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domingo, 2 de febrero de 2025

LA LARGA CARRETERA DE ARENA


La larga carretera de arena, de Pier Paolo Pasolini (Gallo Nero Ediciones)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

Ahora que empezó el año, uno de mis propósitos es ponerme al día con las reseñas pendientes: libros que leí en el 2024 y, por falta de tiempo, no llegué a comentarles. Además, metidos en el invierno, me apetece hablarles del viaje que hice este verano y del libro que me incitó a realizarlo: La larga carretera de arena, de Pier Paolo Pasolini, reeditado el pasado junio por Gallo Nero con una nueva portada –elaborada, como la anterior, por Donatella Iannuzzi, la propia editora, quien con gran sentido de la estética y unas tijeras propias para el collage alterna recortes fotográficos para las ediciones, e ilustraciones para las reediciones–.

La larga carretera de arena, de Pier Paolo Pasolini
Editorial Gallo Nero

 Fue leer aquel título en el escaparate de una librería y enseguida pensar en recorrer todo el litoral malagueño desde punta Chullera hasta la última cala de Maro. Y cuando tuve el libro en las manos, y le di la vuelta para leer la sinopsis, comprendí que mi pensamiento no había sido muy descabellado e iba muy acorde con aquella lectura.

Entre junio y agosto de 1959, montado en un Fiat 1100, Pasolini recorre «la larga carretera de arena» de Ventimiglia hasta Palmi y de allí «presa de una especie de obsesión deliciosa», llega hasta el municipio más al sur de Sicilia para luego volver a remontar la costa oriental y llegar a Trieste. En La Spezia, desde donde sale hacia San Terenzo y Lerici, siente que está a punto de empezar uno de los domingos más bonitos de su vida. En Livorno no dejaría nunca «el enorme litoral lleno de jóvenes y marineros libres y felices». Y, finalmente, en el Circeo: «el corazón me late de felicidad, de impaciencia y de orgasmo. Solo con mi 1100 y todo el Sur delante de mí. Comienza la aventura».
Pier Paolo Pasolini durante su visita a Génova en 1959
Fotografía: ©Paolo di Paolo
Es la revista Successo la que encarga a Pasolini este reportaje que finalmente saldrá en tres partes entre julio y septiembre. En su viaje, el poeta encontrará amigos, intelectuales y personajes conocidos, se entusiasma con la gente simple de los pueblos más remotos (en Portopalo «la gente está como loca y es la mejor de Italia, raza purísima, elegante, fuerte y dulce»). Con su entusiasmo por el descubrimiento, con su mirada emocionada y aguda de futuro director toma nota de imágenes e impresiones tan potentes que nos devuelven un cuadro de la Italia de entonces, una Italia donde la explosión económica todavía no prevalece sobre la felicidad y el sueño pasoliniano de inocencia.

 El fotógrafo Paolo di Paolo, que por entonces tenía 34 años, acompañó al escritor de 37 en la primera parte de aquel viaje, de Ventimiglia a Ostia, para realizar las fotografías que acompañarían el texto de Pasolini en la revista Successo; aunque el escritor no nos informa de ello en las páginas del libro, quizás porque entre ambos se estableció una relación de cortesía y no una verdadera amistad. Sí nos lo cuenta Paolo Mauri en el prólogo, y el propio Paolo di Paolo en El tesoro de la juventud, el excelente documental sobre el fotógrafo que hizo el cineasta y también fotógrafo Bruce Weber.

Carabineros en Forte dei Marmi, 1959
Fotografía: ©Paolo di Paolo

 Tan italiano como un Fiat 1100 podría haber sido una Vespa, pero decidí recorrer la costa malagueña caminando, pues como dice Werner Herzog en su biografía, «el mundo se revela a los que viajan a pie».

 Como Pasolini, cambié el ¡Cuanto más lejos, mejor! por un viaje de proximidad, lo que algunos han venido a llamar Turismo de kilómetro cero. Además, fue un viaje muy económico, pues iba con lo imprescindible, pasando las noches al raso en la playa envuelto en un saco sábana.

1º día Senda Litoral Málaga: Playa de Sabinillas
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

1º día Senda Litoral Málaga: Torre de la Sal (Casares)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

2º día Senda Litoral Málaga: Amanecer en Estepona
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

2º día Senda Litoral Málaga: Marbella Club
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

2º día Senda Litoral Málaga: Gimnasio al aire libre (Marbella)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

2º día Senda Litoral: Atardecer en las dunas de Los Monteros (Marbella)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

 En un principio iba a acompañarme uno de mis hijos, pero finalmente no le sedujo la idea de caminar durante varias jornadas entre la playa y el urbanismo desaforado de tantísimos ayuntamientos. Así que no compartimos el asombro o la decepción, ni el cansancio ni la inquietud a la noche. Viajé solo, pero, por tanto, libre. Dueño pleno del tiempo, capitán de mis pasos bajo los cielos celestes u oscuros y estrellados. Feliz ante la incertidumbre y el cansancio.

3º día Senda Litoral Málaga: Barquito pesquero (Marbella)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

3º día Senda Litoral: Torre de Lance de las Cañas (Marbella)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

3º día Senda Litoral: Torre Ladrones (Dunas de Artola, Cabopino (Marbella))
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

3º día Senda Litoral Málaga: Calahonda
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

3º día Senda Litoral Málaga: Fuengirola
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

4º día Senda Litoral Málaga: Playa de Guadalmar
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

4º día Senda Litoral: Playa El Balneario (Málaga)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

 La Senda Litoral me descubrió decenas de atalayas, coquetos fortines e interesantes mosaicos y ruinas romanas. También zonas de dunas y acantilados que son reservas naturales y dan cobijo a una flora y una fauna peculiar. Y por supuesto, playas encantadoras a las que volver algún día con una toalla y un libro bajo el brazo.

4º día Senda Litoral Málaga: Playa Peñón del Cuervo
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

5º día Senda Litoral Málaga: Amanecer en Torre del Mar
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

5º día Senda Litoral: Virgen del Carmen (Torre del Mar)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

5º día Senda Litoral Málaga: Lagos
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

5º día Senda Litoral Málaga: Faro de Torrox
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

5º día Senda Litoral Málaga: Playa de Nerja
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

Playa de Ferrara, El Morche (Torrox)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

 La larga carretera de arena me acompañó durante mi caminata: a veces, leía una frase y pensaba que esa línea estaba en consonancia con lo que veía a este lado del mediterráneo.

 [...] la arena está lisa, parece el pavimento de un salón de baile.
***
 En los grandes paseos marítimos, desordenados, grandiosos, siempre se respira aire de fiesta, [...]
***
 Empiezan ahora las playas de mi infancia y mi adolescencia: ya no habrá descubrimientos, sino verificaciones.

 Pero al libro de Pasolini se le puede sacar más provecho desde casa, buscando en Google las imágenes de los bellos y pintorescos pueblos y ciudades que menciona, siguiendo su ruta en Google Maps o en algún atlas y poniéndole cara a las personalidades con las que se encuentra, algunas conocidas como Fellini, Moravia, Visconti o Gianni Agnelli, pero otras desconocidas para mí, como Elsa De Giorgi, Lorella De Luca, Franca Valeri o Adriana Asti.

No cabe duda: el tono, el énfasis, la alegría de estos encuentros nos remiten a un Pasolini joven que no ve la hora de salir al encuentro del mundo, sobre todo en ese Sur donde todo le parece más auténtico.
(Del prólogo de Paolo Mauri)

Anna Magnani en su villa de San Felice Circeo, 1955
Fotografía: ©Paolo Di Paolo

 Pasolini no recorre solamente el litoral de la bota, sino que también visita sus islas, como Isquia, Capri o Sicilia, donde se baña «en la más pobre y más lejana playa de toda Italia».

Ahí delante hay un islote, todo arena y chumberas, con una torre barroca. Pregunto a uno de los jóvenes que, como siempre, están sentados en el murete: «¿Puedes llevarme a esa isla? ¿Cómo se llama?» «¡Isla de Portopalo!», responde desconcertado, quizá porque para él la isla no tiene nombre. Baja a la barca y, remando despacio, atraviesa el pequeño brazo de mar, que la luz agonizante tiñe de turquesa y rosa. Desembarcamos en el islote, al pie de la torre, y, ya casi bajo la sombra tierna y perfumadísima de la noche, me doy un baño en la más pobre y más lejana playa de toda Italia.

 A veces, mi cabeza se salía del texto espoleada por alguna referencia, como cuando Pasolini describe su paso por Génova en la página 30. En ese momento, me pregunté qué habría sido de mi amigo Alfredo Maiolese, «Feissal», el genovés al que conocí antaño en Damasco. Y en el momento en que apareció Livorno en la página 45,  me asaltó la atmósfera veneciana que nos envolvió a mí y a mi familia en aquella escala de nuestro crucero por el Mediterráneo. La sorpresa de encontrarnos con aquellos canales y puentes en el barrio de Venezia Nuova, que recorrimos en un barquito.

 También cuando Pasolini conduce desde Reggio a Tarento y, aunque no la menciona, pasa cerca de Catanzaro, donde está de Erasmus mi sobrina Alicia. Pasolini habla del viento, de la eterna borrasca de la zona al hablar de la playa de Soverato, y recuerdo lo que me dijo mi sobrina estas navidades: que siempre hace viento en Catanzaro, como si fuera la Tarifa de Italia, algo que atestigua el dicho: «Encontrar un amigo es tan raro como un día sin viento en Catanzaro».

Chiesa di San't Omobono, Catanzaro (Italia)
Fotografía: ©Alicia Delgado Ferrary

 Y qué decir en la página 106, cuando Pasolini llega a Ancona, ciudad que, «a pesar de su triste reconstrucción», considera una de las más hermosas de Italia. Allí se celebró el Campeonato de Europa de veteranos de pista cubierta y campo a través del año 2009, en los que conseguí un 3º puesto en los 3.000 metros lisos. A ese bronce le sumé una plata por equipos en la prueba de Campo a través, donde fui 5º de la general. De aquello han pasado ya muchos años, pero la satisfacción por el esfuerzo recompensado permanece.

 Tras mi caminata por el litoral malagueño, tuve la necesidad de buscar en Filmin la «Trilogía de la vida» de Pasolini, compuesta por El Decamerón (1970), Los cuentos de Canterbury (1972) y Las mil y una noches (1974). No las veía desde mi juventud, y temía que me decepcionaran. Pero no sólo es que hayan envejecido bien, es que me han gustado muchísimo más que la primera vez. Sin lugar a dudas, 49 años después de su vil y mezquino asesinato en Ostia, Pasolini sigue siendo uno de los grandes.

Trilogía de la vida, Pier Paolo Pasolini


lunes, 30 de septiembre de 2024

LAS MEMORIAS DE WERNER HERZOG


Cada uno por su lado y Dios contra todos. Memorias, de Werner Herzog
Editorial Blackie Books. Fotografía: Pedro Delgado

Cuando este libro entró en casa, allá por el mes de abril, yo ya sabía que terminaría engrosando la biblioteca del segundo de mis hijos. De hecho, en sus baldas ya figuran tres títulos anteriores del director alemán: Del caminar sobre el hielo (Gallo Nero, 2015), Conquista de lo inútil (Blackie Books, 2010) y Manual de supervivencia (El cuenco de plata, 2013). El segundo de ellos, lo tiene incluso firmado por el propio Herzog, que impartió una charla en la ECIB, la escuela de cine de Barcelona donde ha estudiado Dirección cinematográfica y donde este curso realizará un máster de Montaje cinematográfico.

 Fue el 21 de octubre de 2021, cuando apenas llevaba tres semanas en la escuela. Un compañero le dijo que Werner Herzog iba a visitarlos, y él, incrédulo, pensó que se trataba de una broma. Cuando vio que la cosa iba en serio fue a una librería y se hizo con un ejemplar de Conquista de lo inútil, el diario de rodaje de Fitzcarraldo en el Amazonas.

La conquista de lo inútil, de Werner Herzog (Blackie Books)
Fotografía: Pedro Delgado

 Cuando me lo contó por teléfono, le di unas instrucciones muy claras si quería que se lo dedicase, algo que, por otra parte, él ya pensaba hacer: «Siéntate lo más adelante posible y, en cuanto termine, lánzate a la mesa con el libro y el bolígrafo en la mano para que te lo firme. Va a firmar uno, dos o tres como mucho, y después alguien va a decir que el Sr. Herzog se tiene que marchar de inmediato por tal o cual compromiso». Efectivamente, Herzog solamente firmó un póster de Fitzcarraldo –colgado ahora en la escuela– y un par de libros antes de que una señora se lo llevara en volandas tras decir que no podía firmar nada más porque lo esperaban en otro lugar. Mi hijo intentó echarle el lazo durante el camino a la salida, donde lo esperaba un coche, pero Herzog, algo seco, rechazó su petición.

 Esa misma tarde, proyectaban el documental Nómada: En las huellas de Bruce Chatwin, de Werner Herzog, en la Filmoteca de Catalunya, y allá que lo esperó mi hijo media hora antes armado de paciencia. Junto a él lo aguardaba un hombre con un póster de Aguirre, la cólera de Dios, y los dos se lanzaron a por el director nada más verlo aparecer. Tras firmar el póster, agarró su libro, y mientras caminaba y le decía que no se lo podía firmar porque se tenía que ir, estampó su firma en él. Todo muy Herzog. Aún se le dibuja una sonrisa en la cara al recordarlo.

Autógrafo de Werner Herzog en Conquista de lo inútil
Fotografía: Pedro Delgado

 Con la satisfacción de la «prueba conseguida», se sentó a ver el documental sobre la figura del viajero y escritor británico del que yo tantas veces le había hablado. Mi hijo no había leído ninguna de sus novelas, pero había disfrutado con Cobra Verde, la adaptación cinematográfica de Herzog de la magnífica novela El virrey de Ouidah. El director alemán le dedica un capítulo de sus memorias –La mochila de Chatwin–, quince páginas en las que podemos leer cosas como estas:

Mientras preparaba Verdes hormigas en Australia, leí en un periódico que Bruce Chatwin había presentado en Sídney su nuevo libro, Colina negra. Conocía su extraordinario libro En la Patagonia y su novela El virrey de Ouidah, sobre un bandido brasileño que asciende hasta convertirse en el mayor traficante de esclavos de África Occidental y virrey de Dahomey. Yo había inventado la historia y escrito el guión de prácticamente todas mis películas, pero pensaba a menudo que esa novela podría ser la base de un largometraje. De repente, algo se despertó dentro de mí. Me puse en contacto con el editor en Sídney. No, Chatwin ya había desaparecido en las profundidades del outback, donde se estaba documentando para un nuevo libro. Dejé mi número de teléfono en Melbourne, donde estaba organizando el rodaje, y pedí que me avisaran en cuanto Chatwin volviera a estar localizable. Una semana más tarde recibí una llamada diciendo que, si telefoneaba a un determinado número del aeropuerto de Adelaida en los próximos sesenta minutos, podría hablar con él. Chatwin, para mi sorpresa, supo al momento quién era yo. Conocía varias de mis películas y, para mi sorpresa aún mayor, llevaba en la mochila mi libro Del caminar sobre el hielo, sobre mi caminata para reunirme con Lotte Eisner. Iba de regreso a Sídney y quería volver desde allí a Inglaterra. Le pregunté si podía desviarse a Melbourne y posponer su vuelo de regreso. Lo hizo sin dudar un segundo. Aterrizaría en Melbourne por la tarde. [...]
 Como me encontraba en pleno rodaje de mi nueva película, acordamos que abordaría su historia del traficante de esclavos Francisco Manuel da Silva en cuanto surgiera la oportunidad y consiguiera la financiación. Por precaución, también le dije que me avisara si alguien más estuviera interesado en comprar su libro. Supongo que el motivo de la rápida afinidad que surgió entre nosotros fue que ambos habíamos vivido la experiencia de caminar. Para ser más precisos: ninguno de los dos éramos mochileros que lleváramos la casa a cuestas con la tienda, el saco de dormir y los utensilios de cocina, sino que recorríamos largas distancias a pie casi sin equipaje. [...]
 A Bruce y a mí nuestra forma de caminar nos obligaba a buscar refugio y a relacionarnos con la gente, porque nuestra indefensión así lo requería. No recuerdo que ni a él ni a mí nos rechazaran nunca, porque en nuestra civilización existe un profundo instinto de hospitalidad, casi sagrado, que solo está aparentemente enterrado. [...]
 Un día, Bruce me informó por carta de que David Bowie quería comprar los derechos de su novela El virrey de Ouidah. Al parecer, también quería interpretar el papel principal. Llamé a Bruce y le dije: «¡Dios mío! Bowie no es el tipo adecuado, es demasiado andrógino para el personaje». Bruce estuvo de acuerdo, así que reuní todo el dinero que pude y compré los derechos de la novela. Kinski iba a interpretar al bandido, cuyas actuaciones habían impresionado mucho a Bruce. Cobra Verde, que fue el título de la película de 1987, se convirtió en la última colaboración entre Kinski y yo después de cuatro largometrajes. Kinski era entonces una especie de demonio hundido en la locura [...], nunca volví a trabajar con Kinski después de aquello [...].
Herzog con Kinski durante el rodaje de Cobra Verde en 1987
Fotografía: Collection Christophel / Alamy Photo
 Invité a Bruce a Ghana para el rodaje de Cobra Verde, pero me respondió por escrito que estaba tan enfermo que ya no podía viajar. Había contraído un hongo muy raro que se estaba expandiendo por su médula ósea. Solo se había encontrado el mismo hongo en una ballena varada frente a la costa de Arabia y en unos murciélagos en una cueva de Yunnan, en el sur de China, que él había visitado. Pero más tarde resultó que la infección fúngica no era más que una consecuencia del sida. Seguí insistiéndole para que viniera y, de repente, su estado mejoró un poco y me preguntó si podía visitarme en silla de ruedas. Le contesté que el terreno del lugar no era apto para ello. Le escribí: «Te prepararé una litera con seis portadores, además de un hombre con una sombrilla voluminosa, como los que tienen los caciques locales como guardia de honor». No pudo resistirse. Después de todo, ya podía caminar, aunque solo distancias cortas. Escribió sobre su visita en su libro ¿Qué hago yo aquí? [...]
Herzog y Bruce tras de un maratón de conversación de 48 horas
Fotografía: Archivo personal Werner Herzog
 El estado de Bruce se deterioró durante los dos años siguientes, sin que yo supiera lo mal que estaba. En 1987 estuvo en el festival Wagner de Bayreuth, donde dirigí Lohengrin. Fue hasta allí con su esposa Elizabeth y condujo la mayor parte del camino en su patito de hojalata, un Citroen 2 CV, un Dos Caballos. Posteriormente rodé un documental en el sur del Sáhara sobre el pueblo nómada de los wodaabe, más concretamente sobre una reunión tribal anual que celebraban en algún lugar del semidesierto de Níger, donde había una especie de mercado matrimonial. Allí eran los hombres, con toda probabilidad los más atractivos del mundo, los que se acicalaban y maquillaban en rituales que duraban días, y las mujeres elegían al más guapo y carismático. Elegían a uno de los bailarines para pasar la noche con él y lo devolvían si no les convencía. Le había hablado a Bruce sobre el documental y tenía muchas ganas de verlo. Cuando por fin terminé Wodaabe, los pastores del sol, recibí una llamada de Elizabeth desde Seillans, Provenza, donde Bruce se había refugiado en un viejo edificio. Se encontraba muy mal, pero quería ver mi documental sin falta. Me subí al coche y conduje desde Múnich para verlo. Llevaba mi película en una cinta de vídeo.
Wodaabe, los pastores del sol
Werner Herzog
 Cuando llegué, Elizabeth me detuvo en la puerta y me preguntó en un susurro si realmente quería entrar, pues Bruce se estaba muriendo. aunque esto me dio un momento para mentalizarme, justo después me quedé profundamente conmocionado. Todo lo que quedaba de Bruce era el esqueleto, dos grandes ojos brillando en su cráneo. Apenas podía hablar. Pidió quedarse a solas conmigo. Tenía la boca y la garganta cubiertas con una pálida capa de hongos que se había extendido a los pulmones. Lo primero que me dijo fue:
 –Me estoy muriendo.
 Le contesté:
 –Ya lo veo, Bruce.
 Quería que le ayudara a poner fin a su agonía y me pidió que lo matara. Le dije:
 –¿Crees que debería matarte a golpes con un bate de béisbol o asfixiarte con una almohada?
 Pero él pensaba más bien en una droga de efecto rápido. ¿Por qué no se lo había pedido a Elizabeth? No, dijo, era demasiado católica, imposible pedírselo. No volvió a plantearme su petición. Quería ver la película y le enseñé los primeros quince minutos. Luego se quedó inconsciente. cuando recobró el conocimiento, pidió ver el resto, y así la vio trozo a trozo. Fueron las últimas imágenes que vio. Le dolían las piernas, que él llamaba «sus chicas» y que ahora solo eran como husos de hueso. Me pidió que las cambiara de posición y así lo hice. Entonces se despertó de un semicoma y gritó:
 –¡Tengo que volver a la carretera, tengo que volver a la carretera!
 –Sí, bruce, ese es tu sitio –le respondí.
 Se miró las piernas y vio que no le quedaba nada, ya no tenía cuerpo, solo un alma ardiente, y me dijo:
 –La mochila me pesa demasiado.
 –Bruce, soy fuerte, puedo cargar tu mochila por ti –le contesté.
 Vio la película hasta el final. Después de casi dos días, me dijo que le daba vergüenza morir delante de mí y yo le dije que lo entendía, aunque no me habría dado miedo quedarme con él. Cuando, a petición suya, por fin iba a marcharme, me dijo en un momento de perfecta lucidez:
 –Werner, quédate mi mochila. Tú la llevarás por mí.
 Lo dejé y, unos días después, Elizabeth lo llevó a un hospital de Niza, donde murió horas más tardes. Fue ella quien me envió la mochila de Bruce, que estaba guardada en su casa cerca de Oxford. La mochila no es un simple recuerdo, sino que la uso de verdad. Es la más preciada de todas mis posesiones materiales, hecha de un resistente cuero por un guarnicionero de Cirencester.

 La historia de aquella amistad y de la mochila estaba recogida en Nómada: En las huellas de Bruce Chatwin, el documental que mi hijo había ido a ver a la Filmoteca, del que aquí les muestro el tráiler.

 Pero vayamos al inicio de Cada uno por su lado y Dios contra todos, las memorias de Werner Herzog (Múnich, 1942) editadas este año por Blackie Books con traducción de Marina Bornas Montaña. El libro se abre con una breve introducción del propio cineasta y aventurero bávaro, a la que sigue una cita de Gilgamesh, que desde que reseñé Gilgamesh. Más allá del confín del mundo (Ediciones Siruela) parece que me está persiguiendo.

Enkidu suspiró amargamente y dijo:
«Gilgamesh, el guardián del bosque nunca duerme».
Gilgamesh respondió:
«¿Dónde está el hombre que puede subir al cielo?».

 Comienza Herzog el prólogo de sus memorias con el final de una de sus películas más icónicas, Aguirre, la cólera de Dios.

En un principio mi película Aguirre, la cólera de Dios iba a terminar así: cuando la balsa de los conquistadores españoles llega a la desembocadura del Amazonas, solo hay cadáveres a bordo. El único que sigue vivo es un loro parlanchín. Cuando la marea del Atlántico devuelve la balsa al caudaloso río, el loro grita sin cesar: «¡El Dorado, El Dorado!». Mientras rodábamos, sin embargo, encontré un desenlace mucho más bonito: cientos de monitos invaden la balsa y Aguirre fantasea con ellos sobre su nuevo imperio mundial. Hace poco me topé con un relato no confirmado sobre el final del personaje –ese sí, históricamente confirmado– de Aguirre. Abandonado por todos, tras haber asesinado a su propia hija para que no tuviera que presenciar su caída en desgracia, ordena al único hombre que le permanece fiel que le dispare. Este lo apunta con el mosquete y la bala le impacta en el pecho. «Eso no ha sido nada», protesta Aguirre, y le ordena disparar de nuevo. El hombre le da entonces en el corazón. «Esto debería bastar», dice Aguirre, y cae muerto.
 Estoy seguro de que el desenlace de los monos es la más hermosa de todas las alternativas, pero me pregunto cuántas posibilidades, de cuántas alternativas no vividas he dispuesto. No solo como inventor de historias, sino en la vida misma. Alternativas que nunca se han hecho realidad, o solo lo han llegado a ser muchos años después.

 De lo vivido en sus ochenta y un años nos hablará Herzog en estas páginas bajo el mismo título que ya utilizó para su película El enigma de Kaspar Hauser; aunque en aquella ocasión «casi nadie fue capaz de reproducirlo con exactitud».

 Nos cuenta primero de su familia materna y paterna, y de su infancia arcaica, dura y austera, sin agua corriente ni otras comodidades, en una granja de Sachrang en la posguerra.

Mi hermano Till y yo crecimos rodeados de miseria, pero nunca fuimos conscientes de que éramos pobres, excepto quizá durante los primeros dos o tres años después de la guerra. Siempre teníamos hambre y mi madre no podía traer suficiente comida. Comíamos ensaladas de hojas de diente de león, y mi madre hacía jarabe de llantén y brotes de abeto frescos. Lo primero era más bien una medicina para la tos y los resfriados, mientras que lo segundo sustituía al azúcar. Solo una vez a la semana el panadero del pueblo nos daba una hogaza alargada de pan que cambiábamos por nuestras fichas de racionamiento. Con un cuchillo, nuestra madre hacía una marca en el pan para cada día, de lunes a domingo, lo que equivalía a una rebanada diaria para cada uno. Cuando el hambre apretaba de verdad, nos daba la ración del día siguiente porque esperaba encontrar algo más, pero normalmente el viernes ya habíamos terminado el pan, y los sábados y domingos se hacían especialmente duros. El recuerdo más intenso que tengo de mi madre, grabado a fuego en mi mente para siempre, es un momento en que mi hermano y yo estábamos aferrados a su falda, llorando de hambre. Ella se soltó con una fuerte sacudida y se volvió bruscamente, y en su rostro había una ira y desesperación que nunca había visto ni volvería a ver jamás. Entonces, con mucha calma y dominio de sí misma, dijo:
 –Muchachos, si pudiera cortarme un trozo de carne de las costillas, lo haría, pero no puedo.
 En ese momento aprendimos a no volver a quejarnos. La cultura del lloriqueo me resulta aborrecible.

 Herzog también se detiene en sus viajes y aventuras de juventud, y en su estancia con su familia en la pensión de la Elisabethstrabe de Múnich, donde además de aprender a arreglárselas con el mínimo espacio y a concentrarse en medio del caos, conocería por vez primera al actor Klaus Kinski, con quien más adelante mantendría una complicada relación.

Así pues, sabía dónde me metía cuando empecé a trabajar con él quince años después.

 Como no podía ser de otra manera, Herzog recoge en su libro su amplia trayectoria cinematográfica, tanto detrás como delante de la cámara, contando anécdotas, tan interesantes como increíbles, de sus rodajes.

En aquella época, Till y yo viajamos desde Lima a los Andes. Originalmente, Aguirre tenía que empezar sobre un glaciar a gran altura, con el plano de una lejana hilera de gente y animales, conquistadores españoles y esclavos indios encadenados, alpacas y una piara de cerdos negros, mosquetes, cañones y palanquines. Se suponía que los cerdos se tambalearían por el serpenteante camino aquejados de mal de altura, y quise hacer pruebas de ello con un veterinario, pero al final descarté la idea. Para facilitar el rodaje, busqué un glaciar cercano a una carretera transitable, y Till y yo condujimos tres horas, subiendo sin parar, desde lima, que está al nivel del mar, hasta el paso de Ticlio, situado a poco menos de cinco mil metros de altitud. En la cima había empezado a nevar y nosotros nos encontrábamos fatal debido al mal de altura. Decidimos descender por una carretera secundaria en busca del glaciar adecuado, pero el pavimento se hallaba en muy mal estado y por el camino fuimos encontrando cada vez más puntos que apenas eran transitables, en los cuales los corrimientos de tierra habían inundado o barrido en parte la carretera. La nevada era cada vez más copiosa. Finalmente encontramos una recóndita aldea donde resguardarnos. En cuanto llegamos a la plaza del pueblo, sin embargo, nos rodeó una multitud enfurecida. Los hombres golpeaban el coche con los puños. Detrás de nosotros, otro grupo bloqueaba la entrada del pueblo con piedras pesadas y, enfrente, en la salida, hacían otro tanto. Nos bajamos porque consideramos que era más peligroso quedarse en el coche. Empezaron a tironearnos, pero nosotros permanecimos impasibles. Algunos de los hombres que hablaban quechua entendían el español y traté de averiguar lo que estaba pasando en mitad de aquella salvaje conmoción. Aún hoy no tengo muy claro qué nos llevó a aquella situación pero, por lo que pude descifrar entre gritos, creo que tenía que ver con un accidente en una mina cercana en el que habían muerto trabajadores indígenas. Los aldeanos nos habían tomado por los ingenieros encargados de la mina. Sin embargo, de alguna manera, acabaron por darse cuenta de que no teníamos nada que ver con aquello y nos acompañaron a la posada, donde quisieron beber pisco con nosotros para hacer las paces. Pero a nosotros no nos apetecía beber, estábamos mareadísimos y a punto de vomitar, y yo tenía un dolor de cabeza tremendo. Entonces, para compensarnos, nos acostaron en un lecho de paja y trajeron a dos mujeres jóvenes. «Podéis montar estos potrillos toda la noche», nos dijeron. Fue una imagen extraña que me quedó grabada en la mente para siempre. Ambas mujeres se quedaron delante de nosotros, descalzas y vestidas con varias capas de gruesas faldas. El frío no parecía afectarlas. Sus mejillas tenían el intenso rubor de las personas que viven a gran altitud. Ambas llevaban el bombín característico de las mujeres quechuas. Se lo habían quitado y lo mantenían en alto. Y así permanecieron largo rato, escultóricas, como cinceladas en otra realidad. Yo no comprendía nada de esta manifestación tan ajena; estaba excluido de la realidad que me rodeaba, pero seguía profundamente inmerso en su misterio.
***
[Referido al rodaje de Fitzcarraldo] Pero nuestras desgracias eran muy tangibles, muy concretas. Tuvimos dos accidentes de avión, ambos Cessna monomotor, uno con suministros y otro con varios figurantes indígenas a bordo. En el despegue del último, una rama se enroscó y se enganchó en el plano de cola, el estabilizador horizontal de la cola del avión, y obligó a hacer al aparato un giro casi completo. Todos los ocupantes resultaron heridos y uno de ellos quedó parapléjico. Todavía me pesa en el alma. Más tarde le montamos un negocio en su pueblo para que así pudiera ganarse la vida. A uno de nuestros leñadores le mordió una serpiente, una shushupe, la más venenosa de todas. Él mismo sabía que en sesenta segundos entraría en parada respiratoria y cardíaca. El campamento con nuestro médico y el antídoto adecuado estaba a veinte minutos, así que cogió la motosierra del suelo, la puso en marcha y se amputó el pie. Sobrevivió. Tres de nuestros trabajadores locales fueron atacados por indios amahuacas a altas horas de la noche mientras se dirigían al Cenepa a pescar. Los amahuacas eran unos seminómadas que vivían a diez días de viaje río arriba, en las montañas. Eran radicalmente contrarios a cualquier contacto con la civilización, pero como estábamos viviendo la estación más seca que se recordaba, habían bajado siguiendo el curso del río medio seco, presumiblemente en busca de huevos de tortuga. Dispararon a nuestra gente con flechas de casi dos metros de largo e hirieron a un hombre en el cuello con una punta de bambú de treinta centímetros afilada como una navaja. La joven que yacía junto al hombre se despertó con el estruendo, pensando que un jaguar se le había lanzado a la yugular, y cogió una rama aún incandescente del fuego. Su brusco movimiento hacia las brasas la salvó por el momento. La alcanzaron simultáneamente tres flechas, tal vez dirigidas al cuello. Una le entró por el abdomen y se le rompió en el interior de la pelvis, otra le alcanzó el borde del hueso de la cadera y la tercera se le clavó justo al lado. El tercer herido tenía una escopeta, con la que disparó a ciegas en la oscuridad. Los atacantes huyeron. Al día siguiente, los ilesos trajeron a los dos heridos graves a nuestro campamento y decidimos operarlos in situ porque, de haber intentado trasladarlos, habrían muerto. Nuestro médico y el muy capacitado paramédico local operaron en la mesa de la cocina, y yo les ayudé iluminando con una potente linterna la cavidad abdominal abierta de la mujer. Con la otra mano sostenía una lata de insecticida para mantener a raya las nubes de mosquitos atraídos por la sangre. Ambos sobrevivieron.

 El capítulo dedicado al alpinista Reinhold Messner, al Gasherbrum  y el Cerro Torre en la Patagonia, donde rodó respectivamente el documental Gasherbrum, la montaña luminosa y el largometraje Grito de piedra, también hará las delicias de los amantes de la montaña.

Herzog con Reinhold Messner en el rodaje de Gasherbrum
Fotografía: Archivo personal de Werner Herzog (1984)

[Durante el rodaje de Grito de piedra] En cuestión de segundos nos encontramos en medio de una tormenta de nieve en la que no veíamos más allá de nuestra propia mano extendida, con ráfagas de viento de unos doscientos kilómetros por hora y una temperatura de veinte grados bajo cero. Nos aferramos unos a otros y llegamos a una sólida pared de nieve en la que nos atrincheramos. Llevábamos un piolet y la cuerda que Glowacz necesitaba para rodar su escena, pero no teníamos ni tienda, ni sacos de dormir ni comida.

 Igual de escalofriante resulta comprobar las veces que ha salvado la vida por azar o por lo que él llama suerte existencial: un vuelo que se cancela, una cita a la que no asiste...

Al terminar Fitzcarraldo, en la década de los ochenta, la organización paramilitar Sendero Luminoso había ganado protagonismo en Perú. Cuando iniciaron su actividad terrorista en la sierra de Ayacucho, se desconocía por completo su estructura de mando e ideología. Era casi impenetrable desde el exterior. Masacraron a la población rural y el ejército peruano respondió con idéntica brutalidad. Consideramos hacer juntos un documental sobre ellos. Denis [se refiere al fotoperiodista de guerra Denis Reichle] estableció los primeros contactos y se acercó con cautela a la organización guerrillera a lo largo de un período de cinco meses. Recibimos una invitación para reunirnos con los altos mandos. También habían invitado a otros periodistas, pero Denis me dijo que había estado investigando el asunto con discreción a través de todos los contactos posibles y que era demasiado oscuro para él. Le pregunté qué debíamos hacer y solo me contestó: «No iremos». Así pues, la reunión se celebró sin nosotros y los ocho periodistas que asistieron a ella cayeron en una trampa. Les cortaron la cabeza a todos.

 Herzog estaba escribiendo el final de sus memorias cuando levantó la vista y observó al otro lado de la ventana un colibrí que se precipitó hacia él. En ese momento decidió dejar de escribir, de ahí que la última frase se interrumpa en el momento en el que estaba. Un cierre abrupto, como el que nos espera a todos al final de nuestras vidas. Tras ese no punto final, viene anotada su filmografía, sus producciones de ópera y unos agradecimientos, entre los que incluye a su esposa Lena por haberle propuesto escribir este libro -«sino lo escribirá otro cuando te mueras»-. Desde este espacio, yo también quiero darle las gracias por ello. Y a Blackie Books por editarlo.

 En el laberinto de los recuerdos me pregunto a menudo hasta qué punto fluctúan, qué fue importante en qué momento y cómo hay tanto que se ha evaporado o adoptado otros colores primarios. ¿Cuánto hay de cierto en nuestros recuerdos?

 Como es normal, el libro te lleva a querer ver o revisitar las películas más famosas del director alemán, y estas, a su vez, te hacen volver a sus páginas, en un ciclo que es todo un disfrute para los que amamos el cine, la literatura, la aventura y los viajes.

martes, 21 de noviembre de 2023

VIAJAR TIENE QUE VER CON LA MUERTE


Breviario del viejo corredor, de Lluís Alabern (Ediciones Siruela)
Fotografía: Pedro Delgado

Recientemente reseñé Breviario del viejo corredor (Ediciones Siruela, 2023), de Lluís Alabern, en mi otro blog, Calle 1, dedicado al atletismo y otros deportes. En las páginas de ese breve ensayo, me encontré con estos dos textos que, por la referencia que hacen al viajar y al caminar, he querido compartir aquí con ustedes.

Correr tiene que ver con la muerte. Macfarlane narra cómo al final de sus días, su abuelo, gran trotador, explorador, aventurero, arrastraba los pies al andar, se ayudaba de bastones y redujo los paseos a un radio que apenas lo alejaba unos metros de su casa. En esa misma época, paradójicamente, sus hijos, bisnietos del abuelo, «pasaron de arrastrar los pies a dar zancadas» y de ahí a corretear por los campos. Solo la muerte frena el trote. Pero ahí, donde se para en seco el trotar, empiezan las zancadas de los siguientes. Claudio Magris, en el prefacio de El infinito viajar, recuerda el status viagiotoris del hombre, su condición existencial de caminante. Viajar tiene que ver con la muerte, nos dice, pero también con diferirla, «aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial [...], el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca».
 Corremos por correr, y porque correr es dibujar cerca de la muerte. Cuando corro vivo el instante. Apenas pienso en la siguiente zancada. Correr es una forma de habitar el presente, una forma de ser, a sabiendas de que nada de lo que nos rodea nos pertenece. También es la manera en la que le decimos al presente que no le pertenecemos. Porque somos nómadas, estamos en movimiento, y solo importa la siguiente zancada.

Claudio Magris. Fotografía: Danilo De Marco

***
En noviembre de 1974 le comunican al director de cine Werner Herzog que Lotte Eisner está gravemente enferma en París. Herzog, sin apenas pensarlo, decide partir de Múnich caminando al encuentro de la «Eisnerin», como llamaban afectuosamente en los corrillos del cine alemán a la afamada ensayista. Lotte Eisner había publicado los primeros estudios sobre Murnau y Lang, así como el famoso trabajo sobre cine expresionista titulado La pantalla demoniaca (1952). Herzog dedicó dos de sus films a la Eisnerin e incluso llegó a utilizar su voz de narradora en la película experimental Fata Morgana (1970). Ante la noticia de la gravedad de Lotte Eisner, Herzog resuelve ir a verla andando hasta París. Herzog dedica un libro a ese desplazamiento chamánico, el texto de culto Del caminar sobre hielo. 

Del caminar sobre el hielo, de Werner Herzog
Editorial Gallo Nero, 2015

No importa realmente si la crónica del mismo es absolutamente veraz, si pudo recorrer la distancia entre Múnich y París en un mes, como sugiere. Lo importante es la idea del caminar como conjuro, la relación del hombre con el paisaje, el carácter metafísico del camino. «Tomé una chaqueta, una brújula, una bolsa de deporte y los enseres indispensables [...]. Me puse en camino hacia París, por la ruta más directa, convencido de que, yendo a pie, ella sobreviviría». El caso es que Lotte Eisner, anciana y enferma, vivió nueve años más. Herzog explicó en alguna entrevista, que también había recorrido mil kilómetros a través de los Alpes, hasta llegar a la frontera con Eslovenia, para pedir la mano de la que sería su esposa. «Hago a pie todas las cosas esenciales de la vida».
 Bruce Chatwin decía que las drogas eran vehículos para gente que había olvidado caminar. Chatwin también creía que el viaje a pie era un acto primario, una posible cura para la melancolía, una forma primigenia de vagabundeo existencial. Suponemos que la religión es una respuesta a la angustia, una respuesta a la desazón que genera la vida sedentaria. El nomadismo, según lo entiende Chatwin, satisface alguna aspiración humana básica que el sedentarismo no colma.

Bruce Charwin leyendo en la estación de Parakou, Benín, en 1976
Fotografía: John Kasmin

Nota: Pueden leer la reseña de Breviario del viejo corredor, clicando sobre el siguiente enlace:

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2023/11/breviario-del-viejo-corredor.html

Breviario del viejo corredor, de Lluís Alabern
Siruela Biblioteca de Ensayo
Fotografía: Pedro Delgado


martes, 12 de julio de 2016

EL VIAJE A PIE


Nacho Dean momento antes de iniciar la vuelta al mundo a pie
Kilómetro Cero de Madrid, 27 de marzo de 2013

Aquella mañana del 27 de marzo de 2013, se formó un pequeño revuelo en la Puerta del Sol. Familiares, amigos y curiosos se habían acercado hasta allí para despedir y desear suerte a Nacho Dean, un malagueño que partía desde el Kilómetro Cero en pos de una quimera: dar la vuelta al mundo a pie. Abrazos, risas, llantos, palmadas en la espalda, palabras al oído..., y luego empezar a caminar, a dar un paso tras otro, con la gozosa incertidumbre de no saber qué es lo que va a pasar cada día, con la profunda sensación de libertad que da dirigirte hacia el horizonte.

Nacho Dean con la cordillera de los Andes al fondo

 Nacho Dean necesitó de tres años para completar su aventura, y el pasado día 5 de mayo se acercó hasta Málaga para contárnosla, invitado por el Aula de Filosofía Práctica de La Térmica. La charla de Nacho, con el título Interludio: el viaje a pie, fue presentada por Juan Manuel Ayllón, profesor titular de Derecho Administrativo de la Universidad de Málaga, que ha sido miembro de la Sociedad Excursionista de Málaga y, por tanto, buen andariego.

Nacho Dean y Juan Manuel Ayllón (Interludio: el viaje a pie)
Aula de Filosofía Práctica de La Térmica, Málaga 5 de mayo de 2016
Foto: Pedro Delgado



Nota: la grabación fue realizada por mí y es aquí reproducida con el permiso de los ponentes y de Manuel Arias Maldonado, organizador del evento.


 Como ven, la experiencia de Nacho es un ejemplo para todos los que sueñan con realizar algo que se salga de la norma, incluso ese sueño tan peregrino que me viene rondando en la cabeza desde hace un tiempo y que consistiría en dar la vuelta al mundo haciendo autostop. Lo de hacerlo a pie no crean que no me gustaría, pero tres años es demasiado tiempo para alguien que tiene familia. Mi última gran caminata fue en el 99, cuando recorrí casi toda la cordillera del Alto Atlas en Marruecos. De aquel viaje guardo un grato recuerdo y un manuscrito (En el corazón del Atlas) que espero ver algún día en las librerías.

Mis botas (Fotografía: Pedro Delgado)

 Escuchando a Juan Manuel y a Nacho Dean, me vinieron a la mente los nombres de varios ilustres  y espartanos caminantes:

Arthur Rimbaud, que descubrió el placer de las largas caminatas en su infancia y de pasear por las orillas del Mosa pasó a caminar por Europa;

Rimbaud dibujado por Verlaine
"Los viajes forman la juventud"

Gerald Brenan, que con 18 años escapó de la isla y de la rigidez paterna en busca de las montañas del Pamir. Brenan no alcanzó nunca su meta, se detuvo en Bosnia, pero los 2.500 kilómetros que recorrió aquellos meses convirtieron a aquel adolescente en todo un adulto.

Gerald Brenan

Y Patrick Leigh Fermor, que cruzó Europa hasta Costantinopla en los años treinta, con la misma edad que Brenan, experiencia que escribió cuarenta y cincuenta años después en esa trilogía viajera que es Un tiempo de regalos, Entre los bosques y el agua y El último tramo.

Patrick Leigh Fermor en 1934

 Nacho Dean también quiere escribir un libro, y me pregunto qué tipo de libro escribirá. No crean que es fácil. Hay que tomar muchas decisiones, y cada una de ellas lleva a un libro distinto. Y luego queda titularlo. Todo se arregla caminando podría ser una buena elección, pero ya la ha elegido César Antonio Molina para sus memorias. Sea como sea, espero que Nacho no tenga muchas dificultades para publicarlo; desde hace un tiempo el mundo editorial viene fijándose en este tipo de literatura, lecturas que nos animan a calzarnos las botas y tirar hacia delante: Wanderlust. Una historia del caminar, de Rebecca Solnit (Editorial Capitán Swing);


Andar. Una filosofía, de Frederic Gros (Taurus); Salvaje, de Cheryl Strayed (Roca Editorial) o Del caminar sobre hielo, de Werner Herzog (Gallo Nero), son un buen ejemplo de ello.

http://www.gallonero.es/del-caminar-sobre-hielo/

 Yo acabo de leer este último, en el que Herzog se nos revela como un vagabundo, un poeta, un soñador, un caballero, un rufián..., y también como el cineasta que es*. Un tipo solitario que camina desde Munich a París para insuflarle vida a su mentora. La búsqueda, la eterna búsqueda de uno mismo y de los demás.
*el alemán es el director de Fitzcarraldo y Aguirre, la cólera de Dios.
"A finales de noviembre de 1974, un amigo de París me llamó y me dijo que Lotte Eisner estaba gravemente enferma y probablemente moriría [...] Cogí una chaqueta, una brújula y una bolsa de lona con lo imprescindible. Mis botas eran tan sólidas y nuevas que confiaba en ellas. Tomé el camino más directo a París, firmemente convencido de que si iba a verla a pie, ella seguiría con vida. Además, quería estar a solas conmigo mismo."
 Al igual que Herzog, yo también tengo una buena amiga en París, así que me resulta fácil imaginar la situación. Por supuesto que podría llegar a la capital francesa en un par de horas sentado cómodamente en un avión; pero, como él, creo que preferiría hacerlo a pie. Y mi paso sería firme, y la tierra temblaría...
"Mi paso es firme. Y la tierra tiembla. Cuando camino, es un bisonte el que camina. Cuando descanso, es una montaña la que reposa."
"Entonces varias grullas me han sobrevolado en formación. Volaban contra el fuerte viento y apenas avanzaban más rápido que yo a pie. Eran veinticuatro, grandes, grises, y de vez en cuando una de ellas lanzaba un chillido ronco. Cuando una ráfaga de aire golpeaba su formación, algunas planeaban; otras, a las que el viento había sacado del grupo, luchaban por regresar a su posición; era grandioso verlas encajar unas con otras. Para aquel que camina, las grullas, al igual que el arcoíris, son una metáfora."

 Y no me resisto a terminar esta entrada sin recordar a mis alumnos que, al igual que viajar es la mejor escuela del mundo, andar es el mejor vehículo para ir al instituto o a la universidad, una buena manera de empezar el día de forma activa. Yo procuro dar ejemplo, y siempre me desplazo al trabajo en bicicleta o a pie. ¿Y tú, te apuntas el curso que viene?


Nacho Dean feliz en su aventura  http://earthwidewalk.tumblr.com/post/64397306427

"La sabiduría llega a través de las plantas de los pies." 
Werner Hergoz 


Nota: los textos de Werner Herzog del caminar sobre hielo pertenecen a la primera edición de Gallo Nero Ediciones, con traducción de Paula Aguiriano Aizpurua.