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martes, 17 de marzo de 2026

DE IVÁN, OBRA DE VLADÍMIR BOGOMÓLOV, Y LA PELÍCULA DE ANDRÉI TARKOVSKY


Iván, de Vladímir Bogomólov (Dirección Única Editorial)
Fotografía: Pedro Delgado

Primeros días de enero de este 2026. Tres troncos crepitan en la chimenea, y las llamas danzarinas iluminan de naranjas el salón. Estoy sentado frente al fuego, con un libro entre las manos. De cuando en cuando, levanto la vista del texto y ante mí, entre el hogar y el sillón de lectura, veo la figura de un niño delgaducho.

Estaba ante mí mirándome de reojo, alerta y hostil, sorbiéndose los  mocos por la nariz y temblando de pies a cabeza.

 La estancia ya está caldeada, pero el crío, de unos once años, tirita aterido de arriba abajo. Está empapado y tiene la ropa pegada al cuerpo. Sus pequeños pies descalzos están cubiertos de barro hasta los tobillos. Al parecer, lo han capturado junto a la orilla del Dniéper.

 El pequeño, huraño y altivo, me exige, a mí y al teniente Galtsev, que comunique su llegada al Estado Mayor. Sus palabras me apremian a seguir leyendo.

 Unas páginas después, dejo al niño seco y arropado por unas mantas en un camastro y salgo del refugio con el teniente mayor Galtsev, un joven moscovita de tan solo veintiún años.

 Procurando no hacer ruido, me preparé: me puse el casco, me eché el capote encima del abrigo, tomé el fusil automático y salí en silencio del refugio, ordenando al centinela que no dejara entrar a nadie durante mi ausencia.
 Hacía un tiempo de perros. La lluvia había cesado, pero impetuosas ráfagas de viento del norte soplaban con furia; la noche era oscura y fría.
 Mi refugio estaba en un bosquecillo joven, a setecientos metros del Dniéper, que nos separaba de los hitlerianos. La elevada orilla opuesta dominaba el terreno y nuestra primera línea, algo retirada, ocupaba posiciones más favorables; nuestras avanzadillas estaban en la misma orilla del río.
 Caminaba por el bosquecillo en la oscuridad, orientándome esencialmente por las lejanas llamaradas de las bengalas en la orilla enemiga, que surgían aquí y allá a lo largo de toda la línea defensiva hitleriana. Bruscas ráfagas de ametralladora rompían a menudo el silencio nocturno: por las noches, los alemanes ametrallaban a cada momento nuestra franja ribereña y el propio río, según decía el jefe de regimiento, «como medida profiláctica».
 Al acercarme al Dniéper me dirigí a la trinchera donde teníamos montado el puesto más cercano y ordené que llamaran al jefe de la sección que guarnecía la avanzadilla. Cuando se presentó, todo sofocado, recorrimos juntos la orilla. Me preguntó enseguida por el chico, pensando por lo visto que mi llegada estaba relacionada con su detención. Sin contestar a su pregunta, empecé de inmediato a conversar sobre otras cosas, pero mis pensamientos volvían de modo involuntario al muchacho.
 Miraba fijamente la líquida sábana, de medio kilómetro del Dniéper, invisible en la oscuridad y, no sé por qué, no podía creer que el pequeño Bondariev hubiera venido de la otra orilla. ¿Quiénes lo ayudaron a atravesar el río y dónde estaban ahora? ¿Dónde se encontraba la barca? ¿Sería posible que hubieran pasado sin que los centinelas de las avanzadillas los vieran? ¿O quizás lo dejaron lanzarse al agua, a gran distancia de la orilla? Pero ¿cómo pudieron permitir que un niño tan delgaducho y débil se lanzara a las frías aguas otoñales?
 Nuestra división se preparaba para forzar el Dniéper. En las instrucciones que había recibido –me las había aprendido casi de memoria– refiriéndose a hombres sanos, hechos y derechos, se decía: «si la temperatura del agua es inferior a 15º C, atravesar ríos a nado es, incluso para un buen nadador, extraordinariamente difícil y, si los ríos son anchos, imposible». Esto si era inferior a 15º C... ¿y siendo, como ahora, de unos 5º C?
 No, era indudable que la barca había llegado hasta muy cerca de la orilla. Pero, en ese caso, ¿cómo pudo pasar inadvertida? ¿Cómo, después de desembarcar al niño, se retiró en silencio sin ser tampoco descubierta? Me perdía en conjeturas.

 La contraportada del libro, traducido por Justo Vasco, dice que la acción se desarrolla en Bielorrusia, en otoño de 1943. A un lado de las heladas aguas del ancho río Dniéper están las trincheras soviéticas, y al otro las de los nazis. Detengo un momento la lectura y busco en la wikipedia «Batalla del Dniéper».

«La batalla del Dniéper fue una operación ofensiva estratégica de la Segunda Guerra Mundial, llevada a cabo por la Unión Soviética entre agosto y diciembre de 1943, que duró en total cuatro meses, durante la cual toda la mitad oriental de Ucrania, incluida la orilla sur del Dniéper, fue liberada de la presencia militar alemana por parte de las fuerzas soviéticas, que atravesaron el río y crearon varias cabezas de puente sobre su orilla norte, recuperando Kiev, que estaba bajo ocupación de la Wehrmacht desde el verano de 1941. Es la batalla con más bajas de la guerra, con pérdidas estimadas en 1,000,000 de soldados.»

 Acompañan el texto un mapa y una serie de fotografías en blanco y negro:

Avances soviéticos durante la Batalla del Dniéper (en color)
Fotografía: Wikipedia

Ametralladores alemanes de la División GroBdeutschland
Cerca de Poltava, agosto de 1943. Fotografía: Wikipedia

Soldados soviéticos preparándose para cruzar el río Dniéper
La inscripción en el cartel dice: «¡Toma Kiev!»
Fotografía: Wikipedia

Soldados soviéticos cruzando el Dniéper en unas balsas improvisadas
Septiembre de 1943. Fotografía: Wikipedia

 Vuelvo al libro de Vladímir Bogomólov (Kirílovka, Moscú, 1926-1973). Aunque lo puedan encuadrar temáticamente en novela bélica, hay poca acción en sus páginas. A veces los protagonistas beben vodka, y me dan ganas de levantarme e ir a la cocina a servirme un chupito, pero la botella de Stolichnaya que había en la nevera hace tiempo que se acabó.
 Jolin cortó el pan «a lo culto», en rebanadas finas, y luego echó vodka de la cantimplora en los tres jarritos: a mí y a él hasta la mitad y al niño un dedo [...]. Chocamos nuestros jarros y bebimos. El chico no estaba acostumbrado al vodka: al beberlo se atragantó, se le saltaron las lágrimas y tuvo que apresurarse a secárselas disimuladamente.
***
 –¡Toma! ¡Caliéntate! –Dejando los remos, me metió en la mano una pequeña cantimplora aplanada. Desenroscando trabajosamente el tapón con los dedos entumecidos por el frío, bebí un trago. El vodka me abrazó con agradable ardor la garganta y me hizo entrar en calor, pero seguí temblando.
 –¡Bébelo todo! –susurró Jolin, moviendo apenas los remos.
 –¿Y tú?
 –Beberé en la orilla. ¿Me invitarás?
 Bebí otra vez y, convenciéndome con pena de que la cantimplora estaba vacía, me la guardé en el bolsillo.
 La novelita es de mi hijo Pedro, un regalo del amigo invisible —una cuñada mía que lo conoce bien– de estos Reyes. Él no la ha leído todavía, pero me habló maravillas de su adaptación al cine.

Cartel ruso de la película La infancia de Iván

 La dirigió Andréi Tarkovsky, con el título La infancia de Iván. Con ella obtuvo en Venecia el León de Oro en el año 1962. Es por eso que al terminar la lectura dejo el librito sobre la mesita, me levanto para añadir un par de troncos a las brasas y, mientras prenden, enciendo la tele y busco en Filmin la película con intención de verla. No hay rastro de ella. Eso es lo malo de las plataformas, que cuando quieres ver un título en concreto ya no está y tienes que esperar a que lo vuelvan a poner.

 No me doy por vencido, y busco en Youtube. Primero encuentro el trailer y una introducción al film del Festival de Cine Sant Joan d'Alacant.



 Luego, la película. En 4K. Parte de mi interés en verla reside en que al autor, Vladímir Bogomólov, no le gustaban las versiones cinematográficas de sus novelas.
He sido muy desafortunado con los directores de cine... Traté con cuatro... dos de ellos muy famosos (Andréi Tarkovsky y Vytautas Zalakevicius). Ninguno sirvió en el ejército ni siquiera una hora. No lo entienden. No lo conocen. Y lo que es peor, no quieren escuchar. Lo que los directores de cine quieren en nuestros días es acción.
Del prólogo, de Paco Ignacio Taibo
 Sus directores no habían vivido la guerra, y él, como se lee en su biografía y en el texto de la introducción, había estado totalmente inmerso en ella. «Cuando la Unión Soviética fue invadida por Alemania, en 1941, Bogomólov tenía tan sólo quince años. Se alistó como voluntario en el ejército falsificando su edad. Fue herido dos veces en combate, participó en operaciones de infiltración y sabotaje tras las líneas enemigas y ganó varias medallas. Continuó sirviendo en el ejército hasta 1950, en la inteligencia militar del SMERSH, en Alemania del Este».

 Apago la luz, me acomodo en el sofá de tres plazas con Lucía, que va a verla por segunda vez –la primera vez la vio en el cine Albéniz con Pedro–, y me dejo llevar por las imágenes en blanco y negro de Tarkovsky. Por supuesto, su niño, ese huérfano que ansía vengar la muerte de sus padres, no es mi niño. Ni su Galtsev es mi Galtsev, el narrador escogido por Bogomólov para contar su historia. Pero la película, tremendamente onírica, también me resulta notable.

Fotograma de La infancia de Iván, de Andréi Tarkovsky

Fotograma de La infancia de Iván, de Andréi Tarkovsky

 Ahora me quedan las ganas de leer otras de sus obras, como El primer amor (1959), Zosja (1965), En agosto del 44 (1974) o El momento de la verdad (1982). Y ver qué hicieron con ellas otros directores.

Nota: Dar desde aquí las gracias a Dirección Única Editorial por su labor y por arriesgarse con estos proyectos.


Iván, de Vladímir Bogómolov (Dirección Única Editorial)
Fotografía: Pedro Delgado

martes, 23 de septiembre de 2025

DESPRENDIMIENTO DE RUTINA


Desprendimiento de rutina, de Pablo Aranda (Editorial Arguval, 2003)
Fotografía: Pedro Delgado

La primera semana de julio viajé a Gran Canaria para visitar a mi hijo mayor y conocer la isla en la que él había vivido y trabajado casi un par de años. Acababa de rescindir su contrato de piloto para trabajar en una nueva compañía con base en Málaga, de ahí que regresásemos juntos a casa.

 Viajar es desprenderse de la rutina, así que elegí la novela corta de Pablo Aranda Desprendimiento de rutina para el trayecto aéreo de ida y de vuelta y los ratos muertos en Las Palmas.

Desprendimiento de rutina en Lentini, Las Palmas
El Mejor bocata de pata asada de Gran Canaria
Fotografía: Pedro Delgado

 No había leído la novela en su momento, en 2003, cuando obtuvo el Premio Diario Sur de Novela Corta, así que la leí como si fuera una novedad. Acerté de pleno, pues la novela es de lo más entretenida y divertida, conteniendo sus páginas la ironía y el humor inteligente que lo caracterizaban.

 Eligió un chiringuito de El Palo al que había ido algunos domingos con su padre, cuando era niño. Creyó reconocer en un camarero viejo con una camisa blanquísima al amigo de su padre que siempre les había atendido.
 –Yo venía aquí con mi padre, cuando era niño –le comentó Luis al camarero.
 –Me extraña –respondió sin parecer darle mucha importancia a las palabras de Luis.
 –¿Qué le extraña?
 –Esto lleva abierto cuatro años.
 –Bueno, la verdad es que al que he reconocido es a usted y he supuesto que éste era el chiringuito donde comía con mi padre, sería otro de por aquí en el que usted trabajara hace años.
 –Yo he estado cuarenta años trabajando en Oporto, y llevo un par de años aquí. No da usted una.

 El protagonista es Luis, un caradura de 40 años que forma una pareja extraña con Marta, ella tan guapa y elegante y el tan barrigón, descuidado y mentiroso. «Ese tipo de vecinos que pide un sacacorchos y no lo devuelve nunca, o que reparte la propaganda que echan en su buzón entre los otros».

 Luis apuró la cerveza, se metió el último boquerón en la boca y se levantó. Estaba cerca del coche cuando oyó que alguien hablaba en voz alta, casi gritaba. Se volvió y vio al camarero viejo caminando ligero hacia él, se le veía muy agitado.
 –Se ha ido sin pagar, eso no lo voy a permitir.
 –Pero qué dice, hombre. Le he pagado al camarero ése que parece un niño, el de las espinillas. Encima que no he esperado ni el cambio va a venir gritándome por la calle como si fuera un, un nosequé.
 –Ah, ¿le ha pagado a Paquito? –el camarero viejo se había quedado perplejo–. Perdone, yo no sabía, es que cada uno suele cobrar las mesas que lleva. Disculpe, señor.
 Luis no dijo nada y siguió hasta su coche. El camarero viejo se quedó un rato allí parado en la acera antes de regresar al chiringuito, sin saber dónde meterse. Al entrar en el coche, Luis masculló: no hay nada como comer sin pagar un duro, nada.

 Sin embargo, a mí, como lector, este pícaro comienza a caerme bien desde muy pronto, desde que se pone el pijama, enciende la tele y aparece Alan Ladd en el western favorito de mi padre.

Raíces profundas (Shane, 1953)

 Alan Ladd ayudaba a un granjero, trataba de dejar atrás su vida de pistolero. Pero la música y la presencia del terrateniente y sus secuaces, que pretendían echar del valle a los indefensos campesinos, presagiaban que Alan buscaría su revólver. Os vais a enterar, cabrones, dijo Luis. Ya veréis, os vais a enterar.

 Pero dejemos a un lado a Alan Ladd y a Jack Palance en Shane (Raíces profundas) y vayamos al comienzo de la novela: Luis delante de una tapa de tortilla y una cerveza, posponiendo unos informes urgentes que tiene que entregar a la mañana siguiente a su jefe.

De la cocina salió una voz ronca pronunciando un nombre confuso, casi gritando, y al momento el camarero del bigote se acercó y recogió una fuente pequeña que depositó en la barra, justo delante de Luis. Luis observó la tortilla humeante, muy gruesa, y pensó que acababa de entrar en el proceso imparable –y ante el que no cabía oponer resistencia– que culminaría en una siesta al llegar a su casa. No se trataba de una cuestión sin importancia, pues esa tarde había planeado dedicarla a terminar en la oficina unos informes urgentes que se suponía entregados hacía casi una semana y cuyo plazo de presentación cumplía la mañana siguiente.

 La susodicha mañana, Luis llega tarde al trabajo tras dejar el coche en doble fila. En la oficina se encuentra con un ambiente festivo: la empresa va a invitar a desayunar por haber entregado todos a tiempo los informes. Está en juego una subvención que Luis ya sabe que no cobrarán.

 En una huída hacia adelante, el cúmulo de mentiras de Luis en su trabajo lo irá enredándolo todo, metiéndolo en un atolladero de difícil salida. Y si en la oficina pinta mal la cosa, en casa pinta peor con Marta, que está de lo más rara últimamente.

 Para colmo, influenciado por una película de serie negra que ha visto en la tele, se obsesiona con querer contratar a un detective –primero sin un propósito claro y luego porque teniendo información se tiene poder–, sin sospechar el terremoto que va a provocar en su vida dicha acción. En su vida y en la novela, pues esta se torna de repente en una novela de detectives. O mejor dicho, en una parodia de dicho género, con una serie de carambolas o casualidades disparatadas propias de las comedias de enredo que, para regocijo del lector, se suceden página tras página.

 Sobre la mesa había un ordenador apagado y papeles mal agrupados. Un lapicero, un escudo del Real Madrid, un teléfono y un libro donde se leía en letras mayúsculas UNED. El detective le tendió la mano desde el otro lado de la mesa cuando Luis estuvo sentado.
 –Isidro, –pronunció en voz baja al tiempo que le apretaba la mano, a modo de presentación.
 – Usted dirá –añadió.
 –Bueno, yo –dudó Luis –quería encargarle un caso.
 –Su mujer.
 –No.
 –Un empleado suyo.
 –No, bueno, en cierta manera sí.
 –Cómo se llama.
 –Ramón Darajas, es director provincial de la empresa Cutresa en Málaga.
 –¿Le interesa algún pormenor de su vida laboral o más bien lo que hace de oficinas para fuera?
 –De oficinas para fuera.
 –¿Cree que él puede tener algún motivo para sospechar que alguien vaya a investigar algo sobre él, a seguirle?
 –No, no creo.

 Como en todas las novelas de Pablo, lo más importante son los personajes, las cosas que les pasan y por qué les pasan. Y que todo eso se desarrolle en Málaga. Entre los escenarios que aparecen en Desprendimiento de rutina están la calle Carretería, donde se encuentra la oficina de Luis y el bar que regenta Charly, al que van a desayunar; El Palo y Pedregalejo, con sus chiringuitos; la Alameda de Capuchinos; la calle Cristo de la Epidemia, con el kiosco en el que compra el periódico y el bar Los Vikingos, en el cual suele tomarse un café con leche y unos churros; la calle Eugenio Gross, en la que está la oficina del detective privado; y el pueblo de Macharaviaya, a donde lo catapultan de una patada en el culo.

La calle Eugenio Gross en Desprendimiento de rutina
Fotografía: Lucía Rodríguez

 –¿Luis? ¿Dónde estás? –estaba enfadado don Ramón.
 –Llevo desde las siete y media intentando hablar con usted. Es que no me han dado la dirección del almacén en Macharaviaya.
 –Me da la impresión de que no comprendiste bien eso de que no quería volver a verte, también me refería a no querer oírte. Escúchame bien: Macharaviaya son dos calles, eso sería suficiente para alguien con un cociente intelectual normal, por ser tú te diré que está junto al restaurante Las Piedras y que a las nueve debías haberte incorporado.
***
 Los catorce kilómetros de autovía los recorrió Luis soñoliento y dejándose envolver por la extraña luz de esa tarde de septiembre. El día había cambiado, ahora unas nubes densas y de un gris oscuro dejaban extraños claros por los que se colaban rayos de luz que alargaban las sombras y dotaban de gran luminosidad los cuerpos que iluminaban. Eran casi las cinco de la tarde cuando llegó al desvío para Macharaviaya: todavía siete kilómetros más. La primera parte era una carretera antigua y estrecha, llena de curvas. Los últimos tres kilómetros acababan de ser asfaltados y la carretera ensanchada. Al llegar a una curva se vio el pueblo, efectivamente consistía apenas en dos calles. Un poco más allá, a la izquierda, al noroeste, las otras dos calles de Benaque.
 –Bueno, ya estamos aquí –murmuró Luis, tratando de emular las célebres palabras que, según don Fernando, el profesor de latín de su colegio, dijera César al cruzar el Rubicón.
 Detuvo el coche en una plaza a la entrada del pueblo en la que había una piedra de molino. No quiso aventurarse con el coche porque las calles tenían mucha pendiente y temía que no desembocasen en una salida. Se acercó a tres señoras mayores que estaban sentadas en un banco, pero antes de abrir la boca, cuando todavía estaba a unos metros de ellas, habló la que parecía más vieja:
 –La casa de Salvador Rueda está en Benaque.
 –¿Salvador Rueda? –preguntó Luis extrañado.
 –Sí, es en Benaque.
 –No, yo busco a otro señor. Vicente.
 –¿El del almacén de aceitunas?
 –Sí –afirmó Luis desengañado, pues estaba a punto de decir lo de Área de Gestión Rural.
 –Está ahí mismo, baje por esta calle de aquí, la avenida de los Gálvez. Al Vicente lo va a encontrar en la taberna El Candil.
 La avenida era una calle estrecha con casas a un lado y un cortado al otro. Al comienzo estaba el restaurante Las Piedras. Después del restaurante había un garaje con la puerta metálica levantada. Luis se asomó: era un local grande sin apenas luz. Olía a humedad y a aceite. A los lados tenía apiladas cajas de cartón en las que se leía Cutresa, por lo que supo que ese garaje era el edificio de oficinas que había imaginado la noche anterior. Al fondo descubrió la luz mortecina que despedía la bombilla cubierta de polvo de un flexo gris.

 También aparece la calle Bolivia; el Peñón del Cuervo; el parque cementerio de Málaga, arriba de cuyas escaleras se agolpa la gente delante de la puerta de la capilla principal; y Miraflores de los Ángeles.

La calle Bolivia, de Málaga, en Desprendimiento de rutina
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Cuando regresó a calle Bolivia había una pareja de policías locales en moto detenidos junto a su coche. No le reconocieron. Uno que iba sin afeitar y mascaba chicle le preguntó si el coche era suyo:
 –¿El coche es suyo? –preguntó, como ya he dicho que hizo.
 Detrás, junto a la marquesina del autobús, la señora de antes sonreía satisfecha.
 –Sí, es mío.
 –Migue, que el coche es suyo –le comentó al otro agente, que trataba de sacarse el casco– yo creo que no se ha enterado de que este sitio es para los del reparto. Le voy a poner una multa que se le van a quitar las ganas de conducir por un tiempo, ¿eh, Migue?
 –Di que sí.
 –Perdonen, pero yo soy del reparto. Les agradezco que luchen contra los que aparcan en estas zonas, hace un momento precisamente un imbécil que se cree que la ciudad es suya había estacionado en doble fila y no he podido salir en un rato.
 –Pero usted tiene un turismo normal y corriente –dudó el agente sin afeitar y que mascaba chicle.
 –Es que tengo la furgoneta en el taller. Pero qué voy a hacer si no aquí a estas horas, vengo de entregar dos cajas de sardinas a Rodrigo, el del chiringuito de ahí delante, en la playa, pregúntenle.
 –¿Qué hacemos, Migue?
 –Perdonen pero les tengo que dejar, es que me van a cerrar la lonja. En serio, pregúntenle a Rodrigo.
 –Está bien. Váyase.
 Luis le dijo adiós con la mano a la señora, que se había puesto seria de repente. En el parabrisas empezaron a caer las primeras gotas. En Málaga nunca nieva.
***
 A la altura del Peñón del Cuervo, justo después de dejar atrás las últimas casas de El Palo, antes de llegar a la fábrica de cementos, el motor hizo un cric casi imperceptible y fue parándose. Don Ramón giró el volante y detuvo el coche en el arcén, joder, vaya día de mierda, todo me tiene que pasar a mí.
Playa de El Peñón del Cuervo con el túnel y la fábrica de cementos
Fotografía: Pedro Delgado
***
 En lugar de volver por el camino más corto hasta su casa, es decir, caminar los metros que separaban su portal del bar de Luis, Isidro dio una vuelta completa a la manzana, callejeando después sin rumbo hasta llegar a Miraflores de los Ángeles. En una placita rodeada de edificios altos e iguales, de coches dando otra vuelta para encontrar aparcamiento a ritmo de claxon, niños con mochilas cargadas de libros que se perseguían, Isidro se sentó en un banco.
 –Oiga, perdone –Isidro levantó la cabeza y vio a un joven en camiseta interior de tirantes con los brazos tatuados.
 –¿Cómo?
 –No se lo tome a mal, pero ¿es usted policía?
 –¿Yo? No, no, yo no.
 –Es que verá, nosotros no somos mala gente –señaló a otro banco en el que había otros cinco o seis muchachos y un perro de presa– pero de vez en cuando nos gusta fumarnos un porrillo, ya sabe, uno solo ni marea ni nada, es solo para pasar el rato.
 Isidro no entendía lo que pretendía el joven. Sus maneras educadas alejaban la posibilidad del robo, aunque a lo mejor pretendía hacerlo por las buenas, una suerte de impuesto revolucionario. Se fijó en uno de los tatuajes del brazo musculoso y después le miró a los ojos con cara de no comprender.
 –Verá –continuó el joven, mirando un instante a su grupo para darse ánimos– es que si viene alguien y quiere fumar de nuestro chocolate a nosotros no nos importa, ¿sabe?, eso sí, tiene que pagar su parte, que tontos no somos.
 –Yo no voy a fumar –aclaró Isidro.
 –Si no es eso. Es que con su pinta de policía aquí sentado pues no se va a acercar nadie a comprar nada, ¿me entiende?
 –¿Entonces?
 –Pues que si no le importa, podía usted sentarse en un banco del parquecito que hay más abajo, o tomarse un café en el bar de la esquina. Es que con su pinta de policía espanta a todo el mundo.
 –Bueno –Isidro se levantó.
 –Muchas gracias, agente, digo, señor.

 Como curiosidad, anotar que en Desprendimiento de rutina aparecen de refilón dos de los personajes de La otra ciudad, su primera novela: Rafa, profesor de ética en un instituto, y Maribel, la novia de éste.

 Y, como es normal tratándose de Pablo, no podía faltar un perrete, en este caso en un paraje tan significativo como El Peñón del Cuervo y el túnel de la antigua carretera de Almería, lugar de memoria histórica.

Túnel de la antigua carretera de Almería, lugar de memoria histórica
Fotografía: Lucía Rodríguez

Fábrica de cementos de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Isidro giró a la derecha y fue hasta la playa del Peñón del Cuervo. Allí dejó el coche. La playa estaba repleta de gaviotas que iban alzando el vuelo a medida que se aproximaba un perro blanco y gris que corría por la orilla, girando a veces la cabeza para asegurarse de que su amo no se había ido. Recorrió a pie el túnel que le separaba de la carretera, al salir se encontró con el esqueleto de metales retorcidos de la fábrica de cementos. Anduvo hasta la autovía y caminó por el arcén en dirección a Málaga hasta que creyó estar en el lugar exacto en el que el directivo de la empresa Cutresa había sido atropellado. Después de unos minutos de detenida observación encontró un bolígrafo y unas monedas, seguramente habrían salido de alguno de los bolsillos del atropellado. Recordando las lecciones del médico forense, en las aulas donde estudió los tres cursos de Criminología, buscó rastro de un frenazo brusco: no había. Empezó a aceptar que el caso que le habían encargado no solo era el más arriesgado que había tenido hasta entonces sino que se excedía de su preparación e incluso ambiciones. Tenía miedo. Esa misma mañana, en el cementerio, habían ido a por él. Prefería no pensar qué habrían hecho si lo hubieran atrapado.
 Estaba en cuclillas intentando averiguar si una mancha oscura podía ser sangre cuando oyó el motor de un coche que todavía no podía ver. Se inquietó al pensar que tal vez ese sonido fue el último que oyó el hombre antes de ser atropellado hacía veinticuatro horas. Se puso de pie de un salto. Empezó a temblar al reconocer al coche amarillo que había golpeado en su acelerada huida del cementerio.

 Por último, no puedo cerrar esta reseña sin destacar su final alegre y esperanzador, marca de la casa, que dice mucho de la sensibilidad y la ternura con la que Pablo trataba a sus personajes, algo que, en su día a día, hacía extensible a todo el mundo.

miércoles, 30 de noviembre de 2022

EL AZAR COMO BIBLIOTECARIO: LOS CUENTOS DE HUMOR Y DE HORROR DE HECTOR HUGH MUNRO (SAKI)


El azar como bibliotecario: los cuentos de Saki
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hace mucho tiempo leí un artículo de Antonio Muñoz Molina en el que hablaba de cómo el azar podía cambiar el rumbo de nuestras lecturas, actuando contra lo que se lleva en ese momento. «El azar es un eficiente bibliotecario ciego», decía.

 A mí, de cuando en cuando, también me regala algunas lecturas sorprendentes a las que nunca habría llegado a través de las mesas y los escaparates de novedades de las librerías.

 Para facilitarle al azar su trabajo, hay que curiosear en los puestos callejeros y en los estantes de las librerías de segunda mano. Muchas veces, uno sale de ellas sin haberse cobrado una pieza, con las yemas de los dedos ennegrecidas por el polvo y la esperanza puesta en otra visita; pero en otras ocasiones, uno halla ese libro que no sabía que buscaba. Incluso verdaderas joyas, como los dos tomos a precio regalado de Historia de mi vida, de Giacomo Casanova (Ed. Atalanta), de los que ya les hablé en otra entrada.

 Este verano encontré una antología de relatos de Saki en Re-Read. La verdad es que no sabía quién era Hector Hugh Munro, alias Saki, pero el título (Cuentos de humor y de horror), el prestigio de la editorial (Anagrama) y el texto de la contra me hicieron retenerlo en las manos. Además, la cubierta, el lomo y las esquinas estaban impecables, como recién salido de imprenta.

Cuentos de humor y de horror, de Hector Hugh Munro, alias "Saki"
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Como decía Muñoz Molina en su artículo, «el azar no se equivoca nunca», y Saki, con esos cuentos cortos, de entre 4 y 10 páginas, me ha acompañado estos meses de estío. Los he leído a sorbos, como un buen whisky, espaciando los relatos para que me durase más tiempo el libro.

 Las historias de Saki, hiladas con perfección, ingenio y delicadeza, contienen una carga explosiva que estalla en sus últimas líneas. Son filigranas empapadas de humor negro e ironía, con finales sorpresivos. De los 20 cuentos destacaría, en orden de aparición, La reticencia de Lady Anne, Gabriel-Ernest, Esmé, Sredni Vashtar, La paz de Mowsle Barton y La penitencia, pero salvo algún que otro relato, tres o cuatro, todos están a un nivel alto, siendo cierto eso que decía Tom Sharpe: «Si empiezas un relato de Saki, lo terminarás. Cuando lo hayas terminado querrás empezar otro, y cuando los hayas leído todos nunca los olvidarás. Se convertirán en una adicción, porque son mucho más que divertidos».

Hector Hugh Munro (Saki)
Fotografía: E. O. Hoppé

 En Cura de agitación, aparece Marruecos en uno de sus diálogos:

–Lo que ustedes necesitan –dijo el amigo– es una cura de agitación.
–¿Una cura de agitación? Nunca he oído hablar de semejante cosa.
–Habrá oído usted hablar de curas de reposo, que se prescriben a las personas aquejadas de una vida en extremo preocupada y tensa. Bien, usted adolece de exceso de tranquilidad y placidez y necesita, por lo tanto, el tratamiento opuesto.
–Pero ¿dónde se dispensa un tratamiento semejante?
–Bien, podría usted presentarse como candidato orangista en el distrito irlandés de Kilkenny, o trabajar como visitador social en uno de los barrios apaches de París, o pronunciar una conferencia en Berlín para demostrar que la mayor parte de la música de Wagner fue compuesta por Gambetta; y siempre queda el recurso de viajar por el interior de Marruecos.

 Al finalizar el libro, que está traducido por Rubén Massera, recordé que había leído un relato de Saki en Viajeros, la antología de Marta Salís para la editorial Alba: sesenta y seis relatos que cubren un arco temporal de casi tres siglos de tradición viajera reunidos en un volumen que ya reseñé a principios de año.

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2022/01/viajeros-de-jonathan-swift-alan.html

 Se trataba de La docena del fraile, una sátira de la sociedad colonial británica escrita en forma de escena teatral, «una parodia de una de las constantes del género de viajes: el encuentro casual».

 En la breve semblanza que escribió Marta Salís de cada uno de los autores seleccionados, nos dice lo siguiente sobre Saki:

Hector Hugh Munro (1870-1916), más conocido por el seudónimo de Saki, nació en Akyab, Birmania, antigua colonia británica y actual Myanmar, en 1870. Tras la muerte de su madre, cuando apenas tenía dos años, fue enviado con sus hermanos a casa de su abuela en North Devon (Inglaterra), donde se crió al cuidado de dos tías solteronas, ignorantes y crueles, que dejaron una profunda huella en su carácter y le hicieron aborrecer el mundo de los adultos. La tradición familiar le empujó a alistarse en la policía militar de Birmania, pero un ataque de malaria le obligó a volver a Inglaterra, donde empezó a escribir artículos de prensa. Fue corresponsal de The Morning Post en los Balcanes, Rusia, Polonia y Francia. Macabro, ácido y divertido, Saki cultivó la sátira social. Entre sus obras destacan los volúmenes de cuentos, ejemplos de brevedad y eficacia, The Chronicles of Clovis (1912) y Beast and Super-Beats (1914). Discípulo de Oscar Wilde, Lewis Carroll y Rudyard Kipling, tendría gran influencia en P. G. Wodehouse. Su estilo se ha comparado con frecuencia al de O. Henry y Dorothy Parker. Al estallar la Primera Guerra Mundial se alistó como voluntario en la Compañía de Fusileros Reales y murió en combate cerca de Beaumont-Hamel (Francia), en 1916.

Hector Hugh Munro (Saki)
Foto: Imperial War Museums

 Me fijo en esto último, y entonces releo lo que cuenta Graham Greene en la contraportada de Cuentos de humor y de horror:

[...] en la madrugada del 13 de noviembre de 1916, en un cráter de obús cerca de Beaumont-Hamel, se oyó gritar al sargento Munro: «Apagad ese maldito cigarrillo.» Éstas fueron sus últimas palabras; inmediatamente después, una bala le atravesó el cráneo.

 Durante unos minutos me quedo perdido en la melancolía de esas trincheras y esos campos plagados de socavones provocados por los obuses, donde se dejaron la vida más de 600.000 soldados británicos, y luego pienso que los últimos segundos de Hector Hugh Munro fueron como el cierre de sus relatos, ese final sorpresa marca de la casa que hoy, más de cien años después, me produce un escalofrío, más grande aún por el hecho de que hace siete años visité esos campos de batalla en compañía de mi hijo Pedro.

Trincheras del Somme, Beaumont-Hamel (Francia)
31 de julio de 2015. Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

Cementerio del Somme, Beaumont-Hamel (Francia)
31 de julio de 2015. Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

 Allí podíamos sentir a cada paso la poderosa presencia de aquellos valientes. Que la tierra les sea leve.