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lunes, 27 de marzo de 2023

LA AVENTURA SOÑADA (UN RETRATO DE HUGO PRATT)


HUGO "STARDUST" PRATT, obra de Sergio Camacho
© Sergio Camacho

Se llamaba Ugo Prat, sin hache y una sola te.
Se hizo famoso bajo el seudónimo de Hugo Pratt y vivió 24.518 días con toda la intensidad que cabe en una vida. Dibujante de cómics, publicó más de quince mil planchas, lo que representa unos ochenta mil dibujos, a los que se deben sumar más de quinientas acuarelas.
Fue, por supuesto, el creador de Corto Maltés.
Nació el 15 de junio de 1927 en Rímini; muere el 20 de agosto de 1995 en Suiza. Extraña forma de expresarlo: «nació», «muere», como si el último aliento durase eternamente.

La aventura soñada. Un retrato de Hugo Pratt, de Thierry Thomas
Estanterías de mi escritorio. Fotografía: Lucía Rodríguez

El francés Thierry Tomas soñaba con ser dibujante de tebeos, y por eso fue a Venecia al encuentro de Hugo Pratt, con su carpeta de dibujos bajo el brazo.

Jöell Laroche, editor de la revista Zoom, acababa de reunir las primeras aventuras de Corto en un álbum que parecía un libro de arte, tan bonito que proclamaba que aquel medio de expresión no andaba muy lejos de la pintura. Sus imágenes me cautivaban. Analizaba la composición de cada plancha, el encuadre de cada viñeta, me esforzaba por reproducir todo aquello. Había descubierto que Hugo vivía frente a Venecia, en un barrio llamado Malamocco, en la punta de la isla del Lido. Mi hermana, que apoyaba mis planes a pesar de su nulo interés hacia el cómic (aun así, le encantaban las gaviotas que volaban alrededor de Corto), me acompañaba. No teníamos la dirección, pero todo el mundo conocía a Hugo: «Por allí, al final de la calle...». Llamamos al timbre de un edificio mastodóntico, sin encanto, como los que se ven en los barrios ni pobres ni ricos de la mayoría de las ciudades italianas. Con la diferencia de que esta construcción se situaba en el límite entre dos mundos: más allá, después de un dique y unos juncos, se desplegaba el Adriático. Hugo se asomó a una ventana del último piso; todavía lo oigo preguntar: «Chi è?», e invitarnos a subir.

 Thierry era mucho más joven que él: unos quince años y él unos cuarenta. Y aunque Hugo lo instó a perseverar a diario y le aconsejó que aprendiera a narrar, con el paso de los años dejó de dibujar.

Poco a poco, con el paso de los años, dejé de dibujar. Y hasta de garabatear mientras hablaba por teléfono, mucho antes de que los móviles condenaran esa manía. Ocurrió sin que yo me diera cuenta. Dejé morir, apagarse, esa pulsión que formaba tan parte de mí como mi mano, como mis dedos. Nunca he entendido por qué. Y no sé si fue una gran pérdida o si, a cambio de aquella renuncia, se me concedió otra cosa.

 Tal vez porque siguió al pie de la letra el consejo de Hugo, Thierry acabaría siendo escritor y documentalista. Y sobre todo, se dedicó a estudiar y glosar la figura y la obra de Pratt.

Sus amigos adoraban, adoran aún, hablar de Hugo. Para algunos, el tiempo que pasaron a su lado ha acabado rezumando una leyenda, como las abejas segregan miel; una leyenda dorada, precisamente. «¿A qué se dedica usted? A hablar de Hugo». Sus excentricidades, sus atrevimientos, sus disfraces. Su pasión por la aventura. ¡Cuántas veces habré oído esa palabra, «aventura», de su boca, de boca de sus admiradores! En sus últimas entrevistas para la televisión o la radio, ni siquiera se molestaba en pronunciarla con claridad (le costaba dominar el francés, a diferencia del español o el amhárico). Le bastaba con mascullar un sonido en el que se reconocía vagamente «...tura», y todo el mundo completaba: «aventura». Palabra-pantalla, que impide ver, que solo expresa que es preciso marcharse a otra parte.

 Thierry Thomas ha escrito una biografía muy peculiar, muy onírica. «Si quiero comprender a Hugo, debo soñarlo», nos dice al final del primer capítulo. Quizás por eso, sus páginas parecen una ensoñación: imágenes de Hugo en el festival de Lucca; en el tren camino de la crucial entrevista con Georges Rieu, redactor jefe de la revista Pif Gadget; en Abisinia buscando la tumba de su padre; en Londres; en Buenos Aires... Quizás detrás de esa elección, de ese mundo soñado, esté la influencia de Fellini, que aparece en numerosas páginas del libro y a quién también fue a visitar Thierry en su adolescencia.

 En aquel viaje en tren que les he mencionado, fue donde se le ocurrió que Corto regresara, crear una serie en la que él fuese el héroe. Tiene que sacar un héroe del fondo del tintero para elevarle una propuesta al editor de Pif, pero un héroe no se busca: se encuentra. Y allí, en la soledad de ese compartimento, un indio viene a darle la clave. ¡Un indio! ¡Un piel roja! A Hugo no le extraña la aparición. El ama a los indios. «Es por las lecturas de su niñez, por la novelas de Zane Grey y James Oliver Curwood, por las epopeyas del Lejano Oeste y las del Gran Norte canadiense; es por El último mohicano».

Acuarela de Hugo Pratt (www.cortomaltese.com)

Poco antes de Módena, unas hojas muertas se desperdigan por el compartimento. Hay un indio sentado en el banco de enfrente. Ha traspasado las mallas de la redecilla para equipajes con la agilidad de una pantera. Si las hojas han traicionado su presencia, es porque él así lo ha querido; de lo contrario, habría permanecido mudo como la luna. El indio y el fumettaro se observan. El recién llegado, casi desnudo, ataviado solo con un taparrabos y una cresta en el centro del cráneo rasurado, es hurón. No es el primero que ve Hugo.
 –¿Quién eres?
 –Karanahoga.
 –¿Vienes de parte de Georges Rieu?
 Los hurones, efectivamente, son aliados de los franceses.
 –Vengo a ayudarte.
 –¿Como guía?
 El indio levanta la mano derecha y la gira ante él. El gesto significa «ir».
 –Por supuesto, debo «ir», Karanahoga, pero ¿adónde?
 Feliz de poder utilizar la lengua de signos, que aprendió hace tiempo, Hugo posa la mano derecha sobre la izquierda, como la noche recubre el día. Un destello divertido atraviesa la mirada de su interlocutor, y se siente un poco bobo. En efecto, la noche cae temprano en enero; los hurones no lo ignoran. Hablar para no decir nada, incluso con las manos, resulta mortificante.
 –Sonríes igual que Dino Battaglia...
 Pero Karanahoga no modifica la posición de su mano. ¿Será que solo tiene esa palabra a su disposición, «ir»? Los hurones no tienen rival cuando se trata de espiar, cazar o tender emboscadas mortales, pero lo que es el arte de la conversación... Al no saber qué ademán hacer (el dedo en el aire, que significa «hombre», no supondría mucho avance), lanza una ojeada hacia el exterior. No le sorprende lo que ve, más bien lo maravilla: una canoa, débilmente iluminada por la luz del compartimento, se destaca sobre las sombras vespertinas. Flota ingrávida, en el éter del campo en el crepúsculo, canoa de corteza, más liviana de lo que será jamás cualquiera de sus trazos. Esa canoa los acompaña, ángel de la guardia o bien, simplemente, canoa voladora. Le preocupa lo que ocurrirá con tan frágil embarcación cuando sufra el impacto de entrar bajo el túnel del Simplon. ¿Se desintegrará?
 –No te preocupes.
 ¿Ha sido Karanahoga quien ha hablado? Su mano, en cualquier caso, no se ha movido. Si no conociera la agilidad legendaria de los indígenas (hay que verlos salvar cualquier clase de obstáculo: barreras, rocas, riachuelos, cabezas de colonos), se plantearía seriamente la posibilidad de que al hombre le hubiera dado un calambre. Pero no es posible. Entonces se le ocurre que Karanahoga, al mostrar la mano, no hace más que mostrar una mano:
 –Mira: aquí se encuentra tu salvación.

 

Al borde de la vía, un cable eléctrico que reluce con un resplandor desgarra la tela de la noche. Hugo ve de nuevo ese corte en la carne que el personaje llamado Corto Maltés cuenta haberse hecho, en La balada del mar salado: «Cuando era niño me di cuenta de que me faltaba en la mano la línea de la fortuna. Entonces cogí la navaja de afeitar de mi padre y, ¡zas!... Me hice una a mi gusto».

  

 Un gesto heroico...

 

 ¿Y si fuera él?

 El héroe ya estaba allí, tan solo bastaba con recuperarlo. Quizás en agradecimiento, «Hugo, sintiendo que se avecinaba el fin, se afeitó la cabeza dejando solo una cresta. Quería morir con el peinado de esos indígenas que tan a menudo dibujó, y tanto amó».

El secreto de Tristán Bantam, de Hugo Pratt
Fotografía: Lucía Rodríguez

«Corto Maltés descansa perezosamente en el único mirador de la pensión de Java, en Paramaribo (Guayana Holandesa). A primera vista, se aprecia que es un aventurero. Con gesto estudiado, enciende uno de los delgados cigarrillos que solo se fuman en Brasil y en Nueva Orleans...».
Antes de leer el arranque de El secreto de Tristán Bantam, episodio que inaugura esa serie nueva, Corto Maltés, que se publicaría en Pif entre 1970 y 1973, vemos a un hombre con gorra de marinero. El eje de su mirada pasa tan cerca del nuestro que parece vernos sin vernos, como si solo existiéramos para que él pueda existir.
Su cigarrillo, como una paja gruesa, oscila entre los dedos índice y medio, único movimiento que se intuye en la imagen. Llama la atención un zarcillo en la oreja izquierda, pero lo único que importa es la presencia global de esa criatura que se cuela en nuestra vida.

 Algunas páginas de La aventura soñada (Ediciones Siruela, 2022) nos llevan a querer sacar de las estanterías los tebeos de Corto para cotejar sus viñetas con las notas de Thierry Thomas. Para releer algunas de sus historietas. Por supuesto que la presencia de Corto es muy importante en las páginas de La aventura soñada, pero en ellas también aparecen Jesuita Joe, Ernnie Pike, Koinsky... y tantos otros personajes, algunos tan reales como Saint-Exupéry.

Jesuita Joe, de Hugo Pratt
Fotografía: Pedro Delgado

Conversación en Mululhé, de Hugo Pratt
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Hugo, que el primer libro que leyó, siendo un niño, fue una antología de fragmentos de la Ilíada y la Odisea, reconocía a tres maestros: Homero, Stevenson y Milton Caniff. «Y a unos pocos más, de menor importancia...».

 Hugo amaba Terry y los piratas, la obra cumbre de Milton Caniff. Con ella descubrió que «dibujar y contar, dibujar y escribir, es el mismo acto, puesto que es el mismo gesto». Por eso en Hugo el dibujo y la escritura se fusionan. Recientemente, en un viaje a Barcelona, me topé con La Bola, una encantadora almoneda, una cueva de Alí Babá llena de cómics, libros, juguetes y objetos de coleccionismo.

 Allí compré para mi colección unos tebeos antiguos. En la portada de uno de ellos se veía un dibujo de Milton Caniff, y en su interior algunas tiras de prensa de su obra Miss Lace. Supuse que Hugo, de haber entrado en aquella tienda, también se lo habría llevado. Io mi drogavo con Milton Caniff, dejó escrito en un pósit en su taller.

Comix Internacional nº 10, con Milton Caniff y su Miss Lace
Fotografía: Pedro Delgado

 Aunque La aventura soñada ganó el Premio Goncourt de Biografía 2020, esta obra no se ajusta a lo que yo entiendo por una biografía. Como indica el subtítulo: Un retrato de Hugo Pratt, es más un peculiar retrato, al estilo de los pintores impresionistas. Así que no busquen aquí la vida pormenorizada de Hugo Pratt desde el nacimiento hasta la muerte. Aquí encontrarán imágenes, notas o apuntes de Hugo y de su obra, a veces desenfocadas o de apariencia inacabadas. Pinceladas ante las que es necesario tomar cierta distancia para poder ver a nuestro protagonista de una pieza. Quizás sea el último capítulo el que mejor defina esto. Lleva por título El verano aún no ha dicho la última palabra, y en él Thierry contempla centenares de fotografías de Hugo esparcidas por el suelo formando un damero. Camina descalzo entre ellas con sumo cuidado de  no pisarlas. Y se arrodilla o acuclilla aquí y allá para examinar de nuevo alguna instantánea.

Hugo murió hace veinte años. Debo realizar un documental sobre él para el canal ARTE. Me propongo filmar las fotografías haciendo circular la cámara por encima de esa especie de fotonovela deconstruida, de historieta cuyas viñetas se hubiesen mezclado: su vida...
***
Hugo me cerca. Hay tantas fotografías. De su familia, o tomadas por él. Y, sobre todo, de él. Ochocientas sesenta y cuatro; sabré la cifra exacta cuando llegue Anne en compañía de Xavier, el director de fotografía, y escanee este desbarajuste oceánico mientras escucha música brasileña.
***
Me gustaría que estuviera aquí para ordenar las fotografías: a fin de cuentas, es su vida.

 Entre todas esas imágenes hay una de 1992, de cuando realizó un último periplo por el Pacífico para volver a ver las islas de La balada del mar salado. Ese día había ido a visitar la tumba de Stevenson, pero ya está enfermo y no consigue subir a lo alto de la colina donde reposa el autor de La isla del tesoro. «Se sienta en el tronco de un árbol caído, en medio de una humedad asfixiante. Le dan algo de beber. Hasta el final, quiso creer que lo real contiene su sueño».

 Cierro el libro, traducido por Regina López Muñoz, y observo dos siluetas que se alejan juntas con un macuto al hombro, el macuto de las partidas. Tras ellas caminan algunos gatos con la cola levantada, y unas gaviotas sobrevuelan la escena. Me pregunto a dónde irán esos dos, y con el interrogante me asalta un impulso, uno que me lleva a levantarme y a salir corriendo tras ellos. Los felinos se asustan al sentir mis pasos y salen huyendo, pero Hugo y Corto se giran y me esperan. Y al llegar, me echan un brazo sobre el hombro. Y así, como tres camaradas que llevan más de media vida juntos, caminamos en busca de la próxima aventura.

Epílogo

 Como les narré en mi anterior entrada*, este libro se lo estaba leyendo a mi padre en el Hospital Civil, donde ingresó por las secuelas de un ictus. A pesar de que aún le queda mucho para recuperar la movilidad del lado derecho de su cuerpo, el viernes 17 de este mes le dieron el alta y regresó a su casa. Allí, en el hogar donde me crié, terminé de leerle ese mismo fin de semana la biografía de Hugo Pratt. Al acabar y dejar el libro sobre el mueble del salón, entre decenas de fotografías de la familia, me fijé en una foto de mi infancia. En ella aparezco con mis padres y dos de mis tres hermanos, montados en un barco que salía del puerto de Málaga para dar un paseo por la bahía. Cogí la foto y se la mostré a mi padre. «¿Quién es este?», le pregunté. «Pues tú», me dijo, y luego añadió con una sonrisa: «El Corto Maltés de niño».

Con mis padres, dos de mis hermanos y la gorra de Corto
En el dorso, con la bonita caligrafía de mi padre, se lee:
Puerto de Málaga, 19 de abril de 1970

*https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2023/02/del-cohete-chino-el-ictus-de-mi-padre.html


martes, 27 de julio de 2021

DE MI MADRE Y LA MÁQUINA DEL TIEMPO DE JOHN REED


La guerra en Europa oriental, de John Reed (Editorial Txalaparta)
Fotografía: Lucía Rodríguez

El 22 de mayo de este año mi madre ingresó en el hospital Carlos de Haya por una pancreatitis, y lo que parecía iba a ser una breve estancia se alargó hasta un mes, pasando por la UCI y la UCRI.

 Durante esos días, en las horas largas y llenas de incertidumbre en las que mi madre se entregaba al sueño, y los ruidos de la calle y las sirenas de las ambulancias llegaban amortiguados, yo abría un libro para despejarme: La guerra en Europa oriental, de John Reed (Editorial Txalaparta, 2006), del que ya había leído México insurgente.

 Al final de la semblanza biográfica del estadounidense, que precede al texto, unos versos del propio Reed me estremecieron:

«Así viene la muerte, yo lo sé: suave como la nieve y con gentil frialdad».

 El mismo día en que mi madre entró al hospital se murió uno de sus dos canarios, una hembra que tenía algún tipo de parálisis en las patas, así que todos le callamos la noticia, no fuera a interpretarlo como una mala señal. Aquellos versos también me parecieron un signo de mal agüero, un mal sino que afortunadamente no tuvo lugar.

 Aunque en los hospitales no es necesario mirar la hora, porque el tiempo esta regulado por la luz del sol y de la luna que entra por el ventanal y por las comidas y las entradas puntuales del personal sanitario, a mi madre le gustaba tener su reloj de números romanos bien grandes colgando de la barandilla. Cuando despertaba del sueño y conversábamos, a ambos nos venían recuerdos familiares, y la certeza de que las cosas pasan cuando nadie se las espera: la enfermedad y el no poder asistir a la deseada comunión de su nieta. A veces no tenía ganas de hablar, y me animaba a coger mi libro de la mesita, sobre la que se amontonaban vasos de plástico, botellas de agua y de suplementos hipercalóricos y blísteres vacíos de pastillas, junto a un abanico y un bote de colonia que me recordaba al olor de mi limonero.

 Una vez me preguntó qué leía, y tuve que explicarle que aquel libro narraba el periplo del periodista John Reed por el frente oriental durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial. Al oír la profesión de Reed, me recordó que yo de pequeño quería ser periodista, y que ella siempre me decía que cómo iba a serlo, si siempre llegaba tarde y preguntando qué había pasado.

 En cierto modo, mi madre tenía razón: un buen periodista tenía que ir por delante de la noticia. Y en eso John Reed no dejaba de sorprenderme. Y sino, fíjense en lo que decía de Serbia y acuérdense de Yugoslavia y la guerra de los Balcanes.

Son el único pueblo de los Balcanes que no se ha mezclado desde su llegada a la región, hace ocho siglos, y el único que ha construido su propia civilización, y que nada ha conseguido modificar. Los romanos poseían una línea de fortalezas en la región, pero no establecieron colonias. Los cruzados tan sólo pasaron. Los serbios han mantenido sus estrechos desfiladeros contra los tártaros de Bulgaria, los lacios de Rumanía y los hunos y los checos del norte y, mucho antes que sus vecinos lo hicieran con la ayuda armada de las naciones europeas, Serbia se liberó del yugo de los turcos por sí sola. Mientras Europa imponía dinastías extranjeras a Bulgaria, Rumanía y Grecia, Serbia era gobernada por una dinastía propia. Con tal herencia y tal historia, con el impulso imperialista que crece día a día, hora a hora en el corazón de sus campesinos-soldados, ¡a qué terribles conflictos no va a ser arrastrada Serbia por su ambición!

Le comenté que en el libro había otra pandemia. Si aquí estábamos inmersos en una quinta ola de coronavirus, en el texto eran la peste y el tifus los que campaban a sus anchas. Y ya había por entonces gente que despreciaba las medidas profilácticas.

(…) los ingleses habían persuadido al Gobierno serbio para detener todo el tráfico ferroviario durante un mes, a fin de prevenir la extensión del contagio; tras lo cual, habían hecho tomar medidas sanitarias en las sucias ciudades, impuesto la vacunación contra el cólera y comenzado a desinfectar a amplios sectores de la población. Los serbios se reían de ello: estaba claro que esos ingleses eran unos cobardes. (…) Para los serbios, tomar medidas de prevención era prueba de pusilanimidad. Contemplaban los inmensos estragos de la epidemia con una especie de melancólico orgullo: de la misma manera que la Europa medieval consideraba la peste negra.
***
 (…) una bandera negra, signo de, al menos, una muerte en casa, colgaba de casi todas las puertas.
***
 –¡El tifus! –Johnson señaló los muros de las casas, a cada lado de la carretera– Casi todos estaban pintados con una cruz blanca, a veces con dos o tres.
 –Cada cruz significa un caso de tifus en la casa. En menos de un kilómetro, conté más de un centenar. Parecía que ese país, risueño y fértil, ya no producía más que muerte o estelas funerarias.

 John Reed, que ya había recorrido como corresponsal la línea de guerra franco-alemana, a finales del verano de 1914, encontró en la primavera de 1915, en la otra punta del frente, la misma brutalidad (espeluznantes la atrocidades cometidas por austriacos y húngaros en Serbia y los pogromos rusos contra los judíos) y el mismo sinsentido.

 Leer este libro de John Reed es entrar en una máquina del tiempo, y aparecer en la Europa de abril de 1915. La narración empieza con John Reed navegando en el Torino por las aguas del mar Egeo, en compañía del dibujante canadiense Boardman Robinson. El buque los lleva desde Brindisi a una Salónica devastada por la peste y las incertidumbres del conflicto, un lugar en el que el Este y el Oeste se encuentran frente a frente.

Poco a poco, una ciudad gris y amarilla se destacaba en el árido paisaje, como si trepara por una abrupta elevación que surgiera del mar, con anchos tejados de tejas irregulares y redondas cúpulas coronadas por un centenar de minaretes. Una ciudad rodeada por la gran muralla almenada edificada en tiempos del Imperio latino: ¡Salónica, la puerta oriental de la guerra!
 (…) El viento nos traía el pregón de los mozos de cuerda árabes, los gritos del bazar, los extraños cantos entonados por los marinos de las costas del Asia Menor y del Mar Negro al izar las velas latinas de sus embarcaciones, de proas decoradas con ojos cuya forma parece más antigua que la historia; un muecín llamando a los fieles a orar; rebuznos de asnos y flautas y tambores que tocaban una gemebunda música de danza desde alguna casa con celosías, allá arriba en el barrio turco. A menos de doscientos metros de nosotros, enjambres de barcas multicolores, tripuladas por morenos piratas descalzos, se atropellaban violentamente en medio de un gran concierto de aguas algaradas.
 (…) Es la antigua Tesalónica. Aquí botó Alejandro sus flotas. Había sido una de las ciudades libres del Imperio romano; una metrópolis bizantina sólo superada por Constantinopla y el último baluarte de aquel romántico Imperio latino, donde los vencidos restos de los cruzados, derrotados, se aferraron desesperadamente al Levante que habían ganado y perdido. Hunos, eslavos y búlgaros la asediaron; sarracenos y francos asaltaron esa, hoy ruinosa, muralla amarilla, masacraron y saquearon en esas sinuosas calles; griegos, albaneses, romanos, normandos, lombardos, venecianos, fenicios y turcos la gobernaron sucesivamente y San Pablo la agobió con sus visitas y epístolas. Austria casi la conquistó en la Segunda Guerra balcánica, Serbia y Grecia rompieron la Liga balcánica para apoderarse de ella y Bulgaria se lanzó a una desastrosa guerra para poseerla.
 Salónica no es una ciudad de ninguna nación y es ciudad de todas las naciones: es cien ciudades, cada una con un pueblo diferente, con costumbres y una lengua diferentes.
 ***
La oscuridad llegó de forma súbita. En un instante, la blanca cima del Olimpo resplandeció con un rosa sobrenatural que se extinguió poco a poco. En el cielo infinito millones de estrellas se iluminaron repentinamente; la luna creciente brillaba en medio de la noche. Por debajo de nosotros, los muecines salieron a los pretiles de diecisiete minaretes con minúsculos farolillos amarillos y los izaron bamboleares sobre sus mástiles. Desde el lugar en que estábamos, podíamos oír cómo sus voces, agudas y disonantes, llamaban a los fieles a la oración.
 (…) Hoy la ciudad turca declina y el tranquilo curso de su vida se reduce, año tras año, ante el flujo ascendente de los griegos curiosos y activos. Las mezquitas caen en ruinas una tras otra y cada mes un nuevo minarete, desde el que el muecín llamaba desde hacía siglos a la plegaria, deviene mudo y desierto. La Meca ha devenido igualmente lejana e impotente y, cualquiera que sea la salida de la guerra, Estambul ya no reinará nunca más sobre Salónica; los turcos de Salónica agonizan. La ciudad misma agoniza: está separada de tierra adentro, las fiebres suben periódicamente desde las marismas del Vardar que discurre por debajo de ella, el limo invade lentamente su magnífico puerto y la voraz corriente del río devora ya la ciudad. Bien pronto Salónica ya no valdrá una guerra.

 La erudición y la capacidad de descripción de Reed son las que hacen realidad ese salto en el tiempo. De su mano, a través de sus crónicas publicadas en el Metropolitan Magazine de Nueva York, continuaremos viaje, siempre al filo de la navaja, por Serbia, Rusia, Constantinopla, Rumanía y Bulgaria.

En aquel puesto fronterizo abandonado, habían avisado de nuestra llegada y, en una habitación con olor a cerrado y que nadie había limpiado desde hacía largo tiempo, un hombre pequeño, miserablemente vestido, visó nuestros pasaportes. Escoltados por dos soldados, retomamos nuestro camino hacia el río donde nos esperaba una barcaza medio llena de agua; una cuerda tendida, desde la ribera, se perdía en la oscuridad: ¡hacia Rusia! No podíamos ver la otra orilla, pero cuando empezamos a deslizarnos por la sombría corriente, la orilla rumana se desvaneció tras nosotros; durante un momento, fuimos a la deriva por un mar sin orillas, luego, a la luz de la débil claridad de un cielo rojizo, vimos dibujarse algo: un gigantesco soldado con un fusil con larga bayoneta, con su alto gorro de través, sobre la frente, como sólo los rusos lo llevan. Cerca de él se adivinaban los vagos contornos de un coche de dos caballos.
 Sin mediar palabra, el centinela cargó nuestros equipajes en el coche y subimos. Saltó a su asiento, hizo restallar su látigo y partimos, hundiéndonos en la arena… Un repentino saludo gutural brotó de la oscuridad y otro inmenso soldado salió de la noche, al lado del coche. Nuestro guía le tendió un pedazo de papel que el otro hizo como si leyera, a pesar de que estaba al revés, era noche oscura y él era analfabeto.
Chorošo! ¡Bien! –gruñó y nos hizo una señal con la mano–: Pozalujsta! ¡Por favor!

John Reed y Boardman Robinson en 1915

 Reed y Robinson buscan con mil argucias llegar a la primera línea del frente de batalla para contar la guerra, y para ello no dudan en arriesgar sus vidas –tomados por espías alemanes, son retenidos y a punto de ser fusilados en Cholm (Rusia)–. Quieren ver in situ una carga de los feroces cosacos del Kuban o a los turcos combatir en Gallípoli, pero "su destino fue siempre llegar en el curso de un relativo estancamiento de las hostilidades". Es por eso que, más que la guerra en sí, lo que nos cuenta Reed es la barbarie, el caos y la miseria que ésta produce, a la vez que nos da a conocer cómo la viven los distintos pueblos que la sufren.

En un escenario mediatizado en todo momento por los horrores de la guerra, busca a la gente en cafés, bazares, mercados y habla, regatea, bebe con ella, ya que a pesar de la guerra la vida sigue transcurriendo y es ahí donde mejor puede nutrirse del material humano con que escribir después los artículos sobre la contienda.
Juan Carlos Berrio Zaratiegi
(de la semblanza biográfica de John Reed) 

 Los hechos que jalonan la vida de Reed lo equiparan con los periodistas, escritores y aventureros estadounidenses por antonomasia: Jack London y Hemingway; y si estos dos ya aparecían dibujados por Hugo Pratt en los cómics de mi querido Corto Maltés, el periodista Juan Antonio de Blas también fantaseó en un artículo (aparecido en el álbum Corto Maltés. La juventud, de Hugo Pratt (NORMA Editorial, 2004)) con el encuentro entre Corto Maltés y John Reed.

Jack London en Corto Maltés. La juventud (Norma Ed.)
Hugo Pratt

Hemingway en Bajo la bandera del oro, cómic de Corto Maltés (Norma Ed.)
Hugo Pratt

El cuarto documento que poseemos sobre la juventud de Corto relata un hecho poco conocido de la biografía de su amigo John Reed. En 1910, Corto era segundo oficial en el S.S. Bostonian, un barco destinado al transporte de animales que enlazaba Boston con Liverpool. Durante uno de sus viajes, dos estudiantes norteamericanos, Reed y Pierce, se enrolaron como tripulantes. Debido a la rudeza del trabajo, el segundo desertó, prefiriendo efectuar la travesía en un bardo de línea. Pero su desaparición, que se descubre cuando ya está en alta mar, le vale a John Reed la acusación de homicidio, ya que se encuentran en su camarote pertenencias, papeles y parte del dinero de Pierce. Corto no se fía de las apariencias y decide creer la versión de Reed. Así que, por vía de  navíos más rápidos que el suyo, moviliza a sus amigos en Inglaterra. Cuando Reed comparece delante de la Corte de Manchester para responder del asesinato, Corto introduce en la sala del tribunal al mimo Pierce que, entretanto, se ha encargado de encontrar. Al severo capitán del Bostoniano, la acusación se le torna ridículo, y Reed es puesto en libertad. A Corto, la aventura le vale perder el empleo y ser inscrito en la lista negra de la mafia de los capitanes. Pero gana un amigo. Corto deja de navegar en los barcos yanquis para meterse en el contrabando entre las Antillas y el Brasil.
Juan Antonio de Blas
Retrato del marino adolescente

 Mi madre salió del hospital para volver a entrar a las dos semanas. Y allí sigue. No quiere morirse, ni ninguno de nosotros quiere que lo haga, así que sigue presentando batalla a la enfermedad. Todos estamos pendientes de ella, sobre todo mi hermano mayor, que es médico en el mismo hospital y le revisa a diario los drenajes y el tratamiento, vigilando su evolución. Él aplaca nuestros miedos y los nervios de mi madre, que teme que vuelvan a ingresarla en la UCI o en la UCRI. Mientras tanto, nos turnamos para arroparla, para que no se sienta sola tumbada en esa cama articulada –que ya no sabe en qué postura colocar–, y con ese camisón que no es el suyo. Mi madre cumplió 87 años el pasado día 17, y los celebró en el hospital. Así que todos tenemos la ilusión de que salga pronto y podamos celebrar en condiciones el convite de la comunión de su nieta y su cumpleaños.


Nota: Los textos de color naranja pertenecen a la primera edición de La guerra en Europa oriental, publicada por la editorial Txalaparta en enero de 2006, con la traducción a cargo de Antonio Iori. El libro contiene fotografías en blanco y negro de la contienda y dibujos a tinta y plumilla de Boardman Robinson.

 La editorial Txalaparta también tiene publicadas las otras obras de Reed: México insurgenteDiez días que estremecieron al mundo, Hija de la revolución y Rojos y rojas.