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domingo, 2 de febrero de 2025

LA LARGA CARRETERA DE ARENA


La larga carretera de arena, de Pier Paolo Pasolini (Gallo Nero Ediciones)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

Ahora que empezó el año, uno de mis propósitos es ponerme al día con las reseñas pendientes: libros que leí en el 2024 y, por falta de tiempo, no llegué a comentarles. Además, metidos en el invierno, me apetece hablarles del viaje que hice este verano y del libro que me incitó a realizarlo: La larga carretera de arena, de Pier Paolo Pasolini, reeditado el pasado junio por Gallo Nero con una nueva portada –elaborada, como la anterior, por Donatella Iannuzzi, la propia editora, quien con gran sentido de la estética y unas tijeras propias para el collage alterna recortes fotográficos para las ediciones, e ilustraciones para las reediciones–.

La larga carretera de arena, de Pier Paolo Pasolini
Editorial Gallo Nero

 Fue leer aquel título en el escaparate de una librería y enseguida pensar en recorrer todo el litoral malagueño desde punta Chullera hasta la última cala de Maro. Y cuando tuve el libro en las manos, y le di la vuelta para leer la sinopsis, comprendí que mi pensamiento no había sido muy descabellado e iba muy acorde con aquella lectura.

Entre junio y agosto de 1959, montado en un Fiat 1100, Pasolini recorre «la larga carretera de arena» de Ventimiglia hasta Palmi y de allí «presa de una especie de obsesión deliciosa», llega hasta el municipio más al sur de Sicilia para luego volver a remontar la costa oriental y llegar a Trieste. En La Spezia, desde donde sale hacia San Terenzo y Lerici, siente que está a punto de empezar uno de los domingos más bonitos de su vida. En Livorno no dejaría nunca «el enorme litoral lleno de jóvenes y marineros libres y felices». Y, finalmente, en el Circeo: «el corazón me late de felicidad, de impaciencia y de orgasmo. Solo con mi 1100 y todo el Sur delante de mí. Comienza la aventura».
Pier Paolo Pasolini durante su visita a Génova en 1959
Fotografía: ©Paolo di Paolo
Es la revista Successo la que encarga a Pasolini este reportaje que finalmente saldrá en tres partes entre julio y septiembre. En su viaje, el poeta encontrará amigos, intelectuales y personajes conocidos, se entusiasma con la gente simple de los pueblos más remotos (en Portopalo «la gente está como loca y es la mejor de Italia, raza purísima, elegante, fuerte y dulce»). Con su entusiasmo por el descubrimiento, con su mirada emocionada y aguda de futuro director toma nota de imágenes e impresiones tan potentes que nos devuelven un cuadro de la Italia de entonces, una Italia donde la explosión económica todavía no prevalece sobre la felicidad y el sueño pasoliniano de inocencia.

 El fotógrafo Paolo di Paolo, que por entonces tenía 34 años, acompañó al escritor de 37 en la primera parte de aquel viaje, de Ventimiglia a Ostia, para realizar las fotografías que acompañarían el texto de Pasolini en la revista Successo; aunque el escritor no nos informa de ello en las páginas del libro, quizás porque entre ambos se estableció una relación de cortesía y no una verdadera amistad. Sí nos lo cuenta Paolo Mauri en el prólogo, y el propio Paolo di Paolo en El tesoro de la juventud, el excelente documental sobre el fotógrafo que hizo el cineasta y también fotógrafo Bruce Weber.

Carabineros en Forte dei Marmi, 1959
Fotografía: ©Paolo di Paolo

 Tan italiano como un Fiat 1100 podría haber sido una Vespa, pero decidí recorrer la costa malagueña caminando, pues como dice Werner Herzog en su biografía, «el mundo se revela a los que viajan a pie».

 Como Pasolini, cambié el ¡Cuanto más lejos, mejor! por un viaje de proximidad, lo que algunos han venido a llamar Turismo de kilómetro cero. Además, fue un viaje muy económico, pues iba con lo imprescindible, pasando las noches al raso en la playa envuelto en un saco sábana.

1º día Senda Litoral Málaga: Playa de Sabinillas
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

1º día Senda Litoral Málaga: Torre de la Sal (Casares)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

2º día Senda Litoral Málaga: Amanecer en Estepona
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

2º día Senda Litoral Málaga: Marbella Club
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

2º día Senda Litoral Málaga: Gimnasio al aire libre (Marbella)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

2º día Senda Litoral: Atardecer en las dunas de Los Monteros (Marbella)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

 En un principio iba a acompañarme uno de mis hijos, pero finalmente no le sedujo la idea de caminar durante varias jornadas entre la playa y el urbanismo desaforado de tantísimos ayuntamientos. Así que no compartimos el asombro o la decepción, ni el cansancio ni la inquietud a la noche. Viajé solo, pero, por tanto, libre. Dueño pleno del tiempo, capitán de mis pasos bajo los cielos celestes u oscuros y estrellados. Feliz ante la incertidumbre y el cansancio.

3º día Senda Litoral Málaga: Barquito pesquero (Marbella)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

3º día Senda Litoral: Torre de Lance de las Cañas (Marbella)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

3º día Senda Litoral: Torre Ladrones (Dunas de Artola, Cabopino (Marbella))
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

3º día Senda Litoral Málaga: Calahonda
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

3º día Senda Litoral Málaga: Fuengirola
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

4º día Senda Litoral Málaga: Playa de Guadalmar
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

4º día Senda Litoral: Playa El Balneario (Málaga)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

 La Senda Litoral me descubrió decenas de atalayas, coquetos fortines e interesantes mosaicos y ruinas romanas. También zonas de dunas y acantilados que son reservas naturales y dan cobijo a una flora y una fauna peculiar. Y por supuesto, playas encantadoras a las que volver algún día con una toalla y un libro bajo el brazo.

4º día Senda Litoral Málaga: Playa Peñón del Cuervo
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

5º día Senda Litoral Málaga: Amanecer en Torre del Mar
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

5º día Senda Litoral: Virgen del Carmen (Torre del Mar)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

5º día Senda Litoral Málaga: Lagos
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

5º día Senda Litoral Málaga: Faro de Torrox
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

5º día Senda Litoral Málaga: Playa de Nerja
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

Playa de Ferrara, El Morche (Torrox)
Fotografía: ©Pedro Delgado Fernández

 La larga carretera de arena me acompañó durante mi caminata: a veces, leía una frase y pensaba que esa línea estaba en consonancia con lo que veía a este lado del mediterráneo.

 [...] la arena está lisa, parece el pavimento de un salón de baile.
***
 En los grandes paseos marítimos, desordenados, grandiosos, siempre se respira aire de fiesta, [...]
***
 Empiezan ahora las playas de mi infancia y mi adolescencia: ya no habrá descubrimientos, sino verificaciones.

 Pero al libro de Pasolini se le puede sacar más provecho desde casa, buscando en Google las imágenes de los bellos y pintorescos pueblos y ciudades que menciona, siguiendo su ruta en Google Maps o en algún atlas y poniéndole cara a las personalidades con las que se encuentra, algunas conocidas como Fellini, Moravia, Visconti o Gianni Agnelli, pero otras desconocidas para mí, como Elsa De Giorgi, Lorella De Luca, Franca Valeri o Adriana Asti.

No cabe duda: el tono, el énfasis, la alegría de estos encuentros nos remiten a un Pasolini joven que no ve la hora de salir al encuentro del mundo, sobre todo en ese Sur donde todo le parece más auténtico.
(Del prólogo de Paolo Mauri)

Anna Magnani en su villa de San Felice Circeo, 1955
Fotografía: ©Paolo Di Paolo

 Pasolini no recorre solamente el litoral de la bota, sino que también visita sus islas, como Isquia, Capri o Sicilia, donde se baña «en la más pobre y más lejana playa de toda Italia».

Ahí delante hay un islote, todo arena y chumberas, con una torre barroca. Pregunto a uno de los jóvenes que, como siempre, están sentados en el murete: «¿Puedes llevarme a esa isla? ¿Cómo se llama?» «¡Isla de Portopalo!», responde desconcertado, quizá porque para él la isla no tiene nombre. Baja a la barca y, remando despacio, atraviesa el pequeño brazo de mar, que la luz agonizante tiñe de turquesa y rosa. Desembarcamos en el islote, al pie de la torre, y, ya casi bajo la sombra tierna y perfumadísima de la noche, me doy un baño en la más pobre y más lejana playa de toda Italia.

 A veces, mi cabeza se salía del texto espoleada por alguna referencia, como cuando Pasolini describe su paso por Génova en la página 30. En ese momento, me pregunté qué habría sido de mi amigo Alfredo Maiolese, «Feissal», el genovés al que conocí antaño en Damasco. Y en el momento en que apareció Livorno en la página 45,  me asaltó la atmósfera veneciana que nos envolvió a mí y a mi familia en aquella escala de nuestro crucero por el Mediterráneo. La sorpresa de encontrarnos con aquellos canales y puentes en el barrio de Venezia Nuova, que recorrimos en un barquito.

 También cuando Pasolini conduce desde Reggio a Tarento y, aunque no la menciona, pasa cerca de Catanzaro, donde está de Erasmus mi sobrina Alicia. Pasolini habla del viento, de la eterna borrasca de la zona al hablar de la playa de Soverato, y recuerdo lo que me dijo mi sobrina estas navidades: que siempre hace viento en Catanzaro, como si fuera la Tarifa de Italia, algo que atestigua el dicho: «Encontrar un amigo es tan raro como un día sin viento en Catanzaro».

Chiesa di San't Omobono, Catanzaro (Italia)
Fotografía: ©Alicia Delgado Ferrary

 Y qué decir en la página 106, cuando Pasolini llega a Ancona, ciudad que, «a pesar de su triste reconstrucción», considera una de las más hermosas de Italia. Allí se celebró el Campeonato de Europa de veteranos de pista cubierta y campo a través del año 2009, en los que conseguí un 3º puesto en los 3.000 metros lisos. A ese bronce le sumé una plata por equipos en la prueba de Campo a través, donde fui 5º de la general. De aquello han pasado ya muchos años, pero la satisfacción por el esfuerzo recompensado permanece.

 Tras mi caminata por el litoral malagueño, tuve la necesidad de buscar en Filmin la «Trilogía de la vida» de Pasolini, compuesta por El Decamerón (1970), Los cuentos de Canterbury (1972) y Las mil y una noches (1974). No las veía desde mi juventud, y temía que me decepcionaran. Pero no sólo es que hayan envejecido bien, es que me han gustado muchísimo más que la primera vez. Sin lugar a dudas, 49 años después de su vil y mezquino asesinato en Ostia, Pasolini sigue siendo uno de los grandes.

Trilogía de la vida, Pier Paolo Pasolini


martes, 21 de noviembre de 2023

VIAJAR TIENE QUE VER CON LA MUERTE


Breviario del viejo corredor, de Lluís Alabern (Ediciones Siruela)
Fotografía: Pedro Delgado

Recientemente reseñé Breviario del viejo corredor (Ediciones Siruela, 2023), de Lluís Alabern, en mi otro blog, Calle 1, dedicado al atletismo y otros deportes. En las páginas de ese breve ensayo, me encontré con estos dos textos que, por la referencia que hacen al viajar y al caminar, he querido compartir aquí con ustedes.

Correr tiene que ver con la muerte. Macfarlane narra cómo al final de sus días, su abuelo, gran trotador, explorador, aventurero, arrastraba los pies al andar, se ayudaba de bastones y redujo los paseos a un radio que apenas lo alejaba unos metros de su casa. En esa misma época, paradójicamente, sus hijos, bisnietos del abuelo, «pasaron de arrastrar los pies a dar zancadas» y de ahí a corretear por los campos. Solo la muerte frena el trote. Pero ahí, donde se para en seco el trotar, empiezan las zancadas de los siguientes. Claudio Magris, en el prefacio de El infinito viajar, recuerda el status viagiotoris del hombre, su condición existencial de caminante. Viajar tiene que ver con la muerte, nos dice, pero también con diferirla, «aplazar lo máximo posible la llegada, el encuentro con lo esencial [...], el momento del balance definitivo y del juicio. Viajar no para llegar sino por viajar, para llegar lo más tarde posible, para no llegar posiblemente nunca».
 Corremos por correr, y porque correr es dibujar cerca de la muerte. Cuando corro vivo el instante. Apenas pienso en la siguiente zancada. Correr es una forma de habitar el presente, una forma de ser, a sabiendas de que nada de lo que nos rodea nos pertenece. También es la manera en la que le decimos al presente que no le pertenecemos. Porque somos nómadas, estamos en movimiento, y solo importa la siguiente zancada.

Claudio Magris. Fotografía: Danilo De Marco

***
En noviembre de 1974 le comunican al director de cine Werner Herzog que Lotte Eisner está gravemente enferma en París. Herzog, sin apenas pensarlo, decide partir de Múnich caminando al encuentro de la «Eisnerin», como llamaban afectuosamente en los corrillos del cine alemán a la afamada ensayista. Lotte Eisner había publicado los primeros estudios sobre Murnau y Lang, así como el famoso trabajo sobre cine expresionista titulado La pantalla demoniaca (1952). Herzog dedicó dos de sus films a la Eisnerin e incluso llegó a utilizar su voz de narradora en la película experimental Fata Morgana (1970). Ante la noticia de la gravedad de Lotte Eisner, Herzog resuelve ir a verla andando hasta París. Herzog dedica un libro a ese desplazamiento chamánico, el texto de culto Del caminar sobre hielo. 

Del caminar sobre el hielo, de Werner Herzog
Editorial Gallo Nero, 2015

No importa realmente si la crónica del mismo es absolutamente veraz, si pudo recorrer la distancia entre Múnich y París en un mes, como sugiere. Lo importante es la idea del caminar como conjuro, la relación del hombre con el paisaje, el carácter metafísico del camino. «Tomé una chaqueta, una brújula, una bolsa de deporte y los enseres indispensables [...]. Me puse en camino hacia París, por la ruta más directa, convencido de que, yendo a pie, ella sobreviviría». El caso es que Lotte Eisner, anciana y enferma, vivió nueve años más. Herzog explicó en alguna entrevista, que también había recorrido mil kilómetros a través de los Alpes, hasta llegar a la frontera con Eslovenia, para pedir la mano de la que sería su esposa. «Hago a pie todas las cosas esenciales de la vida».
 Bruce Chatwin decía que las drogas eran vehículos para gente que había olvidado caminar. Chatwin también creía que el viaje a pie era un acto primario, una posible cura para la melancolía, una forma primigenia de vagabundeo existencial. Suponemos que la religión es una respuesta a la angustia, una respuesta a la desazón que genera la vida sedentaria. El nomadismo, según lo entiende Chatwin, satisface alguna aspiración humana básica que el sedentarismo no colma.

Bruce Charwin leyendo en la estación de Parakou, Benín, en 1976
Fotografía: John Kasmin

Nota: Pueden leer la reseña de Breviario del viejo corredor, clicando sobre el siguiente enlace:

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2023/11/breviario-del-viejo-corredor.html

Breviario del viejo corredor, de Lluís Alabern
Siruela Biblioteca de Ensayo
Fotografía: Pedro Delgado


lunes, 14 de mayo de 2018

DE CARTAS DE ÁFRICA A EL ENIGMA RIMBAUD


Hugo Pratt y Arthur Rimbaud
Montaje fotográfico: Pedro Delgado

Dos cosas muy diferentes le atraían a Hugo Pratt de Rimbaud: su poesía y su personalidad, con esa vida tan peculiar que el francés había llevado. L'enfant terrible de las letras francesas creó una obra maravillosa y después, a los veinte años, dejó de escribir para lanzarse a una vida aventurera que le llevaría, entre otras cosas, a atravesar media Europa a pie, a embarcarse hacia puertos lejanos en los que comerciar con café, especias o pieles y a traficar con armas en Etiopía.

Arthur Rimbaud (de pie a la izqda.) en Abisinia

 "Lo que cuenta en sus cartas sobre su vida allí me parece apasionante. En 1937 visité con mi padre su casa en Harar, y nos encontramos con un clérigo que lo había conocido. Creo que era monseñor Jarosseau, que había sido obispo de Harar y preceptor de Haile Selassie. Hace poco, con motivo del centenario de la muerte de Rimbaud, hice unas acuarelas para el libro de Alain Borer Rimbaud, l'heure de la suite [*Rimbaud, la hora de la huida], que salió en la colección Découvertes de Gallimard", le decía Hugo Pratt a Dominique Petitfaux en 1991, en una de esas conversaciones que conforman El deseo de ser inútil y A la sombra de Corto (Confluencias Editorial, 2012 y 2013); un Hugo Pratt que, recordemos, pasó toda su adolescencia en Etiopía, entonces llamada Abisinia.
*publicado en castellano por la editorial mexicana Unam en 1999, pero sin las ilustraciones de Hugo Pratt.


 Esas mismas acuarelas de las que hablaba Pratt fueron recuperadas para Cartas de África, una selección de la correspondencia que Rimbaud mantuvo con su familia desde tierras africanas y que publicó, con algunas acuarelas extras, Edizioni Nuages en Italia y Gallo Nero en España en 1991 y 2011 respectivamente.
 Esta última editorial lanzó en noviembre de 2016 una nueva y cuidada edición (es la que yo he leído) con traducción de Marta Cabanillas (la anterior era de Paula Cifuentes) y un prólogo contundente de Manuel Ruiz Rico; aunque me habría gustado que también hubiesen incluido el prólogo que escribió Dominique Petitfaux para la edición de Nuages y que empleó la propia Gallo Nero en su primera edición.

Nueva (dcha.) y antigua edición (izqda.) de Gallo Nero

Ilustración de Hugo Pratt para las cartas africanas de Arthur Rimbaud (Gallo Nero Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

De Rimbaud a su familia
Tadjoura, 3 de diciembre de 1885
 Queridos míos: 
 Estoy organizando un convoy para ir a la región de Choa. Va lento, como es habitual, pero cuento con marcharme de aquí a finales de enero de 1886, más o menos. 
 Estoy bien. Enviadme el diccionario que os pedí a la dirección que os indiqué. De ahora en adelante, mandad también vuestras cartas a esa misma dirección. Me las remitirán desde allí.
 Hace un año que Tadjoura se anexionó a la colonia francesa de Obock. Es un pueblo danakil con un puñado de mezquitas y palmeras. Tiene un fuerte que construyeron los antiguos egipcios donde ahora duermen seis soldados franceses bajo las órdenes de un sargento que controla el puesto. Han permitido que se queden tanto el sultán como la administración indígena. Es un protectorado. El principal negocio es el tráfico de esclavos.
 Desde aquí salen los escasos convoyes de europeos rumbo a Choa; cuesta mucho trabajo llegar, pues los indígenas de esas costas se han convertido en enemigos de los europeos desde que el almirante Hewett le hiciera firmar al emperador Juan un tratado que prohíbe la trata de esclavos, el único comercio indígena mínimamente próspero. Sin embargo, con el protectorado francés no se ponen trabas a la trata, y es mejor.
 No vayáis a pensar que me he convertido en un tratante de esclavos. La mercancía que importamos son unos fusiles (viejos fusiles de pistón que se retocaron hace cuarenta años) que los anticuarios de armas en Lieja o en Francia venden a 7 u 8 francos la pieza. Se los vendemos a Menelik II, rey de Choa, por unos cuarenta francos.
 Aún así, conlleva unos gastos importantes, además del peligro que entraña el camino, tanto al ir como al volver. La tribu que encontramos por el camino son los danakil: pastores beduinos, fanáticos musulmanes. Hay que temerles. Aunque vayamos con armas de fuego y los beduinos solo tengan lanzas, todos los convoyes sufren sus ataques.
 Tras cruzar el río Awash, se entra en las tierras del poderoso rey Menelik. Allí hay campesinos cristianos. Es una región muy elevada, a 3.000 metros sobre el nivel del mar, y con un clima excelente. La vida nace en cualquier parte, todos los productos europeos funcionan bien. El pueblo nos mira con buenos ojos. Llueve seis meses al año, al igual que en Harar, que es uno de los contrafuertes del gran macizo etíope.
 Os deseo un 1886 lleno de salud y prosperidad. 
 Saludos, 
A. Rimbaud 
Hotel del Universo, 
Adén

 La lectura de este libro, que adquirí en el stand de Gallo Nero en la penúltima edición de La noche de los libros de La Térmica, me llevó a pensar de nuevo en El enigma Rimbaud, una novela corta que escribí hace tiempo y que estuvo entre las finalistas del premio Juan March Cencillo de Narrativa Breve en el año 2010. Un manuscrito que está esperando a que alguien lo rescate del cajón, y que bien podría ir ilustrado con algunas acuarelas y dibujos de Hugo Pratt. Que de qué trata. Sobre un chico que se va a Abisinia a buscar a su padre que, dieciséis años antes, había ido a buscar las pertenencias de Rimbaud. Dicho así, quizás no les diga mucho, pero si empiezan a leer seguro que se enganchan. Hagan la prueba.



EL ENIGMA RIMBAUD

I

Mi padre siempre manifestó un gran interés por las librerías de viejo. Le gustaba rebuscar en sus anaqueles polvorientos y en las pilas de libros que se amontonaban en los pasillos que formaban las mesas y las altas estanterías. Allí, en la penumbra, en medio de aquel desorden aparente que a él le resultaba tan incitante, pasaba su tiempo libre, rodeado de polvo y del olor del papel.
 En Clermont-Ferrand, la villa en la que residíamos por entonces desde que llegamos a Auvernia desde Saint-Nazaire, sólo había dos librerías, así que cuando mi padre hizo su primer gran descubrimiento, comenzó a viajar a las poblaciones más cercanas para inspeccionar nuevas librerías. Las visitaba el día que libraba en el trabajo. Entonces, se levantaba aún más temprano que de costumbre y se marchaba sin ni siquiera desayunar. No regresaba hasta la noche, trayendo consigo unos cuantos volúmenes de cubiertas desgastadas y páginas amarillentas y quebradizas.
 Fue después de encontrar varios libros valiosos, como él los calificaba, cuando dejó su empleo de contable en la fábrica de neumáticos del Sr. Édouard Michelin, pues aquellos ejemplares, que decía le estaban destinados y parecían aguardarle en los estantes, le reportaron grandes ganancias y convirtieron aquel vicio sin fin en un nuevo trabajo. Creó una red de emisarios que rebuscaban por las librerías de lance del país, pero a medida que los encargos fueron aumentando en importancia, empezó a prescindir de ellos haciendo suya la máxima de Flaubert: A los intermediarios se les atraviesa como se atraviesa un puente y se va más lejos. Así, desde el momento en el que las casas de subastas más reputadas del país empezaron a llamar a su puerta, se puso en persona a perseguir títulos, autores y ediciones determinadas por toda Francia.
 Una fría mañana de enero recibió una carta de la sala de subastas Drouot Richelieu de París. En ella, el propietario le proponía un trabajo fuera de nuestras fronteras, en tierras lejanas. De esa manera, cuando yo sólo contaba nueve años de edad, mi padre se fue en pos de un tesoro.
 Jamás regresó.


II

En 1891, ocho meses después de abandonar el puerto de Adén con un tumor corroyéndole la rodilla, el poeta Jean-Arthur Rimbaud murió en Marsella, quedando en el cuerno de África la mayoría de sus pertenencias. Las mismas que, cinco años después, le encargaron buscar a mi padre aquella fría mañana de enero, pues acababan de pagar una suma más que considerable por un ejemplar de La narración de Arthur Gordon Pym; y no porque el libro fuese una primera edición de Poe, sino porque llevaba el exlibris del poeta.
 Abisinia, como si fuera un país de ensueño, debió de atraparlo como al mismísimo Rimbaud, y su figura pasó a ser para mí una mera secuencia de imágenes oníricas que venían a perturbarme en la noche, cuando me metía en la cama y mi madre me pedía que rezara por él. Unas oraciones para llenar el enorme vacío que dejó su partida.
 Mi madre nunca llegó a sobreponerse. La falta de ingresos económicos llevó nuestros pasos de vuelta a Saint-Nazaire, en la Bretaña, donde el mar golpeaba con fuerza los acantilados, y el viento y la lluvia azotaban los postigos de las ventanas y barrían las calles empedradas. Allí, en aquella esquina atlántica, donde el Loira se ensanchaba antes de entregarse al océano, buscamos cobijo en la casa de mi tía materna, una mujer severa y arisca que había enviudado sin concebir siquiera un hijo. Mi madre y ella se encargaron de mi educación, y si hasta entonces me habían educado al estilo autoritario de mi padre, a pesar de que yo lo recordaba como un hombre bueno y atento que solía traerme recortables a la vuelta de la fábrica, después de su desaparición se me concedió una libertad y una responsabilidad desacostumbradas para un niño de mi edad. Lo único que se me exigía era que no molestase, y que me mantuviese lo más alejado posible de la cocina y de la mesa camilla de mi tía.


III

Pronto tuve que resignarme a no saber de mi padre. Los primeros meses lo recordaba leyendo en su sillón, desembalando paquetes con libros o llevándome a caminar por el monte, su otra pasión; pero con el tiempo traté de que su recuerdo no aflorase a mi conciencia. Creía que si no rememoraba el pasado podría amortiguar el dolor de su ausencia, mas la herida era tan lacerante que nunca lo conseguí. Tan sólo los años pudieron emborronar aquellos recuerdos, y si no hubiese sido por la presencia de su fotografía en el dormitorio de mi madre, su rostro se me habría difuminado por completo. Aquella estampa color sepia fue lo que mantuvo su rostro nítido en mí e hizo que su imagen no llegase a abandonarme nunca.
 Mi madre tampoco pudo sepultar su memoria bajo la losa del olvido. Al principio la consumía una rabia inmensa que, muchos años después, todavía no se había desvanecido. No podía perdonarle que se hubiese ido a perseguir unos libros sin más, y, sobre todo, no podía perdonarle que no hubiese regresado. En tantos años nunca remitió ninguna carta, y la casa de subastas jamás contestó a los requerimientos de mi madre. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no daba señales de vida? ¿Qué le había ocurrido? Eran interrogantes que cruzaban su mente todos los días como pájaros de mal  agüero. Unos días eran mejores que otros, pero no pasó uno solo de ellos sin que recordase el momento de su partida. La herida siempre estaba allí, abierta.


IV

Bretaña, además de ser la cuna de Chateaubriand, había sido tierra de corsarios, marineros, contrabandistas y proscritos. Quizás eso, junto a la independencia de la que gocé y las lecturas de los libros de mi padre, almacenados en la buhardilla, predispuso mi ánimo desde la adolescencia hacia la aventura. Sin duda, todas aquellas escapadas a Nantes, Rennes y Saint-Malo, y todos mis actos de rebeldía, que tanto habían disgustado a mi madre y a mi tía, no hicieron más que prepararme para aquel viaje, para aquella búsqueda tanto tiempo demorada.
 Así, dieciséis años después, en otra gélida mañana de enero, partí en tren hacia Bourges, viajé por carretera hasta Lyon y Villefranche, y me embarqué a los pocos días en un carguero rumbo a Port Said, atravesando Francia y recorriendo todo el Mediterráneo de un extremo a otro. Un velero me llevó por el canal de Suez hasta el Mar Rojo, desde donde proseguí, bordeando la península, hasta la Costa Francesa de los Somalíes. El mismo itinerario que ya hiciese mi padre años atrás. Estoy seguro de que nunca se le pasó por la cabeza que un día yo tendría que ir a buscarlo.
 Mi madre, consumida por la fiebre, me lo pidió entre escalofríos. Tifus, había dicho el doctor. Dos años después, en 1898, Almroth Wright descubriría la vacuna, pero para mi madre y para muchos de los habitantes de Saint-Nazaire, llegaría demasiado tarde.


V

Cuando desembarqué en el puerto de Djibouti, en la Somalia francesa, llevaba en el bolsillo interior de mi chaqueta la prueba de su identidad: aquella fotografía que había logrado preservar su rostro y que era capaz, por sí sola, de encender la chispa de su recuerdo.
 Siguiendo las recomendaciones del capitán del puerto, me alojé en el hotel Madame Piaff, un alojamiento con ínfulas, pintado de un azul turquesa, que frecuentaba la comunidad extranjera ávida de exotismo. Por la tarde, comprendí los motivos que atraían a la clientela al hotel. Comerciantes ociosos, caballeros de fortuna, vendedores de armas, traficantes de esclavos o de qat, y espías de las otras dos delegaciones occidentales que tenían sede en el país, se alojaban o se reunían allí por el mismo asunto: las chicas de la tal Piaff, cortesanas de ébano que podían ser salvajes o sumisas por unas horas o por toda una noche.
 Djibouti por aquel entonces me pareció el lugar más caluroso y seco de la tierra; pero allí estaban mis compatriotas, en plena rivalidad con los italianos. Aquella colonia, junto a la Somalia británica, ejercía de cuña entre los territorios anexionados por el Reino de Italia: Eritrea y toda la costa oriental, la que constituía la Somalia italiana. Los transalpinos, que el año anterior le habían declarado la guerra al débil imperio turco, acababan de hacerse también con Libia, de forma que sólo el pequeño estado de Liberia, en el extremo opuesto, y el Reino de Etiopía, permanecían libres. El resto de África, bajo el fino eufemismo de "imperios coloniales europeos", había sido fagocitado por las huestes del norte.


VI

A la mañana siguiente, correctamente aseado y vestido, me dirigí a ver al gobernador Léonce Lagarde. Un grupo de hombres estaba sentado en las escalinatas de la sede, mientras el sol inmisericorde los castigaba arrancando gotas de sudor de sus anchas frentes. Tenían la melena encrespada, y la luz que reverberaba en sus ropajes blancos acentuaba la negrura de sus pieles. [...]


¡¡¡Y que viva la Rimbaudmanía!!!

Ilustración de Benjamin Flao y Elhadi Yazi para la revista Télérama
Número especial sobre Rimbaud por el 150 aniversario de su nacimiento
Télérama, noviembre 2004


martes, 12 de julio de 2016

EL VIAJE A PIE


Nacho Dean momento antes de iniciar la vuelta al mundo a pie
Kilómetro Cero de Madrid, 27 de marzo de 2013

Aquella mañana del 27 de marzo de 2013, se formó un pequeño revuelo en la Puerta del Sol. Familiares, amigos y curiosos se habían acercado hasta allí para despedir y desear suerte a Nacho Dean, un malagueño que partía desde el Kilómetro Cero en pos de una quimera: dar la vuelta al mundo a pie. Abrazos, risas, llantos, palmadas en la espalda, palabras al oído..., y luego empezar a caminar, a dar un paso tras otro, con la gozosa incertidumbre de no saber qué es lo que va a pasar cada día, con la profunda sensación de libertad que da dirigirte hacia el horizonte.

Nacho Dean con la cordillera de los Andes al fondo

 Nacho Dean necesitó de tres años para completar su aventura, y el pasado día 5 de mayo se acercó hasta Málaga para contárnosla, invitado por el Aula de Filosofía Práctica de La Térmica. La charla de Nacho, con el título Interludio: el viaje a pie, fue presentada por Juan Manuel Ayllón, profesor titular de Derecho Administrativo de la Universidad de Málaga, que ha sido miembro de la Sociedad Excursionista de Málaga y, por tanto, buen andariego.

Nacho Dean y Juan Manuel Ayllón (Interludio: el viaje a pie)
Aula de Filosofía Práctica de La Térmica, Málaga 5 de mayo de 2016
Foto: Pedro Delgado



Nota: la grabación fue realizada por mí y es aquí reproducida con el permiso de los ponentes y de Manuel Arias Maldonado, organizador del evento.


 Como ven, la experiencia de Nacho es un ejemplo para todos los que sueñan con realizar algo que se salga de la norma, incluso ese sueño tan peregrino que me viene rondando en la cabeza desde hace un tiempo y que consistiría en dar la vuelta al mundo haciendo autostop. Lo de hacerlo a pie no crean que no me gustaría, pero tres años es demasiado tiempo para alguien que tiene familia. Mi última gran caminata fue en el 99, cuando recorrí casi toda la cordillera del Alto Atlas en Marruecos. De aquel viaje guardo un grato recuerdo y un manuscrito (En el corazón del Atlas) que espero ver algún día en las librerías.

Mis botas (Fotografía: Pedro Delgado)

 Escuchando a Juan Manuel y a Nacho Dean, me vinieron a la mente los nombres de varios ilustres  y espartanos caminantes:

Arthur Rimbaud, que descubrió el placer de las largas caminatas en su infancia y de pasear por las orillas del Mosa pasó a caminar por Europa;

Rimbaud dibujado por Verlaine
"Los viajes forman la juventud"

Gerald Brenan, que con 18 años escapó de la isla y de la rigidez paterna en busca de las montañas del Pamir. Brenan no alcanzó nunca su meta, se detuvo en Bosnia, pero los 2.500 kilómetros que recorrió aquellos meses convirtieron a aquel adolescente en todo un adulto.

Gerald Brenan

Y Patrick Leigh Fermor, que cruzó Europa hasta Costantinopla en los años treinta, con la misma edad que Brenan, experiencia que escribió cuarenta y cincuenta años después en esa trilogía viajera que es Un tiempo de regalos, Entre los bosques y el agua y El último tramo.

Patrick Leigh Fermor en 1934

 Nacho Dean también quiere escribir un libro, y me pregunto qué tipo de libro escribirá. No crean que es fácil. Hay que tomar muchas decisiones, y cada una de ellas lleva a un libro distinto. Y luego queda titularlo. Todo se arregla caminando podría ser una buena elección, pero ya la ha elegido César Antonio Molina para sus memorias. Sea como sea, espero que Nacho no tenga muchas dificultades para publicarlo; desde hace un tiempo el mundo editorial viene fijándose en este tipo de literatura, lecturas que nos animan a calzarnos las botas y tirar hacia delante: Wanderlust. Una historia del caminar, de Rebecca Solnit (Editorial Capitán Swing);


Andar. Una filosofía, de Frederic Gros (Taurus); Salvaje, de Cheryl Strayed (Roca Editorial) o Del caminar sobre hielo, de Werner Herzog (Gallo Nero), son un buen ejemplo de ello.

http://www.gallonero.es/del-caminar-sobre-hielo/

 Yo acabo de leer este último, en el que Herzog se nos revela como un vagabundo, un poeta, un soñador, un caballero, un rufián..., y también como el cineasta que es*. Un tipo solitario que camina desde Munich a París para insuflarle vida a su mentora. La búsqueda, la eterna búsqueda de uno mismo y de los demás.
*el alemán es el director de Fitzcarraldo y Aguirre, la cólera de Dios.
"A finales de noviembre de 1974, un amigo de París me llamó y me dijo que Lotte Eisner estaba gravemente enferma y probablemente moriría [...] Cogí una chaqueta, una brújula y una bolsa de lona con lo imprescindible. Mis botas eran tan sólidas y nuevas que confiaba en ellas. Tomé el camino más directo a París, firmemente convencido de que si iba a verla a pie, ella seguiría con vida. Además, quería estar a solas conmigo mismo."
 Al igual que Herzog, yo también tengo una buena amiga en París, así que me resulta fácil imaginar la situación. Por supuesto que podría llegar a la capital francesa en un par de horas sentado cómodamente en un avión; pero, como él, creo que preferiría hacerlo a pie. Y mi paso sería firme, y la tierra temblaría...
"Mi paso es firme. Y la tierra tiembla. Cuando camino, es un bisonte el que camina. Cuando descanso, es una montaña la que reposa."
"Entonces varias grullas me han sobrevolado en formación. Volaban contra el fuerte viento y apenas avanzaban más rápido que yo a pie. Eran veinticuatro, grandes, grises, y de vez en cuando una de ellas lanzaba un chillido ronco. Cuando una ráfaga de aire golpeaba su formación, algunas planeaban; otras, a las que el viento había sacado del grupo, luchaban por regresar a su posición; era grandioso verlas encajar unas con otras. Para aquel que camina, las grullas, al igual que el arcoíris, son una metáfora."

 Y no me resisto a terminar esta entrada sin recordar a mis alumnos que, al igual que viajar es la mejor escuela del mundo, andar es el mejor vehículo para ir al instituto o a la universidad, una buena manera de empezar el día de forma activa. Yo procuro dar ejemplo, y siempre me desplazo al trabajo en bicicleta o a pie. ¿Y tú, te apuntas el curso que viene?


Nacho Dean feliz en su aventura  http://earthwidewalk.tumblr.com/post/64397306427

"La sabiduría llega a través de las plantas de los pies." 
Werner Hergoz 


Nota: los textos de Werner Herzog del caminar sobre hielo pertenecen a la primera edición de Gallo Nero Ediciones, con traducción de Paula Aguiriano Aizpurua.