado en las pequeñas librerías…
 La ciudad parecía de cristal. Se movía con las mareas. Era un espejo de otras ciudades de la costa.
 Los habitantes de Oporto tienen branquias y la ciudad se mueve como un barco a la deriva.
 En los primeros compases de En la ciudad líquida, Marta Rebón, que es una de las más importantes traductoras españolas del ruso, nos narra sus inicios en el mundo de la traducción, esa profesión que te permite "trabajar por cuenta propia, estar rodeada de libros y tener un ordenador portátil a modo de oficina, con libertad plena para viajar".
Un día, desde la precariedad de mi mesa de becaria en una agencia de Barcelona, escribí a Jorge Herralde y me ofrecí como traductora de ruso para su editorial. Estudiaba las últimas asignaturas de Filología Eslava –hoy ya una carrera inexistente– y no veía la hora de sacudirme el polvo de las aulas universitarias.
Atrezzo, Mosfilm, Moscú
Fotografía: Marta Rebón – Ferran Mateo
***
Cuando empecé a pasar textos literarios de una lengua a otra, ignoraba que ocuparse de traducir libros es como enfundarse a diario el mono de buzo. Hay que sumergirse en las profundidades de una voz ajena que, si es lo suficientemente embriagadora, sugestiva e inteligente, logra hundirte en una placentera suspensión del tiempo, como si flotaras en una suerte de líquido amniótico. Si emerges a la superficie antes de lo previsto, la sensación es de un acusado malestar. Los enemigos de la inmersión son los ruidos, las llamadas y los estímulos externos que te expulsan violentamente de ese estado de ingravidez. En la ascensión vertiginosa se produce una brusca descompresión. El traductor es un escafandrista, un hombre rana que, pertrechado de diccionarios a modo de linterna y de fusil submarino para alumbrar y cazar palabras, trabaja en las entrañas de un mar de letras, perdido en remolinos de frases o sumido en un pozo de dudas. Lleva zapatos con suelas de plomo y un cinturón de lastre para no asomar fácilmente al exterior.
 Durante años disfrutó "de los chapuzones diarios en las alborotadas aguas rusas"; sin embargo, Marta Rebón concibió ese trabajo como la antesala de la escritura. Algo nada disparatado pues, al fin y al cabo, como bien dice ella, ambas actividades "son ramas de un mismo árbol", y "muchos autores aprendieron su oficio haciendo traducciones, y viceversa".
Quería escribir sin saber del todo bien de dónde venía ese interés y si solo obedecía a una temprana afición a la lectura. […] Entendía, pues lo había experimentado frente a la hoja en blanco, que ponerse a escribir sin haber acumulado vivencias, lecturas y horas malgastadas carecía de sentido. Me apetecía viajar. […] Lo que a mí me seducía del viaje, no obstante, era más bien esta idea de Rilke: "Para dar a luz un solo verso hay que haber visto muchas ciudades, hombres y cosas, hay que conocer los animales, hay que sentir cómo vuelan las aves y saber con qué ademán se abren las flores pequeñas al amanecer". […] De entre todos los tópicos literarios, pocos me atraen tanto como el del homo viator, el hombre como viajero. El que viaja suele sentir la necesidad de escribir el viaje y de homo viator pasa a homo scribens.
 "En el trabajo de los traductores hay una suspensión de la propia voz para ponerla al servicio de un autor", de ahí que tuviese tanto interés en descubrir la verdadera voz de Marta. Y he de decir que me encanta, pues fluye de manera natural, sin artificios, nada pretenciosa.
 Y encima Marta Rebón ama dos de las cosas que más amo: los viajes y los libros, de ahí que por las páginas de En la ciudad líquida asomen tantos lugares y se citen tantísimos libros y autores.

Sala circular, Biblioteca Nacional Rusa, San Petersburgo
Fotografía: Ferran Mateo

 Y mientras Marta va desgranando sus afinidades literarias, enhebrándolas entre ellas, o con ciudades y países, a uno le dan ganas de agarrar un lápiz y un papel y hacer uno de esos diagramas sagitales que poblaban los libros de matemáticas del colegio.
Bruce Chatwin, el infatigable escritor de viajes cuya vocación literaria estaba íntimamente ligada a ese mal, según Pascal, de no ser capaz de estarse tranquilamente sentado a solas en una habitación, se preguntaba por qué los hombres vagan por la tierra en lugar de quedarse quietos. El inglés, que en un lúcido autodiagnóstico confesó padecer eso que Baudelaire llamaba la gran maladie: horreur du domicile, recogió en Anatomía de la inquietud una reflexión del historiador árabe Ibn Jaldún acerca de la inocencia original que persigue el viajero: "Los nómadas están más cerca del mundo creado por Dios y más lejos de las costumbres censurables que han infectado los corazones de los asentados".
 En el segundo capítulo aterrizamos con Marta en Ecuador en el último trimestre de 2009, con "casi dos mil páginas en ruso para traducir en los próximos" trece meses. Marta "en la línea del ecuador, en la ciudad de la eterna primavera", traduciendo una novela que "transcurría en la nevada estepa rusa" y que no era otra que la aclamadísima El doctor Zhivago de Borís Pasternak.
Hacia el este estaba el valle, recordatorio de que no muy lejos de allí nacía la selva tropical, aunque una parte de mí tenía que vivir aún más al este, en Rusia, mirar por la ventana como lo había hecho Pasternak en su dacha de Peredélkino…
Escritorio de Borís Pasternak, Peredélkino
Fotografía: Ferran Mateo

 Es curioso, pero fue la traducción de esta novela, publicada por Galaxia Gutenberg en octubre de 2010, la que nos hizo contactar a través de las redes, a Lucía, a mi hermano y a mí, rendidos admiradores de su arte –pues qué es sino una buena traducción–.

El Doctor Zhivago, óleo sobre tabla (20 x 20)
Obra de Lucía Rodríguez Vicario

 Lucía escribió una entrada en su blog Manchando lienzos manejando colores* sobre pintura y literatura rusa, en la que hacía mención a El doctor Zhivago, libro que leyó durante uno de esos veranos que pasamos en Casarabonela. Al terminarlo escribió otra entrada que llevaba por título Aventuras con libros rusos y con las personas que los traducen**, y se la envió a Marta. Ella contestó y, a partir de ahí, intercambiamos periódicamente algunos correos, uniéndose a los mails mi hermano Marcial, que, como ya les he dicho más arriba, es un fervoroso seguidor de sus traducciones.

*http://luciarodriguezvicario.blogspot.com/2012/08/los-rusos-llegaron-para-quedarse.html

**http://luciarodriguezvicario.blogspot.com/2013/08/aventuras-con-libros-rusos-y-con-las.html

En la ciudad líquida de Marta Rebón en el puerto de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En 2018, Marta vino a Málaga a presentar En la ciudad líquida en el Museo Ruso, dentro de la programación cultural en torno a la exposición La mirada viajera, Artistas rusos alrededor del mundo, y allá que fuimos los tres para conocerla en persona.

Marta Rebón, junto a Pablo Aranda, en el Museo Ruso de Málaga
Fotografía: Ñito Salas

Programación en torno a la exposición La mirada viajera. Artistas rusos alrededor del mundo
Museo Ruso de Málaga, 2018

 Aún conservo la cartela del acto, y al mirar la fecha he visto que fue el 14 de marzo de 2018. Lo que no me hace falta mirar es quién presentó a Marta. Fue mi amigo Pablo Aranda, escritor y director del Aula de Cultura del diario Sur, que, como siempre, estuvo brillante y divertido, manteniendo con ella un diálogo de los más ameno. Al terminar, mientras hacía cola para que me firmase un ejemplar, estuve hablando con él de su nueva novela, La distancia, que llegaría a las librerías en mayo de la mano de Malpaso, y sobre la que ya escribí en este blog*.

*https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2018/10/de-la-ultima-novela-de-pablo-aranda-el.html

 También conversamos acerca de escritores rusos y de las últimas traducciones de Marta. Mi hermano temía que ella, ahora que se había convertido en escritora, dejase de traducir, y, cuando nos llegó el turno, le rogó que no lo hiciera. Recuerdo que mi hermano le preguntó si las traducciones eran propuestas por las editoriales o si ella podía hacer alguna traducción de una novela que le gustase y ofrecérsela luego a una editorial. Marta le dijo que imperaba lo primero, pero Marcial, que se había divertido mucho leyendo Muerte con pingüino, de Andrei Kurkov, le pidió que tradujese algunas de sus obras, pues sólo existía esa en castellano. Marta se apuntó el título (al igual que Pablo) y le dijo que curiosearía en internet el resto de la obra de Kurkov. Y he aquí que, no sabemos si por la insistencia de mi hermano o por azares editoriales, que Blackie Books publicó este año El jardinero de Ochákov, una divertida y lúcida sátira de Kurkov sobre el antiguo régimen soviético, con traducción, claro está, de Marta Rebón.

https://www.blackiebooks.org/catalogo/el-jardinero-de-ochakov/
Las pasiones literarias se rigen por fuerzas gravitatorias misteriosas. Algunas son tan potentes y su atracción es tan grande como las que ejercen los agujeros negros, esas regiones del espacio-tiempo de las cuales ni siquiera escapa la luz. Schopenhauer clasificó a los escritores comparándolos con cuerpos celestes: estrellas fugaces, astros errantes y planetas. Los primeros son un deleite momentáneo, atraen nuestra atención el tiempo que dura un fogonazo. Los segundos brillan con intensidad, pero solo para sus contemporáneos o compañeros de órbita, y por un tiempo limitado. Por último, invariables en el firmamento, están los planetas. No pertenecen a una sola galaxia o sistema, sino al universo entero.
 Como a Marta, a mí también me gusta "pasear por las mismas calles que recorrieron los artistas que admiramos, sentarnos a su mesa, mirar por las ventanas de sus escritorios, tomar un café en el local que frecuentaron y entrar en las habitaciones donde los embargó la felicidad más inmensa o una tristeza desconsolada".  Visitar sus tumbas para rendirles homenaje: dejar unas flores, unos cigarrillos o un trago de alcohol.

Fosa común donde descansan los restos de Isaak Bábel, Moscú
Fotografía: Marta Rebón

Tumba de Lev Tolstói en Básnaia Poliana
Fotografía: Marta Rebón

 Marta no se limita a los escritores, y cita a cineastas, fotógrafos, pintores y músicos, llenando las páginas de nombres asociados a una historia o a una anécdota. Y encima lo ilustra con fotografías: imágenes suyas y de Ferran Mateo, su pareja sentimental y artística, con el que ha expuesto en Moscú, La Habana, Barcelona, Granada y Tánger. Me gustan sus instantáneas, sobre todo las que se muestran a doble página. Detienes la lectura, contemplas un paisaje, una calle, el interior de una biblioteca, un museo o una casa y te zambulles de nuevo en el libro.

Ksar de Ait Ben Hadu, Marruecos
Fotografía: Marta Rebón

La habitación y media, San Petersburgo
Fotografía: Ferran Mateo

Biblioteca Nacional Rusa
Fotografía: Marta Rebón

 En la ciudad líquida Marta Rebón va enlazando una historia con otra, deteniéndose aquí y allá para hacer una digresión, cambiar de escenario o de época, haciendo que la lectura sea muy placentera.  En unas páginas podemos estar en Siberia con Dostoievski y en otras en Marruecos con Saint-Exupéry, Burroughs, Chukri, Paul y Jane Bowles.
Sea cual sea la hora a la que os hayáis ido a la cama, o si ni siquiera habéis dormido, el Gran Café de Paris os espera con sus butacas de cuero marrón orientadas en su mayoría a la calle para disfrutar del espectáculo urbano: rostros, colores, retazos de conversaciones en una multitud de idiomas. En la ciudad blanca nunca se hace dos veces el mismo recorrido. En una de sus mesas tu amigo, el fotógrafo lisboeta Daniel Blaufuks, te dijo que los camareros eran los mismos desde hacía décadas. El portugués cumplió con un peregrinaje habitual entre los extranjeros interesados en el mito de Tánger y viajó a la ciudad para conocer a la persona que más alimentó, aun sin quererlo, esa leyenda. Le atraían los libros de Paul Bowles, pero sobre todo su vida. Se presentó en el inmueble Itesa y llamó a su puerta con el pretexto de tomarle algunos retratos para una publicación. Al contrario que otros colegas, le dijo que no tenía prisa, algo que sin duda sorprendió gratamente al americano. Por las tardes acudía a visitarlo, lo acompañaba al mercado y a la oficina de correos. Gracias a esa cotidianidad compartida, pudo fotografiarlo con una calma que se percibe en sus instantáneas en blanco y negro. Para el visitante de Tánger, sobre todo el occidental todos los caminos acaban por conducir a los Bowles, a Paul y a Jane.
Paul Bowles en su escritorio (1990)
Fotografía: Daniel Blaufuks

 Tánger, Tarfaya, Cagliari, Tiksi, Moscú, San Petersburgo, Sajalín, Quito, Oporto…, donde sea, las palabras de Marta siempre son como un abrazo cálido. Ojalá no deje de traducir a los rusos, pero tampoco de escribir libros como este.

 Y como me gustan las entradas ríos, quiero terminar esta con las fotos de Daniel Blaufuks, más sabiendo que Marta sigue viviendo a caballo entre Barcelona y Tánger, donde la vida es más barata y el canto del almuecín te llega como una ensoñación en la madrugada.

Pessoas en la ciudad (Tánger)
Fotografía: Daniel Blaufuks

Flores en la cama (Tánger)
Fotografía: Daniel Blaufuks

Paul Bowles (Tánger)
Fotografía: Daniel Blaufuks

Fin del día en Tánger
Fotografía: Daniel Blaufuks

Viejo con ventanas
Fotografía: Daniel Blaufuks

My Tangier, fotolibro de Daniel Blaufuks y Paul Bowles
(1991)

 Ferran Mateo también me recomienda otros dos fotolibros del fotógrafo lisboeta: Terezín y Sob céus estranhos, uma história de exilio. A ver si alguien se anima a traducirlos y los publican en castellano.

Fotolibro Terezín
Daniel Blaufuks

Fotolibro Sob céus estranhos
Daniel Blaufuks

 Gracias mil a Marta Rebón, Ferran Mateo, Daniel Blaufuks y Lucía Rodríguez por proporcionarme las fotos para la elaboración de esta entrada.

domingo, 28 de octubre de 2018

EL LAGO IFNI


Hussein y Pedro Delgado (Matt en el relato) en el Tizi Ouanoums
Verano de 1999. Fotografía: Pastor bereber
"(...) y las serenas aguas del lago asomaban allá lejos, por entre las montañas".

   Un sendero tortuoso y empinado les llevó hasta el Tizi Ouanoums. El puerto, a 3.664 metros de altura, era impresionante. La vaguada, en primer término, estaba dominada por escarpes caídos de varios metros de altura, y las serenas aguas del lago asomaban allá lejos, por entre las montañas. Matt se sentó sobre un peñasco para disfrutar de la panorámica, mientras el guía, en cuclillas, encendía un pitillo.
   ⎯¿Cómo puedes fumar ahora? A tu edad, cualquiera se tumbaría como una mula cansada.
   Hussein se encogió de hombros y, sin despegar sus agrietados labios, le brindó una sonrisa por respuesta. Tenía el rostro seco y enjuto, surcado por mil arrugas, y, como casi todos los habitantes de aquellas montañas, no tenía ni un gramo de grasa superflua. Matt se subió el cuello de la chaqueta y se frotó las palmas de las manos, pues soplaba un viento desagradable.

   Al iniciar el descenso de la garganta, estrecha y llena de acumulaciones de rocas, el lago desapareció y el andar se volvió cansino, ya que la pendiente era muy pronunciada, y la senda, que desembocaba en un cono de deyección, serpenteaba continuamente. Sólo cuando el cauce se ensanchó, volvió a verse el lago.

"Sólo cuando el cauce se ensanchó, volvió a verse el lago".
Lago Ifni, verano de 1999. Fotografía: Pedro Delgado

   Cuando llegaron, faltaba poco para que las cumbres ocultasen el sol. Matt nunca lo imaginó tan grande, y durante unos minutos quedó absorto en su contemplación. El lugar, situado en un altiplano encerrado entre altas paredes, tenía embrujo, un halo mágico que se podía palpar. Sin duda, aquel era uno de los sitios más bellos del Atlas. Matt calculó sus dimensiones: unos 400 metros de largo por 250 metros de ancho, aproximadamente.
   ⎯Vamos, no podemos perder el tiempo ⎯le dijo Hussein tirándole de la manga⎯. Hay que buscar un sitio sin piedras para dormir.
   Aquello resultó una tarea difícil, pues el suelo estaba cubierto de guijarros y pedruscos de todos los tamaños. ¡Millones de ellos! En algunos sitios, donde los habían amontonado formando pequeños parapetos circulares, el piso estaba limpio de cantos, pero a esas horas ya los habían ocupado las tiendas de campaña de otros excursionistas, así que les tocó a ellos hacer una limpieza manual del terreno, extremando las precauciones por temor a los escorpiones.
   Al terminar, Matt decidió darse un baño.
   ⎯¿Te vienes? ⎯le preguntó a Hussein.
   ⎯¿Estás loco? El lago está infectado de djnoun: genios y diablos que podrían arrastrarte a sus profundidades.
   ⎯Bueno... Tú te lo pierdes.
   El agua no estaba muy fría y la entrada caía casi en vertical. Según el libro que llevaba Matt en la mochila, su fondo tenía una profundidad de cincuenta metros, aunque según Hussein, éste no tenía límites.

"El agua no estaba muy fría y la entrada caía casi en vertical".
Pedro Delgado (Matt en el relato) bañándose en el lago Ifni. Verano de 1999
Fotografía: Hussein

   Nadó hacia el centro, pero a medio camino tuvo que detenerse a recuperar el aliento. Durante unos pocos minutos se quedó allí flotando, observando las montañas que lo rodeaban: estaban tan erosionadas que parecían estar a punto de desmoronarse. El silencio, casi sobrenatural, podía cortarse. Un cascote debió de desprenderse y arrastró ruidosamente un montón de piedras hacia el lago. El deslizamiento terminó rompiendo su superficie y el estrépito se transmitió por todas partes. Un terror casi infantil, absurdo e irracional se apoderó de Matt, y se descubrió nadando como un loco hacia la orilla, temeroso de sus profundidades y de los espíritus que la habitaban.

   En el momento en que las primeras estrellas aparecieron en el cielo, la luna comenzó a trepar hasta asomar por encima de ellos, bañándolos con su luz blanquecina. En contraste, el lago, profundamente silencioso, pareció oscurecerse más. Matt y su guía viajaban ligeros de equipaje, sin mula ni tienda, así que, tras la cena, tan sólo tuvieron que extender sus esterillas y meterse en sus sacos.
   Hacía rato que Matt dormía cuando le despertó el sonido de una flauta. La música llegaba desde el lago. Se reincorporó y miró hacia la orilla. Un hombre, sentado sobre una roca, tocaba de cara al agua. La melodía se interrumpía a ratos, para dar paso a un canto triste y repetitivo.
   ⎯Hussein..., Hussein... ⎯susurró el inglés.
   Hussein se dio la vuelta y sin abrir los ojos le preguntó:
   ⎯¿Qué pasa?
   ⎯Es esa música... ¿Quién es el hombre que toca?
   ⎯Es Brahim Ramani, un rays.
   ⎯¿Un rays?
   ⎯Sí. Un músico ambulante.
   ⎯¿Y por qué toca a estas horas?
   Hussein abrió los ojos. Parecía molestarle tanta curiosidad.
   ⎯Porque está loco ⎯le dijo llevándose un dedo a la sien⎯. Su hijo se ahogó hace unos años en el lago y, desde entonces, viene a tocarle todas las noches ⎯le explicó⎯. El niño tenía miedo de la oscuridad.
   A Matt súbitamente le invadió una pena infinita, acompañada de cierta opresión en el pecho.
   ⎯Pobre hombre... ⎯alcanzó a decir.

   Cuando Matt se despertó a las seis, el cielo se estaba llenando gradualmente de claridad, y pudo ver cómo la cumbre que cerraba el lago al este recibía sus primeros rayos de sol, adquiriendo una tonalidad dorada. Más abajo, a la derecha, la tumba de Sidi Ifni apenas se percibía. Hussein le había dicho que cada ocho de agosto, los fieles peregrinaban hasta ella para conmemorar su muerte, y la música y la algarabía resonaban por todo el valle. Sin embargo, a aquellas horas tan sólo se oía el murmullo del agua que, empujada por la brisa, chocaba suavemente contra las piedras de la orilla.

Pedro Delgado (Matt en el relato) tras vivaquear en el lago Ifni
Verano de 1999. Fotografía: Hussein

   Matt se incorporó y miró incrédulo a su alrededor. No podía creer que estuviesen solos. De madrugada, un confuso ruido de voces y el trasiego de las mulas le habían despertado, pero entonces no podía imaginar que fuesen a marcharse todos tan temprano. Bueno, quedaba Mohamed, el vendedor de té y refrescos cuyo establecimiento era un minúsculo refugio de piedras. A él le encargaron una tetera para el desayuno, que acompañaron con pan y mermelada de higos. Luego, Hussein se quedó conversando con él, y Matt se acercó al lago para lavar la ropa.

   Fue al agacharse en la orilla cuando se acordó del músico. Y entonces, decidió no profanar más aquellas aguas.


Pedro Delgado Fernández
El lago Ifni (Carta desde el Toubkal)



Nota: El lago Ifni está incluido en Carta desde el Toubkal, libro de relatos ambientados en Marruecos que fue finalista del VII Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventura del año 2005. Esta entrada va enlazada con el post "De la última novela de Pablo Aranda, el Toubkal y el lago Ifni", pues en La distancia Pablo hace referencia a este cuento.

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2018/10/de-la-ultima-novela-de-pablo-aranda-el.html


 Si quieren leer más relatos de Carta desde el Toubkal pueden hacerse con un ejemplar en los siguientes enlaces:

https://www.libreriaproteo.com/libro/ver/id/1578270/titulo/carta-desde-el-toubkal.html

https://www.libreriadesnivel.com/libros/carta-desde-el-toubkal/9788416021536/

https://www.llibreriahoritzons.com/es/busqueda/listaLibros.php?tipoBus=full&palabrasBusqueda=carta+desde+el+toubkal

https://www.altair.es/es/autor/delgado-fernandez-pedro/

 También pueden adquirirlo en su librería habitual (si no tienen existencias que lo pidan al distribuidor).