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lunes, 23 de agosto de 2021

DE CÓMO VIAJAR POR EL MUNDO SIN SALIR DE CASA


Una historia del mundo en 500 rutas, de Sarah Baxter (Blume)
Fotografía: Lucía Rodríguez

«Como todas las drogas, viajar requiere un aumento constante de las dosis»
John Dos Passos


A estas alturas de verano, son muchos los que anhelan viajar; aunque pocos los que se atreven por culpa de esta quinta ola. El nomadeo, como dijo John Dos Passos, es una droga, y algunos llevan el mono mejor que otros. Cual metadona que alivie los síntomas, coloqué sobre el arcón de madera del salón el tomo Una historia del mundo en 500 rutas, de la editorial Blume. Lo puse allí en Semana Santa, y todavía me resisto a guardarlo, pues con él a mano no paso ni un solo día sin viajar. Y no sólo lo hago a través de sus textos, sus mapas ilustrados y sus fotografías, sino también a través de los recuerdos, pues tuve la suerte de realizar muchas de esas rutas en el pasado.

Libros sobre el arcón del salón. Fotografía: Lucía Rodríguez

 El libro de la periodista y trotamundos inglesa, Sarah Baxter, es un compendio de caminos que podemos hacer a pie por el mundo. Sendas que narran y explican la historia de la humanidad y los orígenes del planeta. Una especie de guía para viajar en el tiempo y el espacio. Un regalo para los amantes del senderismo.

Sarah Baxter. Fotografía: BBC Travel

 Las caminatas están distribuidas en seis capítulos que, partiendo de la prehistoria, avanzan en orden cronológico: el mundo antiguo, la edad media, hacia el mundo moderno, el siglo XIX y el siglo XX. Rutas con caminos definidos y medibles, con un punto de inicio y otro de final.

«Renunciar al coche, al avión y al tren nos traslada al plano de nuestros antepasados y nos permite ver el mundo a través de sus ojos. Aunque los elementos que veamos hayan cambiado a través de los milenios, caminar sobre el terreno que pisaron soldados, reyes, pioneros y peregrinos del pasado nos conecta con ellos. […] Sin duda, al ascender por la ladera de una montaña, uno puede apreciar sus prados verdes o la capa de nieve que los cubre, pero saber que toda una legión marchó antes por allí o que los pies de esas laderas inspiraron a un compositor a crear una obra maestra cambia por completo la visión del paisaje. La montaña sigue siendo impresionante, pero ahora adquiere además el prisma de obstáculo estratégico o de musa de la creación musical».

 Algunos de esos caminos están descritos de forma pormenorizada para que el lector se pueda hacer una idea precisa de lo que le puede deparar la senda, y otros apenas están esbozados «para que los pies echen a andar y la imaginación levante el vuelo».

 Las primeras rutas que le vinieron a la cabeza a su autora, a la hora de confeccionar la lista, fueron el camino del Inca –una caminata de cuatro días a través de los Andes peruanos que recorre calzadas del siglo XV hasta llegar a la ciudad elevada de Machu Picchu–, la travesía del Gran Cañón del Colorado y el camino del Muro de Berlín –esos 160 kilómetros de hormigón que rodeaban la parte occidental de Berlín antes de su caída en 1989–; sin embargo, sus favoritas son la ruta del Círculo Polar Ártico, al oeste de Groenlandia, el camino de Dana a Petra, en Jordania, el camino Costero del Sudeste, en Inglaterra, y el sendero de Hillary, en honor al conquistador del monte Everest, en Nueva Zelanda.

 ¿Mis favoritas? Pues no sabría decidir, pero me llevé una grata sorpresa al abrir el libro y ver que la primera ruta que aparece es la que lleva a la altiplanicie del Monte Roraima, en Venezuela, en donde dormí una noche de verano de 2004.

Pedro Delgado con el Monte Roraima al fondo (Verano de 2004)
Fotografía: Gonzalo Fernández

Pedro Delgado durante la ascensión al Monte Roraima
Venezuela, verano de 2004. Fotografía: Gonzalo Fernández

 También encontrarme con el acantilado de Bandiagara, en el País Dogón (Mali), que recorrí en un verano de 1997 y que dio pie a mi primer cuaderno de viaje: Al sur del Sahara (Ediciones Caligrama, 2000).

Pedro Delgado en el acantilado de Bandiagara, País Dogón (Mali, 1997)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Pedro Delgado en el acantilado de Bandiagara, País Dogón (Mali, 1997)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Y qué emoción al ver que Baxter había incluido el circuito del Toubkal, un recorrido circular a través de las montañas y los valles del Alto Atlas, con ascensión al Toubkal incluida, que realicé incontables veces cuando ejercía allí de guía (aunque yo solía hacer el circuito en el sentido contrario de las agujas del reloj). Por ese recuerdo que me ha traído, y porque este blog está dedicado a esa cumbre y a esas montañas que conforman los escenarios de algunos de mis relatos (Carta desde el Toubkal, Ediciones del Genal), me voy a tomar la libertad de copiarles aquí la descripción de Sarah Baxter:

Circuito del Toubkal, Alto Atlas (Marruecos)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Circuito del Toubkal, Alto Atlas (Marruecos)
Fotografía: Lucía Rodríguez

CIRCUITO DE TOUBKAL

Alto Atlas, Marruecos

Adéntrese en territorio beréber para conquistar la cima del pico más alto del norte de África.

El monte Toubkal (4.167 metros) es el cenit de la cordillera del Atlas de Marruecos, y también el pico más alto en el norte de África.  Hasta el mes de junio de 1923, el primer ascenso oficial registrado era el del aristócrata francés René de Segonzac, un amante de las emociones fuertes. Sin embargo, es poco creíble que esta fuera la primera vez que alguien escalaba las laderas del Toubkal.
 Durante más de 10.000 años, el Magreb, una región de llanuras costeras y montañas entre el Atlántico y Egipto, ha sido el hogar de pueblos nómadas que se veían empujados hacia el norte por la desertificación del Sahara. Los amazigh, conocidos como bereberes, existen desde alrededor del 1.300 a. C. Este pueblo obstinadamente independiente se opone al control externo y es autosuficiente, incluso cuando se trata de enfrentarse a montañas inhóspitas o desiertos. Por lo tanto, parece improbable, si no imposible, que nadie hubiera escalado el Toubkal antes de 1923.
 Ascender y dar la vuelta a la montaña es uno de esos hitos que hay que conseguir una vez en la vida, pero también una inmersión el cultura bereber. Este circuito comienza en el pueblo elevado de Imlil, 60 kilómetros al sur de Marrakech. En el valle de Imlil hay campesinos autosuficientes, casas bereberes tradicionales, nogales, cerezos y ahora cuenta con una próspera industria del senderismo. En la calle principal del pueblo encontrará cafeterías que sirven té con menta a los excursionistas vestidos de Gore-Tex, tiendas que venden alimentos y papel higiénico, y la Oficina de Guías. Además, hay arrieros que gritan con la esperanza de convencer a los senderistas para que les alquilen sus animales de carga. Imlil acoge también la Kasbah du Toubkal, una antigua ciudadela convertida ahora en un confortable hotel.
 Contrate un guía en Imlil y ascienda hacia el este para completar el circuito en el sentido de las agujas del reloj. El primer reto es la larga subida en zigzag hasta el paso de Tizi n'Tamatert, a 2.286 metros, atravesando zonas de pequeños cultivos en terraza y casas de adobe. Las vistas desde el paso son impresionantes, al igual que desde los miradores que hay entre las crestas y en campo abierto de camino a la aldea de Tacheddirt. Ahí hay un refugio, pero también es posible acampar en las inmediaciones.
 Los siguientes días transcurren en una caminata maravillosa entre la naturaleza. Primero, a lo largo de un valle con pastizales hasta el paso Tizi Likemt, a 3.554 metros. Luego, la ruta visita aldeas bereberes repartidas por las laderas, azibs (refugios de pastores) dispersos y extravagantes negocios locales que venden refrescos calientes. Si se siente con fuerzas (o necesita darse un baño), en Azib Tamenzift, puede tomar el desvío que le llevará a una cascada con una refrescante, aunque helada, poza.
 Desde Amsouzerte, una recóndita población del valle, la ruta vira al oeste hacia el lago de Ifni. Ahí, el sendero transcurre bordeado de terrazas irrigadas ordenadas que contrastan con la crudeza de las laderas estériles y bloques de lava de la parte superior. Pasará por una mezquita y cafeterías acogedoras ante el lago, donde es posible acampar en una pequeña playa de la orilla.
 Desde ahí, se tiene el monte Toubkal al alcance, aunque entre usted y el pico haya aún una escarpada garganta y llanuras salpicadas de rocas inmanejables. Llegar al paso Tizi n'Ouanoums (3.663 metros) es una lucha difícil, pero el refugio Neltner, en el campamento base del Toubkal, no está lejos. Duerma bien en Neltner y levántese temprano para el tramo final a la cumbre del techo del norte de África. El ascenso Col sur es la ruta más utilizada. Es un recorrido extenuaste de tres horas, a menudo con frío y entre peñascos, hasta la marca en forma de trípode de lo alto. Sin embargo, la vista panorámica merece el esfuerzo.
 Para completar el circuito, le queda un buen paseo de regreso a Imlil. Recorrerá una mezcla de altibajos, cabañas de pastores dispersas y árboles de enebro retorcidos por el viento. También disfrutará de una última vista del Toubkal, así como del valle de Ouarzane y los precipicios de la meseta de Tazughart. En general, el circuito es de una dificultad razonable y atraviesa un terreno por momentos inhóspitos pero siempre espectacular. Es el paisaje de una tierra de aspecto completamente salvaje, que los tenaces bereberes han logrado domar.
Información
-Época: 1.300-200 a. C. (llegada de los bereberes)
-Duración: 72 km; 4-6 días
-Dificultad: moderada/alta (calor; gran altitud)
-Mejores meses: de abril a mayo; septiembre
-Consejo: se puede subir en invierno (de noviembre a febrero), pero se requieren crampones y piolet

 Y para los que somos de Málaga, es un honor que aparezca El Caminito del Rey. Eso sí, un poco más y, con todas las rutas que se pueden hacer en Málaga, nos quedamos fuera, pues somos la ruta 498 de las 500 que recoge el libro. Aquí les anoto también lo que dice la británica de nosotros:

El caminito del Rey, Málaga. Fotografía: Lucía Rodríguez

EL CAMINITO DEL REY

Provincia de Málaga, sur de España

Enfréntese a las vertiginosas cornisas del «camino más peligroso del mundo», que hoy es un poco más seguro gracias a una reforma moderna.

Bienvenidos al «camino más peligroso del mundo», o al menos el que lo fuera hasta que en 2015 las autoridades españolas invirtieron unos 2 millones de euros en renovarlo. La ruta, colgada de las paredes de piedra caliza del desfiladero de los Gaitanes, que transcurre entre el pueblo de El Chorro y el embalse de Guadalhorce, se construyó originalmente en 1905 para que los ingenieros pudieran acceder a la planta hidroeléctrica recién construida. Lo bautizaron como «balconcillos de los Gaitanes» debido a las cornisas estrechas y suspendidas a gran altura de su tramo superior. En 1921, el rey de España Alfonso XIII visitó la zona, que recibió así su nuevo apelativo de Caminito del Rey.
 Posteriormente, el camino cayó en desuso, y tramos enteros cayeron al río azul turquesa, dejando tan solo clavos de metal oxidados que despuntaban de las vertiginosas paredes de roca, a unos 100 metros de altura. Algunos valientes seguían intentando completar el camino, pero varios murieron al caerse.
 Afortunadamente, la reciente renovación ha propiciado que este trayecto lineal de 8 kilómetros sea mucho más seguro. Senderos forestales conducen a los 3 kilómetros de la aterradora sección principal, donde se han sujetado a la pared vertical pasarelas, suelos de cristal, cuerdas de seguridad y tornillos de acero, y es obligatorio llevar casco. Sin embargo, a través de los nuevos tablones de madera, todavía se pueden ver los restos del antiguo caminito que se va deteriorando por debajo del nuevo.
Información
-Época: 1905 (apertura del Caminito del Rey)
-Duración: 8 km; 3-4 horas
-Dificultad: moderada (gran altura; requiere comprar una entrada con antelación)
-Mejores meses: de marzo a junio; de septiembre a noviembre
-Consejo: el Caminito está abierto durante todo el año, pero cierra los lunes

 En definitiva, rutas de todo tipo –cortas y largas; de un día, de varios días, semanas e incluso meses; urbanas y campestres– que harán las delicias de lectores y viajeros y que, entre otras cosas, nos llevan a caminar entre montañas, ríos y volcanes, y a seguir las sendas olvidadas o frecuentadas por las que anduvieron contrabandistas, peregrinos, comerciantes, militares y exploradores.

La ruta del Che (Bolivia), que realicé en el verano de 2008
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Y como este volumen invita a la ensoñación, voy a terminar con una pregunta: ¿qué ruta les gustaría emprender cuando la pandemia pertenezca al pasado?

 Yo sueño con varias: la pista Chilkoot, que sigue el camino de la fiebre del oro entre Alaska y Yukón;  el alto Mustang; la cordillera del Pamir; el Rub' al Khali que cartografió Sir Wilfred Thesiger en la península arábiga; los bosques pluviales de Borneo, donde antiguamente acechaban los cazadores de cabezas o el sendero de Karisoke, en el Parque Nacional de los Volcanes de Ruanda, donde contemplar los gorilas por los que Dian Fossey dio su vida.

«No hay mejor modo de conocer un país que recorrerlo a pie».


martes, 21 de julio de 2020

EL ARTE DE PERDERSE


Senderismo por los alrededores de Sapa, Vietnam
Fotografía: Pedro Delgado

Le pedí a mi madre que me contase la anécdota de cuando mi hermano Marcial se perdió de pequeño en calle Nueva, en el centro de Málaga, y descubrí que fui yo el que se perdió en dicha calle. Mi hermano lo había hecho un tiempo antes en una adyacente, la calle Cinco Bolas. Mi hermana Inmaculada también se perdió en otra ocasión, pero más lejos del centro de Málaga, en Torremolinos. El único que no se perdió nunca fue mi hermano Paco, que al ser el pequeño siempre estaba más vigilado. Afortunadamente, nos teníamos aprendido el discurso y nunca nos movíamos del lugar donde nos habíamos perdido, con lo que mis padres no tardaban en encontrarnos. "Si os perdéis, os quedáis quietos en el sitio hasta que tu padre o yo aparezcamos", nos decía cada vez que íbamos a la Feria, al Tívoli o a cualquier bulla de gente donde pudiéramos perdernos.
 Cuando terminó de contar la historia, le pregunté cual de los cuatro hermanos se había perdido más ya de mayores. Pensaba que diría algo así como 'tú, que cada dos por tres coges la puerta y te vas por ahí de viaje', pero no, para ella nos habíamos perdido todos por igual, pues vivía el no tenernos en casa con ella como una pérdida. Para ella todos nos habíamos extraviado. "Menos mal que todas las semanas vienen a vernos…"


 Todo esto viene a cuento del libro de Rebecca Solnit (San Francisco, 1961) que me acabo de leer: nueve ensayos autobiográficos reunidos y editados por Capitán Swing bajo el título Una guía sobre el arte de perderse.


 Rebecca dice que los equipos de búsqueda y rescate han desarrollado un arte del encontrar y una ciencia de cómo se pierde la gente. Según ella, la explicación está en "que muchas de las personas que se pierden no van prestando atención en el momento en que se pierden, no saben qué hacer cuando se dan cuenta de que no saben volver o no reconocen que no saben volver".
Hay todo un arte consistente en prestar atención al tiempo atmosférico, a la ruta que sigues, a los hitos del camino, a cómo si te giras para mirar atrás puedes ver las diferencias entre el camino de vuelta y el de ida, a la información que te proporcionan el sol, la luna y las estrellas para orientarte, a la dirección en la que fluye el agua, a las mil cosas que convierten la naturaleza salvaje en un texto que pueden leer quienes conocen su lenguaje. Muchas de las personas que se pierden son analfabetas en ese lenguaje, que es el de la propia Tierra, o bien no se paran a leerlo. También existe otro arte, el de encontrarse a gusto estando rodeado de lo desconocido, sin que esto provoque pánico o sufrimiento, el arte de encontrarse a gusto estando perdido.
 Durante mis estudios en el INEF de Granada recibí formación sobre las técnicas de orientación, y gracias a ello, junto a mi instinto y mi intuición, logré no perderme nunca en mis excursiones o viajes. Aún así, siempre encontré placer en abrir camino por lo desconocido.

De Valbona a Thethi. A través de las montañas de Albania
Fotografía: Pedro Delgado

 Realmente, nos dice Solnit, el concepto de perdido tiene dos significados diferentes. «Perder cosas tiene que ver con la desaparición de lo conocido, perderse tiene que ver con la aparición de lo desconocido»; en esta segunda acepción, el mundo se vuelve mayor que tu conocimiento del mismo.
La palabra lost, «perdido», viene de la voz los del nórdico antiguo, que significa la disolución de un ejército. Este origen evoca la imagen de un grupo de soldados rompiendo filas para volver a casa, una tregua con el ancho mundo. Algo que me preocupa hoy en día es que muchas personas nunca disuelven sus ejércitos, nunca van más allá de aquello que conocen. La publicidad, las noticias alarmistas, la tecnología, el ajetreado ritmo de vida y el diseño del espacio público y privado se confabulan para que así sea. En un artículo reciente sobre el regreso de los animales salvajes a los barrios residenciales de las afueras de las ciudades se hablaba de jardines nevados que están llenos de huellas de animales y en los que no hay presencia alguna de huellas de niños. Para los animales, estos barrios son un paisaje abandonado, así que deambulan por ellos con total tranquilidad. Los niños rara vez deambulan, ni siquiera en los lugares más seguros. A causa del miedo de sus padres a las cosas espantosas que podrían ocurrir (y que es verdad que ocurren, pero muy de vez en cuando), quedan privados de las cosas maravillosas que ocurren siempre. En mi caso, ese deambular durante la infancia fue lo que me hizo desarrollar la independencia, el sentido de la orientación y la aventura, la imaginación, las ganas de explorar, la capacidad de perderme un poco y después encontrar el camino de vuelta. Me pregunto cuáles serán las consecuencias de tener a esta generación bajo arresto domiciliario.
En mi caso, ese deambular durante la infancia fue lo que me hizo desarrollar el deseo por lo desconocido, por viajar, por perderme de todo y de todos. Y espero habérselo transmitido a mis hijos.

 Durante la lectura de Una guía sobre el arte de perderse, han ocurrido dos casualidades que no dejan de sorprenderme. La mayor, recibir un correo de mi primo Sergio con un podcast del programa de radio de La Cultureta en el que hablaban de Cabeza de Vaca y sus aventuras. Sus palabras, cosa de meigas, me llegaron justo después de haber leído el cuarto ensayo del libro, en el que Rebecca Solnit cuenta la apasionante historia de Álvar Núñez Cabeza de Vaca.
Nadie se encontrará perdido nunca más de la forma en que estaban perdidos aquellos primeros conquistadores, deambulando por un continente del que nada sabían, cuyo clima y cuya topografía desconocían, cuyos habitantes no hablaban la misma lengua que ellos, adentrándose en un territorio en el que carecían de las palabras para nombrar esos lugares, plantas y animales que tan diferentes eran de los del continente del que ellos procedían.
 La otra coincidencia fue leer el ensayo Guirnaldas de margaritas, días después de decirle a mi padre que convendría ponerle voz por escrito a todas esas fotografías familiares antiguas que él y mi madre guardan en las viejas cajas metálicas del Cola-Cao.
En mi familia las cosas tienen tendencia a desaparecer. Una vez, siendo yo mucho más joven, la hermana pequeña de mi padre me enseñó una caja llena de fotografías familiares, y la pared en blanco que había estado levantada hasta entonces detrás de mi propio nacimiento se derrumbó bajo un torrente de imágenes de extraños rostros anónimos y poses formales, reforzadas con cartón y en toda la gama que iba del sepia al color gris de la gelatina de plata. Sentadas con la caja de cartón en el cuarto de estar de mi tía, sumido en una penumbra casi permanente por la sombra de las secuoyas, estuvimos largo rato pasando imágenes mientras ella iba recitando nombres, algunos que yo ya conocía y otros que no. La fotografía que más me impresionó fue una de mi abuela y sus dos hermanos pequeños, posando en la isla de Ellis o por la época en que atravesaron aquella gran puerta de entrada de inmigrantes en el puerto de Nueva York. Aparecían en fila, con los cuerpos solapados y por orden de altura, siguiendo las convenciones de la fotografía de retrato de la época. Les habían rapado el pelo, quizás por los piojos o la tiña, y tenían esa mirada ojerosa y atormentada de muchos de los inmigrantes de entonces: tres niños con trajes blancos de marinero a juego que habían cruzado toda Europa y el Atlántico y que iban a atravesar otro continente solos.
 Cuando mucho tiempo después le pregunté por las fotografías, mi tía dijo que aquella caja no existía y que debía de habérmelo imaginado todo. Unos años más tarde volví a preguntarle y reconoció que la caja había existido, pero dijo que había desaparecido. Las fotografías, que se supone que tienen que servir de pilares de un pasado objetivo, son tan inestables como todo lo demás en la historia de mi familia paterna. Con mi padre y mi tía fallecidos, y con sus padres fallecidos mucho antes que ellos, ya no hay nadie que repita o contradiga las escasas historias que contaban muy de vez en cuando.
  Rebecca Solnit dice al respecto que "hay momentos de armonía que llegan al nivel de la serendipia y la coincidencia y que van incluso más allá, y hay periodos en los que parece que abundan esa clase de episodios. […] Esos momentos parecen indicar que nos hemos rendido ante la historia que se está narrando y estamos siguiendo el argumento en lugar de intentar contarlo nosotros mismos, interrumpiendo y replicando con nuestra débil vocecita al destino, a la naturaleza, a los dioses".

Pedro Delgado en la cima del Korab, la montaña más alta de Albania (Agosto, 2017)

 En La puerta abierta, sin ella saberlo, me catapultó directamente a las montañas de Albania, al verano de 2017, cuando ascendí al Korab o Korabit y en la aldea de Dibër una familia me acogió en su casa. Un miembro del clan sufrió la pérdida de un hijo en aquella montaña, alcanzado por un rayo. Hacía unos años del desgraciado suceso, pero uno podía ver la pena infinita en los ojos de aquel hombre corpulento. Quizás por ser padre, interioricé aquella pena y la hice mía. Y creo que ya nunca se me va a ir.
Yo habría seguido andando por aquellos montes eternamente, pero los truenos procedentes de la masa de nubes que se había formado y la aparición de un enorme rayo llevaron a Sallie a decidir que diéramos la vuelta. Cuando íbamos bajando, le pregunté por los rescates que más la habían marcado. Uno fue el de un hombre al que había matado un rayo, una forma nada extraña de morir en esos montes y la razón por la que estábamos bajando de aquella espléndida cresta.
 Y cuando en Una casa, una historia habla de la tortuga del desierto, me acordé de mi encuentro con una de ellas en uno de mis primeros viajes a Marruecos. Rocco iba conduciendo su furgoneta por las sinuosas carreteras del Atlas, y al ver aquel ejemplar en medio del asfalto, andando tan despacio, se detuvo para que la apartara. Me bajé, caminé hacia ella y la agarré con las dos manos tratando de no asustarla, pero en cuanto la alcé del suelo me soltó una tremenda meada. A pesar de ello, la dejé delicadamente a unos metros de la carretera, y al regresar al vehículo me encontré con las risas de Rocco que no dejaba de señalar mis pantalones. También se me vino a la cabeza mis visitas a distintos desiertos.
Una vez amé a un hombre que era muy parecido al desierto, y antes de eso amé el desierto. No era por cosas concretas, sino por el espacio entre ellas, por esa abundancia de ausencia: esa es la atracción que ejerce el desierto. […] Lo que yo amaba del desierto era la inmensidad, así como una sobriedad que también era un placer para los sentidos. ¿Y el hombre?
 Fui a visitarle a su casa, en pleno desierto de Mojave, un atardecer de finales de primavera.
 El libro es un compendio de saberes eruditos y de historias curiosas que la autora va hilando finamente hasta tejer los cuadrados de patchwork que conforman cada uno de sus capítulos. Así, al final, la manta o la alfombra resultante, hecha de múltiples retales, abarca desde Daniel Boone a Bob Dylan, desde la música country a la pintura del renacimiento, pasando, entre otros, por elementos tan dispares como el movimiento punk rockers, la película Vértigo, el Salto al vacío de Yves Klein, las tribus indias, Virginia Woolf, Borges, los monjes budistas o los fotógrafos Peter Hujar y David Wojnarowicz.
Hay todo un género de canciones que surgió con el blues y que consiste en buena parte en una sucesión de nombres de lugares, un recitativo sobre geografía; la famosa Route 66 es la más popular, pero no la única. […] Una perspicaz aproximación desde los márgenes a la esencia de este género es Wanted Man, compuesta por Bob Dylan en 1969 y cuya versión más famosa fue interpretada por Johnny Cash. Es una lista cargada de fanfarronería de todos los lugares en los que se busca a un delincuente, enumeración que incluye Albuquerque, Tallahassee, Baton Rouge y Buffalo, un solapamiento de ser deseado por las mujeres con ser perseguido por la justicia que contiene perturbadoras insinuaciones sobre los motivos para cometer un crimen.
  
Wanted Man, Bob Dylan y Johnny Cash 
 Que la vida es un viaje es algo que se da por sentado en estas canciones, que al fin y al cabo surgieron en el contexto del traslado del campo a la ciudad de los blancos de zonas rurales y de la emigración al norte de los negros del sur. El amor por el lugar es tan intenso, sin embargo, que este viaje no se formula como el relato de un descubrimiento de lo desconocido lleno de revelaciones, sino como una historia más conservadora sobre la pérdida del territorio conocido en el que nos hemos formado, un territorio que en la canción solo existe en forma de recuerdo, como un mapa trazado en la profundidad de las entrañas que podrá leerse en las paredes del corazón en nuestra autopsia. Nadie supera nada; el tiempo no cura ninguna herida; si hoy él ha dejado de quererla, como dice uno de los temas más famosos de George Jones, es porque está muerto. El paisaje en el que se supone que está cimentada la identidad no es un terreno sólido: está hecho de recuerdos y de deseos, no de tierra y piedra, igual que las canciones.
 He Stopped Living Her Today, George Jones
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Sería bonito imaginar que hubo un tiempo en que los wintus estaban tan perfectamente ubicados en un mundo con fronteras conocidas que no conocían la experiencia de perderse, pero sus vecinos del norte, el pueblo Pit River o achumawi, sugieren que probablemente no fuera así. Un día había quedado en reunirme con unos amigos en un espectáculo que se celebraba en un parque de la ciudad, pero al no encontrarlos entre el público me fui a una librería de segunda mano. Allí encontré un viejo libro en el que Jaime de Angulo, el indómito narrador y antropólogo español que hace ochenta años pasó un periodo considerable de tiempo con este pueblo, escribió: «Quiero referirme ahora a un fenómeno curioso que se da entre los indios Pit River. Los indios se refieren a ello con un término que podría traducirse como "vagar". Dicen de una persona que "Está vagando" o que "Ha empezado a vagar". Pareciera que, en ciertos momentos de malestar psicológico, a un individuo se le hace insoportable la vida en su entorno habitual. Ese individuo empieza a vagar. Se dedica a deambular por el campo sin rumbo fijo. Va haciendo paradas en distintos sitios, en los poblados de amigos o familiares, siempre de paso, sin detenerse más de unos pocos días en ningún lugar. No da ninguna muestra externa de dolor, pena o preocupación. […] La persona errante, hombre o mujer, evita los pueblos y poblados, permanece en lugares agrestes y solitarios, en las cumbres de las montañas, en el fondo de los desfiladeros». Esta persona errante no es muy distinta de Woolf, quien también conoció la desesperación y el deseo de lo que los budistas llaman el no ser, deseo que acabó llevándola a meterse en un río con los bolsillos llenos de piedras. No es una cuestión de haberte desorientado y estar perdido, sino de intentar perderte.
 De Angulo continúa diciendo que ese vagar puede conducir a la muerte, a la pérdida de la esperanza, a la locura, a distintas formas de desesperación, o que puede dar lugar a encuentros con otras fuerzas en los lugares remotos a los que llega la persona errante. Concluye diciendo: «Cuando te has vuelto totalmente salvaje, es posible que algunos seres salvajes se acerquen a echarte un vistazo y quizá alguno te coja simpatía, no porque estés sufriendo y tengas frío, sino tan solo porque le gusta tu aspecto. En ese momento se acaba el vagar y el indio se convierte en un chamán». Te pierdes porque sientes el deseo de estar perdido, pero en ese estado que denominamos perdido se encuentran cosas extrañas. «Todos los hombres blancos son personas errantes, dicen los ancianos», comenta el editor de De Angulo.
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Boy on Raft, fotografía de Peter Hujar, 1978. The Peter Hujar Archive
LLC Courtesy Pace/MacGill Gallery and Fraenkel Gallery
 
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Desde hace muchos años me ha conmovido el azul del extremo de lo visible, ese color de los horizontes, de las cordilleras remotas, de cualquier cosa situada en la lejanía. El color de esa distancia es el color de una emoción, el color de la soledad y del deseo, el color del allí visto desde el aquí, el color de donde no estás. Y el color de donde nunca estarás. Y es que el azul no está en ese punto del horizonte del que te separan los kilómetros que sean, sino en la atmósfera de la distancia que hay entre tú y las montañas. «Anhelo –dice el poeta Robert Hass–, porque el deseo está lleno de distancias infinitas». […] Y es que, como sucede con el azul de la distancia, la consecución y la llegada solo trasladan ese anhelo, no lo satisfacen, igual que cuando llegas a las montañas a las que te dirigías estas han dejado de ser azules y el azul ha pasado a teñir las que se encuentran detrás. Aquí se encuadra el misterio de por qué las tragedias son más hermosas que las comedias y por qué algunas canciones e historias tristes nos producen un inmenso placer. Siempre hay algo que está lejos.
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En el siglo XV, los artistas europeos empezaron a pintar el azul de la distancia. Los pintores anteriores no habían prestado mucha atención a lo remoto en sus obras. […] Los pintores empezaron a interesarse más por la verosimilitud, por representar el mundo tal como lo veía el ojo humano, y en aquellos tiempos en que el arte de la perspectiva estaba empezando a desarrollarse adoptaron el azul de la distancia como una forma de dar profundidad y volumen a sus obras. La franja azul que aparece en la zona del horizonte a menudo resulta exagerada: empieza demasiado cerca del primer plano, genera un cambio demasiado brusco de color, es demasiado azul, como si se regocijaran en aquel fenómeno excediéndose en su uso. Debajo del cielo y encima del supuesto tema principal del cuadro, en la zona que quedaba delante del horizonte, pintaban un pequeño mundo de color azul: unas ovejas azules, un pastor azul, unas casas azules, unas colinas azules, un camino azul y una carretera azul.
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Arthur Rimbaud in New York, fotografía de David Wojnarowicz, 1978-1979
Cortesía de PPOW Gallery, New York y Estate of David Wojnarowicz
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«El vacío es el sendero por el que se mueve la persona centrada», dijo un sabio tibetano hace seiscientos años. El libro en el que encontré esta afirmación continuaba con una explicación de la palabra para decir «sendero» en tibetano: shul, «una marca que permanece después de que pasa lo que la hizo; una huella, por ejemplo. En otros contextos, shul se emplea para describir la cavidad rugosa que queda donde solía haber una casa, el canal erosionado en la roca por la que ha pasado la crecida de un río, la mella en la hierba donde durmió un animal la noche pasada. Todas esas cosas son shul: la impresión de algo que estuvo ahí. Un sendero es un shul porque es una impresión en el suelo dejada por el paso regular de pies, que se ha mantenido libre de obstrucciones y conservado para que lo usen otros. Como un shul, el vacío puede compararse a la impresión de algo que estuvo ahí. En este caso, semejante impresión está formada por las mellas, cavidades, marcas y rugosidades dejadas por la turbulencia del ansia egoísta».
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Uno de los cuentos budistas más conocidos es sobre dos monjes que han hecho el juramento de no tener contacto físico de ningún tipo con mujeres. Un día llegan a la orilla de un turbulento río y se encuentran con una mujer que les ruega que la ayuden a cruzarlo (las antiguas fábulas siempre andan escasas de mujeres atléticas), así que uno de ellos la levanta y cruza el río con ella en brazos. Cuando los dos monjes llevan un rato caminando por la otra orilla, el segundo monje le reprocha al primero que haya incumplido sus votos y este le contesta: «¿Por qué tú sigues llevándola en brazos? Yo la he dejado en el suelo al llegar a la orilla».
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Salto al vacío. Yves Klein, 1960
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Siempre se habla del montañismo como si la llegada a la cumbre fuera una conquista, pero a medida que asciendes el mundo aumenta de tamaño y te sientes más pequeño en relación con él, abrumado y liberado por la magnitud del espacio que te rodea, la magnitud del territorio que recorrer, la magnitud de lo desconocido. Te has pasado todo el día subiendo con gran esfuerzo con la mirada puesta en la ladera, ascendiendo por senderos y por caminos en zigzag, atravesando y rebasando pinares, y la vista de detrás se ha ido ampliando poco a poco hacia el norte, el sur, el este. A veces los pájaros, los árboles o las piedras del camino te hacen prestar atención a lo más inmediato, a veces vas mirando directamente a la pendiente que te espera, pero a veces un giro o una parada te permiten volver a ver la inmensidad que se extiende en esas tres direcciones, un manto infinito de aire que te cubre la espalda mientras prosigues tu camino. Al final, a unos cuatro mil metros sobre el nivel del mar, alcanzas no la cumbre, que no es un cambio tan drástico, sino la cresta. El Whitney no es más que el punto más alto de una larga cresta. Al llegar a ella, el mundo que se extiende al oeste aparece de repente ante ti, un terreno inmenso aún más salvaje y remoto que el del este, una sorpresa, un regalo, una revelación. El mundo duplica su tamaño.
 A la noche, después de pergeñar la reseña y dejarla en reposo, le pregunté a mi mujer si alguno de nuestros dos hijos se había perdido alguna vez. Me recordó que Enzo se perdió de pequeño una vez al terminar la cabalgata de Reyes, y que se fue directamente para la casa y nos lo encontramos en el portal esperando. "¿Y no te acuerdas cuando se te perdió en el tren camino del Círculo Polar Ártico?". "Es verdad, tengo que añadir esa historia". Así que, al despertar, la añadí para todos ustedes.
El tren empezó a reducir la velocidad y la gente comenzó a levantarse y a coger sus cosas. Papá consultó su reloj y dijo que llegábamos con 32 minutos de retraso. Como iba lleno, me dijo que esperásemos a que saliese la gente para poder bajar más cómodamente la maleta del portaequipajes, pero que recogiese rápido mis cosas de la mesa. La verdad es que yo pensaba que el tren había llegado a su destino final, y que se detendría allí hasta la hora en la que tuviese que iniciar su viaje de regreso a Alemania, así que empecé a recoger con mucha parsimonia. Papá me apremió para que me diese prisa, no fuésemos a quedarnos allí. Me apresuré cuanto pude, recorrí el pasillo y bajé al andén. Papá me seguía un paso por detrás y aún no había acabado de bajar cuando la puerta se cerró de golpe delante de sus narices. Me giré y miré hacia papá, que acababa de soltar una exclamación, pues la puerta estuvo a punto de pillarle. Con desconcierto, buscó el botón verde para abrir la puerta y lo presionó varias veces, pero éste estaba apagado y no respondía. "¡Papá! ¡Papá!, grité nervioso, con los ojos agrandados por la sorpresa. La gente que había a mi alrededor se dio cuenta de lo que pasaba y sus ojos, tensos y esperanzadores, también se clavaron en papá, que aún tenía la patética esperanza de que aquella puerta se abriera. Un hombre con una maleta apareció tras él, pero tampoco pudo abrirla. Le indiqué por señas que fuese a otro vagón que aún tenía la puerta abierta, pero papá, a quién ya se le había pasado el estupor inicial, lo único que hizo fue repetir varias veces con la mano el gesto de tranquilo, tranquilo, que ya lo arreglo yo. Unos segundos más tarde, lentamente, casi con delicadeza, el tren empezó a ponerse en marcha. Caminé unos pasos siguiendo el movimiento del tren, mirando suplicante a papá. Incluso estiré los brazos instintivamente, como si pudiese agarrar al tren y detenerlo. Mi padre volvió a hacer los gestos de tranquilo, tranquilo. Y allí me quedé, con la vista fija en el último vagón. Papá me había explicado un día que un agujero negro era una especie de desagüe, como el del lavabo o la bañera, pero cósmico, que en vez de tragar agua y pelos, se tragaba planetas, estrellas y hasta galaxias enteras. Pues bien, en aquel instante, me parecía que un agujero negro había succionado a aquel tren y con él a mi padre, y que por un buen rato íbamos a estar como en dos dimensiones distintas: la del andén, del que no me pensaba mover, y la del vete tú a saber dónde estaría mi padre.
 Lo importante era no perder la serenidad. Papá regresaría. Eso era indudable, así que no debía dejar que el pánico y la desesperación se apoderaran de mí. Aún no se había disuelto el corrillo que se había formado en torno a mí, cuando una voz a mis espaldas pronunció el nombre de mi padre. Me volví. El hombre seguía repitiendo el nombre al aire, sin percatarse del pequeño barullo que había a mi alrededor. Lo miré con la misma sorpresa que debió sentir Robinson Crusoe al encontrar a Viernes en su isla. "Es mi padre", le dije. El hombre me miró con expresión interrogativa, como preguntándome dónde estaba. Cuando comprendió lo que había pasado, me dijo que no me preocupara. Tenía la certeza de que mi padre aparecería más tarde o temprano, y en ese instante no podía más que disfrutar de aquella sensación de aventura.
 Efectivamente, papá apareció corriendo escaleras abajo 15 o 20 minutos después, y al verme suspiró aliviado. Dejó caer al suelo la maleta y la mochila, se inclinó sobre mí y me besó en la frente. Luego me dio un abrazo y celebró que Ramón hubiese venido a recogernos a la estación. Le preguntó qué había dicho y hecho yo, y si me había asustado mucho, pero Ramón alabó mi valentía. Papá nos contó que había buscado al revisor para explicarle lo sucedido, y que éste le había dicho que se bajase en la siguiente parada, que estaba a pocos minutos de allí, donde podía tomar otro tren en dirección a la Estación Central. "Los trenes salían cada dos minutos, pero menos mal que en cuanto llegué a la estación pude salir en uno para acá. ¡¡Uff!! Continuamente me preguntaba si estarías llorando, incluso si estarías aquí o si te habrías ido con las mujeres que se te acercaron a buscar a la policía". "Pues de llorar nada", dijo Ramón. "Y lo que más claro tenía era que no se movía de aquí hasta que tú vinieses". "Pues cuando me he bajado del tren y he visto que no había nadie en el andén… He pensado que estaría con alguien de la estación, pero luego me he dado cuenta de que estaba en la vía 7, en lugar de en la 1, y he corrido escaleras arriba y abajo para buscarle. Menos mal que estaba contigo".
No subestimes el poder de Santa Claus 
Pedro Delgado Fernández
 Quién sabe, quizás algún día ustedes también lean la historia completa; aunque de momento sigue perdida en el disco duro del ordenador a la espera de que la encuentre alguna editorial.

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2014/12/sos-navideno.html

Notas: 

 Esta entrada está dedicada a mi madre, que el pasado viernes, 17 de julio, cumplió 86 años. Te quiero, mamá.

 Todos los textos a color pertenecen a Una guía sobre el arte de perderse, de Rebecca Solnit, editado por Capitán Swing en 2020 en una traducción de Clara Mistral.

lunes, 10 de junio de 2019

LAS VENTAJAS DE DESCUBRIR EL MUNDO A PIE


Caminar. Las ventajas de descubrir el mundo a pie, de Erling Kagge (Editorial Taurus, 2019)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Un 8 de diciembre de 1993, con tan solo 18 años, Patrick Leigh Fermor (1915-2011) salió de Londres con la intención de coger un barco con el que desembarcar al otro lado del canal de la Mancha. Así llegó a Holanda, con la "loca" idea de caminar desde allí hasta la lejana Constantinopla. Aquel viaje de iniciación concluyó en Turquía el 1 de enero de 1935.
 "Un buen caminante no deja huellas", dice el Tao Te Ching; sin embargo, Patrick Leigh Fermor recogió décadas después aquellos pasos en tres volúmenes: El tiempo de los regalos, Entre los bosques y el agua y, ya de manera póstuma, El último tramo.

Patrick Leigh Fermor

 Sin duda, la vida del Patrick adulto –escritor, historiador y héroe de guerra– fue fruto de aquellos pasos largos y ligeros de la adolescencia. Yo, ahora que sueño con que se me cure la fascitis plantar para poder emularlo, me acordé estos días del británico mientras leía el nuevo libro de Erling Kagge: Caminar. Las ventajas de descubrir el mundo a pie. El noruego trae a colación en sus páginas a Sócrates, Diógenes, Montaigne, Darwin, Machado, Thoreau, Neruda, Nabokov, Kundera, Cognetti..., incluso a Einstein y Steve Jobs, pero, quizás por esos cambalaches del destino, se olvidó de Patrick. También de Rimbaud y sus andariegos vagabundeos de adolescencia. Dos descuidos imperdonables que no hacen mella en el libro. Porque Caminar sigue la fórmula de El silencio en la era del ruido, y las disquisiciones de Erling te atrapan y te llevan a leerlo del tirón en una tarde.
 Un día mi abuela ya no pudo andar. 
 Ese día murió. Físicamente vivió un poco más, pero las prótesis que le habían puesto para sustituir a sus viejas rodillas terminaron por desgastarse y ya no soportaban el peso de su cuerpo. Tumbada en la cama perdió la fuerza muscular. 
 Su sistema digestivo falló. Su corazón latía más despacio y respiraba con dificultad. Los pulmones absorbían cada vez menos oxígeno. En sus últimos momentos jadeaba en busca de aire. 
 En aquel tiempo yo vivía con dos de mis hijas. La más joven, Solveig, apenas contaba trece meses. Mientras su bisabuela se encogía despacio y adoptaba una posición fetal, Solveig sintió que había llegado la hora de aprender a andar.
 Por cierto, que los textos de este ensayo hilvanan muy bien con los del anterior, pues ambas actividades (caminar y guardar silencio) suelen ir yuxtapuestas.
 He dado innumerables paseos.
 Paseos breves, largas caminatas. He salido andando de ciudades y he entrado caminando en ellas. He andado de día y de noche, he dejado atrás amores y me he acercado a ver a amigos. He caminado por bosques y montañas, sobre mesetas heladas y sobre yermos creados por los seres humanos. He caminado y me he aburrido, he andado para escapar de la ansiedad. He caminado con dolor, he andado feliz; pero, sin importar dónde, ni por qué, he caminado y caminado. He ido, literalmente, hasta el fin del mundo.
 Todos los recorridos son diferentes, pero cuando miro atrás, descubro un rasgo que comparten todas mis caminatas: un silencio interior. El andar y el silencio van unidos. El silencio es abstracto; caminar, algo concreto.
Huellas. Fotografía: Lucía Rodríguez

Al terminar la lectura, uno está deseando buscar cualquier excusa para salir a la calle a pasear o, si no queda tiempo para tanto, tirar la basura, comprar otra barra de pan antes de que cierre la panadería o ver si aún queda algún periódico en el quiosco más cercano. Cualquier cosa con tal de salir a estirar las piernas.

 A pesar del revival de títulos que hay sobre el tema, son pocos los que deciden caminar hoy en día: grupos de senderistas que se reúnen algún fin de semana para hacer una ruta, gente que recorre los paseos marítimos a trancos y personas mayores que siguen caminando en los pueblos por las veredas y los arcenes mientras platican camino de alguna ermita. En la ciudad todo son desplazamientos en vehículos a motor de dos, cuatro y ocho ruedas, patinetes eléctricos y bicicletas (algunas también eléctricas para darnos una patada en la boca a todos los que luchamos por promover el combate contra el sedentarismo). Lo dijo no hace mucho José Antonio Garriga Vela desde su Cruce de vías* del diario Sur: "La gente no anda, no da paseos, la mayoría de los turistas prefieren ir de pie sobre los segway, manteniendo el equilibrio, avanzando sin moverse, sin tan siquiera impulsar con una pierna el patinete y dejarse llevar por los impulsos. Hay demasiada prisa por llegar a ningún lado". Y eso es algo que entronca con dos de las preguntas a las que nos confronta Erling: la que le hacen los niños: ¿por qué tenemos que caminar cuando se llega antes en coche?, y la que le hacen los adultos: ¿qué sentido tiene desplazarse despacio de un lugar a otro? Ambos interrogantes me llevaron a acordarme de mis días en Marruecos –la prisa mata– y de mi querido Paul Bowles, quien comentaba lo siguiente en Días y Viajes (Seix Barral, 1993):
 Pregúntale a Sidi Driss por qué no está interesado en ver un automóvil. Responde: "¿Para qué? Las ruedas giran rápido, sí. El claxon hace ruido, sí. Llegas antes que si fueras en mula, sí. ¿Pero a qué llegar antes? ¿Qué haces cuando llegas que no podrías hacer si llegaras más tarde? Tal vez los franceses creen que si van más rápido la muerte no podrá alcanzarlos." Y se ríe, porque cree que Occidente quiere huir de un destino que ya ha sido fijado, que está "escrito", como se dice en árabe; naturalmente, cualquier intento semejante está condenado al fracaso.
 Volviendo a Caminar, leo en las página 26 y 27 lo siguiente:
 Cuando conduces tu coche hacia una montaña y dejas que las pequeñas lagunas, las laderas, las rocas, el musgo y los árboles pasen zumbando a tu lado, la vida se acorta. No sientes el viento, ni los olores, ni el clima, ni los cambios de luz. Los pies no duelen. Todo se mezcla.
 No solo se reduce el tiempo cuando se intensifica el ritmo, también el sentido del espacio. De repente te encuentras al pie de una montaña. La experiencia de la distancia se desvanece. Al llegar a tu destino puede que creas que has tenido muchas sensaciones. Sin embargo, lo dudo.
 Si caminas esa misma ruta, tardas un día en lugar de media hora, respiras con más calma, escuchas, sientes la tierra bajo tus pies, el día cambia por completo.
 Poco a poco la montaña crece y sientes que tu entorno se expande.
 Conocer todo lo que te rodea requiere tiempo. Es como cimentar una amistad. Esa montaña que allí, frente a ti, se transforma despacio a medida que te aproximas, se convierte en una especie de amigo a medida que te acercas. Tus ojos, tus oídos, tu nariz, tus hombros, tu estómago y tus piernas preguntan a la montaña y la montaña responde. El tiempo se expande sin depender de los minutos y las horas.
 Aquí reside el gran secreto que todos los caminantes comparten: la vida es más larga cuando andas. Caminar prolonga los instantes.
 Eso es algo que conocen bien los montañeros que se acercan a pie a un campamento base o a un refugio de montaña. Si, por ejemplo, se pudiese llegar al refugio de Neltner en camioneta desde Imlil, el Toubkal ya no sería lo mismo.

Abandonando el refugio de Neltner, 2007. Fotografía: Mª Ángeles García

 La cabeza se me vuelve a ir a Marruecos, pero he de regresar al libro del que les hablo. Ojeo algunos de mis subrayados y se los anoto por si les abre el apetito de leerlo, o por si quieren hacerse una idea de lo que se van a encontrar en sus páginas.
 Durante nuestros preparativos para ir hasta el Polo Norte en 1990, pasamos unas cuantas semanas en Iqaluit, una pequeña localidad del noreste del Ártico canadiense, para poner a prueba nuestro equipamiento. Allí tuve noticia de una buena tradición de los inuit. Si estás tan enfadado que tienes dificultades para controlar tus sentimientos, te piden que abandones tu hogar y que atravieses en línea recta el paisaje que te espera en el exterior hasta que tu ira se esfume. El punto en el que consigas liberarte de tus sentimientos queda marcado por un palo que clavarás en la nieve. De esa manera queda recogida la duración o la intensidad de tu ira. Lo más sensato que puedes hacer cuando te enfadas, una circunstancia en la que tu cerebro reptil domina tus acciones, es alejarte de aquel o de aquello con lo que estás enojado.
Iqaluit (Canadá). Fotografía: Sean Kilpatrick/Canadian Press
 Veinte años después de la visita a Iqaluit decidí, junto con el explorador Steve Duncan, recorrer parte del subsuelo de Nueva York. Atravesar las cloacas de la ciudad, los túneles de los trenes y del metro, los conductos de agua. Desde el Bronx al norte, por Manhattan, Brooklyn y Queens, hasta el océano Atlántico. Me impulsaba un deseo de aventura, pero también una necesidad de depurarme, de catarsis, entre la mugre y las cloacas. Cuando partí, mi vida familiar me parecía una mierda. Poco a poco había empezado a comprender que mi compañera y yo, la madre de mis hijas, íbamos a separarnos. Los problemas me hacían tanto daño que mi cuerpo supuraba.
 Sentí el estímulo de iniciar una peregrinación. Quería entregarme por completo, caminar hacia una meta por un tiempo y, durante unos días, mantener a distancia mi mundo cotidiano. Nada era tan arriesgado como peregrinar en la Edad Media, con el peligro de sufrir un asalto de pasar hambre o de ser capturado, pero, aun así, se trataba de una experiencia espiritual. Sin embargo, no quería ir a lugares con los que sueño, como Santiago de Compostela, o rodear el monte Kailash, que tengo pendiente. Algunos amigos opinaban que ir a Nueva York no era una buena idea, pero mi intuición me decía que me vendría bien encontrarme, literalmente, en la mierda. ¿Tal vez entonces mis propios problemas me resultarían insignificantes?
Y para cerrar un recordatorio extraído del libro: La vida no es más que un largo recorrido a pie.

Erling Kagge

Caminar. Las ventajas de descubrir el mundo a pie
Erling Kagge
Traducción de Lotte Katrine Tollefsen
Editorial Taurus, 2019

*https://www.diariosur.es/culturas/blade-runner-20190518193933-nt.html (Blade Runner, artículo de José Antonio Garriga Vela en la sección Cruce de vías del Diario Sur).

miércoles, 14 de noviembre de 2018

EN LOS SENDEROS (REFLEXIONES DE UN CAMINANTE)


Ana María Matute decía que no creía en las casualidades, sino en que había algo mágico en la vida. Sea como sea, disfruto de lo lindo cada vez que el azar se cruza en mi camino. Les cuento: cuando me topo en el periódico con un artículo que me interesa, pero no tengo tiempo de leerlo en ese instante, lo recorto y lo guardo para dar cuenta de él en otro momento: en el autobús de línea, en la consulta del médico, en los recreos o las guardias del instituto... El otro día, en una de esas guardias, leí unos cuantos recortes, entre ellos uno del diario El País que llevaba por título Caminante, sí hay camino. Estaba ilustrado con una bellísima fotografía de Ullstein Bild en la que se veía a un vaquero conducir el ganado por esas inmensas praderas del medio oeste de los Estados Unidos, una imagen que parecía sacada de un antiguo anuncio de Marlboro.

Fotografía: Ullstein Bild (Getty Images)

 Al empezar el texto me di cuenta de que no era un artículo periodístico, sino un extracto del libro En los senderos, obra del periodista y ensayista Robert Moor, recientemente publicado por la editorial Capitán Swing. Tras finalizarlo recorté el dibujo de la portada para no olvidarme del título y hojearlo cualquier tarde en una librería. Luego arrugué la hoja del periódico hasta hacerla una bola y la encesté en la papelera. Hasta ahí nada extraordinario. Terminé mis clases, cogí mi bicicleta y regresé a casa. Lo fascinante fue que al llegar me encontrase el libro sobre la mesa de la cocina, junto a una nota de Lucía que decía:
 Me topé con él esta mañana, leí el texto de la solapa y no me pude resistir. Por lo que dice sé que te va a gustar. ¡Este tío es de los tuyos! Y acuérdate que hoy trabajo de tarde y noche.
 Cómo no maravillarme ante aquella coincidencia. Sonreí, le deseé mentalmente un turno tranquilo en el hospital y cogí el libro para leer la solapa:
[...] En la entrevista que le hizo el reconocido reportero de viajes Rolf Potts, Moor afirmó: "Para escribir literatura de viajes debes viajar barato, aceptar la generosidad de los extraños, leer y releer el tipo de cosas que deseas escribir y expandir siempre los límites del género. Cuando viajas a un lugar nuevo, siempre tienes una o dos preguntas en mente, algún misterio que esperas resolver. El misterio puede ser vago, incluso el lugar mismo. Pero perseguir un misterio, en lugar de tu propio placer, evitará que caigas en la trampa de pensar que no fue suficiente –suficientemente nuevo, suficientemente brillante, suficientemente agradable, suficientemente lejos...–. Pero, sobre todo, evita comenzar tu historia de viaje con una descripción del aterrizaje en el aeropuerto. Tu historia no comienza donde lo hizo tu viaje, sino donde sea que tus preguntas lo hagan". [...]
 Viajar barato, aceptar la generosidad de los extraños, leer y releer... definía mi credo. Y por si eso no fuera suficiente, en el prólogo me encontré con que el último capítulo del libro estaba dedicado a la ruta de senderismo más larga, descabellada y loca del mundo, la que va desde Maine en Estados Unidos hasta Tarudant en Marruecos*. Como comprenderán, después de leer la palabra Marruecos, no pude evitar empezar la lectura por dicho capítulo, aunque el autor no aterrice en Marrakech hasta bien entrado el mismo.
*La Senda Internacional de los Apalaches (International Appalachian Trail).
Cuando llegué al aeropuerto de Marrakech, me esperaba un chófer con un letrero. En lugar de saludarme, me alargó su teléfono móvil. Asselouf estaba al aparato. 
  –¡Hola! ¿Robert? Soy Latifa. El chófer te llevará directo a mi casa. 
  –¡Genial! –respondí–. ¡Gracias!
  Luego colgó. 
 En un intento de confraternizar, intenté preguntarle su nombre al chófer.
 –Je ne parle pas l'anglais –me respondió en tono de disculpa.
  –D'accord –le dije yo. 
 Se lo pregunté de nuevo, pero esta vez en mi titubeante francés. Él volvió a darme su móvil. Era otra vez Latifa. 
 –¡Hola! ¿Robert? El chófer no habla inglés.
 –De acuerdo, gracias –le dije.
 El chófer me llevó hasta un destartalado Mercedes blanco. Luego, mientras el vehículo abandonaba ligero la rosada ciudad de Marrakech, miré por la ventana y empecé a tomar nota de lo que veía –un carro y un caballo que transportaban sacos de grano, un rebaño de cabras que se dividió en dos con facilidad para rodear nuestro coche, dos mujeres montadas en una moto con un niño apretujado entre ellas–, pero luego caí en la cuenta de que solo estaba tomando nota de las cosas que me parecían "marroquíes" en lugar de hacerlo de las cosas que nuestros dos países tenían en común: los anuncios estridentes, los cables eléctricos zigzagueando por los valles, las carreteras asfaltadas hormigueantes de coches, las torres de teléfonos móviles de color rojo y blanco alzándose como esqueletos de naves espaciales desguazadas... 
 Cuando entramos en la población de Amizmiz, el aire se volvió más fresco. Asselouf nos esperaba en la puerta de casa, sonriendo abiertamente mientras se secaba las manos con un trapo de cocina. Tenía complexión de senderista: esbelta y de piernas largas. A diferencia de sus vecinos, que tenían la piel blanca, la suya era muy morena, una herencia de sus antepasados saharauis. Llevaba su "cabello de loca", como ella lo llamaba, recogido hacia atrás con un pañuelo violeta.
 Ahora que estamos en otoño y las hojas han empezado a cambiar de tono, que todavía no hace demasiado calor ni demasiado frío, os animo a salir a los caminos a respirar aire fresco y fundiros con la naturaleza, pero también a leer este ensayo sobre los caminos, estas reflexiones de un caminante escritas por un autor joven al que desde ahora seguiré la pista. Yo voy por la página 183, y al comienzo de la misma me encuentro con lo siguiente:
Una mañana de otoño salpicada de escarcha fui a buscar caminos con un historiador llamado Lamar Marshall, que estaba elaborando poco a poco un mapa de todos los grandes senderos del antiguo territorio cheroqui y que en ese momento tenía una nueva ruta que deseaba inspeccionar. Envueltos en varias capas de ropa de abrigo, que luego nos iríamos quitando conforme avanzara el día, enfilamos un camino de grava que atravesaba los bosques de la estribaciones montañosas de Carolina del Norte.
 ¿Cheroquis? 
 Realmente Robert Moor es de los míos.