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lunes, 1 de julio de 2024

TODO ACABA EN MARCELA: LA NOVELA NEGRA DE SERGIO BARCE


Todo acaba en Marcela, de Sergio Barce
Coleccion Criminal de Ediciones Traspiés
Fotografía: Lucía Rodríguez

Alguien me dijo que el 'thriller' criminal y la novela negra están de moda, y yo le repliqué que llevan de moda muchos años pero que quizás esa manera de narrar que vemos en las series y en el cine había terminado frivolizando la violencia, convirtiéndola en algo entretenido. Sin embargo, la nueva novela de Sergio Barce, Todo acaba en Marcela (Ediciones Traspiés, 2024), nos produce el efecto contrario, ya que desde las primeras páginas transmite a la perfección el horror y la crueldad de la que somos capaces los seres humanos.

 Estaba sentado al volante de la Kangoo. Llevaba poco tiempo ahí, pero la cabeza era un torbellino que no cesaba de machacarlo. No sabía qué hacer con su madre, que iba perdiendo la memoria poco a poco, que no quería ingresar en ningún centro y que se empeñaba en continuar viviendo sola, pero sí lo que iba a hacer con Marcela. Solo pensar en ella lo dejaba más noqueado que los golpes de Puma Negro. Junto a Marcela creyó que acabaría siendo otro hombre, lo deseó con vehemencia, con la única pretensión de hacerla feliz. Con el tiempo, todos esos castillos construidos en el aire se fueron desmoronando poco a poco, porque Teo huele a carburante y el mal olor acaba por aparecer cuando tratamos de disimularlo con perfumes baratos. Y ahí estaba ahora, atormentándose con la premeditación de un suicida, sujetando el volante como para evitar que su cuerpo escapara de la furgoneta.
 Tomó aire varias veces tratando de calmarse, pero acabó por abrir la guantera y sacó una gorra del Unicaja. Se la guardó en un bolsillo, saliendo del vehículo, y luego se palpó el martillo que llevaba en la muslera del mono, mirando a un lado y a otro varias veces antes de dirigirse al portal de Marcela. Lo único que quería era quitarse de encima ese zumbido que lo martirizaba. A cada paso notaba un nuevo bombeo de ansiedad, un subidón de la polla a las sienes, de los cojones a las neuronas, como recargando las pilas de su lado oscuro. Respiraba con dificultad notando los pulmones henchidos de rabia. Y, mientras subía las escaleras, continuaba pensando, enfermizamente. Hubiera querido arrancarse la cabeza y arrojarla lejos para no escuchar esa voz que barrenaba y barrenaba. Hacía ya años desde que ella lo abandonara, pero desde aquel mismo instante se instaló la sospecha, esa lujuriosa mancha capaz de hacer cambiar de piel a cualquiera, igual que un tumor maligno que no se manifiesta en años, creciendo en silencio, asentando sus raíces en cada célula hasta que decide asomar la cabeza cuando ya nada ni nadie puede extirparlo. Siempre dudando de si ella no le habría puesto los cuernos antes de cortar. Imaginar ser un cabrón no entraba en sus diez mandamientos. Él, que solo pensaba en ella mientras Marcela tal vez pensaba en otro hombre al que quizá se lo tiraba mientras él estaba de grasa hasta las cejas. Ese resentimiento anquilosado en su cerebro. Hasta hoy.

 Antes que nada, debo reconocer que no soy fan del género policíaco o de la novela negra, es decir que, con la salvedad de algunos títulos clásicos, no suelo leer ni ver series o películas de este tipo. Sin embargo, la amistad que me une a Sergio y el saber las horas y el trabajo que hay detrás de cada novela, me hizo querer leerla de inmediato, más después de asistir a su presentación en El Tercer Piso de Proteo.

 Imagino lo difícil que habrá sido para Sergio meterse durante tantos meses en la piel de un psicópata tan peligroso como Teo. Convivir con él a diario, por la mañana, por la tarde y por la noche; pues cuando uno escribe una novela, los personajes te acompañan las veinticuatro horas del día.

 El protagonista de Todo acaba en Marcela es uno de esos hijos de puta que muchos años después de separarse de su pareja, envenenado por el resentimiento, decide acabar con ella cuando rehace su vida con otro hombre. A pesar de tener una orden de alejamiento, Teo mata a Marcela a martillazos nada más iniciarse la novela, en una escena que nos da mal cuerpo y nos revuelve el estómago. Y a partir de ahí, ese otro hombre, el inspector Iván Sotogrande, aquel con el que Marcela pensaba casarse, se pasará el resto de páginas buscando como un espectro –como ese «muerto en vida en el que se ha transformado en apenas veinticuatro horas»– a Teo para vengarse; aunque para ello tenga casi al final que cruzar el Estrecho y perseguirlo por Marruecos.

Ya tiene la información que necesitaba, la confirmación de lo que ya sospechaba. Teo el Bizco camino de Marruecos, como si cruzar el estrecho pudiera ponerlo a salvo de la ira divina. Entonces Iván deja al inspector Sotogrande con sus cavilaciones y se incorpora con una sola idea en la cabeza, una idea que no compartirá con nadie en el mundo, como si fuese el mayor de los pecados. Es el mayor de los pecados.

 Supongo que ante el arranque de esta novela habrá dos clases de reacciones o de lectores: los que cierren el libro asqueados tras la escena inicial, por la crudeza y porque presientan que el relato se centra en el asesino, y los que decidan continuar la lectura y comprobar que el autor tiene con la víctima la mayor de las empatías, que describe el drama humano de muchas mujeres y desdibuja los límites de la novela negra con otros géneros como el wéstern, cuando los protagonistas llegan a la destartalada población de Khemis Sahel, el thriller se torna rural y asistimos a ese duelo final en el granero, en unas páginas que resultan lisérgicas y de lo más cinematográficas (por favor, que nadie les desvele nada del final porque les destrozaría la experiencia).

 Desde aquí, los animo a atreverse y enfrentarse a la lectura. Si lo hacen, sentirán incomodidad en algunos momentos, pero esta se verá ampliamente recompensada conforme pasen las páginas.

 Es un cliché que los asesinos tengan cara de asesinos, pero un tópico siempre encierra algo de verdad, y en este caso, Teo es un tipo del que nos alejaríamos nada más verlo. Psicópata, narcisista, violento y mal encarado, regenta un taller de coches en Málaga, donde se desarrolla la mayor parte de la novela. También hay lugares comunes, igualmente no por ello menos veraces, en algunos de los comisarios, subinspectores e inspectores de la comisaría provincial, que tratan de dar con Teo antes que Iván para evitar el desastre. Pero todos los personajes son sólidos y coherentes. De entre ellos destacaría a Kaspárov, que se mueve como un viejo de  noventa años, y a Sadik Oubali, ese comisario tangerino que espero rescate Sergio para otras novelas.

 Los tres se miraban. Los matones esbozando sonrisas que no tenían ninguna gracia. Te llamas Kaspárov, repitió ahora el otro, el que no se había movido de la silla. Su pronunciación era más que aceptable. Sí, así me llaman, le respondió mirándole las manos. Eran llamativas, grandes, con un anillo en cada dedo. Diez anillos de oro como si fuesen dos puños de hierro dorados. Pero no eres ruso, añadió con una pizca de ironía. Soy del Llano de la Trinidad, le soltó levantando los ojos, preguntándose si esos dos serían los que le habían partido las piernas a la Tani y los que se la iban a partir a él.
***
(...) Alguien le ofrece un taxi en perfecto castellano, pero no le presta atención. Iván busca por encima de las cabezas de los que le rodean y entonces lo ve, y se dirige a su encuentro sorteando a los viajeros, a los maleteros, a los guías. Sadik se quita las gafas de sol al descubrir a Iván avanzar a su encuentro. Hola, Sadik. Y Sadik, le responde hola, jay. Assalam' aleikum. Se besan. Lo siento, añade. Y luego se abrazan. A Sadik se le saltan las lágrimas, pero Iván no se inmuta.
 Tengo el coche aquí al lado, le dice al separarse de él. Lo sigue un paso más atrás, fijándose en la figura de Sadik Oubali, sus hombros caídos, su andar desgarbado. Viste un traje gris y camisa blanca sin corbata. Saluda a un gendarme que se cuadra llevándose una mano a la visera de la gorra. Sadik es un hombre de unos cuarenta y pocos años, de cabello rizado y negro, con un bigote a lo Clark Gable, pasado de moda, y pómulos marcados. Aparenta un equilibrio que Iván sabe que es real. (...) ¿Cuánto hace que no nos vemos?, le pregunta. Unos cinco años, más o menos. Iván apenas hace el cálculo y lo dice al azar. Sadik menea la cabeza de un lado a otro. Diez años.  Ya han pasado diez años. Al principio no es capaz de asimilarlo, pero luego se da cuenta de lo rápido que ha transcurrido el tiempo. Joder, masculla Iván. Y Sadik suelta una carcajada deslucida.

 Iván Sotogrande y Sadik Oubali, que trabajaron en otro tiempo codo con codo, como Starsky y Hutch.

Juguete de Starsky & Hutch de la marca española Guisval
Lo tuve, y me duele decirlo en pasado

 Con ese Starsky malagueño –que el de arriba tenga a David Soul en su gloria después de abandonarnos el 4 de enero de este año– dejaremos Málaga para coger el barco y desembarcar en Tánger en la página 162. Nos aguarda Tánger y Khemis Sahel, sobre la que descargan los cielos su ira.

(...) Las calles se embarraron en apenas unos minutos, y vio que por algunas callejuelas ya corría el agua en pequeños arroyos descontrolados que aumentaban de caudal. Solo se oía el desplome del cielo, el llanto de los dioses que dejaban caer sus lágrimas de desaliento y desilusión. (...) Sonó un trueno, y la casa de los Sbiti pareció quebrarse igual que un árbol al que comenzaran a talar a hachazos. Maldito puñetero pueblo de mierda, farfulló antes de salir de nuevo. En cuanto abrió la puerta, vio a la familia corriendo de un lado a otro. Descubrió de refilón a Dris incorporarse de la seyada en la que rezaba, y a Qodsya y a su hermano Abdelhamid arrastrando unos sacos de arena que su padre les ordenaba apilar en la puerta de entrada. Se acercó para ayudar. El agua tratando de inundar la casa y ellos preparando las defensas. Dejaron caer cinco sacos más hasta crear una trinchera que Teo dudaba mucho que fuera suficiente para detener el avance de la riada. El agua bajando brava y amenazante llevándose cuanto encontraba a su paso. Miró al techo. El tejado crujía igual que el llanto de un niño. Otro trueno y las paredes temblaron.

 Marruecos es el punto de conexión de este trabajo literario con sus obras anteriores, pero he de decir que estamos ante un nuevo Barce, con una escritura más trabajada y depurada. Aquí las maneras, las formas, el tono y la voz son otras. Ha elevado el listón de exigencia de su narrativa, sobrepasándolo limpiamente para caer en las librerías transmutado en otro escritor.

 Creo que Sergio, gran aficionado al 'noir', tanto literario como cinematográfico, ha encontrado un camino a seguir. El género, como decía mi amigo, está de moda, o, como les decía yo, sigue de moda, con un público muy devoto. Ojalá encamine por ahí sus siguientes proyectos. No apearse de esta voz narrativa, y pelear porque Todo acaba en Marcela termine en una pantalla de cine o de televisión. Y que, insha'Allah, ustedes y yo lo veamos.

lunes, 23 de octubre de 2023

EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS


Dedicatoria de Sergio Barce en mi ejemplar de El mirador de los perezosos
Fotografía: Pedro Delgado

Estaba oscuro todavía cuando el escritor salió de Málaga. Condujo en dirección a Tarifa con la música de Rachid Taha. No había tráfico a partir de Marbella, y no cambió de CD hasta ver en el horizonte los molinos de viento, ese ejército de aerogeneradores que aprovecha el elemento que distingue a la ciudad. Ahora sonaba Ennio Morricone, y ya estaba clareando.

 El tráfico volvió a hacerse denso cerca del puerto, y al llegar a la altura del castillo califal un operario le hizo señas para que se pusiera en la cola de embarque. Quitó la música, apagó la calefacción y bajó la ventanilla del coche. Entró el aire frío, pero al escritor, que tenía la chaqueta puesta, pareció no importarle. Durante un rato contempló a su izquierda los muros de la fortaleza, gruesos e imponentes. A esa hora todavía no asomaba nadie por detrás de las almenas. Un tipo uniformado recorría la larga fila de autos revisando los billetes. El escritor lo vio venir y buscó su pasaje en el maletín de cuero que llevaba. Cuando el hombre llegó, observó su billete, pero ellos apenas se miraron. Sí confrontó su mirada con el policía al pasar la aduana. El agente de la cabina pareció reconocerlo y lo saludó sin pedirle que le mostrase el pasaporte. El buque ya estaba amarrado, y en cuanto abrieron la puerta de embarque, los conductores encendieron sus motores y, lentamente, empezaron a moverse. Algún capullo hizo sonar su claxon. Los niños del coche de delante del escritor habían salido a juguetear, y la madre los llamó a gritos. La mujer era marroquí, y llevaba una chilaba, arrugada después de quién sabe cuantas horas de viaje. Tenían la baca hasta los topes, y el escritor mantuvo las distancias al arrancar, temeroso de que aquel auto sobrepasase la altura permitida y lo sepultasen todos aquellos bultos. No sucedió así, y entró al buque sin ningún percance. Avanzó por las tripas de la nave y se detuvo donde le indicó otro operario. Luego cerró el coche y subió por unas escaleras hasta uno de los salones. Pisó los pasillos alfombrados y se sentó en una de las butacas, junto a la ventana. Resopló al hacerlo, como si hubiese superado una dura prueba.

 El buque zarpó tras lo que le pareció una corta maniobra, y se levantó para ir a la cafetería. Pagó un café y una napolitana, muchísimo más caros que en tierra. Los productos parecían de máquina, y los consumió a disgusto. Subió a la cubierta, el cielo estaba nublado y al acodarse en la barandilla se ajustó el nudo de la bufanda y se subió el cuello de la chaqueta. Permaneció allí en silencio. El puerto había quedado atrás hacía rato, pero aún se veía un pedazo de la costa, el perfil de Tarifa.

 El mar estaba encrespado y al escritor le dio por pensar en su futura jubilación, en problemas financieros y en él mismo: sus dudas, sus inseguridades. En Málaga se sentía derrotado, frustrado, atado al trabajo, al cansancio de la noche, en Tánger y en Larache era otro hombre. La pose del escritor lo salvaba de la depresión, lo elevaba. Desde el púlpito no se sentía tan viejo, no le importaban las canas ni las dioptrías ni el nacimiento del pelo sobre la frente que retrocedía paulatinamente año tras año, los problemas de columna, la rodilla... Aquel horror por el que debíamos pasar parecía hacerse más liviano al otro lado del estrecho, ante un auditorio que esperaba expectante que les hablara de sus historias y relatos, porque el escritor iba a Tánger a presentar su último libro, El mirador de los perezosos, en el Instituto Cervantes. Tener que vender sus propios libros, porque el distribuidor no trabajaba en Marruecos, no le gustaba, pero presentarlos sí. Hablar de sí mismo y de sus relatos, reencontrarse con los amigos, con Meriem tal vez... La contra estaba en el paso de la aduana, que le encontraran aquella cantidad de libros en la maleta, que le hicieran pagar por introducirlos en el país... El escritor suspiraba por dedicarse exclusivamente a escribir, sin tener que dedicarse a llevar la contabilidad de aquellas horrendas comunidades de vecinos. También suspiraba por tener una editorial de las de toda la vida que se encargase de todo. Escribir y no pensar en nada más. Pero los años iban pasando y su momento no terminaba de llegar. Mientras tanto, elaboraba relatos que saciaban a sus fieles lectores, muchos de ellos nacidos en Larache, donde el escritor se crio. La vuelta a España en 1973, diecisiete años después de la independencia de Marruecos, la marca en la piel, como de nacimiento.

 Harto de tanto mar y de tanto pensar, bajó de nuevo a los salones y se adormeció en uno de los asientos con la vibración del barco. Para cuando abrió los ojos ya estaba llegando a Marruecos. Corrió al mostrador de la policía marroquí para sellar su pasaporte, el agente le afeó la hora y él se disculpó. A través de los altavoces le llegó el aviso de que ya podían bajar a la bodega los pasajeros que viajaban con coche. Se encaminó hacia las escaleras, en la puerta de salida de los que iban a pie ya se aglomeraba la gente esperando para ser los primeros en salir. Desde las ventanillas pudo ver el dibujo de la ciudad, desparramada tras el mar, y el escritor sintió una felicidad inmensa. La sensación de volver a casa.

 Abrió el coche y se sentó sin arrancarlo. Luego dieron la orden de salir, y aquello pareció la carrera de Oklahoma. Al poco, los autos otra vez detenidos en la Aduana para comprobar los papeles de los vehículos. El policía le preguntó si tenía algo que declarar, y él le dijo que no. El agente hizo ademán de pedirle un cigarrillo, y el escritor le dio el paquete entero. «Puedes quedártelo, jay», le dijo al pasárselo, y el policía le respondió con un «shukran» y un ademán con la mano para que siguiera adelante.

 Salió del puerto, condujo sin poner música hasta el hotel Rembrandt y aparcó con dificultad en el parking del establecimiento, maniobrando entre las columnas. En la recepción lo atendieron con familiaridad, y tras unas frases de cortesía dejó su pasaporte sobre el mostrador y le entregaron la llave de la habitación 409.

 Lo que le ocurrió dos días después al escritor en ese cuarto, sólo lo sabrán los que lean Hotel Rembrandt, uno de los diez relatos de El mirador de los perezosos (Ediciones del Genal, 2022), de Sergio Barce, el escritor al que me refiero en mi narración. Espero que a él no le importe que cambie la frialdad del avión por la calidez del barco, más tratándose del legendario Ibn Batuta.

Un libro que sabe a té verde con hierbabuena y dulces marroquíes
Fotografía: Pedro Delgado


martes, 5 de octubre de 2021

UNA PUERTA PINTADA DE AZUL

Esta mañana creí enloquecer. Al levantarme y salir de mi cuarto, vi como dos micacos subían a la carrera las escaleras de mi casa. Me diblaron como si fueran infantiles del Larache Club de Fútbol, se metieron en el cuarto de mis hijos y escaparon por la terraza. Lalla Sahida llegó detrás con una zapatilla en la mano, pero los críos ya habían saltado por el muro a la casa de al lado. La mujer no pudo contener más la emoción y las lágrimas empezaron a escapársele.

 –¿Quiénes son esos, Zipi y Zape? –me preguntaron mis hijos.

 Les hice ademán de que se callaran, y me agaché a recoger unos pendientes del suelo. Se los di a la pobre Sahida, y le puse una mano en el hombro, empujándola levemente para que se sentara a los pies de la litera. Luego fui al baño a por un rollo de papel higiénico, y se lo llevé para que se enjugase las lágrimas.

 Alarmado por unos gritos que llegaban desde la calle, corrí de nuevo a mi cuarto para asomarme por el balcón. El abuelo de Sergio, Manuel Gallardo, estaba multando a un coche que había aparcado sobre la acera de enfrente, y discutía con el conductor.

 –¡¡Oiga, que a un policía de tráfico no se le dice ni mu!! ¡¿Quiere usted que lo lleve al cuartelillo o qué?!

 Bajé a la cocina, y allí me encontré con Habiba y el Sr. José Edery. Ella se había ofrecido a prepararle un té y le decía a él aquello de «Mi casa es su casa».

 –¡¿Cómo que su casa?! –le dije–. Esta casa es mía y ustedes se van a marchar de aquí ahora mismo.

 El Sr. Edery Benchluch me miró sorprendido. El sudor corría por su frente y se le aureolaba en la camisa, a la altura del pecho. Me dio pena del hombre. Abrí la nevera, saqué la jarra de agua fría y le serví un vaso. Habiba rechazó con una sonrisa la invitación, pero cogió medio limón que había sobre la encimera y lo exprimió en el vaso de agua. Edery se recostó en la silla y se lo bebió de un trago. Acto seguido, musitó un Barakalofi y empezó a hablarme de una sinagoga de Larache.

 Estaba dispuesto a escucharlo y a tomarme un té con ellos, pero en esas que oí a Abdeslam que discutía con Younes en el salón. Al entrar, vi a los dos parados delante de una de las vitrinas. Tenía las puertas abiertas, y Younes cogía a su antojo objetos curiosos que yo había traído de mis viajes. Abdeslam trataba sin resultado de que desistiese de su actitud. Le quité el saco de rafia que portaba de un tirón, y se me encaró de mala manera. Con la ayuda de mi hijo mayor, que había bajado alarmado por tanto jaleo, logré echarlo de casa. En la calle seguía el abuelo de Sergio rellenando multas. Le expliqué lo que pasaba y el hombre llamó a Younes «malandrín» mientras le tironeaba de una oreja. También le previne sobre los dos mocosos, uno rubio y otro moreno, que habían huido de la casa. Cuando volví, Abdeslam estaba rezando sobre una de mis alfombras, y ya no quise molestarlo.

 Fui al baño. Rashida estaba de pie delante del lavabo, contemplando su rostro en el espejo. Me miró un momento y me dijo aquello de «Sé que te quiero mucho. Pero no sé por qué». Tenía la piel de la cara y de las manos y los brazos muy arrugada, y el pelo canoso y a medio teñir; en su vejez y en su indefensión vi a mi madre, y se me humedecieron los ojos. Cerré la puerta y la dejé allí.

 Regresé al salón. En el extremo opuesto a donde rezaba Abdeslam, me encontré a Sibari curioseando en una de las librerías de mi biblioteca. Al acercarme, me alabó el gusto y me guiñó un ojo al ver que tenía dos de sus libros: Relatos del Hammam y El babuchazo.

 –Los compré en Al Ahram, la librería-papelería de Rachid Serrouk –le dije–. ¿No se acuerda, Sidi? Me los firmó usted en la Casa de España de Larache. Nos presentó Sergio Barce, su jay.

 El profesor Mustapha Lahchiri y Hachmi Yebari entraron en ese momento, saludaron con un Salam 'Alekoum al que respondimos con el consiguiente Alekoum Salam, y se acercaron hasta nosotros. Yebari, al que conocí la vez que presenté uno de mis libros en el colegio Luis Vives de Larache, miraba con curiosidad los objetos que decoraban los estantes, como si los deseara para su bazar.

 –Ahora que has mencionado a Sergio Barce –me dijo Sibari–. Me he fijado que tienes sus libros, pero a él no lo vemos por ningún lado.

 –Está en Torremolinos. Yo tampoco lo veo con la frecuencia que me gustaría, pero si quieren podemos llamarlo y quedar para tomar un café. Eso sí, déjenme antes que ponga un poco de orden en esta casa.

 Lucía entró en el salón acompañada de los pintores Rachid Sebti y Manuel Balaguer. Les estaba mostrando sus cuadros, colgados por toda la casa, y ellos le alababan su maestría con los pinceles.

 Mi hijo el pequeño asomó la cabeza por la puerta y nos dijo que un señor mayor le estaba dando la vara en la cocina. Él quería desayunar sus galletas y su Cola-Cao de siempre, pero aquel abuelo no hacía más que repetirle que desayunara pan con aceite.

 –Me dice que me puede jurar que el aceite es la vida. Y que no lo olvide. ¿Podéis decirle algo? ¡Que me deje tranquilo…!

 –¡Voy para allá, hijo! –le dije, y al salir me topé en el pasillo con Maruja Gallardo.

 –¿Tú eres Pedro, el amigo de mi hijo, no? El que escribe también de Marruecos.

 No sabía si me había dicho también o tan bien, pero me dio corte preguntarle.

 –¿Lo has visto últimamente? ¿Ha engordado algo? ¿Tiene el pelo más blanco? A ti sí que te han salido canas, hijo. Eso te echas un tintecito y te quitas diez años de encima –iba a contestarle algo, pero Maruja continuó con su batería de preguntas sin dejarme abrir la boca–. ¿Se ha quitado la barba? ¿Se ha puesto lentillas? Hay que ver lo que se parece mi Sergio a mi marido…

 Le dije que como una imagen valía más que mil palabras, iba a subir a mi cuarto a por la tablet para enseñarle una fotografía que nos habíamos hecho recientemente. Esperé al pie de la escalera unos instantes, pues mi hijo mayor bajaba conversando de aviones con otro abuelo. Luego subí los escalones de dos en dos, atropelladamente, y al entrar vi un libro abierto boca abajo a los pies de la mesita de noche. Lo recogí del suelo y, al instante de cerrarlo, cesó todo el jaleo. En ese momento lo comprendí todo. Eran los personajes del libro de Sergio, que habían aprovechado que esa puerta pintada de azul estaba abierta para escapar de sus páginas y desperdigarse por toda la casa.

 Bajé las escaleras a la carrera.

 –¡Lucía, cuando se lo cuente a Sergio no se lo va a creer!

Sergio Barce y Pedro Delgado
Málaga, 23 de abril de 2021

Nota: Pueden adquirir el libro de relatos Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal, 2020), de Sergio Barce, en su librería habitual o en el siguiente enlace de la Librería Proteo de Málaga:

https://www.libreriaproteo.com/libro/ver/2822468-una-puerta-pintada-de-azul.html

miércoles, 26 de agosto de 2020

EL ÚLTIMO VIAJE DE PABLO ARANDA


Pablo Aranda, en su casa, con su inseparable 'Turrón'
Fotografía: Miguel Fernández (diario SUR)

«¿Y cómo pueden los muertos estar realmente muertos si siguen viviendo en el alma de aquellos que dejaron detrás?».
El corazón es un cazador solitario –Carson McCullers–

Pablo Aranda nos dejó el primer día de este tórrido mes de agosto. La fatalidad, en forma de un cáncer de estómago, lo obligaba a partir, a los 52 años, hacia ese incierto destino que nos aguarda a todos.

 Escritor consumado, viajero a la antigua usanza, director del Aula de Cultura de SUR y, sobre todo, amigo, Pablo tenía el don de hacer que todo encuentro con él se te hiciera corto. Siempre brillante y divertido, con Pablo el tiempo tenía otra medida y muchas risas. No me cabe duda de que el más allá será un lugar mucho más alegre tras su llegada.

 El día que asistí a su sepelio echaron Invencible por la noche en la televisión, una película en la que salían atletas corriendo en los Juegos Olímpicos de Berlín. Me pareció un guiño de Pablo, una señal. Pablo se va a quedar sin ver los Juegos Olímpicos de Tokio, y yo sin poder comentar con él las carreras, sobre todo los 1.500 que sigue siendo para nosotros la prueba reina. De atletismo, literatura y viajes solíamos hablar.

 Su primer viaje de calado lo hizo en compañía de su amigo Juan Gavilanes. Durante el último trimestre de 1992, viajaron desde Málaga con destino a Japón, donde pretendían encontrarse con Yoko y Hikako, dos japonesas alumnas de Pablo, profesor de español para extranjeros en una academia de la plaza de la Merced. Juan, que estaba terminando la carrera de Arquitectura y tenía que entregar su proyecto final de carrera, salió dos semanas después que Pablo, y se citaron, como dos espías de John le Carré, en la estación principal de tren de Budapest. En Bratislava compraron un billete de tren a la Rusia de Borís Yeltsin, y en Moscú se subieron al Transiberiano. Sobre la marcha, al ver que el tren disponía de dos destinos: Vladivostok y Pekín, decidieron posponer lo de Japón para otro momento y adentrarse en China por Manchuria. Durante una semana atravesaron los Urales y Siberia, con temperaturas de 35º bajo cero cada vez que bajaban del tren. China en aquella época resultó ser un país muy atrasado, lleno de chinos curiosos que se les acercaban constantemente como si fueran extraterrestres. Ya en Pekín, y tras ver la Ciudad Imperial y la Gran muralla China, se dedicaron a recorrer el país en tren y autobús: Nanjing, Suzhou, Shanghai, Guilin –desde donde navegaron en balsa de bambú por el río Li hasta Yangshuo– y, finalmente, Hong Kong, adornada con luces de Navidad. Fuese por ese sentimentalismo navideño o porque se les acababa el dinero, decidieron regresar a Europa: primero aterrizaron en Alemania, donde Pablo tenía a su amiga Sabine, y cuando el dinero y la hospitalidad no dio para más, cogieron un autobús para Málaga, a donde llegaron el día después del sorteo de la lotería nacional. A ellos el premio ya les había tocado con aquel viaje, tres meses de risas y aventuras que los hermanó para siempre.

Pablo Aranda y Juan Gavilanes en Bratislava, a punto de empezar la aventura ruso-china
Fotografía: Archivo personal de Juan Gavilanes

 Después de aquel viaje Pablo materializó su sueño de ser reportero de viajes y recorrer el mundo (deja un libro de viajes en el cajón que espero vea algún día la luz); también de ser escritor y contarnos historias de aquí al lado, con esa voz tan personal y comprometida que tiene.

 Por lo inesperado de su muerte no pude despedirme de él, así que estos días, desconcertantes y tristes, he andado releyendo correos y recordando momentos para tratar de recomponer las piezas del puzzle de nuestra amistad, para darle de alguna manera un cariñoso abrazo y un hasta siempre, porque Pablo se ha ido pero no se ha ido. No sólo porque tengamos en los anaqueles sus libros, que también, sino porque se queda a vivir en el corazón de todos sus familiares y amigos, como ya ocurriera con el otro Pablo, el añorado Pablo Cantos. Es lo que tiene la buena gente –'corazón blanco' que te dijo aquel argelino en Orán–, que ya no se te olvidan.

Pablo Aranda con César Martínez y Pablo Cantos en el Café Central de Málaga

 Conocí a Pablo Aranda a través de mi primo, el reportero gráfico Sergio Camacho. Con motivo del Premio de Novela Corta Diario SUR del año 2003, le hizo unas fotos en el balcón de su casa para acompañar una entrevista.
El otro día me comentaba Sergio que le dijo «no te voy a hacer fotos típicas de escritor, con los estantes de tu biblioteca de fondo y un libro en la mano». "Lo llevé al balcón donde tenía ropa tendida de todos los colores posibles y hacía viento. Le disparé unas fotos a velocidad lenta que convirtió la ropa en algo abstracto de manchas coloridas y quedó sorprendido del efecto. Nos caímos genial desde ese mismo instante. Siempre me provocaba la risa por su manera de contar lo más simple y cotidiano".
 Como por entonces yo ya tenía publicado Al sur del Sahara y él era un apasionado de los viajes y la cultura árabe, le habló de mí, y a la próxima que le tocó fotografiarlo, allá que lo acompañé para conocernos. Recuerdo que fue en los Baños del Carmen y que mi primo, que había cambiado el SUR por EL PAÍS, lo hizo posar dentro de un tubo de hormigón. Pablo se reía y se le achinaban los ojos: «Temo qué será lo próximo, entre tú que eres descabellado y yo que no te pongo freno, ja, ja, ja, ja, ja».

Presentación de Carta desde el Toubkal en el Centro Andaluz de las Letras, 11 de junio de 2015
De izq a dcha: Sergio Barce, Pablo Aranda, Pedro Delgado y Sergio Camacho
Fotografia: Lucía Rodríguez

 Esa tarde conversamos y nos tomamos unas cuantas cervezas, y a partir de ahí no dejamos de intercambiar correos y encuentros. Varias veces accedió a pasarse por casa para firmar unos cuantos ejemplares de El orden improbable (Espasa, 2004) y Ucrania (Destino, 2006) que iba a regalar a mis familiares por navidades. Recuerdo el cuidado que ponía en cada una de sus dedicatorias, su caligrafía, lo recto de sus renglones. Lástima que por pensar que siempre habrá un mañana tenga en la estantería su última novela sin firmar, precisamente esa que nos había llevado a intercambiar tantos correos y en la que el protagonista estudiaba en el INEF de Granada, le gustaban las carreras y era fan mío.

 Pablo siempre fue muy generoso conmigo: presentó mis libros ("el efecto Aranda", le decía yo cada vez que se llenaba la sala); recomendó Al sur del Sahara en el suplemento El viajero de EL PAÍS; se hizo acompañar de aquel título a modo de guía en sus viajes por el África occidental; me metió con nombre y apellido en las páginas de La distancia (Malpaso, 2018), y no contento con ello le colocó en las manos al protagonista mi libro de relatos y me puso a encabezar su lista de agradecimientos.

 Buen viaje, amigo. Que Hermes te proteja.

miércoles, 29 de enero de 2020

EL NADADOR, DE PABLO BARCE, EN LOS PREMIOS GOYA DE MÁLAGA

Tan seguro estaba de que Pablo Barce se alzaría con el Goya al mejor cortometraje en la gala de Málaga, que la noche anterior soñé que lo ganaba. “Y el Goya es para Pablo Barce por El nadador”, decía Dani Rovira (ausente en la gala) en mi sueño. Y Pablo, con la modestia y la humildad que lo caracterizan, improvisaba un discurso en el que además de darle las gracias  a su familia, a su productor y a su equipo, mencionaba a esos seis marineros desaparecidos en las aguas del cabo Espartel en Marruecos; unas palabras de aliento, ánimo y esperanza (hoy de consuelo) para los familiares de la tripulación del pesquero “Rúa Mar”. Y lo hacía pensando en esos otros marineros que faenan en su corto en aguas territoriales marroquíes, interpretados en la cinta por su hermano Sergio Barce y Mario Zorrilla, al que tanto admiraba el añorado Pablo Cantos que, desde dónde quiera que esté, habrá disfrutado de lo lindo con todo lo que ha deparado este cortometraje.

Sergio Barce hijo en un barco pesquero interpretando a un marinero en El nadador
Cortometraje dirigido por Pablo Barce

Mario Zorrilla interpretando a un marinero en El nadador, cortometraje de Pablo Barce

 Marineros que saben del peligro que entraña la mar y que acogieron al protagonista (al que interpreta Taha El Mahroug) en su embarcación cuando nadaba hacia España o hacia una muerte segura, pues el Estrecho, por mucho que se vean ambas costas en un día claro, tiene más kilómetros de los que parece.

Cartel de El nadador, cortometraje de Pablo Barce nominado a los Premios Goya

 Dos semanas antes de los Premios Goya, Pablo Barce ganó el Premio Forqué al mejor cortometraje; lástima que para entonces ya estuviese cerrada la votación para los Goya, porque probablemente el resultado en Málaga habría sido distinto.
 La noche del sábado, Pablo aceptó con deportividad el voto de los académicos. Estar Nominado ya era un premio, algo inimaginable hace unos años cuando César Martínez Herrada le abrió las puertas de Dexiderius.
 Estoy seguro de que Pablo y César tendrá más oportunidades (con otro corto, con un largo…), y de que nosotros estaremos ahí para disfrutarlo.

Sergio Barce, Ana Berrocal, Pablo Barce, Lola, César Martínez y Charo Sánchez
34 edición de los Premios Goya (Málaga, 25 de enero de 2019)

 Y, ya de paso, ojalá que el corto de Pablo sirva también para poner en alza los relatos y novelas de su padre, Sergio Barce, pues como ya les conté El nadador está basado en uno de sus cuentos. Me consta que están adaptando otro más. No les diré cual para mantener el secreto, pero sí que aparece en el volumen de relatos Últimas noticias de Larache (Aljaima, 2004) y en la recopilación de sus cuentos Paseando por el Zoco Chico (Ediciones del Genal, 2015).

1615869-paseando-por-el-zoco-chico.html

 Mientras ese otro corto se convierte en realidad, les voy a proponer un juego a modo de divertimento: háganse con un ejemplar, léanlo y apuesten por uno de ellos. Y dentro de un tiempo sabrán si acertaron.


Más entradas sobre Pablo Barce en este blog:

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2018/04/con-permiso-de-john-cheever.html

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2020/01/el-nadador-de-pablo-barce-premio-forque.html

domingo, 19 de enero de 2020

EL NADADOR, DE PABLO BARCE, PREMIO FORQUÉ 2020 AL MEJOR CORTOMETRAJE


Pedro Delgado, Pablo y Sergio Barce en la proyección de El nadador en el Ateneo
Málaga, 6 de septiembre de 2019. Fotografía: María Márquez

Recuerdo unos Reyes de mis hijos en los que un par de regalos no llegaron a tiempo, pues venían por barco desde el mismísimo Japón. Cuando por fin los trajo el cartero, los envolvimos con el mismo papel que habíamos empleado la noche del 5, y los dejamos bajo el árbol de Navidad, detrás de las latas navideñas donde guardábamos las bolas y los adornos. Fue unos días después, al ir a recoger el árbol, cuando descubrieron con gran alborozo aquellos paquetes que pensaron se les habían despistado.

 Pues bien, ver a Pablo Barce ganar el premio al mejor cortometraje en la 25 edición de los Premios Forqué con El nadador, el pasado 11 de enero, fue para mí como ese regalo de Reyes pasado de fecha de mis hijos. Una alegría inmensa. Seguía la gala por televisión desde el sofá de casa, y mis gritos de júbilo debieron de oírlos hasta el último de los vecinos. Luego la emoción de ver a Pablo Barce subir al escenario a recoger el premio junto a los productores César Martínez Herrada y Antonio Hens. La calma, la humildad y la alegría que transmitía Pablo, y la emoción en el rostro y la voz contenida del amigo César al compartir el premio.
 Como le dije esa misma noche a su padre, Sergio Barce, autor del relato en el que está basado el corto y coguionista del mismo junto a su hijo, aquella era la prueba de que los sueños, por muy descabellados que sean, a veces se cumplen.

César Martínez, Pablo Barce y Antonio Hens con el Premio Forqué al Mejor Cortometraje
por El nadador
Fotografía: Carlos R. Alvarez (Getty Images)

 Hace unos meses, el 6 de septiembre de 2019, fui con Lucía a la proyección de El nadador en el Ateneo de Málaga. Ya habíamos visto la obra prima de Pablo en su momento en el cine Albéniz durante el Festival de Cine de Málaga en 2018, y le había dedicado un artículo en mi blog*, pero no quisimos perdernos la oportunidad de verlo de nuevo, más sabiendo que Pablo conversaría después con el público.

*https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2018/04/con-permiso-de-john-cheever.html

 Aquella tarde de verano Lucía me dejó su teléfono móvil para grabar las palabras de Pablo, y esta tarde de invierno lo ha montado para que ustedes puedan verlo. Los medios y mi ubicación no eran los más apropiados, pero lo que Pablo nos cuenta sí: secretos y curiosidades del rodaje, las adversidades a las que tuvo que enfrentarse, el tesón y el esfuerzo que puso en la realización del cortometraje… Todo está aquí.


 Al final de la grabación Pablo Barce nos dice que fue una osadía dirigir El nadador. Como ven, la osadía tuvo recompensa:


Mejor Cortometraje en la 25 edición de los Premios Forqué
Nominado al mejor cortometraje Premios Goya 2020

 Enhorabuena a Pablo y a todo su equipo. Ojalá esa Nominación se convierta en otro Premio esta semana, más siendo la gala en Málaga, su tierra natal.

 Y por si se perdieron la gala de los Premios José María Forqué, les dejo el enlace de RTVE para que la vean. Los premios al mejor cortometraje se entregaron en el minuto 20:45.

http://www.rtve.es/alacarta/videos/premios-jose-maria-forque/gala-xxv-premios-jose-maria-forque-2020/5481876/

 El corto se puede ver en el siguiente enlace:
https://vimeo.com/369795947


domingo, 22 de abril de 2018

CON PERMISO DE JOHN CHEEVER


El nadador, cortometraje dirigido por Pablo Barce

Hay un relato corto de John Cheever, quien solía publicar en la revista The New Yorker, que lleva por título El nadador. En él, Cheever nos cuenta la historia de un hombre de mediana edad que, en un día caluroso de verano, decide volver a casa atravesando todas las piscinas que encuentra. De cómo es recibido en ellas y de lo que le sucede al protagonista del relato no voy a hablarles ahora –no sea que no lo hayan leído y les destripe el final–. Hay también una película de 1968 que rodó Sidney Pollack con Burt Lancaster en el papel del nadador. En ella, las metáforas del texto sobre las ilusiones perdidas, lo volátil de la felicidad, la fugacidad de la vida y la muerte que a todos nos espera, se vuelcan al celuloide.


 Estoy seguro de que a mi amigo el escritor Sergio Barce, cinéfilo confeso, no se le pasó este detalle cuando tituló uno de los relatos de Últimas noticias de Larache con el mismo título de Cheever.
 Son narraciones muy distintas, y, mientras la primera se ambienta en un condado de la costa este de los Estados Unidos, la segunda lo hace –cómo no, tratándose de Sergio– en el vecino Marruecos. El nadador de Barce nada en pos de una ilusión, un sueño con forma de barco que lo lleve a las gradas del Santiago Bernabeu. Pedirle un autógrafo a Roberto Carlos, ver a Zidane cabecear al fondo de la red. España al otro lado del Estrecho.
Los brazos se hundían fabricando una espuma salada que se diluía a su espalda tras una existencia efímera. Igual ocurría con la pequeña estela de ondas dispersas que abandonaba atrás. Todo el movimiento era de una armonía impecable: los brazos, las piernas, el giro de la cabeza al tomar aire, sumergirla y expulsar ese mismo aire por la boca, bajo el agua. En ningún instante cerraba los ojos. Hakim veía en el fondo primero la arena y las algas desvalidas, luego sólo arena y, más tarde, el verde azulado del océano.
 Así empieza el relato de Sergio Barce y el cortometraje que, dirigido por su hijo Pablo, se estrenó el jueves pasado en el Festival de Cine de Málaga con las mejores críticas –el corto ya viene avalado por cuatro premios en la 20ª Semana del Cortometraje de la Comunidad de Madrid–. Grabado en Larache (Marruecos) y en Calpe (Alicante) en el mes de noviembre, con guión de Pablo y Sergio Barce, fotografía de Jorge Roig y producción de César Martínez (Dexiderius Producciones), cuenta con los siguientes nombres en el reparto: Taha El Mahroug, Amin Moutaouii, Nezar Moussa, Morad El Jaouhari, Ghita Taha, Youssef Chghaich, Ahmed Bilal, Mario Zorrilla y Sergio Barce junior.

Escena de El nadador, cortometraje dirigido por Pablo Barce

Escena de El nadador, cortometraje dirigido por Pablo Barce

Escena de El nadador, cortometraje dirigido por Pablo Barce

Escena de El nadador, cortometraje dirigido por Pablo Barce

 Gracias a César, Lucía y yo conseguimos asiento en una sala abarrotada, donde pudimos comprobar el excelente trabajo que ha realizado todo el equipo, pues el cine, lejos del trabajo en soledad del escritor, es un arte colectivo. Pablo Barce demostró en su debut que tiene talento. Si a eso le sumamos la ilusión y la madurez, que se traduce en la seriedad en el trabajo, le auguramos el mejor de los futuros.

 Es curioso que unos días antes, en la charla "Cine y literatura", organizada por el Aula de SUR que dirige el escritor y también amigo Pablo Aranda, se hablase de la dificultad que encuentran muchos escritores –entre ellos los allí presentes: Marta Sanz, Daniel Ruiz, Miguel Ángel Oeste y el propio Aranda– a la hora de adaptar sus novelas o relatos al cine, prefiriendo la mayoría desentenderse del guión; sin embargo, Sergio Barce se lanzó al reto de cabeza, gustoso, formando un binomio con su hijo que ha dado un excelente resultado.

 Por todo esto que les cuento, a partir de ahora y con permiso de John Cheever, cuando escuche hablar de El nadador pensaré en los dos Barce. Qué digo en los dos, en los tres, pues Sergio Barce jr. también lo borda, al igual que Mario Zorrilla, en el papel de pescador.

  Y para concluir, aquí les dejo unas fotografías del día del estreno:

Pedro Delgado, Pablo Barce y Sergio Barce en el estreno de El nadador
Festival de Cine de Málaga 2018
Fotografía: Lucía Rodríguez

Pedro Delgado con César Martínez en el estreno de El nadador
Festival de Cine de Málaga 2018
Fotografía: Lucía Rodríguez

Pablo Barce, Sergio Barce, Sergio Barce Jr. y César Martínez
Festival de Cine de Málaga, 2018
Fotografía: Lucía Rodríguez

Pablo Barce Orellana y Ana Orellana
Festival de Cine de Málaga 2018


Nota: El cartel del cortometraje es obra de la diseñadora Rebeca Arribas. www.rebecarribas.com


miércoles, 26 de abril de 2017

EL BODEGÓN MARROQUÍ: EXPOSICIÓN DE LUCÍA RODRÍGUEZ VICARIO EN EL CENTRO DE ESTUDIOS HISPANO-MARROQUÍ DE MÁLAGA


Bodegón marroquí. Óleo sobre lienzo, 41 x 60 cm. 2005
Obra de Lucía Rodríguez Vicario

Hubo un tiempo en el que quisimos visitar al escritor Paul Bowles en Tánger, al igual que también quisimos conocer al pintor Claudio Bravo en su residencia de Taroudant, pero las muertes del estadounidense en 1999 y del chileno en 2011 nos sorprendieron cuando aún no habíamos concertado ninguna de esas citas. A pesar de no haber tenido esos encuentros, sentimos una intensa sensación de pérdida. Los libros de Paul Bowles nos habían acompañado desde nuestros primeros viajes por Marruecos, y la pintura de Claudio Bravo nos había cautivado desde su descubrimiento. Y si la narrativa del primero fue para mí un modelo a seguir, la perfección del dibujo, la luz y la atmósfera de los cuadros del segundo fueron un estímulo para mi compañera Lucía, que ya llevaba unos años tratando el tema marroquí en sus cuadros.

Paul Bowles. Carboncillo y sanguina/papel crema, 50 x 60 cm.
Obra de Claudio Bravo

 Ellos fueron modelos en los que mirarnos, fuente de inspiración que apartaba a su vez de nosotros cualquier atisbo de vanidad, sabedores de lo inútil del intento, de lo imposible de alcanzar tal grado de maestría. Y es en esa humildad donde radica el arte de Lucía, en la honestidad de su pintura.

Banania. Óleo sobre lienzo, 81 x 54 cm. 2004
Obra de Lucía Rodríguez Vicario

 Lucía debe su formación pictórica al pintor José Ruiz Blanco, amigo de la familia con el que se inició en la pintura en el año 1997. Desde entonces, Lucía no ha dejado de aprender, asistiendo desde 2011 a numerosos cursos de pintura con los grandes maestros del realismo: Antonio López, Andrés García Ibáñez, Golucho y José María Mezquita. Aprender, aprender y seguir aprendiendo. Y por eso de que la pintura y la fotografía son vasos comunicantes, aparcó este año los pinceles y la serie sobre Nueva York en la que estaba trabajando para estudiar Fotografía en la Escuela de San Telmo.


 Esta exposición recoge una  selecta muestra de sus cuadros de temática marroquí, firmados entre los años 2000 y 2007. Es por tanto una mirada hacia atrás, pero también un sincero homenaje a ese país por el que tanto afecto sentimos, y, como no, a esos amigos en ciernes a los que no llegamos a conocer y de los que les hablaba al principio.

Homenaje a Paul Bowles. Óleo sobre lienzo 60 x 41 cm. 2005
Obra de Lucía Rodríguez Vicario

 Y para cerrar el círculo, otro enamorado de Paul Bowles y de Claudio Bravo, el larachense y malagueño Sergio Barce, ha escrito el texto que acompaña el díptico de la exposición.



Inauguración Jueves 27 de abril a las 19:30h.
Centro de Estudios Hispano-Marroquí
C/ Muro de San Julián, nº 33, esquina Puerta de Buenaventura (al lado de la librería Proteo y Prometeo).
La exposición estará hasta el 30 de mayo, y se podrá visitar todos los días de 10:00 a 14:00 h.

martes, 5 de abril de 2016

UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE VISTA POR PEDRO DELGADO Y PABLO CANTOS


Pedro Delgado y Sergio Barce, junio 2011
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hace unos días, en el nº 14 de la revista Akros que dirige Antonio Bravo Nieto en Melilla, leí un artículo del escritor Sergio Barce titulado Uno de los nuestros: Larache vista desde mis novelas y relatos, y desde las novelas y relatos de otros autores. Al final del mismo, mi amigo Sergio hacía una referencia a las palabras que le dediqué a su novela Una sirena se ahogó en Larache, las cuales reflejan la sensación que tuve de estar en dicha ciudad mientras leía la novela, como si lo observase todo desde lo alto de una azotea:
El escritor Pedro Delgado ha señalado acerca de Una sirena se ahogó en Larache: "Hay escritores para los que no tiene importancia el lugar en el que se desarrollan sus novelas. Lo mismo podrían tener como escenario Madrid que Barcelona, Lisboa que Faro, Nantes que París, /.../ pero Sergio es de esos otros autores para los que ese hecho sí es importante, para los que el paisaje es un personaje más /.../ con sus luces y sus sombras que hace que, los que seguimos su trayectoria y hemos leído sus novelas anteriores, conozcamos, hayamos estado o no allí, la villa de Larache..."
 El texto completo del que están sacadas estas líneas, lo escribí a finales de mayo de 2011, para la presentación de la novela de Sergio en el salón de actos del Corte Inglés. Guardo un recuerdo muy especial de aquella tarde, pues nos acompañó en el escenario Pablo Cantos, quien también preparó unas palabras para arropar la novela de Sergio.

Pablo Cantos Ceballos, Sergio Barce y Pedro Delgado Fernández
Presentación de Una sirena se ahogó en Larache, 1 de junio 2011, Málaga
Fotografía: José Luis Gutiérrez

 Les dejo aquí el texto completo de nuestras intervenciones en aquella presentación, lejana ya en el tiempo pero muy viva en el recuerdo.


Presentación de Una sirena se ahogó en Larache
por Pedro Delgado Fernández


Pedro Delgado Fernández en la presentación de la novela de Sergio Barce
Málaga, 1 junio 2011 / Fotografía: José Luis Gutiérrez

Hay escritores para los que no tiene importancia el lugar en el que se desarrollan sus novelas. Lo mismo podrían tener como escenario Madrid que Barcelona, Lisboa que Faro, Nantes que París..., pero Sergio es de esos otros autores para los que ese hecho sí es importante, para los que el paisaje es un personaje más, como lo es el Monument Valley para John Ford en sus películas del Oeste, haciendo de paso referencia a esa afición compartida por el western. La ciudad es un personaje más con sus luces y sus sombras que hace que, los que seguimos su trayectoria y hemos leído sus novelas anteriores, conozcamos, hayamos estado o no allí, la villa de Larache.
   Es por eso que reconocemos esos lugares comunes:
-El embarcadero y la desembocadura del Lükus;
-el mercado central;
-el castillo de las Cigüeñas, en cuyas ruinas se esconden los amigos de Tami para fumar o cruzar sus espadas de madera, y donde se celebraba el festival de guitarra y música;
-la cuesta del hammam;
-el cementerio cristiano sobre el acantilado, por el que corre Tami con Bernani, y en donde estuve con Sergio visitando la humilde tumba de Jean Genet;
-la explanada del Majzén;
-el Luís Vives, adonde me llevó Sergio para presentar Al sur del Sahara, mi primer libro de viajes;
-el bazar Comandancia de Ragala, lugar de encuentro de artistas donde lo de menos es vender instrumentos musicales;
-la medina, laberíntica y mágica como todas;
-la calle Real, donde Tami se encuentra con Hassan, que debió de ser alguien muy parecido al Lengua de Málaga;
-el zoco chico, con su piso empedrado sobre el que algunos, como el padre de Tami, extienden sus mercancías de segunda mano haciéndole la competencia a los vendedores de los bazares que se cobijan bajo los arcos de los soportales;
-la plaza de España o de la Liberación, con los arriates que la rodean;
-el balcón. ¿Cuántas veces no se habrá sentado Sergio con sus amigos sobre la balaustrada, con los pies colgando hacia fuera, cara al océano? ¿Cuántos barcos pesqueros, de paso lento y pesaroso, no habrá visto atravesar la barra de la desembocadura?
   Uno adivina esas pinceladas autobiográficas en algunos apuntes, e imagina a Sergio creyéndose el mismísimo Barbarroja al cruzar el Lükus o jugando al fútbol con sus amigos, aunque sus nombres no sean exactamente Lotfi, Mustapha, Miguelito, Samir o Bennani.
   Y me gusta que existan personajes reales entre los “extras” de la novela:
-Filafi el del banco;
-Pilar Triviño y su hermano Toni, el que trabaja en el consulado de España;
-la doctora Ouazari y el doctor Ali Marzouki;
-Mayid Yebari, hermano de El Harh Yebari, el del bazar de la avenida Mohamed V, que a veces le da 5 dirhams a Tami para que se compre garrapiñadas. Yo he estado con Sergio en el bazar del Sr. Yebari;
-los directores de cine Abdeslam Kelai y Cherif Tribak, sentados en el café Lixus;
-el guitarrista Ahmed el Guennouni;
-Luisito Velasco;
-los poetas Mohamed Abid y Al Bakri;
-Sibari, el más popular de los escritores marroquíes que escriben en castellano. Una persona entrañable con la que compartí unas horas en la Casa de España de Larache;
-Mohamed Mrabet, que no es el escritor que encumbró mi admirado Paul Bowles al transcribir su Amor por un puñado de pelos, sino ese señor con mayúsculas que vive en la medina y que tiene una pequeña asociación llamada Al Kasaba, y que es de los pocos que cuidan la zona;
-Rachid Serrouk, el de la librería Al Ahram, donde también estuve, la persona que le regala a Tami ese cuaderno de dibujos que todos los niños quieren tener;
-Manuel Gallardo, el abuelo materno de Sergio, que es el policía que abrió camino con la sirena de su motocicleta al abuelo de Tami y a Casitas, el jugador del Larache, para que llegase a tiempo al partido que le ganaron al Martos. El otro día miré por curiosidad en qué división juegan actualmente cada uno de los equipos. El Martos Club de Fútbol milita en la tercera división (grupo IX), pero el Larache Club de Fútbol desapareció con la independencia de Marruecos en 1956. Jugaba en el estadio de Santa Bárbara, con capacidad para 4.900 personas, y la camiseta de su equipación era como la del Málaga. El equipo se fundó en 1940 con el nombre de Patronato Deportivo Larache, y en 1947 cambió de nombre por Larache C.F. Alcanzó la tercera división española, donde militó 8 temporadas hasta su desaparición. La sede social del club se encontraba en el Bar Selva, en la plaza de España.
   Hablando de fútbol, me gusta pensar que Tami, de existir, estaría contento por la victoria del Barça el pasado sábado, y que se habría paseado con su camiseta blaugrana con el nombre de Xavi en la espalda, por las plazas y las calles de la ciudad.
   Todos sabemos, como el tio de Miguelito que era marinero, que las sirenas desaparecieron hace siglos, pero después de leer esta novela uno no podrá dejar de otear la playa cuando visite Larache, con la esperanza de que aquella sirena todavía no se haya ahogado.

Pedro Delgado, sus padres y Lucía Rodríguez en la presentación del libro de Sergio Barce
Málaga, 1 junio 2011 / Fotografía: José Luis Gutiérrez



Presentación de Una Sirena se ahogó en Larache
por Pablo Cantos Ceballos


Pablo Cantos Ceballos durante su intervención
Málaga, 1 de junio de 2011 / Fotografía: José Luis Gutiérrez

LA REBELDÍA DE LOS SOÑADORES

No conozco Larache. ¿Has estado por allí?, me preguntó Sergio Barce hace casi diez años. He estado varias veces, sobre todo en el Norte pero una vez llegué hasta Ouarzazate, le contesté. Tienes que venir conmigo, en cuanto haya ocasión. Pero la ocasión tarda, a mi pesar y al suyo. Entretanto, Sergio me va regalando fragmentos de su ciudad. Nombres, rostros, edificios antiguos, recuerdos tomados de un botín inagotable que trajo consigo y que siempre lo acompaña. Sergio vive aquí, en Málaga pero, para soñar, se traslada hasta su ciudad de siempre. Cuando la realidad lo enreda, Sergio mira hacia arriba y, sin esfuerzo, se eleva hasta en el laberinto de su infancia. El laberinto está pintado de cal y azulina, y tiene vistas al Balcón del Atlántico. Por eso huele a mar y a sardinas, o a aceitunas, jengibre y pimentón. Ahí es donde vive Tami. El niño encimado por la maldad ajena, y redimido por los relatos de su abuelo y los brazos de su madre. El niño frágil que, incomprensiblemente, resiste. No le es fácil. Hace falta creer mucho, sortear mentiras y amenazas para convertir un cigarrón verde en aguerrido combatiente, para servir al gran Saladino y para cortejar princesas tan altivas como Aixa. Pero la realidad, aunque retrocede, no se rinde; la realidad es un padre impío, un hermano mayor, un abuelo viudo, y un cuartucho con jergón en el que dormir la fiebre. La realidad tiene los brazos fuertes, y Tami los bronquios cargados y un propósito hecho ilusión de belleza. Así, entregado y decidido, llega hasta la Playa Peligrosa. Ya no valen medias tintas: la fantasía que lo ha protegido, lo desafía. Una sirena. Es una sirena varada quien lo mira, lo seduce y lo reta para que compruebe si los sueños tienen la verdad necesaria para seguir viviendo. “¿Y tú me crees?- su pregunta brota de la garganta con un temor de descalabro. Su madre parpadea un par de veces esbozando una sonrisa de conmiseración, tal vez sopesando la respuesta adecuada. Asiente con la seguridad que le da el no poder defraudarlo. Lo arropa de nuevo y lo besa en la frente, barruntándose que probablemente tendrá que llevarlo al médico.
-Claro que te creo. Siempre- toma aire antes de preguntarle- Tami, ¿me regalarás algún día una de tus estrellas?
No es verdad. En el mundo no hay sirenas, y Rachida lo sabe. Pero la ilusión de Tami es tan vigorosa que algunos, sin creerla, ansían compartirla. Luego están los otros, los miserables, los sometidos, los ventajistas borrachos de mundo y de realidad. Pero nada de esto es para ellos. Ellos se conformarán con sus abusos, su violencia y sus engaños de filibustero, porque sospechan que las sirenas nunca los mirarán con sus ojos transparentes. Las sirenas son solo para los rebeldes que sueñan.

***

 Este viernes, 8 de abril, Sergio Barce da una conferencia en Melilla, bajo el sugerente título De Larache a Tánger, un viaje a través de mis novelas. La cita es a las 20:00 horas, en el Real Club Mediterráneo. Si están por allí, no les digo más. Asistan, acomódense en los asientos y déjense guiar por Marruecos de la mano de Sergio Barce.

De Larache a Tánger, un viaje a través de mis novelas
Sergio Barce

  Y aprovechen para que les dedique sus novelas.

Pedro Delgado y Sergio Barce
Málaga, 1 junio 2011 / Fotografía: Lucía Rodríguez

 También les dejo el enlace donde pueden leer el artículo que escribió Sergio para la revista Akros.


Akros nº 14
Revista de Patrimonio Melilla