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martes, 23 de septiembre de 2025

DESPRENDIMIENTO DE RUTINA


Desprendimiento de rutina, de Pablo Aranda (Editorial Arguval, 2003)
Fotografía: Pedro Delgado

La primera semana de julio viajé a Gran Canaria para visitar a mi hijo mayor y conocer la isla en la que él había vivido y trabajado casi un par de años. Acababa de rescindir su contrato de piloto para trabajar en una nueva compañía con base en Málaga, de ahí que regresásemos juntos a casa.

 Viajar es desprenderse de la rutina, así que elegí la novela corta de Pablo Aranda Desprendimiento de rutina para el trayecto aéreo de ida y de vuelta y los ratos muertos en Las Palmas.

Desprendimiento de rutina en Lentini, Las Palmas
El Mejor bocata de pata asada de Gran Canaria
Fotografía: Pedro Delgado

 No había leído la novela en su momento, en 2003, cuando obtuvo el Premio Diario Sur de Novela Corta, así que la leí como si fuera una novedad. Acerté de pleno, pues la novela es de lo más entretenida y divertida, conteniendo sus páginas la ironía y el humor inteligente que lo caracterizaban.

 Eligió un chiringuito de El Palo al que había ido algunos domingos con su padre, cuando era niño. Creyó reconocer en un camarero viejo con una camisa blanquísima al amigo de su padre que siempre les había atendido.
 –Yo venía aquí con mi padre, cuando era niño –le comentó Luis al camarero.
 –Me extraña –respondió sin parecer darle mucha importancia a las palabras de Luis.
 –¿Qué le extraña?
 –Esto lleva abierto cuatro años.
 –Bueno, la verdad es que al que he reconocido es a usted y he supuesto que éste era el chiringuito donde comía con mi padre, sería otro de por aquí en el que usted trabajara hace años.
 –Yo he estado cuarenta años trabajando en Oporto, y llevo un par de años aquí. No da usted una.

 El protagonista es Luis, un caradura de 40 años que forma una pareja extraña con Marta, ella tan guapa y elegante y el tan barrigón, descuidado y mentiroso. «Ese tipo de vecinos que pide un sacacorchos y no lo devuelve nunca, o que reparte la propaganda que echan en su buzón entre los otros».

 Luis apuró la cerveza, se metió el último boquerón en la boca y se levantó. Estaba cerca del coche cuando oyó que alguien hablaba en voz alta, casi gritaba. Se volvió y vio al camarero viejo caminando ligero hacia él, se le veía muy agitado.
 –Se ha ido sin pagar, eso no lo voy a permitir.
 –Pero qué dice, hombre. Le he pagado al camarero ése que parece un niño, el de las espinillas. Encima que no he esperado ni el cambio va a venir gritándome por la calle como si fuera un, un nosequé.
 –Ah, ¿le ha pagado a Paquito? –el camarero viejo se había quedado perplejo–. Perdone, yo no sabía, es que cada uno suele cobrar las mesas que lleva. Disculpe, señor.
 Luis no dijo nada y siguió hasta su coche. El camarero viejo se quedó un rato allí parado en la acera antes de regresar al chiringuito, sin saber dónde meterse. Al entrar en el coche, Luis masculló: no hay nada como comer sin pagar un duro, nada.

 Sin embargo, a mí, como lector, este pícaro comienza a caerme bien desde muy pronto, desde que se pone el pijama, enciende la tele y aparece Alan Ladd en el western favorito de mi padre.

Raíces profundas (Shane, 1953)

 Alan Ladd ayudaba a un granjero, trataba de dejar atrás su vida de pistolero. Pero la música y la presencia del terrateniente y sus secuaces, que pretendían echar del valle a los indefensos campesinos, presagiaban que Alan buscaría su revólver. Os vais a enterar, cabrones, dijo Luis. Ya veréis, os vais a enterar.

 Pero dejemos a un lado a Alan Ladd y a Jack Palance en Shane (Raíces profundas) y vayamos al comienzo de la novela: Luis delante de una tapa de tortilla y una cerveza, posponiendo unos informes urgentes que tiene que entregar a la mañana siguiente a su jefe.

De la cocina salió una voz ronca pronunciando un nombre confuso, casi gritando, y al momento el camarero del bigote se acercó y recogió una fuente pequeña que depositó en la barra, justo delante de Luis. Luis observó la tortilla humeante, muy gruesa, y pensó que acababa de entrar en el proceso imparable –y ante el que no cabía oponer resistencia– que culminaría en una siesta al llegar a su casa. No se trataba de una cuestión sin importancia, pues esa tarde había planeado dedicarla a terminar en la oficina unos informes urgentes que se suponía entregados hacía casi una semana y cuyo plazo de presentación cumplía la mañana siguiente.

 La susodicha mañana, Luis llega tarde al trabajo tras dejar el coche en doble fila. En la oficina se encuentra con un ambiente festivo: la empresa va a invitar a desayunar por haber entregado todos a tiempo los informes. Está en juego una subvención que Luis ya sabe que no cobrarán.

 En una huída hacia adelante, el cúmulo de mentiras de Luis en su trabajo lo irá enredándolo todo, metiéndolo en un atolladero de difícil salida. Y si en la oficina pinta mal la cosa, en casa pinta peor con Marta, que está de lo más rara últimamente.

 Para colmo, influenciado por una película de serie negra que ha visto en la tele, se obsesiona con querer contratar a un detective –primero sin un propósito claro y luego porque teniendo información se tiene poder–, sin sospechar el terremoto que va a provocar en su vida dicha acción. En su vida y en la novela, pues esta se torna de repente en una novela de detectives. O mejor dicho, en una parodia de dicho género, con una serie de carambolas o casualidades disparatadas propias de las comedias de enredo que, para regocijo del lector, se suceden página tras página.

 Sobre la mesa había un ordenador apagado y papeles mal agrupados. Un lapicero, un escudo del Real Madrid, un teléfono y un libro donde se leía en letras mayúsculas UNED. El detective le tendió la mano desde el otro lado de la mesa cuando Luis estuvo sentado.
 –Isidro, –pronunció en voz baja al tiempo que le apretaba la mano, a modo de presentación.
 – Usted dirá –añadió.
 –Bueno, yo –dudó Luis –quería encargarle un caso.
 –Su mujer.
 –No.
 –Un empleado suyo.
 –No, bueno, en cierta manera sí.
 –Cómo se llama.
 –Ramón Darajas, es director provincial de la empresa Cutresa en Málaga.
 –¿Le interesa algún pormenor de su vida laboral o más bien lo que hace de oficinas para fuera?
 –De oficinas para fuera.
 –¿Cree que él puede tener algún motivo para sospechar que alguien vaya a investigar algo sobre él, a seguirle?
 –No, no creo.

 Como en todas las novelas de Pablo, lo más importante son los personajes, las cosas que les pasan y por qué les pasan. Y que todo eso se desarrolle en Málaga. Entre los escenarios que aparecen en Desprendimiento de rutina están la calle Carretería, donde se encuentra la oficina de Luis y el bar que regenta Charly, al que van a desayunar; El Palo y Pedregalejo, con sus chiringuitos; la Alameda de Capuchinos; la calle Cristo de la Epidemia, con el kiosco en el que compra el periódico y el bar Los Vikingos, en el cual suele tomarse un café con leche y unos churros; la calle Eugenio Gross, en la que está la oficina del detective privado; y el pueblo de Macharaviaya, a donde lo catapultan de una patada en el culo.

La calle Eugenio Gross en Desprendimiento de rutina
Fotografía: Lucía Rodríguez

 –¿Luis? ¿Dónde estás? –estaba enfadado don Ramón.
 –Llevo desde las siete y media intentando hablar con usted. Es que no me han dado la dirección del almacén en Macharaviaya.
 –Me da la impresión de que no comprendiste bien eso de que no quería volver a verte, también me refería a no querer oírte. Escúchame bien: Macharaviaya son dos calles, eso sería suficiente para alguien con un cociente intelectual normal, por ser tú te diré que está junto al restaurante Las Piedras y que a las nueve debías haberte incorporado.
***
 Los catorce kilómetros de autovía los recorrió Luis soñoliento y dejándose envolver por la extraña luz de esa tarde de septiembre. El día había cambiado, ahora unas nubes densas y de un gris oscuro dejaban extraños claros por los que se colaban rayos de luz que alargaban las sombras y dotaban de gran luminosidad los cuerpos que iluminaban. Eran casi las cinco de la tarde cuando llegó al desvío para Macharaviaya: todavía siete kilómetros más. La primera parte era una carretera antigua y estrecha, llena de curvas. Los últimos tres kilómetros acababan de ser asfaltados y la carretera ensanchada. Al llegar a una curva se vio el pueblo, efectivamente consistía apenas en dos calles. Un poco más allá, a la izquierda, al noroeste, las otras dos calles de Benaque.
 –Bueno, ya estamos aquí –murmuró Luis, tratando de emular las célebres palabras que, según don Fernando, el profesor de latín de su colegio, dijera César al cruzar el Rubicón.
 Detuvo el coche en una plaza a la entrada del pueblo en la que había una piedra de molino. No quiso aventurarse con el coche porque las calles tenían mucha pendiente y temía que no desembocasen en una salida. Se acercó a tres señoras mayores que estaban sentadas en un banco, pero antes de abrir la boca, cuando todavía estaba a unos metros de ellas, habló la que parecía más vieja:
 –La casa de Salvador Rueda está en Benaque.
 –¿Salvador Rueda? –preguntó Luis extrañado.
 –Sí, es en Benaque.
 –No, yo busco a otro señor. Vicente.
 –¿El del almacén de aceitunas?
 –Sí –afirmó Luis desengañado, pues estaba a punto de decir lo de Área de Gestión Rural.
 –Está ahí mismo, baje por esta calle de aquí, la avenida de los Gálvez. Al Vicente lo va a encontrar en la taberna El Candil.
 La avenida era una calle estrecha con casas a un lado y un cortado al otro. Al comienzo estaba el restaurante Las Piedras. Después del restaurante había un garaje con la puerta metálica levantada. Luis se asomó: era un local grande sin apenas luz. Olía a humedad y a aceite. A los lados tenía apiladas cajas de cartón en las que se leía Cutresa, por lo que supo que ese garaje era el edificio de oficinas que había imaginado la noche anterior. Al fondo descubrió la luz mortecina que despedía la bombilla cubierta de polvo de un flexo gris.

 También aparece la calle Bolivia; el Peñón del Cuervo; el parque cementerio de Málaga, arriba de cuyas escaleras se agolpa la gente delante de la puerta de la capilla principal; y Miraflores de los Ángeles.

La calle Bolivia, de Málaga, en Desprendimiento de rutina
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Cuando regresó a calle Bolivia había una pareja de policías locales en moto detenidos junto a su coche. No le reconocieron. Uno que iba sin afeitar y mascaba chicle le preguntó si el coche era suyo:
 –¿El coche es suyo? –preguntó, como ya he dicho que hizo.
 Detrás, junto a la marquesina del autobús, la señora de antes sonreía satisfecha.
 –Sí, es mío.
 –Migue, que el coche es suyo –le comentó al otro agente, que trataba de sacarse el casco– yo creo que no se ha enterado de que este sitio es para los del reparto. Le voy a poner una multa que se le van a quitar las ganas de conducir por un tiempo, ¿eh, Migue?
 –Di que sí.
 –Perdonen, pero yo soy del reparto. Les agradezco que luchen contra los que aparcan en estas zonas, hace un momento precisamente un imbécil que se cree que la ciudad es suya había estacionado en doble fila y no he podido salir en un rato.
 –Pero usted tiene un turismo normal y corriente –dudó el agente sin afeitar y que mascaba chicle.
 –Es que tengo la furgoneta en el taller. Pero qué voy a hacer si no aquí a estas horas, vengo de entregar dos cajas de sardinas a Rodrigo, el del chiringuito de ahí delante, en la playa, pregúntenle.
 –¿Qué hacemos, Migue?
 –Perdonen pero les tengo que dejar, es que me van a cerrar la lonja. En serio, pregúntenle a Rodrigo.
 –Está bien. Váyase.
 Luis le dijo adiós con la mano a la señora, que se había puesto seria de repente. En el parabrisas empezaron a caer las primeras gotas. En Málaga nunca nieva.
***
 A la altura del Peñón del Cuervo, justo después de dejar atrás las últimas casas de El Palo, antes de llegar a la fábrica de cementos, el motor hizo un cric casi imperceptible y fue parándose. Don Ramón giró el volante y detuvo el coche en el arcén, joder, vaya día de mierda, todo me tiene que pasar a mí.
Playa de El Peñón del Cuervo con el túnel y la fábrica de cementos
Fotografía: Pedro Delgado
***
 En lugar de volver por el camino más corto hasta su casa, es decir, caminar los metros que separaban su portal del bar de Luis, Isidro dio una vuelta completa a la manzana, callejeando después sin rumbo hasta llegar a Miraflores de los Ángeles. En una placita rodeada de edificios altos e iguales, de coches dando otra vuelta para encontrar aparcamiento a ritmo de claxon, niños con mochilas cargadas de libros que se perseguían, Isidro se sentó en un banco.
 –Oiga, perdone –Isidro levantó la cabeza y vio a un joven en camiseta interior de tirantes con los brazos tatuados.
 –¿Cómo?
 –No se lo tome a mal, pero ¿es usted policía?
 –¿Yo? No, no, yo no.
 –Es que verá, nosotros no somos mala gente –señaló a otro banco en el que había otros cinco o seis muchachos y un perro de presa– pero de vez en cuando nos gusta fumarnos un porrillo, ya sabe, uno solo ni marea ni nada, es solo para pasar el rato.
 Isidro no entendía lo que pretendía el joven. Sus maneras educadas alejaban la posibilidad del robo, aunque a lo mejor pretendía hacerlo por las buenas, una suerte de impuesto revolucionario. Se fijó en uno de los tatuajes del brazo musculoso y después le miró a los ojos con cara de no comprender.
 –Verá –continuó el joven, mirando un instante a su grupo para darse ánimos– es que si viene alguien y quiere fumar de nuestro chocolate a nosotros no nos importa, ¿sabe?, eso sí, tiene que pagar su parte, que tontos no somos.
 –Yo no voy a fumar –aclaró Isidro.
 –Si no es eso. Es que con su pinta de policía aquí sentado pues no se va a acercar nadie a comprar nada, ¿me entiende?
 –¿Entonces?
 –Pues que si no le importa, podía usted sentarse en un banco del parquecito que hay más abajo, o tomarse un café en el bar de la esquina. Es que con su pinta de policía espanta a todo el mundo.
 –Bueno –Isidro se levantó.
 –Muchas gracias, agente, digo, señor.

 Como curiosidad, anotar que en Desprendimiento de rutina aparecen de refilón dos de los personajes de La otra ciudad, su primera novela: Rafa, profesor de ética en un instituto, y Maribel, la novia de éste.

 Y, como es normal tratándose de Pablo, no podía faltar un perrete, en este caso en un paraje tan significativo como El Peñón del Cuervo y el túnel de la antigua carretera de Almería, lugar de memoria histórica.

Túnel de la antigua carretera de Almería, lugar de memoria histórica
Fotografía: Lucía Rodríguez

Fábrica de cementos de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Isidro giró a la derecha y fue hasta la playa del Peñón del Cuervo. Allí dejó el coche. La playa estaba repleta de gaviotas que iban alzando el vuelo a medida que se aproximaba un perro blanco y gris que corría por la orilla, girando a veces la cabeza para asegurarse de que su amo no se había ido. Recorrió a pie el túnel que le separaba de la carretera, al salir se encontró con el esqueleto de metales retorcidos de la fábrica de cementos. Anduvo hasta la autovía y caminó por el arcén en dirección a Málaga hasta que creyó estar en el lugar exacto en el que el directivo de la empresa Cutresa había sido atropellado. Después de unos minutos de detenida observación encontró un bolígrafo y unas monedas, seguramente habrían salido de alguno de los bolsillos del atropellado. Recordando las lecciones del médico forense, en las aulas donde estudió los tres cursos de Criminología, buscó rastro de un frenazo brusco: no había. Empezó a aceptar que el caso que le habían encargado no solo era el más arriesgado que había tenido hasta entonces sino que se excedía de su preparación e incluso ambiciones. Tenía miedo. Esa misma mañana, en el cementerio, habían ido a por él. Prefería no pensar qué habrían hecho si lo hubieran atrapado.
 Estaba en cuclillas intentando averiguar si una mancha oscura podía ser sangre cuando oyó el motor de un coche que todavía no podía ver. Se inquietó al pensar que tal vez ese sonido fue el último que oyó el hombre antes de ser atropellado hacía veinticuatro horas. Se puso de pie de un salto. Empezó a temblar al reconocer al coche amarillo que había golpeado en su acelerada huida del cementerio.

 Por último, no puedo cerrar esta reseña sin destacar su final alegre y esperanzador, marca de la casa, que dice mucho de la sensibilidad y la ternura con la que Pablo trataba a sus personajes, algo que, en su día a día, hacía extensible a todo el mundo.

martes, 21 de febrero de 2023

DEL COHETE CHINO, EL ICTUS DE MI PADRE, LA NOVELA STONER Y OTRAS COSAS


Noticia sobre la alarma por la caída de la chatarra espacial china
EL PAÍS, sábado 5 de noviembre de 2022
Fotografía: Lucía Rodríguez

El día 4 de noviembre del año pasado, parte de un cohete chino cruzó la península y fue a estrellarse al mar. Unas horas después, como si el paso de esa chatarra espacial sobre la península hubiese provocado una perturbación en la cabeza de mi padre, éste sufrió un ictus hemorrágico y tuvo que ingresar en la Unidad de ictus del hospital Carlos de Haya. Estaba en un estado semicomatoso, y nos dieron pocas esperanzas de vida. Lo más probable era que le repitiese otro episodio en los próximos cinco o quince días y no saliese vivo de aquel hospital en el que habíamos nacido sus cuatro hijos.

 Mi padre era lector asiduo del diario Sur, y por alguna extraña razón decidí fiar su supervivencia al hecho de guardarle el periódico a diario. No quería caer en el desánimo, y me agarré a aquel gesto banal con la convicción de que se iba a obrar el milagro. Los primeros días tenía que recorrer los quioscos de media Málaga para conseguirlo, pero después aprendí la lección y lo compraba nada más salir a la calle, antes de que se agotase. Y así los fui amontonando en casa, con la esperanza de que al salir del hospital pudiera leerlos, o leérselos yo, y tener un resumen del tiempo en el que se le detuvo el mundo.

 Afortunadamente, mi padre recuperó la conciencia y, poco a poco, a pesar de lo grande del derrame, su estado se fue estabilizando; aunque no movía el lado derecho del cuerpo, ni conseguía emitir palabra alguna, como si la capacidad del lenguaje se le hubiera borrado del disco duro del cerebro.

 El 25 de noviembre lo trasladaron al hospital Civil para recibir tratamiento de fisioterapia, logopedia y terapia ocupacional. Y allí sigue ingresado. Cuando por fin se echó a hablar, lo hizo de manera ininteligible, pero con el paso de los días, empezó a hilar vocales y consonantes y consiguió que lo entendiéramos. Los avances motores son muchísimo más lentos, tanto que a veces se desespera. También nosotros nos desesperamos, pero desde que está allí tengo la sensación de que las cosas importantes ya no lo son tanto y que no hay nada mejor que hacer cada tarde que visitarlo. Tiene la cabeza perfecta, así que jugamos al dominó, repasamos la prensa y, como hacía con mis hijos cuando eran pequeños, me doy el placer de leerle alguna novela. La primera ha sido Stoner, del estadounidense John Williams. Me la regaló por Reyes mi hermano Marcial. «No es más que la historia de un profesor de Literatura en una universidad estadounidense, pero te va a encantar», me dijo. Y así fue: nos encantó a los dos (a pesar del capítulo del examen que creo le corta el ritmo).

Stoner, de John Williams
Fotografía: Pedro Delgado

 Stoner es la vida de un crío que nace en 1891 en una pequeña granja de Misuri central, y que a los diecinueve años va a estudiar agricultura a la Universidad de Columbia. Allí, durante el primer semestre de su segundo año, cursará una asignatura requerida para todos los estudiantes universitarios, un estudio de literatura inglesa impartido por el profesor Archer Sloane que le abrirá los ojos al mundo de los libros y lo llevará a cambiar sus asignaturas de ciencias por la filosofía, la historia antigua y la literatura inglesa. A sus 27 años, William Stone recibió el título de Doctorado en Filosofía y aceptó una plaza de profesor en la misma universidad, donde enseñará hasta su muerte en 1956. Entre esas dos fechas, 1891-1956, la vida. Recogida en 240 páginas que se disfrutan de principio a fin, con personajes secundarios memorables, como ese Dave Masters, que a pesar de morir joven en la Primera Guerra Mundial no nos abandonará durante toda la lectura del libro.

También le contó que Dave Masters había sido enviado a Francia y que, casi exactamente al mes de su alistamiento, había caído en Château-Thierry, junto con las primeras tropas estadounidenses que habían entrado en combate.

 La traducción de Stoner (Editorial Baile del Sol) corre a cargo de Antonio Díez Fernández, que ha hecho un magnífico trabajo, algo que se comprueba al ser leída en voz alta. Impagable ver las caras que ponía mi padre ante los avatares que le sucedían al protagonista, y el interés con el que aguardaba un nuevo capítulo, como si fuera un serial de la radio.

 Ahora le estoy leyendo La aventura soñada, la biografía de Hugo Pratt, escrita por el francés Thierry Thomas, y aunque no está escrita para ser leída en voz alta como Stoner, también nos está gustando. A mí porque soy muy fan de Pratt y de todos sus personajes, con Corto Maltés a la cabeza, y a él porque también conoce al protagonista y porque, a sus 87 años, cumplidos en el hospital, repasar otras vidas (la del profesor William Stoner o la de Hugo Pratt) le sirve para revisar la suya.

 Y me gusta mucho verlo sonreír cuando nos encontramos con alguna sincronía. Ayer mismo, tras terminar de leerle un pasaje de La aventura soñada (Ediciones Siruela) en el que se mencionaba a Mandrake el mago, uno de sus personajes de cómic favoritos, abrimos el periódico por la trasera y vimos que en la segunda cadena de Televisión Española echaban esa noche Raíces profundas, la película que más le gusta, dirigida por George Stevens y protagonizada por un impresionante Alan Ladd. Un western basado en la novela Shane, de Jack Schaefer, que le regalé un día por su cumpleaños en una cuidada edición de la colección Frontera de la editorial Valdemar.

Raíces profundas (Shane) en La 2
Fotografía: Pedro Delgado

 «Bueno, bueno. Hoy va la cosa de favoritos», le dije. Y por su cabeza volvieron a cruzarse las viñetas de Lee Falk y aquella secuencia al inicio de la película en la que Shane desciende el valle montado en su caballo y llega a la granja mientras suena Call of the Faraway Hills. «¿Recuerdas el duelo del final?», le pregunté. «Con Jack Palance», afirmó. «Y la conversación con el crío al final de la película», añadió. Y en ese momento, el «Shane. Shane. ¡Vuelve!» retumbó en los pasillos del hospital.