Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Delgado Acosta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Delgado Acosta. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de marzo de 2023

LA AVENTURA SOÑADA (UN RETRATO DE HUGO PRATT)


HUGO "STARDUST" PRATT, obra de Sergio Camacho
© Sergio Camacho

Se llamaba Ugo Prat, sin hache y una sola te.
Se hizo famoso bajo el seudónimo de Hugo Pratt y vivió 24.518 días con toda la intensidad que cabe en una vida. Dibujante de cómics, publicó más de quince mil planchas, lo que representa unos ochenta mil dibujos, a los que se deben sumar más de quinientas acuarelas.
Fue, por supuesto, el creador de Corto Maltés.
Nació el 15 de junio de 1927 en Rímini; muere el 20 de agosto de 1995 en Suiza. Extraña forma de expresarlo: «nació», «muere», como si el último aliento durase eternamente.

La aventura soñada. Un retrato de Hugo Pratt, de Thierry Thomas
Estanterías de mi escritorio. Fotografía: Lucía Rodríguez

El francés Thierry Tomas soñaba con ser dibujante de tebeos, y por eso fue a Venecia al encuentro de Hugo Pratt, con su carpeta de dibujos bajo el brazo.

Jöell Laroche, editor de la revista Zoom, acababa de reunir las primeras aventuras de Corto en un álbum que parecía un libro de arte, tan bonito que proclamaba que aquel medio de expresión no andaba muy lejos de la pintura. Sus imágenes me cautivaban. Analizaba la composición de cada plancha, el encuadre de cada viñeta, me esforzaba por reproducir todo aquello. Había descubierto que Hugo vivía frente a Venecia, en un barrio llamado Malamocco, en la punta de la isla del Lido. Mi hermana, que apoyaba mis planes a pesar de su nulo interés hacia el cómic (aun así, le encantaban las gaviotas que volaban alrededor de Corto), me acompañaba. No teníamos la dirección, pero todo el mundo conocía a Hugo: «Por allí, al final de la calle...». Llamamos al timbre de un edificio mastodóntico, sin encanto, como los que se ven en los barrios ni pobres ni ricos de la mayoría de las ciudades italianas. Con la diferencia de que esta construcción se situaba en el límite entre dos mundos: más allá, después de un dique y unos juncos, se desplegaba el Adriático. Hugo se asomó a una ventana del último piso; todavía lo oigo preguntar: «Chi è?», e invitarnos a subir.

 Thierry era mucho más joven que él: unos quince años y él unos cuarenta. Y aunque Hugo lo instó a perseverar a diario y le aconsejó que aprendiera a narrar, con el paso de los años dejó de dibujar.

Poco a poco, con el paso de los años, dejé de dibujar. Y hasta de garabatear mientras hablaba por teléfono, mucho antes de que los móviles condenaran esa manía. Ocurrió sin que yo me diera cuenta. Dejé morir, apagarse, esa pulsión que formaba tan parte de mí como mi mano, como mis dedos. Nunca he entendido por qué. Y no sé si fue una gran pérdida o si, a cambio de aquella renuncia, se me concedió otra cosa.

 Tal vez porque siguió al pie de la letra el consejo de Hugo, Thierry acabaría siendo escritor y documentalista. Y sobre todo, se dedicó a estudiar y glosar la figura y la obra de Pratt.

Sus amigos adoraban, adoran aún, hablar de Hugo. Para algunos, el tiempo que pasaron a su lado ha acabado rezumando una leyenda, como las abejas segregan miel; una leyenda dorada, precisamente. «¿A qué se dedica usted? A hablar de Hugo». Sus excentricidades, sus atrevimientos, sus disfraces. Su pasión por la aventura. ¡Cuántas veces habré oído esa palabra, «aventura», de su boca, de boca de sus admiradores! En sus últimas entrevistas para la televisión o la radio, ni siquiera se molestaba en pronunciarla con claridad (le costaba dominar el francés, a diferencia del español o el amhárico). Le bastaba con mascullar un sonido en el que se reconocía vagamente «...tura», y todo el mundo completaba: «aventura». Palabra-pantalla, que impide ver, que solo expresa que es preciso marcharse a otra parte.

 Thierry Thomas ha escrito una biografía muy peculiar, muy onírica. «Si quiero comprender a Hugo, debo soñarlo», nos dice al final del primer capítulo. Quizás por eso, sus páginas parecen una ensoñación: imágenes de Hugo en el festival de Lucca; en el tren camino de la crucial entrevista con Georges Rieu, redactor jefe de la revista Pif Gadget; en Abisinia buscando la tumba de su padre; en Londres; en Buenos Aires... Quizás detrás de esa elección, de ese mundo soñado, esté la influencia de Fellini, que aparece en numerosas páginas del libro y a quién también fue a visitar Thierry en su adolescencia.

 En aquel viaje en tren que les he mencionado, fue donde se le ocurrió que Corto regresara, crear una serie en la que él fuese el héroe. Tiene que sacar un héroe del fondo del tintero para elevarle una propuesta al editor de Pif, pero un héroe no se busca: se encuentra. Y allí, en la soledad de ese compartimento, un indio viene a darle la clave. ¡Un indio! ¡Un piel roja! A Hugo no le extraña la aparición. El ama a los indios. «Es por las lecturas de su niñez, por la novelas de Zane Grey y James Oliver Curwood, por las epopeyas del Lejano Oeste y las del Gran Norte canadiense; es por El último mohicano».

Acuarela de Hugo Pratt (www.cortomaltese.com)

Poco antes de Módena, unas hojas muertas se desperdigan por el compartimento. Hay un indio sentado en el banco de enfrente. Ha traspasado las mallas de la redecilla para equipajes con la agilidad de una pantera. Si las hojas han traicionado su presencia, es porque él así lo ha querido; de lo contrario, habría permanecido mudo como la luna. El indio y el fumettaro se observan. El recién llegado, casi desnudo, ataviado solo con un taparrabos y una cresta en el centro del cráneo rasurado, es hurón. No es el primero que ve Hugo.
 –¿Quién eres?
 –Karanahoga.
 –¿Vienes de parte de Georges Rieu?
 Los hurones, efectivamente, son aliados de los franceses.
 –Vengo a ayudarte.
 –¿Como guía?
 El indio levanta la mano derecha y la gira ante él. El gesto significa «ir».
 –Por supuesto, debo «ir», Karanahoga, pero ¿adónde?
 Feliz de poder utilizar la lengua de signos, que aprendió hace tiempo, Hugo posa la mano derecha sobre la izquierda, como la noche recubre el día. Un destello divertido atraviesa la mirada de su interlocutor, y se siente un poco bobo. En efecto, la noche cae temprano en enero; los hurones no lo ignoran. Hablar para no decir nada, incluso con las manos, resulta mortificante.
 –Sonríes igual que Dino Battaglia...
 Pero Karanahoga no modifica la posición de su mano. ¿Será que solo tiene esa palabra a su disposición, «ir»? Los hurones no tienen rival cuando se trata de espiar, cazar o tender emboscadas mortales, pero lo que es el arte de la conversación... Al no saber qué ademán hacer (el dedo en el aire, que significa «hombre», no supondría mucho avance), lanza una ojeada hacia el exterior. No le sorprende lo que ve, más bien lo maravilla: una canoa, débilmente iluminada por la luz del compartimento, se destaca sobre las sombras vespertinas. Flota ingrávida, en el éter del campo en el crepúsculo, canoa de corteza, más liviana de lo que será jamás cualquiera de sus trazos. Esa canoa los acompaña, ángel de la guardia o bien, simplemente, canoa voladora. Le preocupa lo que ocurrirá con tan frágil embarcación cuando sufra el impacto de entrar bajo el túnel del Simplon. ¿Se desintegrará?
 –No te preocupes.
 ¿Ha sido Karanahoga quien ha hablado? Su mano, en cualquier caso, no se ha movido. Si no conociera la agilidad legendaria de los indígenas (hay que verlos salvar cualquier clase de obstáculo: barreras, rocas, riachuelos, cabezas de colonos), se plantearía seriamente la posibilidad de que al hombre le hubiera dado un calambre. Pero no es posible. Entonces se le ocurre que Karanahoga, al mostrar la mano, no hace más que mostrar una mano:
 –Mira: aquí se encuentra tu salvación.

 

Al borde de la vía, un cable eléctrico que reluce con un resplandor desgarra la tela de la noche. Hugo ve de nuevo ese corte en la carne que el personaje llamado Corto Maltés cuenta haberse hecho, en La balada del mar salado: «Cuando era niño me di cuenta de que me faltaba en la mano la línea de la fortuna. Entonces cogí la navaja de afeitar de mi padre y, ¡zas!... Me hice una a mi gusto».

  

 Un gesto heroico...

 

 ¿Y si fuera él?

 El héroe ya estaba allí, tan solo bastaba con recuperarlo. Quizás en agradecimiento, «Hugo, sintiendo que se avecinaba el fin, se afeitó la cabeza dejando solo una cresta. Quería morir con el peinado de esos indígenas que tan a menudo dibujó, y tanto amó».

El secreto de Tristán Bantam, de Hugo Pratt
Fotografía: Lucía Rodríguez

«Corto Maltés descansa perezosamente en el único mirador de la pensión de Java, en Paramaribo (Guayana Holandesa). A primera vista, se aprecia que es un aventurero. Con gesto estudiado, enciende uno de los delgados cigarrillos que solo se fuman en Brasil y en Nueva Orleans...».
Antes de leer el arranque de El secreto de Tristán Bantam, episodio que inaugura esa serie nueva, Corto Maltés, que se publicaría en Pif entre 1970 y 1973, vemos a un hombre con gorra de marinero. El eje de su mirada pasa tan cerca del nuestro que parece vernos sin vernos, como si solo existiéramos para que él pueda existir.
Su cigarrillo, como una paja gruesa, oscila entre los dedos índice y medio, único movimiento que se intuye en la imagen. Llama la atención un zarcillo en la oreja izquierda, pero lo único que importa es la presencia global de esa criatura que se cuela en nuestra vida.

 Algunas páginas de La aventura soñada (Ediciones Siruela, 2022) nos llevan a querer sacar de las estanterías los tebeos de Corto para cotejar sus viñetas con las notas de Thierry Thomas. Para releer algunas de sus historietas. Por supuesto que la presencia de Corto es muy importante en las páginas de La aventura soñada, pero en ellas también aparecen Jesuita Joe, Ernnie Pike, Koinsky... y tantos otros personajes, algunos tan reales como Saint-Exupéry.

Jesuita Joe, de Hugo Pratt
Fotografía: Pedro Delgado

Conversación en Mululhé, de Hugo Pratt
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Hugo, que el primer libro que leyó, siendo un niño, fue una antología de fragmentos de la Ilíada y la Odisea, reconocía a tres maestros: Homero, Stevenson y Milton Caniff. «Y a unos pocos más, de menor importancia...».

 Hugo amaba Terry y los piratas, la obra cumbre de Milton Caniff. Con ella descubrió que «dibujar y contar, dibujar y escribir, es el mismo acto, puesto que es el mismo gesto». Por eso en Hugo el dibujo y la escritura se fusionan. Recientemente, en un viaje a Barcelona, me topé con La Bola, una encantadora almoneda, una cueva de Alí Babá llena de cómics, libros, juguetes y objetos de coleccionismo.

 Allí compré para mi colección unos tebeos antiguos. En la portada de uno de ellos se veía un dibujo de Milton Caniff, y en su interior algunas tiras de prensa de su obra Miss Lace. Supuse que Hugo, de haber entrado en aquella tienda, también se lo habría llevado. Io mi drogavo con Milton Caniff, dejó escrito en un pósit en su taller.

Comix Internacional nº 10, con Milton Caniff y su Miss Lace
Fotografía: Pedro Delgado

 Aunque La aventura soñada ganó el Premio Goncourt de Biografía 2020, esta obra no se ajusta a lo que yo entiendo por una biografía. Como indica el subtítulo: Un retrato de Hugo Pratt, es más un peculiar retrato, al estilo de los pintores impresionistas. Así que no busquen aquí la vida pormenorizada de Hugo Pratt desde el nacimiento hasta la muerte. Aquí encontrarán imágenes, notas o apuntes de Hugo y de su obra, a veces desenfocadas o de apariencia inacabadas. Pinceladas ante las que es necesario tomar cierta distancia para poder ver a nuestro protagonista de una pieza. Quizás sea el último capítulo el que mejor defina esto. Lleva por título El verano aún no ha dicho la última palabra, y en él Thierry contempla centenares de fotografías de Hugo esparcidas por el suelo formando un damero. Camina descalzo entre ellas con sumo cuidado de  no pisarlas. Y se arrodilla o acuclilla aquí y allá para examinar de nuevo alguna instantánea.

Hugo murió hace veinte años. Debo realizar un documental sobre él para el canal ARTE. Me propongo filmar las fotografías haciendo circular la cámara por encima de esa especie de fotonovela deconstruida, de historieta cuyas viñetas se hubiesen mezclado: su vida...
***
Hugo me cerca. Hay tantas fotografías. De su familia, o tomadas por él. Y, sobre todo, de él. Ochocientas sesenta y cuatro; sabré la cifra exacta cuando llegue Anne en compañía de Xavier, el director de fotografía, y escanee este desbarajuste oceánico mientras escucha música brasileña.
***
Me gustaría que estuviera aquí para ordenar las fotografías: a fin de cuentas, es su vida.

 Entre todas esas imágenes hay una de 1992, de cuando realizó un último periplo por el Pacífico para volver a ver las islas de La balada del mar salado. Ese día había ido a visitar la tumba de Stevenson, pero ya está enfermo y no consigue subir a lo alto de la colina donde reposa el autor de La isla del tesoro. «Se sienta en el tronco de un árbol caído, en medio de una humedad asfixiante. Le dan algo de beber. Hasta el final, quiso creer que lo real contiene su sueño».

 Cierro el libro, traducido por Regina López Muñoz, y observo dos siluetas que se alejan juntas con un macuto al hombro, el macuto de las partidas. Tras ellas caminan algunos gatos con la cola levantada, y unas gaviotas sobrevuelan la escena. Me pregunto a dónde irán esos dos, y con el interrogante me asalta un impulso, uno que me lleva a levantarme y a salir corriendo tras ellos. Los felinos se asustan al sentir mis pasos y salen huyendo, pero Hugo y Corto se giran y me esperan. Y al llegar, me echan un brazo sobre el hombro. Y así, como tres camaradas que llevan más de media vida juntos, caminamos en busca de la próxima aventura.

Epílogo

 Como les narré en mi anterior entrada*, este libro se lo estaba leyendo a mi padre en el Hospital Civil, donde ingresó por las secuelas de un ictus. A pesar de que aún le queda mucho para recuperar la movilidad del lado derecho de su cuerpo, el viernes 17 de este mes le dieron el alta y regresó a su casa. Allí, en el hogar donde me crié, terminé de leerle ese mismo fin de semana la biografía de Hugo Pratt. Al acabar y dejar el libro sobre el mueble del salón, entre decenas de fotografías de la familia, me fijé en una foto de mi infancia. En ella aparezco con mis padres y dos de mis tres hermanos, montados en un barco que salía del puerto de Málaga para dar un paseo por la bahía. Cogí la foto y se la mostré a mi padre. «¿Quién es este?», le pregunté. «Pues tú», me dijo, y luego añadió con una sonrisa: «El Corto Maltés de niño».

Con mis padres, dos de mis hermanos y la gorra de Corto
En el dorso, con la bonita caligrafía de mi padre, se lee:
Puerto de Málaga, 19 de abril de 1970

*https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2023/02/del-cohete-chino-el-ictus-de-mi-padre.html


miércoles, 20 de noviembre de 2019

LIBRERÍA PROTEO-PROMETEO, 50 AÑOS DE SERVICIO A LOS LECTORES


50 aniversario de Librería Proteo-Prometeo
Fotografía: Lucía Rodríguez

El pasado viernes, 8 de noviembre, la librería Proteo-Prometeo celebró su 50 aniversario, un evento al que no pude acudir por culpa de una lumbalgia, pero que he seguido atentamente por internet.
 De entre todas las fotografías que he visto, quiero destacar ésta.

Jesús Otaola, Pepe Ramírez y  Paquito Ramírez en la librería Proteo-Prometeo de Málaga
Fotografía: A mediados de los años 90, archivo de la librería.

 En ella aparece, junto al ya jubilado Pepe Ramírez (sus atinadas recomendaciones de libros emparentaba el oficio del librero con el del médico que te prescribe un medicamento en una receta) y el tristemente fallecido Paquito Ramírez, un jovencísimo Jesús Otaola. La ilusión que denota su rostro no se ha apagado, ni el ingenio con el que desempeña su trabajo, timoneando la nave para, en estos tiempos tan complicados en los que el libro tiene que competir con tantos reclamos, no tener que perder a ninguno de sus empleados.

Jesús Otaola y Paco Puche, fundador de la librería, cuando recibieron el premio a la mejor Librería Cultural de España en octubre de 2017. Fotografía: ARCINIEGA (La Opinión de Málaga)

 Para mí, por edad, Proteo-Prometeo no es "la librería antifranquista" que tenía que sortear a la autoridad para vender los libros prohibidos por la dictadura, volúmenes obtenidos en Madrid, Barcelona, Francia o la Unión Soviética.

Librería Proteo. Fotografía: Lucía Rodríguez

 Para mí, Proteo-Prometeo es la librería de mi padre y, por ende, la mía. Mi padre, Francisco Delgado Acosta, empleado de banca y contable a tiempo completo, escritor a tiempo parcial cuando las obligaciones diarias se lo permitían, tuvo durante treinta años una cuenta de cliente en la librería. No sé cuántas pesetas pagaría al principio, cuando se dio de alta el 1 de enero de 1983, tal vez 200 o 300 pesetas al mes, pero eso, aunque la cuenta quedase en números rojos, le permitía llevarse a casa todos los libros que quería. Gran amante de los libros, nos inculcó a todos los hermanos el hábito de la lectura, y aunque la biblioteca de casa era, y sigue siendo, extensa, cuando necesitábamos algún libro que no estaba en los estantes, allá que nos mandaba con la tarjeta de socio. En 1999, cuando se introdujo el euro en España como moneda de cambio, mi padre ya pagaba una cuota de 6 euros (1.000 pesetas), que en 2001 subió a 12 euros. Conste que la cantidad a pagar la estipulaba el cliente en función de sus posibilidades o del mayor o menor uso que hiciese de la tarjeta. El nuestro debía de ser alto, porque en 2009 cambió la cuota a 15 euros. Todos estos datos los sé gracias a Jesús Otaola, pues ni mi padre ni yo los recordábamos. La tarjeta se dio de baja el 1 de julio de 2012, pero, aun sin ella, hemos seguido siendo clientes de la librería.

Imagen antigua de la librería Proteo
Fotografía: Facebook de la librería

 Por todo eso sigue siendo tan especial subir por la calle Puerta Buenaventura hasta el número 3 y 6. Después de tantos años, uno cruza cualquiera de sus soportales y enseguida se siente como en casa.

Interior de la librería Proteo. Fotografía: Lucía Rodríguez

Interior de la librería Proteo. Fotografía: Lucía Rodríguez

 Recordar también a la ya desaparecida librería de ocasión que tenían al doblar la esquina, en la calle Carretería, donde tantos libros infantiles les compramos a nuestros hijos, hoy felizmente buenos lectores.

 Felicito desde este blog a todo el equipo de la librería. ¡Enhorabuena por esos 50 años! ¡Y ahora, a por el siglo!

Paco Puche, cofundador de la librería, junto a parte del personal de Proteo-Prometeo (50 aniversario)
Fotografía: Diario Sur


viernes, 11 de octubre de 2019

LA BARAKA Y OTROS TEXTOS MARRUECOS DE SALVADOR LÓPEZ BECERRA


Fotografía: Pedro Delgado

Estamos de obra en casa. Tenía el pie lesionado y no iba a poder viajar este verano, por lo que decidí hacer frente a unas reformas largamente postergadas. Como decía el marinero Marlow en El corazón de las tinieblas: "¡El horror! ¡El horror!".

 Cuando los obreros se van, el polvo se asienta y vuelve a reinar el silencio, me siento en la escalera con un libro y me traslado a Marruecos. Es un tomo voluminoso, primorosamente editado por el Centro Cultural Generación del 27. Lleva por título La baraka y otros textos marruecos (cuadernos del atlas, 1985-2017), y recoge toda la narrativa y poesía, inspirada en el país vecino, de Salvador López Becerra; una rara avis de nuestras letras como bien apunta el profesor Ahmed El Gamoun en la introducción.
Dentro del panorama literario español actual, Salvador López Becerra es una especie de rara avis sin par pues resulta muy difícil encajarlo dentro de una escuela o someterlo a los cánones literarios habituales, porque si en su acto creador nos encontramos a un profundo poeta, ajeno a modas y sectas pasajeras, también nos hallamos ante un fino y sensible etnógrafo, un genuino heredero de las escuelas orientalistas y africanistas, a un sufí, a un metafísico y a un discípulo de la mística cristiana. Así es, la escritura de López Becerra sintetiza, a la vez, todas estas identidades.
Salvador con el profesor, hispanista y traductor Moulay Ahmed El Gamoun
Interior de la mezquita Hassan II de Casablanca, 2019
Fotografía: Archivo personal del poeta

 Conocí a Salvador López Becerra hace muchos años. Un amigo le había hablado de mi cuaderno de viajes En el corazón del Atlas, y quería que nos conociéramos. Nos recibió con té y dulces morunos en su casa de la Araña, y pasamos una tarde muy agradable hablando de literatura y viajes. Al comentarle mi predilección por la obra de Paul Bowles, me enseñó una fotografía en la que se les veía juntos.

Paul Bowles y Salvador López Becerra. Tánger, 1990
Fotografía: Archivo personal del poeta

 Me dijo que lo había visitado en Tánger y que el estadounidense le había regalado una pipa de las que se usan para el kif. La sacó de una caja de madera, y cuando la sostuve entre mis dedos envidié al poeta. También recuerdo que sus hijos, Ángel Amín y Salvador Karim, estaban en casa. Eran unos críos como los míos. Hoy son adolescentes. Sin embargo, vuelvo a verlos infantes en esa fotografía de Fez tomada con letras.

Bab Buyulub, Fez. Fotografía: Archivo personal Salvador López Becerra

Tras el hermoso pórtico de Bab Buyulub, Amín y Karim van y vienen; uno tras el otro, haciendo serpenteos, ondulaciones, eses de luz… corretean y ríen, despreocupados, alborotadores y felices.
 Desde la carretilla de turrones derretidos de Abdelaziz hasta la extenuada portezuela de la pensión Mauritania, desde el destartalado bakalito de Abdel hasta el mugroso puesto de sfenj de Hassan, todo el mundo los mira: la recua de turistas de forma circunspecta y los habituales atentos por evitar un empellón. Nadie les riñe ya que tal vez intuyan o sepan que todo el poder les pertenece pues son hijos auténticos de Al-Ándalus.
 Estos chiquillos míos que se desternillan mientras los vencejos inauguran la tarde, que llevan los pantalones a medio caer, las manos negras y las camisas desfondadas con lamparones de chocolate y miel, son niños de verdad; como los de la primigenia medina, acariciados y educados por los ángeles de la libertad y no por la schuma.
 Jadeantes, dando zapatacillos de fatiga, con parsimonioso movimiento en los brazos caídos, encendido los rostros de amapolas y sereno mirar cansado, cual titanes en lento desfile después de una extenuaste victoria, se acercan a pedirme unos zumos de naranjas recién exprimidas y los dirhams de costumbre para entregarlos a los menesterosos ciegos, olvidados de toda justicia, con los cuales tropezaron, sin querer, mil veces mientras jugaban, una tarde más, en el corazón de Fez.

Ángel Amín y Salvador Karim en el mercado que hay tras Bab Buyulud (Fez)
Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

 Tras aquel encuentro asistí a un curso de árabe dialectal (darija) que organizaba Salvador López Becerra en la mezquita de calle La Unión. Unas lecciones que pude poner en práctica durante mis viajes por Marruecos pero que, lamentablemente, hoy ya tengo olvidadas.
 Después de aquellos días coincidimos en algún acto cultural, pero pocas veces, pues Salvador marchó pronto a Marruecos para encargarse de la dirección del Instituto Cervantes de Fez y de los aularios de Mequinez, Nador, Alhucemas e Ifrane, y luego a Brasil como director del Instituto Cervantes y Cónsul para asuntos de Educación de Curitiba. Aprecio a Salvador y creo que él también me aprecia. No sé si porque conoce a mi padre, el también poeta Francisco Delgado Acosta, o porque aquel día, ya lejano en el tiempo, en el que nos conocimos, vio en mí al joven apasionado por Marruecos que él había sido, al poeta que creía haber encontrado su lugar en el mundo. Y ahora que ha vuelto a Málaga para quedarse, hemos retomado el contacto a través de este libro, cuya fotografía de portada es obra de un fotógrafo callejero de la ciudad de Mequinez.

La baraka y otros textos marruecos de Salvador López Becerra
Fotografía: Lucía Rodríguez

¿De dónde viene la foto de la portada de La Baraka y otros textos marruecos?
Fotógrafo callejero en Bab Mansour el-Aleuj. Mequinez, 1997

Fotografía: Archivo personal Salvador López Becerra

 Me gusta su prosa poética, sus cuadernos, sus diarios, sus reflexiones, retratos, esbozos y apuntes sobre/desde Marruecos.
Aquí, en Tánger, las gaviotas juegan en el puerto a ser cometas, sin más sujeción que el hilo invisible que el aire zurce en el reverso de sus alas cenicientas.
*** 
Los santones más humildes, aún muertos, dan de comer a la pléyade de menesterosos que apostados en los alrededores de su morabito esperan la llegada de los creyentes que en visita vienen a la búsqueda de su bendición. No hay mayor santidad que la ejercida incluso después de la muerte.  
*** 
¿Qué belleza podrá tener en un futuro este lugar cuando todos se vistan como en el lugar de donde vengo huyendo?
*** 
Abdelkrím es un búho, casi nunca, si no le preguntas, habla; y si lo hace, lo hace con monosílabos. Algo le ha tenido que ir mal en el generoso consulado francés pues hoy está muy hablador y filosófico: –"El pasaporte marroquí no vale nada, un conjunto de páginas vacías, vacías de contenido".
Y el acierto que tiene a la hora de seleccionar las citas que abren sus escritos.
Hay quien cruza el bosque y sólo ve leña para el fuego.
León Tolstoi 
Todas las cosas se nos ofrecen con dos rostros: uno para alabar y otro para maldecir: de la miel podemos alabar su dulzor y detestarla como excremento de las abejas.
Ibn Al-Jatib  
Mira Sancho, que lo importante no es la posada sino el camino.
Miguel de Cervantes 
Soy la bofetada y la mejilla. 

Charles Baudelaire
 Algunas de las piezas de sus diarios son como pequeños fogonazos, como aquellas películas de Super 8 que filmaba mi padre, y que conserva en sobres amarillos con el membrete rojo de la casa Kodak. Instantes que te transportan en el tiempo y en el espacio.
Las gaviotas festejan y asedian con alboroto el arribo de una longeva traíña verdusca de colmado vientre, externas heridas curadas con alquitrán y ronco surcar jadeante. Intrépidas bornean y sobrevuelan, casi a ras, las multicolores gorras y cachuchas desteñidas con las que los marengos yebalíes cobijan seso e ingenio.
 Cansados, soñolientos y con los huesos entumecidos por el relente y el salitre no prestan atención al estrepitoso claqué de los tercos picos de las nerviosas gavillas carroñeras. Abatidos por la nocturna brega, estos humildes pescadores (hijos desabrigados de la tierra) sólo desean llegar a puerto, sorber un azucarado té humeante, fumar su pipa de kif o disfrutar de cópula con hembra sumisa en modesto tálamo. Después… tal vez hostigar el insomnio, otra pipa y divagar; o soñar o maldecir.
 Fragmentos a los que doy continuidad en mi cabeza.
(Gendarmes en la carretera) 
Son como lagartos aletargados sobre la chapa gris de su jeep. Cuando ven a lo lejos un coche moverse en la negritud del asfalto parecen despertar del sueño. Cuando me aproximo –¿Acaso no soy un espejismo?– ya están desperezados en busca de la presa fácil que le dará la cuña, más cuando ven la oficial matrícula de mi coche, vuelven lentos (cual chuchos aburridos estirándose) a poner sus codos, reclinando el cuerpo, sobre la chapa, todavía calentita, del coche.
 También me gusta su definición del Atlas y que tenga protagonismo en tantas páginas del libro.

Salvador en una población cercana al lago Aguelmame Aziza (Atlas Medio)
Fotografía: Archivo personal del poeta

El Atlas es la espina dorsal, la pétrea columna vertebral de Marruecos. Pero es la zona más raquítica, médula cuya sustancia se licúa en soledad y abandono.
***
(Imilchil) 
Si no fuera por esa pandilla de fantoches con ínfulas de aventureros como definió una vez Alberto Vázquez Figueroa a los de los 4 x 4, el festival de los esponsales de Imilchil seguiría fiel a sus orígenes. La culpa no es de ellos sino de la autoridad incompetente que para "atraer" turismo cambió las fechas y alfombró con alquitrán los caminos. Antes de la avalancha de estos aventureros del gps y la torpeza de los responsables políticos todavía podían vivirse jornadas genuinas. La mejor época ahora para ir a este "Tíbet marroquí" es cualquiera, menos en las que se celebra el profanado mussem que rememora en el Alto Atlas el amor de Tisli e Isli, la mítica leyenda de amor bereber.
***
(Imlil)
 De nuevo, una y otra vez, pese haberme visto bajar de allí, me ofrecen subir a las montañas para ver las cascadas. Cansado, sin decir siquiera adiós al Toubkal, me marcho observando cómo el agua del río Ourika inundó, una vez más, muchas viviendas del valle. Es indudable que el dinero de las inversiones se achica en los meandros de la corrupción.
 Por el volumen desfilan nombres emblemáticos como Elias Canetti, Edith Wharton, Jean Genet, Juan Goytisolo, Fátima Mernissi, Rafael Chirbes, Paul Bowles, Mohamed Mrabet o Mohamed Chukri –ingratos ambos con Bowles tras su muerte ("la ingratitud, que es algo muy marroquí", me dijo una vez el poeta)–, y referencias, junto a otros escritores, a fotógrafos, filósofos, músicos y viajeros.

Mohamed Chukri con López Becerra en Tánger
Fotografía: Archivo personal del poeta

Salvador con el músico bereber Mohamed Rouicha
Fotografía: Archivo personal del poeta

Con el cantante y músico andalusí Abdessadek Chekkara (izq) y su hermano
Tetuán. Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

Con Fatima Mernisi en la exposición del pintor Mariano Bertuchi en Rabat
Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

 Salvador no rehuye tampoco en el texto ajustar cuentas con los funcionarios y empleados que trabajaron bajo sus órdenes y que tantos quebraderos de cabeza le dieron. También con la ciudad.
Lágrimas azabaches es el agua que el aguacero vierte sobre los tejados esmeralda del panteón de Muley Idriss al que esta mañana vine a meditar. Afuera, en la calle, el suelo está encharcado, sucio, muy sucio, por la basura no escondida, por la inmundicia ocultada.
 Como acostumbro, hice mi ofrenda y los azulejos ennegrecidos por la mala luz de la cera barata me hicieron acordarme de la manada corrompida e inmoral (deyecciones hispano-marroquíes de Rocinante) con la que el poeta tiene que bregar, vestido de jefe, diariamente.
***
Sin miedo al temporal he ido a la cercana mezquita Qarawiyyin. Inexplicablemente un pájaro vuela solitario en el nublado cielo del patio sin techar como llamando mi atención y cual señal de ángel diciéndome: cuídate de la chusma con la que briegas, que estás en la ciudad donde tantos justos y decentes fueron traicionados, desde el docto Ibn Al-Jatib hasta su fundador Muley Idriss I.
 Al asomarme desde otro ángulo y mirar hacia arriba en busca del ave que ya no está unas frías gotas cristalinas, limpísimas, me caen, cual bendición, en la frente. Sonrío para mis adentros. Sabiéndome protegido y purificado salgo a la calle mientras el agua, ahora pura, empapa mis pasos sin prisas. Con la chaqueta y los brazos escurriendo hago un toldo. Acurrucado y sin necesidad de levantar la mirada contemplo el cielo y sus dádivas en los charcos.
*** 
Hacía frío y llovía. Un sucio descansillo deslustrado dio cobijo a la fiebre de aquel buen infiel abatido por la destemplanza y la ramplona compaña. No recuerdo la fecha ni el nombre de aquel desconsolado barrio mustio, sólo el eco de los ladridos de unos errantes chuchos sarnosos peleándose, cual necios hombres sin escrúpulos, por un negruzco pitraco nauseabundo. Años después, con la atención despierta para esquivarlo anduve por toda la ciudad, más todos los barrios me parecieron iguales de aciagos, sombríos y costrosos como la piel hedionda de un longevo batracio haragán de mirada ruin.
 Hoy –también durante el escénico mes de ramadán– el divino destino le otorga postales nuevas a mi corazón y el triunfo de poder abandonar –¡ya, por fin!– este osario pestilente al que el metafísico Mohamed El-Hassan nombró Fetidez y desde donde hace siglos la memoria de Al-Andalús yace, sin descanso ni piedad, profanada.
 Hay además espacio en el libro para la experimentación, con Apókrifa, unos textos inéditos sobre el kif en los que no hay puntos ni comas para crear un efecto estético especial que recuerda al de algunos movimientos poéticos de vanguardia; recurso que también usó el antes mencionado Paul Bowles en alguno de sus relatos.

Salvador conversando con un amigo en la Kabila Jarasfa, Yebala
Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra 

 Salvador López Becerra ama a Marruecos, pero no por ello idealiza la visión del país, en el que se siguen dando grandes desigualdades.
(Monte Ayachi, 2008) 
Cada vez con más frecuencia me pregunto por qué miento acerca de Marruecos. Por qué callo y me censuro las injusticias, las apreciaciones más duras. Esta, llamémosla idealista hipocresía mía, no me hace bien. Esto de cantar sólo lo bello tachando las notas de lo que me parece feo e inhumano no es intelectualmente correcto; esta relación amor-amante que reconociendo las imperfecciones todo lo perdona y por vocación de su pasión exaltada suprime las injusticias se acabó. Sí, un día rectificaré y lo publicaré casi todo; así los humillados tendrán espejos y serán, si no recompensados, reconocidos. 
***
 (Monte Ayachi, 2008) 
La España en blanco y negro sólo sería comparable con lo que se ve aquí si retrocediéramos casi el siglo que dictan las circunstancias. Las comparaciones son siempre detestables pero allí hubo una postguerra con sus dos bandos (sus excitados vencedores y sus humillados vencidos), la mayoría de la intelectualidad tuvo que optar por el exilio; hasta los sesenta no hubo un canal de tv, se estaba aislado del mundo, sin parabólicas, ni cibercafés, sin telefonía…; los ricos no eran tan ricos y aun siéndolos no poseían tanto ni se apreciaba tanto exceso, tanta opulencia y derroche de vulgaridad; aunque época afligida y gris, la mayor tristeza era la falta de libertad para muchos. La realidad aquí es otra: estamos en el siglo XXI pero muchos, profesores, jóvenes y supuestos intelectuales, siguen pensando y viviendo, en considerables aspectos, como en la Edad Media.
 Ante mi solicitud de unas fotografías para ilustrar esta entrada, el poeta ha tenido la deferencia de rebuscar en su archivo fotográfico para enviarme algunas imágenes inéditas. Al verlas abiertas en la pantalla del ordenador, algunos pasajes leídos en el libro vuelven a cobrar relevancia.

El barbero de Mrirt. Fotografía: Archivo personal de Salvador López Becerra

Me toca el turno y por ello se enjuga deferentemente las manos con una pizca de detergente en polvo para ropa y unas gotillas de agua turbia que escancia de lo que parece fue una garrafa de líquido refrigerante de automóvil. Con cierta afectación profesional prepara los utensilios menos oxidados y después parte en dos una cuchilla nueva igual que un sacerdote lo hiciera con una hostia: pulgares e índices escrupulosamente juntos y el resto de los dedos cual alas de halcón en una figura chinesca.
 Antes de disponerse a martirizar mi cutis sacude estruendosamente y por largo rato los rezagados copos de pelos, vellos y pelusas anónimas que plácidas yacían en el abandono sobre el raído cojín desvencijado del humilde banco de madera al que también, nerviosamente, con un rápido zamarreo endereza… Ya parece que todo toca a su fin
 Y melindroso se lleva la diestra de la frente al pecho –ruda similitud con vetustos modales palaciegos– e inclina la cabeza mientras da un pase de muleta con la palma extendida. Amablemente me invita a que me siente en la guillotina de su barbería. Y a un té muy dulce con unas ramitas de chiva. ¡Saha, Sidi!
***
Bajanini con los hijos del poeta
Fotografía: Archivo personal Salvador López Becerra

I
Hoy, diecisiete de noviembre de dos mil siete, ha muerto Bajanini. Una estrecha franja de algo más de un palmo excavada en la tierra fue suficiente para acoger, lavado y amortajado en un humilde lienzo blanco, su esbelto cuerpo venerable recostado sobre el lado derecho y con el rostro dirigido a La Meca, como un durmiente.
 Bajanini pasaba cada día junto a la casa y aunque su asnillo casi siempre llevaba prisas él paraba a saludarnos.
 –¡Bajanini, Bajanini súbenos al borriquillo! Y el anciano inclinando su cuerpo, como el crepúsculo a las estrellas, ayudaba a mis niños a trepar e instalarse en la humilde cabalgadura. Así un buen rato, hasta que la chiquillería se cansaba de los aspavientos del cuadrúpedo. Y él sonreía. Bajanini siempre nos sonreía. Guasonamente apretaba su boca sin dentadura, me guiñaba y sonreía. Ha muerto Bajanini. Digo –¡y se escribe pronto!– que ha muerto Bajanini.
 ¡Ay, Bajanini, abuelo, amigo Bajanini!
II
A veces estaba yo absurdamente atareado arreglando no sé qué cosas domésticas cuando silencioso aparecía. Majestuoso en el andar, sosegado como el rocío sobre el trigo, llegaba Bajanini. Su serenidad se anteponía a la inquietud mía por acabar la faena. En el saludo estrechábamos las manos (–Salam Alekoum, Alekoum Salam) y nos besábamos (–¿Labás, bejer?) cuatro veces –en una mejilla y en otra, en aquélla y en ésta– como era debido entre afectos o familiares varones. Si él no soltaba mi mano yo entendía que no debía apurarme por lo que estaba haciendo, que el trabajo por hoy ya había concluido: era la hora de la honra, la hora sagrada de la visita. Entonces entrelazábamos los índices y caminábamos por el huerto cogidos, como viejos amigos, de la mano.
 "Quien no comprende una mirada tampoco comprenderá una larga explicación", dice el proverbio árabe con el que se cierra el tomo. Después, unos anexos con un glosario, una bibliografía completa de los Cuadernos del Atlas y un apartado de dedicatorias y gratitudes. De entre las últimas destaco la siguiente: "Gratitud imborrable también a quienes, inspirándolos, nunca leerán estos libros". Y vuelvo a pensar en Bajanini y en tantos otros. Y en el té con yerbabuena que tenemos pendiente, insha' Allah.

Salvador frente a su casa del Atlas con unos vecinos de la Kabila de Ait Bentaibi
Provincia de Khenifra. Fotografía: Archivo personal del poeta

¿Qué memoria guardarán de mí los armarios de las moradas que habité, las paredes sencillas, vacías, donde proyecté mis mejores sueños marroquíes? ¿Qué memoria guardarán las cajoneras donde abrigué de la intemperie a mis cuadernos de palabras desnudadas? ¿Qué memoria quedará dibujada en el cielo de los caminos que anduve? ¿Qué aroma quedará en las manos de aquellos a quienes mi amistad estreché?

Salvador López Becerra con su hijo Ángel y unos campesinos y pastores
Kabila Oulguess, provincia de Khenifra
Fotografía: Archivo personal del poeta

Nota: Los textos a color están extraídos de la primera edición de La baraka y otros textos marruecos, publicado en febrero de 2018 por el Centro Cultural Generación del 27 de Málaga.

domingo, 14 de febrero de 2016

HOMENAJE A ALEXANDRA BOULAT

Aunque no soy muy de celebrar San Valentín, la fecha me va a servir de excusa para mostraros aquí uno de mis relatos. En concreto el que lleva por título La Boulat, con el que obtuve el 2º premio en el VII Certamen de Declaraciones de Amor "Dime que me quieres" del año 2008 -organizado por el Ayuntamiento de Málaga-, y que no es más que un homenaje a la reportera gráfica francesa Alexandra Boulat que falleció en trágicas circunstancias en el 2007.


LA BOULAT


Málaga, 5 de octubre de 2007

Estimado Morenatti:
   Al recibir ayer el correo con la noticia de la muerte de Alexandra me sentí noqueado. Fue un gancho directo a la boca del estómago, donde se me ha instalado un dolor inmenso. Gracias por comunicármelo con tanta celeridad y por haberme tenido al corriente durante el tiempo que estuvo en coma. También por la foto que me envías.


Alexandra Boulat (Fotografía: Jerome Delay / Associated Press)


   Observo su cuerpo menudo junto a la mole metálica, cuyo cañón me apunta directamente, y me fijo en sus manos y en la cámara que sostienen. La sonrisa que ilumina su rostro es la misma que me brindó hace poco más de dos años en la Ciudad de la Luz, mientras cubríamos las revueltas de los suburbios, las banlieues en las que se hacinan los jóvenes inmigrantes.
   Nos habíamos conocido esa misma mañana, en un café cercano al suburbio de Seine-Saint-Denis. Yo estaba pintarrajeando una de mis moleskines cuando la saludó el redactor que me acompañaba. Recuerdo que entonces se sentó en nuestra mesa y que, después de presentarnos, me pidió ver los dibujos del cuaderno. Yo miré detenidamente su cuerpo delgado, sus manos finas de dedos largos, su rostro anguloso en el que destacaba su sonrisa, blanca y cautivadora, y esos ojos acostumbrados a la observación de las cosas y de los hombres, que reflejaban bondad e inteligencia. Me dijo que los dibujos le gustaban mucho y me confesó que a ella también se le daba bien dibujar, que de pequeña siempre había soñado con ser pintora y que no descartaba hacerlo en el tercer acto de su vida, cuando se retirase a la campiña.
   Volví a encontrarla aquella misma tarde. Es la memoria la que me devuelve ahora a ese escenario: ambos con un ojo pegado al visor, moviéndonos entre la gendarmerie y los manifestantes, corriendo de un lado a otro entre el sonido de las sirenas y de los cristales rotos. Cuando nos arrimábamos a los policías, nos llovían las piedras, y los cócteles molotov pasaban por encima de nuestras cabezas; y cuando cambiábamos de bando teníamos que esquivar las bolas de goma de los antidisturbios. Entonces ella dijo que aquel era el "Mayo del 68 de los Desheredados"; que ahora, como treinta y ocho años atrás habían hecho los estudiantes, exigían un futuro mejor. El desencadenante de aquel estallido, que desde el extrarradio prendía los coches de las calles más céntricas de París, había sido la muerte accidental de dos adolescentes cuando huían de la policía. Así protestaban y reclamaban su sitio en la sociedad los "zidanes" pobres: levantando barricadas, quemando contenedores, saqueando tiendas y arrojándoles piedras a los policías.
   Al amanecer, cuando todo hubo acabado hasta la noche siguiente, nos sentamos agotados en una patisserie. Y mientras pedíamos café y croissants, nos miramos en ese silencio de camaradería que es preludio de una larga conversación. Ella había hecho tónica la última sílaba de mi nombre, y yo me reía cada vez que se dirigía a mí con un "Sergió". En esos momentos, me parecía más rusa que francesa. No sabes lo feliz que me hizo aquel desayuno... Reconozco que intenté ligar con ella, pero no tuve éxito. Me calificó de "caníbal emocional", algo genético según ella: un tipo que nace infiel y se profesionaliza a lo largo de su vida. En mi descargo he de confesar que no sabía que estaba felizmente emparejada con ese realizador palestino. De todas formas, me habría gustado ganarle el corazón.
   Durante aquellas tres semanas de guerrilla urbana, registradas en el otoño de 2005, volvimos a coincidir unas cuantas veces. Ella solía entrar en las barricadas por las mañanas, sola, dispuesta a perderse entre bloques y pandillas, y no regresaba hasta la noche; entonces, si el azar se aliaba conmigo y la cruzaba en mi camino, compartíamos un trozo de pizza o un showarma de cordero. La gente se refería a ella como "Alex" o "La Boulat", pero yo prefería llamarla Alexandra.
   Al despedirnos, nos dimos los números de teléfonos y las direcciones de correo, y nos intercambiamos los libros que acabábamos de leer: yo le entregué una ajada edición de bolsillo de "Viaje al fin de la noche", de Céline, y ella me dio "La insoportable levedad del ser" (¡qué paradójico y perverso puede llegar a ser el azar!).

   Dejo de escribir por un momento y me acerco a la estantería a buscar el libro. Lo sostengo en mis manos, algo temblorosas, y busco entre sus páginas una de las fotografías que me envió. Aquella en la que se ve a una familia afgana amortajando el cuerpo de un niño que acaba de morir en un campo de refugiados, y, con los ojos húmedos, vuelvo a leer el poema que escribí en su reverso.


Alexandra Boulat, Afganistán 2001


VIEJA AMIGA*
¡Oh, vieja amiga, que vas y vienes
como una sombra, sin un ruido
ven, cansado estoy de ir huido,
posa tus labios sobre mis sienes!
Que el beso gélido que te pido
calme la fiebre que en mi sangre bulle;
el espejo refleja el temido
horror de la ruina que escarnece,
el viento solloza en la ventana,
las ramas del tilo golpean con fuerza
los cristales; el fin está cercano;
mis amigos han oído tu llamada
yo también confío
en ser sombra en tu reino lejano.


   Junto al libro hay una carpeta en la que guardo más fotos de ella y esos diez o doce emails que me traían noticias de su trabajo y de su vida. En ellos, escritos todos en un tono muy afable, mostraba siempre su interés por reflejar las consecuencias de la guerra y la auténtica realidad de la mujer en los países árabes. Quién mejor que ella para plasmar esas costumbres que, por cultura, son prácticamente inaccesibles para los hombres. Siempre se despedía con: "Un gran beso. Nos veremos". Desgraciadamente, nunca más la vi.


   En una de aquellas tardes parisinas me contó que el escritor André Malraux le dijo a su padre que "cada persona tiene dentro de sí un museo particular donde guarda todo lo que vivió y amó". Que cierto es... La echaré de menos.
   El próximo viernes 12 de octubre me acercaré a la iglesia y al cementerio de Jacque-ville. Es lo menos que puedo hacer por ella. Le llevaré unas flores y la despediré con un beso. Espero verte allí, para poder entregarte este abrazo. Gracias por aguantar el lamento de este corazón solitario.
   Un fuerte abrazo.
                                                                       Sergio
                                                                                

   De nuevo me acerco a la estantería, donde remiro los lomos de las moleskines hasta dar con la que llevaba en París. Retiro el elástico que comprime sus páginas y rebusco entre ellas las líneas que anoté el día de nuestro primer encuentro:

"Sentí el flechazo desde el primer instante. Su constante sonrisa, su amabilidad, sus refinados modales, y ese carisma que le daba haber tenido tantas vivencias y que la hacía aún más atractiva. Desprendía aventura, algo por lo que todos estábamos allí".

   Ahora, después de tantos años de trabajo, comprendo que compartíamos una misma forma de vivir y de ver el mundo, y que ambos éramos cautivos de nuestra querencia por la libertad y la soledad, nuestros demonios interiores que nos hacían ir de un a lado a otro sin anclarnos a ningún punto. Los amigos nos tachaban de imprudentes e irresponsables o pensaban que teníamos más valor que nadie, pero nada de eso era cierto. Tan sólo desarrollábamos el único trabajo que nos permitía sentirnos vivos. Nos gustaba registrar la realidad desde dentro, sabiendo que con cada disparo de nuestras cámaras estábamos construyendo una toma de posición, y por eso aceptábamos y explorábamos los riesgos de nuestra profesión.


Relato obra de Pedro Delgado Fernández.
*Poema de mi padre, Francisco Delgado Acosta.


La reportera gráfica Alexandra Boulat, cubrió conflictos en Yugoslavia, Indonesia, Afganistán, Irak, Israel y Palestina, y su trabajo apareció en revistas tan prestigiosas como París Match, Time, Newsweek, Stern y National Geographic. Ganó numerosos premios internacionales entre los que destaca el World Press, galardón conseguido, paradójicamente, con la cobertura del último desfile de Yves Saint Laurent. Debido a sus estudios de Bellas Artes, sus trabajos bordean la tenue línea que separa el fotoperiodismo del arte. En 2001 fundó con otros seis colegas la agencia de fotografía VII, y fueron conocidos en el mundo de la prensa como "los 7 Magníficos", pues eran los mejores fotoperiodistas del momento. Fueron su padre, Pierre Boulat -gran reportero de Life-, y su madre Annie -creadora de la agencia gráfica Cosmos-, quienes le contagiaron el virus de la fotografía.
En junio de 2007 sufrió una hemorragia cerebral, debido a una aneurisma, mientras trabajaba en la frontera de Gaza. La ambulancia palestina que la llevaba quedó retenida en la frontera hasta la llegada de otra ambulancia israelí que la condujo al hospital de Jerusalén. Allí, sometida a un coma inducido, fue operada, siendo trasladada después a París, su ciudad natal, donde falleció el 5 de octubre de ese mismo año a los 45 años de edad.