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miércoles, 30 de noviembre de 2022

EL AZAR COMO BIBLIOTECARIO: LOS CUENTOS DE HUMOR Y DE HORROR DE HECTOR HUGH MUNRO (SAKI)


El azar como bibliotecario: los cuentos de Saki
Fotografía: Lucía Rodríguez

Hace mucho tiempo leí un artículo de Antonio Muñoz Molina en el que hablaba de cómo el azar podía cambiar el rumbo de nuestras lecturas, actuando contra lo que se lleva en ese momento. «El azar es un eficiente bibliotecario ciego», decía.

 A mí, de cuando en cuando, también me regala algunas lecturas sorprendentes a las que nunca habría llegado a través de las mesas y los escaparates de novedades de las librerías.

 Para facilitarle al azar su trabajo, hay que curiosear en los puestos callejeros y en los estantes de las librerías de segunda mano. Muchas veces, uno sale de ellas sin haberse cobrado una pieza, con las yemas de los dedos ennegrecidas por el polvo y la esperanza puesta en otra visita; pero en otras ocasiones, uno halla ese libro que no sabía que buscaba. Incluso verdaderas joyas, como los dos tomos a precio regalado de Historia de mi vida, de Giacomo Casanova (Ed. Atalanta), de los que ya les hablé en otra entrada.

 Este verano encontré una antología de relatos de Saki en Re-Read. La verdad es que no sabía quién era Hector Hugh Munro, alias Saki, pero el título (Cuentos de humor y de horror), el prestigio de la editorial (Anagrama) y el texto de la contra me hicieron retenerlo en las manos. Además, la cubierta, el lomo y las esquinas estaban impecables, como recién salido de imprenta.

Cuentos de humor y de horror, de Hector Hugh Munro, alias "Saki"
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Como decía Muñoz Molina en su artículo, «el azar no se equivoca nunca», y Saki, con esos cuentos cortos, de entre 4 y 10 páginas, me ha acompañado estos meses de estío. Los he leído a sorbos, como un buen whisky, espaciando los relatos para que me durase más tiempo el libro.

 Las historias de Saki, hiladas con perfección, ingenio y delicadeza, contienen una carga explosiva que estalla en sus últimas líneas. Son filigranas empapadas de humor negro e ironía, con finales sorpresivos. De los 20 cuentos destacaría, en orden de aparición, La reticencia de Lady Anne, Gabriel-Ernest, Esmé, Sredni Vashtar, La paz de Mowsle Barton y La penitencia, pero salvo algún que otro relato, tres o cuatro, todos están a un nivel alto, siendo cierto eso que decía Tom Sharpe: «Si empiezas un relato de Saki, lo terminarás. Cuando lo hayas terminado querrás empezar otro, y cuando los hayas leído todos nunca los olvidarás. Se convertirán en una adicción, porque son mucho más que divertidos».

Hector Hugh Munro (Saki)
Fotografía: E. O. Hoppé

 En Cura de agitación, aparece Marruecos en uno de sus diálogos:

–Lo que ustedes necesitan –dijo el amigo– es una cura de agitación.
–¿Una cura de agitación? Nunca he oído hablar de semejante cosa.
–Habrá oído usted hablar de curas de reposo, que se prescriben a las personas aquejadas de una vida en extremo preocupada y tensa. Bien, usted adolece de exceso de tranquilidad y placidez y necesita, por lo tanto, el tratamiento opuesto.
–Pero ¿dónde se dispensa un tratamiento semejante?
–Bien, podría usted presentarse como candidato orangista en el distrito irlandés de Kilkenny, o trabajar como visitador social en uno de los barrios apaches de París, o pronunciar una conferencia en Berlín para demostrar que la mayor parte de la música de Wagner fue compuesta por Gambetta; y siempre queda el recurso de viajar por el interior de Marruecos.

 Al finalizar el libro, que está traducido por Rubén Massera, recordé que había leído un relato de Saki en Viajeros, la antología de Marta Salís para la editorial Alba: sesenta y seis relatos que cubren un arco temporal de casi tres siglos de tradición viajera reunidos en un volumen que ya reseñé a principios de año.

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2022/01/viajeros-de-jonathan-swift-alan.html

 Se trataba de La docena del fraile, una sátira de la sociedad colonial británica escrita en forma de escena teatral, «una parodia de una de las constantes del género de viajes: el encuentro casual».

 En la breve semblanza que escribió Marta Salís de cada uno de los autores seleccionados, nos dice lo siguiente sobre Saki:

Hector Hugh Munro (1870-1916), más conocido por el seudónimo de Saki, nació en Akyab, Birmania, antigua colonia británica y actual Myanmar, en 1870. Tras la muerte de su madre, cuando apenas tenía dos años, fue enviado con sus hermanos a casa de su abuela en North Devon (Inglaterra), donde se crió al cuidado de dos tías solteronas, ignorantes y crueles, que dejaron una profunda huella en su carácter y le hicieron aborrecer el mundo de los adultos. La tradición familiar le empujó a alistarse en la policía militar de Birmania, pero un ataque de malaria le obligó a volver a Inglaterra, donde empezó a escribir artículos de prensa. Fue corresponsal de The Morning Post en los Balcanes, Rusia, Polonia y Francia. Macabro, ácido y divertido, Saki cultivó la sátira social. Entre sus obras destacan los volúmenes de cuentos, ejemplos de brevedad y eficacia, The Chronicles of Clovis (1912) y Beast and Super-Beats (1914). Discípulo de Oscar Wilde, Lewis Carroll y Rudyard Kipling, tendría gran influencia en P. G. Wodehouse. Su estilo se ha comparado con frecuencia al de O. Henry y Dorothy Parker. Al estallar la Primera Guerra Mundial se alistó como voluntario en la Compañía de Fusileros Reales y murió en combate cerca de Beaumont-Hamel (Francia), en 1916.

Hector Hugh Munro (Saki)
Foto: Imperial War Museums

 Me fijo en esto último, y entonces releo lo que cuenta Graham Greene en la contraportada de Cuentos de humor y de horror:

[...] en la madrugada del 13 de noviembre de 1916, en un cráter de obús cerca de Beaumont-Hamel, se oyó gritar al sargento Munro: «Apagad ese maldito cigarrillo.» Éstas fueron sus últimas palabras; inmediatamente después, una bala le atravesó el cráneo.

 Durante unos minutos me quedo perdido en la melancolía de esas trincheras y esos campos plagados de socavones provocados por los obuses, donde se dejaron la vida más de 600.000 soldados británicos, y luego pienso que los últimos segundos de Hector Hugh Munro fueron como el cierre de sus relatos, ese final sorpresa marca de la casa que hoy, más de cien años después, me produce un escalofrío, más grande aún por el hecho de que hace siete años visité esos campos de batalla en compañía de mi hijo Pedro.

Trincheras del Somme, Beaumont-Hamel (Francia)
31 de julio de 2015. Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

Cementerio del Somme, Beaumont-Hamel (Francia)
31 de julio de 2015. Fotografía: © Pedro Delgado Fernández

 Allí podíamos sentir a cada paso la poderosa presencia de aquellos valientes. Que la tierra les sea leve.


martes, 27 de julio de 2021

DE MI MADRE Y LA MÁQUINA DEL TIEMPO DE JOHN REED


La guerra en Europa oriental, de John Reed (Editorial Txalaparta)
Fotografía: Lucía Rodríguez

El 22 de mayo de este año mi madre ingresó en el hospital Carlos de Haya por una pancreatitis, y lo que parecía iba a ser una breve estancia se alargó hasta un mes, pasando por la UCI y la UCRI.

 Durante esos días, en las horas largas y llenas de incertidumbre en las que mi madre se entregaba al sueño, y los ruidos de la calle y las sirenas de las ambulancias llegaban amortiguados, yo abría un libro para despejarme: La guerra en Europa oriental, de John Reed (Editorial Txalaparta, 2006), del que ya había leído México insurgente.

 Al final de la semblanza biográfica del estadounidense, que precede al texto, unos versos del propio Reed me estremecieron:

«Así viene la muerte, yo lo sé: suave como la nieve y con gentil frialdad».

 El mismo día en que mi madre entró al hospital se murió uno de sus dos canarios, una hembra que tenía algún tipo de parálisis en las patas, así que todos le callamos la noticia, no fuera a interpretarlo como una mala señal. Aquellos versos también me parecieron un signo de mal agüero, un mal sino que afortunadamente no tuvo lugar.

 Aunque en los hospitales no es necesario mirar la hora, porque el tiempo esta regulado por la luz del sol y de la luna que entra por el ventanal y por las comidas y las entradas puntuales del personal sanitario, a mi madre le gustaba tener su reloj de números romanos bien grandes colgando de la barandilla. Cuando despertaba del sueño y conversábamos, a ambos nos venían recuerdos familiares, y la certeza de que las cosas pasan cuando nadie se las espera: la enfermedad y el no poder asistir a la deseada comunión de su nieta. A veces no tenía ganas de hablar, y me animaba a coger mi libro de la mesita, sobre la que se amontonaban vasos de plástico, botellas de agua y de suplementos hipercalóricos y blísteres vacíos de pastillas, junto a un abanico y un bote de colonia que me recordaba al olor de mi limonero.

 Una vez me preguntó qué leía, y tuve que explicarle que aquel libro narraba el periplo del periodista John Reed por el frente oriental durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial. Al oír la profesión de Reed, me recordó que yo de pequeño quería ser periodista, y que ella siempre me decía que cómo iba a serlo, si siempre llegaba tarde y preguntando qué había pasado.

 En cierto modo, mi madre tenía razón: un buen periodista tenía que ir por delante de la noticia. Y en eso John Reed no dejaba de sorprenderme. Y sino, fíjense en lo que decía de Serbia y acuérdense de Yugoslavia y la guerra de los Balcanes.

Son el único pueblo de los Balcanes que no se ha mezclado desde su llegada a la región, hace ocho siglos, y el único que ha construido su propia civilización, y que nada ha conseguido modificar. Los romanos poseían una línea de fortalezas en la región, pero no establecieron colonias. Los cruzados tan sólo pasaron. Los serbios han mantenido sus estrechos desfiladeros contra los tártaros de Bulgaria, los lacios de Rumanía y los hunos y los checos del norte y, mucho antes que sus vecinos lo hicieran con la ayuda armada de las naciones europeas, Serbia se liberó del yugo de los turcos por sí sola. Mientras Europa imponía dinastías extranjeras a Bulgaria, Rumanía y Grecia, Serbia era gobernada por una dinastía propia. Con tal herencia y tal historia, con el impulso imperialista que crece día a día, hora a hora en el corazón de sus campesinos-soldados, ¡a qué terribles conflictos no va a ser arrastrada Serbia por su ambición!

Le comenté que en el libro había otra pandemia. Si aquí estábamos inmersos en una quinta ola de coronavirus, en el texto eran la peste y el tifus los que campaban a sus anchas. Y ya había por entonces gente que despreciaba las medidas profilácticas.

(…) los ingleses habían persuadido al Gobierno serbio para detener todo el tráfico ferroviario durante un mes, a fin de prevenir la extensión del contagio; tras lo cual, habían hecho tomar medidas sanitarias en las sucias ciudades, impuesto la vacunación contra el cólera y comenzado a desinfectar a amplios sectores de la población. Los serbios se reían de ello: estaba claro que esos ingleses eran unos cobardes. (…) Para los serbios, tomar medidas de prevención era prueba de pusilanimidad. Contemplaban los inmensos estragos de la epidemia con una especie de melancólico orgullo: de la misma manera que la Europa medieval consideraba la peste negra.
***
 (…) una bandera negra, signo de, al menos, una muerte en casa, colgaba de casi todas las puertas.
***
 –¡El tifus! –Johnson señaló los muros de las casas, a cada lado de la carretera– Casi todos estaban pintados con una cruz blanca, a veces con dos o tres.
 –Cada cruz significa un caso de tifus en la casa. En menos de un kilómetro, conté más de un centenar. Parecía que ese país, risueño y fértil, ya no producía más que muerte o estelas funerarias.

 John Reed, que ya había recorrido como corresponsal la línea de guerra franco-alemana, a finales del verano de 1914, encontró en la primavera de 1915, en la otra punta del frente, la misma brutalidad (espeluznantes la atrocidades cometidas por austriacos y húngaros en Serbia y los pogromos rusos contra los judíos) y el mismo sinsentido.

 Leer este libro de John Reed es entrar en una máquina del tiempo, y aparecer en la Europa de abril de 1915. La narración empieza con John Reed navegando en el Torino por las aguas del mar Egeo, en compañía del dibujante canadiense Boardman Robinson. El buque los lleva desde Brindisi a una Salónica devastada por la peste y las incertidumbres del conflicto, un lugar en el que el Este y el Oeste se encuentran frente a frente.

Poco a poco, una ciudad gris y amarilla se destacaba en el árido paisaje, como si trepara por una abrupta elevación que surgiera del mar, con anchos tejados de tejas irregulares y redondas cúpulas coronadas por un centenar de minaretes. Una ciudad rodeada por la gran muralla almenada edificada en tiempos del Imperio latino: ¡Salónica, la puerta oriental de la guerra!
 (…) El viento nos traía el pregón de los mozos de cuerda árabes, los gritos del bazar, los extraños cantos entonados por los marinos de las costas del Asia Menor y del Mar Negro al izar las velas latinas de sus embarcaciones, de proas decoradas con ojos cuya forma parece más antigua que la historia; un muecín llamando a los fieles a orar; rebuznos de asnos y flautas y tambores que tocaban una gemebunda música de danza desde alguna casa con celosías, allá arriba en el barrio turco. A menos de doscientos metros de nosotros, enjambres de barcas multicolores, tripuladas por morenos piratas descalzos, se atropellaban violentamente en medio de un gran concierto de aguas algaradas.
 (…) Es la antigua Tesalónica. Aquí botó Alejandro sus flotas. Había sido una de las ciudades libres del Imperio romano; una metrópolis bizantina sólo superada por Constantinopla y el último baluarte de aquel romántico Imperio latino, donde los vencidos restos de los cruzados, derrotados, se aferraron desesperadamente al Levante que habían ganado y perdido. Hunos, eslavos y búlgaros la asediaron; sarracenos y francos asaltaron esa, hoy ruinosa, muralla amarilla, masacraron y saquearon en esas sinuosas calles; griegos, albaneses, romanos, normandos, lombardos, venecianos, fenicios y turcos la gobernaron sucesivamente y San Pablo la agobió con sus visitas y epístolas. Austria casi la conquistó en la Segunda Guerra balcánica, Serbia y Grecia rompieron la Liga balcánica para apoderarse de ella y Bulgaria se lanzó a una desastrosa guerra para poseerla.
 Salónica no es una ciudad de ninguna nación y es ciudad de todas las naciones: es cien ciudades, cada una con un pueblo diferente, con costumbres y una lengua diferentes.
 ***
La oscuridad llegó de forma súbita. En un instante, la blanca cima del Olimpo resplandeció con un rosa sobrenatural que se extinguió poco a poco. En el cielo infinito millones de estrellas se iluminaron repentinamente; la luna creciente brillaba en medio de la noche. Por debajo de nosotros, los muecines salieron a los pretiles de diecisiete minaretes con minúsculos farolillos amarillos y los izaron bamboleares sobre sus mástiles. Desde el lugar en que estábamos, podíamos oír cómo sus voces, agudas y disonantes, llamaban a los fieles a la oración.
 (…) Hoy la ciudad turca declina y el tranquilo curso de su vida se reduce, año tras año, ante el flujo ascendente de los griegos curiosos y activos. Las mezquitas caen en ruinas una tras otra y cada mes un nuevo minarete, desde el que el muecín llamaba desde hacía siglos a la plegaria, deviene mudo y desierto. La Meca ha devenido igualmente lejana e impotente y, cualquiera que sea la salida de la guerra, Estambul ya no reinará nunca más sobre Salónica; los turcos de Salónica agonizan. La ciudad misma agoniza: está separada de tierra adentro, las fiebres suben periódicamente desde las marismas del Vardar que discurre por debajo de ella, el limo invade lentamente su magnífico puerto y la voraz corriente del río devora ya la ciudad. Bien pronto Salónica ya no valdrá una guerra.

 La erudición y la capacidad de descripción de Reed son las que hacen realidad ese salto en el tiempo. De su mano, a través de sus crónicas publicadas en el Metropolitan Magazine de Nueva York, continuaremos viaje, siempre al filo de la navaja, por Serbia, Rusia, Constantinopla, Rumanía y Bulgaria.

En aquel puesto fronterizo abandonado, habían avisado de nuestra llegada y, en una habitación con olor a cerrado y que nadie había limpiado desde hacía largo tiempo, un hombre pequeño, miserablemente vestido, visó nuestros pasaportes. Escoltados por dos soldados, retomamos nuestro camino hacia el río donde nos esperaba una barcaza medio llena de agua; una cuerda tendida, desde la ribera, se perdía en la oscuridad: ¡hacia Rusia! No podíamos ver la otra orilla, pero cuando empezamos a deslizarnos por la sombría corriente, la orilla rumana se desvaneció tras nosotros; durante un momento, fuimos a la deriva por un mar sin orillas, luego, a la luz de la débil claridad de un cielo rojizo, vimos dibujarse algo: un gigantesco soldado con un fusil con larga bayoneta, con su alto gorro de través, sobre la frente, como sólo los rusos lo llevan. Cerca de él se adivinaban los vagos contornos de un coche de dos caballos.
 Sin mediar palabra, el centinela cargó nuestros equipajes en el coche y subimos. Saltó a su asiento, hizo restallar su látigo y partimos, hundiéndonos en la arena… Un repentino saludo gutural brotó de la oscuridad y otro inmenso soldado salió de la noche, al lado del coche. Nuestro guía le tendió un pedazo de papel que el otro hizo como si leyera, a pesar de que estaba al revés, era noche oscura y él era analfabeto.
–Chorošo! ¡Bien! –gruñó y nos hizo una señal con la mano–: Pozalujsta! ¡Por favor!

John Reed y Boardman Robinson en 1915

 Reed y Robinson buscan con mil argucias llegar a la primera línea del frente de batalla para contar la guerra, y para ello no dudan en arriesgar sus vidas –tomados por espías alemanes, son retenidos y a punto de ser fusilados en Cholm (Rusia)–. Quieren ver in situ una carga de los feroces cosacos del Kuban o a los turcos combatir en Gallípoli, pero "su destino fue siempre llegar en el curso de un relativo estancamiento de las hostilidades". Es por eso que, más que la guerra en sí, lo que nos cuenta Reed es la barbarie, el caos y la miseria que ésta produce, a la vez que nos da a conocer cómo la viven los distintos pueblos que la sufren.

En un escenario mediatizado en todo momento por los horrores de la guerra, busca a la gente en cafés, bazares, mercados y habla, regatea, bebe con ella, ya que a pesar de la guerra la vida sigue transcurriendo y es ahí donde mejor puede nutrirse del material humano con que escribir después los artículos sobre la contienda.
Juan Carlos Berrio Zaratiegi
(de la semblanza biográfica de John Reed) 

 Los hechos que jalonan la vida de Reed lo equiparan con los periodistas, escritores y aventureros estadounidenses por antonomasia: Jack London y Hemingway; y si estos dos ya aparecían dibujados por Hugo Pratt en los cómics de mi querido Corto Maltés, el periodista Juan Antonio de Blas también fantaseó en un artículo (aparecido en el álbum Corto Maltés. La juventud, de Hugo Pratt (NORMA Editorial, 2004)) con el encuentro entre Corto Maltés y John Reed.

Jack London en Corto Maltés. La juventud (Norma Ed.)
Hugo Pratt

Hemingway en Bajo la bandera del oro, cómic de Corto Maltés (Norma Ed.)
Hugo Pratt

El cuarto documento que poseemos sobre la juventud de Corto relata un hecho poco conocido de la biografía de su amigo John Reed. En 1910, Corto era segundo oficial en el S.S. Bostonian, un barco destinado al transporte de animales que enlazaba Boston con Liverpool. Durante uno de sus viajes, dos estudiantes norteamericanos, Reed y Pierce, se enrolaron como tripulantes. Debido a la rudeza del trabajo, el segundo desertó, prefiriendo efectuar la travesía en un bardo de línea. Pero su desaparición, que se descubre cuando ya está en alta mar, le vale a John Reed la acusación de homicidio, ya que se encuentran en su camarote pertenencias, papeles y parte del dinero de Pierce. Corto no se fía de las apariencias y decide creer la versión de Reed. Así que, por vía de  navíos más rápidos que el suyo, moviliza a sus amigos en Inglaterra. Cuando Reed comparece delante de la Corte de Manchester para responder del asesinato, Corto introduce en la sala del tribunal al mimo Pierce que, entretanto, se ha encargado de encontrar. Al severo capitán del Bostoniano, la acusación se le torna ridículo, y Reed es puesto en libertad. A Corto, la aventura le vale perder el empleo y ser inscrito en la lista negra de la mafia de los capitanes. Pero gana un amigo. Corto deja de navegar en los barcos yanquis para meterse en el contrabando entre las Antillas y el Brasil.
Juan Antonio de Blas
Retrato del marino adolescente

 Mi madre salió del hospital para volver a entrar a las dos semanas. Y allí sigue. No quiere morirse, ni ninguno de nosotros quiere que lo haga, así que sigue presentando batalla a la enfermedad. Todos estamos pendientes de ella, sobre todo mi hermano mayor, que es médico en el mismo hospital y le revisa a diario los drenajes y el tratamiento, vigilando su evolución. Él aplaca nuestros miedos y los nervios de mi madre, que teme que vuelvan a ingresarla en la UCI o en la UCRI. Mientras tanto, nos turnamos para arroparla, para que no se sienta sola tumbada en esa cama articulada –que ya no sabe en qué postura colocar–, y con ese camisón que no es el suyo. Mi madre cumplió 87 años el pasado día 17, y los celebró en el hospital. Así que todos tenemos la ilusión de que salga pronto y podamos celebrar en condiciones el convite de la comunión de su nieta y su cumpleaños.


Nota: Los textos de color naranja pertenecen a la primera edición de La guerra en Europa oriental, publicada por la editorial Txalaparta en enero de 2006, con la traducción a cargo de Antonio Iori. El libro contiene fotografías en blanco y negro de la contienda y dibujos a tinta y plumilla de Boardman Robinson.

 La editorial Txalaparta también tiene publicadas las otras obras de Reed: México insurgente, Diez días que estremecieron al mundo, Hija de la revolución y Rojos y rojas.