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sábado, 30 de noviembre de 2024

LOS DIARIOS DEL OPIO


Los diarios del opio (Editorial Ariel, 2023), de David Jiménez
Fotografía: Pedro Delgado

Ahora que el otoño da sus últimos compases, retomo uno de los libros que leí esta primavera para escribir esta reseña. Se trata de Los diarios del opio, del periodista y escritor David Jiménez, publicado por la editorial Ariel en junio de 2023.

 «Tras las huellas de Orwell, Conrad, Kipling y otros grandes escritores que encontraron la perdición en Oriente» se lee en la portada, invitándonos de inmediato a sumergirnos en sus páginas.

David Jiménez (Barcelona, 1971)
Fotografía: Héctor Vila

 Como en una baraja de cartas infantiles, David Jiménez (Barcelona, 1971) ha emparejado a diez grandes escritores y viajeros con otros tantos países, destinos o lugares que quedaron asociados por distintos motivos a sus nombres.

Índice Los diarios del opio, de David Jiménez
Fotografía: Pedro Delgado

 Igual que sucede con los libros de relatos, uno puede leer este libro en orden o a salto mata atraído por tal o cual emparejamiento. Tras estudiar el índice, empecé por el final, por el único nombre del listado que no conocía: Tiziano Terzani.

El escritor, periodista y viajero Tiziano Terzani

 El escritor y reportero italiano resultó ser el autor de Un adivino me dijo, que según David Jimenez es uno de los mejores libros de viajes publicados sobre el sureste asiático, al que tendré que hacer un hueco en mi biblioteca.

Un adivino me dijo, de Tiziano Terzani

 Terzani, vivió entre 1990 y 1995 en Bangkok, la capital de Tailandia. Su hogar, la Casa de la Tortuga por el animal centenario que vivía en el estanque, era «un oasis de esplendor tropical en la jungla de cemento», una construcción de estilo tradicional tailandés que se convirtió en restaurante a su marcha, «harto de un progreso que detestaba». Hoy día, en el terreno que ocupaba la casa «en una bocacalle de la avenida de Sukhumvit» se levanta un nuevo bloque de apartamentos.

 Pensé en la casa museo de Jim Thompson –que visité en julio de 2018 cuando recalé en la capital de Tailandia para recorrer gran parte del sudeste asiático–, con su estructura de teca, su estilo colonial y los muebles orientales y las obras de arte asiático y antigüedades que le daban vida.

Casa Museo Jim Thompson. Bangkok (Tailandia)
Fotografía: Pedro Delgado

Casa Museo Jim Thompson. Bangkok (Tailandia)
Fotografía: Pedro Delgado

Casa Museo Jim Thompson. Bangkok (Tailandia)
Fotografía: Pedro Delgado

Casa Museo Jim Thompson. Bangkok (Tailandia)
Fotografía: Pedro Delgado

Casa de Jim Thompson en Bangkok (Tailandia)
Fotografía: Pedro Delgado

 La casa y el jardín daban a uno de los canales por el que había llegado en una barca de madera a motor. Perteneció al difunto James HW Thompson (Delaware, 1906), conocido como el Rey de la seda. Como en una novela de Maugham o de Paul Bowles, el empresario estadounidense desapareció misteriosamente en marzo de 1967 durante un viaje por Malasia.

Jim Thompson

 ¿Sobrevivirá para las futuras generaciones la casa de Thompson o le sucederá como a la de nuestro ilustre italiano?

 Terzani describió con desolación la transformación de Bangkok, donde el plan de urbanismo de las últimas décadas se podría resumir en una frase: se aprueban todos los proyectos que supongan un beneficio para la elite del país, incluida la Oficina de Propiedad de la Corona, el entramado a través del cual la familia real tailandesa acumula su fortuna. El escritor italiano desespera al ver cómo los canales de la Venecia de Asia –esas comparaciones, otra vez– son asfaltados e interminables atascos sustituyen a los trayectos en barca; los templos quedan arrinconados por los rascacielos, cada vez más altos; los mercados se desmantelan para hacer sitio a centros comerciales; y los puestos de comida callejera, que ofrecen una cocina inalcanzable para los restaurantes de los hoteles de lujo a un precio irrisorio, son desplazados para hacer sitio a cadenas de cafeterías y hamburgueserías. «Nunca fue bella, pero tenía su encanto», dice Terzani de la ciudad donde fue feliz, en compañía de su mujer y sus dos hijos.
 Hasta que dejó de serlo y se marchó.

 Cuando David Jiménez se mudó a Bangkok en 2004 para trabajar como corresponsal, Terzani acababa de morir en Italia.

Era parte de una generación de reporteros que quedaron marcados por su cobertura de las guerras de Indochina, muchos de ellos réplicas reales del Thomas Fowler de El americano impasible de Greene, con vidas personales complejas y tendencia a dejarse arrastrar por las pasiones ocultas de Oriente. Jim Pringle, otra leyenda de la época con quien entablé amistad al llegar a Tailandia, contaba que en la Camboya de los setenta los reporteros terminaban la jornada en Madame Chantal's, el fumadero de opio más infame del sureste asiático: «Nos quitábamos la ropa y nos poníamos un pareo, y simplemente nos recostábamos y charlábamos. Después de tomar una pipa, la tensión disminuía y el sonido de los bombardeos de los B-52 que oías era más y más débil».

 Tiziano Terzani sufrió un desencuentro con Oriente, aunque más tarde lograría reconciliarse con su querida Asia.

[...] cuanto más se occidentaliza la región, más se orientaliza el escritor; cuanto más materialista se vuelve Asia, más se abraza él al espiritualismo que siente desvanecerse ante sus ojos; y cuanto más caen las gentes del Este en el encantamiento de Hollywood, más da él la espalda al que se supone que es su mundo, el occidental. Empieza a meditar. Se desprende de lo material. Indaga en las supersticiones orientales, enfrentándolas a la razón de su cultura europea. Y mientras todos a su alrededor aceleran, en busca de más, más y más, él frena. Cuando se acerca el año 1993, recuerda lo que un adivino le dijo quince años antes en Hong Kong: «¡Cuidado! Corres un gran peligro de morir en 1993. No puedes volar ese año. No vueles, ni siquiera una vez».

 Las palabras de aquel adivino, que dio título a uno de sus libros, le animan a tomarse las cosas con calma y les vende a los editores de Der Spiegel las ventajas de un periodismo cocinado a fuego lento. Es así como Terzani recorre la inmensidad de Asia solo por tierra y mar sin tomar un solo avión.

 Redescubre su inmensidad inabarcable; vuelve a conectar con su calidez; encuentra personas y conversaciones fascinantes que nunca habría tenido en los aviones; y recobra la pasión por descubrir. Contempla las estrellas mientras surca los mares en barcos de madera, se empapa de humanidad en las estaciones de trenes y en los puertos, deja atrás la ansiedad de llegar cuanto antes y se siente dueño del tiempo y el silencio, esos grandes compañeros del viajero.

 Además, el vaticinio del adivino se vuelve certero, y en ese 1993 se estrella en Camboya un helicóptero de la ONU con periodistas, en un vuelo en el que habría estado de no haber hecho caso a aquel augurio.

En su año sin vuelos, Terzani busca regresar a Italia en el que será su viaje más largo, con paradas en Vietnam, China, Mongolia, Siberia y más allá. Siente la anticipación del viajero necesitado de su droga. Solo de imaginarse en la carretera, libre de compromisos, sin que nadie lo espere en ninguna parte, citado solo con la incertidumbre, un hormigueo recorre su estómago. ¿No es eso el viaje, una huida de todos y de uno mismo?

 En la historia de Tiziano Terzani, como en las de los otros autores que aparecen en el libro, David Jiménez intercala anécdotas propias que vivió al visitar esos escenarios y, dando saltos entre el pasado y el presente, nos muestra las complejidades sociales, políticas, culturales e históricas de cada región. A su vez, con la lectura, afloran en mi cabeza las aventuras que yo también viví en algunos de esos lugares, libre de compromisos, citado solo con la incertidumbre, como dice el texto anterior.

¿Quién conoce mejor una flor ? ¿Quien lee sobre ella en un libro o quien la encuentra salvaje en la montaña?
Alexandra David-Néel

Pedro Delgado en el monasterio de Bagaya en Inwa
(Ava para los británicos). Myanmar (antigua Birmania)
Fotografía: Pedro Delgado hijo (agosto de 2018)

 El opio es el nexo de unión de todos los autores que aparecen en el libro, y en el caso de Terzani no podía ser menos.

Pero antes de abandonar Vietnam, se adentra en la noche oriental de los mil secretos y, arrastrado por las tentaciones que pierden al hombre blanco en sus viajes por el Este, pide a un conductor de rickshaw de Hanói que lo lleve a un fumadero de opio. ¿También tú, Tiziano? Encuentra lo que busca entre una maraña de casas desconchadas del centro, entra en una habitación con las paredes revestidas de bambú y enseguida reconoce el aire con sabor dulce y embriagador de la adormidera. Esparcidos por el suelo, jóvenes recostados y apoyados en almohadas de madera aspiran el elixir de Oriente. Se hace un sitio entre ellos, a la espera de que llegue su turno y la madame le entregue la pipa que lo hace levitar sobre todas las decepciones, borrar las fealdades que ha ido encontrando en el camino e imaginar que las cosas son como él querría.

 Leí cada capítulo del libro en la sala de espera del centro de rehabilitación al que llevo a mi padre. Y al salir de allí, camino de vuelta a casa, le desgranaba las anécdotas sobre los autores que acababa de leer, a los que él, salvo a Terzani, también conocía. Y junto a ellas, le contaba mis experiencias en Birmania, Laos, Vietnam, Tailandia, Camboya o India.

 El día que le comenté el apartado dedicado a Somerset Maugham e Indochina, salí de su casa con uno de los volúmenes de las obras completas del británico, una quinta edición de octubre de 1971, una de esas joyas en papel biblia y encuadernada en piel de la editorial Plaza & Janés. Un regalo que puse en un lugar bien visible en mi biblioteca. Del autor británico yo había leído algunos relatos, y me había hipnotizado la adaptación al cine de El velo pintado (John Curran, 2006).

 Ahora, en aquel tercer tomo, tenía al alcance de la mano El agente secreto, Rosie (Cake and ale), El paso del hombre (The narrow corner), La otra comedia (Theatre) y La imperfecta casada (Up at the villa).

Obras completas (tomo III) de W. Somerset Maugham (Plaza & Janés, 1971)
Fotografía: Pedro Delgado

 Por supuesto que no es una crítica a David Jiménez, pero he de decir que echamos de menos en su selección a Jack London y a Robert Louis Stevenson –el primero fue traficante de opio y el segundo, al que no le resultaba ajeno, habló de su contrabando en Los traficantes de naufragios–, London unido a Alaska y Stevenson a las islas de los Mares del Sur. Y una fotografía o un dibujo –o incluso un sello– de cada uno de los autores. Lo primero, daría para otro libro junto a otros descartes del autor. Y lo segundo, seguro que se podría añadir cuando se reedite la obra.

Kipling visto por Mikel Casal

 Más dejemos mi impertinencia a un lado y volvamos a los otros escritores que ha querido destacar muy justamente el autor: William Somerset Maugham, Joseph Conrad, Rudyard Kipling, George Orwell, Alexandra David-Néll, Martha Gellhorn, Graham Greene, Manu Leguineche y Nicolas Bouvier.

Protagonistas de Los diarios del opio, de David Jiménez
Montaje: Pedro Delgado

 Dice David Jiménez, en algún punto del libro, que «las verdaderas leyendas dejan que otros agranden su nombre», y eso es lo que ha hecho él, en su justa medida, con todos estos mitos de la literatura y el periodismo.

 A través de todos ellos, hechizados por la magia de Oriente, David Jiménez trata de descubrir cuál es el secreto oculto que ha empujado a viajeros, exploradores, reporteros y escritores hasta el Este desde tiempos de Marco Polo. ¿Lo desentrañará?

El misterioso Oriente estaba ante mí, perfumado como una flor, silencioso como la muerte, sombrío como un sepulcro.
Joseph Conrad

viernes, 12 de marzo de 2021

EL CAMINO IMPERFECTO DE PEIXOTO


Jaula, souvenir de Luang Prabang (Laos)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Eso que ven en la imagen es una jaula para pájaros. Es tan diminuta porque no está hecha para que viva en ella el pájaro, sino para que éste aguarde allí su liberación. Se venden a las puertas de los templos en muchos lugares del sudeste asiático, y se compran por aquello del karma. La buena acción de abrir la puerta de la jaula y dejar salir al asustado pájaro redundará en nosotros en ésta u otra vida. La que les muestro la cogí en el mirador del templo de Wat Chom Si, construido en la cima de Phousi Hill, en Luang Prabang, Laos; pero similares las vimos en Tailandia, Myanmar y Vietnam (ahora no recuerdo si también en Camboya). En ningún país pude mejorar mi karma a costa de aquellos gorriones, pues cada vez que hacía ademán de comprar uno, mi hijo pequeño me lo impedía. Decía que mi acción a lo único que contribuiría sería a que siguieran capturando y enjaulando a aquellas inocentes e indefensas criaturas. La jaula que ven la recogí de la barandilla del templo, donde alguien la había abandonado tras su "piadosa" acción. Como un souvenir más del viaje. De él fue de lo primero que me acordé al iniciar El camino imperfecto del portugués José Luís Peixoto. Del souvenir y del templo Wat Traimit en el Chinatown de Bangkok, Tailandia, donde Peixoto liberó a uno de esos pájaros.

LOS OJOS DEL PÁJARO eran dos puntos clavados en el negro absoluto, como si existiese una noche enorme por detrás de ellos, como si aquellos pequeños puntos fuesen la única comunicación entre este mundo y esa noche infinita. En el interior de la jaula, el pájaro no sabía cómo huir del miedo: todos sus instintos eran inútiles, su experiencia no le garantizaba lo que iba a suceder.
 Yo sujetaba la jaula con las dos manos, era de madera ligera. Su peso contenía el del propio pájaro: gramos de pánico. A nuestro alrededor todo era mucho más pesado: los bloques de piedra del templo Wat Traimit, muros de piedra, escalones de piedra que llegaban hasta allá arriba, al altar del Buda de Oro, Phra Maha Suwan Phuttha Patimakon, la mayor estatua de oro macizo del mundo, cinco toneladas y media.
 Hasta el aire era pesado –espeso, húmedo, caliente como sopa, como tom yak picante, hierba limón–, hasta el cielo era pesado.
 El humo de incienso subía hacia el cielo, se mezclaba con él, lo tenía. Bangkok entera subía al cielo: avenidas llenas de tráfico, millones de voces. El templo Wat Traimit se sitúa en Chinatown, en el centro de un laberinto. La única salida, me parecía, era el cielo.
 Abrí la puerta de la jaula. El pájaro se encogió durante unos instantes, con miedo del firmamento, conociendo su tamaño mejor que yo. Y, de repente, salió disparado. No dio tiempo para que Makarov le sacase una fotografía.
 A petición mía, Makarov estaba con la máquina preparada para registrar el momento en que soltase el pájaro –libertador vanidoso de pájaros–, pero ese segundo pasó demasiado deprisa. Solo conseguimos levantar la cabeza y verlo desaparecer.
 En el budismo tailandés la idea de Karma dio origen a la idea de hacer méritos. La idea de hacer méritos dio origen a la liberación de pájaros. La liberación de pájaros crea una posibilidad que, más tarde, regresará a su autor.
 Es una lógica perversa cuando se sabe que antes esos pájaros eran libres. Fueron capturados y enjaulados apenas con el propósito de venderlos –cien bahts– y volverlos a liberar.
 Pero en aquel momento yo no pensaba en eso.

 Por esas extrañas conexiones que se dan en las cabezas de los que estamos aburridos, me ha brotado de pronto una frase un tanto presuntuosa que seguramente mañana querré borrar: «Los libros son pájaros enjaulados que hay que liberar». Abres sus tapas y, al leer sus páginas, los liberas. Quizás de ahí venga el nombre de Librerantes, la revista que edita una pequeña –ya llegará a ser grande– distribuidora de libros con un interesante catálogo de editoriales independientes. Recogí su primer número en la librería Proteo, y al hojearla en el autobús, de vuelta a casa, me topé con la portada de El camino imperfecto, de la editorial La Umbría y la Solana. «Un libro de no-ficción en el que José Luís Peixoto cuenta los tres viajes que hizo a Tailandia. Sorprende por lo que cuenta, se aleja de los lugares comunes de aquel país y se detiene en los aspectos menos conocidos de su cultura, de su historia, de su religiosidad, de muchas otras cosas», se leía al lado de aquella espalda tatuada con un enorme dragón.

El camino imperfecto, de José Luís Peixoto
Editorial La Umbría y la Solana

 El por qué, el dónde y el cuándo de esa portada nos lo cuenta Peixoto muy al final.

AHORA RECUERDO INSTANTES QUE SALTAN de unos a otros, como si no hubieran sucedido en una secuencia. Recuerdo fotografías y no una película.
 El día terminaba. Entraba poca luz entre los edificios –casi tocándose en lo alto– de una callejuela del Chinatown de Bangkok. Había unos hombres o chicos en cuclillas, en la puerta de un almacén, comiendo cuencos de sopa y fumando al mismo tiempo. Habían pasado el día descargando camiones llenos de cajas, llevándolas en carretillas a través de un laberinto y guardándolas en el almacén. Estaban desnudos de cintura para arriba, con las camisetas enrolladas y atadas a la cintura. Uno de ellos tenía un tatuaje de un dragón que le cubría la espalda.
 Sin pensar, ignorando la timidez, interrumpí la conversación, la sopa sorbida, el humo exhalado, y pregunté si podía sacarle una fotografía. Él entendió los gestos y se levantó.
 Miré mi máquina y tenía la lente errónea: demasiado cerca. Necesitaba más luz, pensaba, pero usar el flash sería excesivo. Los que habían seguido en cuclillas provocaban al que estaba de pie, decían frases sueltas en chino y se reían. Disparé dos veces.
 Él estaba impaciente, quería acabar con la situación. Cuando se iba a girar le fotografié una vez más. Se giró, le di las gracias, seguí mi camino.
 Después de la primera esquina –pocos pasos–, fui a ver el resultado. Las dos primeras fotografías habían salido mal. La última, sin embargo, la había sacado en el instante exacto en que su cuello tapaba un cartel y, más difícil todavía, en que la luz era perfecta. El movimiento del cuello –su prisa– había creado la posición ideal.
 Mirando todavía la pequeña pantalla de la máquina, recordando lo que ya había escrito y lo que todavía quería escribir, comprendí de inmediato que aquella fotografía sería la portada del libro: este libro.

 De Peixoto había leído Cementerio de pianos, una novela que me encantó y de la que escribí una reseña* en Calle 1, mi blog deportivo, así que quise hacerme con un ejemplar de inmediato. Y esta semana blanca, a pesar del confinamiento, regresé a Tailandia. Esta vez no me acompañaban ni mi hijo pequeño ni mi mujer, sino Peixoto y, a ratos, su amigo Hugo Makarov, el tatuador que lo acompañó en el último de sus viajes a Tailandia y que ha ilustrado seis de las 199 páginas del libro. La verdad es que el tipo de dibujo no me pega con la cuidada edición de La Umbría y la Solana. Sabiendo que Peixoto es el autor de la imagen de la portada, habría preferido que éste hubiese trocado las ilustraciones por algunas de sus fotografías; aunque supongo que la intención del portugués fue mostrarnos qué demonios estaba dibujando Makarov en sus cuadernos de dibujo.

MAKAROV DIBUJABA bajo la luz de los frenos de los coches; tenía el cuaderno abierto en el regazo. Después de poco más de dos semanas en Tailandia, estaba a punto de terminar el primer cuaderno. En otros momentos, en las mesas de los restaurantes, las camareras se asomaban detrás de sus hombros mirando los dibujos; llamaban a sus colegas para que también los viesen y pudiesen admirarse todas juntas.

Ilustración de Hugo Makarov para El camino imperfecto de Peixoto
Fotografía: Lucía Rodríguez

 No es éste un libro de viajes al uso, ni Peixoto nos cuenta a fondo su viaje por el país (hay además una brevísima visita a Laos y 14 páginas dedicadas a Las Vegas), pero el que conozca bien Tailandia, irá de recuerdo en recuerdo, constatando un montón de cosas que observó y aprendió en su visita al antiguo reino de Siam, y el que no lo conozca, arderá en deseos de que todo se normalice para poder viajar a Bangkok y recorrer el país de norte a sur y de este a oeste. A estos, Peixoto les da el mejor de los consejos: evitar cualquier tipo de enfrentamiento. Más en un país en el que el muay thai –boxeo tailandés–, es el deporte nacional.

SUDARAT ME EXPLICÓ QUE LA IRRITACIÓN significa debilidad, la impaciencia significa falta de control. Es muy difícil encontrar un tailandés que levante la voz.
 Las críticas públicas son vergonzosas e insoportables. Hay que prestar atención a detalles menos obvios. Una sonrisa puede significar incomodidad, puede ser una fuga.
 El enfrentamiento abierto debe evitarse al máximo. Unos no lo provocan y, si pasa por accidente, los otros no lo aceptan. Nadie se muestra en desacuerdo con nadie. A primera vista, no existe desacuerdo. Todo es preferible a una disputa.
 Se debe tener cuidado para no plantear preguntas que dejen al otro sin salida. No tener respuesta es una humillación, una pérdida de reputación.
 Como en otros países asiáticos, perder reputación es una deshonra irreversible. Cuidado con el que cae en esa desesperación, porque ya no tiene nada que perder.
***
EN LOS DESCANSOS ENTRE ROUNDS se colocaban unos bancos viejos de madera para los luchadores en rincones opuestos. […] Los luchadores respiraban nerviosos. Mientras el maestro les gritaba en medio de la cara, un hombre sumergía un trapo en un balde de agua y se lo pasaba por los músculos del pecho, por el cuello o por el rostro ensangrentado. Cuando sonaba la campana para recomenzar el combate, los bancos se retiraban a toda prisa. La tina era arrastrada con cuidado para no derramar la mezcla de agua, sangre y sudor.
 Y volvía  a empezar la sarama, música tradicional que se toca sin parar durante los combates de muay thai. […]
[…] Los primeros golpes después de los descansos –puñetazos, rodillazos, patadas– sacudían el agua en los cuerpos de los luchadores: hacían que se deslizase por la piel aceitosa, la proyectaban en chorros. Algunas de estas gotas llegaban a la segunda fila y me golpeaban.
 El estadio Ratchadamnoen estaba lleno de hombres: gradas con miles de hombres. Durante el combate gritaban una maraña de voces, como el rugido de una tempestad. Durante los descansos gritaban todavía más, agitaban los brazos y gesticulaban números con los dedos: apostaban con urgencia.

Combate de Muay Thai en Bangkok (8 Muay Thai Super Champ. Julio 2018)
Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

 Los luchadores eran jóvenes. Después de los rituales, después de honrar a los maestros pasados y presentes, después del entusiasmo de los primeros rounds, el combate se aproximaba a su final cuando las piernas empezaban a temblar, cuando caían con más facilidad. Las últimas patadas y puñetazos eran acompañados por el coro de los asistentes, como si toda la multitud recibiese esos golpes.
 Las patadas eran siempre de espinilla contra espinilla, hueso contra hueso. El árbitro escogía los momentos en los que los separaba, protegía celosamente al que cayese.

 Al transcribirles estos párrafos del texto, me acuerdo de los combates que presencié en Bangkok, organizados por un gimnasio que había al lado del hotel. Nos sentamos en lo alto de una de las gradas desmontables, retirados de las cuerdas del cuadrilátero, pero hasta allí nos dolían los golpes. «Madre mía», decía mi hijo pequeño –en ese momento tenía quince años– cada vez que terminaba un combate y tenían que ayudar a bajar del ring al luchador que había sido derrotado.

Combate de Muay Thai en Bangkok (8 Muay Thai Super Champ. Julio, 2018)
Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

 A Peixoto también lo acompañan, en alguna de sus visitas al país, su mujer y su hijo pequeño. No sé el suyo, pero el mío alucinó con algo tan poco exótico como los pequeños supermercados 7-Elevens, pues aparecían como objetos descargables en el Animal Crossing de la 3DS.

Hay casi nueve mil 7-Elevens en Tailandia, solo unos pocos centenares menos que en todos los Estados Unidos.
 El aire acondicionado de los 7-Elevens de Tailandia está siempre al máximo. Bangkok puede estar hirviendo –las ropas pegadas a la piel por el sudor grueso– pero dentro de un 7-Eleven hace siempre un frío polar, como en Alaska.

 Junto a las impresiones de sus viajes, Peixoto incluye escenas de su pasado, imágenes autobiográficas: recuerdos de su padrino sentado a la puerta de su casa en una silla de camping; de su madre sirviendo un caldo de gallina al calor de la lumbre de una chimenea con los perros tumbados en el suelo esperando cualquier cosa que su padre dejase caer de la mesa; el acoso y las peleas en el colegio; sus hermanas…

 También salpica sus páginas con su visión de los viajes y del turismo, y con las dudas y los miedos que asaltan al escritor que pretende llevar lo vivido, lo viajado, al papel; su proceso de escritura y su pelea por la frase perfecta; el por qué escribe.

 Y todo ello lo sazona con multiples referencias, entre las que se incluyen la novela The Beach, escrita por Alex Garland y adaptada al cine hace veinte años con Leonardo DiCaprio en el papel principal; la taquillera Resacón 2: Ahora en Tailandia; los tatuajes que Angelina Jolie se hizo en Pathum Tani; el tsunami que arrasó los resort turísticos de sus costas el 26 de diciembre de 2004, dejando más de ocho mil víctimas entre desaparecidos y muertos; o ese subgénero de novela negra que se dedica a retratar Bangkok a partir del mundo de los bares y de la prostitución.

 Y cómo no venirme arriba con esa referencia a Bruce Lee, del que tanto les he hablado en mi otro blog*.

LOS CHICOS EXHALABAN BOCANADAS DE HUMO en dirección a la luz del proyector. Las sillas de madera eran incómodas.
 Las imágenes nacían de la mecánica del proyector, atravesaban el humo –chorros furtivos o un cuerpo de humo paralizado en la penumbra del salón de la Sociedad Filarmónica– y chocaban de frente contra la sábana. Yo y todos cambiábamos de posición en las sillas, nos quedábamos colgados de esas imágenes, sobre todo cuando Bruce Lee tenía que dar una lección a alguien que se la merecía, o cuando varios hombres se juntaban para coger a Bruce Lee por sorpresa, o cuando por fin Bruce Lee ajustaba cuentas con todos los que se le habían enfrentado a lo largo de aquellas dos horas.
 Después de esas matinés nos quedábamos inventando golpes de kung fu en la acera, enfrente de la Sociedad. Era siempre sábado y primavera, nadie se hacía daño.

 O a los gatos, cuyas imágenes coleccioné en mi iPad mini 4 durante aquel viaje.

Gato (Bangkok, Tailandia)
Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

EN LAS CALLES DE BANGKOK HAY MILES DE GATOS. En tailandés-inglés se llaman soi cata. Se sabe que hay cerca de trescientos mil son dogs en Bangkok, pero no se sabe exactamente cuántos gatos hay.
 En los rincones de cualquier mercado, en la parte trasera de cualquier restaurante, en las márgenes del río, en los callejones, hay siempre gatos sin dueño. En los templos no faltan gatos de varias generaciones: está prohibido expulsar a cualquier ser vivo de ese espacio.
 Varias razas de gatos tuvieron su origen en Tailandia. Se cree que los siameses vienen de la ciudad real de Ayutthaya.
 Los gatos se estiran en el cemento, cubiertos por todos los ruidos de la ciudad, por la espesura húmeda del calor. Por detrás de sus párpados, se aferran a un lugar más justo.

Aunque el tono crepuscular de la última parte del libro me parece excesivo para un escritor que sólo tenía 42 años en aquel momento, Peixoto cierra de manera espectacular su narración, con un The End que entronca con las primeras líneas del texto.

 Háganme caso. Si quieren sentirse por unas horas como un farang, háganse con un ejemplar de El camino imperfecto.

FARANG ES LA PALABRA QUE LOS TAILANDESES USAN para referirse a los extranjeros occidentales blancos.

 Hace más de cuatrocientos años, los mercaderes portugueses llevaron las primeras guayabas a Tailandia. Entre muchas otras hipótesis, esa es una de las razones probables de que se llame farang a los extranjeros blancos. En tailandés, guayaba se dice farang.
 A veces, entre otros sonidos, es posible distinguir las silabas de la palaba farang. Acompañada por prefijos, sufijos u otras palabras, se usa también como parte de los nombres de productos que llegaron de la mano de los extranjeros blancos: patata se dice man farang; chicle se dice mak farang; cilantro se dice phak chi farang.
 A los turistas occidentales blancos de bajos recursos –sandalias y mochila–, los tailandeses les llaman farang khi nok, que significa literalmente farang-caca-de-pájaro.

Pedro Delgado en Bangkok (20 de julio de 2018)
Fotografía: Lucía Rodríguez

*https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2014/03/cementerio-de-pianos.html

*https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2020/06/bruce-lee-una-vida.html

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2020/10/be-water-my-friend-los-metodos-de.html

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