martes, 27 de julio de 2021

DE MI MADRE Y LA MÁQUINA DEL TIEMPO DE JOHN REED


La guerra en Europa oriental, de John Reed (Editorial Txalaparta)
Fotografía: Lucía Rodríguez

El 22 de mayo de este año mi madre ingresó en el hospital Carlos de Haya por una pancreatitis, y lo que parecía iba a ser una breve estancia se alargó hasta un mes, pasando por la UCI y la UCRI.

 Durante esos días, en las horas largas y llenas de incertidumbre en las que mi madre se entregaba al sueño, y los ruidos de la calle y las sirenas de las ambulancias llegaban amortiguados, yo abría un libro para despejarme: La guerra en Europa oriental, de John Reed (Editorial Txalaparta, 2006), del que ya había leído México insurgente.

 Al final de la semblanza biográfica del estadounidense, que precede al texto, unos versos del propio Reed me estremecieron:

«Así viene la muerte, yo lo sé: suave como la nieve y con gentil frialdad».

 El mismo día en que mi madre entró al hospital se murió uno de sus dos canarios, una hembra que tenía algún tipo de parálisis en las patas, así que todos le callamos la noticia, no fuera a interpretarlo como una mala señal. Aquellos versos también me parecieron un signo de mal agüero, un mal sino que afortunadamente no tuvo lugar.

 Aunque en los hospitales no es necesario mirar la hora, porque el tiempo esta regulado por la luz del sol y de la luna que entra por el ventanal y por las comidas y las entradas puntuales del personal sanitario, a mi madre le gustaba tener su reloj de números romanos bien grandes colgando de la barandilla. Cuando despertaba del sueño y conversábamos, a ambos nos venían recuerdos familiares, y la certeza de que las cosas pasan cuando nadie se las espera: la enfermedad y el no poder asistir a la deseada comunión de su nieta. A veces no tenía ganas de hablar, y me animaba a coger mi libro de la mesita, sobre la que se amontonaban vasos de plástico, botellas de agua y de suplementos hipercalóricos y blísteres vacíos de pastillas, junto a un abanico y un bote de colonia que me recordaba al olor de mi limonero.

 Una vez me preguntó qué leía, y tuve que explicarle que aquel libro narraba el periplo del periodista John Reed por el frente oriental durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial. Al oír la profesión de Reed, me recordó que yo de pequeño quería ser periodista, y que ella siempre me decía que cómo iba a serlo, si siempre llegaba tarde y preguntando qué había pasado.

 En cierto modo, mi madre tenía razón: un buen periodista tenía que ir por delante de la noticia. Y en eso John Reed no dejaba de sorprenderme. Y sino, fíjense en lo que decía de Serbia y acuérdense de Yugoslavia y la guerra de los Balcanes.

Son el único pueblo de los Balcanes que no se ha mezclado desde su llegada a la región, hace ocho siglos, y el único que ha construido su propia civilización, y que nada ha conseguido modificar. Los romanos poseían una línea de fortalezas en la región, pero no establecieron colonias. Los cruzados tan sólo pasaron. Los serbios han mantenido sus estrechos desfiladeros contra los tártaros de Bulgaria, los lacios de Rumanía y los hunos y los checos del norte y, mucho antes que sus vecinos lo hicieran con la ayuda armada de las naciones europeas, Serbia se liberó del yugo de los turcos por sí sola. Mientras Europa imponía dinastías extranjeras a Bulgaria, Rumanía y Grecia, Serbia era gobernada por una dinastía propia. Con tal herencia y tal historia, con el impulso imperialista que crece día a día, hora a hora en el corazón de sus campesinos-soldados, ¡a qué terribles conflictos no va a ser arrastrada Serbia por su ambición!

Le comenté que en el libro había otra pandemia. Si aquí estábamos inmersos en una quinta ola de coronavirus, en el texto eran la peste y el tifus los que campaban a sus anchas. Y ya había por entonces gente que despreciaba las medidas profilácticas.

(…) los ingleses habían persuadido al Gobierno serbio para detener todo el tráfico ferroviario durante un mes, a fin de prevenir la extensión del contagio; tras lo cual, habían hecho tomar medidas sanitarias en las sucias ciudades, impuesto la vacunación contra el cólera y comenzado a desinfectar a amplios sectores de la población. Los serbios se reían de ello: estaba claro que esos ingleses eran unos cobardes. (…) Para los serbios, tomar medidas de prevención era prueba de pusilanimidad. Contemplaban los inmensos estragos de la epidemia con una especie de melancólico orgullo: de la misma manera que la Europa medieval consideraba la peste negra.
***
 (…) una bandera negra, signo de, al menos, una muerte en casa, colgaba de casi todas las puertas.
***
 –¡El tifus! –Johnson señaló los muros de las casas, a cada lado de la carretera– Casi todos estaban pintados con una cruz blanca, a veces con dos o tres.
 –Cada cruz significa un caso de tifus en la casa. En menos de un kilómetro, conté más de un centenar. Parecía que ese país, risueño y fértil, ya no producía más que muerte o estelas funerarias.

 John Reed, que ya había recorrido como corresponsal la línea de guerra franco-alemana, a finales del verano de 1914, encontró en la primavera de 1915, en la otra punta del frente, la misma brutalidad (espeluznantes la atrocidades cometidas por austriacos y húngaros en Serbia y los pogromos rusos contra los judíos) y el mismo sinsentido.

 Leer este libro de John Reed es entrar en una máquina del tiempo, y aparecer en la Europa de abril de 1915. La narración empieza con John Reed navegando en el Torino por las aguas del mar Egeo, en compañía del dibujante canadiense Boardman Robinson. El buque los lleva desde Brindisi a una Salónica devastada por la peste y las incertidumbres del conflicto, un lugar en el que el Este y el Oeste se encuentran frente a frente.

Poco a poco, una ciudad gris y amarilla se destacaba en el árido paisaje, como si trepara por una abrupta elevación que surgiera del mar, con anchos tejados de tejas irregulares y redondas cúpulas coronadas por un centenar de minaretes. Una ciudad rodeada por la gran muralla almenada edificada en tiempos del Imperio latino: ¡Salónica, la puerta oriental de la guerra!
 (…) El viento nos traía el pregón de los mozos de cuerda árabes, los gritos del bazar, los extraños cantos entonados por los marinos de las costas del Asia Menor y del Mar Negro al izar las velas latinas de sus embarcaciones, de proas decoradas con ojos cuya forma parece más antigua que la historia; un muecín llamando a los fieles a orar; rebuznos de asnos y flautas y tambores que tocaban una gemebunda música de danza desde alguna casa con celosías, allá arriba en el barrio turco. A menos de doscientos metros de nosotros, enjambres de barcas multicolores, tripuladas por morenos piratas descalzos, se atropellaban violentamente en medio de un gran concierto de aguas algaradas.
 (…) Es la antigua Tesalónica. Aquí botó Alejandro sus flotas. Había sido una de las ciudades libres del Imperio romano; una metrópolis bizantina sólo superada por Constantinopla y el último baluarte de aquel romántico Imperio latino, donde los vencidos restos de los cruzados, derrotados, se aferraron desesperadamente al Levante que habían ganado y perdido. Hunos, eslavos y búlgaros la asediaron; sarracenos y francos asaltaron esa, hoy ruinosa, muralla amarilla, masacraron y saquearon en esas sinuosas calles; griegos, albaneses, romanos, normandos, lombardos, venecianos, fenicios y turcos la gobernaron sucesivamente y San Pablo la agobió con sus visitas y epístolas. Austria casi la conquistó en la Segunda Guerra balcánica, Serbia y Grecia rompieron la Liga balcánica para apoderarse de ella y Bulgaria se lanzó a una desastrosa guerra para poseerla.
 Salónica no es una ciudad de ninguna nación y es ciudad de todas las naciones: es cien ciudades, cada una con un pueblo diferente, con costumbres y una lengua diferentes.
 ***
La oscuridad llegó de forma súbita. En un instante, la blanca cima del Olimpo resplandeció con un rosa sobrenatural que se extinguió poco a poco. En el cielo infinito millones de estrellas se iluminaron repentinamente; la luna creciente brillaba en medio de la noche. Por debajo de nosotros, los muecines salieron a los pretiles de diecisiete minaretes con minúsculos farolillos amarillos y los izaron bamboleares sobre sus mástiles. Desde el lugar en que estábamos, podíamos oír cómo sus voces, agudas y disonantes, llamaban a los fieles a la oración.
 (…) Hoy la ciudad turca declina y el tranquilo curso de su vida se reduce, año tras año, ante el flujo ascendente de los griegos curiosos y activos. Las mezquitas caen en ruinas una tras otra y cada mes un nuevo minarete, desde el que el muecín llamaba desde hacía siglos a la plegaria, deviene mudo y desierto. La Meca ha devenido igualmente lejana e impotente y, cualquiera que sea la salida de la guerra, Estambul ya no reinará nunca más sobre Salónica; los turcos de Salónica agonizan. La ciudad misma agoniza: está separada de tierra adentro, las fiebres suben periódicamente desde las marismas del Vardar que discurre por debajo de ella, el limo invade lentamente su magnífico puerto y la voraz corriente del río devora ya la ciudad. Bien pronto Salónica ya no valdrá una guerra.

 La erudición y la capacidad de descripción de Reed son las que hacen realidad ese salto en el tiempo. De su mano, a través de sus crónicas publicadas en el Metropolitan Magazine de Nueva York, continuaremos viaje, siempre al filo de la navaja, por Serbia, Rusia, Constantinopla, Rumanía y Bulgaria.

En aquel puesto fronterizo abandonado, habían avisado de nuestra llegada y, en una habitación con olor a cerrado y que nadie había limpiado desde hacía largo tiempo, un hombre pequeño, miserablemente vestido, visó nuestros pasaportes. Escoltados por dos soldados, retomamos nuestro camino hacia el río donde nos esperaba una barcaza medio llena de agua; una cuerda tendida, desde la ribera, se perdía en la oscuridad: ¡hacia Rusia! No podíamos ver la otra orilla, pero cuando empezamos a deslizarnos por la sombría corriente, la orilla rumana se desvaneció tras nosotros; durante un momento, fuimos a la deriva por un mar sin orillas, luego, a la luz de la débil claridad de un cielo rojizo, vimos dibujarse algo: un gigantesco soldado con un fusil con larga bayoneta, con su alto gorro de través, sobre la frente, como sólo los rusos lo llevan. Cerca de él se adivinaban los vagos contornos de un coche de dos caballos.
 Sin mediar palabra, el centinela cargó nuestros equipajes en el coche y subimos. Saltó a su asiento, hizo restallar su látigo y partimos, hundiéndonos en la arena… Un repentino saludo gutural brotó de la oscuridad y otro inmenso soldado salió de la noche, al lado del coche. Nuestro guía le tendió un pedazo de papel que el otro hizo como si leyera, a pesar de que estaba al revés, era noche oscura y él era analfabeto.
–Chorošo! ¡Bien! –gruñó y nos hizo una señal con la mano–: Pozalujsta! ¡Por favor!

John Reed y Boardman Robinson en 1915

 Reed y Robinson buscan con mil argucias llegar a la primera línea del frente de batalla para contar la guerra, y para ello no dudan en arriesgar sus vidas –tomados por espías alemanes, son retenidos y a punto de ser fusilados en Cholm (Rusia)–. Quieren ver in situ una carga de los feroces cosacos del Kuban o a los turcos combatir en Gallípoli, pero "su destino fue siempre llegar en el curso de un relativo estancamiento de las hostilidades". Es por eso que, más que la guerra en sí, lo que nos cuenta Reed es la barbarie, el caos y la miseria que ésta produce, a la vez que nos da a conocer cómo la viven los distintos pueblos que la sufren.

En un escenario mediatizado en todo momento por los horrores de la guerra, busca a la gente en cafés, bazares, mercados y habla, regatea, bebe con ella, ya que a pesar de la guerra la vida sigue transcurriendo y es ahí donde mejor puede nutrirse del material humano con que escribir después los artículos sobre la contienda.
Juan Carlos Berrio Zaratiegi
(de la semblanza biográfica de John Reed) 

 Los hechos que jalonan la vida de Reed lo equiparan con los periodistas, escritores y aventureros estadounidenses por antonomasia: Jack London y Hemingway; y si estos dos ya aparecían dibujados por Hugo Pratt en los cómics de mi querido Corto Maltés, el periodista Juan Antonio de Blas también fantaseó en un artículo (aparecido en el álbum Corto Maltés. La juventud, de Hugo Pratt (NORMA Editorial, 2004)) con el encuentro entre Corto Maltés y John Reed.

Jack London en Corto Maltés. La juventud (Norma Ed.)
Hugo Pratt

Hemingway en Bajo la bandera del oro, cómic de Corto Maltés (Norma Ed.)
Hugo Pratt

El cuarto documento que poseemos sobre la juventud de Corto relata un hecho poco conocido de la biografía de su amigo John Reed. En 1910, Corto era segundo oficial en el S.S. Bostonian, un barco destinado al transporte de animales que enlazaba Boston con Liverpool. Durante uno de sus viajes, dos estudiantes norteamericanos, Reed y Pierce, se enrolaron como tripulantes. Debido a la rudeza del trabajo, el segundo desertó, prefiriendo efectuar la travesía en un bardo de línea. Pero su desaparición, que se descubre cuando ya está en alta mar, le vale a John Reed la acusación de homicidio, ya que se encuentran en su camarote pertenencias, papeles y parte del dinero de Pierce. Corto no se fía de las apariencias y decide creer la versión de Reed. Así que, por vía de  navíos más rápidos que el suyo, moviliza a sus amigos en Inglaterra. Cuando Reed comparece delante de la Corte de Manchester para responder del asesinato, Corto introduce en la sala del tribunal al mimo Pierce que, entretanto, se ha encargado de encontrar. Al severo capitán del Bostoniano, la acusación se le torna ridículo, y Reed es puesto en libertad. A Corto, la aventura le vale perder el empleo y ser inscrito en la lista negra de la mafia de los capitanes. Pero gana un amigo. Corto deja de navegar en los barcos yanquis para meterse en el contrabando entre las Antillas y el Brasil.
Juan Antonio de Blas
Retrato del marino adolescente

 Mi madre salió del hospital para volver a entrar a las dos semanas. Y allí sigue. No quiere morirse, ni ninguno de nosotros quiere que lo haga, así que sigue presentando batalla a la enfermedad. Todos estamos pendientes de ella, sobre todo mi hermano mayor, que es médico en el mismo hospital y le revisa a diario los drenajes y el tratamiento, vigilando su evolución. Él aplaca nuestros miedos y los nervios de mi madre, que teme que vuelvan a ingresarla en la UCI o en la UCRI. Mientras tanto, nos turnamos para arroparla, para que no se sienta sola tumbada en esa cama articulada –que ya no sabe en qué postura colocar–, y con ese camisón que no es el suyo. Mi madre cumplió 87 años el pasado día 17, y los celebró en el hospital. Así que todos tenemos la ilusión de que salga pronto y podamos celebrar en condiciones el convite de la comunión de su nieta y su cumpleaños.


Nota: Los textos de color naranja pertenecen a la primera edición de La guerra en Europa oriental, publicada por la editorial Txalaparta en enero de 2006, con la traducción a cargo de Antonio Iori. El libro contiene fotografías en blanco y negro de la contienda y dibujos a tinta y plumilla de Boardman Robinson.

 La editorial Txalaparta también tiene publicadas las otras obras de Reed: México insurgente, Diez días que estremecieron al mundo, Hija de la revolución y Rojos y rojas.



sábado, 22 de mayo de 2021

LOS QUEBRANTAHUESOS: LA MEXICANIDAD DE LOREL MANZANO


Procesión, fotografía de Graciela Iturbide

Nomás leáis tantito os vais a dar cuenta de que estáis ante una gran escritora, en cuya voz retumba el eco de Juan Rulfo. Como ya hice con El llano en llamas, el libro de relatos de Rulfo que leí por el centenario de su nacimiento, releo los cuentos de la mexicana Lorel Manzano conforme los termino para que me calen en los huesos, esos huesos que según la señorita Garbancera del primer relato son más valiosos que la sangre, pues la vida misma reside en ellos.

 Lorel Manzano también ejerce de traductora, y ese buscar exactamente el sentido y el peso de cada palabra transciende forzosamente en su prosa y en su lenguaje, en esos cuentos cortos e intensos donde las palabras y las acciones están sopesadas y medidas al milímetro.

 Los quebrantahuesos, recién publicado en España por la editorial Cicely, es un libro de relatos ambientado en el yermo paisaje del México rural. En pueblos polvorientos abrasados por un sol inclemente. Lugares donde la crueldad y el dolor van de la mano de una sociedad machista con la que las mujeres tienen que lidiar. La impotencia, la frustración, el abuso, el incesto, la orfandad, la justicia, el castigo, la venganza y, sobre todo, la muerte son los temas que imperan en el texto: ocho relatos independientes y un cuento sabiamente fragmentado en siete partes. Suficiente para mostrarnos la realidad delirante de un país que parece ir siempre a la deriva.

Los que viven en la arena, fotografía de Graciela Iturbide

 Quizás para que la inmersión en el país azteca fuese completa, los de Cicely deberían añadirle al libro una fajita promocional que dijese «Leer con una botella de pulque o de mezcal bien fría a mano».

 «Aquí no hay taco, puro trago», le dice con sorna la cantinera a Bulmaro, el milico, en Acá pura matanza, cuando tras cuatro o cinco tragos le pide algo de comer.

Bulmaro la miró rencoroso. Traigo dinero, mucho dinero, dijo. Pu's, órale, cómprese el pueblo, cabrón, respondió ella alegre. Él se tocó la pistola que llevaba en el cincho, pero el súbito rasgueo de un acordeón lo obligó a girarse.

 La bebida y los teporochos (alcohólicos indigentes) discurren por sus páginas. En contraste con ellos, ese hombre que acaricia la barbilla de su mujer antes de salir de casa y que quizás ya no regrese porque alguien lo mató de dos tiros o lo hizo desaparecer. Muertos que, como las mosquitas de la fruta, llevan sus moscas a todas partes sin que las autoridades, por impotencia, incompetencia o connivencia, hagan más que agitar la mano sobre ellas. ¿Cuánta gente desaparecida por los narcos, los milicos o el fuego cruzado en México? ¿Y hasta cuándo?

Cementerio. Fotografía de Graciela Iturbide

Novia muerte. Fotografía de Graciela Iturbe

 El crimen de la señorita Garbancera, trasunto quizás de la muerte, abre el libro con estas líneas:

La noticia corrió antes de clarear la mañana, pero no fue sino hasta el mediodía cuando la gente peregrinó en tropel al cerro del Peñón en busca de la verdad. Decían que las autoridades habían aprovechado el cumpleaños nacional para cometer el crimen: muchos no se enteraron a buena hora porque, o seguían alegando con la boca pastosa de plena borrachera, o dormían despatarrados donde los agarró el vértigo, o se la curaban en los caldos de gallina.

 Avanzado el relato se mencionan dos tiros.

Recordaba a un hombre tendido en el camino. Llevaba tiempo muerto, pero de su cuerpo no brotaban gusanos sino mosquitas de fruta. Sobrevolaban una mezcolanza de mangos con flores violetas que le florecían en el estómago, atravesado por dos tiros.

 Y esas dos balas van a atravesar todos los cuentos, conectándolas sutilmente.

Lorel Manzano. Fotografía: Cicely Editorial

 Lorel Manzano, que ganó con Los quebrantahuesos el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí Amparo Dávila en 2014, posa en la foto de la solapa con la mirada altiva y la mano en actitud sensual, como si fuese una diva de la canción o del cine mexicano de los 50 o los 60 y estuviese a punto de lanzarse a cantar La cama de piedra, cuya letra aparece en el relato que da título al volumen.

Cantando que si de piedra ha de ser la cama, de piedra la cabecera, los huérfanos despiojan a los pequeños con crueles remedios de chile; embellecen los cráneos de las madres con sangre de chinches y cenizas de leña [...].
***
Los Juventinos se miraban, y en los ojos de uno el otro descubría a la madre muerta. Los cuates no supieron qué hacer con la difunta, y mientras calibraban llegaron los gusanos. La arrastraron al solar, luego a la cima del monte. Esperaron a los buitres. No llores, mejor cantemos, dijo el Juventino a su hermana. El día que a mí me maten que sea de cinco balazos y estar cerquita de ti... para morir en tus brazos.

¿Fotografiaría Graciela a los Juventinos sin ella saberlo?
Fotografía de Graciela Iturbide

 El batallón infantil que dirigen los dos huérfanos (los Juventinos) contra los quebrantahuesos (convoyes de hombres armados que van sembrando la muerte y la orfandad por los pueblos), me ha recordado en algún aspecto a la película colombiana Monos, de Alejandro Landes, que disfruté en febrero de 2020 en el cine Albéniz.

Cartel de la película colombiana Monos

 Seguramente el relato de Lorel Manzano daría para otra gran película. ¿Quién sabe? El tiempo lo dirá.

Agárrala macizo, con las dos manos, ordenan los huérfanos mayores, dando el ejemplo con sus fusiles AK-47 a los pequeños que todavía escurren sus lagrimones por el remedio de chile. Los Juventinos, siempre de la mano, pasan revista al entrenamiento frente al portón de la iglesia y, de vez en vez, se trepan a una piedra gorda para observar, a través de las mirillas de las R-15, las siluetas de los quebrantahuesos contra el cielo gris plomizo. Buen augurio.

 Y no quisiera terminar esta reseña sin hablar de la imagen de la portada, Xurave Kwietama, perteneciente al trabajo fotográfico que realizó la profesora de la UNAM, Angélica Jarumi Dávila López, sobre el mito del venado azul en la cultura huichol.

Portada Los quebrantahuesos, de Lorel Manzano
Cicely Editorial

 Estrella se llama la cría que hizo de modelo en la comunidad wixárika de Potrero de la Palmita en Tepic, Nayarit, México, donde Angélica Jarumi Dávila investigaba «sobre cómo la mirada mágica pone en escena al ser, a la vez que este se desvela en el proceso creativo».

El mito del venado azul en la cultura huichol
Fotografía: ©Angélica Jarumi Dávila López
https://jarumiconjotaescena3.blogspot.com/2013/04/

 Si quieren conocer el proyecto de Angélica Jarumi Dávila pueden visitar su blog: Jarumi con J. Tras las huellas del venado azul.

https://jarumiconjotaescena3.blogspot.com/

 Y si quieren saber más sobre Lorel Manzano y su libro, les recomiendo que lean la entrevista que le hizo Pilar Gómez en la revista Librerantes:

«Quisiera apuntar que Los quebrantahuesos surgieron de una realidad muy concreta: el sexenio infame de Felipe Calderón. Que ese hombre gris, "que un triste compadrito sin más virtud que la infatuación del coraje" –palabras más, palabras menos de Borges para su Otálora–, hundiera a México en un grotesco carnaval de la muerte y llegara a jefe supremo del crimen organizado, parecía de antemano imposible. Sería tan largo contar los más de doscientos mil muertos. Niños de una guardería en llamas. Ajusticiamientos extrajudiciales con sus respectivos tiros de gracia. Las matanzas de migrantes centroamericanos. Pueblos devastados…».
***
«Para hacer una suerte de presentación de Los quebrantahuesos, quisiera pedir al lector español que traiga a la mente la imagen del ave, un poco buitre y un poco águila de gran tamaño. Quizá los han visto; ahora se encuentran en conservación en la cordillera Cantábrica y en los Pirineos. Son aves tornasol que habitan las zonas altas del mundo, sobrevolando barrancos y acantilados. Se alimentan de huesos. Así pienso este libro, el cual de algún modo emigró de mi nombre hace tiempo y ahora continúa su vuelo. Señalo esto con un dejo de melancolía, porque esas historias ya no me pertenecen. Ellas tienen un camino, una vida propia».

https://cicelyeditorial.com/entrevista/entrevista-a-lorel-manzano-autora-libro-quebrantahuesos-seleccion-cuentos/

 Por último, quiero dejarles aquí la página de la fotógrafa mexicana Graciela Iturbide, cuyas imágenes me asaltaban durante la lectura, habiendo encontrado una instantánea de Graciela para cada uno de los relatos.

Mercado. Fotografía de Graciela Iturbide

http://www.gracielaiturbide.org/


miércoles, 12 de mayo de 2021

TODOS CON PROTEO


Incendio en la librería Proteo. Fotografía: Pedro Delgado

Desastre, en su primera acepción: 1. m. Desgracia grande, suceso infeliz y lamentable, es la palabra que mejor define lo sucedido en la librería Proteo de Málaga.

 Desde tiempos inmemoriales los desastres han destruido o modificado los lugares que habitamos y amamos, pero uno ve las llamas tras los ventanales en los vídeos de internet, o los efectos del incendio in situ, y siente cómo se le sobrecoge el ánimo.


Incendio en la librería Proteo. Fotografía: Pedro Delgado

 La escritora Lucy Jones, en su libro Desastres. Cómo las grandes catástrofes moldean nuestra historia, de la editorial Capitán Swing, nos brinda la esperanza de que si perseveramos, tras una desgracia, conseguiremos salir adelante. Por eso toda la comunidad de lectores y amigos de Proteo y Prometeo se han puesto manos a la obra para que no desaparezca este lugar que tanto amamos; para que Jesús Otaola (ese hombre bueno sobre todas las cosas), y todos los empleados de ese templo laico recuperen lo antes posible la normalidad.

Fotografía: Facebook Librería Proteo

 Si quieres apoyarlos, compra libros a través de su página web (os los harán llegar a cualquier parte) y participa en las actividades que organicen. También admiten donaciones.

#TodosConProteo
Imagen: Facebook Librería Proteo

Firma de María Dueñas en la puerta de la librería Proteo
Imagen: Facebook Librería Proteo

Gala Solidaria a beneficio de Librería Proteo y Prometeo
Imagen: Facebook Librería Proteo

Firma de Rosa Montero en la puerta de la librería Proteo
Imagen: Facebook Librería Proteo

Firma de Jesús Carrasco en la librería Proteo
Imagen: Facebook Librería Proteo

Frima de Irene Vallejo en la librería Proteo
Imagen: Facebook Librería Proteo

Firma de Antonio Soler en la librería Proteo
Imagen: Facebook Librería Proteo

Nota: Por su 50 aniversario les conté qué significa para mí esta librería, a la que llegué de la mano de mi padre. Pueden leer el artículo clicando en el enlace.

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2019/11/libreria-proteo-prometeo-50-anos-de.html


#TodosConProteo


jueves, 1 de abril de 2021

EL LEOPARDO DE LAS NIEVES O EL ARTE DEL RECECHO


El leopardo de las nieves de Sylvain Tesson (Ed. Taurus)
Fotografía: Lucía Rodríguez

En la fotografía de la solapa, Sylvain Tesson se me antoja de otra época. Agarrado a su pipa parece uno de los tripulantes del Pequod, un buscador de ciudades perdidas en el Amazonas o un minero del Klondike.

Sylvain Tesson

 «París, 1972, aventurero y escritor», se lee bajo su imagen. Lo primero se intuye, y de lo segundo no me queda duda al terminar la lectura de El leopardo de las nieves, su último libro, publicado en estos lares por la editorial Taurus, del grupo Penguin Random House. Tesson tiene una prosa cuidada, elegante, y un humor socarrón que se deja ver en alguna que otra frase; como esa con la que abre la narración:

Como las monitoras tirolesas, el leopardo de las nieves hace el amor en paisajes blancos.

 Sylvain Tesson conoció al fotógrafo de animales Vincent Munier un día de Semana Santa durante la proyección de su película sobre el lobo de Abisinia. Al terminar conversaron, conectaron y se produjo la invitación.

 –Hay un animal en el Tíbet al que persigo desde hace seis años –dijo Munier–. Vive en las mesetas. Se necesitan largos recechos para verlo. Vuelvo este invierno, ven conmigo.
 –¿Cuál es?
 –El leopardo de las nieves –dijo.
 –Creía que había desaparecido –dije.
 –Eso es lo que quiere que creamos.

 Y como nadie puede rechazar acompañar a un artista a su estudio, en 2018 Tesson viajó con Munier al Tíbet en pleno invierno. Los acompañaban Marie, cineasta de animales, y Léo, ayudante de campo de Munier. Allí, el hombre activo e impaciente que es Tesson, tendrá que hacerse especialista en las técnicas del rececho, ese arte «que consiste en camuflarse hasta hacerse invisible a la espera de un animal cuya aparición no se puede dar por descontada».

«Leopardo», un nombre sonoro, elegante. Nada nos aseguraba que encontraríamos uno. El rececho es una apuesta: vas en busca de los animales y te arriesgas al fracaso.

Leopardo de las nieves
Fotografía: Vincent Munier

 Amedrentrados por los cazadores furtivos y la propagación del hombre, el leopardo de las nieves se esconde en valles y montañas a cuatro mil o cinco mil metros de altitud, mimetizado con el paisaje que lo rodea, «un lugar en el que el leopardo podía ser una roca y cada roca un leopardo».

Se había adaptado para poblar lugares inhóspitos y trepar por los despeñaderos. Era el espíritu de la montaña que había bajado de visita a la Tierra, un viejo ocupante al que la rabia humana había relegado a las periferias.

El leopardo de las nieves
Fotografía: Vincent Munier

 En uno de esos valles Sylvain Tesson y sus compañeros ocuparan una choza de adobe a cuatro mil metros de altitud compartiendo el frío escenario –más de 20 grados bajo cero– con otros animales: yaks salvajes, de los que dice Vincent Munier que son los tótems de la vida salvaje –«aparecían en los muros paleolíticos, no han cambiado, parece que resoplan recién salidos de una cueva»–; cabras azules; lobos; martas; perdigallos, cuervos, búhos y gorriones alpinos; buitres, águilas reales y halcones sacres; asnos salvajes, primos de los caballos, que no habían sufrido la indignidad de la domesticación; gacelas; picas, que es el nombre de los perritos de las praderas tibetanos; liebres; linces y zorros que se desvanecen en cuanto los pierdes de vista.

Primera lección: los animales aparecen sin avisar y luego se desvanecen sin remedio. Hay que bendecir su visión efímera, venerarla como una ofrenda.
***
 Munier cantaba. Un lobo contestaba. Munier callaba, el lobo reanudaba. Y de pronto uno de ellos apareció en el collado más alto. Munier cantó por última vez y el lobo galopó por la ladera hacia nuestra posición. Saturado de lecturas medievales –fábulas de Gévaudan y cantares artúricos–, no las tenía todas conmigo al ver un lobo corriendo hacia mí. Me calmé al mirar a Munier. Estaba tan impasible como una azafata de Air France en medio de las turbulencias.
 –Va a parar en seco delante de nosotros –murmuró justo antes de que el lobo se inmovilizara a cincuenta metros.
 Se fue por la tangente y estuvo un buen rato trotando a nivel sin perdernos de vista, con la cabeza vuelta hacia nosotros, alarmando a los yaks. La manada negra, molestada por el lobo, volvió a ponerse en marcha y subió por la ladera. Tragedia de la vida de grupo: no estar nunca tranquilo. El lobo desapareció, nosotros escudriñamos el valle, los yaks alcanzaron la crestería, la noche cayó, no volvimos a verle, se había evaporado.

 Sin separarse de la choza más de diez kilómetros, el grupo realizará a diario batidas por lo alrededores cosechando avistamientos; en un ir y venir que los convertirá en otros habitantes más del paraje, «un desierto mineral que unos movimientos magmáticos habían elevado al cielo».

Leopardo de las nieves. Fotografía: Vincent Munier

En la alta explanada de la vida y la muerte se representaba una tragedia difícil de ver, perfectamente pautada: el sol salía, los animales se perseguían para amarse o devorarse. Los herbívoros pasaban quince horas diarias con la cabeza agachada. Era su maldición: vivir lentamente, dedicados a pacer una hierba pobre pero regalada. Para los carnívoros la vida era más palpitante. Acechaban un alimento escaso en batidas que eran la promesa de una fiesta de sangre y la perspectiva de siestas voluptuosas.
 Todos esos seres morían, y los cadáveres desgarrados por los carboneros salpicaban la meseta. Los esqueletos quemados de ultravioletas no tardaban en reincorporarse al vals biológico. […] Todo pasa, todo fluye, los anos galopan, los lobos los persiguen, los buitres planean: orden, equilibrio, el sol en su cenit. Un silencio aplastante. Una luz sin filtro, pocos hombres. Un sueño.
 […] era el paraíso a -30 ºC. La vida se resumía: nacer, correr, morir, pudrirse, volver a entrar en el juego con otra forma. Yo entendía  por qué los mongoles querían dejar a sus muertos en la estepa para que se descompusieran.

 Además de un canto a la naturaleza y a los animales que la pueblan, el libro encierra bajo su poesía algunas pullas demoledoras contra la ocupación del Tíbet por China, los cazadores, la tecnología y el mundo moderno y avanzado en el que vivimos.

El Gobierno chino había logrado su viejo objetivo de controlar el Tíbet. Pekín ya no se dedicaba a perseguir a los monjes. Para controlar un espacio hay un principio más eficaz que la coerción: el desarrollo humanitario y la ordenación del territorio. El estado central brinda confort, la rebelión se apaga. Si estalla una revuelta las autoridades exclaman: «¿Cómo? ¿Una sublevación? ¿Ahora que construimos escuelas?». Lenin ya había experimentado el método cien años antes con su «electrificación del país». Pekín había optado por esta estrategia desde los años ochenta. […]
 La carretera cruzaba los cursos de agua por puentes nuevos y flamantes. Unas antenas de telefonía coronaban las cimas.
 El poder central multiplicaba las obras. Incluso una línea de ferrocarril tajaba el viejo Tíbet de norte a sur. […] El retrato del presidente chino Xi Jinping se exhibía en los paneles: «¡Queridos amigos –venían a decir los eslóganes– os traigo el progreso, así que calladitos!». Jack London había resumido el estado de cosas en 1902: «El que alimenta a un hombre es su amo».

 El único pero que le pongo al libro es que hayan usado el mismo título del clásico de Peter Matthiessen, pues puede llegar a confundir a los lectores. Una obra que, al menos, menciona Tesson en sus páginas. El neoyorquino, autor también de la novela Jugando en los campos del Señor, lo publicó en 1978, alzándose ese año con el National Book Award. Conservo un ejemplar en mi biblioteca, una cuarta edición reeditada por Siruela en 2005. En la sobrecubierta se puede leer la sinopsis:

En otoño de 1973 el escritor Peter Matthiessen y el zoólogo George Schiller emprenden una expedición a la Montaña de Cristal, en la meseta del Tíbet, para estudiar los hábitos de un animal no muy conocido: el bharal o cordero azul himalayo. Pero su auténtica esperanza es poder ver al más hermoso y raro de los grandes felinos, el leopardo de las nieves.
 Para Matthiessen, adentrarse en la tierra de Dolpo significará mucho más que una expedición naturalista o una aventura: despojarse de las ventajas y las ataduras de la civilización, convivir con hombres y paisajes en su más elemental belleza, adentrarse en él mismo por las vías que le proporcionan el budismo o el zen. «Un hombre sale de viaje y es otro quien regresa». Éste es el sentido del viaje de Matthiessen, y de todo auténtico viaje.

El leopardo de las nieves de Peter Matthiessen (Ed. Siruela)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Pero volvamos al libro de Tesson para cerrar esta reseña, a uno de los muchos subrayados que he trazado en el texto.

Había una diferencia entre la iglesia y la montaña. De rodillas, esperas sin pruebas. La oración se eleva, dirigida a Dios. ¿Te responderá? ¿Existe siquiera? En el rececho conoces lo que esperas. Los animales son dioses ya aparecidos. Nada discute su existencia. Si surge algo, esa será la recompensa. Si no pasa nada levantas el campo, dispuesto a reanudar el rececho al día siguiente. De modo que, si el animal se muestra, es toda una fiesta. Y recibirás a ese compañero de cuya presencia no dudabas, aunque su visita fuese incierta. El rececho es una fe modesta.

 «El rececho era una plegaria».

 Les dejo con la única fotografía que contiene el libro. A ver si son capaces de encontrar al leopardo en la imagen.

Fotografía de Vincent Munier

Nota: Las fotografías de la fauna tibetana tomadas por Vincent Munier en sus numerosos viajes a la meseta están recogidas en el álbum Tibet minéral animal, editado por Kobalann (con poemas de Sylvain Tesson).

Tibet minéral animal (Kobalann)

 Y en España, Errata naturae editores ha publicado el cuaderno de aguardo de Vincent Munier con las fotografías de sus expediciones al Tíbet en busca de tan majestuoso felino.

El leopardo de las nieves o la promesa de lo invisible
Vincent Munier (Errata Naturae)


viernes, 12 de marzo de 2021

EL CAMINO IMPERFECTO DE PEIXOTO


Jaula, souvenir de Luang Prabang (Laos)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Eso que ven en la imagen es una jaula para pájaros. Es tan diminuta porque no está hecha para que viva en ella el pájaro, sino para que éste aguarde allí su liberación. Se venden a las puertas de los templos en muchos lugares del sudeste asiático, y se compran por aquello del karma. La buena acción de abrir la puerta de la jaula y dejar salir al asustado pájaro redundará en nosotros en ésta u otra vida. La que les muestro la cogí en el mirador del templo de Wat Chom Si, construido en la cima de Phousi Hill, en Luang Prabang, Laos; pero similares las vimos en Tailandia, Myanmar y Vietnam (ahora no recuerdo si también en Camboya). En ningún país pude mejorar mi karma a costa de aquellos gorriones, pues cada vez que hacía ademán de comprar uno, mi hijo pequeño me lo impedía. Decía que mi acción a lo único que contribuiría sería a que siguieran capturando y enjaulando a aquellas inocentes e indefensas criaturas. La jaula que ven la recogí de la barandilla del templo, donde alguien la había abandonado tras su "piadosa" acción. Como un souvenir más del viaje. De él fue de lo primero que me acordé al iniciar El camino imperfecto del portugués José Luís Peixoto. Del souvenir y del templo Wat Traimit en el Chinatown de Bangkok, Tailandia, donde Peixoto liberó a uno de esos pájaros.

LOS OJOS DEL PÁJARO eran dos puntos clavados en el negro absoluto, como si existiese una noche enorme por detrás de ellos, como si aquellos pequeños puntos fuesen la única comunicación entre este mundo y esa noche infinita. En el interior de la jaula, el pájaro no sabía cómo huir del miedo: todos sus instintos eran inútiles, su experiencia no le garantizaba lo que iba a suceder.
 Yo sujetaba la jaula con las dos manos, era de madera ligera. Su peso contenía el del propio pájaro: gramos de pánico. A nuestro alrededor todo era mucho más pesado: los bloques de piedra del templo Wat Traimit, muros de piedra, escalones de piedra que llegaban hasta allá arriba, al altar del Buda de Oro, Phra Maha Suwan Phuttha Patimakon, la mayor estatua de oro macizo del mundo, cinco toneladas y media.
 Hasta el aire era pesado –espeso, húmedo, caliente como sopa, como tom yak picante, hierba limón–, hasta el cielo era pesado.
 El humo de incienso subía hacia el cielo, se mezclaba con él, lo tenía. Bangkok entera subía al cielo: avenidas llenas de tráfico, millones de voces. El templo Wat Traimit se sitúa en Chinatown, en el centro de un laberinto. La única salida, me parecía, era el cielo.
 Abrí la puerta de la jaula. El pájaro se encogió durante unos instantes, con miedo del firmamento, conociendo su tamaño mejor que yo. Y, de repente, salió disparado. No dio tiempo para que Makarov le sacase una fotografía.
 A petición mía, Makarov estaba con la máquina preparada para registrar el momento en que soltase el pájaro –libertador vanidoso de pájaros–, pero ese segundo pasó demasiado deprisa. Solo conseguimos levantar la cabeza y verlo desaparecer.
 En el budismo tailandés la idea de Karma dio origen a la idea de hacer méritos. La idea de hacer méritos dio origen a la liberación de pájaros. La liberación de pájaros crea una posibilidad que, más tarde, regresará a su autor.
 Es una lógica perversa cuando se sabe que antes esos pájaros eran libres. Fueron capturados y enjaulados apenas con el propósito de venderlos –cien bahts– y volverlos a liberar.
 Pero en aquel momento yo no pensaba en eso.

 Por esas extrañas conexiones que se dan en las cabezas de los que estamos aburridos, me ha brotado de pronto una frase un tanto presuntuosa que seguramente mañana querré borrar: «Los libros son pájaros enjaulados que hay que liberar». Abres sus tapas y, al leer sus páginas, los liberas. Quizás de ahí venga el nombre de Librerantes, la revista que edita una pequeña –ya llegará a ser grande– distribuidora de libros con un interesante catálogo de editoriales independientes. Recogí su primer número en la librería Proteo, y al hojearla en el autobús, de vuelta a casa, me topé con la portada de El camino imperfecto, de la editorial La Umbría y la Solana. «Un libro de no-ficción en el que José Luís Peixoto cuenta los tres viajes que hizo a Tailandia. Sorprende por lo que cuenta, se aleja de los lugares comunes de aquel país y se detiene en los aspectos menos conocidos de su cultura, de su historia, de su religiosidad, de muchas otras cosas», se leía al lado de aquella espalda tatuada con un enorme dragón.

El camino imperfecto, de José Luís Peixoto
Editorial La Umbría y la Solana

 El por qué, el dónde y el cuándo de esa portada nos lo cuenta Peixoto muy al final.

AHORA RECUERDO INSTANTES QUE SALTAN de unos a otros, como si no hubieran sucedido en una secuencia. Recuerdo fotografías y no una película.
 El día terminaba. Entraba poca luz entre los edificios –casi tocándose en lo alto– de una callejuela del Chinatown de Bangkok. Había unos hombres o chicos en cuclillas, en la puerta de un almacén, comiendo cuencos de sopa y fumando al mismo tiempo. Habían pasado el día descargando camiones llenos de cajas, llevándolas en carretillas a través de un laberinto y guardándolas en el almacén. Estaban desnudos de cintura para arriba, con las camisetas enrolladas y atadas a la cintura. Uno de ellos tenía un tatuaje de un dragón que le cubría la espalda.
 Sin pensar, ignorando la timidez, interrumpí la conversación, la sopa sorbida, el humo exhalado, y pregunté si podía sacarle una fotografía. Él entendió los gestos y se levantó.
 Miré mi máquina y tenía la lente errónea: demasiado cerca. Necesitaba más luz, pensaba, pero usar el flash sería excesivo. Los que habían seguido en cuclillas provocaban al que estaba de pie, decían frases sueltas en chino y se reían. Disparé dos veces.
 Él estaba impaciente, quería acabar con la situación. Cuando se iba a girar le fotografié una vez más. Se giró, le di las gracias, seguí mi camino.
 Después de la primera esquina –pocos pasos–, fui a ver el resultado. Las dos primeras fotografías habían salido mal. La última, sin embargo, la había sacado en el instante exacto en que su cuello tapaba un cartel y, más difícil todavía, en que la luz era perfecta. El movimiento del cuello –su prisa– había creado la posición ideal.
 Mirando todavía la pequeña pantalla de la máquina, recordando lo que ya había escrito y lo que todavía quería escribir, comprendí de inmediato que aquella fotografía sería la portada del libro: este libro.

 De Peixoto había leído Cementerio de pianos, una novela que me encantó y de la que escribí una reseña* en Calle 1, mi blog deportivo, así que quise hacerme con un ejemplar de inmediato. Y esta semana blanca, a pesar del confinamiento, regresé a Tailandia. Esta vez no me acompañaban ni mi hijo pequeño ni mi mujer, sino Peixoto y, a ratos, su amigo Hugo Makarov, el tatuador que lo acompañó en el último de sus viajes a Tailandia y que ha ilustrado seis de las 199 páginas del libro. La verdad es que el tipo de dibujo no me pega con la cuidada edición de La Umbría y la Solana. Sabiendo que Peixoto es el autor de la imagen de la portada, habría preferido que éste hubiese trocado las ilustraciones por algunas de sus fotografías; aunque supongo que la intención del portugués fue mostrarnos qué demonios estaba dibujando Makarov en sus cuadernos de dibujo.

MAKAROV DIBUJABA bajo la luz de los frenos de los coches; tenía el cuaderno abierto en el regazo. Después de poco más de dos semanas en Tailandia, estaba a punto de terminar el primer cuaderno. En otros momentos, en las mesas de los restaurantes, las camareras se asomaban detrás de sus hombros mirando los dibujos; llamaban a sus colegas para que también los viesen y pudiesen admirarse todas juntas.

Ilustración de Hugo Makarov para El camino imperfecto de Peixoto
Fotografía: Lucía Rodríguez

 No es éste un libro de viajes al uso, ni Peixoto nos cuenta a fondo su viaje por el país (hay además una brevísima visita a Laos y 14 páginas dedicadas a Las Vegas), pero el que conozca bien Tailandia, irá de recuerdo en recuerdo, constatando un montón de cosas que observó y aprendió en su visita al antiguo reino de Siam, y el que no lo conozca, arderá en deseos de que todo se normalice para poder viajar a Bangkok y recorrer el país de norte a sur y de este a oeste. A estos, Peixoto les da el mejor de los consejos: evitar cualquier tipo de enfrentamiento. Más en un país en el que el muay thai –boxeo tailandés–, es el deporte nacional.

SUDARAT ME EXPLICÓ QUE LA IRRITACIÓN significa debilidad, la impaciencia significa falta de control. Es muy difícil encontrar un tailandés que levante la voz.
 Las críticas públicas son vergonzosas e insoportables. Hay que prestar atención a detalles menos obvios. Una sonrisa puede significar incomodidad, puede ser una fuga.
 El enfrentamiento abierto debe evitarse al máximo. Unos no lo provocan y, si pasa por accidente, los otros no lo aceptan. Nadie se muestra en desacuerdo con nadie. A primera vista, no existe desacuerdo. Todo es preferible a una disputa.
 Se debe tener cuidado para no plantear preguntas que dejen al otro sin salida. No tener respuesta es una humillación, una pérdida de reputación.
 Como en otros países asiáticos, perder reputación es una deshonra irreversible. Cuidado con el que cae en esa desesperación, porque ya no tiene nada que perder.
***
EN LOS DESCANSOS ENTRE ROUNDS se colocaban unos bancos viejos de madera para los luchadores en rincones opuestos. […] Los luchadores respiraban nerviosos. Mientras el maestro les gritaba en medio de la cara, un hombre sumergía un trapo en un balde de agua y se lo pasaba por los músculos del pecho, por el cuello o por el rostro ensangrentado. Cuando sonaba la campana para recomenzar el combate, los bancos se retiraban a toda prisa. La tina era arrastrada con cuidado para no derramar la mezcla de agua, sangre y sudor.
 Y volvía  a empezar la sarama, música tradicional que se toca sin parar durante los combates de muay thai. […]
[…] Los primeros golpes después de los descansos –puñetazos, rodillazos, patadas– sacudían el agua en los cuerpos de los luchadores: hacían que se deslizase por la piel aceitosa, la proyectaban en chorros. Algunas de estas gotas llegaban a la segunda fila y me golpeaban.
 El estadio Ratchadamnoen estaba lleno de hombres: gradas con miles de hombres. Durante el combate gritaban una maraña de voces, como el rugido de una tempestad. Durante los descansos gritaban todavía más, agitaban los brazos y gesticulaban números con los dedos: apostaban con urgencia.

Combate de Muay Thai en Bangkok (8 Muay Thai Super Champ. Julio 2018)
Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

 Los luchadores eran jóvenes. Después de los rituales, después de honrar a los maestros pasados y presentes, después del entusiasmo de los primeros rounds, el combate se aproximaba a su final cuando las piernas empezaban a temblar, cuando caían con más facilidad. Las últimas patadas y puñetazos eran acompañados por el coro de los asistentes, como si toda la multitud recibiese esos golpes.
 Las patadas eran siempre de espinilla contra espinilla, hueso contra hueso. El árbitro escogía los momentos en los que los separaba, protegía celosamente al que cayese.

 Al transcribirles estos párrafos del texto, me acuerdo de los combates que presencié en Bangkok, organizados por un gimnasio que había al lado del hotel. Nos sentamos en lo alto de una de las gradas desmontables, retirados de las cuerdas del cuadrilátero, pero hasta allí nos dolían los golpes. «Madre mía», decía mi hijo pequeño –en ese momento tenía quince años– cada vez que terminaba un combate y tenían que ayudar a bajar del ring al luchador que había sido derrotado.

Combate de Muay Thai en Bangkok (8 Muay Thai Super Champ. Julio, 2018)
Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

 A Peixoto también lo acompañan, en alguna de sus visitas al país, su mujer y su hijo pequeño. No sé el suyo, pero el mío alucinó con algo tan poco exótico como los pequeños supermercados 7-Elevens, pues aparecían como objetos descargables en el Animal Crossing de la 3DS.

Hay casi nueve mil 7-Elevens en Tailandia, solo unos pocos centenares menos que en todos los Estados Unidos.
 El aire acondicionado de los 7-Elevens de Tailandia está siempre al máximo. Bangkok puede estar hirviendo –las ropas pegadas a la piel por el sudor grueso– pero dentro de un 7-Eleven hace siempre un frío polar, como en Alaska.

 Junto a las impresiones de sus viajes, Peixoto incluye escenas de su pasado, imágenes autobiográficas: recuerdos de su padrino sentado a la puerta de su casa en una silla de camping; de su madre sirviendo un caldo de gallina al calor de la lumbre de una chimenea con los perros tumbados en el suelo esperando cualquier cosa que su padre dejase caer de la mesa; el acoso y las peleas en el colegio; sus hermanas…

 También salpica sus páginas con su visión de los viajes y del turismo, y con las dudas y los miedos que asaltan al escritor que pretende llevar lo vivido, lo viajado, al papel; su proceso de escritura y su pelea por la frase perfecta; el por qué escribe.

 Y todo ello lo sazona con multiples referencias, entre las que se incluyen la novela The Beach, escrita por Alex Garland y adaptada al cine hace veinte años con Leonardo DiCaprio en el papel principal; la taquillera Resacón 2: Ahora en Tailandia; los tatuajes que Angelina Jolie se hizo en Pathum Tani; el tsunami que arrasó los resort turísticos de sus costas el 26 de diciembre de 2004, dejando más de ocho mil víctimas entre desaparecidos y muertos; o ese subgénero de novela negra que se dedica a retratar Bangkok a partir del mundo de los bares y de la prostitución.

 Y cómo no venirme arriba con esa referencia a Bruce Lee, del que tanto les he hablado en mi otro blog*.

LOS CHICOS EXHALABAN BOCANADAS DE HUMO en dirección a la luz del proyector. Las sillas de madera eran incómodas.
 Las imágenes nacían de la mecánica del proyector, atravesaban el humo –chorros furtivos o un cuerpo de humo paralizado en la penumbra del salón de la Sociedad Filarmónica– y chocaban de frente contra la sábana. Yo y todos cambiábamos de posición en las sillas, nos quedábamos colgados de esas imágenes, sobre todo cuando Bruce Lee tenía que dar una lección a alguien que se la merecía, o cuando varios hombres se juntaban para coger a Bruce Lee por sorpresa, o cuando por fin Bruce Lee ajustaba cuentas con todos los que se le habían enfrentado a lo largo de aquellas dos horas.
 Después de esas matinés nos quedábamos inventando golpes de kung fu en la acera, enfrente de la Sociedad. Era siempre sábado y primavera, nadie se hacía daño.

 O a los gatos, cuyas imágenes coleccioné en mi iPad mini 4 durante aquel viaje.

Gato (Bangkok, Tailandia)
Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

EN LAS CALLES DE BANGKOK HAY MILES DE GATOS. En tailandés-inglés se llaman soi cata. Se sabe que hay cerca de trescientos mil son dogs en Bangkok, pero no se sabe exactamente cuántos gatos hay.
 En los rincones de cualquier mercado, en la parte trasera de cualquier restaurante, en las márgenes del río, en los callejones, hay siempre gatos sin dueño. En los templos no faltan gatos de varias generaciones: está prohibido expulsar a cualquier ser vivo de ese espacio.
 Varias razas de gatos tuvieron su origen en Tailandia. Se cree que los siameses vienen de la ciudad real de Ayutthaya.
 Los gatos se estiran en el cemento, cubiertos por todos los ruidos de la ciudad, por la espesura húmeda del calor. Por detrás de sus párpados, se aferran a un lugar más justo.

Aunque el tono crepuscular de la última parte del libro me parece excesivo para un escritor que sólo tenía 42 años en aquel momento, Peixoto cierra de manera espectacular su narración, con un The End que entronca con las primeras líneas del texto.

 Háganme caso. Si quieren sentirse por unas horas como un farang, háganse con un ejemplar de El camino imperfecto.

FARANG ES LA PALABRA QUE LOS TAILANDESES USAN para referirse a los extranjeros occidentales blancos.

 Hace más de cuatrocientos años, los mercaderes portugueses llevaron las primeras guayabas a Tailandia. Entre muchas otras hipótesis, esa es una de las razones probables de que se llame farang a los extranjeros blancos. En tailandés, guayaba se dice farang.
 A veces, entre otros sonidos, es posible distinguir las silabas de la palaba farang. Acompañada por prefijos, sufijos u otras palabras, se usa también como parte de los nombres de productos que llegaron de la mano de los extranjeros blancos: patata se dice man farang; chicle se dice mak farang; cilantro se dice phak chi farang.
 A los turistas occidentales blancos de bajos recursos –sandalias y mochila–, los tailandeses les llaman farang khi nok, que significa literalmente farang-caca-de-pájaro.

Pedro Delgado en Bangkok (20 de julio de 2018)
Fotografía: Lucía Rodríguez

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