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martes, 8 de julio de 2025

INCREÍBLE, PERO CIERTO.


Increíble, pero cierto de Piro Milkani (La Tortuga Búlgara Ediciones, 2025)
Fotografía: Pedro Delgado

No sé si fue una señal, ni de qué tipo, pero el mismo día que falleció el cineasta Piro Milkani recibí en el buzón su autobiografía. Me la mandaba muy atentamente María Roces González, encargada de la traducción del albanés. Me enteré del deceso a la noche siguiente, cuando miré en internet si el autor aún vivía y, por una de esas sincronías que se dan en la vida, vi que había muerto el día anterior, a los 86 años, a consecuencia de un ictus. Así que esta entrada, además de ser una reseña de su última obra literaria, que me parece una delicia, es un homenaje a su persona, a uno de los pioneros y fundadores de la cinematografía albanesa.

Piro Milkani en el 43 festival de Karlovy Vary
Fotografía: Petr Novák, wikipedia

 Piro Milkani (Korça, 5 de enero de 1939 - Tirana, 24 de  mayo de 2025) estaba harto de que, al contar historias y anécdotas de su vida, sus amigos le preguntaran por qué no las escribía. Sin embargo, dudaba de la conveniencia de ello, más después de haber visto la maestría narrativa del director de cine Miloš Forman (Alguien voló sobre el nido del cuco, Amadeus), del que había traducido del checo al albanés su autobiografía: De Časlav a Hollywood.

Biografía de Miloš Forman
Fotografía: ShtepiaeLibrit.com

 Finalmente, al borde de los ochenta años y animado por las palabras del escritor Gabriel García Márquez que decía aquello de «la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla», Piro Milkani se decidió a legarnos sus recuerdos. Y aunque las vidas suceden de manera cronológica, Milkani recoge la suya de manera desordenada, expurgando además los hechos para quedarse sabiamente con los acontecimientos más llamativos, que son expuestos de manera amena, concisa y emotiva. Muchos de ellos demuestran que a Piro lo tuvo en gracia el destino.

El profesor Hrdlička y una muerte inesperada
Cuando pienso en mi propia vida, he de admitir que el destino me ha ayudado enormemente. Gocé del privilegio de poder estudiar en una facultad mágica, que ni en sueños habría podido concebir mejor. Para poder estudiar cinematografía en una ciudad centroeuropea, etiquetada además como la Ciudad Dorada, has de haber nacido bienafortunado. Creo que se entenderá que me estoy refiriendo a... la Dorada Praga, capital de la Checoslovaquia de entonces (y actualmente República Checa o Chequia).
 Cierto que en un año académico cursábamos más de veinte asignaturas, pero no eran en absoluto comparables con la de anatomía de los estudiantes de medicina, con la óptica geométrica de los de ingeniería, ni con las complicadas fórmulas de los que estudiaban geología. Nosotros debíamos dar historia del arte, historia del cine checo y mundial, algo sobre la Poética de Aristóteles y, sobre todo, veíamos un montón de películas, posiblemente tres o cuatro diarias.
 Ahora bien, como yo era estudiante de la especialidad de cámara, teníamos una extraña asignatura, que cursaban también los alumnos de ingeniería: óptica física y geométrica.
 El mismo profesor que impartía la materia en ingeniería, nos la enseñaba también a nosotros, el imponente y pedante profesor Hrdlička. Un hombre de cuerpo y rostro enjutos. Un hombre que jamás sonreía y que además gastaba la tos seca y crónica de los que fuman sin parar. Y realmente lo hacía. No contábamos con libro de texto para la asignatura, sino con unos apuntes fotocopiados, cuya autoría correspondía al propio profesor Hrdlička. [...]
 Teníamos dos horas de clase a la semana con ese profesor y raramente faltábamos a clase. Pero para nosotros eran la asignatura y la clase más aburridas. En fin, fueron pasando con celeridad los meses y llegó la época de exámenes.
 –El próximo jueves a las diez de la mañana, en esta misma aula, estad preparados para el examen final de curso –nos dijo el profesor al terminar la clase.
 Nos tomamos el anuncio a la ligera y preparamos el examen a toda prisa. La sorpresa se produjo al darnos los resultados, cuando el profesor Hrdlička nos informó de que ninguno de nosotros había aprobado. Éramos doce alumnos en clase, diez checos y dos albaneses.
 –El próximo jueves, examen de nuevo –nos dijo el profesor.
 Nos metimos más a fondo en la materia, pero las fórmulas y los bocetos de las lentes ópticas nos resultaban tan enmarañados como los jeroglíficos chinos.
 Y ocurrió lo esperado. Ninguno de nosotros superó el examen, de modo que, al día siguiente, el profesor Bouček, decano de la facultad y colega de Hrdlička, nos comunicó, rayando la aflicción, la decisión del señor Hrdlička: «Quien no apruebe el jueves próximo, repetirá curso». Los checos podrían hacerlo, pero para Saim [Kokona] y para mí significaría el adiós a la facultad de Praga. Conocíamos la regla no escrita de nuestra embajada: «Quien suspenda, hará bien en embalar sus cosas y volver a Albania».
 Nunca olvidaré aquellos días. Estudio de la mañana a la noche. Café a medianoche para mantenerse despierto y primeros intentos de fumar un cigarrillo. En definitiva, una verdadera tortura.
 Nadie se imaginó que aquel martes, calificado por tantos y tantos pueblos como día funesto, nos proporcionaría tanta «alegría». Aquella tarde nos informaron de que el profesor Hrdlička había pasado a mejor vida. ¡Oh, Dios, que vergüenza! Nos alegramos de su muerte.
 El jueves, en vez de al examen, asistimos al entierro del profesor. Nos costaba trabajo mostrarnos afligidos.
 Dos semanas después nos examinó la adjunta del profesor. Ni que decir tiene que aprobamos el examen con buenas notas. De modo que yo permanecería en Praga unos años más.
 Era el mes de junio de 1956.

 Piro Milkani estudió en la FAMU, la Escuela de Cine y Televisión de la Academia de Artes Escénicas de Praga, una de las escuelas de cine más antiguas y prestigiosas del mundo, fundada en 1946.

Escuela de Cine y Televisión de la Academia de Artes Escénicas de Praga
Fotografía: Wikimedia

 Ingresó en ella gracias a una beca, tras acabar sus estudios de secundaria en Korça. A la hora de conseguir dicha beca para estudiar en el extranjero, también fue tocado por la varita del destino. Resulta que Piro Milkani tenía a un amigo de la infancia, Viktor Gjika, estudiando dirección cinematográfica en el Instituto Pansoviético de Cinematografía de Moscú (VGIK), y desde allí recibía cartas en las que este le hablaba de lo maravilloso que era acudir cada día a las clases, así que cuando le preguntaron qué deseaba estudiar en la enseñanza superior, Piro fantaseó con estudiar cinematografía con su amigo Viktor. En un principio, ninguna de las dos becas que concedió Checoslovaquia para cursar estudios de operador cinematográfico (camarógrafo) en Praga tenía su nombre. Se la habían concedido al pintor, y posteriormente director de fotografía, Saim Kokona, y al escultor Mithat Fagu. Sin embargo, Mithat renunció a ella unas semanas más tarde. «–Si fuera a Moscú, pues bueno, pero a Checoslovaquia ni se me ha pasado por la cabeza. Además, si fuera a Moscú querría estudiar para ser director y no para ser operador cinematográfico– les dijo Mithat y se marchó».

«¡Vaya desastre! –dijeron los del ministerio–. Tenemos una beca y el hijo de perra la rehúsa. ¿Qué haremos?». Volvieron a revisar una vez más los cuatrocientos y pico formularios de todos los graduados de Albania y: ¡eureka! Lo encontraron. Un tal Piro Milkani de Korça había solicitado estudiar cinematografía. «Es muy joven, aún no tiene ni diecisiete años, pero sus notas son todas de sobresaliente. ¡Qué sea para bien! Que vaya Piro en vez de Mithat». De este misterio me enteré en Praga, me lo contó Saim, que se convirtió en mi mejor amigo. Nieto de los Kallfa, los conocidos fotógrafos de los Estudios Kallfa de Tirana, le habían enseñado a fotografiar y, sobre todo, a retocar las fotografías de los clientes para que salieran más favorecidos de lo que en realidad eran. Fue él quien me enseñó el abecé de la fotografía antes de que lo hicieran mis profesores checos. Tras graduarse, Mithat tuvo que cumplir el servicio militar obligatorio. Yo a Praga y él al cuartel. Tras licenciarse en 1959, lo enviaron a Moscú a estudiar dirección cinematográfica, tal como había deseado. Debió de tener un poderoso mentor. Pero ni su mentor ni el propio Mithat podían prever que en 1961, los miles de estudiantes albaneses que regresaron a casa por vacaciones, no volverían nunca más a Europa. Había comenzado una «nueva amistad». Con la China de Mao Zedong.

Piro Milkani en 1º de la facultad de Cine
Fotografía: Edición checa del libro

 La ruptura con Rusia del presidente Enver Hoxha, que gobernaba el país con mano de hierro, trajo a Piro Milkani de vuelta a casa en julio de 1961. Allí, el que ya era uno de los primeros camarógrafos del cine albanés, terminaría por convertirse después en director y guionista, con treinta y seis películas en su haber. Entre ellas, Victoria rotunda sobre la muerte, La boda, La señora de la ciudad, Frente a frente, Roja palabra de honor, El militante, La primavera no llegó sola o La tristeza de la señora Scheneider.

Trailer de Victoria rotunda sobre la muerte, de Piro Milkani y G. Erebara (1967)

La tristeza de la señora Schneider
Dirigida por Piro Milkani

 También tendría tiempo de actuar en las películas de otros directores, entre ellas en la italiana Lamerica que tanto me impresionó cuando la vi en el cine Albéniz en el marco del Festival de Cine Italiano de Málaga.

Cartel de la película Lamerica
Dirigida por Gianni Amelio

 Entre todos esos breves apuntes de una vida que recogen las páginas de Increíble, pero cierto (La Tortuga Búlgara Ediciones, 2025) no podían faltar sus encuentros con algunos nombres ilustres: políticos, como Václav Havel; escritores, como Ismaíl Kadaré y Jiri Mucha; actores, como Bekim Fehmiu «el Marlon Brando albanés», Emma Černá y Faruk Begolli «el Alain Delon de los Balcanes»; o compañeros de profesión, como el italiano Michelangelo Antonioni, el yugoslavo Aleksandar Petrović y la china Xiao Jiang.

Bekim Fehmiu, Emma Černá y Faruk Begolli

 Y para mi asombro, hay un episodio en el que aparece el Korab, la montaña más alta de Albania a cuya cima ascendí cuando recorrí el país en el verano de 2017. Como Josef M., el juez coleccionista que aparece en ese texto, yo también pude vivenciar la hospitalidad de los aldeanos que me alojaron en sus casas y me dieron de comer sin cobrarme nada.

El juez coleccionista
En mis primeros años de embajador en Praga, los checos que querían visitar Albania necesitan un visado, e igualmente en sentido recíproco. A finales de junio de 1999 se presentó en la embajada un hombre de mediana edad. Lo recibí en mi despacho. Me dijo que se llamaba Josef M. y que era un juez de Pilsen. Deseaba visitar Albania, pues había estado en casi todos los países de los Balcanes, salvo en Albania. Quería llegarse al monte Korab.
 –Pero ¿por qué el Korab? Albania está llena de picos y montes tan bonitos como el Korab. Por ejemplo, yo le recomendaría el Tomor. ¿Qué dice?
 –¡No, no! El Korab.
 –Pero ¿por qué precisamente ese, es usted alpinista?
 –No, no lo soy, pero quiero subir al Korab porque lo vislumbré cuando visité años atrás Kosova y me dije: «Un día subiré a ese monte».
 –Entonces, escúcheme. Sabe usted que acaba de finalizar la guerra por la liberación de Kosova. El Korab está en la frontera kosovar y quizá la zona aún se encuentre minada por el ejército serbio. Vamos, que hay peligro para quienes no conozcan la zona.
 –Yo solo quiero subir al Korab. Si no es posible, no me dé el visado. Pero no puedo engañarle. Quiero subir allí.
 Me lo pensé. ¿Qué hacer?
 –¿Qué itinerario ha elegido para llegar hasta allí?
 –Viajaré vía terrestre a través de Hungría y Eslovenia hasta Montenegro. Después tomaré un autobús que me lleve a Shkodra.
 –¡Hagamos un trato entonces! Le daré el visado y un número de teléfono. En Shkodra tengo un gran amigo. Es director teatral y se llama Serafin Franko, y estudió en su momento conmigo en Praga. Solo estuvo aquí dos años, pues en 1961, a causa de la ruptura de relaciones entre nuestros dos países, no pudo terminar sus estudios aquí y los finalizó en Tirana. Pero habla muy bien checo. Se verán y en el caso de que le diga que puede ir hasta el Korab, yo estaré de acuerdo. ¿Qué dice?
 –Totalmente de acuerdo.
 Diez minutos después le entregué su pasaporte con el visado albanés y una nota con el nombre y el número de teléfono fijo de Serafin. Al separarnos le pedí que, a su regreso, si le fuera posible se pasara de nuevo por la embajada, para que me contara su «aventura». Y prometió hacerlo.
 Mantuvo su palabra. Quince días después Josef M. se presentó en la embajada. Y me contó:
 [...]

 Les animo a leer en el libro qué le contó Josef M. a Piro y a subir a esa bella montaña que, con sus 2.764 metros de altura, constituye el punto más elevado de Albania.

Pedro Delgado en la cima del Korab, la montaña más alta de Albania
Agosto, 2017

martes, 21 de julio de 2020

EL ARTE DE PERDERSE


Senderismo por los alrededores de Sapa, Vietnam
Fotografía: Pedro Delgado

Le pedí a mi madre que me contase la anécdota de cuando mi hermano Marcial se perdió de pequeño en calle Nueva, en el centro de Málaga, y descubrí que fui yo el que se perdió en dicha calle. Mi hermano lo había hecho un tiempo antes en una adyacente, la calle Cinco Bolas. Mi hermana Inmaculada también se perdió en otra ocasión, pero más lejos del centro de Málaga, en Torremolinos. El único que no se perdió nunca fue mi hermano Paco, que al ser el pequeño siempre estaba más vigilado. Afortunadamente, nos teníamos aprendido el discurso y nunca nos movíamos del lugar donde nos habíamos perdido, con lo que mis padres no tardaban en encontrarnos. "Si os perdéis, os quedáis quietos en el sitio hasta que tu padre o yo aparezcamos", nos decía cada vez que íbamos a la Feria, al Tívoli o a cualquier bulla de gente donde pudiéramos perdernos.
 Cuando terminó de contar la historia, le pregunté cual de los cuatro hermanos se había perdido más ya de mayores. Pensaba que diría algo así como 'tú, que cada dos por tres coges la puerta y te vas por ahí de viaje', pero no, para ella nos habíamos perdido todos por igual, pues vivía el no tenernos en casa con ella como una pérdida. Para ella todos nos habíamos extraviado. "Menos mal que todas las semanas vienen a vernos…"


 Todo esto viene a cuento del libro de Rebecca Solnit (San Francisco, 1961) que me acabo de leer: nueve ensayos autobiográficos reunidos y editados por Capitán Swing bajo el título Una guía sobre el arte de perderse.


 Rebecca dice que los equipos de búsqueda y rescate han desarrollado un arte del encontrar y una ciencia de cómo se pierde la gente. Según ella, la explicación está en "que muchas de las personas que se pierden no van prestando atención en el momento en que se pierden, no saben qué hacer cuando se dan cuenta de que no saben volver o no reconocen que no saben volver".
Hay todo un arte consistente en prestar atención al tiempo atmosférico, a la ruta que sigues, a los hitos del camino, a cómo si te giras para mirar atrás puedes ver las diferencias entre el camino de vuelta y el de ida, a la información que te proporcionan el sol, la luna y las estrellas para orientarte, a la dirección en la que fluye el agua, a las mil cosas que convierten la naturaleza salvaje en un texto que pueden leer quienes conocen su lenguaje. Muchas de las personas que se pierden son analfabetas en ese lenguaje, que es el de la propia Tierra, o bien no se paran a leerlo. También existe otro arte, el de encontrarse a gusto estando rodeado de lo desconocido, sin que esto provoque pánico o sufrimiento, el arte de encontrarse a gusto estando perdido.
 Durante mis estudios en el INEF de Granada recibí formación sobre las técnicas de orientación, y gracias a ello, junto a mi instinto y mi intuición, logré no perderme nunca en mis excursiones o viajes. Aún así, siempre encontré placer en abrir camino por lo desconocido.

De Valbona a Thethi. A través de las montañas de Albania
Fotografía: Pedro Delgado

 Realmente, nos dice Solnit, el concepto de perdido tiene dos significados diferentes. «Perder cosas tiene que ver con la desaparición de lo conocido, perderse tiene que ver con la aparición de lo desconocido»; en esta segunda acepción, el mundo se vuelve mayor que tu conocimiento del mismo.
La palabra lost, «perdido», viene de la voz los del nórdico antiguo, que significa la disolución de un ejército. Este origen evoca la imagen de un grupo de soldados rompiendo filas para volver a casa, una tregua con el ancho mundo. Algo que me preocupa hoy en día es que muchas personas nunca disuelven sus ejércitos, nunca van más allá de aquello que conocen. La publicidad, las noticias alarmistas, la tecnología, el ajetreado ritmo de vida y el diseño del espacio público y privado se confabulan para que así sea. En un artículo reciente sobre el regreso de los animales salvajes a los barrios residenciales de las afueras de las ciudades se hablaba de jardines nevados que están llenos de huellas de animales y en los que no hay presencia alguna de huellas de niños. Para los animales, estos barrios son un paisaje abandonado, así que deambulan por ellos con total tranquilidad. Los niños rara vez deambulan, ni siquiera en los lugares más seguros. A causa del miedo de sus padres a las cosas espantosas que podrían ocurrir (y que es verdad que ocurren, pero muy de vez en cuando), quedan privados de las cosas maravillosas que ocurren siempre. En mi caso, ese deambular durante la infancia fue lo que me hizo desarrollar la independencia, el sentido de la orientación y la aventura, la imaginación, las ganas de explorar, la capacidad de perderme un poco y después encontrar el camino de vuelta. Me pregunto cuáles serán las consecuencias de tener a esta generación bajo arresto domiciliario.
En mi caso, ese deambular durante la infancia fue lo que me hizo desarrollar el deseo por lo desconocido, por viajar, por perderme de todo y de todos. Y espero habérselo transmitido a mis hijos.

 Durante la lectura de Una guía sobre el arte de perderse, han ocurrido dos casualidades que no dejan de sorprenderme. La mayor, recibir un correo de mi primo Sergio con un podcast del programa de radio de La Cultureta en el que hablaban de Cabeza de Vaca y sus aventuras. Sus palabras, cosa de meigas, me llegaron justo después de haber leído el cuarto ensayo del libro, en el que Rebecca Solnit cuenta la apasionante historia de Álvar Núñez Cabeza de Vaca.
Nadie se encontrará perdido nunca más de la forma en que estaban perdidos aquellos primeros conquistadores, deambulando por un continente del que nada sabían, cuyo clima y cuya topografía desconocían, cuyos habitantes no hablaban la misma lengua que ellos, adentrándose en un territorio en el que carecían de las palabras para nombrar esos lugares, plantas y animales que tan diferentes eran de los del continente del que ellos procedían.
 La otra coincidencia fue leer el ensayo Guirnaldas de margaritas, días después de decirle a mi padre que convendría ponerle voz por escrito a todas esas fotografías familiares antiguas que él y mi madre guardan en las viejas cajas metálicas del Cola-Cao.
En mi familia las cosas tienen tendencia a desaparecer. Una vez, siendo yo mucho más joven, la hermana pequeña de mi padre me enseñó una caja llena de fotografías familiares, y la pared en blanco que había estado levantada hasta entonces detrás de mi propio nacimiento se derrumbó bajo un torrente de imágenes de extraños rostros anónimos y poses formales, reforzadas con cartón y en toda la gama que iba del sepia al color gris de la gelatina de plata. Sentadas con la caja de cartón en el cuarto de estar de mi tía, sumido en una penumbra casi permanente por la sombra de las secuoyas, estuvimos largo rato pasando imágenes mientras ella iba recitando nombres, algunos que yo ya conocía y otros que no. La fotografía que más me impresionó fue una de mi abuela y sus dos hermanos pequeños, posando en la isla de Ellis o por la época en que atravesaron aquella gran puerta de entrada de inmigrantes en el puerto de Nueva York. Aparecían en fila, con los cuerpos solapados y por orden de altura, siguiendo las convenciones de la fotografía de retrato de la época. Les habían rapado el pelo, quizás por los piojos o la tiña, y tenían esa mirada ojerosa y atormentada de muchos de los inmigrantes de entonces: tres niños con trajes blancos de marinero a juego que habían cruzado toda Europa y el Atlántico y que iban a atravesar otro continente solos.
 Cuando mucho tiempo después le pregunté por las fotografías, mi tía dijo que aquella caja no existía y que debía de habérmelo imaginado todo. Unos años más tarde volví a preguntarle y reconoció que la caja había existido, pero dijo que había desaparecido. Las fotografías, que se supone que tienen que servir de pilares de un pasado objetivo, son tan inestables como todo lo demás en la historia de mi familia paterna. Con mi padre y mi tía fallecidos, y con sus padres fallecidos mucho antes que ellos, ya no hay nadie que repita o contradiga las escasas historias que contaban muy de vez en cuando.
  Rebecca Solnit dice al respecto que "hay momentos de armonía que llegan al nivel de la serendipia y la coincidencia y que van incluso más allá, y hay periodos en los que parece que abundan esa clase de episodios. […] Esos momentos parecen indicar que nos hemos rendido ante la historia que se está narrando y estamos siguiendo el argumento en lugar de intentar contarlo nosotros mismos, interrumpiendo y replicando con nuestra débil vocecita al destino, a la naturaleza, a los dioses".

Pedro Delgado en la cima del Korab, la montaña más alta de Albania (Agosto, 2017)

 En La puerta abierta, sin ella saberlo, me catapultó directamente a las montañas de Albania, al verano de 2017, cuando ascendí al Korab o Korabit y en la aldea de Dibër una familia me acogió en su casa. Un miembro del clan sufrió la pérdida de un hijo en aquella montaña, alcanzado por un rayo. Hacía unos años del desgraciado suceso, pero uno podía ver la pena infinita en los ojos de aquel hombre corpulento. Quizás por ser padre, interioricé aquella pena y la hice mía. Y creo que ya nunca se me va a ir.
Yo habría seguido andando por aquellos montes eternamente, pero los truenos procedentes de la masa de nubes que se había formado y la aparición de un enorme rayo llevaron a Sallie a decidir que diéramos la vuelta. Cuando íbamos bajando, le pregunté por los rescates que más la habían marcado. Uno fue el de un hombre al que había matado un rayo, una forma nada extraña de morir en esos montes y la razón por la que estábamos bajando de aquella espléndida cresta.
 Y cuando en Una casa, una historia habla de la tortuga del desierto, me acordé de mi encuentro con una de ellas en uno de mis primeros viajes a Marruecos. Rocco iba conduciendo su furgoneta por las sinuosas carreteras del Atlas, y al ver aquel ejemplar en medio del asfalto, andando tan despacio, se detuvo para que la apartara. Me bajé, caminé hacia ella y la agarré con las dos manos tratando de no asustarla, pero en cuanto la alcé del suelo me soltó una tremenda meada. A pesar de ello, la dejé delicadamente a unos metros de la carretera, y al regresar al vehículo me encontré con las risas de Rocco que no dejaba de señalar mis pantalones. También se me vino a la cabeza mis visitas a distintos desiertos.
Una vez amé a un hombre que era muy parecido al desierto, y antes de eso amé el desierto. No era por cosas concretas, sino por el espacio entre ellas, por esa abundancia de ausencia: esa es la atracción que ejerce el desierto. […] Lo que yo amaba del desierto era la inmensidad, así como una sobriedad que también era un placer para los sentidos. ¿Y el hombre?
 Fui a visitarle a su casa, en pleno desierto de Mojave, un atardecer de finales de primavera.
 El libro es un compendio de saberes eruditos y de historias curiosas que la autora va hilando finamente hasta tejer los cuadrados de patchwork que conforman cada uno de sus capítulos. Así, al final, la manta o la alfombra resultante, hecha de múltiples retales, abarca desde Daniel Boone a Bob Dylan, desde la música country a la pintura del renacimiento, pasando, entre otros, por elementos tan dispares como el movimiento punk rockers, la película Vértigo, el Salto al vacío de Yves Klein, las tribus indias, Virginia Woolf, Borges, los monjes budistas o los fotógrafos Peter Hujar y David Wojnarowicz.
Hay todo un género de canciones que surgió con el blues y que consiste en buena parte en una sucesión de nombres de lugares, un recitativo sobre geografía; la famosa Route 66 es la más popular, pero no la única. […] Una perspicaz aproximación desde los márgenes a la esencia de este género es Wanted Man, compuesta por Bob Dylan en 1969 y cuya versión más famosa fue interpretada por Johnny Cash. Es una lista cargada de fanfarronería de todos los lugares en los que se busca a un delincuente, enumeración que incluye Albuquerque, Tallahassee, Baton Rouge y Buffalo, un solapamiento de ser deseado por las mujeres con ser perseguido por la justicia que contiene perturbadoras insinuaciones sobre los motivos para cometer un crimen.
  
Wanted Man, Bob Dylan y Johnny Cash 
 Que la vida es un viaje es algo que se da por sentado en estas canciones, que al fin y al cabo surgieron en el contexto del traslado del campo a la ciudad de los blancos de zonas rurales y de la emigración al norte de los negros del sur. El amor por el lugar es tan intenso, sin embargo, que este viaje no se formula como el relato de un descubrimiento de lo desconocido lleno de revelaciones, sino como una historia más conservadora sobre la pérdida del territorio conocido en el que nos hemos formado, un territorio que en la canción solo existe en forma de recuerdo, como un mapa trazado en la profundidad de las entrañas que podrá leerse en las paredes del corazón en nuestra autopsia. Nadie supera nada; el tiempo no cura ninguna herida; si hoy él ha dejado de quererla, como dice uno de los temas más famosos de George Jones, es porque está muerto. El paisaje en el que se supone que está cimentada la identidad no es un terreno sólido: está hecho de recuerdos y de deseos, no de tierra y piedra, igual que las canciones.
 He Stopped Living Her Today, George Jones
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Sería bonito imaginar que hubo un tiempo en que los wintus estaban tan perfectamente ubicados en un mundo con fronteras conocidas que no conocían la experiencia de perderse, pero sus vecinos del norte, el pueblo Pit River o achumawi, sugieren que probablemente no fuera así. Un día había quedado en reunirme con unos amigos en un espectáculo que se celebraba en un parque de la ciudad, pero al no encontrarlos entre el público me fui a una librería de segunda mano. Allí encontré un viejo libro en el que Jaime de Angulo, el indómito narrador y antropólogo español que hace ochenta años pasó un periodo considerable de tiempo con este pueblo, escribió: «Quiero referirme ahora a un fenómeno curioso que se da entre los indios Pit River. Los indios se refieren a ello con un término que podría traducirse como "vagar". Dicen de una persona que "Está vagando" o que "Ha empezado a vagar". Pareciera que, en ciertos momentos de malestar psicológico, a un individuo se le hace insoportable la vida en su entorno habitual. Ese individuo empieza a vagar. Se dedica a deambular por el campo sin rumbo fijo. Va haciendo paradas en distintos sitios, en los poblados de amigos o familiares, siempre de paso, sin detenerse más de unos pocos días en ningún lugar. No da ninguna muestra externa de dolor, pena o preocupación. […] La persona errante, hombre o mujer, evita los pueblos y poblados, permanece en lugares agrestes y solitarios, en las cumbres de las montañas, en el fondo de los desfiladeros». Esta persona errante no es muy distinta de Woolf, quien también conoció la desesperación y el deseo de lo que los budistas llaman el no ser, deseo que acabó llevándola a meterse en un río con los bolsillos llenos de piedras. No es una cuestión de haberte desorientado y estar perdido, sino de intentar perderte.
 De Angulo continúa diciendo que ese vagar puede conducir a la muerte, a la pérdida de la esperanza, a la locura, a distintas formas de desesperación, o que puede dar lugar a encuentros con otras fuerzas en los lugares remotos a los que llega la persona errante. Concluye diciendo: «Cuando te has vuelto totalmente salvaje, es posible que algunos seres salvajes se acerquen a echarte un vistazo y quizá alguno te coja simpatía, no porque estés sufriendo y tengas frío, sino tan solo porque le gusta tu aspecto. En ese momento se acaba el vagar y el indio se convierte en un chamán». Te pierdes porque sientes el deseo de estar perdido, pero en ese estado que denominamos perdido se encuentran cosas extrañas. «Todos los hombres blancos son personas errantes, dicen los ancianos», comenta el editor de De Angulo.
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Boy on Raft, fotografía de Peter Hujar, 1978. The Peter Hujar Archive
LLC Courtesy Pace/MacGill Gallery and Fraenkel Gallery
 
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Desde hace muchos años me ha conmovido el azul del extremo de lo visible, ese color de los horizontes, de las cordilleras remotas, de cualquier cosa situada en la lejanía. El color de esa distancia es el color de una emoción, el color de la soledad y del deseo, el color del allí visto desde el aquí, el color de donde no estás. Y el color de donde nunca estarás. Y es que el azul no está en ese punto del horizonte del que te separan los kilómetros que sean, sino en la atmósfera de la distancia que hay entre tú y las montañas. «Anhelo –dice el poeta Robert Hass–, porque el deseo está lleno de distancias infinitas». […] Y es que, como sucede con el azul de la distancia, la consecución y la llegada solo trasladan ese anhelo, no lo satisfacen, igual que cuando llegas a las montañas a las que te dirigías estas han dejado de ser azules y el azul ha pasado a teñir las que se encuentran detrás. Aquí se encuadra el misterio de por qué las tragedias son más hermosas que las comedias y por qué algunas canciones e historias tristes nos producen un inmenso placer. Siempre hay algo que está lejos.
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En el siglo XV, los artistas europeos empezaron a pintar el azul de la distancia. Los pintores anteriores no habían prestado mucha atención a lo remoto en sus obras. […] Los pintores empezaron a interesarse más por la verosimilitud, por representar el mundo tal como lo veía el ojo humano, y en aquellos tiempos en que el arte de la perspectiva estaba empezando a desarrollarse adoptaron el azul de la distancia como una forma de dar profundidad y volumen a sus obras. La franja azul que aparece en la zona del horizonte a menudo resulta exagerada: empieza demasiado cerca del primer plano, genera un cambio demasiado brusco de color, es demasiado azul, como si se regocijaran en aquel fenómeno excediéndose en su uso. Debajo del cielo y encima del supuesto tema principal del cuadro, en la zona que quedaba delante del horizonte, pintaban un pequeño mundo de color azul: unas ovejas azules, un pastor azul, unas casas azules, unas colinas azules, un camino azul y una carretera azul.
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Arthur Rimbaud in New York, fotografía de David Wojnarowicz, 1978-1979
Cortesía de PPOW Gallery, New York y Estate of David Wojnarowicz
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«El vacío es el sendero por el que se mueve la persona centrada», dijo un sabio tibetano hace seiscientos años. El libro en el que encontré esta afirmación continuaba con una explicación de la palabra para decir «sendero» en tibetano: shul, «una marca que permanece después de que pasa lo que la hizo; una huella, por ejemplo. En otros contextos, shul se emplea para describir la cavidad rugosa que queda donde solía haber una casa, el canal erosionado en la roca por la que ha pasado la crecida de un río, la mella en la hierba donde durmió un animal la noche pasada. Todas esas cosas son shul: la impresión de algo que estuvo ahí. Un sendero es un shul porque es una impresión en el suelo dejada por el paso regular de pies, que se ha mantenido libre de obstrucciones y conservado para que lo usen otros. Como un shul, el vacío puede compararse a la impresión de algo que estuvo ahí. En este caso, semejante impresión está formada por las mellas, cavidades, marcas y rugosidades dejadas por la turbulencia del ansia egoísta».
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Uno de los cuentos budistas más conocidos es sobre dos monjes que han hecho el juramento de no tener contacto físico de ningún tipo con mujeres. Un día llegan a la orilla de un turbulento río y se encuentran con una mujer que les ruega que la ayuden a cruzarlo (las antiguas fábulas siempre andan escasas de mujeres atléticas), así que uno de ellos la levanta y cruza el río con ella en brazos. Cuando los dos monjes llevan un rato caminando por la otra orilla, el segundo monje le reprocha al primero que haya incumplido sus votos y este le contesta: «¿Por qué tú sigues llevándola en brazos? Yo la he dejado en el suelo al llegar a la orilla».
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Salto al vacío. Yves Klein, 1960
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Siempre se habla del montañismo como si la llegada a la cumbre fuera una conquista, pero a medida que asciendes el mundo aumenta de tamaño y te sientes más pequeño en relación con él, abrumado y liberado por la magnitud del espacio que te rodea, la magnitud del territorio que recorrer, la magnitud de lo desconocido. Te has pasado todo el día subiendo con gran esfuerzo con la mirada puesta en la ladera, ascendiendo por senderos y por caminos en zigzag, atravesando y rebasando pinares, y la vista de detrás se ha ido ampliando poco a poco hacia el norte, el sur, el este. A veces los pájaros, los árboles o las piedras del camino te hacen prestar atención a lo más inmediato, a veces vas mirando directamente a la pendiente que te espera, pero a veces un giro o una parada te permiten volver a ver la inmensidad que se extiende en esas tres direcciones, un manto infinito de aire que te cubre la espalda mientras prosigues tu camino. Al final, a unos cuatro mil metros sobre el nivel del mar, alcanzas no la cumbre, que no es un cambio tan drástico, sino la cresta. El Whitney no es más que el punto más alto de una larga cresta. Al llegar a ella, el mundo que se extiende al oeste aparece de repente ante ti, un terreno inmenso aún más salvaje y remoto que el del este, una sorpresa, un regalo, una revelación. El mundo duplica su tamaño.
 A la noche, después de pergeñar la reseña y dejarla en reposo, le pregunté a mi mujer si alguno de nuestros dos hijos se había perdido alguna vez. Me recordó que Enzo se perdió de pequeño una vez al terminar la cabalgata de Reyes, y que se fue directamente para la casa y nos lo encontramos en el portal esperando. "¿Y no te acuerdas cuando se te perdió en el tren camino del Círculo Polar Ártico?". "Es verdad, tengo que añadir esa historia". Así que, al despertar, la añadí para todos ustedes.
El tren empezó a reducir la velocidad y la gente comenzó a levantarse y a coger sus cosas. Papá consultó su reloj y dijo que llegábamos con 32 minutos de retraso. Como iba lleno, me dijo que esperásemos a que saliese la gente para poder bajar más cómodamente la maleta del portaequipajes, pero que recogiese rápido mis cosas de la mesa. La verdad es que yo pensaba que el tren había llegado a su destino final, y que se detendría allí hasta la hora en la que tuviese que iniciar su viaje de regreso a Alemania, así que empecé a recoger con mucha parsimonia. Papá me apremió para que me diese prisa, no fuésemos a quedarnos allí. Me apresuré cuanto pude, recorrí el pasillo y bajé al andén. Papá me seguía un paso por detrás y aún no había acabado de bajar cuando la puerta se cerró de golpe delante de sus narices. Me giré y miré hacia papá, que acababa de soltar una exclamación, pues la puerta estuvo a punto de pillarle. Con desconcierto, buscó el botón verde para abrir la puerta y lo presionó varias veces, pero éste estaba apagado y no respondía. "¡Papá! ¡Papá!, grité nervioso, con los ojos agrandados por la sorpresa. La gente que había a mi alrededor se dio cuenta de lo que pasaba y sus ojos, tensos y esperanzadores, también se clavaron en papá, que aún tenía la patética esperanza de que aquella puerta se abriera. Un hombre con una maleta apareció tras él, pero tampoco pudo abrirla. Le indiqué por señas que fuese a otro vagón que aún tenía la puerta abierta, pero papá, a quién ya se le había pasado el estupor inicial, lo único que hizo fue repetir varias veces con la mano el gesto de tranquilo, tranquilo, que ya lo arreglo yo. Unos segundos más tarde, lentamente, casi con delicadeza, el tren empezó a ponerse en marcha. Caminé unos pasos siguiendo el movimiento del tren, mirando suplicante a papá. Incluso estiré los brazos instintivamente, como si pudiese agarrar al tren y detenerlo. Mi padre volvió a hacer los gestos de tranquilo, tranquilo. Y allí me quedé, con la vista fija en el último vagón. Papá me había explicado un día que un agujero negro era una especie de desagüe, como el del lavabo o la bañera, pero cósmico, que en vez de tragar agua y pelos, se tragaba planetas, estrellas y hasta galaxias enteras. Pues bien, en aquel instante, me parecía que un agujero negro había succionado a aquel tren y con él a mi padre, y que por un buen rato íbamos a estar como en dos dimensiones distintas: la del andén, del que no me pensaba mover, y la del vete tú a saber dónde estaría mi padre.
 Lo importante era no perder la serenidad. Papá regresaría. Eso era indudable, así que no debía dejar que el pánico y la desesperación se apoderaran de mí. Aún no se había disuelto el corrillo que se había formado en torno a mí, cuando una voz a mis espaldas pronunció el nombre de mi padre. Me volví. El hombre seguía repitiendo el nombre al aire, sin percatarse del pequeño barullo que había a mi alrededor. Lo miré con la misma sorpresa que debió sentir Robinson Crusoe al encontrar a Viernes en su isla. "Es mi padre", le dije. El hombre me miró con expresión interrogativa, como preguntándome dónde estaba. Cuando comprendió lo que había pasado, me dijo que no me preocupara. Tenía la certeza de que mi padre aparecería más tarde o temprano, y en ese instante no podía más que disfrutar de aquella sensación de aventura.
 Efectivamente, papá apareció corriendo escaleras abajo 15 o 20 minutos después, y al verme suspiró aliviado. Dejó caer al suelo la maleta y la mochila, se inclinó sobre mí y me besó en la frente. Luego me dio un abrazo y celebró que Ramón hubiese venido a recogernos a la estación. Le preguntó qué había dicho y hecho yo, y si me había asustado mucho, pero Ramón alabó mi valentía. Papá nos contó que había buscado al revisor para explicarle lo sucedido, y que éste le había dicho que se bajase en la siguiente parada, que estaba a pocos minutos de allí, donde podía tomar otro tren en dirección a la Estación Central. "Los trenes salían cada dos minutos, pero menos mal que en cuanto llegué a la estación pude salir en uno para acá. ¡¡Uff!! Continuamente me preguntaba si estarías llorando, incluso si estarías aquí o si te habrías ido con las mujeres que se te acercaron a buscar a la policía". "Pues de llorar nada", dijo Ramón. "Y lo que más claro tenía era que no se movía de aquí hasta que tú vinieses". "Pues cuando me he bajado del tren y he visto que no había nadie en el andén… He pensado que estaría con alguien de la estación, pero luego me he dado cuenta de que estaba en la vía 7, en lugar de en la 1, y he corrido escaleras arriba y abajo para buscarle. Menos mal que estaba contigo".
No subestimes el poder de Santa Claus 
Pedro Delgado Fernández
 Quién sabe, quizás algún día ustedes también lean la historia completa; aunque de momento sigue perdida en el disco duro del ordenador a la espera de que la encuentre alguna editorial.

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2014/12/sos-navideno.html

Notas: 

 Esta entrada está dedicada a mi madre, que el pasado viernes, 17 de julio, cumplió 86 años. Te quiero, mamá.

 Todos los textos a color pertenecen a Una guía sobre el arte de perderse, de Rebecca Solnit, editado por Capitán Swing en 2020 en una traducción de Clara Mistral.