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domingo, 6 de abril de 2025

EN UNA HABITACIÓN AJENA


En una habitación ajena, Damon Galgut (Libros del Asteroide, 2024)
Fotografía: Pedro Delgado

«Arrieros somos y en el camino nos encontraremos», dice el refrán; sin embargo, lo traigo aquí a colación desprovisto de su significado popular de advertencia porque fue lo primero que se me vino a la cabeza al empezar a leer En una habitación ajena (Libros del Asteroide, 2024), del escritor sudafricano Damon Galgut (Pretoria, 1963). Eso sí, cambiando a los que trajinan con bestias de carga por los que trasiegan de un lado a otro con sus mochilas a cuesta: «Viajeros somos y en el camino nos encontraremos», pues el texto de Galgut, dividido en tres actos o relatos, nos habla de los posibles encuentros que te pueden deparar los viajes.

 En todos ellos, el protagonista es un trasunto del propio autor, que evoca o rememora esos vagabundeos. Y no lo digo sólo porque se llame Damon, sino porque nos lo corrobora él mismo en el texto, cuya correctísima traducción corre a cargo de la argentina Celia Filipetto:

Pero el recuerdo tiene sus propias distancias, en parte él soy yo por completo, en parte es un extraño al que observo.

El novelista y dramaturgo Damon Galgut (Pretoria, Sudáfrica, 1963)

 De la lectura del libro podemos deducir que Damon Galgut es un viajero atípico, un tipo algo extraño y difícil por cómo se retrata.

La verdad es que él no es viajero por naturaleza, se trata de un estado al que lo han empujado las circunstancias. Se pasa la mayor parte del tiempo en movimiento, sumido en una profunda ansiedad, y eso hace que todo sea más intenso y vívido. La vida se convierte en una serie de pequeños detalles amenazadores, no se siente conectado con nada de cuanto lo rodea, el temor a morirse es constante. Por ello casi nunca es feliz donde está, algo en él se pone ya en marcha hacia el siguiente lugar y, aun así, nunca va hacia nada, sino que siempre se aleja más y más. Se trata de un defecto de su naturaleza  que los viajes han convertido en enfermedad. Veinte años antes, por distintos motivos, a su abuelo le ocurrió algo parecido. Arraigado y sedentario durante la mayor parte de su larga vida, al morir su mujer algo se rompió irremediablemente dentro de él y lo impulsó a ponerse en camino. Viajó por el mundo entero, a los lugares más lejanos e increíbles, llevado no por el asombro o la curiosidad, sino por el dolor. Al buzón de casa llegaban postales y cartas con sellos y marcas peculiares. A veces telefoneaba y, por el sonido, su voz parecía aflorar del fondo del mar, ronca de añoranza por volver. Pero no volvió. Al cabo de mucho tiempo, ya muy viejo y exhausto, regresó al fin para siempre, y vivió sus últimos años en un apartamento en el jardín trasero de la casa. A mediodía se paseaba entre los arriates, en pijama, con el pelo sucio y revuelto. Para entonces se le iba la cabeza. No se acordaba de dónde había estado. Todas las imágenes e impresiones y los países y continentes que había visitado se borraron. Lo que no se recuerda no ocurrió jamás. Por lo que a él respectaba, nunca había viajado más allá de los límites del jardín. Irascible y mezquino gran parte de su vida, ahora era casi siempre dócil, aunque todavía capaz de mostrar una ira irracional. De qué estás hablando, me gritó en cierta ocasión, nunca he estado en Perú, no tengo ni idea de eso, no me vengas con tonterías sobre Perú.

 En el primer relato, El seguidor, un viajero sudafricano sale de un pueblecito rodeado de olivos. Digamos que estamos en Micenas, Grecia, y que camina en solitario por un sendero en busca de unas antiguas ruinas. También que en un momento dado se cruza con un turista alemán con el que entabla una conversación.

La puerta de los leones en Micenas
Fotografía: Andreas Trepte (Wikipedia)

Han entablado esta conversación con una extraña formalidad, separados por la anchura del camino; sin embargo, hay algo en la forma en que se relacionan que, si bien no del todo íntimo, sí es familiar. Como si se hubiesen conocido ya en alguna parte, hace tiempo. Pero no es así.

 Luego se despiden y cada uno prosigue el paso en direcciones opuestas. A la noche, volverán a encontrarse en el albergue juvenil, pues el alemán ha perdido su tren a Atenas. No hay visitantes en esa época del año y los cuartos llenos de literas están sin ocupar. El teutón se llama Reiner y el sudafricano, como ya hemos anotado antes, Damon.

 Damon Galgut nos apunta de manera sutil el marco temporal de la historia: es el año 1990, el de la guerra del Golfo.

Va a Esparta, va a Pilos. A los pocos días de marcharse de Micenas, al cruzar la plaza de una ciudad ve imágenes de bombas e incendios en el televisor de un café. Se acerca más. Qué pasa, pregunta a algunas de las personas que están sentadas viendo el programa. Alguien que habla inglés le dice que se trata de la guerra del Golfo. Todo el mundo la esperaba y ahora está ocurriendo, está ocurriendo en dos sitios a la vez, en otro punto del planeta y en la pantalla del televisor.

 Reiner alarga su estancia en Micenas una jornada más, para compartirla con Damon, y al día siguiente sus trenes salen en direcciones opuestas con apenas unos minutos de diferencia.

 Damon se marcha de Grecia dos semanas después y vaga de un país para otro durante un año y medio. Después regresa a Sudáfrica, donde se encuentra todo, incluso el gobierno, cambiado. Al buzón le ha llegado una carta de Reiner, con el que empieza a escribirse. Y dos años después de aquel encuentro en Micenas, Reiner visita a su amigo para volver a encontrarse. Juntos decidirán hacer un nuevo viaje.

Ahora que Reiner está aquí, saca el atlas y los dos, ansiosos, lo estudian con detenimiento. Buscan un país con muchos espacios abiertos y pocas ciudades. En el tiempo que han dedicado a hablar del viaje se han puesto de acuerdo en el tipo de condiciones ideales para ellos. A ninguno de los dos les interesan las multitudes ni las carreteras concurridas ni las zonas urbanizadas. Así que está Botsuana. Está Namibia. Está Zimbabue.
Y cuál es este país de aquí.
Lesoto.
Qué sabes de él.
No sabe mucho, nunca ha estado allí, ni él ni sus amigos. Sabe que es montañoso y muy pobre y que Sudáfrica lo rodea por completo, pero aparte de eso, Lesoto es para él un misterio. Los dos se quedan sentados mirándolo.
A lo mejor deberíamos ir.
A lo mejor sí.
Quizás no utilicen estas palabras, pero la decisión es así de irreflexiva y a la ligera, en un momento dado no saben a dónde van a ir, al siguiente se van a Lesoto.

 Damon se sorprende despidiéndose de su familia y amistades con una pizca de desasosiego, como si no fuese a regresar. Quizá sea el presentimiento de que Lesoto, con sus montañas, sus senderos y su salvaje naturaleza les revelará lo distintos que son y pondrá a prueba algo más que la amistad que hay entre ellos.

Cataratas Maletsunyane, cerca de Semonkon (Lesoto)
Fotografía: BagelBelt

***

 En el segundo relato, El amante, volvemos a viajar con Damon. Esta vez a Zimbabue.

Ha llegado aquí sin un motivo ni una intención en concreto. Llevado por un impulso decide marcharse una mañana, compra un billete por la tarde, sube al autobús esa noche. Tiene en mente viajar dos semanas y luego regresar.
Qué busca, él mismo no lo sabe. A estas alturas, sus pensamientos se me escapan, aún así, puedo explicarlo mejor a él que a mi propio yo de ahora, lo llevo enterrado bajo mi piel. Su vida carece de peso y de centro, por eso siente que puede salir volando en cualquier momento. Todavía no se ha construido un hogar. Sus nuevas pertenencias vuelven a estar almacenadas y él se ha pasado meses en ese antiguo estado suyo, yendo de acá para allá, de un cuarto de invitados a otro. Empieza a dar la sensación de que nunca ha vivido de otro modo y que jamás echará raíces. Algo en él ha cambiado, parece incapaz de conectar adecuadamente con el mundo. No siente que se deba a un fracaso del mundo, sino a un colosal defecto suyo, le gustaría cambiarlo pero no sabe cómo. En sus momentos más lúcidos piensa que ha perdido la capacidad de amar a las personas, los lugares o las cosas, sobre todo a la persona, el lugar y la cosa que es él. Sin amor nada tiene valor, nada puede tener mucha importancia.
En ese estado, viajar no es una celebración sino una especie de duelo, un modo de disiparse. Va de un lugar a otro, impulsado no por la curiosidad sino por la aburrida angustia de quedarse quieto.

 Visita Harare, Bulawayo y las cataratas Victoria. Se aloja en un camping, cerca del impresionante salto de agua, donde conocerá a un grupo de mochileros prestos a partir hacia Malaui cruzando Zambia.

Cataratas Victoria
Fotografía: Diego Delso

 Parecen haberse juntado por azar, para sobrellevar mejor los peligros del viaje. Entre ellos está una corpulenta irlandesa con la que ha hecho rafting dos días atrás. A la pregunta «¿Quieres venir con nosotros?», le sucede una afirmación y una frase para subrayar:

Todo viaje de verdad empieza en un momento determinado. A veces, es cuando sales de casa, otras, cuando ya estás muy lejos de ella.

 Toman un tren a Lusaka, capital de Zambia, y luego viajan en autobús hasta la frontera de Malaui. Pasan unos días en su capital, Lilongüe, y luego en las orillas del lago Malaui, «esa extensión de agua que cubre casi la mitad de la longitud del país».

Orillas del lago Malaui. Fotografía: J. Lindsay (Lonely Planet)

 En la playa de Cabo Maclear hay una comunidad de hippies extranjeros varados por el cannabis fermentado y la paz que irradia el lugar y los lugareños. «Nadar, dormir, fumar» es el mantra de los que allí recalan.

 Unos días después, Damon coge un barco para bañarse también en Nkhata Bay, otro borde del lago, donde un trío misterioso –Jerone, Alice y Christian–, con el que ha ido entrelazándose en su viaje le propone acompañarlos hasta Tanzania. En este caso Jerone será el anhelo de Damon, tal como lo fue Reiner en el primer relato.

Hummm, dice, sí, creo que iré con vosotros. Os acompañaré hasta la frontera y veremos si me dejan pasar.

 Viajan los cuatro juntos en autobús a Karonga, en el norte de Malaui, y al día siguiente se disponen a cruzar la frontera con Tanzania.

Siempre ha tenido terror a cruzar fronteras, no le gusta abandonar lo conocido y seguro por el subsiguiente espacio en blanco donde puede ocurrir cualquier cosa.
***
Solo ahora se pone a considerar seriamente lo que podría ocurrir. Aunque dijo con displicencia que ya vería si lo dejaban entrar, en realidad no se le pasó por la cabeza que fueran a impedírselo. Pero ahora, a medida que se aproximan al grupito de cobertizos, con la barrera al fondo atravesada en la carretera, nota en las palmas de las manos el picor de una débil premonición, quizás la cosa no salga como él espera.

 Uno nunca sabe lo que nos aguarda el destino, así que no podemos dejar de leer barruntando qué le/les ocurrirá en las siguientes páginas.

 Por cierto, que aquí Damon Galgut también nos apunta un dato para que podamos encuadrar en el tiempo el relato: «Al cabo de un par de horas de viaje se enteran de que Tanzania celebrará sus primeras elecciones multipartidistas dos días después». Es decir que, si Wikipedia no se equivoca, podemos fijar el texto en 1995.

***

 En el tercer relato, El guardián, Damon ha invitado a una amiga a viajar con él a la India. Se alojan al sur de Goa en una pequeña aldea de pescadores a veinte minutos de Margao, junto a la playa, donde Damon piensa que Anna, que está en tratamiento psiquiátrico para regular sus estados de ánimo, podrá recuperar el equilibrio.

A Anna y a él los une una buena amistad, es como una hermana, alguien a quien quiere y que lo hace reír. Alguien a quien desea proteger. Es así, en calidad de guardián, como la acompaña ahora.

 Desde allí exploran la zona: Cochín, Kerala, Vakala, Madurai, Bangalore, Hampi... hasta que la fatalidad, para desesperación de Damon, hace acto de presencia.

Templo de Meenakshi Amman, en Madurai (India)
Fotografía: Poras Chaudhary, The New York Times

Se dirigen a Madurai, donde hay un templo maravilloso que imagina que a ella le gustaría fotografiar. él ya lo ha visitado, como sucede con todos los demás hitos del viaje; ha planeado este recorrido solo para ella, quiere hacerle pasar un rato agradable y distraerla de sí misma.

 Este último relato desemboca, a modo de epílogo, en Marruecos. En Agadir, donde Damon se ve a sí mismo recoger una piedrecita del suelo, metérsela en el bolsillo y caminar hacia una puerta. Tras ella le aguardan, nos aguardan, nuevos viajes, en los que el azar y el destino, una vez más, vendrán a trastocar nuestros planes o intenciones.

En una habitación ajena, de Damon Galgut (Libros del Asteroide, 2024)
Fotografía: Pedro Delgado

 Galgut nos dice en una de sus páginas que una parte importante de los viajes consiste solo en esperar –en salas de embarque en los aeropuertos, estaciones de autobús, bordillos de acera solitarios en medio del calor–, «con el hastío y la depresión que eso conlleva»; sin embargo, ahí discrepo con él. A mi nunca me pesan esas esperas, pues siempre llevo algunos libros conmigo: cuadernos de viajes, ensayos, relatos o novelas que se desarrollen en el país que visito y algún clásico que me transporte con garantías a otra época y lugar. Con ellos, se lo aseguro, no les pesará la espera. Para empezar, prueben a viajar con el libro de Galgut si van a Micenas, al sureste de África o la India.

Un viaje es un gesto inscrito en el espacio, desaparece nada más realizarse. Vas de un lugar a otro, y de ahí de nuevo a otra parte, y detrás de ti no queda rastro de que alguna vez estuviste allí. Los caminos que recorriste ayer ahora están llenos de gente distinta que no sabe quién eres. Un desconocido yace en la cama del cuarto en el que dormiste anoche. El polvo cubre tus huellas, limpian las marcas de tus dedos en la puerta, recogen del suelo y de la mesa los fragmentos de las pruebas que se te hayan podido caer, los tiran a la basura y no vuelven nunca más. El aire mismo se cierra a tu espalda y poco después, tu presencia, que parecía tan pesada y permanente, ha desaparecido por completo. Las cosas solo ocurren una vez y nunca se repiten, nunca vuelven. Salvo en el recuerdo.
En una habitación ajena, Damon Galgut

 Viajen, lean y no dejen de asomarse de cuando en cuando por aquí.

lunes, 31 de julio de 2017

SUEÑOS ÁRTICOS O DE CÓMO COMBATIR ESTOS CALORES


Sueños árticos: una recomendación para estar más frescos este verano
Fotografía: Lucía Rodríguez

Si son de los que están hartos de que el telediario anuncie una ola de calor tras otra, y no soportan las playas atestadas de bañistas, les propongo que se sumerjan en las páginas de Sueños árticos hasta que llegue septiembre.

El libro del estadounidense Barry Lopez, recién editado por Capitán Swing, ganó el National Book Award en 1986, y constituye una especie de Biblia o libro de cabecera para viajeros, naturalistas y escritores de la talla de Robert Macfarlane, quien nos asegura en la presentación que Sueños árticos cambió el curso de su vida: "me convirtió en escritor".
En 1997, el verano en el que cumplí veintiún años, pasé varias semanas en el noroeste de Canadá escalando las Rocosas y recorriendo los caminos salvajes de la cuenca del Pacífico. Estuve solo durante largos periodos de tiempo, con horas y horas que llenar en tiendas de campaña, por lo que pasé mucho tiempo leyendo. Siempre que regresaba a una ciudad, entre viaje y viaje, me dirigía a la librería más cercana para hacerme con suministros. Estaba ojeando estanterías en Vancouver cuando encontré un ejemplar de Sueños árticos. Tenía poderosas razones para no comprarlo. Nunca había oído hablar de Barry Lopez. Su subtítulo (Imaginación y deseo en un paisaje septentrional) me pareció entonces propio de la novela rosa. Era caro para mis posibilidades. Y sobre todo, era pesado: cerca de quinientas páginas en papel grueso. Puesto que tenía que cargar a la espalda cuanto quisiera leer, había decidido evaluar mis posibles lecturas según la lógica propia del pemmican, ese concentrado alimenticio de los nativos norteamericanos: máximo aporte calórico intelectual por gramo. 
 Por algún motivo que ahora no puedo recordar, dejé a un lado estas objeciones, compré el libro y lo leí mientras recorría la costa oeste de la isla de Vancouver, acampado en playas azotadas por las olas y con la comida suspendida de los árboles y lejos de mi tienda, en consonancia con las normas para prevenir indeseados encuentros con osos. Lo leí entonces y me maravilló. Lo volví a leer, perdí el libro en algún lugar cerca de Banff (Alberta), compré otro ejemplar, se lo regalé a mi padre, se lo cogí prestado y lo volví a leer, una y otra vez, una y otra vez. Todavía tengo aquel libro (con una dedicatoria en tinta roja para mi padre fechada el 18 de agosto de 1997): el lomo está abierto, la portada rasgada, los márgenes colmados de anotaciones y las páginas se mantienen juntas con cinta adhesiva que ya se ha oscurecido. 
 Sueños árticos cambió el curso de mi vida: me convirtió en escritor. Es una combinación de ciencia natural, antropología, historia cultural, filosofía, periodismo y observación lírica que me mostró que la literatura de no ficción puede ser tan experimental en la forma y tan hermosa en su lenguaje como cualquier novela.
Robert Macfarlane

 Finalmente este mes de agosto voy a viajar a Albania, por lo que, como Macfarlane, voy a dejar esta lectura para cuando me adentre en Canadá y Alaska tras los pasos de Jack London. Seguro que sus páginas me animan a subir más al norte, a la zona de Inuvik y Tuktoyaktuk, esta última localidad ya en la costa ártica. Espero que sea el verano que viene. Aún así, y como lo tengo en la mesita de noche, no puedo resistir la tentación de abrirlo al azar y refrescarme en sus páginas.

 Por la mañana salí a la cubierta de proa y me quedé contemplando cómo se abrían limpiamente las olas verdinegras de dos metros para dar paso a la proa del barco. Acechantes tras la niebla, las moles de hielo que habían impedido conciliar el sueño a unos cuantos de nosotros seguían avanzando inexorablemente hacia el sur, coronadas por una guirnalda de silencio gris, incipiente bajo el aire frío. Solo con que hubiésemos rozado una la noche anterior, un estrépito de alarmas y bocinas habría desgarrado el buque. Nos habríamos precipitado escaletas arriba vestidos con el equipo de tormenta, camino de los minúsculos botes salvavidas, tropezando con las ropas mal puestas, arrastrados hasta el límite mismo de la supervivencia. El descenso al encuentro del hielo y la oscuridad entre olas de seis metros, el terror agazapado como un perro salvaje en el pecho.


 Todavía estaba oscuro y me pareció que llovía un poco. Aparté el faldón de la tienda. Un cielo de nubes empujadas por la tormenta cruzada velozmente la cara de una abultada luna. Tal vez se despejaría al amanecer. El tintineo que había escuchado no era de la lluvia, solo del viento. Una tormenta, camino de algún otro lugar.


 Los primeros narvales que pude ver vivían lejos de allí, en el estrecho de Bering. El día que los vi comprendí que ningún elemento de la historia natural de la Tierra me había hecho dar jamás un salto tan rápido hasta un tiempo tan remoto. Fue como si viera encarnarse ante mis ojos una figura salida de un bestiario, una criatura de un exotismo comparable al de una jirafa. Fue como si acabara de verificar a simple vista la prueba de la existencia de un ser cuya realidad no tenía motivos para poner en duda, pero en la que, sin embargo, no podía acabar de creer del todo; parecía una fábula demasiado extravagante.


 El frío provocaba congelaciones y amputaciones, terribles dolores de cabeza y letárgica entre la marinería de los barcos que permanecían anclados todo el invierno en aquellas zonas. No había ropas ni refugios capaces de ofrecer protección suficiente contra él. El frío, que volvía ardiente el metal al contacto, dificultaba y complicaba todas las tareas. Hasta la obtención de agua para beber representaba un esfuerzo. Y el mortal aburrimiento de los cuarteles de invierno en un barco húmedo y helado solo multiplicaba los temores al escorbuto y a la muerte por inanición.


 La entrada de una osera bien situada estará resguarda del viento y orientada más o menos hacia el suroeste, para aprovechar el calor del sol de la tarde. Los cachorros se asoman a este porche protegido y soleado algunos días después que la madre y durante las primeras semanas casi no se alejan de allí. La madre a menudo los amamanta allí tumbada al sol, con la espalda apoyada contra una pared de nieve. Los cachorros se tienden sobre su vientre. Mientras maman, la osa inclina la cabeza hacia atrás y mira al cielo o bien la hace girar lentamente de un lado a otro o mece suavemente a sus crías entre las patas delanteras.


 La capacidad del mar helado de destruir bruscamente un barco aplastándolo como una nuez entre dos piedras era una idea que atormentaba a las gentes hasta reducirlas a un estado de agotamiento, de abyecta capitulación. Durante días el hielo parecía estar jugueteando con el barco: lo levantaba lentamente un par de pies fuera del agua o lo inclinaba 15º a babor para retenerlo luego allí. Los hombres dormían durante semanas seguidas con las ropas puestas, preparados para abandonar el barco en cualquier momento, conscientes de que el tajamar de proa podía abrirse de pronto con un estallido y el agua verde empezaría a derramarse sobre ellos a través de la fisura. O cualquier noche podía ser otra de aquellas en las que el hielo se limitaba a murmurar contra el casco o aullaba como un fantasma y se encabritaba astillándose en medio de la oscuridad, pero lejos de ellos.

Y como no sólo hay literatura de viajes en los libros del género, mañana viajo a Albania acompañado de varias novelas de Ismaíl Kadaré, el más insigne de sus escritores. Nos vemos a mi vuelta.

Novelas de Ismaíl Kadaré que me acompañarán en mi viaje a Albania
Fotografía: Lucía Rodríguez