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sábado, 27 de mayo de 2023

DOS SHERPAS


Dos sherpas, de Sebastián Martínez Daniell (Jekyll & Jill, 2022)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Estos días he podido sentir el frío. No porque hayan bajado las temperaturas y haya vuelto la lluvia, ese fenómeno atmosférico que algunos ya habían olvidado, sino porque he estado leyendo Dos sherpas, y ya se sabe que en el Himalaya hace fresco y se necesita algo más que una rebequita.

 El texto, sin embargo, no nos deja fríos. Y se lee a tragos cortos, como si el libro fuese una petaca que portásemos en las alturas en el bolsillo interior del plumón. Cien capítulos que son cien chupitos. El calor momentáneo del whisky, el ron o la ginebra antes de volver a sentir las dentelladas del frío junto a esos dos sherpas que contemplan el vacío.

Uno
Dos sherpas están asomados al abismo. Sus cabezas oteando el nadir. Los cuerpos estirados sobre las rocas, las manos tomadas del canto de un precipicio. Se diría que esperan algo. Pero sin ansiedad. Con un repertorio de gestos serenos que modulan entre la resignación y el escepticismo.

 Ambos observan desde un risco el cuerpo de un cliente, un turista inglés que se ha despeñado en el ascenso al Everest y que permanece inerte ocho o diez metros más abajo.

Turistas..., piensa el sherpa viejo, que no es viejo ni propiamente un sherpa. Siempre hacen algo, ellos, los turistas, piensa. Y entonces habla. Señala con un ademán ambiguo el vacío, la saliente donde yace tendido e inmóvil el cuerpo de un inglés, y dice:
 –Ellos...
 Y así rompe el silencio. Si es que puede llamarse silencio al ruido ensordecedor del viento pasando a través de los filos del Himalaya.

Sebastián Martínez Daniell en la solapa de Dos sherpas
Fotografía: Pedro Delgado

 El argentino Sebastián Martínez Daniell (Buenos Aires, 1971) ha creado una novela que posee muchas facetas y en la que todo tiene cabida, entre otras cosas, las medusas como filosofía de vida; la burocracia; el sistema de clases del imperio romano; la representación teatral de Julio César de Shakespeare; la conquista de los polos; la geología del siglo XIX con sus vulcanistas y neptunistas; los intentos de Mallory y John Hunt porque ondease la Union Jack en el Everest; Edmund Hillary y Tenzing Norgay; el liquen en el orden botánico; el vuelo de Lady Houston sobre la cumbre de la giganta; Heinrich Himmler; la pleamar; Monet, Renoir y los bañistas de La Grenouillère; Delacroix, Coubert y la concha más famosa del mundo; y, cómo no con ese título, los sherpas, ese pueblo llegado a Nepal desde China.

El pueblo del este
Quinientos años antes, un pueblo nómade que trashumaba la provincia de Sichuan, en el centro geográfico de China, inicia un lento proceso de migración hacia Poniente. En el destierro se transforman en parias: refugiados que encuentran su exilio en las montañas. Son bautizados por los locales según su origen cardinal. El pueblo (pa) del este (shar): sherpas.
***
Versiones del budismo
Una de las hipótesis sobre la migración de los sherpas sostiene que fueron expulsados de las praderas de Sichuan por causas religiosas. Los sherpas eran budistas de la vertiente Mahāyāna, más secular y menos dogmática que la rama Theravāda. Durante mil cuatrocientos años ambas escuelas convivieron en relativa armonía: compartían los monasterios y la lectura de los sutras. Pero en un punto del siglo XV, y en algún lugar de China, las facciones se radicalizaron. Los budistas Mahāyāna creían que era posible democratizar el Nirvana. Que cualquiera podía acceder al estado de iluminación. Como la doctrina zen, que le debe gran parte de su andamiaje cosmológico, el Mahāyāna interpretaba el budismo como un método antes que como un culto. En cambio, los seguidores del Theravāda tenían una idea más restrictiva del camino: hacia falta una vida monástica, una ascesis absoluta y una dedicación monomaníaca a los preceptos de Siddharta Gautama para completar la vía. La sabiduría, entonces, para los Theravāda, en manos de una casta religiosa, excluyente y vertical. Sin lugar para los no iniciados. En consecuencia, y también en resumen, los Mahāyāna fueron aislados en los monasterios y excluidos de la sociedad. Marginados en Sichuan, empezaron a desplazarse hacia el oeste, a las montañas, hacia el Himalaya.
***
Quince
Existe una segunda explicación histórica sobre la migración de los sherpas. Hay quien cree que salieron de Sichuan en busca de oportunidades laborales. Abandonaron el pastoreo y persiguieron la ruta de la sal y de la seda. El derrotero del comercio europeo, la estela de la avidez mercantil de Occidente, que lucraba poniendo especias en las cocinas de los palacios renacentistas. Según esta otra hipótesis, el pueblo sherpa nace al calor de la revolución antropocéntrica de Durero, Petrarca y Francis Bacon. Hijo entonces de la burguesía temprana, el sherpa se reinventa como medio de transporte, como flete de bienes transables.

Familia sherpa fotografiada por Mal Clarbrough
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Leo la palabra sherpa y enseguida se me viene a la cabeza la palabra bereber, los habitantes originarios del actual Marruecos antes de que los árabes los conquistaran y ellos se refugiaran en las montañas. Dos etnias emparentadas por el oficio que les ha reportado el turismo; aunque son los sherpas los que se juegan y se dejan, cada vez con más frecuencia, la vida en sus montañas. A veces, sepultados por toneladas de hielo que arrastra alguna avalancha; otras, tragados por alguna grieta traicionera o por culpa de la codicia y la sin razón de algunas compañías que llenan de montañeros las cumbres, y de algún que otro alpinista que antepone la gloria instantánea, la huella de su bota en la cima, al retorno seguro al campamento.

 Y encima, los hay que los ningunean, que no les brindan ni siquiera su nombre: sherpa. Los llaman educadamente «sherpas» allí arriba, otorgándoles cierta distinción, reconociéndoles cierto grado de sabiduría, práctica, experiencia y habilidad en la montaña, pero ay cuando no están en la montaña, «cuando están en sus casas, sin zapatos, deslizándose con sus pantuflas de lana sobre el parquet... cuando tienen la calefacción central encendida, el termostato en su gradación exacta, la comida en el horno, el cuerpo atravesado por microondas de alta frecuencia...».

Galgos afganos, gatos de Ankara
Piensa el sherpa viejo: Cuando están en sus salas europeas, liberando los vapores leves de su copa de coñac, cuando peinan a sus galgos afganos, cuando acarician a sus gatos de Ankara... Es ahí que dejamos de ser sherpas y pasamos a ser «porteadores». ¡Porteadores!...
 Hace una pausa para darle espacio a la delectación del resentimiento, para fijar el sonido de la palabra en el oído interno. Así nos dicen cuando no estamos: «porteadores». E insiste: Animales de carga. Tan necesarios y a la vez tan reemplazables como una pica, un arnés o una soga.
***
 Al año siguiente hacen un segundo intento –se refiere a la segunda expedición de George Mallory–. Un grupo llega hasta los ocho mil trescientos metros. Está por comenzar la temporada de monzones. Cae un alud. Durante algunas horas reina el caos. El grupo expedicionario envía un breve mensaje al Campamento Base para tranquilizar a sus compañeros: «All the whites are safe», dice. Siete sherpas mueren sepultados por la nieve.
 Pasan noventa y tres años: 18 de abril de 2014, entonces. Otra avalancha. Catorce mil toneladas de hielo, dieciséis muertos. Todos sherpas también.
***
 Una cineasta australiana, Jennifer Peedom, estaba en la montaña rodando un documental cuando se declaró el cese de actividades. En una secuencia de su película Sherpa, Peedom registra la discusión entre un occidental y el dueño de la agencia de viajes que había contratado. Al ver que sus sherpas no querían volver al trabajo, y ya desesperado, el turista le rogaba al intermediario: «And... can`t you talk to their owners?». La palabra que usa es owners. En inglés, la dice. En alemán hubiese sido probablemente Herrschaft, como en Herrschaft und Knechtschaft, según le gustaba decir a Hegel. En castellano, dueños: «Y... ¿usted no puede hablar con sus dueños?».

***
Sesenta y dos
Si el sherpa viejo escuchase el hipotético soliloquio de su compañero, no se quedaría callado. Insistiría en que la ecuación comercial que se da entre el turista y los sherpas está infestada de asimetrías. Plantearía que el turista, por más que pague fortunas, lo hace bajo un prisma tal que condena a los sherpas a la cosificación. El sherpa viejo se ve a sí  mismo más como un artefacto. En los términos de la economía clásica, el sherpa no es ni demanda ni oferta, sino mercancía, insumo transable; bien de capital a lo sumo. Somos tractores, diría el sherpa viejo. Maquinarias capaces de realizar mejor y más rápido el trabajo humano. Peor aún, diría: somos máquinas previas a la Revolución Industrial. Somos animales. El turista nos reduce a la animalidad.
 Y, entonces, el sherpa viejo le recomendaría a su joven colega detenerse un momento en la cara de los turistas cuando vuelven de la cima de la montaña. Le recomendaría que –él que puede, él que sí los ha visto allá arriba de todo– recuerde ese instante en que los extranjeros comprenden que han superado el ascenso improbable y ahora pueden dominar el orbe desde los ocho mil ochocientos cuarenta y ocho metros. Porque es entonces, explicaría, que los turistas se convencen de que han demostrado su heroísmo. Los extranjeros que llegan a la cumbre creen que han superado al promedio de la especie y, al menos por un momento, se ven a sí mismos como semidioses. Celebran, se abrazan, se sacan fotos (porque siempre se sacan fotos, siempre recaen en el narcisismo, siempre rebajan la fenomenología al nivel del souvenir).
 Mientras tanto, los sherpas aguardan al costado, sin distinguir demasiado entre ascenso y descenso; sólo agradeciendo calladamente que ninguno de los palurdos se haya quebrado una pierna durante la expedición. Para ellos, para los turistas, somos animales de carga, diría el viejo. Criaturas capaces de hacer con relativa soltura aquello que para los seres humanos constituye una proeza. Nos ven como mulas, seres con una estructura ósea preparada para acarrear grandes pesos. A ellos les parece lógico que el sherpa haga cumbre. Tendrían que pensar que somos titanes, deidades con poderes inalcanzables por los humildes mortales. Pero no. Cuando llegan a la cumbre los héroes son ellos. Y son ellos quienes han alcanzado la gloria del montañista, el –así llamado– milagro de la autosuperación. El hecho de que el sherpa haya acometido la misma labor no una, sino tres, cinco, diez veces les parece algo natural, del mismo modo que les parece natural y poco meritorio que un elefante arranque un árbol de cuajo.
 Lo cierto es que nadie le pide su opinión al sherpa viejo, nadie le toca el hombro y lo interpela. Lo cierto es que estos argumentos no dejan de ser apenas una elucubración, un murmullo introspectivo que se proyecta hasta que es interrumpido por una voz jovial:
 –¿Nos levantamos?

 La escena y los tres personajes que la componen me recuerda a una de esas obras del teatro del absurdo de Samuel Beckett. Aquí, los dos sherpas están esperando en la ladera sur de la giganta a que el inglés dé señales de vida. Quisieran que reaccionase, que se levantara, que abandonase «su actitud mineral», pero este permanece allí abajo inmóvil, tendido como en un sepulcro. «¿Nos levantamos?», pregunta el sherpa joven incorporándose sobre sus rodillas.

Veintiuno
–Sí –responde el sherpa viejo y mira hacia abajo: el cuerpo del inglés sigue ahí, inmóvil. ¿Cuánto tiempo?, ¿cuántos minutos desde que el inglés resbalara, pierde el equilibrio y, en lugar de dejarse caer manso contra el suelo, mueve los brazos como si fuese una cigüeña en celo, intenta conservar la vertical y, tentado por el vacío, se desploma tres, siete, once metros hasta una saliente? ¿Cuánto pasó? El sherpa viejo calcula que unos diez minutos. No más. Debería haber mirado el reloj en el momento mismo de la caída. Pero, en la confusión, el tiempo pasó a un plano secundario, accesorio. Fue un evento plenamente espacial, un instante euclidiano.
 Es bueno contar con la extensión mientras se ejecutan pogromos de la otredad, en nuestro vasto reino de silicio. El sherpa viejo se levanta, la rodilla izquierda se queja.

 La trama se desarrolla sin avanzar, de ahí que ya en la contraportada nos hagan la pregunta: «¿Qué procedimiento se pone en juego, entonces, para que esa escena sencilla y sobria estalle en significaciones a lo largo de un centenar de capítulos?». Y junto a la interrogación, nos dan la respuesta: La energía que logra sostener todo el entramado «proviene de la voz narrativa; una exploración del lenguaje que oscila entre poéticas del desborde y del desapego, recursividades y astringencias, según la materia que aborden. Una voz que termina por encontrar un matiz distinto, un tono pertinente, para cada una de las inagotables facetas que componen esta sólida novela poliédrica».

 Busco con cierto fastidio en internet eso de las poéticas del desborde y del desapego, pero la molestia se diluye al toparme con este bello poema, ejemplo del desborde. Pertenece al poemario Armenia y su autor es el mexicano Luis Eduardo García.

Decidí no usar la palabra Armenia; habría sido sucio, bajo.
No diré destrucción, no diré hermana, no diré madre, no diré
tristeza
que hiere como turcos.
No diré Armenia.
Portada Dos sherpas, de Sebastián Martínez
Jekyll & Jill / Serie Pool Access / 1
Imagen de la cubierta: Víctor Gomollón

 Dos sherpas (Jekyll & Jill, 2022) se abre con una cita de Nima Chhiring, ex sherpa y pastor de yaks. La frase, «Mi oído está llorando. Yo me bajo; ustedes también deberían bajar», oculta un enigma, que se nos descubre en el capítulo Veintidós.

Ya instalados en la región del Tíbet y Nepal, la etnia sherpa empieza a intimar con la montaña. La explora, la recorre, la subvierte. Sus hábitos van cambiando. Abandonan la naturaleza bucólica, y se hacen uno con las laderas escarpadas de los montes. Incluso desarticulan la sobriedad original del budismo y avanzan hacia una nueva versión teocrática del universo: más barroca, colorida, más fantasiosa. Pueblan su religión de deidades locales y variaciones chamánicas. Al monte Everest, por ejemplo, lo llaman –contra toda intuición falocrática– «la madre del mundo». La giganta.
 Es en estos primeros siglos de ocupación de los territorios del Himalaya que los sherpas desarrollan una habilidad fisiológica para comunicarse con el resplandor de los minerales. La montaña, desde entonces, les advierte sobre los peligros inminentes. Estas premoniciones se experimentan como un zumbido agudo que aparece, inexplicable, sobre la cordillera. Le llaman Kan runu, el «oído que llora».
 No es, también debe decirse, un sistema infalible. Ninguno de los dos sherpas, ni el joven ni el viejo, percibieron zumbido alguno en el momento crucial en que un inglés trastabilló sobre el borde de la montaña y, sin mediar paliativo, se despeñó contra un risco donde, todavía ahora, yace su cuerpo ambiguo, descoyuntado pero presente, a la espera de que la situación se defina rodeado de silencio. Si es que puede llamarse silencio al silbido estruendoso y monocorde de innúmeras ráfagas de aire cortando las altas cumbres del Himalaya.

 El día que Nima Chhiring soltó esa frase, aquel fatídico 18 de abril de 2014, también nos lo cuenta el autor en Kan runu, un Sebastián Martínez al que no le tiembla el pulso a la hora de apuntar sus dardos, y que no duda en comparar a los montañeros con el liquen que, en su doble andamiaje de hongo y alga, coloniza y reina en las cimas.

Dicen que hay líquenes que perviven aun suspendidos en el vacío cósmico. No hay por qué descreer. Pero el liquen quiere otra cosa. Su vanagloria no es la resiliencia ante la hostilidad, sino el expansionismo, el deseo imperial.
 Lo mismo puede decirse de los montañistas. ¿Qué propósito podría tener abismarse en un ascenso antinatural hacia la cumbre irrespirable del Himalaya? ¿Qué sentido, agotar las capacidades, distraerse, tambalear y precipitarse ocho, once, doce metros para estrellarse contra una saliente? No es autosuperación, como ellos se excusan. Todo lo contrario, superarse sería prescindir de los objetivos. Lo que buscan es ilusión de sojuzgamiento. Egomaníacos, ingenuos –y en especial aquellos que caen bajo el influjo plusmarquista del Everest–, ansían el dominio de lo vacuo. Y fracasan. Abandonen o hagan cumbre, todo el tiempo fracasan.
 En cambio, el sherpa es Zaratustra. Para él lo importante comienza cuando baja de la montaña. Lleno de rabia y sin rastro de misericordia. Como el filólogo alemán, sabe que si se mira el abismo durante mucho tiempo, el abismo también mirará adentro suyo.

 En sus continuas divagaciones y reflexiones, el autor también nos cuenta la vida y las inquietudes del sherpa joven, que vive en Nanche, en la región de Khumbu, el lugar donde nació y se crió, no como el viejo que ha nacido muy lejos del Himalaya, en otro continente, donde una vez vio llorar a una cajera en el supermercado.

Namche Bazaar, puerta del Himalaya a 3.440 m de altitud
Fotografía: Wikipedia

 Nanche no tiene calles ni rutas: apenas un helipuerto y senderos peatonales, meandros de lo escarpado y el aislamiento. [...] Pero no hay que imaginar una menguante periferia industrial ni esa geografía indefinida que alterna el primitivismo de la flora rural y la pobreza de los suburbios. Nanche no es Katmandú, no es tan siquiera Darjeeling. Es tan sólo un rejunte de edificios ofrendados al turismo y casas sencillas asentadas sobre unos escalones horadados en la cordillera. El límite de la ciudad se cruza en el reconocimiento del último vecino junto a una piedra pintada de blanco. Más allá, el espacio exterior.
***
Namche Bazaar cubierta de nieve (1975). Fotografia: Michael Dillon
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez
Treinta y tres
Si su padre estuviese vivo, el sherpa joven trabajaría en alguna dependencia municipal de Namche. Como lo hace su madre, como lo hacía también su padre muerto. Trabajaría lejos de los riesgos de la alta montaña y cerca del montacargas en el que, una vez por semana, se transportan las piezas del Caterpillar con el que se despeja la nieve de los caminos peatonales.
 El sherpa joven renegó de ese mandato familiar cuando conoció el Campamento Base del Everest. Ese día –doce años, debut– ayudó a poner las banderas tibetanas de plegaria alrededor de las carpas: azul, blanco, rojo, verde, amarillo. En ese orden: cielo, aire, fuego, agua, tierra. Una y otra vez: cetro, rueda, loto, rayo, piedra. Alrededor de todo el campamento: humildad, enseñanza, meditación, entrega, coraje. Eso que los turistas suelen llamar los banderines de colores de los sherpas.
 Después, se sentó y vio mesmerizado cómo ondeaban sobre la nieve. El viento a través de sus manifestaciones.

Banderas de oración congeladas por el rocío de la noche
Fotografía del Dr. David R. Shlim
Incluida en el libro Sagarmatha. Sir Edmund Hillary's
Fotografía: Lucía Rodríguez

 ¿Estará ahora el joven sherpa a punto de cargar con el primer lastre –los turistas muertos bajo su tutela– de su carrera?

 Tener un muerto en el historial no es, desde ya, algo bueno para un sherpa. Es una mácula en la hoja de servicios. Pero tampoco significa el final de una carrera profesional como guía de montaña ni mucho menos. Los sherpas son sumamente comprensivos con aquellos colegas que pierden turistas en la montaña. Parten de la convicción de que la culpa es siempre ajena, del extranjero que se aventura en los riscos sin suficiente preparación o con secretas tendencias suicidas. Un poco de lastre es perfectamente comprensible. Un muerto, dos muertos, tres si es que murieron en el mismo alud o abducidos hacia el vacío por la misma cadena de arneses. Hasta ahí no habría razón para preocuparse.
 Pero es tradición suponer que cuando el lastre empieza a acumularse sobre el currículum de un sherpa, los ascensos se le hacen cada vez más difíciles. No se trata de una cuestión de descrédito profesional. la superstición manda en las laderas de la giganta. Existe la arraigada idea de que el lastre se adhiere a las botas de los sherpas a medida que los cadáveres se apilan sobre los despeñaderos. De modo que, más allá del sentimiento de culpa (que no es de los más extendidos en la comunidad sherpa), lo que les preocupa es el mito: el inasible y pesado relato oral que dice que un sherpa con mucho lastre sobre sus botas tarde o temprano caerá hacia el valle una última vez y se llevará a quien pueda consigo.

 No tengan miedo al abismo y lean Dos sherpas en silencio. «Si es que puede llamarse silencio al estrépito enloquecedor del viento rozando la cima del monte más alto del orbe».


jueves, 25 de febrero de 2021

DE CÓMO UNA EXPEDICIÓN VASCA CONQUISTÓ LA CIMA DEL EVEREST


Everest -Expedición Vasca 1980- Todo un pueblo en la cumbre
Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak / Mendi Film Festival
Fotografía: Lucía Rodríguez

Sabía del gusto por la exploración y la conquista del pueblo vasco, de sus ilustres aventureros, como Juan Sebastián Elcano, Cristobal de Oñate, Juan de Tolosa, Pascual de Andagoya, Pedro de Ursua, Lope de Aguirre, Juan Ortíz de Zarate, Juan y Francisco de Garay, Miguel López de Legazpi o Andrés de Urdaneta; por eso no me extrañó que, a nivel nacional, fuese una expedición vasca la primera en conquistar la cumbre del Everest (8.848 metros).

Integrantes de la expedición vasca al Everest en 1980
Ref. Revista Pyrenaica, 1980
Colección del fondo Bernardo Estornés Lasa

 La gesta ocurrió el 14 de mayo de 1980. Ese día, a eso de las tres de la tarde, Martín Zabaleta y el sherpa Pasang Temba culminaron el largo y arduo trabajo de todo un equipo. Agotados por el esfuerzo, pero eufóricos por la hazaña, se abrazaron en la cima; luego, por walkie-talkie, se pusieron en contacto con los campos base de la expedición, y el grito de «¡Gora Euskadi Askatuta!» resonó en el valle. Zabaleta y Temba se fotografiaron con la ikurriña y la bandera de Nepal ondeando en la montaña más alta del planeta; aunque la cámara de Martín no funcionó y sólo quedó para el recuerdo la imagen del sherpa.

Páginas 30 y 40 de Everest. Todo un pueblo en la cumbre
Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak y Mendi Film Festival
Fotografía: Lucía Rodríguez

El sherpa Pasang Temba en la cima del Everest, 14 de mayo de 1980
Fotografía: Martín Zabaleta

 Permanecieron allí algo más de media hora, henchidos de gozo, dejando volar la vista en rededor, absortos en el paisaje: las aristas de los picos atravesando el mar de nubes. ¿Qué pasaría en esos momentos por la cabeza de aquel mecánico de Hernani de 31 años? Seguramente pensaría en sus compañeros de expedición, en su familia y amistades, incluso en algún profesor o compañero de ikastola; pero también en los peligros que todavía le aguardaban, en que la pieza no estaría cobrada hasta llegar abajo. Antes de iniciar ese descenso, Zabaleta recogió un rosario bendecido por el papa Karol Wojtyla que los polacos Krzysztof Wielicki y Leszek Cichy habían dejado tres meses antes en la cumbre*. Es lo que marca la costumbre: que el siguiente recoja el presente para corroborar la cima. Ellos dejaron allí las banderas clavadas.

Rosario bendecido por el papa Wojtyla  recogido por Martín Zabaleta
de la cumbre del Everest. Donado en 2020 al Museo del Montañismo
Vasco (Euskal Mendizaletasunaren Museoa Fundazioa (EMMOA))

 Abajo, junto al grupo de montañeros que habian salido de Bilbao el 11 de febrero con la intención de asediar la mole blanca y atacarla por oleadas, los aguardaba su hermano, Jon Zabaleta, recién llegado al campo base con sus lápices y sus cuadernos de dibujo.

Expedición Vasca 1980 al Everest

 Para que no caigan en el olvido los peligros que aquellos expedicionarios tuvieron que afrontar, tanto en el ascenso como en el escalofriante descenso (tras una serie de caídas, en las que Martín arriesgó su vida para salvar la de Temba, vivaquearon en una grieta muy cerca de la cima), el dibujante César Llaguno (con ecos del gran Hugo Pratt) y el guionista Ramón Olasagasti se han unido para revivir aquella hazaña, recuperando las palabras y los sentimientos de aquellos que participaron en aquella expedición de 1980.

Páginas 34 y 35 de Everest. Todo un pueblo en la cumbre
Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak y Mendi Film Festival
Fotografía: Lucía Rodríguez

Páginas 36 y 37 de Everest. Todo un pueblo en la cumbre
Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak y Mendi Film Festival
Fotografía: Lucía Rodríguez

 También para rendir tributo a los expedicionarios de la Tximist que ya en 1974 intentaron la conquista, teniéndose que dar la vuelta a 8.550 metros tras pasar la noche en el campo VI por culpa de la climatología.

Componentes de la Expedición Tximist 1974 al Everest
Fotografía: Ángel Lerma

 El cómic, editado en noviembre de 2018 por Sua Edizioak y el Mendi Film Festival de Bilbao, el mejor festival de cine de montaña y aventura de España, puede conseguirse en librerías y en la página web de la editorial.

Páginas 14 y 15 de Everest. Todo un pueblo en la cumbre
Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak y Mendi Film Festival
Fotografía: Lucía Rodríguez

Páginas 20 y 21 de Everest. Todo un pueblo en la cumbre
Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno
Sua Edizioak y Mendi Film Festival
Fotografía: Lucía Rodríguez

 De la humildad de Martín Zabaleta (Hernani, 1949), de la falta de divismo del primer español que alcanzó el techo del mundo, da muestra su escasa presencia en los medios de comunicación. Al poco de volver de Nepal, y quizás huyendo de las polémicas de carácter político que afloraron cuando la siguiente expedición (polaca) bajó y se fotografió con la ikurriña que dejó en la cima, Zabaleta se mudó a los Estados Unidos, donde encontró trabajo como carpintero, empleo que compaginó con tareas de guía de alta montaña, principalmente en los Andes, los Pirineos y las Montañas Rocosas. En 1988 logró su segundo ochomil, ascendiendo al Kangchenjunga con los norteamericanos Carlos Buhler y Peter Habeler, y en 1989, también junto a Buhler, alcanzó la cima del Cho Oyu.

Martín Zabaleta leyendo en Katmandú las crónicas de los diarios sobre su hazaña
Fotografía: El Correo 

 Martín Zabaleta sigue viviendo en Bozeman, Montana, y a sus 71 años continua disfrutando de la montaña. En las fotos de ahora se le ve con el pelo blanco y la piel bronceada por el sol. Parece sereno, en paz consigo mismo, como si ya hubiese ajustado cuentas con el joven impulsivo de los ochenta y ya sólo le quedase el dulce recuerdo de la gesta, de aquella hazaña que, sin duda, le sobrevivirá.

Martín Zabaleta y su madre, fallecida en diciembre de 2019 a los 95 años
Fotografía del Museo del Montañismo Vasco (Fundación EMMOA)


Expedición Vasca 1980 al Everest (eitb.eus)

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*El rosario que Martín regaló a su madre fue donado, a la muerte de ésta, al Museo del Montañismo Vasco (Fundación EMMOA), al igual que la chaqueta naranja, similar a la de Temba, con la que logró sobrevivir a aquel vivac extremo a 8.700 metros de altura.

Chaqueta con la que Martín Zabaleta ascendió al Everest en 1980
Museo del Montañismo Vasco (EMMOA)


lunes, 6 de julio de 2020

QUE NO TE ENGAÑEN


 –Acaba de citar el Everest y la cola que había para llegar hace unos meses. ¿El alpinismo entraña ahora menos aventura?
 –Estamos engañando un poco a la gente. Ahora, cuando vas a ir al Everest pides un permiso, consigues dinero, pagas a una agencia, llegas con tiempo para aclimatarte, y mientras tanto los 'sherpas' abren camino y ponen las cuerdas. Cuando te dicen que la montaña está abierta, subes con esas cuerdas. El alpinismo ha perdido su esencia. 
Entrevista a César Pérez de Tudela 
1 de Marzo de 2020

 Pueden leer la entrevista completa de César Coca a César Pérez de Tudela en el siguiente enlace:

https://www.diariosur.es/deportes/mas-deportes/quiero-vivir-emocion-20200301170514-ntrc.html

César Pérez de Tudela en el sótano de su casa de Torrelodones durante la entrevista
Fotografía: Pablo Cobos

viernes, 3 de mayo de 2019

CLAUDIA ULLOA, ERLING KAGGE Y EL SILENCIO EN LA ERA DEL RUIDO


Hay una escritora peruana que vive en Bodø, Noruega. Lleva allí más de ocho años sacándole partido a la maestría en Lengua española que cursó en la universidad de Tromsø y escribiendo cuando puede. Se llama Claudia Ulloa (Lima, 1975) y además de conocer los protocolos del frío, con el que tiene que medir sus fuerzas, es experta en escribir frases que parecen cinceladas a golpe de silencios.
"Ayer en el aserradero fueron cayendo palabras como virutas. Escribí mentalmente un cuento, pero cuando llegué a casa estaba muy cansada, me acosté en el sofá y me quedé dormida con el olor a pino impregnado en el cuerpo. Olvidé el cuento".
 Claudia dice que "los noruegos siempre andan silenciosos", y que "sólo cuando las cosas dejan de funcionar realmente y no hay solución, la gente empieza a hablar". El escritor y explorador  Erling Kagge, que vive en Oslo, a 839 kilómetros de Claudia, lo demostró en La Térmica el día que presentó El silencio en la era del ruido, y sólo cuando empezó el acto se echó a hablar, pero porque le preguntaba la coordinadora del ciclo, y luego el público, si no creo que se habría mantenido en silencio.
 Lo primero que hizo Erling Kagge al sentarse en el escenario fue quitarse las zapatillas, algo también muy nórdico, y luego se mantuvo callado hasta la hora convenida. Para ser sincero, abrió antes la boca unas cuantas veces, pero fue porque Patrícia Soley-Beltran se dirigía a él para apuntarle algo relacionado con la charla que iban a tener en breve o sobre el libro que parecía tener subrayado y anotado. Erling respondía en corto, y me pareció que hasta contrariado, como un atleta al que desconcentrasen momentos antes de una competición o de empezar uno de sus grandes retos, porque el noruego fue el primer hombre en completar el "desafío de los tres polos": Norte, Sur y cima del Everest.
 Al traductor del acto, Alberto López, también le gusta la aventura, así que debió de disfrutar con el encargo. Un ya lejano día de abril de 2007 lo empujé hasta la cima del Toubkal, y supuse que lo recordaría cuando nos saludamos. De lo extraordinario de su dominio del inglés me di cuenta a las ocho en punto, cuando iniciaron el diálogo.
 Erling Kagge dio otro lejano día de abril de 2015 una conferencia sobre el silencio en la Universidad de Saint Andrews, en Escocia, y a raíz de ella se dio cuenta de lo poco que él mismo sabía sobre el tema, de que sólo tenía ideas sueltas. De ahí que, ya en casa, siguiese dándole vueltas a las preguntas que le habían hecho los estudiantes y decidiese profundizar en tres interrogantes: ¿Qué es el silencio?, ¿dónde está? y ¿por qué es más importante que nunca? Con los treinta y tres intentos de respuesta que halló escribió su libro, y Patrícia, que ya les digo se había leído y analizado sus páginas de pe a pa, le fue sonsacando algunos.

El silencio en la era del ruido, de Erling Ragge (Taurus, 2017). Fotografía: Pedro Delgado

 Está el silencio que nos rodea y el que llevamos dentro, este último es más importante aún por lo que tiene de vivencia personal.
*** 
 Durante miles de años, las personas que han vivido aisladas consigo mismas, como los monjes en las montañas, los eremitas, la gente de mar, los pastores de ovejas y los descubridores que regresan a casa, han tenido la certeza de que los misterios de la vida se hallaban en el silencio. Esa es la cuestión. Surcas el mar en un velero y al volver quizá sepas que aquello que ibas buscando se hallaba dentro de ti.
 Aunque aparezcan entre sus páginas, El silencio en la era del ruido no es un libro sobre sus exploraciones y aventuras, sino un ensayo sobre el silencio y el placer de evadirse del mundo. Yo estoy acostumbrado a relacionarme con mi silencio: cuando salgo a correr; cuando dejo la bicicleta en casa y voy caminando hasta el instituto; cuando arreglo las macetas del porche; cuando escribo; cuando leo; cuando cruzo valles y asciendo montañas; cuando esquío en Port Ainé; cuando me siento a oír el crepitar de los leños que arden en la chimenea; cuando me tomo un spritz en el porche o junto a la piscina; cuando me baño en el mar; cuando Lanita se tumba a mi lado y la acaricio; cuando junto mis manos bajo el grifo de la cocina para que se bañen mis agapornis o cuando dejo pasar el tiempo sin más, por lo que me acerqué a La Térmica esperando que Erling hablase más de sus expediciones y aventuras que del silencio en sí, pero predominó lo segundo, quizás porque a Patrícia, tal como ella dijo, no le impresionan nada los exploradores. Aún así, leyó un capítulo que aúna las dos cosas y que alivió mis ansias de aventuras; y recomendó al finalizar el acto un segundo –el quinto– al que he vuelto varias veces, quizás porque en él existe lo que Jack London denominaba La llamada de lo salvaje.
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Esta claro que el sonido no es solo sonido. 
 Tuve ocasión de comprobarlo en la primavera de 1986, mientras navegaba en un velero rumbo al cabo de Hornos, a lo largo de la costa de Chile en el Pacífico Sur. De madrugada, durante la guardia de doce a cuatro, oí lo que me pareció un suspiro profundo y prolongado por el flanco oeste. No me imaginaba qué podía ser. Me giré noventa grados en la dirección del sonido y allí mismo, a estribor, vi una ballena. A un simple tiro de piedra. Calculé que tendría aproximadamente la misma longitud que el barco, unos veinte metros. A juzgar por el tamaño, supuse que sería una ballena de aleta, un mamífero cosmopolita a la caza constante de cangrejos, peces y kril. La ballena azul es más o menos igual de grande, pero ya está extinguida casi por completo, de modo que las probabilidades de que se tratara del animal más grande del mundo me parecían ínfimas.
 Las velas estaban bien tensadas, el barco navegaba prácticamente solo, así que yo no tenía otra cosa que hacer que contemplar a la ballena. Delgada, aerodinámica, casi como un torpedo, con el lomo de un negro grisáceo. Según la regla general, las ballenas de gran tamaño pesan tres toneladas por cada metro de longitud y calculé que aquella pesaba alrededor de sesenta toneladas. Iba nadando al lado del barco. Durante unos minutos, la ballena y yo navegamos con el mismo rumbo. 
 Oí varias veces el sonido denso que procedía del espiráculo dorsal. Pausadamente, entrando y saliendo de los pulmones, hasta que la ballena desapareció en el mar. El mundo ya no fue el mismo después de aquello. Me quedé allí, con las manos en el timón, aguzando el oído y escudriñando las aguas en busca del negro lomo de una sola aleta, pero ya no volví a verla. 
 Tres días después, cuando arribamos a tierra, oí el sonido de una aspiradora. Los dos sonidos eran más o menos igual de intensos. El uno me hacía pensar en tareas normales y cotidianas. Algo que hago periódicamente para que no se acumule la suciedad en casa. El otro es un sonido que todavía hoy me complace revivir. A diferencia del primero, es un sonido auténtico, una fuerza primigenia. Pienso a veces en aquella manifestación profunda y mayestática: aún hoy sigue siendo enriquecedor.
 Tuve el libro de Erling en las manos en octubre o noviembre, cuando asomó por las mesas de novedades de Luces, su exquisito diseño me hizo querer comprarlo pero, al final, salí de la librería sin él. Por eso, cuando al terminar el acto vi el mostrador de Luces junto a la puerta de salida, me dije que el destino era bien caprichoso y que esta vez sí que me iba a llevar un ejemplar, y además con la firma del autor. Decirles que no me arrepentí.

Pedro Delgado y Erling Kagge en el encuentro de La Térmica, 31 de enero de 2019
Fotografía: Lucía Rodríguez

Dedicatoria de Erling Kagge. Fotografía: Lucía Rodríguez

No hace mucho trataba de convencer a mis tres hijas de que los secretos del mundo se esconden en el silencio. Era domingo y estábamos sentados a la mesa de la cocina para cenar. La del domingo ha resultado ser la única cena de la semana en la que todos tenemos tiempo de quedarnos sentados charlando cara a cara. Los demás días hay demasiadas cosas que hacer. Las niñas me miraron con escepticismo. ¿El silencio? Pero si el silencio no es nada... Antes de que yo hubiera empezado a explicarles que el silencio puede ser un amigo y que es un lujo mucho más valioso que ese bolso de Marc Jacobs que tanto desean, ya habían sacado sus conclusiones: el silencio está muy bien cuando te vas a dormir. Aparte de eso, no tiene ningún valor. 
 Mientras estábamos allí, sentados a la mesa, recordé de pronto la curiosidad que las tres sentían de niñas. Cómo se maravillaban pensando en lo que habría detrás de una puerta. Su expresión cuando miraban un interruptor y me preguntaban si podía "abrir la luz". 
 Preguntas y respuestas, preguntas y respuestas. La capacidad de maravillarse es el motor mismo de la vida. Pero mis hijas tienen trece, dieciséis y diecinueve años y cada vez se asombran menos. y cuando lo hacen, sacan rápidamente el móvil para encontrar respuestas. Siguen teniendo curiosidad, pero la expresión de su cara es menos infantil, más adulta, tienen en la cabeza más ambiciones que preguntas. A ninguno de nosotros le interesaba lo más mínimo seguir hablando del silencio, así que decidí contar una historia con la intención de provocar eso, precisamente, silencio: 
 Dos amigos míos tenían planeado escalar el Everest. Una mañana muy temprano dejaron el campamento base para subir por la cara suroeste de la montaña. Escalaron sin problemas. Los dos alcanzaron la cima, pero entonces estalló una tormenta. Enseguida comprendieron que no podrían descender con vida. El primero consiguió ponerse en contacto telefónico vía satélite con su mujer, que estaba embarazada. Entre los dos decidieron cómo iba a llamarse el niño que estaban esperando. Y luego se durmió en la cima misma de la montaña. El otro no pudo localizar a nadie antes de morir. Nadie sabe lo que pasó en la montaña aquella tarde. Gracias al clima seco y frío que hay a más de ocho mil metros de altura, estarán congelados. Estarán allí tranquilamente, como eran, más o menos como estaban la última vez que los vi hace veintidós años. 
 Por una vez se hizo el silencio en la mesa. Se oyó el pitido de un mensaje en uno de los móviles, pero a nadie se le ocurrió ir a mirarlo en ese momento. El silencio se llenó de nosotros mismos.
 En el libro se mencionan muchos filósofos, pintores, escritores y poetas, un substrato del que brotan sentencias, preguntas y respuestas. Añadamos a las primeras ésta: El silencio es gratis. Pero no lo digan muy alto, por eso de no hacer mucho ruido.

 Durante el acto, mientras seguía la conversación, grabé algunos pasajes con mi iPad. La calidad no es óptima, pero les permitirá vivir la experiencia si no estuvieron allí.





Nota: El primer texto a color de esta entrada es obra de Claudia Ulloa, y los restantes pertenecen a la primera edición de El silencio en la era del ruido, de Erling Kagge, editado por Taurus con traducción de Carmen Montes Cano. El próximo libro de Erling será sobre el placer de caminar, un tema muy de moda desde hace unos años, y llegará a las librerías para este mes de abril. Así que quizás volvamos a verlo por La Térmica dentro de un tiempo. En esta ocasión ha venido invitado por Patrícia Soley-Beltran, coordinadora del ciclo Hablar del silencio. Y al hilo de dicho ciclo, quiero anotar aquí las palabras que escribió Giovanni Pozzi: "Vivimos una época en la que el silencio está proscrito. El mundo está oprimido por una pesada carga de palabras, sonidos y ruido. Los babilonios pensaban que los dioses habían enviado el diluvio porque estaban hartos del parloteo de los hombres". Unas palabras que me recordó el otro día Fernando R. La Fuente en su homenaje a Rafael Sánchez Ferlosio.

Ciclo Hablar del silencio, coordinado por Patrícia Soley-Beltran
La Térmica, Málaga. Fotografía: Lucía Rodríguez

sábado, 16 de marzo de 2019

50 INTRÉPIDAS DEPORTISTAS QUE JUGARON PARA GANAR

Me van a permitir que, aunque ya haya pasado el 8 de marzo, les recomiende un libro sobre el empoderamiento femenino en el deporte. Ya les hablé con todo lujo de detalles de Mujeres en el Deporte el 8-M en mi blog de atletismo Calle 1, pero quiero que asome también por aquí porque hay varias aventureras de armas tomar entre esas 50 intrépidas deportistas que, como reza el subtítulo, jugaron para ganar.

 Una de ellas es la alpinista japonesa Junko Tabei, ya fallecida, cuyo nombre está inscrito con letras de oro en la historia de las ascensiones al Everest, pues fue la primera mujer en alcanzar la cima más alta del mundo el 16 de mayo de 1975.

Junko Tabei en la cima del Everest, 16 de mayo de 1975
Fotografía: probablemente de Ang Tshering, el sherpa que la acompañaba

 Uno ve esta fotografía, la pose relajada, con la máscara de oxígeno puesta y la bandera japonesa desplegada que sujeta con una mano, y se pregunta si encontró allí algún techo de cristal. Yo creo que no, la veo con ese mono naranja y me parece que subió con la misma facilidad con la que los butaneros subían las bombonas a un quinto o un décimo sin ascensor en mi barrio cuando yo era pequeño. Nosotros vivíamos en un primero en calle La Unión, por eso no entendía que mi madre le pagase la bombona y una propina. Sólo cuando fui algo más mayor e intenté ayudarla a colocarla bajo la hornilla, y sentí como si se me fuese a quebrar la espalda, entendí el por qué de aquel dispendio.
 Seguramente el techo de cristal que Junko Tabei no se encontró en aquella cima se lo topó en Miharu, su ciudad natal, a escasos 350 metros de altura sobre el nivel del mar –o en los 40 ridículos metros de Tokio–, tratando de convencer a los organismos oficiales y a las casas comerciales para que apostasen por su aventura, un patrocinio necesario para una empresa incierta, compuesta exclusivamente por mujeres, que fue tachada de imposible por muchos.

La japonesa Junko Tabei, primera mujer en hollar la cima del Everest

 A los doce días de empezar a escalar el Everest siguiendo la ruta de Edmund Hillary y Tenzing Norgay, Junko y su equipo de escaladoras se vieron sorprendidas por una avalancha en el campamento base a 6.300 metros de altura. Ella y cuatro miembros de su equipo quedaron sepultadas, pero afortunadamente pudieron ser rescatadas por los sherpas y seguir adelante para hacer historia.

Mujeres en el Deporte, de Rachel Ignotofsky
N
ørdicacómic y Capitán Swing

 Otra de esas mujeres que admiro del libro, por el aroma a Jack London que tienen sus aventuras, es la musher Susan Butcher, la primera persona en ganar la carrera de Iditarod 3 años seguidos, y la primera mujer en ganarla 4 veces. Esta carrera de trineos tirados por perros sigue el trazado de las antiguas rutas de abastecimiento de las ciudades mineras del siglo XIX y de principios del XX en Alaska. 1.688 kilómetros por los que guiar los trineos con temperaturas bajo cero extremas, ríos helados cuya superficie se puede quebrar en cualquier momento, y animales salvajes que no entienden de carreras cuando el hambre o el miedo aprieta.

Susan Butcher con su trienio de perros en la Iditarod del año 1991
Fotografía: Paul A. Souders / Corbis

 En el 2006 una leucemia se llevó por delante a Susan Butcher a los cincuenta y un años, pero su figura, además de ser llorada por sus huskys, todavía es recordada como una de las más importantes de la Iditarod. Por cierto, que entre sus hazañas aún sorprende su ascensión en 1979 a la cima del monte McKinley conduciendo un trineo de perros. Por si no se lo creen pueden verla en la fotografía junto a Joe Redington Senior.

Joe Remington Sr. y Susan Butcher en la cima del Mt. McKinley en 1979
Colección familiar cortesía de Joe Remington Jr. (Anchorage Museum)


"Hay muchas cosas difíciles en la vida, pero  solo hay algo realmente triste, y es rendirse". 
Susan Butcher


Susan Butcher, la musher que, estoy seguro, leía a Jack London
Fotografía: Pedro Delgado

 Hay otras dos aventureras en el libro, esta vez relacionadas con el mar, pero prefiero que sean ustedes quienes las descubran.

Mujeres en el Deporte, de Rachel Ignotofsky, editado por Nørdicacómic y Capitán Swing
Con traducción de Pedro Pacheco González

https://pedrodelgadofernandez.blogspot.com/2019/03/mujeres-en-el-deporte.html


domingo, 22 de mayo de 2016

LOS INDÓMITOS DE LA MONTAÑA



Cuando entró mi guía y colgó de un gancho el rollo de cuerda, todas las miradas se volvieron hacia él y yo me sentí envidiado. La cuerda significaba vértigo, abismo, no sé cuántas cosas más, prohibidas y fascinantes.

En marzo me llevé de viaje a los Pirineos Los indómitos de la montaña, pues hay libros que se disfrutan más si se leen en su ambiente. Iba de profesor acompañante del Viaje de estudios del instituto, una semana de esquí en Port-Ainé, y entre pista y pista, rodeado de montañas y con la visión de la Pica de Estats en el horizonte cuando las nubes volaban altas, leí esta recopilación de artículos y relatos del italiano Dino Buzzati que acaba de publicar Gallo Nero, un libro que se abre con un prólogo cuyas líneas iniciales son toda una declaración de amor a la montaña.
Recuerdo la mañana de un lejanísimo septiembre, cuando por primera vez tomé contacto con los famosos Dolomitas. Yo tenía quince años y la montaña se me había metido ya muy dentro, casi como un amor obsesivo.

Pedro Delgado en Port Ainé, Pirineos 2016

 El 27 de febrero había sido mi cumpleaños, y aún viajaba "bajo los efectos del shock de cumplir 50 años". Quizás por eso, las siguientes líneas tuvieron un sentido especial, como si Buzzati las hubiese escrito ex profeso para mí.
 Todo el que lleve un tiempo practicando el alpinismo se habrá percatado de un fenómeno cuando menos curioso y, a primera vista, decididamente absurdo: aunque a cierta edad la energía se agota y el arrojo entra en declive, con el paso de los años consigue uno realizar ascensos cada vez más difíciles. 
 Hay hombres de cincuenta años que realizan escaladas que no hubieran osado ni siquiera planear cuando estaban en la flor de la vida. ¿Es que se han vuelto más valientes? ¿Han adquirido con el tiempo astucias técnicas que antes desconocían? ¿Su capacidad acrobática ha aumentado gracias a algún nuevo truco? Nada de eso. El motivo ha de ser otro. 
 En alpinismo, como en tantos otros ámbitos, gran parte de la dificultad es puramente psicológica. Digamos que basta con considerar imposible una pared, para que esa pared se vuelva imposible. Muchas veces basta incluso con creer que uno puede pasar para, con ello, encontrar el paso.
 Palabras que me recuerdan que aún queda mucho por vivir y que me animan a no desperdiciar el tiempo que resta.

Dino Buzzati

 Tras la introducción, se suceden los capítulos: Hombres, donde Buzzati nos habla de Tita Piaz, el "rebelde" de los Dolomitas; del melancólico Emilio Comici, ese intelectual de la montaña que elevó la escalada a la categoría de arte; de Attilio Tissi; de Piero Ghiglione, por el que los años pasaban como un soplo de aire sobre el granito, o de Andrea Oggioni. Pioneros de lo "extremadamente difícil" a los que, ironías de la vida, la parca vino a sorprender en accidentes banales, gente que "de pared en pared entró a formar parte de los elegidos y se encontró entre los máximos exponentes del alpinismo mundial".

Tita Piaz
Emilio Comici

Attilio Tissi
Piero Ghiglione

Andrea Oggioni

 En Hazañas podemos leer sobre la ardua lucha por la conquista de la pared más complicada de los Dolomitas, la cara norte de la Cima Grande de Lavadero.
El cabeza de cordada ascendía milímetro a milímetro, apoyándose en los clavos con infinita cautela, como si fueran de cristal: no resultaban seguros y él, instintivamente, contenía la respiración con la ilusión de volverse así un poco más ligero.
 También de la pugna entre el inglés Edward Whymper y el italiano Jean Antoine Carrel, al que llamaban Il Bersaglierie, por alcanzar la cumbre del Cervino.

Edward Whymper

El Cervino o Matterhorn (4.478 m) en los Alpes

Jean-Antoine Carrel (a la iquierda) en 1865
Fotografía: De Agostini Picture Library

 Y de cuando se pisó la cúspide de la Tierra por primera vez, el Everest ya unido para siempre a las caras honestas del neozelandés Edmund Hillary y el nepalí Tenzing Norgay.
Era el último reducto de nuestra fantasía, la roca sobreviviente de lo desconocido, el fragmento residual de lo imposible que conservaba la Tierra. [...] ¿Y ahora? ¿Qué queda por hacer? ¿No parece que la Tierra se ha vuelto de repente más estrecha y ridícula? [...] Allí se había refugiado la poesía con los sueños, las esperanzas, las ilusiones, las bellísimas cosas inútiles y sin embargo indispensables para la vida. A partir del 29 de mayo pasado, la poesía se ha marchado también de allí. Ahora, ¿dónde iremos a buscarla?
 De Bonatti y Mauri conquistando el Gasherbrum IV, y de la tragedia que vivió el primero en el Mont Blanc.

Walter Bonatti (en primer término) en el Mont Blanc en 1955

 Las colaboraciones periodísticas del capítulo tres se centran por entero en la historia alpina del K2, haciendo especial hincapié en la expedición italiana de 1954 que fue la que logró cobrarse la presa.

 El cuarto capítulo, Cimas, nos habla de los Dolomitas, esa barrera de montañas que cierra al norte el país transalpino y que se puede distinguir "algunos días claros de otoño, incluso desde los tejados más altos de Venecia y sin necesidad de prismáticos". Ese perfil de cordillera por la que transitan estos días los esforzados ciclistas del Giro en pos de la maglia rosa, algo que me recuerda otro libro de crónicas de Buzzati editado también por Gallo Nero.

http://www.gallonero.es/el-giro-de-italia/

 Curiosa también la historia de la Croda Rossa di Sesto y la Piccola Tofana en cuyas cimas combatieron tropas del imperio austrohúngaro y del Reino de Italia durante la Primera Guerra Mundial.


 Las últimas páginas del libro recogen ocho relatos, escritos entre 1946 y 1966, de entre los que yo destacaría Noche de invierno en Filadelfia y Extraño caso en la montaña.

Dolomitas. Fotografía: Francesco Scatena

 El otro día, la televisión y la prensa se hicieron eco de la aparición de dos cuerpos congelados en las laderas del Shisha Pangma, en el Tíbet. Se trataba del montañero Alex Lowe y de su cámara y amigo David Bridges, estadounidenses que fueron barridos y sepultados por una avalancha cuando ascendían hacia la cumbre por la cara sur en 1999. La noticia, después de 16 años, servía para rescatar la memoria de uno de los mejores alpinistas de su generación, y también para descubrir una bonita historia de amor, pues el tercer montañero que iba con ellos aquel día y que sobrevivió milagrosamente, Conrad Anker, terminó casándose con la viuda (y madre de tres niños) de Lowe.

Alex Lowe y Conrad Anker (Fotografía: Chris Noble)

 Ha sido al leer en algún medio que piensan recuperar los cuerpos en verano, cuando me he acordado de uno de los artículos de Dino Buzzati y de que no había escrito ninguna reseña del libro. Así que hoy me preparé un Spritz y me puse a ello. Sobre lo de Lowe y Bridges no sé que decir. Me he preguntado dónde me gustaría reposar eternamente si fuese el susodicho y no he sabido darme respuesta. Hay una ley no escrita del alpinismo que dice que lo mejor es dejarlos descansar en paz en el hielo, y Buzzati en Digna sepultura viene a subrayar lo mismo:
"Para darles digna sepultura", se oye decir a menudo a propósito de los alpinos descubiertos en el Adamello, enterrados en el hielo, después de treinta y cinco años. Digna, ¿por qué? ¿Es indigna la que han tenido hasta el momento? 
 Qué mentalidad tan extraña. Apenas se conoció la noticia, el primer pensamiento -a juzgar por las crónicas- ha sido el de subir hasta allí, romper el maravilloso féretro, sacar los cuerpos intactos y llevarles a enterrar en el llano, para que acaben convertidos en gusanos, polvo y fealdad. [...] La montaña los ha conservado de maravilla, les ha procurado un sueño puro y silencioso en medio de la máxima serenidad y belleza que la mente humana pueda concebir. [...] Pero no. En lugar de pensar, si acaso, en reforzar la vítrea coraza que encerraba los cinco cuerpos, en preservarla del sol, garantizar su conservación... nosotros pensamos inmediatamente en profanarla, en extraer a aquellos cinco alpinos, sacarlos de su exilio sublime y traerlos junto a nosotros, en medio de la común miseria del polvo, de la tierra, de la brea y de la mugre.
 ¿No les resulta curioso que un artículo publicado en el Corriere de la Sera un 13 de agosto de 1952, pueda estar hoy día de plena actualidad? Es lo que tiene Dino Buzzati, cuya novela El desierto de los tártaros se sigue vendiendo a diario en todas las librerías.

Sello postal dedicado a Dino Buzzati

 Los no iniciados en el mundo de la escalada, deben saber, al comenzar el libro (no se explica hasta la página 207), que el grado sexto "significa que la subida es la más tremenda de todas, en el último confín de las posibilidades humanas". "Es también decir miedo, auténtico miedo, que también al corazón de los más fuertes desciende desde techos en extraplomo, un miedo mucho más grande cuanto más grande es el valor".

 En definitiva, Los indómitos de la montaña es un libro que gustará a aquellos que configuran la secta alpina, a esos que han hollado los Dolomitas y los Alpes, o sueñan con hacerlo. A esos que viven la montaña como el espectáculo más bello de la naturaleza. A esos que en la montaña se sienten como en casa. A esos que saben que a la montaña, como a los viajes, hay que enfrentarse solo.

¿Qué tal un Spritz con Los indómitos de la montaña?
Fotografía: Pedro Delgado

Nota: Todos los textos pertenecen a la primera edición de Los indómitos de la montaña, de Dino Buzzati, con traducción de Amelia Pérez de Villar.
http://www.gallonero.es/los-indomitos-de-la-montana/