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viernes, 1 de julio de 2022

TRES FORMAS DE ATRAVESAR UN RÍO


Puente de los Alemanes o de Santo Domingo, Málaga
Tres formas de atravesar un río, de Agustina Atrio (Ediciones Menguantes)
Fotografía: Pedro Delgado


En su camisón de verano, descalza, en el hall de casa, mi madre me dice: «Que encuentres lo que vas a buscar».
Tres formas de atravesar un río, Agustina Atrio


Málaga tiene un río que corta la ciudad en dos, una larga cicatriz que la recorre desde la presa del Limonero hasta su desembocadura en el mar, frente al Centro de Arte Contemporáneo y el colegio García Lorca, donde estudió sus primeros años el mayor de mis hijos.

 Su nombre, Guadalmedina, es de origen árabe –Wādī al-Madīna– y significa «Río de la ciudad». Nace en el pico de la Cruz, en la sierra antequerana de Camarolos y tiene una longitud de 47 kilómetros.

Puentes sobre el Guadalmedina, Málaga
Fotografía: Archivo Municipal, Fundación CIEDES

 A lo largo de su historia, sus aguas se han desbordado en alguna ocasión irrumpiendo en la ciudad, e incluso llevándose por delante los puentes de la Aurora, de Santo Domingo y del Ferrocarril en la gran riá de 1907.

Pasillo de Santo Domingo, Málaga 23 de noviembre de 1907
Fotografía: Club Bellas Artes de Málaga

 En el recuerdo tengo las imágenes de los coches y de los contenedores que flotaban en las calles de la ciudad en 1978 y 1989. Las dos veces ocurrió en noviembre, y me acuerdo que la primera vez cortaron las clases en el colegio y nos mandaron para casa antes de tiempo. Mi madre no nos dejó salir a la calle, pero vimos las escenas por televisión. La tormenta se transmutó en diluvio.

Calle Cuarteles, Málaga, en las inundaciones de 1978
Fotografía: Archivo fotográfico Municipal de Málaga

Calle Puerta del Mar, Málaga, en las inundaciones de 1978
Fotografía: Archivo fotográfico Municipal de Málaga


Vídeo inundaciones de Málaga en 1989
Imágenes: Don Manuel Olmedo Checa

 Para algunos, el Guadalmedina es una herida abierta sangrante que requiere de medios quirúrgicos, y cada cierto tiempo alzan la voz, meten ruido, y reclaman su soterramiento. Aunque apenas suela llevar agua, yo no quiero que lo soterren. Lo quiero abierto. Y lo prefiero así por varios motivos: el primero es que me gustan los ríos, el segundo que me gusta contemplar sus aguas marrones cuando abren las compuertas de la presa –normalmente cuando llueve de forma intensa varios días sobre la ciudad– y bajan raudas y agitadas arrastrándolo todo a su paso; el tercero es que me gusta ver desde el puente de la Esperanza a la muchachada hacer cabriolas con sus monopatines en el skatepark del lecho y a los inmigrantes jugar al voleibol, al futvóley o al fútbol entre el puente de los Alemanes y el puente de la Trinidad. También observar el parecido entre los perros y sus dueños, que les tiran una pelota o un palo para que se lo traigan en la boca a la carrera como unos Sísifos peludos. Pero el motivo principal, que va antes del primero, es sentimental, y está ligado a mi abuela paterna, Ana Acosta Florido, ya fallecida.

Ana Acosta Florido (Málaga, 1912-2004)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Recuerdo que me contaba cómo con nueve o doce años se cayó al río, al romperse uno de los tablones de la pasarela de madera que cruzaba el Guadalmedina para comunicar el barrio de la Trinidad con el centro de la ciudad –antes de que se construyera el actual puente de la Aurora, inaugurado en junio de 1930 con el nombre de Puente de Alfonso XIII–. Aquel día, me decía, el río bajaba crecido, y si no fuera por un hombre, que se lanzó al agua para socorrerla, se habría ahogado. Me hubiera gustado localizar a esa persona para darle las gracias por su acción pues de no haber sido por ella no habría llegado a nacer mi padre y por ende ni yo ni ninguno de mis hermanos.

 Mi abuela se fue a vivir con mis padres cuando se casaron, así que cuando mis hermanos y yo llegamos al mundo ella ya estaba allí, y nos cuidó como una segunda madre. Luego, a los once años, ella se fue a vivir a la calle Cerrojo, a los corralones que había en el espaldar de la iglesia de Santo Domingo. Desde la ventana de los dormitorios se veía su campanario, y a mí me encantaba ver y oír las campanas de replicar. Aquellos corralones eran, sin duda, un magnífico ejemplo de la arquitectura de la época, pero incomprensible los echaron abajo para construir el adefesio donde se encuentra el Conservatorio Superior de Danza, una tropelía arquitectónica más de las tantas que han ocurrido y ocurren en Málaga. A mí y a mis hermanos nos encantaba quedarnos a dormir en su casa algunos fines de semana. Mi abuela era de costumbres fijas, y cada mañana, al levantarnos, realizábamos con ella el mismo recorrido. Primero parábamos en la capilla de la Virgen de los Dolores del Puente, donde se santiguaba, encendía una vela y pedía por todos nosotros.

Capilla de Ntra. Sra. de los Dolores y acceso al puente de Santo Domingo
Fotografía (años 70): Málaga ayer y hoy en Twitter

 Luego subíamos los escalones de piedra que daban acceso al Puente de Santo Domingo o de los Alemanes, un puente que donó Alemania tras la tragedia de la Gneisenau, una fragata-escuela que el temporal hundió en el morro de levante un 16 de diciembre de 1900. Fallecieron 41 marineros, pero otros muchos fueron rescatados por los malagueños, que no dudaron en exponer sus vidas para salvar la de los alemanes. La ciudad se volcó con los supervivientes, sumando el título de «Muy hospitalaria» al escudo de la ciudad. Y Alemania, años más tarde, en un gesto de agradecimiento, sufragaría la construcción del puente que se llevó la riada de 1907.

Puente de Santo Domingo o de los Alemanes, Málaga
Fotografía: Pedro Delgado

 Tras cruzarlo, seguíamos recto hasta la calle Marqués, donde nos tomábamos un chocolate con churros en Casa Baro. Acto seguido, hacía algunas compras por la calle San Juan, y a continuación, atravesábamos la plaza de Félix Sáenz para ir a una carnicería que había en la calle Puerta del Mar. Me acuerdo que era pequeña y que tenía las puertas de madera pintadas de rojo. Supongo que también haría algunas compras en el cercanísimo Mercado Central, pero no tengo el recuerdo de ello. Sí de comprar en Casa Luis, la tienda de comestibles que había en la misma calle Cerrojo.

 Cuando expropiaron los corralones para meter la piqueta, mi abuela se fue a vivir a Portada Alta. Poco a poco, echaron abajo todos los edificios de la calle y de sus alrededores, salvo el edificio de Italcable y la iglesia, de forma que un barrio con personalidad y casas únicas desapareció para dar paso a dos hoteles horrendos y dos plazas igual de horrendas –otra barbaridad urbanística y arquitectónica más de las muchas que han perpetrado políticos y promotores en la ciudad–. A pesar de ello, el aura de mi abuela se había quedado impregnado en aquella capilla de los Dolores y en aquel puente de los Alemanes, así que cuando falleció, decidimos echar sus cenizas bajo el puente para que su espíritu, su alma o sus moléculas hechas ceniza se quedaran por allí pululando y nos envolviera cada vez que atravesáramos el río, motivo por el que siempre lo cruzo por el mismo sitio.

 Les cuento todo esto porque voy a hablarles de Tres formas de atravesar un río (Ediciones Menguantes, 2021), de la argentina Agustina Atrio, un libro que, entre la crónica y el diario, explora su relación con otros cuatro ríos: el Paraná, el Manzanares, el Limmat y el Sihl; corrientes fluviales que también han marcado su vida.

Agustina Atrio

El agua, sin embargo, no es el motor de este viaje. Lo es una serie de búsquedas: el deseo de experimentar la vida en lugares nuevos, el amor, las casualidades. El agua no motivó mi búsqueda, pero en cada lugar que transité me descubrí deseándola y yendo a su encuentro cuando la sentía lejos. [...] En este relato de agua dulce y salada reinvento, recuerdo, reviso, recreo; tejo memorias, imágenes y pensamientos.
Del prólogo de Tres formas de atravesar un río

 Tras un breve prólogo, el libro se divide en tres partes. En la primera de ellas, en la página 24, recordé una de las enseñanzas más importantes que aprendí en mi viaje por el Amazonas en el año 2004. Fue en el pueblo de pescadores de Alter do Chão, a 37 kilómetros de Santarém. Yo cruzaba a nado el trecho que separaba la aldea de las paridisíacas playas de la Isla del amor, bañadas por las tibias aguas del río Tapajós y el Lago verde, y la dueña de la posada donde me alojaba observó que no echaba a nadar hasta que el agua me cubría el pecho. Se trataba de acortar el tramo, que otros hacían en pequeñas barcas o canoas, para no cansarme mucho. Al volver, a última hora de la tarde, realicé la misma operación. Caminé los primeros veinte o treinta metros hasta no hacer pie, y volví a caminar al final para salir del agua. La mujer estaba sentada en la terraza de la posada, contemplando las orillas y la selvática isla, y nada más verme llegar me reprendió. Si cruzaba así, podía ser que pisara una raya que estuviese semi-enterrada en la arena, el animal se sentiría atacado, me clavaría su aguijón venenoso y ella perdería a su huésped.

Viviendo en contacto con el río aprendí ciertos modelos de conducta: arrastrar los pies al entrar en el agua para no pisar una raya que pueda enojarse y clavar su aguijón; no adentrarse en los camalotes por si escondieran víboras; no tirarse al agua en la costa desde la embarcación sin antes tantear la profundidad con un remo o palo para evitar accidentes desagradables, quedarse en tierra si hay tormenta. Estos comportamientos fluviales, entre otras recomendaciones, son transmitidos de generación en generación.

 Agustina Atrio también me recordó los cuentos de la selva de Horacio Quiroga. Yo había leído y disfrutado algunos de ellos en una edición juvenil e ilustrada de la editorial Vicens Vives (Anaconda y otros cuentos de la selva), y también había leído A la deriva el año pasado en el tomo Viajeros de la editorial Alba.

Cuentos de la selva de Horacio Quiroga
Fotografía: Pedro Delgado

Han pasado casi veinte años desde ese viaje y mis recuerdos son selectivos y confusos. Sin embargo, hay imágenes que vuelven a mí nítidamente, como las de la visita a la casa-museo del escritor uruguayo Horacio Quiroga.
 De camino hacia Foz de Iguazú, en la cima de una colina, encontramos una casa de madera, en mitad de un amplio terreno. Cuando llegamos allí, yo era ya una apasionada lectora y había devorado varios de los cuentos del escritor: me provocaban fascinación y espanto en partes iguales. Caminando aquella tarde por su jardín, quedé atrapada en una especie de trance mientras observaba toda esa vegetación. En mi mente se sucedían escenas de algunos de sus relatos, y en particular del cuento A la deriva, aquel que narra el trayecto de un hombre que ha sufrido la mordedura de una serpiente y su intento de trasladarse en bote por el río arrastrando un pie cada vez más hinchado y deformado. El Paraná se presenta como un cajón fúnebre que, con sus barrancas-murallas, aprisiona un río oscuro y silencioso. Lo lúgubre no solo forma parte de la obra del escritor; también recorre su vida. Mientras caminamos por un pasillo oscuro y frío formado por tallos de bambú, el guía nos dio detalles acerca de cómo la muerte persiguió al cuentista rioplatense desde joven –varias personas que lo rodearon se quitaron la vida, y él mismo decidió acabar con la suya bebiendo cianuro–.
 Llegamos a un punto de la colina que se transformó en balcón: una amplia vista se abría sobre una extensión vegetal infinita. El sol brillaba, infinidad de plantas verdes y rosadas me rodeaban y, ante nosotros, el todo, la naturaleza, respiraba impasible. Me hubiera quedado allí por horas imaginando mis propias historias, pero la casa era un museo con sus horarios de visita, y yo tenía once años. No me quedó más remedio que seguir a mis padres.

  Acompaña al texto un listado de canciones para el viaje, entre las que no encuentro la canción que le cantaba su abuela por teléfono cuando la llamaba. Esa mujer que era maestra y bibliotecaria y vivía en Santa Fe, a 146 kilómetros río al norte de la ciudad de Rosario, donde vivía la autora, fue la que le inculcó el amor por los libros.

Cuando me llamaba por teléfono, siempre me cantaba una canción, no importaba que yo tuviera cinco o quince años. Esa canción era mía, y se oía del otro lado del teléfono en cuanto mi abuela reconocía mi voz. Esta canción, colombiana, contaba la historia de una iguana que se peinaba la melena en el río Magdalena.

 La canción, como no podía ser de otra manera, resultó ser una canción infantil y pegadiza que no deben escuchar sino quieren que se les quede en la cabeza.

 Al madrileño Manzanares, al otro lado del océano, llegará Agustina Atrio en un vuelo intercontinental.

Antes, el cuerpo sentía la distancia y la habitaba. Hoy, un viaje de doce horas en avión nos resulta interminable.
 El antropólogo inglés Tim Ingold distingue al deambulador del pasajero: mientras que el primero pasea y recorre un territorio, el segundo es transportado de un lugar a otro. Este último disuelve el lazo que une su recorrido con la percepción del entorno; es decir, lo que percibe al ser movido no guarda relación con su propio movimiento. Un navegante de vela o de Kayak y un pescador son deambuladores; su movimiento es guiado, no solo por su conocimiento del entorno, sino también por su percepción del clima, los vientos y la corriente. Los demás nos dejamos transportar mientras miramos por la ventanilla, sin interesarnos en ser uno con lo que nos rodea.

 El nombre de Madrid procede de la voz árabe Mayrit, que significa «abundancia de ríos de agua». Gran sorpresa, nos dice Agustina Atrio, para quien llega a la capital y se encuentra con el bajo caudal del Manzanares. Más tarde descubrirá que los arroyos corren soterrados debajo del asfalto de la ciudad.

Más adelante recorro y camino a lo largo de las orillas del Manzanares, conozco su historia y lo que se ha dicho de este. Exploro esa línea divisoria que separa el centro de Madrid de la parte sur, la más pobre de la ciudad. Encuentro a los seres de la media tarde paseando por los parques del costado del río, pero también a los usuarios de fin de semana, los migrantes de América Latina, quienes conservan la costumbre de utilizar los parques públicos como lugar de encuentro y celebración.

 Tras dejar en Madrid una parte de sí y llevarse una parte de la ciudad consigo, la escritora argentina se traslada a Zúrich, a la que llegan dos ríos: el Limmat y el Sihl, el segundo de los cuales desemboca en el primero en el mismo centro de la ciudad. De ambos nos hablará Agustina Atrio, y de esa urbe en la que reside actualmente. ¿Y cómo no hablar de las montañas cuando se está en Suiza?

Todo el mundo aquí parece amar las montañas, y aquellos que son la excepción tienen que admitir que, al menos, les resulta extraño vivir sin ellas. Es muy probable que una llanura los enloqueciera; el mundo perdería todas aquellas cualidades que le otorgan seguridad; el cuerpo en permanente verticalidad se rebelaría ansioso ante esa planicie que no promete ni una sola curvatura, ni el uso de los verbos «escalar», o «descender».
 A mí, sin embargo, vivir cerca de las montañas me sigue sorprendiendo. Las encuentro hermosas, propias de otro mundo, extraordinarias. Y a la vez, imponentes y amenazadoras.
Vista de los Alpes desde Zúrich 
***
Escribo desde mi nuevo hogar suizo sobre la ciudad donde nací y el río que me vio crecer; las imágenes se mezclan en mi cabeza y el recuerdo se convierte en presente. En mi cuerpo siento el verano, la humedad, el olor de la lluvia; se despliega ante mí el ancho Paraná marrón y mi lengua sabe a mate con bizcochos. Pero ahí fuera es invierno, cae la nieve –algo impensable en mi ciudad–, el río es azul y angosto y el bello lago que lo acompaña sirve de espejo a las montañas que asoman por detrás. Como si fuera una foto de doble exposición, dos paisajes distintos se superponen apaciblemente.

 Por último, quiero terminar esta reseña con unos versos del poeta argentino Juan L. Ortiz que leí hace tiempo en un artículo* de la también argentina Gabriela Cabezón. Juan L. Ortiz «Juanele» vivió el siglo pasado en Entre Ríos, ahí donde empiezan las islas del Delta del Paraná, y en su poema Fui al río, dice lo siguiente:

De pronto sentí el río en mí, / corría en mí / con sus orillas trémulas de señas, / con sus hondos reflejos apenas estrellados. / Corría el río en mí con sus ramajes. / Era yo un río en el anochecer, / y suspiraban en mí los árboles, / y el sendero y las hierbas se apagaban en mí. / ¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!
Fui al río, Juan L. Ortiz

*https://elpais.com/ideas/2021-08-21/en-argentina-los-mapas-de-la-pobreza-y-la-contaminacion-coinciden.html

«Lo mínimo que le debemos a nuestros hijos, y a los hijos de ellos, es un mundo habitable. Y el éxtasis de sentir que nos atraviesa un río vivo».

Me atravesaba un río, Gabriela Cabezón


martes, 8 de marzo de 2022

CUATRO LIBROS DE VIAJES EN FEMENINO

En el Día de la Mujer quiero poner el foco en una de las colecciones de libros de viajes de Ediciones Menguantes. Son cuatro títulos escritos por mujeres y editados en un formato óptimo para llevar en el bolsillo.

 Se trata de Blu Palinuro, de la gallega Isabel Parreño; Tres formas de atravesar un río, de la argentina Agustina Atrio; La pureza, de la leonesa Ruth Miguel Franco y El año que no viajé a Buenos Aires, de la tinerfeña Saray Encinoso Brito, del que ya escribí una reseña en este blog.


 El primero de estos títulos aún se puede encontrar en la mesa de novedades de las librerías; por los otros quizás tengan que preguntar al librero, pedir que se los busquen en los anaqueles o que se los pidan al distribuidor. Si agarran uno de ellos, si lo sujetan entre las manos y acarician sus guardas, seguro que se lo llevan para casa, pues tienen un diseño bello e irresistible.

 Aquí les dejo los booktrailer de cada uno de ellos. Toda una tentación.





que-no-viaje-buenos-aires 

Viajen, lean y no se olviden de que las mujeres también escriben.

lunes, 22 de noviembre de 2021

EL AÑO QUE NO VIAJÉ A BUENOS AIRES


El año que no viajé a Buenos Aires, de Saray Encinoso (Ediciones Menguantes)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hace dos semanas llegó una alumna nueva al instituto en el que trabajo. A esta altura de curso, me pareció extraño. Fue al oírla decir su nombre cuando noté su origen argentino. Le pregunté si venía de allá, y me dijo que sí. Entonces quise saber de qué ciudad, y al hacerlo estuve tentado de imitar su acento bonaerense, como un acto de empatía, pero temí que pensara que su profesor de Ed. Física era un boludo y me contuve. Me dijo que venía de Mar de Plata. Le comenté que había estado un día entero en Buenos Aires en el año 2008, mientras aguardaba una conexión aérea a Bolivia, y volvió a repetirme que ella era de Mar de Plata.

 Uno no cambia de ciudad, ni de país, como el que cambia un cromo. No. Uno cambia de vida, y tiene que haber un buen motivo, una razón poderosa para ello. Le pregunté qué motivo la había llevado a mudarse acá, y me dijo que muchos: el encarecimiento de la vida («no alcanza con lo que vos ganás»), la falta de futuro, la delincuencia...

 Realmente los argentinos son especialistas en encadenar una crisis económica con otra, así que lo único que pude darle fue la bienvenida. 

 Al contrario que mi alumna, la autora de El año que no viajé a Buenos Aires, la tinerfeña Saray Encinoso Brito, decidió realizar ese mismo viaje pero en sentido inverso.

 En enero de 2020, sin saber lo que iba a ocurrir unos meses después, tuvo el impulso de comprar unos billetes de avión a Buenos Aires, un viaje con el que llevaba mucho tiempo soñando, un anhelo heredado de su padre. Aterrizaría allí en verano, nuestro verano, porque allí sería invierno, ese que llamamos invierno austral.

Hice clic en el botón para que me cargaran el importe de los billetes en la cuenta corriente sin sospechar lo que se avecinaba. (…) Luego llegó marzo y todas las predicciones se rompieron en mil pedazos.
***
Lo que me daba la sensación de estar tocando con la yema de los dedos se alejó de repente y volvió a ser lo que siempre había parecido, un objetivo inalcanzable. Ni siquiera duró lo suficiente como para permitirme disfrutar de uno de los placeres del viaje: los preparativos.

 La pandemia dio al traste con sus planes, como seguramente le ocurrió a muchos de ustedes. Sin embargo, ella supo cruzar el Atlántico sin moverse de su casa. Y no solo hizo eso. También escribió este libro originalísimo que es una verdadera delicia.

El nombre de Buenos Aires siempre me ha parecido una invitación al optimismo. Su origen está en la patrona católica de los navegantes sevillanos, Nuestra Señora del Buen Ayre. Cuentan que el conquistador español Pedro de Mendoza dio ese nombre a la ciudad en su honor, pero prefiero pensar que en realidad lo hizo alguien que un día desembarcó allí y notó que el viento fresco de la ciudad le despejaba la cara, se le metía por las cuencas de los ojos y le hacía ver la vida de otra forma. Como si no fuera necesario pensar constantemente en un horizonte.

 La primera conexión que tuvo Saray Encinoso con Argentina fue a través de la música que escuchaba su padre.

La música ya me había servido como excusa para descubrir parte de la historia de Argentina: los vuelos de la muerte, el tesón de las madres de la Plaza de Mayo o los cientos de fallecidos que escondían aquellas islas que también respondían al nombre de Falkland Islands.

 Y la segunda fue al enterarse de que su bisabuelo había nacido en Buenos Aires, adonde habían emigrado sus tatarabuelos «cuando Argentina se abrió al mundo y empezó a recibir a ciudadanos de muchos puntos del planeta. (…) Según las cifras del censo de 1914, una tercera parte de los habitantes del país estaba compuesta por foráneos, (…) sobre todo, italianos y españoles, pero también europeos del Este. La personalidad de la ciudad –desde la gastronomía hasta la pasión por el teatro o la música– no se entendería sin ellos».

Permanecieron allí solo durante unos años, el tiempo suficiente para que algunos de sus hijos fallecieran de las enfermedades propias de la época y para darse cuenta de que el milagro de la emigración no era tal. Acabaron dando media vuelta y regresando a Tenerife.

 Saray Encinoso acompaña esta guía imaginaria con un listado de canciones, libros, películas y series que la ayudaron a sentir Argentina cuando aún no había salido de Tenerife, cuando recorría Buenos Aires en su cabeza.

 Junto a ese viaje imaginario, Saray Encinoso nos habla de otros viajes reales a la antigua Yugoslavia, Japón, Noruega, Qatar…, y nos lleva a reflexionar sobre por qué viajamos, las variadas formas de hacerlo y cómo nos preparamos para esa aventura. También denuncia cómo el turismo está sentenciando a muchas ciudades.

Quizás estamos asistiendo a un «urbanicidio bienintencionado» (…). Es decir, a la agonía de muchas ciudades que durante siglos fueron opulentas y frenéticas, que sobrevivieron a guerras, plagas y terremotos y que ahora han quedado reducidas a meras representaciones turísticas de lo que fueron.

Y nos interroga sobre muchas otras cuestiones, entre ellas las fronteras visibles e invisibles que no están en los mapas o el postureo que se da en las redes.

¿Viajámos porque queremos conocer otro lugar o elegimos el lugar al que viajar con la pretensión última de que este también defina quiénes somos? ¿Pensamos antes en la foto que nos vamos a sacar que en lo que significa para nosotros estar en ese lugar? (…) La industria turística sabe muy bien que estamos más preocupados por quiénes queremos que los demás piensen que somos que por ver, sentir, oler, saborear.

 Sobre este librito (apenas tiene 100 páginas) planea el mimo y el detalle que pone Ediciones Menguantes en cada uno de sus trabajos, desde la fotografía de la portada al código QR para descargarte el playlist con la banda sonora que acompaña al texto, y que incluye una canción que me encanta (Patagonia, de Xoel López) y que tengo de fondo mientras remato esta reseña. Por cierto, la autora incluyó en su lista a Ariel Rot, pero no a Alejo Stivel, y uno, que de adolescente adoraba a su banda y todavía conserva algunos casetes y vinilos de sus álbumes, se extraña por la ausencia de Tequila en el listado.


 Volviendo al objeto de la entrada, y para cerrar, les voy a plantear un reto, un desafío para aquellos que aman los viajes y la pandemia les abortó el que tenían programado. Lean este libro, analicen con atención sus páginas y, tras ello, prueben a imitar a Saray y escriban su propio texto. El año que no viajé a ¿...? Así podrán tachar una de esas tres cosas que, según el poeta cubano José Martí, todos debemos hacer en la vida. Después de eso, plantar un árbol y tener un hijo les parecerá cosa fácil.

 Y viajen siempre. No dejen de viajar. Físicamente o a través de los libros.

Dedicatoria y cita viajera de José Saramago
El año que no viajé a Buenos Aires, Ediciones Menguantes
Fotografía: Lucía Rodríguez

Nota: Los textos de color naranja pertenecen a la segunda edición de El año que no viajé a Buenos Aires, de Saray Encinoso Brito, publicada por Ediciones Menguantes en julio de 2021.