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viernes, 1 de noviembre de 2019

ENTRE LOS BEREBERES. RECORDANDO A ALEXANDRA BOULAT


Artículo Entre los bereberes, un recorrido por el Alto Atlas de Marruecos, escrito por Jeffrey Tayler con fotografías de Alexandra Boulat, y publicado en la revista National Geographic España en enero de 2005. En la imagen, un bereber besa a su novia en una boda múltiple celebrada en Taarart, en el Alto Atlas oriental.

Hace casi cuatro años que escribí en este blog un entrada* en homenaje a la fotógrafa francesa Alexandra Boulat, fallecida en trágicas circunstancias el 5 de octubre de 2007, con 45 años de edad. Desde entonces llevo varios años pendiente de la efeméride para compartir con ustedes algo que guardo como un tesoro y que está relacionado con ella; y aunque este año se me ha vuelto a pasar la fecha, no quiero posponerlo más. Se trata de un National Geographic de enero de 2005 en el que viene un artículo (Entre los bereberes) ilustrado con fotografías de La Boulat. Las imágenes están tomadas en el Alto Atlas marroquí, y el texto está firmado por el estadounidense Jeffrey Tayler, del que tengo un libro sin leer en la estantería (En los reinos perdidos de África) al que espero hincarle el diente pronto.


Artículo Entre los bereberes, escrito por Jeffrey Tayler, con fotografías de Alexandra Boulat, y publicado en la revista National Geographic España de enero de 2005. Texto de la imagen: Llamativas pinceladas de azafrán señalan a esta mujer de Zaouia Ahansal como la madre de un niño que va a ser circuncidado.


 Igual los de la National Geographic me dan un buen tirón de orejas, pero, como fui suscriptor durante muchos años y aún compro algunos números sueltos, me he tomado la libertad de transcribirles el relato con la fotos de Alexandra, añadiendo al final un enlace por si quieren subscribirse a la revista, algo que desde aquí les aconsejo.


Entre los bereberes

Un recorrido por el Alto Atlas de Marruecos


Por Jeffrey Tayler
Fotografías Alexandra Boulat

Los dos pastores adolescentes surgieron de pronto, como un par de espectros, y mientras nos seguían desde el reseco lecho fluvial hasta el inclinado pedregal de la ladera, con el pelo desaliñado y los hombros cubiertos con embarradas capas de lana, nos observaban en actitud huraña y recelosa. Mis compañeros Driss y Khalid los llamaron en tamazight, la lengua bereber utilizada en las montañas del Alto Atlas, y sus palabras resonaron a través del cañón. Los pastores no respondieron. Pero al oír que Khalid se dirigía a Driss en árabe, intercambiaron una mueca de preocupación y descendieron la cuesta a toda prisa, lanzándonos miradas de temor. Con mi piel quemada por el sol y la mochila de colores, debí de parecerles un marciano, y Driss y Khalid, pese a ser bereberes, vestían ropa occidental y eran claramente forasteros, hecho que el árabe, una lengua que rara vez se oía en aquellas elevaciones, no hacía sino corroborar.
 Estaba a punto de desatarse una tormenta y empezaba a anochecer. Montamos pues las tiendas y entramos a refugiarnos justo cuando estallaba el primer trueno. Me tumbé, contento de tomarme un descanso.
 Pero no duró mucho. En una cresta cercana, silueteados contra las nubes de tormenta, aparecieron dos hombres de mediana edad armados con bastones. Empezaron a increparnos en tamazight, agitando las capas al viento mientras se acercaban a la ladera pedregosa donde estábamos. "Calmaos, por favor, sólo estamos de paso", les gritó Driss desde la puerta de su tienda.
 "¿Quién os ha dado permiso para cruzar nuestro valle?", vociferaron los hombres, blandiendo sus bastones.
 "El jefe de Bou Terfine –respondió Driss, en alusión a una autoridad local a la que habíamos visitado unas horas antes–. No pretendemos hacer daño a nadie. Se prepara una tormenta; os lo ruego, dejadnos acampar aquí esta noche."
 La referencia al cabecilla local sólo sirvió para aumentar su cólera. Tras calificarnos de intrusos, el más fiero de los dos dio un ultimátum: con o sin tormenta tendríamos que salir de su territorio, y rápido, o atenernos a las consecuencias.
 Nos faltaban 600 kilómetros de montañas por recorrer, y éste era un inicio de viaje muy poco halagüeño, aunque previsible dada la azarosa historia de los beréberes (ellos prefieren el nombre de amazigh, o "persona libre", pero el término bereber prevalece fuera de la región). Formado por unos 25 millones de individuos originarios del norte de África y hoy asentados en Marruecos y Argelia, se trata de un pueblo tribal étnicamente diferenciado que habitaba estos montes y desiertos miles de años antes de que la invasión árabe implantara el islam en el siglo VII.
 En los siglos subsiguientes a la conquista muchos bereberes tuvieron que desplazarse de las llanuras a las montañas, donde buscaron tierra cultivable, pastos para el ganado y, sobre todo, la libertad. Los bereberes de la planicie adoptaron las culturas, religiones y lenguas de sus conquistadores, entre los que figuran –además de los árabes– los romanos y los franceses. Pero los que se aislaron en las tierras altas lograron preservar su identidad, su idioma y, como yo mismo acababa de constatar, su independencia.
 Había iniciado la andadura cerca de Midelt, en el centro de Marruecos, y tenía previsto terminarla dos meses después en uno de los puntos más pintorescos del país, las cascadas de Imouzzer des Ida Ou Tanane, junto al Atlántico. La ruta debía llevarme a través del corazón de los dominios bereberes. Había contratado como acompañantes a dos hombres de esta etnia: Driss Hemmi, un afable guía de montaña de 30 años natural de Midelt, y Khalid Ouamer, un campesino de 23 años natural de una aldea cercana.
 Para transportar el equipo y las provisiones compré una dócil mula parda, cuyos ojos tristes y recias patas me confirmaron su capacidad de soportar las vicisitudes del trayecto. Ahora mismo, sin ir más lejos, nos enfrentábamos a una prueba inmediata: los truenos retumbaban en la garganta, se cernía la oscuridad y unos pastores nos amenazaban con hacer uso de la violencia. Sugerí a Driss que les ofreciéramos dinero, el medio más usual de zanjar este tipo de disputas en Marruecos. El frunció el ceño. "Ya lo he intentado y no quieren escucharme." Entonces sacó su licencia de guía, se la mostró a los pastores y les comunicó que nuestra misión era atravesar el Alto Atlas. El documento pareció legitimar a Driss, y la explicación les apaciguó los ánimos.
 Tras acuclillarse frente a mi tienda, uno de los pastores conversó conmigo a través de Driss. Me explicó que, en 1992, llegó al paraje un grupo de extraños de habla árabe con planes de derrocar a Hassan II, a la sazón rey de Marruecos. Los conspiradores fueron capturados cuando el pastor y su familia alertaron a las autoridades. No es pues sorprendente que algunos beréberes sospechen de los desconocidos que hablan en árabe, en cuyas filas puede haber también funcionarios gubernamentales de las llanuras con las manos prontas a recibir un soborno.
 Me disculpé por haberles molestado y prometí que nos iríamos a la mañana siguiente. Sin esbozar ni una sonrisa, el hombre accedió y partió. Al cabo de unos minutos las nubes se condensaron, los rayos iluminaron los cerros y la llovizna se transformó en una cortina de agua. Intenté conciliar el sueño, pero los frecuentes pateos de la mula me despertaron.

Mapa con la ruta de Jeffrey Tayler por el Alto Atlas
National Geographic España, enero 2005

 Los bereberes viven repartidos por el norte africano, pero en ningún lugar la negación de su identidad ha sido tan sistemática como en Marruecos, étnicamente el más bereber de los países de la región. Aunque el 60 % de la población dice ser de ascendencia bereber y casi el 40 % conoce uno de sus tres dialectos, la Constitución marroquí inscribe a la nación como parte del África árabe, proclama el árabe como lengua oficial y obvia cualquier mención a los bereberes. Es éste un legado del nacionalismo árabe que impulsó movimientos independentistas durante la época colonial y que, en nombre de la unidad, ignoró e incluso reprimió las culturas y las lenguas de los pueblos no árabes.
 Durante la mayor parte de los trece últimos siglos, los macizos del Alto Atlas estuvieron en poder de caudillos armados bereberes que rehusaron someterse a los sultanes árabes que gobernaban las llanuras de Marruecos. De 1912 a 1956, cuando casi todo Marruecos era un protectorado de Francia, los galos designaron las montañas como distrito tribal y las dejaron bajo el control de adalides locales adeptos al régimen. El más famoso de todos ellos fue Thami el Glaoui, un tirano que sojuzgó a los bereberes del Alto Atlas. Pero la resistencia bereber nunca cedió, y los maquis, junto a con los rebeldes árabes de las ciudades, expulsaron a los franceses en 1956.
 Tras la independencia, el gobierno marroquí, de predominio árabe, adoptó en las montañas una política de no injerencia. En las ciudades, las protestas, la prensa clandestina, la enseñanza del antiguo alfabeto bereber, llamado tifinagh, y las consignas revolucionarias han sido otros aspectos de una incipiente campaña bereber en favor del reconocimiento cultural que se ha ido fortaleciendo con el tiempo.
 Los bereberes urbanos que encabezan este renacimiento son intelectuales que hablan más francés, idioma que ellos asocian a la cultura y los derechos humanos, que árabe, menospreciado por ser la lengua del opresor. Pero lo que realmente promueven es el tamazight, o bereber. En la última década del reinado de Hassan II (que acabó con la muerte del monarca en 1999) fundaron asociaciones lingüísticas y culturales, publicaron páginas web y periódicos, y en 1994 ya emitían noticias en bereber por la televisión.
 En marzo de 2000 varios centenares de intelectuales de esta etnia firmaron el Manifiesto Bereber, que da cuenta de la humillación y marginación sufridas por muchos bereberes como miembros de una minoría reprimida. En él se exige el desarrollo de las áreas rurales bereberes, el apoyo financiero estatal a sus instituciones culturales y la revisión de los libros de texto para que reflejen con rigor el papel desempeñado por su comunidad en la historia marroquí.
 El movimiento consiguió una victoria en septiembre de 2003 cuando, por primera vez, el gobierno de Marruecos autorizó el aprendizaje del bereber en casi un 15 % de las escuelas primarias del país y anunció el proyecto de ampliar la enseñanza en este idioma a todos los niveles educativos. No obstante, los activistas aducen que no es suficiente y presionan para obtener el pleno reconocimiento de su pueblo y su lengua vernácula en la Constitución. "Lucharemos pacíficamente para que se nos reconozca –me dijo Mohamed Chafik, padre espiritual del movimiento beréber marroquí–, pero si no se atienden nuestras demandas, la iniciativa podría radicalizarse. Los jóvenes podrían sublevarse."
 Quizás en las ciudades suceda eso, pero muchos bereberes de Marruecos viven lejos de cualquier centro urbano, en lo alto de las montañas, donde la sequía, la pobreza y la hambruna imponen a menudo su ley. Una de las finalidades de mi viaje era descubrir si el exaltado espíritu radical de los bereberes metropolitanos se había extendido a las montañas.

Fotografía de Alexandra Boulat. Texto de la imagen: Absorta en la música, una mujer danza durante una boda en Taarart, donde hombres y mujeres se encuentran a cara descubierta. Comparadas con sus hermanas de otras partes de Marruecos, las mujeres bereberes de esta región gozan de una relativa libertad en sus relaciones con el sexo opuesto, en su modo de vestir y en la toma de decisiones domésticas.

 Ya los nubarrones de tormenta habían dado paso a un calcinante sol matutino cuando bajamos por un sinuoso sendero hasta una quebrada. Aquel barranco discurría hacia un distante promontorio en cuya cima se apiñaban las casas de piedra y adobe de la aldea de Tamalout, donde Driss tenía un amigo, un tal Hossein Ounaminou.
 Encontramos a Hossein cabalgando una mula esquelética por el camino que salía del pueblo. Era un hombre enjuto y barbudo entrado en la cincuentena. Bajo un raído turbante negro, sus cálidos ojos y una sonrisa medio desdentada transmitían su alegría por volver a ver a Driss y darnos la bienvenida a Tamalout. El lugareño se inclinó, nos estrechó la mano y después de cada apretón se besó las yemas de los dedos, conforme a la costumbre local. Driss le preguntó si podíamos hospedarnos en su casa. Y Hossein respondió que nada le complacería más. En la cultura bereber, la hospitalidad preside el más humilde de los hogares.
 En las afueras de la aldea pasamos junto a una era circular de unos 15 metros de anchura, en la que un robusto poste sobresalía entre la cebada recién segada. Tres jóvenes con turbante y blusón blanco se ocupaban de la trilla, apremiando con el látigo a media docena de asnos atados en fila al poste. Al avanzar por las mieses, los animales levantaban una polvareda que atrapaba los rayos solares como polvo de oro. En los campos circundantes de trigo y alfalfa, los hombres araban con mulas y cosechaban a mano.
 Al llegar al pueblo los niños me vieron y gritaron "¡Arrumi!" (¡Romano!), tributo improvisado a unos gobernantes que dejaron de existir 16 siglos atrás y el nombre con el que los bereberes se refieren aún a los occidentales.
 Hossein vivía en la típica morada de los bereberes del Alto Atlas, una casa achaparrada con las paredes de piedra y vigas de madera en el techo. La planta baja era un establo en el que cobijaba a su mula, una vaca y unos pollos escuálidos. En el salón del segundo piso había una deslustrada daga de bronce sujeta a un gancho; de otro colgaba un reloj parado a perpetuidad. Descoloridas alfombras de lana en tonos naranjas, rojos y verdes se superponían en el suelo. Hossein abrió las ventanas para renovar el aire, y al punto se colaron las moscas del establo. Después de ahuyentarlas nos recostamos en las alfombras y Hossein ordenó a unas mujeres invisibles, reunidas en otra habitación, que preparasen la comida.
 Al rato se sumaron a nuestro grupo Bassou, un vecino adolescente que llevaba pantalones vaqueros y un sombrero de fieltro negro, y las hijas pequeñas de Hossein, Itto y Hadda, que vestían blusas y faldas floreadas con leotardos de lana. (Itto es un nombre bereber que rara vez se oye en el Marruecos urbano, e incluso fuera del Alto Atlas oriental. Durante décadas las autoridades marroquíes prohibieron inscribir en el registro a niños con nombres bereberes, pero en los últimos años se han vuelto más tolerantes.) Pregunté a las niñas qué edad tenían, y ambas se encogieron de hombros. En el Marruecos rural no se considera importante llevar el recuento de los años. Itto aparentaba tener unos diez; su hermana Hadda parecía mayor.
 Bassou señaló al dueño de la casa. "Ni siquiera Hossein conoce su edad –dijo con jovialidad en árabe–. ¡Simplemente sabe que es viejo y senil!" Hossein me sonrió, aparentemente como si se hubiera quedado in albis. Para salir adelante en las ciudades, donde los hombres buscan empleo, los bereberes deben aprender árabe. Pero aquí en el Alto Atlas, donde la mayoría habla bereber, la soltura de Bassou en la lengua oficial le distinguía de los demás. Gracias a una beca cursaba estudios de secundaria cerca de Midelt, y estaba muy satisfecho. Aspiraba a usar su formación para escapar de la miseria de su pueblo y forjarse un futuro prometedor en la ciudad, aunque el acceso al trabajo en Marruecos, tanto para un bereber como para un árabe, con frecuencia no depende del talento sino de los contactos.
 Hossein nos trajo el primer plato del almuerzo, un cuenco de mantequilla rancia y pedazos de pan horneado en casa. Nos contó que tenía una vaca, pero que para ganar dinero se la alquilaba a un vecino acomodado, quien consumía casi toda la leche; que era propietario de un pequeño campo donde cultivaba cebada y trigo, y que recogía leña en el bosque de cedros colindante. Pese a dar gracias eternamente a Dios por su destino, Hossein era tan pobre y tan flaco como la mayoría de los bereberes con los que íbamos a toparnos a lo largo de nuestro periplo, y sería un hombre afortunado si podía conseguir la comida justa para alimentar a su familia.
 Mientras degustábamos el plato principal, un acuoso estofado de cebollas y carne de cabra servido en cazuela de barro, Hossein nos demostró que tenía al menos unas nociones de árabe.
 Nos explicó que hacía poco le habían citado para testificar en el juzgado contra un paisano acusado de talar ilegalmente en el bosque. A través de un interprete bereber-árabe, Hossein declaró en favor del encausado, pero entendía suficiente árabe para sospechar que el traductor, quien probablemente había sido sobornado, estaba tergiversando su testimonio de manera que condenaran a aquel infeliz. "Le expuse mi versión al juez con mis propias palabras", afirmó Hossein. El acusado salió absuelto.
 Hossein tuvo mucha suerte de contar con un traductor de oficio, una de las exigencias del Manifiesto Bereber. No obstante, en su afán de proteger a los bereberes de la discriminación por motivos lingüísticos, el manifiesto ignora otro problema capital: los marroquíes de habla árabe también se enfrentan a dificultades, especialmente en todo lo relacionado con el gobierno, donde está muy generalizado el uso del francés.

Fotografía Alexandra Boulat. Texto de la imagen: Una fiesta anual a las afueras de Imilchil congrega a los bereberes de los montes orientales durante tres días de vorágine comercial en los que se venden desde mulas hasta teteras o cebada, el principal cultivo de la zona. Aunque presumen de ser autosuficientes, los beréberes de las montañas tienen que recurrir a los mercados para conseguir productos básicos que no encuentran fácilmente, como naranjas, azúcar y medicinas.

 A nuestra llegada a Imilchil, decidí que necesitábamos otra mula. Driss y Khalid visitaron el mercado dominical y compraron un hermoso macho de color ébano. Al igual que la otra mula, parecía lo bastante fuerte como para recorrer los arduos caminos que teníamos por delante. Partimos, adentrándonos cada vez más en las montañas rosáceas y de aspecto lunar que conducían desde Imilchil hasta la meseta de Kousser, la tierra de los nómadas bereberes.
 Cuatro días después alcanzamos la altiplanicie, un mar de ondulaciones pétreas y valles que nos dejó tan agotados como lo hubiera hecho cualquier montaña. Al ponerse el sol nos aproximamos a la única vivienda que veríamos en la meseta. La madre de familia, Fátima, salió envuelta en el baturrillo de paños multicolores que visten las nómadas de etnia bereber. Le pedimos alojamiento; circunspecta, nos invitó a pasar.
 Nos sentamos a tomar el té en la sala de estar, una habitación fresca situada al lado del telar en el que Fátima tejía alfombras con la lana de sus ovejas. Mientras su marido trabaja como jornalero en la cercana Zaouia Ahansal durante el verano, ella y Alí, su hijo de 15 años, se quedan en el monte para cuidar de sus pequeños hatos de cabras y ovejas, además de unos cuantos pollos. Una situación habitual que deja a las mujeres bereberes a cargo de la casa durante varios meses consecutivos.
 Fátima me había visto llegar a lomos de una mula, y ahora nos relataba que recientemente una muchacha se había caído de su cabalgadura y había muerto, ya que no había ningún médico en las proximidades para asistirla, ni tampoco forma de avisarlo. En el Alto Atlas escasean los facultativos y prácticamente no hay farmacias, teléfonos ni estafetas de correos, circunstancia nada sorprendente habida cuenta de lo abrupto que es el terreno. Pero los bereberes citan estas deficiencias como prueba de que el gobierno ha eludido desarrollar la región a fin de mantener todo el poder en sus manos.
 "Ningún rey ha subido nunca hasta aquí a ver cómo vivimos –denunció Fátima, tapándose el tatuado mentón con su pañuelo verde–. Nuestros representantes en el Parlamento sólo se dejan caer en época electoral para hacer promesas que jamás cumplen." Acto seguido emitió una letanía de quejas: los funcionarios de la administración local roban los fondos enviados desde Rabat para la construcción de carreteras (lo que la obliga a caminar cinco horas hasta la pista de tierra más cercana), el suministro de agua (el pozo más próximo está a una hora de camino) y la apertura de dispensarios (no hay más que un hospital en Azilal, a una distancia de diez horas). Y a estas carencias había que añadir la sequía.
 Fátima nos contó que durante el reinado de Hassan II, 300 bereberes se congregaron en Ouaouizarht para ir a Rabat y protestar por la desidia administrativa. El gobernador provincial envió soldados para detenerlos. La aparición del ejército dispersó a la multitud. Desde entonces nadie se ha atrevido a proponer otra acción similar.
 Al caer la noche Fátima encendió un quinqué y, mientras en la marmita bullía un estofado de patatas y pollo, se puso a trabajar en el telar. Nos había hablado sin tapujos, como suelen hacer las mujeres montañesas de su etnia. Pero incluso los bereberes que son francos en otros asuntos procuran evitar, a diferencia de Fátima, las críticas directas al rey y al Parlamento. Esperan muy poco de su gobierno, y no manifiestan el menor interés por el movimiento que afirma actuar en su nombre dentro de las ciudades.
 "El movimiento amazigh [bereber] es mera palabrería –sentenció Khalid–. En estos parajes a nadie le importa." Inquirí si estaba a favor de que enseñaran el bereber en las escuelas, y su respuesta fue negativa. "Los bereberes queremos mantener nuestra lengua en secreto, pero la gente de ciudad desea conocerla para hacer negocios en el campo." Driss disentía, y dijo esperar ilusionado el día en que todos los marroquíes aprendiesen bereber. Ambos hombres discutieron en el transcurso del viaje, lo cual tomé como un indicio de lo difícil que era que los bereberes rurales y urbanos se pusieran de acuerdo en nada, desde el Manifiesto Bereber hasta los turnos para lavar los platos.
 "¡Vaya a informar al mundo de la desgracia de los nómadas!", me encareció Fátima a las siete de la mañana del día siguiente, cuando comenzamos la última etapa de nuestro recorrido.

Fotografía de Alexandra Boulat. Texto de la imagen: Las mujeres de Anefgou lloran la muerte de un anciano miembro de su comunidad. Ligadas al campo por la tradición y la falta de estudios, las mujeres llevan "el peso de la casa", según la investigadora de la GEOGRAPHIC Marisa Larson, que ha trabajado en la región con los Cuerpos de Paz. Ellas aran los campos y crían a los hijos, mientras que sus hombres se emplean cada vez más en las ciudades.

 Unos magníficos estratos verticales de piedra caliza anunciaban las cascadas de Imouzzer de Ida Ou Tanane, situadas encima del pueblo homónimo. Hacía 51 días que habíamos abandonado Midelt. Una vereda conducía hasta las cataratas, y Driss y yo la seguimos tras dejar a Khalid al cuidado de las mulas. Al llegar no nos encontramos con los espléndidos torrentes que había visto precipitarse en las fotografías, sino con un hilo de agua vertiéndose por el saliente rocoso en una balsa llena de musgo. La sequía que afectaba al Alto Atlas había incitado al gobierno a desviar el río para el riego, poco menos que dejando secas las cascadas.
 La escena encerraba cierto simbolismo. En nuestro viaje habíamos atravesado un terreno abrupto, tan reseco y desolado como solitario. La falta de lluvia y la miseria fuerzan a los bereberes a trasladarse de las montañas a las ciudades, donde necesitan el árabe para defenderse, y el francés, para prosperar, y donde adoptan la cultura urbana en un esfuerzo de integración. La hambruna, como había comprobado en mi caminata, amenaza más que ningún otro factor la cultura del Atlas.
 Miré a Driss, que tantas veces había expresado el deseo de ayudar a su pueblo. Si a las analfabetas gentes de las montañas no les interesa el movimiento bereber, con sus tendencias laicas y francófilas, los ciudadanos cultos como Driss lo encarnan a la perfección. Pero en nuestras últimas semanas de convivencia me reveló una esperanza más práctica: la emigración a Canadá. "En Marruecos no tengo futuro", dijo, refiriéndose al lamentable estado del turismo en su país.
 Naturalmente, los bereberes del Alto Atlas no tienen esa opción. A los millares que se mudan a las ciudades, Marruecos les ofrece una penosa existencia: chabolismo en los arrabales de Casablanca o Rabat y la batalla constante por unas monedas con las que sobrevivir. También a los bereberes que se quedan atrás les aguardan hambre y penalidades. Pero cuentan con la sólida roca del hogar bajo los pies, la tranquilidad absoluta y el orgullo inalterable de la "persona libre".

Fotografía de Alexandra Boulat publicada en la revista National Geographic España (Enero 2005). Texto de la imagen: Tras reencontrarse con su abuela en Taarart, este joven no tardará en volver a Rabat, donde deberá ganar dinero para mantener a su familia en el Alto Atlas. El futuro de los bereberes se apoya cada vez más en estos emigrantes. ¿Pueden ellos contribuir a la supervivencia de sus aldeas? Y, a medida que se adapten a la vida en la metrópoli, ¿abandonarán la cultura bereber… o alimentarán su renacimiento?

*Pueden leer el relato que escribí en homenaje a Alexandra Boulat pinchando sobre el siguiente enlace:
https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2016/02/homenaje-alexandra-boulat.html

Alexandra Boulat fotografiada por Jerome Delay (AP)

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Nota: La música del vídeo pertenece al libro CD Cantos y danzas del Atlas (Marruecos) de Miriam Rovsing Olsen, editado por Ediciones Akal en 1999 dentro de la colección Músicas del Mundo. Una verdadera joya que adquirí en la librería Áncora un 23 de febrero del año 2000, y de la que ya les hablaré otro día.

domingo, 14 de febrero de 2016

HOMENAJE A ALEXANDRA BOULAT

Aunque no soy muy de celebrar San Valentín, la fecha me va a servir de excusa para mostraros aquí uno de mis relatos. En concreto el que lleva por título La Boulat, con el que obtuve el 2º premio en el VII Certamen de Declaraciones de Amor "Dime que me quieres" del año 2008 -organizado por el Ayuntamiento de Málaga-, y que no es más que un homenaje a la reportera gráfica francesa Alexandra Boulat que falleció en trágicas circunstancias en el 2007.


LA BOULAT


Málaga, 5 de octubre de 2007

Estimado Morenatti:
   Al recibir ayer el correo con la noticia de la muerte de Alexandra me sentí noqueado. Fue un gancho directo a la boca del estómago, donde se me ha instalado un dolor inmenso. Gracias por comunicármelo con tanta celeridad y por haberme tenido al corriente durante el tiempo que estuvo en coma. También por la foto que me envías.


Alexandra Boulat (Fotografía: Jerome Delay / Associated Press)


   Observo su cuerpo menudo junto a la mole metálica, cuyo cañón me apunta directamente, y me fijo en sus manos y en la cámara que sostienen. La sonrisa que ilumina su rostro es la misma que me brindó hace poco más de dos años en la Ciudad de la Luz, mientras cubríamos las revueltas de los suburbios, las banlieues en las que se hacinan los jóvenes inmigrantes.
   Nos habíamos conocido esa misma mañana, en un café cercano al suburbio de Seine-Saint-Denis. Yo estaba pintarrajeando una de mis moleskines cuando la saludó el redactor que me acompañaba. Recuerdo que entonces se sentó en nuestra mesa y que, después de presentarnos, me pidió ver los dibujos del cuaderno. Yo miré detenidamente su cuerpo delgado, sus manos finas de dedos largos, su rostro anguloso en el que destacaba su sonrisa, blanca y cautivadora, y esos ojos acostumbrados a la observación de las cosas y de los hombres, que reflejaban bondad e inteligencia. Me dijo que los dibujos le gustaban mucho y me confesó que a ella también se le daba bien dibujar, que de pequeña siempre había soñado con ser pintora y que no descartaba hacerlo en el tercer acto de su vida, cuando se retirase a la campiña.
   Volví a encontrarla aquella misma tarde. Es la memoria la que me devuelve ahora a ese escenario: ambos con un ojo pegado al visor, moviéndonos entre la gendarmerie y los manifestantes, corriendo de un lado a otro entre el sonido de las sirenas y de los cristales rotos. Cuando nos arrimábamos a los policías, nos llovían las piedras, y los cócteles molotov pasaban por encima de nuestras cabezas; y cuando cambiábamos de bando teníamos que esquivar las bolas de goma de los antidisturbios. Entonces ella dijo que aquel era el "Mayo del 68 de los Desheredados"; que ahora, como treinta y ocho años atrás habían hecho los estudiantes, exigían un futuro mejor. El desencadenante de aquel estallido, que desde el extrarradio prendía los coches de las calles más céntricas de París, había sido la muerte accidental de dos adolescentes cuando huían de la policía. Así protestaban y reclamaban su sitio en la sociedad los "zidanes" pobres: levantando barricadas, quemando contenedores, saqueando tiendas y arrojándoles piedras a los policías.
   Al amanecer, cuando todo hubo acabado hasta la noche siguiente, nos sentamos agotados en una patisserie. Y mientras pedíamos café y croissants, nos miramos en ese silencio de camaradería que es preludio de una larga conversación. Ella había hecho tónica la última sílaba de mi nombre, y yo me reía cada vez que se dirigía a mí con un "Sergió". En esos momentos, me parecía más rusa que francesa. No sabes lo feliz que me hizo aquel desayuno... Reconozco que intenté ligar con ella, pero no tuve éxito. Me calificó de "caníbal emocional", algo genético según ella: un tipo que nace infiel y se profesionaliza a lo largo de su vida. En mi descargo he de confesar que no sabía que estaba felizmente emparejada con ese realizador palestino. De todas formas, me habría gustado ganarle el corazón.
   Durante aquellas tres semanas de guerrilla urbana, registradas en el otoño de 2005, volvimos a coincidir unas cuantas veces. Ella solía entrar en las barricadas por las mañanas, sola, dispuesta a perderse entre bloques y pandillas, y no regresaba hasta la noche; entonces, si el azar se aliaba conmigo y la cruzaba en mi camino, compartíamos un trozo de pizza o un showarma de cordero. La gente se refería a ella como "Alex" o "La Boulat", pero yo prefería llamarla Alexandra.
   Al despedirnos, nos dimos los números de teléfonos y las direcciones de correo, y nos intercambiamos los libros que acabábamos de leer: yo le entregué una ajada edición de bolsillo de "Viaje al fin de la noche", de Céline, y ella me dio "La insoportable levedad del ser" (¡qué paradójico y perverso puede llegar a ser el azar!).

   Dejo de escribir por un momento y me acerco a la estantería a buscar el libro. Lo sostengo en mis manos, algo temblorosas, y busco entre sus páginas una de las fotografías que me envió. Aquella en la que se ve a una familia afgana amortajando el cuerpo de un niño que acaba de morir en un campo de refugiados, y, con los ojos húmedos, vuelvo a leer el poema que escribí en su reverso.


Alexandra Boulat, Afganistán 2001


VIEJA AMIGA*
¡Oh, vieja amiga, que vas y vienes
como una sombra, sin un ruido
ven, cansado estoy de ir huido,
posa tus labios sobre mis sienes!
Que el beso gélido que te pido
calme la fiebre que en mi sangre bulle;
el espejo refleja el temido
horror de la ruina que escarnece,
el viento solloza en la ventana,
las ramas del tilo golpean con fuerza
los cristales; el fin está cercano;
mis amigos han oído tu llamada
yo también confío
en ser sombra en tu reino lejano.


   Junto al libro hay una carpeta en la que guardo más fotos de ella y esos diez o doce emails que me traían noticias de su trabajo y de su vida. En ellos, escritos todos en un tono muy afable, mostraba siempre su interés por reflejar las consecuencias de la guerra y la auténtica realidad de la mujer en los países árabes. Quién mejor que ella para plasmar esas costumbres que, por cultura, son prácticamente inaccesibles para los hombres. Siempre se despedía con: "Un gran beso. Nos veremos". Desgraciadamente, nunca más la vi.


   En una de aquellas tardes parisinas me contó que el escritor André Malraux le dijo a su padre que "cada persona tiene dentro de sí un museo particular donde guarda todo lo que vivió y amó". Que cierto es... La echaré de menos.
   El próximo viernes 12 de octubre me acercaré a la iglesia y al cementerio de Jacque-ville. Es lo menos que puedo hacer por ella. Le llevaré unas flores y la despediré con un beso. Espero verte allí, para poder entregarte este abrazo. Gracias por aguantar el lamento de este corazón solitario.
   Un fuerte abrazo.
                                                                       Sergio
                                                                                

   De nuevo me acerco a la estantería, donde remiro los lomos de las moleskines hasta dar con la que llevaba en París. Retiro el elástico que comprime sus páginas y rebusco entre ellas las líneas que anoté el día de nuestro primer encuentro:

"Sentí el flechazo desde el primer instante. Su constante sonrisa, su amabilidad, sus refinados modales, y ese carisma que le daba haber tenido tantas vivencias y que la hacía aún más atractiva. Desprendía aventura, algo por lo que todos estábamos allí".

   Ahora, después de tantos años de trabajo, comprendo que compartíamos una misma forma de vivir y de ver el mundo, y que ambos éramos cautivos de nuestra querencia por la libertad y la soledad, nuestros demonios interiores que nos hacían ir de un a lado a otro sin anclarnos a ningún punto. Los amigos nos tachaban de imprudentes e irresponsables o pensaban que teníamos más valor que nadie, pero nada de eso era cierto. Tan sólo desarrollábamos el único trabajo que nos permitía sentirnos vivos. Nos gustaba registrar la realidad desde dentro, sabiendo que con cada disparo de nuestras cámaras estábamos construyendo una toma de posición, y por eso aceptábamos y explorábamos los riesgos de nuestra profesión.


Relato obra de Pedro Delgado Fernández.
*Poema de mi padre, Francisco Delgado Acosta.


La reportera gráfica Alexandra Boulat, cubrió conflictos en Yugoslavia, Indonesia, Afganistán, Irak, Israel y Palestina, y su trabajo apareció en revistas tan prestigiosas como París Match, Time, Newsweek, Stern y National Geographic. Ganó numerosos premios internacionales entre los que destaca el World Press, galardón conseguido, paradójicamente, con la cobertura del último desfile de Yves Saint Laurent. Debido a sus estudios de Bellas Artes, sus trabajos bordean la tenue línea que separa el fotoperiodismo del arte. En 2001 fundó con otros seis colegas la agencia de fotografía VII, y fueron conocidos en el mundo de la prensa como "los 7 Magníficos", pues eran los mejores fotoperiodistas del momento. Fueron su padre, Pierre Boulat -gran reportero de Life-, y su madre Annie -creadora de la agencia gráfica Cosmos-, quienes le contagiaron el virus de la fotografía.
En junio de 2007 sufrió una hemorragia cerebral, debido a una aneurisma, mientras trabajaba en la frontera de Gaza. La ambulancia palestina que la llevaba quedó retenida en la frontera hasta la llegada de otra ambulancia israelí que la condujo al hospital de Jerusalén. Allí, sometida a un coma inducido, fue operada, siendo trasladada después a París, su ciudad natal, donde falleció el 5 de octubre de ese mismo año a los 45 años de edad.