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martes, 27 de julio de 2021

DE MI MADRE Y LA MÁQUINA DEL TIEMPO DE JOHN REED


La guerra en Europa oriental, de John Reed (Editorial Txalaparta)
Fotografía: Lucía Rodríguez

El 22 de mayo de este año mi madre ingresó en el hospital Carlos de Haya por una pancreatitis, y lo que parecía iba a ser una breve estancia se alargó hasta un mes, pasando por la UCI y la UCRI.

 Durante esos días, en las horas largas y llenas de incertidumbre en las que mi madre se entregaba al sueño, y los ruidos de la calle y las sirenas de las ambulancias llegaban amortiguados, yo abría un libro para despejarme: La guerra en Europa oriental, de John Reed (Editorial Txalaparta, 2006), del que ya había leído México insurgente.

 Al final de la semblanza biográfica del estadounidense, que precede al texto, unos versos del propio Reed me estremecieron:

«Así viene la muerte, yo lo sé: suave como la nieve y con gentil frialdad».

 El mismo día en que mi madre entró al hospital se murió uno de sus dos canarios, una hembra que tenía algún tipo de parálisis en las patas, así que todos le callamos la noticia, no fuera a interpretarlo como una mala señal. Aquellos versos también me parecieron un signo de mal agüero, un mal sino que afortunadamente no tuvo lugar.

 Aunque en los hospitales no es necesario mirar la hora, porque el tiempo esta regulado por la luz del sol y de la luna que entra por el ventanal y por las comidas y las entradas puntuales del personal sanitario, a mi madre le gustaba tener su reloj de números romanos bien grandes colgando de la barandilla. Cuando despertaba del sueño y conversábamos, a ambos nos venían recuerdos familiares, y la certeza de que las cosas pasan cuando nadie se las espera: la enfermedad y el no poder asistir a la deseada comunión de su nieta. A veces no tenía ganas de hablar, y me animaba a coger mi libro de la mesita, sobre la que se amontonaban vasos de plástico, botellas de agua y de suplementos hipercalóricos y blísteres vacíos de pastillas, junto a un abanico y un bote de colonia que me recordaba al olor de mi limonero.

 Una vez me preguntó qué leía, y tuve que explicarle que aquel libro narraba el periplo del periodista John Reed por el frente oriental durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial. Al oír la profesión de Reed, me recordó que yo de pequeño quería ser periodista, y que ella siempre me decía que cómo iba a serlo, si siempre llegaba tarde y preguntando qué había pasado.

 En cierto modo, mi madre tenía razón: un buen periodista tenía que ir por delante de la noticia. Y en eso John Reed no dejaba de sorprenderme. Y sino, fíjense en lo que decía de Serbia y acuérdense de Yugoslavia y la guerra de los Balcanes.

Son el único pueblo de los Balcanes que no se ha mezclado desde su llegada a la región, hace ocho siglos, y el único que ha construido su propia civilización, y que nada ha conseguido modificar. Los romanos poseían una línea de fortalezas en la región, pero no establecieron colonias. Los cruzados tan sólo pasaron. Los serbios han mantenido sus estrechos desfiladeros contra los tártaros de Bulgaria, los lacios de Rumanía y los hunos y los checos del norte y, mucho antes que sus vecinos lo hicieran con la ayuda armada de las naciones europeas, Serbia se liberó del yugo de los turcos por sí sola. Mientras Europa imponía dinastías extranjeras a Bulgaria, Rumanía y Grecia, Serbia era gobernada por una dinastía propia. Con tal herencia y tal historia, con el impulso imperialista que crece día a día, hora a hora en el corazón de sus campesinos-soldados, ¡a qué terribles conflictos no va a ser arrastrada Serbia por su ambición!

Le comenté que en el libro había otra pandemia. Si aquí estábamos inmersos en una quinta ola de coronavirus, en el texto eran la peste y el tifus los que campaban a sus anchas. Y ya había por entonces gente que despreciaba las medidas profilácticas.

(…) los ingleses habían persuadido al Gobierno serbio para detener todo el tráfico ferroviario durante un mes, a fin de prevenir la extensión del contagio; tras lo cual, habían hecho tomar medidas sanitarias en las sucias ciudades, impuesto la vacunación contra el cólera y comenzado a desinfectar a amplios sectores de la población. Los serbios se reían de ello: estaba claro que esos ingleses eran unos cobardes. (…) Para los serbios, tomar medidas de prevención era prueba de pusilanimidad. Contemplaban los inmensos estragos de la epidemia con una especie de melancólico orgullo: de la misma manera que la Europa medieval consideraba la peste negra.
***
 (…) una bandera negra, signo de, al menos, una muerte en casa, colgaba de casi todas las puertas.
***
 –¡El tifus! –Johnson señaló los muros de las casas, a cada lado de la carretera– Casi todos estaban pintados con una cruz blanca, a veces con dos o tres.
 –Cada cruz significa un caso de tifus en la casa. En menos de un kilómetro, conté más de un centenar. Parecía que ese país, risueño y fértil, ya no producía más que muerte o estelas funerarias.

 John Reed, que ya había recorrido como corresponsal la línea de guerra franco-alemana, a finales del verano de 1914, encontró en la primavera de 1915, en la otra punta del frente, la misma brutalidad (espeluznantes la atrocidades cometidas por austriacos y húngaros en Serbia y los pogromos rusos contra los judíos) y el mismo sinsentido.

 Leer este libro de John Reed es entrar en una máquina del tiempo, y aparecer en la Europa de abril de 1915. La narración empieza con John Reed navegando en el Torino por las aguas del mar Egeo, en compañía del dibujante canadiense Boardman Robinson. El buque los lleva desde Brindisi a una Salónica devastada por la peste y las incertidumbres del conflicto, un lugar en el que el Este y el Oeste se encuentran frente a frente.

Poco a poco, una ciudad gris y amarilla se destacaba en el árido paisaje, como si trepara por una abrupta elevación que surgiera del mar, con anchos tejados de tejas irregulares y redondas cúpulas coronadas por un centenar de minaretes. Una ciudad rodeada por la gran muralla almenada edificada en tiempos del Imperio latino: ¡Salónica, la puerta oriental de la guerra!
 (…) El viento nos traía el pregón de los mozos de cuerda árabes, los gritos del bazar, los extraños cantos entonados por los marinos de las costas del Asia Menor y del Mar Negro al izar las velas latinas de sus embarcaciones, de proas decoradas con ojos cuya forma parece más antigua que la historia; un muecín llamando a los fieles a orar; rebuznos de asnos y flautas y tambores que tocaban una gemebunda música de danza desde alguna casa con celosías, allá arriba en el barrio turco. A menos de doscientos metros de nosotros, enjambres de barcas multicolores, tripuladas por morenos piratas descalzos, se atropellaban violentamente en medio de un gran concierto de aguas algaradas.
 (…) Es la antigua Tesalónica. Aquí botó Alejandro sus flotas. Había sido una de las ciudades libres del Imperio romano; una metrópolis bizantina sólo superada por Constantinopla y el último baluarte de aquel romántico Imperio latino, donde los vencidos restos de los cruzados, derrotados, se aferraron desesperadamente al Levante que habían ganado y perdido. Hunos, eslavos y búlgaros la asediaron; sarracenos y francos asaltaron esa, hoy ruinosa, muralla amarilla, masacraron y saquearon en esas sinuosas calles; griegos, albaneses, romanos, normandos, lombardos, venecianos, fenicios y turcos la gobernaron sucesivamente y San Pablo la agobió con sus visitas y epístolas. Austria casi la conquistó en la Segunda Guerra balcánica, Serbia y Grecia rompieron la Liga balcánica para apoderarse de ella y Bulgaria se lanzó a una desastrosa guerra para poseerla.
 Salónica no es una ciudad de ninguna nación y es ciudad de todas las naciones: es cien ciudades, cada una con un pueblo diferente, con costumbres y una lengua diferentes.
 ***
La oscuridad llegó de forma súbita. En un instante, la blanca cima del Olimpo resplandeció con un rosa sobrenatural que se extinguió poco a poco. En el cielo infinito millones de estrellas se iluminaron repentinamente; la luna creciente brillaba en medio de la noche. Por debajo de nosotros, los muecines salieron a los pretiles de diecisiete minaretes con minúsculos farolillos amarillos y los izaron bamboleares sobre sus mástiles. Desde el lugar en que estábamos, podíamos oír cómo sus voces, agudas y disonantes, llamaban a los fieles a la oración.
 (…) Hoy la ciudad turca declina y el tranquilo curso de su vida se reduce, año tras año, ante el flujo ascendente de los griegos curiosos y activos. Las mezquitas caen en ruinas una tras otra y cada mes un nuevo minarete, desde el que el muecín llamaba desde hacía siglos a la plegaria, deviene mudo y desierto. La Meca ha devenido igualmente lejana e impotente y, cualquiera que sea la salida de la guerra, Estambul ya no reinará nunca más sobre Salónica; los turcos de Salónica agonizan. La ciudad misma agoniza: está separada de tierra adentro, las fiebres suben periódicamente desde las marismas del Vardar que discurre por debajo de ella, el limo invade lentamente su magnífico puerto y la voraz corriente del río devora ya la ciudad. Bien pronto Salónica ya no valdrá una guerra.

 La erudición y la capacidad de descripción de Reed son las que hacen realidad ese salto en el tiempo. De su mano, a través de sus crónicas publicadas en el Metropolitan Magazine de Nueva York, continuaremos viaje, siempre al filo de la navaja, por Serbia, Rusia, Constantinopla, Rumanía y Bulgaria.

En aquel puesto fronterizo abandonado, habían avisado de nuestra llegada y, en una habitación con olor a cerrado y que nadie había limpiado desde hacía largo tiempo, un hombre pequeño, miserablemente vestido, visó nuestros pasaportes. Escoltados por dos soldados, retomamos nuestro camino hacia el río donde nos esperaba una barcaza medio llena de agua; una cuerda tendida, desde la ribera, se perdía en la oscuridad: ¡hacia Rusia! No podíamos ver la otra orilla, pero cuando empezamos a deslizarnos por la sombría corriente, la orilla rumana se desvaneció tras nosotros; durante un momento, fuimos a la deriva por un mar sin orillas, luego, a la luz de la débil claridad de un cielo rojizo, vimos dibujarse algo: un gigantesco soldado con un fusil con larga bayoneta, con su alto gorro de través, sobre la frente, como sólo los rusos lo llevan. Cerca de él se adivinaban los vagos contornos de un coche de dos caballos.
 Sin mediar palabra, el centinela cargó nuestros equipajes en el coche y subimos. Saltó a su asiento, hizo restallar su látigo y partimos, hundiéndonos en la arena… Un repentino saludo gutural brotó de la oscuridad y otro inmenso soldado salió de la noche, al lado del coche. Nuestro guía le tendió un pedazo de papel que el otro hizo como si leyera, a pesar de que estaba al revés, era noche oscura y él era analfabeto.
Chorošo! ¡Bien! –gruñó y nos hizo una señal con la mano–: Pozalujsta! ¡Por favor!

John Reed y Boardman Robinson en 1915

 Reed y Robinson buscan con mil argucias llegar a la primera línea del frente de batalla para contar la guerra, y para ello no dudan en arriesgar sus vidas –tomados por espías alemanes, son retenidos y a punto de ser fusilados en Cholm (Rusia)–. Quieren ver in situ una carga de los feroces cosacos del Kuban o a los turcos combatir en Gallípoli, pero "su destino fue siempre llegar en el curso de un relativo estancamiento de las hostilidades". Es por eso que, más que la guerra en sí, lo que nos cuenta Reed es la barbarie, el caos y la miseria que ésta produce, a la vez que nos da a conocer cómo la viven los distintos pueblos que la sufren.

En un escenario mediatizado en todo momento por los horrores de la guerra, busca a la gente en cafés, bazares, mercados y habla, regatea, bebe con ella, ya que a pesar de la guerra la vida sigue transcurriendo y es ahí donde mejor puede nutrirse del material humano con que escribir después los artículos sobre la contienda.
Juan Carlos Berrio Zaratiegi
(de la semblanza biográfica de John Reed) 

 Los hechos que jalonan la vida de Reed lo equiparan con los periodistas, escritores y aventureros estadounidenses por antonomasia: Jack London y Hemingway; y si estos dos ya aparecían dibujados por Hugo Pratt en los cómics de mi querido Corto Maltés, el periodista Juan Antonio de Blas también fantaseó en un artículo (aparecido en el álbum Corto Maltés. La juventud, de Hugo Pratt (NORMA Editorial, 2004)) con el encuentro entre Corto Maltés y John Reed.

Jack London en Corto Maltés. La juventud (Norma Ed.)
Hugo Pratt

Hemingway en Bajo la bandera del oro, cómic de Corto Maltés (Norma Ed.)
Hugo Pratt

El cuarto documento que poseemos sobre la juventud de Corto relata un hecho poco conocido de la biografía de su amigo John Reed. En 1910, Corto era segundo oficial en el S.S. Bostonian, un barco destinado al transporte de animales que enlazaba Boston con Liverpool. Durante uno de sus viajes, dos estudiantes norteamericanos, Reed y Pierce, se enrolaron como tripulantes. Debido a la rudeza del trabajo, el segundo desertó, prefiriendo efectuar la travesía en un bardo de línea. Pero su desaparición, que se descubre cuando ya está en alta mar, le vale a John Reed la acusación de homicidio, ya que se encuentran en su camarote pertenencias, papeles y parte del dinero de Pierce. Corto no se fía de las apariencias y decide creer la versión de Reed. Así que, por vía de  navíos más rápidos que el suyo, moviliza a sus amigos en Inglaterra. Cuando Reed comparece delante de la Corte de Manchester para responder del asesinato, Corto introduce en la sala del tribunal al mimo Pierce que, entretanto, se ha encargado de encontrar. Al severo capitán del Bostoniano, la acusación se le torna ridículo, y Reed es puesto en libertad. A Corto, la aventura le vale perder el empleo y ser inscrito en la lista negra de la mafia de los capitanes. Pero gana un amigo. Corto deja de navegar en los barcos yanquis para meterse en el contrabando entre las Antillas y el Brasil.
Juan Antonio de Blas
Retrato del marino adolescente

 Mi madre salió del hospital para volver a entrar a las dos semanas. Y allí sigue. No quiere morirse, ni ninguno de nosotros quiere que lo haga, así que sigue presentando batalla a la enfermedad. Todos estamos pendientes de ella, sobre todo mi hermano mayor, que es médico en el mismo hospital y le revisa a diario los drenajes y el tratamiento, vigilando su evolución. Él aplaca nuestros miedos y los nervios de mi madre, que teme que vuelvan a ingresarla en la UCI o en la UCRI. Mientras tanto, nos turnamos para arroparla, para que no se sienta sola tumbada en esa cama articulada –que ya no sabe en qué postura colocar–, y con ese camisón que no es el suyo. Mi madre cumplió 87 años el pasado día 17, y los celebró en el hospital. Así que todos tenemos la ilusión de que salga pronto y podamos celebrar en condiciones el convite de la comunión de su nieta y su cumpleaños.


Nota: Los textos de color naranja pertenecen a la primera edición de La guerra en Europa oriental, publicada por la editorial Txalaparta en enero de 2006, con la traducción a cargo de Antonio Iori. El libro contiene fotografías en blanco y negro de la contienda y dibujos a tinta y plumilla de Boardman Robinson.

 La editorial Txalaparta también tiene publicadas las otras obras de Reed: México insurgenteDiez días que estremecieron al mundo, Hija de la revolución y Rojos y rojas.



lunes, 25 de enero de 2021

MÉXICO INSURGENTE: UN MÁSTER DE PERIODISMO IMPARTIDO POR JOHN REED


México  insurgente, de John Reed
Capitán Swing/Nórdica Libros

 Aprovechando unos días de confinamiento por un contacto directo con un portador del virus, me he leído México insurgente, del periodista y activista estadounidense John Reed, del que se celebró el centenario de su muerte el pasado mes de octubre. Una lectura que para mí, que en un momento de mi vida quise ser reportero, ha supuesto todo un Máster en Periodismo.

México insurgente, de John Reed
Fotografía: Lucía Rodríguez

 México insurgente es la crónica de la Revolución Mexicana que lideró Pancho Villa en 1910 (la rebelión del norte de México contra los terratenientes ricos para redistribuir la tierra entre los pobres que la trabajaban) contada por John Reed de primera mano en una serie de artículos que aparecieron en el Metropolitan Magazine y el New York World. Un título reeditado ahora con sumo gusto por Capitán Swing y Nórdica Libros, con una excelente traducción de Íñigo Jáuregui y una interesante propuesta gráfica de Alberto Gamón, con una geometría peculiar que trae ecos de los murales sobrios y contundentes de Diego Rivera, y que siempre va al hilo de lo que se va leyendo en las páginas. 

«El libro se lee como una novela; mejor dicho, con más interés, puesto que todo ha nacido de la vida misma».
Revista de la Universidad de México

Ilustración de Alberto Gamón
México insurgente, de John Reed
Capitán Swing / Nórdica Libros

 Del caracter valiente e intrépido de su autor nos damos cuenta nada más empezar a leer, cuando cruza el río Bravo desde el lado estadounidense para entrevistar al general Mercado en el pueblo de Ojinaga.

Se podían ver las casas de adobe de Ojinaga, cuadradas y grises, y algunas cúpulas orientales de viejas iglesias españolas. Era una tierra tan desolada y desprovista de árboles que  uno esperaba ver minaretes. Durante el día, los soldados federales vestidos con andrajosos uniformes blancos pululaban por allí cavando trincheras sin orden ni concierto, pues se rumoreaba que Villa y sus victoriosos constitucionalistas venían de camino. […]
 Había tres mil quinientos hombres en Ojinaga. Eso era todo lo que quedaba del ejército de diez mil hombres comandado por Mercado y de los cinco mil que Pascual Orozco había llevado al norte como refuerzo desde Ciudad de México. De esos tres mil quinientos, cuarenta y cinco eran comandantes, veintiuno coroneles y once generales.
 Yo quería entrevistar al general Mercado, pero como un periódico había publicado algo que había molestado al general Salazar, este había prohibido la presencia de reporteros en la ciudad. Envié una respetuosa petición al general Mercado, pero la nota fue interceptada por el general Orozco, que la devolvió con la siguiente respuesta:
 Estimado Señor:
Si pone los pies en Ojinaga, le llevaré contra un  muro y con mi propia mano tendré el gusto de coserle la espalda a balazos.
 A pesar de todo aquello, vadeé el río y me dirigí al pueblo. 

 Desde ese momento, ya deseamos calzarnos sus botas y vivir sus aventuras, cabalgando por el desierto con un centenar de andrajosos soldados constitucionalistas.

Pancho Villa (quinto desde la izq.) con algunos de sus hombres
Hacienda Bustillos, marzo de 1911
Fotografía: Librería del Congreso.

 Ante el rumor de que el general Tomás Urbina iba a salir al frente en dos días, John Reed se presentó con su español rudimentario en el pueblo de Las Nieves, donde vivía el militar.

El general no respondió a mis explicaciones. Me estrechó flojamente la mano y la retiró enseguida, pero no se levantó. Era un hombre robusto, de mediana estatura y la tez color caoba, con una barba rala hasta los pómulos que no ocultaba la amplia, delgada e inexpresiva boca, las enormes fosas nasales y los ojillos brillantes y divertidos como los de un animal. Durante al menos cinco minutos no los apartó de los míos. Saqué  mis papeles.
 –No sé leer –dijo de pronto el general, e hizo una seña a su secretario–. ¿Así que usted quiere venir conmigo a la batalla? –me soltó en su más bronco español–. ¡Hay  muchas balas! –Permanecí callado–. ¡Muy bien! Pero no sé cuándo saldré. Quizás dentro de cinco días. ¡Ahora coma!
 –Gracias, mi general, pero ya he comido.
 –Vaya a comer –repitió tranquilamente–. ¡Ándele!

El general Urbina, ilustración de Alberto Gamón
México insurgente, de John Reed
Capitán swing/Nórdica Libros

***

En el patio el general hablaba con su amante, una hermosa mujer de aspecto aristocrático y voz como un serrucho. Al verme, se acercó y, tras estrecharme la mano, me dijo que le gustaría que le hiciera unas fotos. Le dije que ese era mi objetivo y le pregunté si creía que marcharía pronto al frente.

 –Creo que dentro de unos diez días –contestó.

 Empecé a sentirme incómodo.

 –Agradezco su hospitalidad, mi general –le dije–, pero mi trabajo requiere estar donde pueda ver el avance a Torreón. Si no es inconveniente, me gustaría volver a Chihuahua para unirme al general Villa, que pronto saldrá para el sur.

 Urbina, sin inmutarse, me espetó:

 –¿Qué es lo que no le gusta de este lugar? ¡Está en su casa! ¿Quiere cigarrillos? ¿Aguardiente, sotol, coñac? ¿Quiere una  mujer que le caliente la cama por la noche? ¡Puedo darle lo que pida! ¿Quiere una pistola? ¿Un caballo? ¿Dinero?

 Sacó un puñado de dólares de plata y los arrojó tintineando a mis pies.

 –En ninguna parte de México estoy tan contento y complacido como en esta casa –le dije, dispuesto a seguir adelante.

 Durante la hora siguiente fotografié al general Urbina: el general Urbina de pie, con y sin sable; el general Urbina montado en tres caballos diferentes; el general Urbina con y sin su familia; los tres hijos del general Urbina, a caballo y en el suelo; la madre del general Urbina, y la amante de este; la familia al completo, armada con sables y revólveres, incluido el fonógrafo, traído para la ocasión,  mientras uno de los niños sostenía una pancarta en la que ponía: «General Tomás Urbina R.»

Fotograma de la película Reed: México insurgente

 *** 
Habíamos terminado de desayunar, y yo me estaba resignando a pasar diez días en Las Nieves cuando el general cambió repentinamente de opinión. Salió de su cuarto gritando órdenes. Cinco minutos después la casa era todo ajetreo y confusión. Los oficiales empaquetaban apresuradamente sus ponchos, los mozos y los jinetes ensillaban los caballos y los peones, armados con rifles, corrían de un lado para otro. Patricio enjaezó cinco mulas al gran carruaje, una réplica exacta de la diligencia de Deadwood. Un correo salió a toda prisa para convocar a la tropa, que estaba acuartelada en El Canotillo.

Último viaje de la famosa diligencia de Deadwood
Fotogr.: John C. H. Gabrill, donada a la Biblioteca del Congreso de los EE. UU.

 […] Luego llegó la tropa, levantando una irregular polvareda parduzca a lo largo de varios kilómetros en el camino. Al frente marchaba una figura achaparrada y morena, con la bandera mexicana ondeando sobre su cabeza. […] Llegaron galopando, entre gritos indios y el chasquido de revólveres, hasta que estuvieron a solo treinta metros. Entonces dieron un tirón a sus pequeños caballos para que estos frenaran en seco, con los hocicos ensangrentados, en medio de un confuso remolino de hombres, caballos y polvo.
 Así era la tropa cuando la vi por primera vez. Eran unos cien hombres, en todos los grados de pintoresco desaliño. Algunos llevaban petos, otros las chaquetas de charro de los peones, mientras que uno o dos lucían pantalones vaqueros ajustados. Unos pocos iban calzados, la  mayoría llevaba sandalias de piel de vaca y el resto iba descalzo. […] Rifles enfundados en las sillas de montar, cuatro o cinco cartucheras en bandolera sobre el pecho, sombreros altos y de ala ancha, enormes espuelas que repiqueteaban al cabalgar y sarapes de colores brillantes atados por la espalda. Esos eran sus uniformes.

General Tomás Urbina

[…] de pronto Urbina salió por la puerta. Sin apenas mirar a su familia, saltó sobre su caballo gris y lo espoleó furiosamente hacia la calle. Juan Sánchez tocó su cascada corneta y la tropa, con el general al frente, tomó el camino de El Canotillo.

 El general, la tropa y nuestro corresponsal marchan a la guerra, y con él nosotros –es lo que tienen los libros bien escritos–.

John Reed (2º por la izq.) en un vagón artillado de la División del Norte
Fotografía: Otis A. Aultman (Biblioteca Pública de El Paso, Texas)
Web Relatos e Historias en México

 Leyendo el libro uno se da cuenta de la facilidad con que Reed podría haber desaparecido –como su compatriota y también escritor Ambrose Bierce– en medio de la Revolución. John Reed arriesgó su vida en más de una ocasión, y sólo la fortuna evitó que en algunos de los tiroteos le volaran la cabeza, o que algún oficial o soldado borracho le descerrajara unos tiros a bocajarro. A veces me parece que estoy inmerso en un spaghetti western de Sergio Leone, y otras en una novela de Cormac McCarthy, temeroso de ser alcanzado, aún estando en casa, por el disparo de un máuser o una granada.

Un pequeño caballo apareció galopando en la loma y vino hacia nosotros, el jinete recortado sobre el polvo resplandecía. Iba a una velocidad endiablada, hundiéndose y emergiendo en la tierra ondulada. Mientras espoleaba furiosamente a su caballo para subir la pequeña colina donde nos encontrábamos, vimos algo horrible. Una cascada de sangre en forma de abanico le manaba por delante. Una bala expansiva le había arrancado casi toda la parte inferior de la boca. Tiró de las riendas para situarse junto al coronel y, de forma angustiada y terrible, trató de decirle algo, pero nada inteligible salió de aquel estropicio. Las lágrimas corrían por las mejillas de aquel pobre hombre. Dio un grito sordo y, espoleando con fuerza a su caballo, enfiló el camino de Santo Domingo.

 Con la lectura también descubrimos que la imagen de cuatreros desalmados que algunos quieren adjudicarle a estos revolucionarios no es real. Pancho Villa, Emiliano Zapata y sus ejércitos no luchaban por tomar el poder del país, sino por apartar de él a los que habían oprimido y robado al pueblo.

Generales Urbina, Villa y Zapata en Palacio.
Fotografía: M. Ramos

 El ejército «maderista», como se conocía a los soldados constitucionalistas en referencia al añorado presidente Francisco I. Madero, peleaban contra el dictador Porfirio Díaz y su sucesor, el traidor Victoriano Huertas, con el deseo de revertir lo que estaba ocurriendo en el país y recuperar las identidades locales que habían sido usurpadas: el derecho a la tierra, a la educación, etc.

La gran pasión de Villa era las escuelas. Creía que la tierra para el pueblo y las escuelas resolverían todos los problemas de la civilización. Las escuelas eran una obsesión para él. A menudo le oí decir:
 –Cuando pasé esta mañana por tal o cual calle, vi un montón de chiquillos. Vamos a crear una escuela allí.
 Chihuahua tiene menos de cuarenta mil habitantes. Villa abrió más de cincuenta escuelas allí en diferentes ocasiones.

Pancho Villa acerca de la educación

***
El 80 % de los mexicanos son campesinos. La mitad del resto son aristócratas de sangre española, y los demás son comerciantes y profesionistas. Durante casi 500 años los aristócratas españoles, con la ayuda del capital foráneo y la iglesia católica, han robado y masacrado a los campesinos […] La revolución sobre la que estoy escribiendo es sólo la más reciente de 100 revoluciones. Pues el pueblo mexicano, con su predominio de sangre indígena, ha sido siempre una de las razas que mayor amor a la libertad siente en el mundo.
John Reed 

Fotogr.: Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México 

***

El cuarto estaba lleno del humo de la hoguera que ardía en el suelo. A través de él pude vislumbrar a unos treinta o cuarenta soldados, en cuclillas o sentados de cualquier manera, en silencio absoluto mientras Silverya leía una proclama del Gobierno de Durango que expropiaba por siempre las tierras de las grandes haciendas para repartirlas entre los pobres.

En vista de que la principal causa de descontento entre la gente de nuestro Estado, que se vio obligada a empuñar las armas, era la absoluta falta de propiedad  individual, y que hoy las clases campesinas no tienen medios de subsistencia ni más esperanza futura que servir como peones en las haciendas de los grandes terratenientes, que han monopolizado la tierra del Estado;
 En vista de que el principal sector de la riqueza nacional es la agricultura, y que no puede haber verdadero progreso en la agricultura sin que la mayoría de los propietarios tenga un interés personal en hacer que la tierra produzca;
 En vista, finalmente, de que los pueblos rurales se han visto reducidos a la más profunda miseria, porque las tierras comunales que antaño poseían pasaron a engrosar la propiedad de la hacienda más cercana, especialmente bajo la dictadura de Porfirio Díaz, con lo que los habitantes del Estado perdieron su independencia económica, política y social, y pasaron del rango de ciudadanos al de esclavos sin que el Gobierno fuera capaz de elevar el nivel moral mediante la educación, porque la hacienda donde vivían es propiedad privada;
 El Gobierrno del Estado de Durango declara, en consecuencia, la necesidad pública de que los habitantes de los pueblos y aldeas sean los dueños de las tierras agrícolas.

 Cuando el tesorero hubo leído trabajosamente las disposiciones subsiguientes, que estipulaban cómo había que solicitar la tierra y demás, se hizo un silencio.

 –Esto es la Revolución mexicana –dijo Martínez.

 –Es justo lo que está haciendo Villa en Chihuahua –dije–. Es genial.

***

 La segunda de las seis partes del libro está dedicada por completo a la figura de Pancho Villa, el proscrito que se convirtió en el Robin Hood mexicano y con el que Reed pasó dos semanas en Chihuahua: su entrada en la revolución de los peones a las órdenes de Madero como capitán del ejército maderista; su victoria sobre Orozco en el norte; la acusación de insubordinación; su encarcelamiento; su fuga a El Paso (Texas) y su regreso para conquistar México; su autoproclamación como gobernador militar del estado de Chihuahua y su negativa a ser presidente del país.

–Soy un combatiente, no un hombre de estado. No soy lo bastante instruido para ser presidente. Aprendí a leer y escribir hace apenas dos años. ¿Cómo yo, que nunca fui a la escuela, puedo esperar hablar con los embajadores extranjeros y los cultivados caballeros del Congreso? Sería malo para México que un hombre sin educación fuera presidente. Hay algo que no haré: ocupar un puesto para el que no estoy cualificado. Solo hay una orden de mi jefe (Carranza) que me negaría a obedecer: si me ordenara ser presidente o gobernador.

***

 Esa segunda parte contiene un buen rapapolvo de Villa a los españoles:

–¿Quién es el cónsul español?
 Scobell, el vicecónsul británico, dijo:
 –Yo represento a los españoles.
 –¡Muy bien! –dijo bruscamente Villa–. Pues dígales que empiecen a hacer las maletas. Pasados cinco días a contar desde hoy, cualquier español que sea detenido en el territorio de este estado será llevado al paredón más cercano por un pelotón de fusilamiento.
 Los cónsules ahogaron un grito, horrorizados. Scobell empezó a protestar enérgicamente, pero Villa le interrumpió.
 –Esta no es una decisión repentina por mi parte –dijo–. Llevo pensando en ella desde mil novecientos diez. Los españoles deben irse.
 Letcher, el cónsul estadounidense, dijo:
 –General, no cuestiono sus motivos, pero creo que comete un grave error político expulsando a los españoles. El Gobierno de Washington se lo pensará muy mucho antes de ser amigo de un bando que toma medidas tan bárbaras.
 –Señor cónsul –respondió Villa–, los mexicanos llevamos trescientos años aguantando a los españoles. No han cambiado de carácter desde la época de los conquistadores. Reventaron el imperio indio y esclavizaron al pueblo. No les pedimos que mezclaran su sangre con la nuestra. Los echamos dos veces de México y los dejamos volver con los mismos derechos que los mexicanos, pero ellos usaron esos derechos para robarnos la tierra, esclavizar al pueblo y tomar las armas contra la causa de la libertad. Apoyaron a Porfirio Díaz. Se mostraron perniciosamente activos en política. Fueron los españoles quienes montaron la conjura que llevó a Huerta al palacio. Cuando Madero fue asesinado, los españoles dieron banquetes para celebrarlo en todos los estados de la república. Lanzaron sobre nosotros la mayor superstición que ha conocido el mundo: la Iglesia católica. Solo por eso habría que matarlos. Creo, pues, que estamos siendo muy generosos con ellos.
***

Pancho Villa y la División Norte

–Cuando se constituya la nueva república ya no habrá más ejército en México. Los ejércitos son el mayor sostén de la tiranía. No puede haber tiranía sin ejército.

 En la tercera parte del libro se nos narra la marcha de Reed al sur desde Chihuahua en un tren militar con destino a la avanzadilla cercana a Escalón. Francisco Villa volverá a aparecer en la cuarta parte, donde Reed vuelve a encontrarse con él y nos narra la victoria de su ejército sobre Orozco en Gómez Palacio.

El ejército constitucionalista estaba destrozado. En los cuatro días de combates había habido cerca de un millar de muertos y casi dos mil heridos. Hasta el excelente tren hospital era insuficiente para atender a los heridos. Afuera, en la vasta llanura donde nos encontrábamos, un ligero olor a cadáveres lo invadía todo. En Gómez Palacio debía de haber sido horrible. El jueves, el humo de veinte piras funerarias manchó el cielo. Pero Villa estaba más decidido que nunca. Gómez debía caer, y rápido. Villa no tenía municiones ni víveres suficientes para un asedio. Además, su nombre se había convertido en una leyenda para el enemigo. Siempre que Pancho Villa aparecía en una batalla, los rivales habían empezado a creer que estaba perdida, y el efecto que esto tenía en los suyos también era clave. Así pues, programó otro ataque nocturno.

 La quinta parte del tomo, se centra en Venustiano Carranza, el jefe ejecutivo de la Revolución, y en la sexta, como cierre, John Reed nos muestra la vida nocturna mexicana en Chihuahua, Valle Alegre y Santa María del Oro. En El Oro, donde dice viven las muchachas más bonitas de Durango y se celebran las fiestas con más pasión que en otros lugares, nuestro corresponsal nos hace partícipes de las pastorelas, viejo auto sacramental que aún hoy día se sigue celebrando.

 Las páginas de México insurgente encierran además una potente banda sonora, a la que he sumado las canciones mexicanas de Jorge Negrete y Pedro Infante que ponía mi padre en casa, y otras de Agustin Lara que me recomendó Teresa desde Barcelona.

Patricio desenfundó la guitarra y el teniente coronel, acompañado por Rafael, cantó canciones de amor con su voz rota. Cualquier mexicano se sabe cientos de ellas. No están escritas, sino que a menudo se compusieron de forma improvisada y pasaron de boca en boca. Algunas son muy bonitas, otras grotescas y otras tan satíricas como cualquier canción popular francesa. El teniente coronel cantó:

 Como complemento al libro, recomiendo la película Reed: México insurgente, producida por Berta Navarro y dirigida por Paul Leduc en 1970, de la que se hizo una restauración digital en 2010 con la colaboración de la Cinemateca Real de Bélgica. En ella el papel de John Reed es interpretado por el actor Claudio Obregón. Yo la vi anoche con el pequeño de mis hijos, que sueña con ser cineasta y rodar sus propias películas.

 El sueño de Pancho Villa era ayudar a hacer de México un lugar feliz. Viendo los problemas que tiene hoy día el país, me pregunto que pensaría Villa, o mejor que haría, si levantara la cabeza.

 Sobre Johnn Reed, contarles que fue acusado de espionaje en Estados Unidos por su ideología de izquierdas, y tuvo que huir a la Unión Soviética, donde falleció de tifus en un hospital de Moscú. Tan sólo tenía 33 años, pero en ese corto espacio de tiempo exprimió la vida hasta la última gota. Fue enterrado con honores muy cerca del mausoleo de Lenin, junto al muro del Kremlin, así que si ustedes pasan por la plaza Roja, hagan el favor de dejar una flor sobre su lápida.

Tumba de John Reed, necrópolis del Kremlin, Moscú
Fotografía: Vladimir (Guía roja de Moscú)

Lápida donde se lee en segundo lugar, y en ruso, el nombre de John Reed
Junto a él: Inés Isabel Fiedorovna, Iván V. Rusakov y Simón Matveyevich
Fotografía: Vladimir (Guía roja de Moscú)

 Seguramente, si pudiera, Juan, Juanito o el míster, como le llamaban sus cuates, les brindaría una de sus sonrisas.

John Reed

 Por último, me van a permitir que cierre esta reseña con un ¡Viva Pancho Villa y Emiliano Zapata, Cabrones!

México insurgente, de John Reed
Capitán Swing / Nórdica Libros

Nota: Si les gustó México insurgente y quieren leer más obras de John Reed, les recomiendo La guerra en Europa Oriental (Editorial Txalaparta, 2005), donde nos narra su estancia en el frente oriental en 1914, durante la Primera Guerra Mundial, y Diez días que sacudieron el mundo (Capitán Swing / Nórdica Libros, 2017), la crónica de otra revolución, en este caso la rusa.

La guerra en Europa Oriental, de  John Reed
Editorial Txalaparte

«Si E. H. Carr ha sido el mejor historiador de la revolución bolchevique, John Reed ha sido su mejor periodista»
Manuel Vázquez  Montalbán 

Diez días que sacudieron el mundo, John Reed
Capitán swing/Nórdica Libros