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martes, 21 de noviembre de 2023

VIAJAR TIENE QUE VER CON LA MUERTE


Breviario del viejo corredor, de Lluís Alabern (Ediciones Siruela)
Fotografía: Pedro Delgado

Recientemente reseñé Breviario del viejo corredor (Ediciones Siruela, 2023), de Lluís Alabern, en mi otro blog, Calle 1, dedicado al atletismo y otros deportes. En las páginas de ese breve ensayo, me encontré con estos dos textos que, por la referencia que hacen al viajar y al caminar, he querido compartir aquí con ustedes.

Correr tiene que ver con la muerte. Macfarlane narra cómo al final de sus días, su abuelo, gran trotador, explorador, aventurero, arrastraba los pies al andar, se ayudaba de bastones y redujo los paseos a un radio que apenas lo alejaba unos metros de su casa. En esa misma época, paradójicamente, sus hijos, bisnietos del abuelo, «pasaron de arrastrar los pies a dar zancadas» y de ahí a corretear por los campos. Solo la muerte frena el trote. Pero ahí, donde se para en seco el trotar, empiezan las zancadas de los siguientes. Claudio Magris, en el prefacio de El infinito viajar, recuerda el status viagiotoris del hombre, su condición existencial de caminante. Viajar tiene que ver con la muerte, nos dice, pero también con diferirla, «aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial [...], el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca».
 Corremos por correr, y porque correr es dibujar cerca de la muerte. Cuando corro vivo el instante. Apenas pienso en la siguiente zancada. Correr es una forma de habitar el presente, una forma de ser, a sabiendas de que nada de lo que nos rodea nos pertenece. También es la manera en la que le decimos al presente que no le pertenecemos. Porque somos nómadas, estamos en movimiento, y solo importa la siguiente zancada.

Claudio Magris. Fotografía: Danilo De Marco

***
En noviembre de 1974 le comunican al director de cine Werner Herzog que Lotte Eisner está gravemente enferma en París. Herzog, sin apenas pensarlo, decide partir de Múnich caminando al encuentro de la «Eisnerin», como llamaban afectuosamente en los corrillos del cine alemán a la afamada ensayista. Lotte Eisner había publicado los primeros estudios sobre Murnau y Lang, así como el famoso trabajo sobre cine expresionista titulado La pantalla demoniaca (1952). Herzog dedicó dos de sus films a la Eisnerin e incluso llegó a utilizar su voz de narradora en la película experimental Fata Morgana (1970). Ante la noticia de la gravedad de Lotte Eisner, Herzog resuelve ir a verla andando hasta París. Herzog dedica un libro a ese desplazamiento chamánico, el texto de culto Del caminar sobre hielo. 

Del caminar sobre el hielo, de Werner Herzog
Editorial Gallo Nero, 2015

No importa realmente si la crónica del mismo es absolutamente veraz, si pudo recorrer la distancia entre Múnich y París en un mes, como sugiere. Lo importante es la idea del caminar como conjuro, la relación del hombre con el paisaje, el carácter metafísico del camino. «Tomé una chaqueta, una brújula, una bolsa de deporte y los enseres indispensables [...]. Me puse en camino hacia París, por la ruta más directa, convencido de que, yendo a pie, ella sobreviviría». El caso es que Lotte Eisner, anciana y enferma, vivió nueve años más. Herzog explicó en alguna entrevista, que también había recorrido mil kilómetros a través de los Alpes, hasta llegar a la frontera con Eslovenia, para pedir la mano de la que sería su esposa. «Hago a pie todas las cosas esenciales de la vida».
 Bruce Chatwin decía que las drogas eran vehículos para gente que había olvidado caminar. Chatwin también creía que el viaje a pie era un acto primario, una posible cura para la melancolía, una forma primigenia de vagabundeo existencial. Suponemos que la religión es una respuesta a la angustia, una respuesta a la desazón que genera la vida sedentaria. El nomadismo, según lo entiende Chatwin, satisface alguna aspiración humana básica que el sedentarismo no colma.

Bruce Charwin leyendo en la estación de Parakou, Benín, en 1976
Fotografía: John Kasmin

Nota: Pueden leer la reseña de Breviario del viejo corredor, clicando sobre el siguiente enlace:

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2023/11/breviario-del-viejo-corredor.html

Breviario del viejo corredor, de Lluís Alabern
Siruela Biblioteca de Ensayo
Fotografía: Pedro Delgado


lunes, 23 de agosto de 2021

DE CÓMO VIAJAR POR EL MUNDO SIN SALIR DE CASA


Una historia del mundo en 500 rutas, de Sarah Baxter (Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

«Como todas las drogas, viajar requiere un aumento constante de las dosis»
John Dos Passos


A estas alturas de verano, son muchos los que anhelan viajar; aunque pocos los que se atreven por culpa de esta quinta ola. El nomadeo, como dijo John Dos Passos, es una droga, y algunos llevan el mono mejor que otros. Cual metadona que alivie los síntomas, coloqué sobre el arcón de madera del salón el tomo Una historia del mundo en 500 rutas, de la editorial Blume. Lo puse allí en Semana Santa, y todavía me resisto a guardarlo, pues con él a mano no paso ni un solo día sin viajar. Y no sólo lo hago a través de sus textos, sus mapas ilustrados y sus fotografías, sino también a través de los recuerdos, pues tuve la suerte de realizar muchas de esas rutas en el pasado.

Libros sobre el arcón del salón. Fotografía: Lucía Rodríguez

 El libro de la periodista y trotamundos inglesa, Sarah Baxter, es un compendio de caminos que podemos hacer a pie por el mundo. Sendas que narran y explican la historia de la humanidad y los orígenes del planeta. Una especie de guía para viajar en el tiempo y el espacio. Un regalo para los amantes del senderismo.

Sarah Baxter. Fotografía: BBC Travel

 Las caminatas están distribuidas en seis capítulos que, partiendo de la prehistoria, avanzan en orden cronológico: el mundo antiguo, la edad media, hacia el mundo moderno, el siglo XIX y el siglo XX. Rutas con caminos definidos y medibles, con un punto de inicio y otro de final.

«Renunciar al coche, al avión y al tren nos traslada al plano de nuestros antepasados y nos permite ver el mundo a través de sus ojos. Aunque los elementos que veamos hayan cambiado a través de los milenios, caminar sobre el terreno que pisaron soldados, reyes, pioneros y peregrinos del pasado nos conecta con ellos. […] Sin duda, al ascender por la ladera de una montaña, uno puede apreciar sus prados verdes o la capa de nieve que los cubre, pero saber que toda una legión marchó antes por allí o que los pies de esas laderas inspiraron a un compositor a crear una obra maestra cambia por completo la visión del paisaje. La montaña sigue siendo impresionante, pero ahora adquiere además el prisma de obstáculo estratégico o de musa de la creación musical».

 Algunos de esos caminos están descritos de forma pormenorizada para que el lector se pueda hacer una idea precisa de lo que le puede deparar la senda, y otros apenas están esbozados «para que los pies echen a andar y la imaginación levante el vuelo».

 Las primeras rutas que le vinieron a la cabeza a su autora, a la hora de confeccionar la lista, fueron el camino del Inca –una caminata de cuatro días a través de los Andes peruanos que recorre calzadas del siglo XV hasta llegar a la ciudad elevada de Machu Picchu–, la travesía del Gran Cañón del Colorado y el camino del Muro de Berlín –esos 160 kilómetros de hormigón que rodeaban la parte occidental de Berlín antes de su caída en 1989–; sin embargo, sus favoritas son la ruta del Círculo Polar Ártico, al oeste de Groenlandia, el camino de Dana a Petra, en Jordania, el camino Costero del Sudeste, en Inglaterra, y el sendero de Hillary, en honor al conquistador del monte Everest, en Nueva Zelanda.

 ¿Mis favoritas? Pues no sabría decidir, pero me llevé una grata sorpresa al abrir el libro y ver que la primera ruta que aparece es la que lleva a la altiplanicie del Monte Roraima, en Venezuela, en donde dormí una noche de verano de 2004.

Pedro Delgado con el Monte Roraima al fondo (Verano de 2004)
Fotografía: Gonzalo Fernández

Pedro Delgado durante la ascensión al Monte Roraima
Venezuela, verano de 2004. Fotografía: Gonzalo Fernández

 También encontrarme con el acantilado de Bandiagara, en el País Dogón (Mali), que recorrí en un verano de 1997 y que dio pie a mi primer cuaderno de viaje: Al sur del Sahara (Ediciones Caligrama, 2000).

Pedro Delgado en el acantilado de Bandiagara, País Dogón (Mali, 1997)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Pedro Delgado en el acantilado de Bandiagara, País Dogón (Mali, 1997)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Y qué emoción al ver que Baxter había incluido el circuito del Toubkal, un recorrido circular a través de las montañas y los valles del Alto Atlas, con ascensión al Toubkal incluida, que realicé incontables veces cuando ejercía allí de guía (aunque yo solía hacer el circuito en el sentido contrario de las agujas del reloj). Por ese recuerdo que me ha traído, y porque este blog está dedicado a esa cumbre y a esas montañas que conforman los escenarios de algunos de mis relatos (Carta desde el Toubkal, Ediciones del Genal), me voy a tomar la libertad de copiarles aquí la descripción de Sarah Baxter:

Circuito del Toubkal, Alto Atlas (Marruecos)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Circuito del Toubkal, Alto Atlas (Marruecos)
Fotografía: Lucía Rodríguez

CIRCUITO DE TOUBKAL

Alto Atlas, Marruecos

Adéntrese en territorio beréber para conquistar la cima del pico más alto del norte de África.

El monte Toubkal (4.167 metros) es el cenit de la cordillera del Atlas de Marruecos, y también el pico más alto en el norte de África.  Hasta el mes de junio de 1923, el primer ascenso oficial registrado era el del aristócrata francés René de Segonzac, un amante de las emociones fuertes. Sin embargo, es poco creíble que esta fuera la primera vez que alguien escalaba las laderas del Toubkal.
 Durante más de 10.000 años, el Magreb, una región de llanuras costeras y montañas entre el Atlántico y Egipto, ha sido el hogar de pueblos nómadas que se veían empujados hacia el norte por la desertificación del Sahara. Los amazigh, conocidos como bereberes, existen desde alrededor del 1.300 a. C. Este pueblo obstinadamente independiente se opone al control externo y es autosuficiente, incluso cuando se trata de enfrentarse a montañas inhóspitas o desiertos. Por lo tanto, parece improbable, si no imposible, que nadie hubiera escalado el Toubkal antes de 1923.
 Ascender y dar la vuelta a la montaña es uno de esos hitos que hay que conseguir una vez en la vida, pero también una inmersión el cultura bereber. Este circuito comienza en el pueblo elevado de Imlil, 60 kilómetros al sur de Marrakech. En el valle de Imlil hay campesinos autosuficientes, casas bereberes tradicionales, nogales, cerezos y ahora cuenta con una próspera industria del senderismo. En la calle principal del pueblo encontrará cafeterías que sirven té con menta a los excursionistas vestidos de Gore-Tex, tiendas que venden alimentos y papel higiénico, y la Oficina de Guías. Además, hay arrieros que gritan con la esperanza de convencer a los senderistas para que les alquilen sus animales de carga. Imlil acoge también la Kasbah du Toubkal, una antigua ciudadela convertida ahora en un confortable hotel.
 Contrate un guía en Imlil y ascienda hacia el este para completar el circuito en el sentido de las agujas del reloj. El primer reto es la larga subida en zigzag hasta el paso de Tizi n'Tamatert, a 2.286 metros, atravesando zonas de pequeños cultivos en terraza y casas de adobe. Las vistas desde el paso son impresionantes, al igual que desde los miradores que hay entre las crestas y en campo abierto de camino a la aldea de Tacheddirt. Ahí hay un refugio, pero también es posible acampar en las inmediaciones.
 Los siguientes días transcurren en una caminata maravillosa entre la naturaleza. Primero, a lo largo de un valle con pastizales hasta el paso Tizi Likemt, a 3.554 metros. Luego, la ruta visita aldeas bereberes repartidas por las laderas, azibs (refugios de pastores) dispersos y extravagantes negocios locales que venden refrescos calientes. Si se siente con fuerzas (o necesita darse un baño), en Azib Tamenzift, puede tomar el desvío que le llevará a una cascada con una refrescante, aunque helada, poza.
 Desde Amsouzerte, una recóndita población del valle, la ruta vira al oeste hacia el lago de Ifni. Ahí, el sendero transcurre bordeado de terrazas irrigadas ordenadas que contrastan con la crudeza de las laderas estériles y bloques de lava de la parte superior. Pasará por una mezquita y cafeterías acogedoras ante el lago, donde es posible acampar en una pequeña playa de la orilla.
 Desde ahí, se tiene el monte Toubkal al alcance, aunque entre usted y el pico haya aún una escarpada garganta y llanuras salpicadas de rocas inmanejables. Llegar al paso Tizi n'Ouanoums (3.663 metros) es una lucha difícil, pero el refugio Neltner, en el campamento base del Toubkal, no está lejos. Duerma bien en Neltner y levántese temprano para el tramo final a la cumbre del techo del norte de África. El ascenso Col sur es la ruta más utilizada. Es un recorrido extenuaste de tres horas, a menudo con frío y entre peñascos, hasta la marca en forma de trípode de lo alto. Sin embargo, la vista panorámica merece el esfuerzo.
 Para completar el circuito, le queda un buen paseo de regreso a Imlil. Recorrerá una mezcla de altibajos, cabañas de pastores dispersas y árboles de enebro retorcidos por el viento. También disfrutará de una última vista del Toubkal, así como del valle de Ouarzane y los precipicios de la meseta de Tazughart. En general, el circuito es de una dificultad razonable y atraviesa un terreno por momentos inhóspitos pero siempre espectacular. Es el paisaje de una tierra de aspecto completamente salvaje, que los tenaces bereberes han logrado domar.
Información
-Época: 1.300-200 a. C. (llegada de los bereberes)
-Duración: 72 km; 4-6 días
-Dificultad: moderada/alta (calor; gran altitud)
-Mejores meses: de abril a mayo; septiembre
-Consejo: se puede subir en invierno (de noviembre a febrero), pero se requieren crampones y piolet

 Y para los que somos de Málaga, es un honor que aparezca El Caminito del Rey. Eso sí, un poco más y, con todas las rutas que se pueden hacer en Málaga, nos quedamos fuera, pues somos la ruta 498 de las 500 que recoge el libro. Aquí les anoto también lo que dice la británica de nosotros:

El caminito del Rey, Málaga. Fotografía: Lucía Rodríguez

EL CAMINITO DEL REY

Provincia de Málaga, sur de España

Enfréntese a las vertiginosas cornisas del «camino más peligroso del mundo», que hoy es un poco más seguro gracias a una reforma moderna.

Bienvenidos al «camino más peligroso del mundo», o al menos el que lo fuera hasta que en 2015 las autoridades españolas invirtieron unos 2 millones de euros en renovarlo. La ruta, colgada de las paredes de piedra caliza del desfiladero de los Gaitanes, que transcurre entre el pueblo de El Chorro y el embalse de Guadalhorce, se construyó originalmente en 1905 para que los ingenieros pudieran acceder a la planta hidroeléctrica recién construida. Lo bautizaron como «balconcillos de los Gaitanes» debido a las cornisas estrechas y suspendidas a gran altura de su tramo superior. En 1921, el rey de España Alfonso XIII visitó la zona, que recibió así su nuevo apelativo de Caminito del Rey.
 Posteriormente, el camino cayó en desuso, y tramos enteros cayeron al río azul turquesa, dejando tan solo clavos de metal oxidados que despuntaban de las vertiginosas paredes de roca, a unos 100 metros de altura. Algunos valientes seguían intentando completar el camino, pero varios murieron al caerse.
 Afortunadamente, la reciente renovación ha propiciado que este trayecto lineal de 8 kilómetros sea mucho más seguro. Senderos forestales conducen a los 3 kilómetros de la aterradora sección principal, donde se han sujetado a la pared vertical pasarelas, suelos de cristal, cuerdas de seguridad y tornillos de acero, y es obligatorio llevar casco. Sin embargo, a través de los nuevos tablones de madera, todavía se pueden ver los restos del antiguo caminito que se va deteriorando por debajo del nuevo.
Información
-Época: 1905 (apertura del Caminito del Rey)
-Duración: 8 km; 3-4 horas
-Dificultad: moderada (gran altura; requiere comprar una entrada con antelación)
-Mejores meses: de marzo a junio; de septiembre a noviembre
-Consejo: el Caminito está abierto durante todo el año, pero cierra los lunes

 En definitiva, rutas de todo tipo –cortas y largas; de un día, de varios días, semanas e incluso meses; urbanas y campestres– que harán las delicias de lectores y viajeros y que, entre otras cosas, nos llevan a caminar entre montañas, ríos y volcanes, y a seguir las sendas olvidadas o frecuentadas por las que anduvieron contrabandistas, peregrinos, comerciantes, militares y exploradores.

La ruta del Che (Bolivia), que realicé en el verano de 2008
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Y como este volumen invita a la ensoñación, voy a terminar con una pregunta: ¿qué ruta les gustaría emprender cuando la pandemia pertenezca al pasado?

 Yo sueño con varias: la pista Chilkoot, que sigue el camino de la fiebre del oro entre Alaska y Yukón;  el alto Mustang; la cordillera del Pamir; el Rub' al Khali que cartografió Sir Wilfred Thesiger en la península arábiga; los bosques pluviales de Borneo, donde antiguamente acechaban los cazadores de cabezas o el sendero de Karisoke, en el Parque Nacional de los Volcanes de Ruanda, donde contemplar los gorilas por los que Dian Fossey dio su vida.

«No hay mejor modo de conocer un país que recorrerlo a pie».


lunes, 10 de junio de 2019

LAS VENTAJAS DE DESCUBRIR EL MUNDO A PIE


Caminar. Las ventajas de descubrir el mundo a pie, de Erling Kagge (Editorial Taurus, 2019)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Un 8 de diciembre de 1993, con tan solo 18 años, Patrick Leigh Fermor (1915-2011) salió de Londres con la intención de coger un barco con el que desembarcar al otro lado del canal de la Mancha. Así llegó a Holanda, con la "loca" idea de caminar desde allí hasta la lejana Constantinopla. Aquel viaje de iniciación concluyó en Turquía el 1 de enero de 1935.
 "Un buen caminante no deja huellas", dice el Tao Te Ching; sin embargo, Patrick Leigh Fermor recogió décadas después aquellos pasos en tres volúmenes: El tiempo de los regalos, Entre los bosques y el agua y, ya de manera póstuma, El último tramo.

Patrick Leigh Fermor

 Sin duda, la vida del Patrick adulto –escritor, historiador y héroe de guerra– fue fruto de aquellos pasos largos y ligeros de la adolescencia. Yo, ahora que sueño con que se me cure la fascitis plantar para poder emularlo, me acordé estos días del británico mientras leía el nuevo libro de Erling Kagge: Caminar. Las ventajas de descubrir el mundo a pie. El noruego trae a colación en sus páginas a Sócrates, Diógenes, Montaigne, Darwin, Machado, Thoreau, Neruda, Nabokov, Kundera, Cognetti..., incluso a Einstein y Steve Jobs, pero, quizás por esos cambalaches del destino, se olvidó de Patrick. También de Rimbaud y sus andariegos vagabundeos de adolescencia. Dos descuidos imperdonables que no hacen mella en el libro. Porque Caminar sigue la fórmula de El silencio en la era del ruido, y las disquisiciones de Erling te atrapan y te llevan a leerlo del tirón en una tarde.
 Un día mi abuela ya no pudo andar. 
 Ese día murió. Físicamente vivió un poco más, pero las prótesis que le habían puesto para sustituir a sus viejas rodillas terminaron por desgastarse y ya no soportaban el peso de su cuerpo. Tumbada en la cama perdió la fuerza muscular. 
 Su sistema digestivo falló. Su corazón latía más despacio y respiraba con dificultad. Los pulmones absorbían cada vez menos oxígeno. En sus últimos momentos jadeaba en busca de aire. 
 En aquel tiempo yo vivía con dos de mis hijas. La más joven, Solveig, apenas contaba trece meses. Mientras su bisabuela se encogía despacio y adoptaba una posición fetal, Solveig sintió que había llegado la hora de aprender a andar.
 Por cierto, que los textos de este ensayo hilvanan muy bien con los del anterior, pues ambas actividades (caminar y guardar silencio) suelen ir yuxtapuestas.
 He dado innumerables paseos.
 Paseos breves, largas caminatas. He salido andando de ciudades y he entrado caminando en ellas. He andado de día y de noche, he dejado atrás amores y me he acercado a ver a amigos. He caminado por bosques y montañas, sobre mesetas heladas y sobre yermos creados por los seres humanos. He caminado y me he aburrido, he andado para escapar de la ansiedad. He caminado con dolor, he andado feliz; pero, sin importar dónde, ni por qué, he caminado y caminado. He ido, literalmente, hasta el fin del mundo.
 Todos los recorridos son diferentes, pero cuando miro atrás, descubro un rasgo que comparten todas mis caminatas: un silencio interior. El andar y el silencio van unidos. El silencio es abstracto; caminar, algo concreto.
Huellas. Fotografía: Lucía Rodríguez

Al terminar la lectura, uno está deseando buscar cualquier excusa para salir a la calle a pasear o, si no queda tiempo para tanto, tirar la basura, comprar otra barra de pan antes de que cierre la panadería o ver si aún queda algún periódico en el quiosco más cercano. Cualquier cosa con tal de salir a estirar las piernas.

 A pesar del revival de títulos que hay sobre el tema, son pocos los que deciden caminar hoy en día: grupos de senderistas que se reúnen algún fin de semana para hacer una ruta, gente que recorre los paseos marítimos a trancos y personas mayores que siguen caminando en los pueblos por las veredas y los arcenes mientras platican camino de alguna ermita. En la ciudad todo son desplazamientos en vehículos a motor de dos, cuatro y ocho ruedas, patinetes eléctricos y bicicletas (algunas también eléctricas para darnos una patada en la boca a todos los que luchamos por promover el combate contra el sedentarismo). Lo dijo no hace mucho José Antonio Garriga Vela desde su Cruce de vías* del diario Sur: "La gente no anda, no da paseos, la mayoría de los turistas prefieren ir de pie sobre los segway, manteniendo el equilibrio, avanzando sin moverse, sin tan siquiera impulsar con una pierna el patinete y dejarse llevar por los impulsos. Hay demasiada prisa por llegar a ningún lado". Y eso es algo que entronca con dos de las preguntas a las que nos confronta Erling: la que le hacen los niños: ¿por qué tenemos que caminar cuando se llega antes en coche?, y la que le hacen los adultos: ¿qué sentido tiene desplazarse despacio de un lugar a otro? Ambos interrogantes me llevaron a acordarme de mis días en Marruecos –la prisa mata– y de mi querido Paul Bowles, quien comentaba lo siguiente en Días y Viajes (Seix Barral, 1993):
 Pregúntale a Sidi Driss por qué no está interesado en ver un automóvil. Responde: "¿Para qué? Las ruedas giran rápido, sí. El claxon hace ruido, sí. Llegas antes que si fueras en mula, sí. ¿Pero a qué llegar antes? ¿Qué haces cuando llegas que no podrías hacer si llegaras más tarde? Tal vez los franceses creen que si van más rápido la muerte no podrá alcanzarlos." Y se ríe, porque cree que Occidente quiere huir de un destino que ya ha sido fijado, que está "escrito", como se dice en árabe; naturalmente, cualquier intento semejante está condenado al fracaso.
 Volviendo a Caminar, leo en las página 26 y 27 lo siguiente:
 Cuando conduces tu coche hacia una montaña y dejas que las pequeñas lagunas, las laderas, las rocas, el musgo y los árboles pasen zumbando a tu lado, la vida se acorta. No sientes el viento, ni los olores, ni el clima, ni los cambios de luz. Los pies no duelen. Todo se mezcla.
 No solo se reduce el tiempo cuando se intensifica el ritmo, también el sentido del espacio. De repente te encuentras al pie de una montaña. La experiencia de la distancia se desvanece. Al llegar a tu destino puede que creas que has tenido muchas sensaciones. Sin embargo, lo dudo.
 Si caminas esa misma ruta, tardas un día en lugar de media hora, respiras con más calma, escuchas, sientes la tierra bajo tus pies, el día cambia por completo.
 Poco a poco la montaña crece y sientes que tu entorno se expande.
 Conocer todo lo que te rodea requiere tiempo. Es como cimentar una amistad. Esa montaña que allí, frente a ti, se transforma despacio a medida que te aproximas, se convierte en una especie de amigo a medida que te acercas. Tus ojos, tus oídos, tu nariz, tus hombros, tu estómago y tus piernas preguntan a la montaña y la montaña responde. El tiempo se expande sin depender de los minutos y las horas.
 Aquí reside el gran secreto que todos los caminantes comparten: la vida es más larga cuando andas. Caminar prolonga los instantes.
 Eso es algo que conocen bien los montañeros que se acercan a pie a un campamento base o a un refugio de montaña. Si, por ejemplo, se pudiese llegar al refugio de Neltner en camioneta desde Imlil, el Toubkal ya no sería lo mismo.

Abandonando el refugio de Neltner, 2007. Fotografía: Mª Ángeles García

 La cabeza se me vuelve a ir a Marruecos, pero he de regresar al libro del que les hablo. Ojeo algunos de mis subrayados y se los anoto por si les abre el apetito de leerlo, o por si quieren hacerse una idea de lo que se van a encontrar en sus páginas.
 Durante nuestros preparativos para ir hasta el Polo Norte en 1990, pasamos unas cuantas semanas en Iqaluit, una pequeña localidad del noreste del Ártico canadiense, para poner a prueba nuestro equipamiento. Allí tuve noticia de una buena tradición de los inuit. Si estás tan enfadado que tienes dificultades para controlar tus sentimientos, te piden que abandones tu hogar y que atravieses en línea recta el paisaje que te espera en el exterior hasta que tu ira se esfume. El punto en el que consigas liberarte de tus sentimientos queda marcado por un palo que clavarás en la nieve. De esa manera queda recogida la duración o la intensidad de tu ira. Lo más sensato que puedes hacer cuando te enfadas, una circunstancia en la que tu cerebro reptil domina tus acciones, es alejarte de aquel o de aquello con lo que estás enojado.
Iqaluit (Canadá). Fotografía: Sean Kilpatrick/Canadian Press
 Veinte años después de la visita a Iqaluit decidí, junto con el explorador Steve Duncan, recorrer parte del subsuelo de Nueva York. Atravesar las cloacas de la ciudad, los túneles de los trenes y del metro, los conductos de agua. Desde el Bronx al norte, por Manhattan, Brooklyn y Queens, hasta el océano Atlántico. Me impulsaba un deseo de aventura, pero también una necesidad de depurarme, de catarsis, entre la mugre y las cloacas. Cuando partí, mi vida familiar me parecía una mierda. Poco a poco había empezado a comprender que mi compañera y yo, la madre de mis hijas, íbamos a separarnos. Los problemas me hacían tanto daño que mi cuerpo supuraba.
 Sentí el estímulo de iniciar una peregrinación. Quería entregarme por completo, caminar hacia una meta por un tiempo y, durante unos días, mantener a distancia mi mundo cotidiano. Nada era tan arriesgado como peregrinar en la Edad Media, con el peligro de sufrir un asalto de pasar hambre o de ser capturado, pero, aun así, se trataba de una experiencia espiritual. Sin embargo, no quería ir a lugares con los que sueño, como Santiago de Compostela, o rodear el monte Kailash, que tengo pendiente. Algunos amigos opinaban que ir a Nueva York no era una buena idea, pero mi intuición me decía que me vendría bien encontrarme, literalmente, en la mierda. ¿Tal vez entonces mis propios problemas me resultarían insignificantes?
Y para cerrar un recordatorio extraído del libro: La vida no es más que un largo recorrido a pie.

Erling Kagge

Caminar. Las ventajas de descubrir el mundo a pie
Erling Kagge
Traducción de Lotte Katrine Tollefsen
Editorial Taurus, 2019

*https://www.diariosur.es/culturas/blade-runner-20190518193933-nt.html (Blade Runner, artículo de José Antonio Garriga Vela en la sección Cruce de vías del Diario Sur).