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jueves, 14 de septiembre de 2023

DE LA PRESA, MI POSITIVO EN COVID-19 Y LOS LIBROS DE WALLAPOP


De La presa, los libros de Wallapop y mi positivo en COVID-19
Fotografía: Pedro Delgado

Leí La presa, de Kenzaburo Oé (Uchiko, 1935–Tokio, 2023), en los primeros días de agosto, en unas condiciones muy parecidas a las del protagonista, ese piloto del ejército estadounidense capturado en una remota y aislada aldea japonesa en los días de la guerra del Pacífico. Si aquel soldado estaba encerrado en una bodega, a la que se accedía por una trampilla que hacía pensar en una madriguera, yo me encontraba encerrado en mi cuarto por haber dado positivo en un test de COVID-19. La claustrofobia, la fiebre, la tos, la asfixia y el malestar no hacían más que acercarme a aquel prisionero herido. Además, la narración también se desarrollaba en el corazón del verano.

 La voz del narrador, de ese crío que vemos madurar a marchas forzadas, y lo que nos cuenta, me enganchó de inmediato.

Cerca del alba, me despertó un fuerte ruido; algo se había estrellado contra el suelo y propagaba por él un furioso fragor. Vi a mi padre medio incorporado encima de sus mantas colocadas sobre su lecho, con la mirada aguzada por la codicia, al igual que una fiera al acecho de noche en el bosque y a punto de saltar sobre una presa. Sin embargo, en lugar de eso, se tumbó de nuevo y pareció dormirse.
 Esperé largo rato, con el oído alerta; pero el estruendo no volvió a repetirse. Aguardaba pacientemente, respirando en silencio el aire húmedo que olía a bichos y a moho, a la pálida claridad de la luna que se colaba en el almacén por un elevado tragaluz. Pasó mucho rato. Mi hermano, que dormía apretando contra mi costado su frente empapada de sudor, comenzó a gemir suavemente. También él había esperado que la tierra volviera a retumbar; pero sin duda la espera había durado demasiado y no había podido aguantar. Puse la mano sobre su cuello grácil y fino como el tallo de una planta; y reconfortándolo con levísimos achuchones, acunado por el movimiento de mi brazo, me dormí de nuevo.
 Cuando me desperté, la brillante luz de la mañana penetraba en el almacén por todas las rendijas de los tablones de madera. Ya hacía calor. Mi padre no estaba allí. Tampoco estaba su escopeta colgada en su lugar habitual. Sacudí a mi hermano para que se despertara y, semidesnudo, salí al umbral del almacén. Una claridad implacable inundaba la carretera y la escalera de piedra. Los niños de la aldea ya correteaban por allí gritando como cachorros; algunos estaban de pie distraídamente inmóviles, otros despulgaban a sus perros tumbados al sol, con los ojos entornados por la intensidad de la luz... pero no se veía a ningún adulto. Mi hermano y yo corrimos hasta la herrería, bajo la sombra densa del alcanforero; al fondo del oscuro recinto no se alzaba ninguna llama de las brasas; el fuelle estaba silencioso; tampoco se veía al herrero, por lo general ocupado en levantar con sus brazos extraordinariamente tostados y descarnados, enterrado hasta medio cuerpo, los hierros incandescentes. Era la primera vez que encontrábamos vacía la forja en plena mañana. Cogidos del brazo, regresamos en silencio por la calle mayor. En toda la aldea, ni un solo adulto. Las mujeres, invisibles, debían de permanecer dentro de las casas. Sólo quedaban los niños, envueltos por el sol que caía a raudales. Una extraña inquietud embargó mi corazón.
 Morro de Liebre estaba echado en los escalones que bajaban a la fuente. Nos vio y, agitando los brazos, se nos acercó corriendo. Se esforzaba en adoptar una actitud presuntuosa, y de su labio partido salía una ligera espuma blanca de saliva.
 –¡Eh! ¿Sabes lo que ha ocurrido? –me gritó al tiempo que me daba una palmada en el hombro–. ¿Lo sabes?
 –¿Qué? –vacilé.
 –¡El avión que vimos ayer se estrelló anoche en la montaña! ¡Todos los hombres están batiendo la zona, con sus escopetas, para encontrar a su tripulación!
 –¿Piensan matar a los soldados enemigos? –preguntó mi hermano, agitado.
 –Seguro que no, no tienen suficientes cartuchos –explicó Morro de Liebre amablemente–, más bien intentan capturarlos.
 –¿Qué puede haberle ocurrido a ese avión? –pregunté.
 –Cayó en el bosque de abetos y se partió –contestó apresurado Morro de Liebre, con los ojos encendidos de excitación– [...].

 Y si entrañable es el narrador, también lo son su hermano pequeño y el crío al que apodan Morro de Liebre, a los que el color negro de la piel de aquel prisionero les causa asombro y pavor.

[...] Fue una sorpresa para mí descubrir, rodeado por nuestros mayores, a un gigante negro. Me quedé petrificado de miedo.
La comitiva avanzaba, con los labios apretados gravemente, rodeando la «presa», los torsos echados hacia adelante, igual que a la vuelta, en invierno, de una cacería de jabalíes. La «presa», por su parte, no llevaba un mono de vuelo de seda ocre ni botas negras de aviador de piel suave, sino una cazadora y un pantalón caquis y, en los pies, unas botas nada especiales que parecían muy pesadas. La «presa» caminaba con su ancha cara negra y reluciente levemente levantada hacia el cielo, donde todavía se demoraba un resto de luz, y cojeaba ligeramente arrastrando una pierna. Le habían rodeado los tobillos con una cadena de trampa para jabalíes que rechinaba con un sonido metálico. Inmediatamente detrás de los hombres que escoltaban a la «presa» iba el enjambre, silencioso, como está mandado, de la chiquillería. El cortejo avanzó con lentitud hasta la plaza, delante de la escuela, y se paró sin agitación ni ruido. Abriéndome paso en medio de los niños, llegué hasta la primera fila; pero el viejo jefe de la aldea nos ordenó, levantando la voz, que nos largáramos. Retrocedimos hasta los albaricoqueros, en una esquina de la plaza, fijamos allí resueltamente el límite de nuestro repliegue, y, de lejos, a través de la oscuridad que se iba espesando, seguimos contemplando [...].

 Poco a poco, el soldado, «al igual que los perros, los niños y los árboles», acabará formando parte de la vida de la aldea, hasta el punto de que sin él, el verano «sólo sería una concha vacía» para los críos.

 El prisionero acabó por convertirse en algo que llenaba por completo la vida cotidiana de los niños de la aldea, en la única y exclusiva preocupación de los chiquillos que ocupaba cada minuto, cada segundo, de nuestra existencia. Era como una enfermedad contagiosa que nos contaminó sucesivamente a todos. Pero los adultos, en cambio, eran inmunes al contagio, tenían otras cosas de que ocuparse; no tenían tiempo para estarse de brazos cruzados esperando las instrucciones del ayuntamiento, que, además, no acababan de llegar nunca. Y cuando mi padre, por su parte, a quien tocaba la misión de vigilar al prisionero, volvió a cazar, el acceso al soldado negro encerrado en la bodega dejó de estar restringido.

 Y si es impresionante el arranque de la novela, más impresionante aún es su desenlace, ese final que te golpea en el estómago y te deja sin aliento, que te produce un nudo en la garganta y cierta desazón en el espíritu. Parece mentira que esta sea una obra de juventud del autor. Con ella ganó el premio Akutagawa del año 1959, otorgado a las jóvenes promesas de la literatura japonesa. Así, no es de extrañar que se alzara con el Premio Nobel en 1994, a los 59 años de edad.

El escritor japonés Kenzaburo Oé (1935-2023)
Fotografía: Ricard Cugat (elperiodico.com)

 Mi hermano Marcial había adquirido aquella novela corta o relato largo en una de las tiendas benéficas que tiene Cudeca en la ciudad, y después de leerla me la había pasado para que también la leyera yo y después se la vendiera por Wallapop. El libro color crema, como todos los de la colección Panorama de narrativas de Anagrama, era una 3ª edición del año 2000, y tenía una pequeña pegatina de la Fnac en la contraportada, donde figuraba su precio en pesetas (1.425) y en euros (8,56), lo que me hizo pensar en lo mucho que han subido los libros desde entonces. Nunca me deshago de un libro que he leído con agrado, así que no tuve que ponerle un precio para subirlo a Wallapop. La presa se quedaba en la biblioteca de casa. Además, Kenzaburo Oé había fallecido recientemente, el 3 de marzo, y me pareció una falta de respeto hacia el escritor deshacerme de su libro.

 Por cierto, La presa fue llevada al cine por el prestigioso Nagisha Oshima, director entre otras de películas como El imperio de los sentidos o Feliz Navidad, Mr. Lawrence. A ver si Filmin la añade a su catálogo y puedo verla.

Cartel de la película japonesa Shiiku (La presa)
Nagisha Oshima

 Destacar también del libro el prólogo de Justo Navarro, el escritor granadino afincado en Nerja (Málaga) que dirige ahora el Centro Andaluz de las Letras; aunque recomiendo dejar su lectura para el final de la novela.

 Por arte de birlibirloque, unas semanas después de terminar La presa, me encontré en EL PAÍS con este artículo de Ana Iris Simón. Llevaba por título Los libros de Wallapop, así que no pude evitar acordarme de mi hermano y de Kenzaburo Oé y todos esos otros autores que no conseguimos echar de nuestros hogares ni a patadas.

Ana Iris Simón rodeada de libros en la cuesta de Moyano, Madrid
Fotografía: Leticia Díaz de la Morena

Los libros de Wallapop

Comparto vida y hogar con un bibliófilo. Así dicho suena bonito y la verdad es que lo es, pero tiene sus cosas, como la dificultad que eso añade a las mudanzas. En la primera que hicimos juntos, me puso una condición: a la casa común solo nos llevaríamos 10 títulos cada uno. El resto se quedarían en la de nuestros padres hasta que tuviéramos una propia. Me imaginé entonces que estaba renunciando a acumular libros por un tiempo, pero simplemente estaba dejando espacio.
 Porque a esa veintena inicial se le han ido sumando, casi cada semana, libros antiguos y nuevos, de tapa blanda y dura, ediciones refinadas y ejemplares intonsos. E incluso colecciones como la Gredos Clásica, que tenemos repetida porque la muchacha de la inmobiliaria nos dijo que iban a tirar una de un piso que habían vendido y ¿cómo íbamos a dejar que hicieran eso? Mucho mejor subir los casi cien ejemplares a pulso a un cuarto sin ascensor.
 Nuestras últimas adquisiciones, sin embargo, no han sido donadas ni compradas en librerías. Ni siquiera en IberLibro, donde debemos tener la distinción vip, sino en Wallapop, una aplicación en la que se venden bicicletas estáticas que ya se utilizan solo como perchero, cunas portátiles que uno no ha usado jamás y, por lo visto, también libros.
 Wallapop está siendo la madriguera de Alicia de mi pareja. Se mete, hace scroll y el tiempo se para. Allí encuentra tesoros que lleva años buscando a cinco euros o libros que no se han reeditado y son difíciles de conseguir. Cuando llega el pedido siempre le hago la misma pregunta: que para qué quiere tantos libros si no tiene tiempo de leer todos. Ni siquiera es retórica, porque conozco la respuesta: algunos compran más libros de los que leerán para construir un yo al que aspiran; otros, porque quieren dejarle una biblioteca en herencia a sus hijos, que en realidad es legarles una forma de mirar el mundo; otros, porque cuando compran libros creen estar comprando tiempo para leer, y los mejores porque saben, simplemente, que hay lecturas que no pueden quedarse sin comprar. Pero detrás de todas ellas subyace una sola razón: compramos más libros de los que podemos leer porque queremos ser mejores.
 Mientras barrunto esto, empezamos a abrir las cajas. Detrás de cada paquete de Wallapop no hay un obrero cobrando cuatro duros como en los que manda Amazon, sino un particular. Un particular que a veces tiene a bien enviarte tus nuevos libros con sus fotocopias del curso de alemán hechas bola a modo de acolchamiento, o envueltos en un trapo de cocina para que no se le doblen las esquinas, o cuidadosamente forrados en un almanaque de 2021 de la Carnicería Antón de Santander donde hay apuntadas un par de citar médicas.
 Después los abres y resulta que alguno tiene subrayados y apuntes, y en otro descubres, porque de pronto deja de haber anotaciones, que se lo dejaron a la mitad. Algunos, los más desgarradores, tienen incluso dedicatoria. Casi siempre acabas planteándote quién lo vende, si su dueño o el nieto del que un día lo compró, si el ex despechado o el intelectual que está sin un duro. Así, los libros de Wallapop acaban teniendo no dos sino tres vidas: la que viven con su primer comprador, la que viven con el segundo, y la que quien los compró de segunda mano imagina que tuvieron antes de llegar a él.
EL PAÍS, sábado, 26 de agosto de 2023

 Como la pareja de Ana Iris Simón, soy incapaz de deshacerme de un libro que me guste. Por eso no encontrarán libros míos en mi Wallapop, sino de mi hermano mayor, que por falta de espacio se deshace de los que no le convencen.

Nota: La presa, editada por Anagrama en 1994, tiene una traducción del japonés de Yoonah Kim, con la colaboración de Joaquín Jordá. Y la ilustración de la portada es del veteranísimo Ángel Jové, arquitecto, cineasta, actor y diseñador, uno de esos artistas pluridisciplinares del Renacimiento.


jueves, 28 de abril de 2022

EL CÓMIC SOBRE LOS IÑURRATEGI: UN LATIDO EN LA MONTAÑA


Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña
Sua Edizioak & Mendi Film Festival
Fotografía: Lucía Rodríguez

Desde el domingo que empezaron los síntomas estoy con la COVID-19, confirmado por un test de antígenos que compré en la farmacia. El dolor de cabeza de los tres primeros días no me dejaba leer, pero ahora que no me duele he rescatado de la pila de libros de la mesita de noche el cómic sobre los hermanos Félix y Alberto Iñurrategi, una de esas míticas cordadas del alpinismo patrio, un referente que marcó el camino a muchos de los que hoy suben montañas.

Pedro Delgado leyendo con Leonardo el cómic sobre los hermanos Iñurrategi
Fotografía: Lucía Rodríguez

 La cefalea me ha abandonado, pero aún sigo con el cansancio y la tos, así que durante unas horas aúno el sonido alterado de mi respiración a la de los montañeros. Si a esas altitudes ellos tienen que dar grandes bocanadas de aire para hacer llegar un poco de oxígeno a sus pulmones, yo tengo que darlas para contrarrestar la congestión nasal que me dificulta el simple acto de respirar. Tengo las ventanas y las puertas de los patios y de las terrazas abiertas para ventilar y que el virus no se concentre en la casa, así que también siento el frío que emanan esas montañas nevadas, blancas y azules, salidas del pincel de César Llaguno (la rotulación y el color corren a cargo de Felipe H. Navarro).

El K2 dibujado por César Llaguno
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Leyendo el texto de las viñetas y de los bocadillos, escritos por Ramon Olasagasti, uno comprende que el nombre de Alberto siempre estará asociado al de su hermano, el alpinista guipuzcuano Félix Iñurrategi, fallecido el 28 de julio del 2000, cuando descendía el Gasherbrum II en Pakistán. Ese día, tras el duodécimo ochomil que coronaban juntos, la fatalidad aguardaba a Felix entre el campamento base y el campo uno. Un anclaje se soltó, se partió la cuerda, y el mayor de los hermanos se precipitó al vacío. A Alberto, un año más joven que su hermano, le tocó cargar con la desgracia.

 En diciembre de ese mismo año, tratando de arroparlo y de que no se hundiera en los infiernos, Jon Lazkano y Jon Beloki se lo llevan de viaje a Mali, donde escalan varias vías en el macizo de la Mano de Fátima. A la vuelta, Alberto tiene claro que continuará ascendiendo a las grandes montañas por los dos. Y seguirá haciéndolo de la misma manera de siempre, en el estilo alpino, la mayoría de las veces fuera de los caminos habituales, marcando nuevas u olvidadas vías. Ahora sí tiene claro que perseguirá terminar los catorce ochomiles, y cuando recupera el piolet de su hermano, que habían dejado un año antes en un depósito con material camino del Gasherbrum I, sabe que Félix también estará con él en la cumbre.

Félix y Alberto Iñurrategi © Fotografía Iñurrategi

 Los Iñurrategi aprendieron la importancia de la cordada, la ética y los valores de la montaña de la generación anterior a la suya: Juanjo Sebastián, Juanito Oiarzabal, Jon Lazkano, Tamayo, Kike de Pablo, 'Zulu', Mari Ábrego..., compañeros extraordinarios que les abrieron el camino. Junto a esos nombres, aparecen en el cómic el de otros destacados alpinistas: atletas de la arista con los que coincidieron en la montaña por azar o por una expedición, algunos de los cuales, por desgracia, ya no están entre nosotros, y otros a los que consiguieron rescatar de una muerte segura, como el montañero de origen alemán afincado en Colombia, Volker Stalbhon, al que salvaron en el Nanga Parbat tras dos días de duro y arriesgado rescate, o el italiano Valerio Annovazzi, que ya aguardaba a los heraldos de la muerte en el campamento 3 del Gasherbrum II. Dos hechos que destaco, porque salvar a alguien es la experiencia más hermosa y gratificante que se pueda tener en la vida. Algo mucho más grandioso que la más imponente de las cumbres.

Páginas donde se narra el rescate de Volker Stalbhon en el Nanga Parbat
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

Páginas donde se narra el rescate de Valerio Annovazzi en el G-II
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Por el primero de aquellos rescates, la diputación floral de Guipúzcoa les dio un premio, y ellos no tuvieron ninguna duda en compartirlo con Gerard y Rustam Ali y dedicarlo a comprar material para la recién creada escuela de montaña de Machulo. Aquel fue el germen de la Fundación Baltistán.

El germen de la Fundación Baltistán
Hermanos Iñurrategi, un cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak y #mendifilm

 Hay una palabra en euskera, Mendimina, que define esa pasión por la montaña que no se puede explicar. «Sabemos muy bien que las aristas tienen dobles filos como las navajas, que nuestra pasión nos puede llevar a las emociones más gozosas y a los dolores más agudos», nos dice Alberto en una de las viñetas.

Homenaje a José Luis Zuluaga 'Zulu' fallecido por un alud en el Ice Tooth
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Félix, 'Zulu', el suizo Loretan, el francés Lafaille, con el que subió al Annapurna, y tantos otros que perdieron la vida en la montaña. Pero la vida no se mide por su duración, sino por la intensidad de las emociones. «Nosotros amamos la vida. La montaña a veces nos destroza el corazón, pero es la que nos llena ese mismo corazón de alegría y de fuerza. Los momentos más hermosos de la vida, los más vivos, me los ha dado la montaña».

Alberto y Félix Iñurrategi en Un latido en la montaña
Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak & #mendifilm

 En Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, Alberto Iñurrategi le cuenta su historia a Shazia, una maestra de primaria de la escuela de Machulo, en el valle baltistaní de Hushé (Pakistán), que quiere recogerla por escrito para que todos sus estudiantes sepan quienes son los hermanos Iñurrategi y cómo funciona la Fundación Baltistán.

Shazia y Alberto Iñurrategi
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña

Alberto Iñurrategi le cuenta a Shazia sus inicios en la montaña
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

¡Al Himalaya!
Cómic sobre los hermanos Iñurrategi, editado por Sua Edizioak y Mendi Film
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En 1992, tras el Pumori (1990) y el Makalu (1991), vino el Everest. Allí Alberto se convirtió en el montañero más joven en lograrlo. Fueron ascensos rápidos y limpios, sin hacer trabajos de equipamiento previo al intento a cumbre, cargando con aquello que podían transportar ellos mismos, sin emplear bombonas de oxígeno. Ese estilo alpino, esa búsqueda de la pureza, será el sello de los hermanos, el ejemplo, el faro que dejarán como legado.

 Como dice el escritor Koldo Izagirre, «sería triste que en este deporte los logros se midieran según la altitud de la montaña, porque en ese caso después del Everest ya no podríamos subir más».

¡Y el año que viene al K2!
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

 En el verano de 1993, los hermanos viajaron a China para ascender el K2, pero la nieve estaba tan blanda que se hundían en ella hasta la cintura sin avanzar. «El cielo puede esperar», se dicen, y regresan en la primavera del año siguiente para, esta vez sí, cobrarse la pieza.

 Las siguientes tendrían los nombres de Cho Oyu (1995), Lhotse (1995), Kangchenjunga (1996), Shisha Pangma (1996), Broad Peak (1977), Dhaulagiri (1998) y Nanga Parbat (1999). Este último era ya su décimo ochomil. Aún así, no les obsesionaba alcanzar los catorce. «Nunca nos interesó el coleccionismo de cumbres. En cada expedición intentábamos plantearnos algún reto: una vía determinada, la dificultad, el estilo ligero..., pero la dichosa lista de los catorce...», recuerda Alberto. Cuando a Félix le preguntaron en una entrevista cuántas les faltaban su respuesta fue que todas, cientos. «Es broma, perdona. Te refieres a los ochomiles, la gente se preocupa mucho por contarlos, pero a nosotros la cifra no nos importa. Nos importa la manera de subirlos, la vía, la estética, el proyecto. No escalamos montañas para batir marcas, sino para que nos marquen a nosotros».

 Pero como les dijo Sebastián Álvaro, director del programa de televisión Al filo de lo imposible, ya habían llegado demasiado lejos. Debían completarlos, y luego seguir buscando cumbres y paredes en donde les diera la gana, a su aire.

 En el 2000 conquistaron el Manaslu y el Gasherbrum II, su duodécimo ochomil. Ya saben lo que sucedió en aquel descenso, y cómo Alberto, con el piolet de Félix en la mano, se propuso conquistar la dos cimas que les restaban. El Hidden Peak o Gasherbrum I lo consiguió en 2001, llevando como compañero de cordada a Jon Beloki, que hacía su primer ochomil. Y el Annapurna en 2002, ascendiendo a este último por la dificilísima arista sureste, abierta por los suizos Erhard Loretan y Norbert Joos en 1984. Una vía que no había repetido nadie desde entonces. Una arista terrible de siete kilómetros y medio para ir, y otros siete y medio para volver. La prueba definitiva que convertiría a Alberto en un personaje homérico. En aquella ocasión, acompañó al español el francés Jean-Christophe Lafaille, otro Ulises que perdería la vida unos años después en el Makalu.

La arista sureste al Annapurna
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olasagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

Páginas donde se relata la ascensión al Annapurna de Iñurrategi y Lafaille
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olosagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

Páginas donde se relata la ascensión al Annapurna de Iñurrategi y Lafaille
Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña, de Olosagasti y Llaguno
Fotografía: Lucía Rodríguez

 La huella de los hermanos Iñurrategi aún perdura en el Karakórum. Su mayor legado ha sido la Fundación Baltistán, creada un año después de la muerte de Félix, volcada en mejorar la forma de vida de los habitantes del valle de Hushé.

Viñeta del cómic sobre los Iñurrategi

Hermanos Iñurrategi. Un latido en la montaña (Sua Edizioak/#mendifilm)
Cómic de Ramon Olasgasti y César Llaguno

 Entre sus acciones está la creación del sistema de regadío de Machulo para bombear agua desde el río al pueblo y distribuirla desde un depósito, a través de canales, a las terrazas y a los campos de cultivo (en este proyecto fue determinante el altruismo del ingeniero José Ramón Madinaveitia); la construcción de diez escuelas de primaria y una de secundaria; el apoyo incondicional a la escuela de Montaña de Machulo, donde reciben formación en escalada y rescate las nuevas generaciones; las becas que han permitido acceder a la universidad a algunos estudiantes; las mejoras introducidas en el cultivo, recolección, secado y comercialización del albaricoque; la aportación de dos ecógrafos, gracias a los cuales se ha conseguido reducir a cero la mortalidad materno-infantil, y más cosas que, seguramente, olvido ahora, pero que pueden descubrir en el siguiente enlace de la Fundación Baltistán.

https://www.baltistan.eus/es

Escuela del valle de Hushé. Fundación Baltistán
Fotografía: Mikel Alonso

Escuela valle de Hushé. Fundación Baltistán
Fotografía: Mikel Alonso

 Y como complemento al cómic, les recomiendo un par de documentales, ambos dirigidos por Alberto Iñurrategi: También mañana amanecerá, Félix y ¡Hasta siempre, Félix!. Gasherbrum  II, dirigidos ambos por Alberto Iñurrategi en 2001 y 2000 respectivamente. Y una entrevista que le hicieron el pasado 17 de abril en la revista digital de montaña KissTheMountain*.

*https://kissthemountain.com/revista/alberto-inurrategi/


 Y nada más, desde aquí mi respeto y admiración por el legado de Alberto y Félix, los hermanos Iñurrategi.  Ojalá muchos chavales lean este cómic y sientan el impulso de la montaña.

«Algunos empiezan por el impulso de la lectura de un libro de montaña; otros siguiendo la tradición familiar, pero lo nuestro fue, como para muchos otros, un inicio muy corriente y normal, el propio de quien descubre algo diferente a lo que ha vivido hasta ese momento y, sobre todo, más emocionante. No teníamos ninguna fijación por el Himalaya, quisimos seguir descubriendo nuestros límites, subir más alto, saber si seríamos capaces de superar los ocho mil metros. Querer subir cada vez más arriba es algo muy humano, muy normal. El gusto por viajar, realizar largas marchas de aproximación, la gente local, la desconexión con lo cotidiano, los miedos, la satisfacción... No sé si se puede hablar de enamoramiento, pero se trata de algo que tira mucho».
Alberto Iñurrategi

 

domingo, 2 de enero de 2022

QUERIDOS REYES MAGOS: QUIERO UNA MALETA LLENA DE LIBROS


Una maleta llena de libros para viajar bien lejos
Fotografía: Lucía Rodríguez


«Llegado a cierta edad, uno no debe ir a ninguna parte de la que no pueda volver andando».
Pío Baroja


Ante el cariz que está tomando la cosa, con la nueva cepa de COVID-19 campando a sus anchas por el mundo, creo que el mejor regalo que le podemos pedir este año a sus majestades los Reyes Magos de Oriente es una maleta llena de libros que nos lleven bien lejos, que nos permitan viajar desde casa sin temor a las restricciones o a contraer el virus y verte intubado en la cama de un hospital.

 Por si ustedes son de los que se dejan aconsejar, aquí les dejo mi propuesta. De algunos de estos libros ya les hablé en este blog el año pasado, y de los otros espero poder hablarles a lo largo de este 2022 para el que les deseo la mejor de las suertes.

vale-un-potosi

lunes, 22 de noviembre de 2021

EL AÑO QUE NO VIAJÉ A BUENOS AIRES


El año que no viajé a Buenos Aires, de Saray Encinoso (Ediciones Menguantes)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hace dos semanas llegó una alumna nueva al instituto en el que trabajo. A esta altura de curso, me pareció extraño. Fue al oírla decir su nombre cuando noté su origen argentino. Le pregunté si venía de allá, y me dijo que sí. Entonces quise saber de qué ciudad, y al hacerlo estuve tentado de imitar su acento bonaerense, como un acto de empatía, pero temí que pensara que su profesor de Ed. Física era un boludo y me contuve. Me dijo que venía de Mar de Plata. Le comenté que había estado un día entero en Buenos Aires en el año 2008, mientras aguardaba una conexión aérea a Bolivia, y volvió a repetirme que ella era de Mar de Plata.

 Uno no cambia de ciudad, ni de país, como el que cambia un cromo. No. Uno cambia de vida, y tiene que haber un buen motivo, una razón poderosa para ello. Le pregunté qué motivo la había llevado a mudarse acá, y me dijo que muchos: el encarecimiento de la vida («no alcanza con lo que vos ganás»), la falta de futuro, la delincuencia...

 Realmente los argentinos son especialistas en encadenar una crisis económica con otra, así que lo único que pude darle fue la bienvenida. 

 Al contrario que mi alumna, la autora de El año que no viajé a Buenos Aires, la tinerfeña Saray Encinoso Brito, decidió realizar ese mismo viaje pero en sentido inverso.

 En enero de 2020, sin saber lo que iba a ocurrir unos meses después, tuvo el impulso de comprar unos billetes de avión a Buenos Aires, un viaje con el que llevaba mucho tiempo soñando, un anhelo heredado de su padre. Aterrizaría allí en verano, nuestro verano, porque allí sería invierno, ese que llamamos invierno austral.

Hice clic en el botón para que me cargaran el importe de los billetes en la cuenta corriente sin sospechar lo que se avecinaba. (…) Luego llegó marzo y todas las predicciones se rompieron en mil pedazos.
***
Lo que me daba la sensación de estar tocando con la yema de los dedos se alejó de repente y volvió a ser lo que siempre había parecido, un objetivo inalcanzable. Ni siquiera duró lo suficiente como para permitirme disfrutar de uno de los placeres del viaje: los preparativos.

 La pandemia dio al traste con sus planes, como seguramente le ocurrió a muchos de ustedes. Sin embargo, ella supo cruzar el Atlántico sin moverse de su casa. Y no solo hizo eso. También escribió este libro originalísimo que es una verdadera delicia.

El nombre de Buenos Aires siempre me ha parecido una invitación al optimismo. Su origen está en la patrona católica de los navegantes sevillanos, Nuestra Señora del Buen Ayre. Cuentan que el conquistador español Pedro de Mendoza dio ese nombre a la ciudad en su honor, pero prefiero pensar que en realidad lo hizo alguien que un día desembarcó allí y notó que el viento fresco de la ciudad le despejaba la cara, se le metía por las cuencas de los ojos y le hacía ver la vida de otra forma. Como si no fuera necesario pensar constantemente en un horizonte.

 La primera conexión que tuvo Saray Encinoso con Argentina fue a través de la música que escuchaba su padre.

La música ya me había servido como excusa para descubrir parte de la historia de Argentina: los vuelos de la muerte, el tesón de las madres de la Plaza de Mayo o los cientos de fallecidos que escondían aquellas islas que también respondían al nombre de Falkland Islands.

 Y la segunda fue al enterarse de que su bisabuelo había nacido en Buenos Aires, adonde habían emigrado sus tatarabuelos «cuando Argentina se abrió al mundo y empezó a recibir a ciudadanos de muchos puntos del planeta. (…) Según las cifras del censo de 1914, una tercera parte de los habitantes del país estaba compuesta por foráneos, (…) sobre todo, italianos y españoles, pero también europeos del Este. La personalidad de la ciudad –desde la gastronomía hasta la pasión por el teatro o la música– no se entendería sin ellos».

Permanecieron allí solo durante unos años, el tiempo suficiente para que algunos de sus hijos fallecieran de las enfermedades propias de la época y para darse cuenta de que el milagro de la emigración no era tal. Acabaron dando media vuelta y regresando a Tenerife.

 Saray Encinoso acompaña esta guía imaginaria con un listado de canciones, libros, películas y series que la ayudaron a sentir Argentina cuando aún no había salido de Tenerife, cuando recorría Buenos Aires en su cabeza.

 Junto a ese viaje imaginario, Saray Encinoso nos habla de otros viajes reales a la antigua Yugoslavia, Japón, Noruega, Qatar…, y nos lleva a reflexionar sobre por qué viajamos, las variadas formas de hacerlo y cómo nos preparamos para esa aventura. También denuncia cómo el turismo está sentenciando a muchas ciudades.

Quizás estamos asistiendo a un «urbanicidio bienintencionado» (…). Es decir, a la agonía de muchas ciudades que durante siglos fueron opulentas y frenéticas, que sobrevivieron a guerras, plagas y terremotos y que ahora han quedado reducidas a meras representaciones turísticas de lo que fueron.

Y nos interroga sobre muchas otras cuestiones, entre ellas las fronteras visibles e invisibles que no están en los mapas o el postureo que se da en las redes.

¿Viajámos porque queremos conocer otro lugar o elegimos el lugar al que viajar con la pretensión última de que este también defina quiénes somos? ¿Pensamos antes en la foto que nos vamos a sacar que en lo que significa para nosotros estar en ese lugar? (…) La industria turística sabe muy bien que estamos más preocupados por quiénes queremos que los demás piensen que somos que por ver, sentir, oler, saborear.

 Sobre este librito (apenas tiene 100 páginas) planea el mimo y el detalle que pone Ediciones Menguantes en cada uno de sus trabajos, desde la fotografía de la portada al código QR para descargarte el playlist con la banda sonora que acompaña al texto, y que incluye una canción que me encanta (Patagonia, de Xoel López) y que tengo de fondo mientras remato esta reseña. Por cierto, la autora incluyó en su lista a Ariel Rot, pero no a Alejo Stivel, y uno, que de adolescente adoraba a su banda y todavía conserva algunos casetes y vinilos de sus álbumes, se extraña por la ausencia de Tequila en el listado.


 Volviendo al objeto de la entrada, y para cerrar, les voy a plantear un reto, un desafío para aquellos que aman los viajes y la pandemia les abortó el que tenían programado. Lean este libro, analicen con atención sus páginas y, tras ello, prueben a imitar a Saray y escriban su propio texto. El año que no viajé a ¿...? Así podrán tachar una de esas tres cosas que, según el poeta cubano José Martí, todos debemos hacer en la vida. Después de eso, plantar un árbol y tener un hijo les parecerá cosa fácil.

 Y viajen siempre. No dejen de viajar. Físicamente o a través de los libros.

Dedicatoria y cita viajera de José Saramago
El año que no viajé a Buenos Aires, Ediciones Menguantes
Fotografía: Lucía Rodríguez

Nota: Los textos de color naranja pertenecen a la segunda edición de El año que no viajé a Buenos Aires, de Saray Encinoso Brito, publicada por Ediciones Menguantes en julio de 2021.

martes, 5 de mayo de 2020

LA PELIGROSIDAD DEL DESCENSO


La peligrosidad del descenso, carta de David Barbas García al diario El País
Fotografía: Lucía Rodríguez

La peligrosidad del descenso
Aunque el Annapurna tiene mayor letalidad estadística, los expertos consideran que la montaña más difícil de escalar del mundo es el K2 (Chogori). Inclina la balanza el llamado "coeficiente de peligrosidad durante el descenso", que indica el porcentaje de personas que hacen cima y no regresan con vida. Y es que a los factores que complican el conjunto de la escalada se suman en el descenso el agotamiento físico y mental acumulado durante la ascensión y la necesidad de establecerse cuanto antes por debajo de los 8.000 metros ("zona de la muerte", en alpinismo). Durante estas semanas hemos alcanzado con gran esfuerzo el pico de la curva epidemiológica y ahora toca bajar. Nuestro sistema sanitario está exhausto a todos los niveles y diezmado tras su heroica lucha; los ciudadanos, agotados y hartos de las condiciones de confinamiento; la economía, maltrecha e impaciente por salir de su propia zona de la muerte… No perdamos la concentración en el descenso. No permitamos que cansancio y prisas echen por tierra lo ya conseguido. Regresemos al campo base sin perder a ningún miembro más de la cordada.
David Barbas García

 Necesitamos soluciones, no ruido y críticas.

lunes, 6 de abril de 2020

STAY SAFE. STAY HOME


A SKI MOVIE by PHILIPP KLEIN


Ya saben, si quieren subir montañas o deslizarse por sus laderas ahora que se prolonga el confinamiento por el coronavirus, hagan como Philipp y entreténganse en sus encierros.
 Aunque la recomendación más propia, para este tiempo que nos ha tocado vivir, es que saquen de sus estanterías el famoso Decamerón de Boccaccio y emulen a esos diez jóvenes burgueses –tres hombres y siete mujeres– que en 1348 se refugiaron de la peste negra en una casa de campo a las afueras de Florencia. El virus que portaron las ratas llegadas desde Oriente en barcos cargados de especias acabó con la vida de 40.000 almas en la ciudad, la tercera parte de sus habitantes, mientras ellos entretenían el confinamiento contándose historias picantes, satíricas, trágicas o moralizantes.

A Tale from the Decameron, 1916, oil on canvas, 101x159 cm.
John William Waterhouse

 Boccaccio, que tenía por entonces 35 años, vivió en persona la epidemia, el horror y el miedo que se extendió por todas las capas sociales; y seguramente algunos de aquellos relatos debió de escucharlos en tabernas o mercados. Quizás elevados por el aire desde alguna que otra ventana o balcón. Y muchos otros los inventaría él mismo, recogiéndolos todos en boca de sus protagonistas: durante diez días cada joven tenía que contar una historia, de ahí que el Decamerón esté compuesto por cien relatos, y que el libro alcance las mil y pico páginas que encontraréis en uno o dos volúmenes.



 Quizás en agradecimiento a las horas ocupadas con su lectura, cuando todo esto haya pasado y se pueda volver a viajar libremente por el mundo, encaminen sus pasos al pueblecito toscano de Certaldo donde nació Giovanni Boccaccio. Su casa, bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial, fue reconstruida con esmero, al igual que un jardín que imita a aquel en el que se reunían a contarse historias aquellos jóvenes. Hace tiempo escuché decir a Mario Vargas Llosa que "el verdadero jardín está en San Domenico, una aldea en las colinas que trepan a Fiesole, en una casa, Villa Palmieri, que todavía existe". Así que ya puestos, desde Certaldo, acérquense a Florencia, visiten sus calles, sus monumentos, museos e iglesias, y luego suban a Villa Palmieri para recorrer "sus parques con estatuas devoradas por la hiedra y sus laberintos dieciochescos" y contemplar desde allí las vistas de la ciudad.

#QuédateEnCasaLeyendo

 Y si no tienes qué leer, recuerda que en estos momentos de incertidumbre las librerías, farmacias del alma, siguen llevándote los libros a casa desde la trastienda.