viernes, 1 de agosto de 2025

LA OTRA CIUDAD, DE PABLO ARANDA


La otra ciudad, de Pablo Aranda (Espasa Calpe, 2003)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Por motivos que no vienen al caso, estuve sumergido unas semanas del mes de junio en las páginas de La otra ciudad (Espasa Calpe, 2003), del añorado Pablo Aranda.

 Paco va hacia el río, la perra a su lado. Le gusta pasearla por el río porque allí todo está tranquilo, apenas hay gente. Aunque le agobia un poco caminar por el valle, el cañón que es el cauce de un río seco: altos muros a los lados. El río es un paréntesis de la ciudad, un respiro, sin casas, sin coches, sin gente. A veces, debajo de uno de los puentes, verá Paco a las viejas glorias del barrio, los jóvenes emprendedores que trabajaron la plaza antes que su hermano Manolo, miembros de la generación anterior que, solidarios, han cedido su puesto de venta en la plaza para dedicarse –tras algunos años de intensa vida laboral en el campo del trapicheo– a deambular, a buscar la forma de conseguir dinero para conseguir la dosis que les dé fuerzas para buscar la forma de conseguir dinero, a entrar y a salir de la cárcel, a ir perdiendo la compostura y los últimos atisbos de dignidad, a bajar al río a fumar chiné cuando ha habido suerte, mientras Paco ya va creciendo y va dejando de ser aquel niño que jugaba cuando eran ellos los reyes del efímero imperio de la plaza, Paco que pasará junto a ellos acompañado de un perro enano y negro que no se separa de él, Paco que pasa y les mira un instante con indiferencia, casi como si no estuvieran, igual que ellos que ni le miran, como si no pasara Paco que va creciendo y baja al río a pasear a la perra, porque allí, en el río, se está tranquilo, sin gente, sólo a veces dos o tres fumando, sombras de ellos mismos, humo.
***
 Se estaba bien en el río, en calma. Ya estaba oscureciendo. Paco bajaba casi todos los días, a esa misma hora o un poco más tarde. A veces, solos Richa y él, otras los cuatro, otras él solo. Meses más tarde dejaría de ir al río, desde el encontronazo que tuvo con uno al que confundió con su hermano. Entonces cambió el río por El Ejido, que también era tranquilo. Lo malo del Ejido era que para subir hasta allí tenía que andar un trecho más que para el río, pero una vez allí se estaba hasta mejor, sin la leve claustrofobia de los muros del cauce que impedían ver casi todo lo que había más allá de los muros, dando la impresión de que no existiera el otro lado, sólo ocultándolo; era ésta una sensación que notaría Paco después, cuando ya no iba al río.
***
 Caminaba despacio Paco y la perra junto a él. De cuando en cuando se acercaba, la perra, a algún arbusto a olisquear y volvía correteando. Por la noche, y los sábados y domingos durante todo el día, era mejor ir al Ejido, mejor que por la mañana. Por la noche no había nadie. El Ejido es como una isla, un monte sin habitantes en el centro de la ciudad, sin viviendas al menos alrededor de aquel parque flanqueado por el instituto y por varios edificios de la universidad que quedaban desiertos por la noche. Entonces, de noche, aparecía Paco por el parque que hacía un rato había cruzado Rafa, un parque por el que a esas horas sin luz no se atrevían a pasar ni los que vivían en las calles de atrás, al otro lado de las escuelas y facultades de la universidad. Era muy grande el parque cuando no había nadie. Llegaba Paco hasta las puertas del instituto por el que tantas veces había entrado y allí se daba la vuelta: frente a él árboles frondosos rodeados de tierra, atrás el instituto y un teatro, a la derecha edificios de la universidad, paredes viejas que se repetían también a la izquierda, fachadas sucias de una universidad que crecía a varios kilómetros de allí, al frente nada.
Parque de El Ejido, Málaga
Fotografía: Pedro Delgado

I.E.S. Cánovas del Castillo "El Ejido" junto al Teatro Auditorio
Fotografía: Pedro Delgado

 La otra ciudad fue su primera novela, y con ella alcanzó la gloria literaria: fue finalista del Premio Primavera 2003 y recibió un adelanto de la misma editorial para escribir su siguiente novela. Con ella, el sueño de ser un escritor profesional, de poder vivir de las letras, se le hizo realidad. Él lo aceptó gustoso, pero sin aspavientos. Aquello le cambió la vida, pero no su forma de ser. No se convirtió en un ser engreído y vanidoso, si no que siguió siendo el mismo Pablo de siempre: cercano, afable, buena gente, «corazón blanco» que le dijo aquel argelino.

Pablo Aranda fotografiado por Julián Rojas

 Yo no había leído sus dos primeras novelas, y me sorprendió encontrar ya en esta primera la madurez, el estilo y los temas de las posteriores. En las cerca de trescientas páginas de La otra ciudad ya asoman los grandes momentos literarios de Pablo: lo personal de su estilo y su voz; la construcción no lineal del relato con esos saltos en el tiempo; las repeticiones sobre las que se cimienta la historia; el monólogo interior que da acceso al flujo de conciencia de los protagonistas; los personajes en el centro de la trama; la inmigración; la mirada social, reflejando la vulnerabilidad de esos personajes que están un tanto al margen de la sociedad y a los que trata con ternura; y la ciudad como escenario real por el que estos se mueven. Todo ello, marca de la casa.

 La novela abarca un arco temporal grande, por lo que hay días de lluvia y de terral en Málaga, y críos que se hacen hombres y mujeres débiles que se hacen fuertes.

 El personaje principal de la novela es Paco, un tipo introvertido y sensible en todas sus variantes: porque a ratos tenemos al Paco adolescente que va al instituto de formación profesional, y en otras al Paco adulto que trabaja en el taller de mecánica de Ramón y espera un hijo de Nadia, una inmigrante marroquí –o bereber, que preferiría decir ella– con la que se ha arrejuntado.

–¿Bereber?
–Sí, aquí somos todos moros, y en los libros somos todos árabes. Asun, ya la conoces, la del curso de mujeres, también hablaba de árabes, pero yo no soy árabe, soy bereber, y en Marruecos, cuando vivía con mi tía, hablábamos en bereber.
–¿Y con tu padres también?
–No, con mis padres en una mezcla de árabe y de bereber.
–¿Y con tus amigos?
–En árabe. En una ciudad grande casi todo el mundo se entiende en árabe.
–Y cuando tú eras chica vivías en el pueblecito ese de las montañas, con todos los bereberes.
–No –sonrió Nadia, le enternecía la ingenuidad de Paco, su dulce ignorancia, su infantil curiosidad cuando estaba con ella, el privilegio de conocer a un Paco hablador, sólo de puertas hacia dentro–, mi madre se fue del pueblo cuando se casó, mi padre ya vivía en la ciudad.

 Y junto a ellos tenemos a la familia de Paco: su padre, Manolo, señor de la barra, siempre acodado en la del bar del Chato, alcohólico; su madre, Encarnación; su hermano Manolo, señor de los futbolines, que es el chulo del barrio, cinco años mayor que él, con el que no se habla desde que le dio una paliza por cogerle una camiseta de su armario, un tipo mal encarado y violento que acabará malamente de adulto; y su hermana Lucía, que tiene un churumbel, Ismael, abandonado por su padre antes de nacer. Lucía e Ismael, pendientes de la trabajadora social, con los que Pablo abre el primer capítulo del libro.

Llueve en la ciudad. Primero poco, gotas dispersas. Alguien dice me ha caído una gota y nadie le hace caso hasta que otro añade a mí también. El suelo va llenándose de círculos negros, despacio, cada vez más. Lucía coge al niño de la cintura rodeándolo con el brazo, le aprieta y el niño se queja. Espera, mi vida, le dice, vamos a recoger las sábanas. Piensa que podía haberlas recogido esa mañana porque seguramente ya se habrían secado. Mientras deja al niño en el suelo diciéndole, gritándole, de aquí no te muevas, a ver si me dejas recoger lo que tendí ayer antes de que esté empapado del todo, coño con la lluvia que tenía que empezar a llover justamente ahora, para que se me mojen los trapos, no podía haberse esperado hasta mañana. Mientras deja al niño en el suelo va quitando las pinzas –algunas las sujeta con los labios– y toca para ver si vale la pena descolgar la ropa, que se ha mojado muy poco. Está cansada, todo lo hace con prisa. Y encima el niño. El niño que requiere toda la atención del mundo, a ver si me conceden ya el pase ese para poder dejarlo en una de las guarderías del ayuntamiento, cuánto tiempo esperando, y encima me dará pena cuando lo lleve, seguro que lloro yo más que él la primera vez que pase toda la mañana allí, con los otros niños y con las encargadas, que no me creo yo que les importe mucho cuando un niño se ponga a llorar y a lo mejor, cuando se caga uno, lo dejan un rato antes de limpiarle el culo al pobre, como le pasó al niño de la Juana, que vino con el culo escocío el pobrecito mío que es que se le quitan las ganas a una de dejar al niño con nadie, porque la verdad es que mejor que con su madre no va a estar en ningún lado, eso que no me lo discutan, pero una no puede llevarlo todo para adelante, imposible, si por lo menos me durmiera bien, mira, pero así como duerme que es que da hasta pena verlo, tan chiquitito y con esas lloreras por la noche, angelito, pero ojalá me den el permiso para la guardería, yo creo que sí me lo van a dar, y muy pronto, que me lo dijo la trabajadora social que es muy apañada la chiquilla y me dijo que volviera el jueves y que a lo mejor ya me lo ha conseguido porque ella sabe muy requetebién que no tengo ni un duro y además si dejo al niño por las mañanas puedo ir al sitio ese, donde me dijeron que necesitaban una mujer para limpiar las escaleras y también podría echarle una mano a Nadia, que tiene que estar a punto de parir.

 Además, están los amigos del instituto de Paco, donde estudia un módulo de mecánica: Richa, Fali y Pelusa, la pandilla con la que compartir cháchara y batidos de litro de chocolate como si fueran de cerveza, y con los que, ya de adulto, camina hacia el Materno una tarde de agosto. Cruzar todo el barrio y más, bajo un sol imponente, para llegar al hospital donde Nadia va a dar a luz.

 Andan rápido los hombres. Dejan atrás un callejón que da a otro descampado. Es imposible caminar en línea recta: tienen que esquivar montones de escombros. Mira Paco hacia los lados, sin aminorar el ritmo que él impone.
 –Esto eran casas –murmura, y nadie le contesta, lleva todo el rato así, hablando para él mismo, en voz baja, como si pensara, por eso los otros le miran de reojo y siguen caminando, sin decir nada.
 Paco se mira de nuevo las manos de grasa. Ya se ha quejado varias veces, mierda, se me ha olvidado lavarme las manos con las prisas, me las tengo que lavar. Van sudando. El sol pega fuerte, arriba, sin dejar lugar a las sombras, vertical. Los cuatro hombres andan deprisa, Paco el primero. Todos en un silencio que sólo rompe de cuando en cuando Paco en voz baja, para comentar algo sin mucho sentido, para quejarse de las manos llenas de grasa. Serán las cinco. No se cruzan con nadie.
***
 –Paco, espera –le dice Fali.
 Paco se para, se vuelve, interrogándole con la mirada.
 –Vamos a subir un momento a casa de mi tía que vive aquí, para beber agua y si quieres te lavas las manos.
 Le sentó bien el agua fría, lavarse al fin las manos y la cara, meter la cabeza debajo del grifo y salir con el pelo chorreando. Darle las gracias a la tía de Fali que le decía ya verás como todo sale bien, y bajar de nuevo de dos en dos los escalones, seguido de sus amigos. Volver a la calle caliente, sola, dudar un momento si torcer a la izquierda o seguir recto. Continuar.
 –Ya falta menos –dijo Richa.
 Un perro diminuto salió de una casa y les siguió unos metros ladrando. Ahora, cruzando un nuevo descampado, los cuatro en línea. Fali, muy delgado, el más alto; Pelusa con el pelo muy corto, casi rapado, patillas largas, bajo, fuerte; Richa grande y gordo, con melenas, sudando más que ninguno, con un aro en la oreja izquierda; Paco ni alto ni bajo, los músculos de la cara marcados. Juntos los cuatro. Adónde irán los cuatro, había gritado una señora del barrio al verles pasar. Adiós, Dolores, le contestó Pelusa.
 Dejaron atrás la calle Salamanca, el mercado, salieron a las grandes calles cercanas al río, al otro lado del puente pararon un momento sin haber dicho nada, en una sombra. Fali sacó un cigarro, pero no lo encendió, se lo puso en la oreja. Un poco más allá se veía el gris de los muros del hospital.
Calle Cruz del Molinillo con el mercado de Salamanca al fondo
Fotografía: Pedro Delgado

 Entre esos amigos del instituto también está Raúl, que en vez de mecánica estudiaba un módulo de diseño gráfico, pero que se juntaba bastante con ellos porque era de los que jugaba al fútbol, y que acabaría siendo policía nacional.

 Cuando terminó de estudiar Raúl se puso a estudiar más. No se le veía apenas, de su casa a la academia donde se preparaba, de la academia a su casa, de su casa al gimnasio o a correr y del gimnasio a su casa a estudiar más. Así un año entero hasta que un día llegó a los bancos, estás blanco Raúl, a ver si vas a la playa, tanto estudiar, que te vas a quedar ciego y se te va a olvidar cómo es la calle, les informó de que habían salido las listas, qué listas, las de ingreso, y les dijo que había entrado en la academia de policía y que se tenía que ir en un mes a Ávila, donde, por lo visto, hacía un frío que no veas en invierno y estudiaría dos años, y después sería un policía y todos le miraron como si fuera muy importante y Raúl les habló de las clases de tiro y del uniforme y del sueldazo que iba a tener todos los meses durante toda la vida, en serio, tíos, toda la vida.

 Y está Laura, de la que se enamoró platónicamente a los catorce años –antes de cruzarse en una gasolinera de Huelva con Nadia, cuando se averió el autobús de vuelta de un viaje de estudios a Portugal–.

[...] Solían comprarse un bocadillo cada uno en el bar del instituto y un litro de batido para todos. Se sentaban en la parte de atrás, donde los campos de deporte, y allí se iban pasando el batido. Se juntaban ocho o diez que no siempre eran los mismos, pero ya estaban los que se harían amigos incondicionales de Paco (al que acompañarían años más tarde en la odisea de cruzar los prados urbanos de casas, manzanas enteras arrancadas, en busca de Nadia). Éstos eran Richa, Pelusa y Fali. Los otros eran de la clase, o alguna muchacha de otro curso, pues en el módulo de mecánica prácticamente todos eran varones. A Paco le encantaban los recreos, estar allí sentado escuchando lo que otros contaban. Le gustaba saberse miembro de ese grupo, sentirse amigo de ellos, notar que todos le miraban de una forma extraña y bonita, como con respeto sin tener él que esforzarse por conseguirlo.
 Aquella mañana todo fue diferente para Paco. Estaban allí sentados, más o menos, los de todos los días. Había, además, uno de los miembros itinerantes: Laura. A Paco le sonaba su cara de antes del instituto, pero no sabía de qué. Solía andar con Juana, una vecina de Richa, y a veces se iban las dos con ellos en los recreos. Paco buscaba momentos cortos para mirarla sin riesgo de ser sorprendido: cuando estaba bebiendo de la botella de batido, cuando todos observaban algo que no estaba allí. Paco la miraba y se conformaba con mirarla.

 Y Rafa, apodado el «Cura», educador social y profesor de ética del instituto, enredado en la tarea de escribir un ensayo: La ciudad agresiva; Maribel, enfermera y pareja/expareja del primero; Asun, la trabajadora social; y Carmen, la vecina gitana a la que otro chulo de barrio, el «Gato», le hizo un hijo, Isaac, al que ella amamanta y cría con el miedo de que acabe pareciéndose a su padre, dieciséis años ya en la cárcel.

 A Carmen se le vino el mundo encima cuando una noche llamaron a la puerta y abrió Rosa, una sobrina suya que vivía en la casa, y entró al salón con la cara descompuesta que no tuvo que decir nada para que Carmen saliera a la puerta, envejeciendo varios años por el pasillo, donde estaba él, más delgado, más viejo, con el pelo largo y la misma mirada –por qué está tu marido en la cárcel, le había preguntado un día Paco hacía muchos años, cuando niño, no es mi marido, dijo ella, bueno, continuó Paco, el padre del niño, por qué está en la cárcel, insistió Paco, por hijoputa, contestó Carmen–, la misma mirada de siempre.
 –Qué haces aquí –dijo Carmen.
 –He venido a ver al niño.
 –¿Ahora? Hace once años que nació.
 –Ahora es cuando me han dado un fin de semana de permiso –dijo él con la voz distorsionada y un deje de mala leche.
 –No es el primer permiso, ¿por qué no viniste a verle las otras veces?
 –No pude.
 Y Carmen se le quedó mirando fijamente unos segundos y fue a cerrar la puerta de golpe, pero él puso el pie y de un empujón que casi tira a Carmen la volvió a abrir.
 –Te he dicho que he venido a ver al niño –dijo–, dile que salga o entro yo a por él.
 –Está acostado.
 –Pues levántalo.
 Entró Carmen sin cerrar la puerta, encontrando a Isaac incorporado en la cama porque ya le había avisado Rosa, su prima, está ahí tu papá, le dijo, y él no se lo creía, ¿mi padre?, pero si yo nunca he visto a mi padre.

 Y Mariló, la novia del hermano de Paco, Manolo el de los brazos fuertes que, ya de adulto y dueño y señor del barrio, trapichea con costo en la plaza.

 Sin olvidarme de Francis y Antonia, los vecinos de la casa de la familia de Paco. Personajes tiernos y entrañables que uno quisiera proteger, y que nacen del pozo que dejó en Pablo Aranda los dos años que trabajó de monitor en una residencia de enfermos mentales.

[...] Francis vivía en la primera planta, con su mujer, o su novia, Antonia. La gente de la calle decía que estaban locos. Él era gordo, con barba. Siempre que se cruzaba con alguien en las escaleras, o incluso en la calle, saludaba sin mirar, andando con pasos cortos, pesados, respirando dificultosamente, de la mano de Antonia que casi nunca saludaba, siempre mirando hacia abajo, a veces moviendo los labios, puede que hablando sola. A menudo Francis se soltaba de ella un momento y se dirigía a alguien para pedir tabaco.
 –¿Tiene usted un cigarro? –preguntaba. Y la gente, según le pareciera, le daba o no le daba.
 A veces se oían gritos bestiales de Francis en su casa y la madre de Paco solía comentar que en uno de esos ataques iba a cargarse a la loca, que lo que había que hacer era llamar a la policía y que se los llevaran de allí a un manicomio, que ella, la madre de Paco, ya tenía bastante aguantando al grupo de cuerdos que le había tocado para encima soportar a los locos, que se fueran al manicomio, coño, como había sido toda la vida de Dios.
 Al principio de irse a vivir allí Francis y Antonia, los niños del barrio algunas tardes apedreaban a Francis por ver si se ponía rabioso como decía Manolo, el hermano de Paco, que se apostaba a veces en su casa y lo único que conseguían era que se echara a llorar amargamente. Un día entró en el bar del Chato y cuando éste le preguntó qué te pongo, Francis contestó que es que los niños le estaban tirando piedras, llorando, y el Chato se debió enternecer porque salió a la calle y se fue para los niños con un palo a modo de porra que guardaba detrás de la barra y dirigiéndose a Manolo, que por aquel entonces tendría doce años y ya era el jefe de la cuadrilla, dijo algo así como la próxima vez que molestéis a este hombre os meto con el palo este en la boca y os mando a la playa y después venid con vuestro padre, que lo mando también a la playa. Ya no le apedrearon más. El Chato le invitó a un café aquel día y le dijo solamente ya está. A la semana siguiente apareció por la calle la trabajadora social y habló con algunas madres y algún que otro padre. Dijo inserción, enfermos mentales, comprensión, y dos o tres palabrejas más, pero lo que realmente entendieron los oyentes fue lo de si no habrá que ponerse serios. Todos dependían de una manera o de otra de ella: les arreglaba papeles, les incluía en la lista de los que recibían cajas de alimentos. Entre el Chato y la trabajadora social lograron el respeto para Francis y Antonia.

 Y junto a todos ellos, la ciudad de Málaga. Que no es otra que la suya. La Málaga de aquella época, llena de solares, con el centro histórico en pleno proceso de gentrificación –qué bien nos explica Pablo lo que significa esa palabra odiosa–. Una Málaga que ha acabado convertida, quién nos lo iba a decir, en un decorado para los turistas, una ciudad de cartón piedra que soporta una turistificación masiva que ha encarecido la ciudad y disparado el precio de la vivienda.

Descampado en el centro de Málaga, julio 2025
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Se había agotado la ciudad musulmana, los dos ejes que cruzaban la ciudad, de norte a sur, uno, y de este a oeste, el otro, y que convergían en una plaza ahora con fuente y banderas, donde muchos siglos antes los agricultores de los arrabales acudían a vender. Los ejes –las calles principales– que marcaban el diámetro que tenía la ciudad, rodeada de murallas que cerraban sus puertas al anochecer.
 Y lo que no eran las arterias de la ciudad –lo construido entre los ejes– era el laberinto de callejas que ahora terminaba, la distribución de manzanas arbitrarias en las cuales ya no daría sombra en las tardes de septiembre, cuando ya no sacaría nadie la silla a la calle para pasar las horas charlando, mirando a los niños. Ahora una mano poderosa cogía –¿arbitrariamente también?–, como si fueran las fichas de un juego, las casas, y dejaba vacíos los casilleros que habían ocupado, los prados urbanos, la ciudad muerta, la ciudad musulmana. Agotada.
***
El Balneario y su playa (Málaga, 9 de septiembre de 2024)
Fotografía: Pedro Delgado
El Balneario, donde estaba tomando café con Miguel como tantos años atrás, era, había dicho Miguel, la concentración en un espacio chiquitito de La Habana Vieja, una sucursal de Cádiz, de Argel, que ahora querían transformar.
 –Fíjate, Miguel, de esto no hablo en La ciudad agresiva, del Balneario, nos lo van a arrancar, y esto no es que sea también ciudad musulmana, esto es más. Esto es un rincón donde se refugia la esencia, mira estas columnas que por parecer romanas ya son romanas, que no sujetan nada, que son ruinas, y ese trozo de muro que da al mar y que tú dices que es La Habana, el malecón aquí concentrado, y lo dices tú que has estado allí.
 –Pero esto no es la ciudad agresiva, Rafa, esto es la ciudad agredida, la ciudad que no puede defenderse de una agresión.
***
Mercado de Salamanca, en el barrio de El Molinillo
Fotografía: Pedro Delgado
 Sólo Rosa reparó en la silueta que se recortaba bajo la puerta con arco de herradura del mercado. La inmensa luz de la calle chocaba justo en la puerta con la suave y fresca oscuridad del interior a los ojos del que entrara. En el pasillo de los puestos de pescado, hombres con delantales de plástico fuerte y botas de goma charlaban en voz alta, las manos grandes (algunas sosteniendo los botellines de un quinto de litro de cerveza) y rojas de abrir pescado introduciendo un dedo preciso que sacaba las tripas que iban a parar al cubo de basura. El tono era jocoso. Reían. La jornada había empezado pronto, muy pronto, para ellos, y ya podían permitirse el lujo de dejar solos los puestos un rato, las pilas de mármol cubiertas de hielo picado, perejil, y el pescado preparado, atendidos los comercios por las mujeres, esposas, madres, hermanas o, en aquellas pescaderías más grandes, por algún empleado que soñaba con tener algún día su propio negocio y por las noches se imaginaba llegando de la lonja con el pescado para su puesto, recreándose en el aspecto de su tienda, su empresa, pescadería Mi Ana, mientras ella, Ana, dormía junto a él, la respiración pesada, casi roncando. Reían los hombres sobre el suelo inclinado por ambos lados hacia un canalillo central que formaba un charco: ya habían pasado la manguera. La gente que compraba casi toda eran mujeres. Mujeres que hablaban también a voces. No, sardinas no que son muy chicas. A cómo están las coquinas, niño. Ponme dos jibias, no, ésa no, la otra. Cómo está tu madre, dale un beso de mi parte, a ver si me paso una tarde a verla, la pobre. Dame seiscientas pesetas, y esto de regalo, para que no diga.
 Paco entró sin fijarse, bajó los escalones. Ya dentro, se detuvo unos instantes, su silueta todavía oscura, negra, él arriba, como un dios, como el pistolero de la película del domingo por la tarde, cuando volvió a la granja para vengarse [...].

 Una tarde, paseando por Carretería, Pablo le contó a su amigo César –el productor y director de cine Martínez Herrada– que el foco escénico de su novela estaba en las calles paralelas, en el laberinto de callejuelas y callejones próximos que había en el interior de la muralla musulmana, plagado de derribos, solares y escombros.

 Hay en la ciudad calles que no aparecen en los planos. Calles del centro, pasajes que existen desde siempre. Callejones que es inútil buscar en los planos de la ciudad de las oficinas de turismo. Sin embargo esas calles existen, unen calles más grandes abiertas al tráfico. En uno de los pasajes que tal vez existan –antes habría que dejar claro qué se considera existencia– hay, entre dos portales de casas antiguas, de viviendas, donde vive gente que nunca sabrá que su calle, ellos, es como si no existiera, una puerta donde un perro de presa dormita a la puerta de un improvisado taller en el cual un muchacho de apenas dieciocho años arregla motos y rectifica motores, borra numeraciones, discute con su novia, a gritos. En las calles que tal vez no existan la gente lo hace todo a voces y si miras hacia arriba buscando el cielo, entre las fachadas que casi se rozan incumpliendo las actuales normas de urbanismo –ah, la ciudad musulmana–, es posible ver la ropa tendida a un sol que hasta allí no llega. Camisas, pantalones, enormes calzoncillos, los gritos, sirven de crónica actual y viva de lo que allí se cuece. Nunca visitará estas calles una autoridad extranjera, quizá un turista arriesgado a quien le gusta salirse del recorrido oficial y que reconoce en esos grupos de jóvenes sentados en un bordillo (fumando, pasándose una cerveza), a otros grupos similares en todas las ciudades del mundo pero que él relaciona con las que conoce. Nápoles, Marsella, Sevilla. Jóvenes a los que sonreiría sin pensárselo, jóvenes que tal vez piensen en quitarle su cámara, su cartera, el reloj. Muchachos acompañados por uno, por dos perros de presa: en las calles que no existen hay perros chicos y feos o perros de presa, las únicas razas puras admitidas son las de perros capaces de destrozar. Las calles que no existen también están podridas.
 Sin embargo, hay lugares bellos en estas calles. Como la tienda donde una vieja acaricia a un gato mientras charla pausadamente con una vecina antes de preguntar qué desea a alguien que ya hace unos minutos que entró, como un quiosco en el que no te preocupes, ya me lo pagarás otro día, como puerta abiertas de par en par, como un niño solo que sentado en un escalón se te queda mirando descaradamente y te sonríe, como una muchacha de ojos muy oscuros que te pregunta la hora de una forma que quisieras que te lo volviera a preguntar una y otra vez, como un bar que no existe porque está en una calle que no existe y donde los hombres hablan a voces de fútbol y se exaltan y parece que van a llegar a las manos y después casi se pelean por invitarse.
 En las calles que no existen –las del centro y las barriadas que rodean al centro–, los tatuajes forman dibujos torpes de un solo color tinta azul gastada. Hay sombra normalmente en las calles que no existen, y en verano la gente saca las sillas afuera de sus casas y a veces charla y a veces mira, por mirar miran. En las calles que no existen de la ciudad agresiva el volumen de los televisores aleja cualquier intento de sentirse lejos, perdido y solo. Débil, sentirse débil. Y desear que nadie se aproveche de eso, que tu cuerpo acurrucado encuentre la forma exacta de unos brazos que lo cobijen.

 Y que el origen de la historia le había surgido un caluroso día de verano, cuando trabajaba como educador social en un piso habitado por enfermos mentales. Aquel día caminaba con tres de ellos por la zona del colegio La Goleta, donde también estaban derribando edificios antiguos para sustituirlos por nuevas construcciones, modernas, pero feas y faltas de personalidad. Atravesando uno de esos solares, donde aún no habían metido las grúas, se toparon con un drogadicto de aspecto cadavérico que les pidió un cigarrillo. Pablo no fumaba, así que pasaron de largo. Sin embargo, aquel drogadicto siguió habitando la cabeza de Pablo. ¿Quién sería antes aquel tipo? ¿Habría sido durante un tiempo el rey del barrio, el chulo al que todos los muchachos miraban con respeto y admiración? Aquel drogadicto, en la mente de Pablo, en su imaginación, resultaría ser Manolo, el violento hermano de Paco y Lucía. Y los cuatro que caminaban abatidos por el terral terminaron por ser Paco, Richa, Fali y Pelusa.

 Eran cuatro hombres los que avanzaban, los que cruzaban suelos sin forma llenos de escombros y restos de hogueras. La tarde pegaba las camisas a la piel que empapaba las camisas de sudor, al ritmo de los jadeos del andar rápido, de ruidos de cubiertos al otro lado de algunas ventanas donde aún no sesteaban los que tenían la suerte de poder hacerlo. Era primeros de agosto y el sol alto, implacable, no daba sombra a los tres hombres que caminaban deprisa detrás del que iba mirándose las manos y murmurando para sí palabras incomprensibles. Nada es solo, dijo. No habría resultado larga la distancia que los separaba del Hospital Materno Infantil una tarde de primavera, pero era verano. De hecho habían pensado cruzar las calles del centro en coche, pero el encargado de traerlo apareció sin él –se lo llevó mi hermano esta mañana y todavía no ha vuelto, se disculpó– y el que andaba primero no dio opción, nervioso, agarrotado, aguantando los rápidos e intensos latidos de su corazón, a que cogieran un taxi que les aliviase la distancia y el tiempo.
 Cerca de allí, Nadia se agarraba con fuerza a Lucía que, extrañamente, permanecía callada a su lado, pasándole la mano por la frente y el pelo negro, casi meciéndola, como si fuese su hijo (que se había quedado con una vecina) el que tuviera en brazos y quisiera dormirse y ella que se durmiera. Nadia también callaba y se mordía los labios y apretaba su mano en el antebrazo de Lucía y dejaba escapar la primera lágrima, que bajó demasiado rápido hasta la boca y se perdió entre el pelo y el cuello. Maldecía por dentro al médico deseando que llegase ya de una vez, que se apurase el médico y la ayudase ya a terminar con esa tarde horrible que no había hecho más que empezar. Maldecía a Paco que no había aparecido todavía y estoy aquí agarrada al brazo de tu hermana en vez de al tuyo. Deberías estar ya aquí y decirme cosas, o no decirme nada pero estar aquí, conmigo, Paco, Paco de mi vida, aquí conmigo.
 Eran cuatro los hombres que no se detuvieron al levantarse ante ellos el edificio enorme –cristal, gris– del hospital. Aflojaron el ritmo. No buscaron el semáforo ni el paso de cebra. Vieron una puerta grande en un lateral, la puerta que les esperaba, que les empujaría al pasillo que desembocaba en un ascensor largo y estrecho, al otro lado del cual, esperando con la misma ansia con que Paco deseaba encontrarla, estaba Nadia. Ahí mismo. En ese edificio en el que se sumergían.
Hospital Materno Infantil de Málaga
Fotografía: Pedro Delgado

 César quiso comprar los derechos del libro para hacer una película, pero finalmente estos acabaron en manos de otra productora que dejó morir el proyecto en un cajón. Ojalá alguien algún día se acuerde de La otra ciudad y la convierta en la miniserie que nadie pensó rodar la primera vez.

 Para ella ya está escrito el final, ese The end que te arranca una sonrisa, una de esas que siempre te arrancaba Pablo en sus encuentros. Porque Pablo, así lo recuerdo, era un tipo gracioso, noble y tierno, que hoy, 1 de agosto, hace cinco años que nos dejó –aunque siga pululando por las cabezas de todos los que lo conocimos–.


lunes, 21 de julio de 2025

BUCK JONES, DE ALBERTO BRECCIA


Buck Jones, de Alberto Breccia, primer número de la colección Gran Oeste
Laramie Ediciones. Fotografía: Pedro Delgado

Ya se ha publicado el primer número de la colección Gran Oeste, el prometido y esperado proyecto de Laramie Ediciones que recuperará las mejores historias editadas por la mítica editorial inglesa Fleetway. Y como me comentó Alberto Simón, nuestro hombre de Laramie, nadie mejor para inaugurarla que el historietista Alberto Breccia (1919, Motevideo - 1993, Buenos Aires).

Alberto Breccia en su estudio (alrededor del año 1954)

 La primera entrega rescata tres historias del maestro uruguayo con el sheriff Buck Jones como protagonista.

 En la primera, Buck Jones y la caza al apache, el robo de unos caballos en una reserva desencadenará un levantamiento indígena que, tras no pocas peripecias, vendrá a apaciguar el sheriff Buck Jones.

Colección Gran Oeste nº1: Buck Jones, de Alberto Breccia
Laramie Ediciones. Fotografía: Lucía Rodríguez

 En la segunda, Tierra sin ley, Buck Jones tratará de dar con el asesino de su ayudante y resolver de paso un caso de tráfico ilegal de ganado.

Tierra sin ley, una nueva aventura de Buck Jones, de Alberto Breccia
Laramie Ediciones. Fotografía: Lucía Rodríguez

 En el tercero, Asesino, el sheriff de Alkali City tratará de atrapar a su amigo Matt Tyler, sobre el que pesa un cargo de asesinato, antes de que lo haga un insidioso cazarrecompensas.

Buck Jones, de Alberto Breccia (Colección Gran Oeste)
Laramie Ediciones. Fotografía: Lucía Rodríguez

 Como se cuenta en uno de los textos introductorios al cómic, el personaje de Buck Jones coge su nombre de un célebre actor estadounidense de western.

Buck Jones en la década de 1930
Fotografía: Colección Everett

 Nacido como Charles Frederick Gebhart (Vincennes, Indiana, 1891 - Boston, Massachusetts, 1942), el que fuera vaquero en la vida real en un rancho de Oklahoma, se hizo famoso en el mundo del cine bajo el nombre artístico de Buck Jones, llegando a intervenir en más de 160 películas –al inicio como especialista y doble, y pronto como actor principal–.

Pese a que falleció con apenas 50 años, la figura de Buck Jones trascendió el cine: en los años 50 y 60, su imagen y sus aventuras inspiraron cómics publicados por la editorial inglesa Fleetway, que incluían relatos de acción y aventuras basados en su personaje cinematográfico, dirigidos principalmente a jóvenes lectores británicos fascinados por el Salvaje Oeste.

 Sin embargo, por azar –el mismo día que terminaba de leer el cómic echaban en Canal Sur la película Los rurales de Texas (Primo Zeglio, 1964– encontré un mayor parecido entre el sargento de los Texas Rangers Robert Logan –interpretado por el actor George Martin– y el Buck Jones de Alberto Breccia. No sólo en su aspecto físico, sino también en su indumentaria.

A la dcha. George Martin en el papel del Texas Ranger Sgt. Matt Logan
Los rurales de Texas (Two Violent Men, Primo Zeglio, 1964)

 Para mayor coincidencia, la sinopsis del film tiene cierta semejanza con la última de las historias recopiladas en este primer número de la colección.

Laramie Ediciones

 Los que me conocen saben que soy un rendido admirador de Hugo Pratt, así que no quiero dejar pasar la ocasión de anotarles unos apuntes sobre la relación de éste con Alberto Breccia.

 El primero, que ambos fueron profesores en la Escuela Panamericana de Arte que dirigía Enrique Lipszyc en Argentina.

No sólo dibujaba: hacia 1957 di clases de dibujo en la Escuela Panamericana de Arte, que había fundado mi amigo Enrique Lipszyc y su hermano David, [...]. Enrique hacía creer a sus alumnos que sus dibujos eran corregidos por Alex Raymond, el dibujante norteamericano de Flash Gordon. Evidentemente, cuando en 1956 Raymond se mató en un accidente de coche, eso dejó de ser posible. Así que empece a dar algunas clases, como también mi colega Alberto Breccia. Algunos de aquellos alumnos, como José Muñoz o Walter Fahrer, acabaron triunfando en el mundo de la historieta.
Hugo Pratt, El deseo de ser inútil

Profesorado de la Escuela Panamericana de Arte

Folleto de la Escuela Panamericana de Arte

 El segundo, que sus relaciones eran muy amistosas, aunque una vez Hugo, viendo el final de su historia Vito nervio –una especie de James Bond argentino–, le dijera: «Vos sos una puta barata, porque estás haciendo mierda, pudiendo hacer algo mejor». Un tiempo después Hugo lo telefoneó para felicitarlo por sus dibujos en Sherlock Time –un detective y viajero interestelar–, y Alberto le dijo que, aunque al principio se enfadó, él había tenido razón al hablarle de aquella manera y que le había servido para espolearle y llevar su trabajo a un nivel estilísticamente superior.

 El tercero, que Alberto Breccia fue uno de los tantos dibujantes que continuó la serie bélica Ernie Pike, creada por Hugo Pratt y Oesterheld.

Ernie Pike dibujado por Alberto Breccia (Ivaldi Editore)
Fotografía: A la sombra de Corto (Confluencias Editorial)

 Y el cuarto, que Hugo Pratt también trabajó para la agencia o editorial británica Fleetway, en este caso dibujando historias de guerra con guionistas británicos y algún americano –aparecieron en la revista War Picture Library–. La primera la hizo desde Argentina, pero luego se trasladó a Londres y dibujó allí desde el otoño de 1959 al de 1960.

Tampoco es que me fuera a Londres completamente a la aventura. Los hermanos D'Ami, viejos amigos que habían trabajado conmigo en Venecia en As de picas, llevaban una agencia de dibujantes que surtía a la Fleetway Publications, el grupo del Daily Mirror. El gran jefe de este periódico, Hugh Cudlipp, era todo un personaje. [...] Cuando llegue de Argentina me lo presentaron. Estaba fumándose un enorme habano, y me ofreció uno. Le respondí: "Aún no doy la talla para fumar ese tipo de cigarros; por el momento, preferiría un aumento de sueldo". Entonces miró al tipo que nos había presentado y le dijo: "Buena respuesta. Doblen el sueldo de Pratt".
Hugo Pratt, El deseo de ser inútil

 El propio Hugo fue quien recomendó a Alberto Breccia para la Fleetway a principios de la década de los 60, y sus historietas de vaqueros aparecieron en la Cowboy Picture Library durante un periodo de dos o tres años.

Para Alberto Breccia aquel era un trabajo de encargo, cuya principal virtud era la de estar bien pagado comparativamente. Dicha oportunidad le llega en 1960 de la mano de Hugo Pratt que fue quien le puso en comunicación con el estudio milanés que gestionaban los hermanos Piero y Roy D'Ami. Eurostudio formaba parte, junto a otros varios como la catalana Bardon Art, de las agencias que proveían de dibujantes a la editorial británica para sus publicaciones populares, a las que durante mucho tiempo se las llegó a denominar "novelas gráficas", mucho tiempo antes de que ese término tomase otro significado muy distinto.
Norman Fernández, prólogo Buck Jones

 Aunque en sus tebeos del Salvaje Oeste no esté el mejor Breccia de todos, encorsetado por los guiones que le entregaban y porque su arte siempre estuvo en evolución, ya podemos apreciar su talento y sus señas de identidad. En palabras de Norman Fernández, el autor del prólogo de Buck Jones, «la elección de los encuadres para dinamizar las secuencias de acción, la expresividad que confiere a los rostros de los personajes, la cuidada ambientación en la que introducía texturas poco convencionales o su magistral utilización de la iluminación son algunos de los elementos a destacar en las páginas de» este cómic, un material muy complicado de rescatar –desde aquí alabamos el esfuerzo de Laramie Ediciones– debido a la «demencial costumbre que tenía la editorial británica de destruir los originales tras su reproducción».

Viñeta del western Buck Jones y la caza al apache, de Breccia
Laramie Ediciones. Fotografía: Pedro Delgado

Viñeta del western Buck Jones y la caza al apache, de Alberto Breccia
Laramie Ediciones. Fotografía: Pedro Delgado

Páginas 84 y 85 del western Tierra sin ley, de Alberto Breccia
Laramie Ediciones. Fotografía: Lucía Rodríguez 

Viñeta del western Tierra sin ley, de Alberto Breccia
Laramie Ediciones. Fotografía: Pedro Delgado

Viñeta del western Asesino, de Alberto Breccia
Laramie Ediciones. Fotografía: Pedro Delgado

Páginas 158 y 159 de Buck Jones, de Alberto Breccia
Laramie Ediciones. Fotografía: Lucía Rodríguez

Viñeta del western Asesino, de Alberto Breccia
Colección Gran Oeste (Laramie Ediciones). Fotografía: P. D

Viñeta del western Asesino, de Alberto Breccia
Laramie Ediciones. Fotografía: Pedro Delgado

 Y para terminar, un comentario muy de western relacionado con la primera de las historias, y que les puedo apuntar gracias a mi lectura de Butcher's Crossing, de John Williams. En la página 29, Buck Jones le dice a Virgil Salt que lo hacía cazando bisontes en Kansas, y éste le dice que allí solamente quedan sus huesos. «Algunos cazadores se quedaron en Kansas recogiendo huesos... ¡Yo no lo habría hecho ni loco!», le dice.

Páginas 28 y 29 de Buck Jones (encuentro con el cazador de bisontes)
Laramie Ediciones. Fotografía: Lucía Rodríguez

 Algunos lo sabrán, pero para los que no, les diré que esos huesos eran utilizados por los colonos, una vez molidos, como fertilizante para enriquecer el suelo y mejorar la productividad de sus cultivos.

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2025/06/butchers-crossing.html

Nota: La traducción de la presente edición de Buck Jones para Laramie es de Luis Domínguez, y el coordinador de la colección Gran Oeste es Aitor Marcet, autor a su vez del único libro de Laramie que no tiene nada que ver con el western: ¡Combate! Artistas españoles en la edad dorada del cómic bélico británico, un ensayo ilustrado que no he tenido el gusto de leer, pero que nada más que por el título ya les recomiendo.

Laramie Ediciones

¡Saludos desde la frontera!

martes, 8 de julio de 2025

INCREÍBLE, PERO CIERTO.


Increíble, pero cierto de Piro Milkani (La Tortuga Búlgara Ediciones, 2025)
Fotografía: Pedro Delgado

No sé si fue una señal, ni de qué tipo, pero el mismo día que falleció el cineasta Piro Milkani recibí en el buzón su autobiografía. Me la mandaba muy atentamente María Roces González, encargada de la traducción del albanés. Me enteré del deceso a la noche siguiente, cuando miré en internet si el autor aún vivía y, por una de esas sincronías que se dan en la vida, vi que había muerto el día anterior, a los 86 años, a consecuencia de un ictus. Así que esta entrada, además de ser una reseña de su última obra literaria, que me parece una delicia, es un homenaje a su persona, a uno de los pioneros y fundadores de la cinematografía albanesa.

Piro Milkani en el 43 festival de Karlovy Vary
Fotografía: Petr Novák, wikipedia

 Piro Milkani (Korça, 5 de enero de 1939 - Tirana, 24 de  mayo de 2025) estaba harto de que, al contar historias y anécdotas de su vida, sus amigos le preguntaran por qué no las escribía. Sin embargo, dudaba de la conveniencia de ello, más después de haber visto la maestría narrativa del director de cine Miloš Forman (Alguien voló sobre el nido del cuco, Amadeus), del que había traducido del checo al albanés su autobiografía: De Časlav a Hollywood.

Biografía de Miloš Forman
Fotografía: ShtepiaeLibrit.com

 Finalmente, al borde de los ochenta años y animado por las palabras del escritor Gabriel García Márquez que decía aquello de «la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla», Piro Milkani se decidió a legarnos sus recuerdos. Y aunque las vidas suceden de manera cronológica, Milkani recoge la suya de manera desordenada, expurgando además los hechos para quedarse sabiamente con los acontecimientos más llamativos, que son expuestos de manera amena, concisa y emotiva. Muchos de ellos demuestran que a Piro lo tuvo en gracia el destino.

El profesor Hrdlička y una muerte inesperada
Cuando pienso en mi propia vida, he de admitir que el destino me ha ayudado enormemente. Gocé del privilegio de poder estudiar en una facultad mágica, que ni en sueños habría podido concebir mejor. Para poder estudiar cinematografía en una ciudad centroeuropea, etiquetada además como la Ciudad Dorada, has de haber nacido bienafortunado. Creo que se entenderá que me estoy refiriendo a... la Dorada Praga, capital de la Checoslovaquia de entonces (y actualmente República Checa o Chequia).
 Cierto que en un año académico cursábamos más de veinte asignaturas, pero no eran en absoluto comparables con la de anatomía de los estudiantes de medicina, con la óptica geométrica de los de ingeniería, ni con las complicadas fórmulas de los que estudiaban geología. Nosotros debíamos dar historia del arte, historia del cine checo y mundial, algo sobre la Poética de Aristóteles y, sobre todo, veíamos un montón de películas, posiblemente tres o cuatro diarias.
 Ahora bien, como yo era estudiante de la especialidad de cámara, teníamos una extraña asignatura, que cursaban también los alumnos de ingeniería: óptica física y geométrica.
 El mismo profesor que impartía la materia en ingeniería, nos la enseñaba también a nosotros, el imponente y pedante profesor Hrdlička. Un hombre de cuerpo y rostro enjutos. Un hombre que jamás sonreía y que además gastaba la tos seca y crónica de los que fuman sin parar. Y realmente lo hacía. No contábamos con libro de texto para la asignatura, sino con unos apuntes fotocopiados, cuya autoría correspondía al propio profesor Hrdlička. [...]
 Teníamos dos horas de clase a la semana con ese profesor y raramente faltábamos a clase. Pero para nosotros eran la asignatura y la clase más aburridas. En fin, fueron pasando con celeridad los meses y llegó la época de exámenes.
 –El próximo jueves a las diez de la mañana, en esta misma aula, estad preparados para el examen final de curso –nos dijo el profesor al terminar la clase.
 Nos tomamos el anuncio a la ligera y preparamos el examen a toda prisa. La sorpresa se produjo al darnos los resultados, cuando el profesor Hrdlička nos informó de que ninguno de nosotros había aprobado. Éramos doce alumnos en clase, diez checos y dos albaneses.
 –El próximo jueves, examen de nuevo –nos dijo el profesor.
 Nos metimos más a fondo en la materia, pero las fórmulas y los bocetos de las lentes ópticas nos resultaban tan enmarañados como los jeroglíficos chinos.
 Y ocurrió lo esperado. Ninguno de nosotros superó el examen, de modo que, al día siguiente, el profesor Bouček, decano de la facultad y colega de Hrdlička, nos comunicó, rayando la aflicción, la decisión del señor Hrdlička: «Quien no apruebe el jueves próximo, repetirá curso». Los checos podrían hacerlo, pero para Saim [Kokona] y para mí significaría el adiós a la facultad de Praga. Conocíamos la regla no escrita de nuestra embajada: «Quien suspenda, hará bien en embalar sus cosas y volver a Albania».
 Nunca olvidaré aquellos días. Estudio de la mañana a la noche. Café a medianoche para mantenerse despierto y primeros intentos de fumar un cigarrillo. En definitiva, una verdadera tortura.
 Nadie se imaginó que aquel martes, calificado por tantos y tantos pueblos como día funesto, nos proporcionaría tanta «alegría». Aquella tarde nos informaron de que el profesor Hrdlička había pasado a mejor vida. ¡Oh, Dios, que vergüenza! Nos alegramos de su muerte.
 El jueves, en vez de al examen, asistimos al entierro del profesor. Nos costaba trabajo mostrarnos afligidos.
 Dos semanas después nos examinó la adjunta del profesor. Ni que decir tiene que aprobamos el examen con buenas notas. De modo que yo permanecería en Praga unos años más.
 Era el mes de junio de 1956.

 Piro Milkani estudió en la FAMU, la Escuela de Cine y Televisión de la Academia de Artes Escénicas de Praga, una de las escuelas de cine más antiguas y prestigiosas del mundo, fundada en 1946.

Escuela de Cine y Televisión de la Academia de Artes Escénicas de Praga
Fotografía: Wikimedia

 Ingresó en ella gracias a una beca, tras acabar sus estudios de secundaria en Korça. A la hora de conseguir dicha beca para estudiar en el extranjero, también fue tocado por la varita del destino. Resulta que Piro Milkani tenía a un amigo de la infancia, Viktor Gjika, estudiando dirección cinematográfica en el Instituto Pansoviético de Cinematografía de Moscú (VGIK), y desde allí recibía cartas en las que este le hablaba de lo maravilloso que era acudir cada día a las clases, así que cuando le preguntaron qué deseaba estudiar en la enseñanza superior, Piro fantaseó con estudiar cinematografía con su amigo Viktor. En un principio, ninguna de las dos becas que concedió Checoslovaquia para cursar estudios de operador cinematográfico (camarógrafo) en Praga tenía su nombre. Se la habían concedido al pintor, y posteriormente director de fotografía, Saim Kokona, y al escultor Mithat Fagu. Sin embargo, Mithat renunció a ella unas semanas más tarde. «–Si fuera a Moscú, pues bueno, pero a Checoslovaquia ni se me ha pasado por la cabeza. Además, si fuera a Moscú querría estudiar para ser director y no para ser operador cinematográfico– les dijo Mithat y se marchó».

«¡Vaya desastre! –dijeron los del ministerio–. Tenemos una beca y el hijo de perra la rehúsa. ¿Qué haremos?». Volvieron a revisar una vez más los cuatrocientos y pico formularios de todos los graduados de Albania y: ¡eureka! Lo encontraron. Un tal Piro Milkani de Korça había solicitado estudiar cinematografía. «Es muy joven, aún no tiene ni diecisiete años, pero sus notas son todas de sobresaliente. ¡Qué sea para bien! Que vaya Piro en vez de Mithat». De este misterio me enteré en Praga, me lo contó Saim, que se convirtió en mi mejor amigo. Nieto de los Kallfa, los conocidos fotógrafos de los Estudios Kallfa de Tirana, le habían enseñado a fotografiar y, sobre todo, a retocar las fotografías de los clientes para que salieran más favorecidos de lo que en realidad eran. Fue él quien me enseñó el abecé de la fotografía antes de que lo hicieran mis profesores checos. Tras graduarse, Mithat tuvo que cumplir el servicio militar obligatorio. Yo a Praga y él al cuartel. Tras licenciarse en 1959, lo enviaron a Moscú a estudiar dirección cinematográfica, tal como había deseado. Debió de tener un poderoso mentor. Pero ni su mentor ni el propio Mithat podían prever que en 1961, los miles de estudiantes albaneses que regresaron a casa por vacaciones, no volverían nunca más a Europa. Había comenzado una «nueva amistad». Con la China de Mao Zedong.

Piro Milkani en 1º de la facultad de Cine
Fotografía: Edición checa del libro

 La ruptura con Rusia del presidente Enver Hoxha, que gobernaba el país con mano de hierro, trajo a Piro Milkani de vuelta a casa en julio de 1961. Allí, el que ya era uno de los primeros camarógrafos del cine albanés, terminaría por convertirse después en director y guionista, con treinta y seis películas en su haber. Entre ellas, Victoria rotunda sobre la muerte, La boda, La señora de la ciudad, Frente a frente, Roja palabra de honor, El militante, La primavera no llegó sola o La tristeza de la señora Scheneider.

Trailer de Victoria rotunda sobre la muerte, de Piro Milkani y G. Erebara (1967)

La tristeza de la señora Schneider
Dirigida por Piro Milkani

 También tendría tiempo de actuar en las películas de otros directores, entre ellas en la italiana Lamerica que tanto me impresionó cuando la vi en el cine Albéniz en el marco del Festival de Cine Italiano de Málaga.

Cartel de la película Lamerica
Dirigida por Gianni Amelio

 Entre todos esos breves apuntes de una vida que recogen las páginas de Increíble, pero cierto (La Tortuga Búlgara Ediciones, 2025) no podían faltar sus encuentros con algunos nombres ilustres: políticos, como Václav Havel; escritores, como Ismaíl Kadaré y Jiri Mucha; actores, como Bekim Fehmiu «el Marlon Brando albanés», Emma Černá y Faruk Begolli «el Alain Delon de los Balcanes»; o compañeros de profesión, como el italiano Michelangelo Antonioni, el yugoslavo Aleksandar Petrović y la china Xiao Jiang.

Bekim Fehmiu, Emma Černá y Faruk Begolli

 Y para mi asombro, hay un episodio en el que aparece el Korab, la montaña más alta de Albania a cuya cima ascendí cuando recorrí el país en el verano de 2017. Como Josef M., el juez coleccionista que aparece en ese texto, yo también pude vivenciar la hospitalidad de los aldeanos que me alojaron en sus casas y me dieron de comer sin cobrarme nada.

El juez coleccionista
En mis primeros años de embajador en Praga, los checos que querían visitar Albania necesitan un visado, e igualmente en sentido recíproco. A finales de junio de 1999 se presentó en la embajada un hombre de mediana edad. Lo recibí en mi despacho. Me dijo que se llamaba Josef M. y que era un juez de Pilsen. Deseaba visitar Albania, pues había estado en casi todos los países de los Balcanes, salvo en Albania. Quería llegarse al monte Korab.
 –Pero ¿por qué el Korab? Albania está llena de picos y montes tan bonitos como el Korab. Por ejemplo, yo le recomendaría el Tomor. ¿Qué dice?
 –¡No, no! El Korab.
 –Pero ¿por qué precisamente ese, es usted alpinista?
 –No, no lo soy, pero quiero subir al Korab porque lo vislumbré cuando visité años atrás Kosova y me dije: «Un día subiré a ese monte».
 –Entonces, escúcheme. Sabe usted que acaba de finalizar la guerra por la liberación de Kosova. El Korab está en la frontera kosovar y quizá la zona aún se encuentre minada por el ejército serbio. Vamos, que hay peligro para quienes no conozcan la zona.
 –Yo solo quiero subir al Korab. Si no es posible, no me dé el visado. Pero no puedo engañarle. Quiero subir allí.
 Me lo pensé. ¿Qué hacer?
 –¿Qué itinerario ha elegido para llegar hasta allí?
 –Viajaré vía terrestre a través de Hungría y Eslovenia hasta Montenegro. Después tomaré un autobús que me lleve a Shkodra.
 –¡Hagamos un trato entonces! Le daré el visado y un número de teléfono. En Shkodra tengo un gran amigo. Es director teatral y se llama Serafin Franko, y estudió en su momento conmigo en Praga. Solo estuvo aquí dos años, pues en 1961, a causa de la ruptura de relaciones entre nuestros dos países, no pudo terminar sus estudios aquí y los finalizó en Tirana. Pero habla muy bien checo. Se verán y en el caso de que le diga que puede ir hasta el Korab, yo estaré de acuerdo. ¿Qué dice?
 –Totalmente de acuerdo.
 Diez minutos después le entregué su pasaporte con el visado albanés y una nota con el nombre y el número de teléfono fijo de Serafin. Al separarnos le pedí que, a su regreso, si le fuera posible se pasara de nuevo por la embajada, para que me contara su «aventura». Y prometió hacerlo.
 Mantuvo su palabra. Quince días después Josef M. se presentó en la embajada. Y me contó:
 [...]

 Les animo a leer en el libro qué le contó Josef M. a Piro y a subir a esa bella montaña que, con sus 2.764 metros de altura, constituye el punto más elevado de Albania.

Pedro Delgado en la cima del Korab, la montaña más alta de Albania
Agosto, 2017