viernes, 3 de octubre de 2025

WELLS FARGO + PONY EXPRESS


Wells Fargo + Pony Express, de Kelmand D. Frost y Don Lawrence (Laramie)
Fotografía: Pedro Delgado

Si hay cuatro palabras que tienen el poder de erizarle la piel a todos los amantes del wéstern, esas son Wells Fargo y Pony Express.

 Antes de la construcción del ferrocarril, la diligencia era el principal medio de transporte de pasajeros y correo. La compañía más famosa de todas fue Wells Fargo, fundada en 1852 por Henry Wells y William G. Fargo, que ya eran socios de la compañía American Express. A menudo, las diligencias también transportaban dinero, oro u otros objetos de valor, haciéndose responsable la Wells Fargo de que todo llegara a su destino. Como la carga y lo que pudieran portar los pasajeros era cosa golosa para los asaltantes de diligencias, pronto surgió la figura del agente especial de la compañía, que se encargaba de lidiar con forajidos, indios y cualquier imprevisto que pudiera surgir en el viaje o en las postas, donde los pasajeros y el personal podían comer, descansar un rato, revisar o reparar el carruaje y cambiar la recua de caballos.

Todo sobre el Oeste (Serie 7), recortable dibujado por Sergio Toppi
Gaceta Junior nº 17 (1968). Colección Miguel Ángel Ferrer
Fotografía: Pedro Delgado

 El otro medio para transportar el correo, de un lado a otro del continente americano, era el Pony Express, servicio de correos entre Missouri y California que funcionó, bajo la gestión de la misma Wells Fargo, desde abril de 1860 hasta el 26 de octubre de 1861, y en el que los jinetes tardaban menos de diez días en recorrer 3.164 kilómetros, deteniéndose regularmente en postas donde relevaban al caballo o al jinete y al caballo.

Todo sobre el Oeste. Gaceta Junior nº 17 (1968)
Colección Miguel Ángel Ferrer
Fotografía: Pedro Delgado

 Hay una acuarela fascinante del estadounidense Leonard Howard Reedy (1899-1956) que muestra muy bien el arrojo de estos jinetes.

Acuarela de Leonard Howard Reedy, sin título
Fotografía: Invaluable sold at Auction

 Realmente había que ser muy aguerrido para trabajar en ambas compañías, pues muchos eran los peligros a los que se veían sometidos durante los desplazamientos, cruzando a menudo territorio indígena.

 Una leyenda como Wyatt Earp fue copiloto de la compañía Wells Fargo en Arizona, y el famoso James Butler Hickok, más conocido como Wild Bill Hickok –explorador militar y hombre de ley en varias ciudades de Nebraska y Kansas–, trabajó en el Pony Express.

Wyatt Earp y Wild Bill Hickok 

 En 1866, el ferrocarril comenzó a hacerle la competencia a las diligencias como medio para transportar las nóminas a través del país, y con la paulatina sustitución de estas y con la unión de los dos ramales ferroviarios, el de la Union Pacific y el de la Central Pacific, en Promontory (Utah) el 10 de mayo de 1869, llegó el ocaso y la desaparición de las diligencias. Al igual que el Pony Express sucumbió al telégrafo cuando este fue capaz de llevar las comunicaciones de costa a costa.

 Curiosamente, Wells Fargo sigue existiendo en la actualidad como una firma de servicios bancarios y financieros exitosa e influyente, que era su cometido inicial, pues Wells, Fargo & Company era en su origen proveedora de servicios bancarios y entregas esprés. Fue la fiebre del oro, desatada en California en 1848, en la que los afortunados buscadores se vieron en la necesidad de transportar con garantías de seguridad su preciado botín, la que hizo entrar en escena a las diligencias.

Jim Sharpe, agente especial de la Wells Fargo
Wells Fargo + Pony Express (Laramie)

 Afortunadamente, el Oeste es el marco de un sinfín de historias recogidas en relatos, novelas, tebeos y tiras de prensa que demandaba todo el mundo, y que ahora nos traen de vuelta editoriales como Valdemar Frontera o Laramie Ediciones.

 En Wells Fargo + Pony Express, Laramie Ediciones ha rescatado muchas de las tiras de prensa del escritor y guionista británico Kelman D. Frost (Kent, 1899-Bournemouth, 1972) y del dibujante Don Lawrence (Londres, 1928-2003). El primero alcanzó cierta fama como escritor de libros infantiles, novelas juveniles como Son of the Sahara, Stallion of the desert, The Cobra Strikes o Sahara Trail, e historias para revistas pulp.

 Y el segundo es reconocido por sus tiras de ciencia ficción y fantasía de El imperio de Trigan (The Rise and Fall of the Tigran Empire), que dibujó entre 1965 y 1976, y Storm.

Don Lawrence

El imperio de Trigan y Storm, dibujados por Don Lawrence

 Don Lawrence comenzó a trabajar el tema del western en el estudio de Mick Anglo, «una agencia que producía cómics del género western y de superhéroes para el distribuidor Len Miller». Posteriormente, Lawrence dibujó westerns para Zip, Swift y Sun. En las dos primeras publicó, entre 1958 y 1963, la serie Wells Fargo con los guiones de Kelman D. Frost, aquí traducidos por Miguel Sanz Jiménez.

Saloon Bar, ilustración de Don Lawrence

 Juntos, Kelman y Don fueron capaces de reflejar en sus viñetas la épica del salvaje Oeste y de estas míticas compañías del far West. El libro contiene historias, de 4, 5, 6, 7, 8 u 11 páginas, que no hay que leer del tirón, sino de a poco, para no empacharnos, deteniéndonos en los dibujos a tinta y plumilla del maestro Lawrence.

Wells Fargo (Laramie Ediciones)
Dibujos de Don Lawrence–Guión de Kelman D. Frost

 Así las he leído yo este verano, de una en una, pensando en lo que me hubiera gustado disfrutar de este tebeo cuando era un niño y jugaba con mi diligencia de Famobil (la actual Playmobil).

Viñetas de Wells Fargo, dibujadas por Don Lawrence (Laramie)

 El protagonista absoluto de los cómics de Wells Fargo es Jim Sharpe, agente especial de la compañía de diligencias, que vive las más diversas aventuras en Colorado, Utah, Wyoming, Nevada, California y Kansas, donde se enfrenta a robos, atracos, secuestros, accidentes, desapariciones, suplantaciones y tribus indias, entre ellas, shoshones, cheyenes, sioux, paíutes y comanches.

Viñeta de Wells Fargo, dibujada por Don Lawrence
Laramie Ediciones 

 Cada página semanal se abre con un minúsculo resumen de lo ocurrido y se cierra con una exhortación o animación a proseguir la lectura la siguiente semana, rematando a su vez el fin de la historia con un «La próxima semana empieza otra aventura trepidante de Jim Sharpe. ¡No te la pierdas!» o un «Jim Sharpe se enfrenta a nuevos peligros la próxima semana. ¡Acompáñalo!».

Viñeta de Pony Express, dibujada por Don Lawrence
Laramie Ediciones

Viñeta de Wells Fargo (Laramie Ediciones)
Dibujo: Don Lawrence / Guión: Kelman D. Frost

 Como nos cuenta Steve Holland en el extenso artículo que cierra el libro, el origen de estas tiras de prensa está en el programa de la BBC Tales of Wells Fargo, emitido desde el 1 de junio de 1957 hasta 1963.

El programa estaba protagonizado por Dale Robertson interpretando a un "solucionador de problemas" para la empresa Wells Fargo y muchos de los episodios fueron escritos por el creador del programa, Frank Gruber, que combinaba dos grandes talentos como novelista del "Oeste" y escritor de guiones de cine y televisión, habiendo escrito previamente episodios de "The Texan", "Lawman", "Colt.45", "Zane Grey Theatre" y "The life and Legend of Wyatt Earp", además de crear la serie "Shotgun Slade". Otros novelistas aportaron su talento al programa, entre ellos Peter Germano, Samuel A. Peeples, Borden Chase, Steve Fisher y Sam Ross. Con un plantel de escritores tan talentoso, no es de extrañar que la serie fuera un paso adelante respecto de muchas de sus contemporáneas.
Dale Robertson en el papel de Jim Hardie
Tales of Wells Fargo (BBC)
Fotografía: L. J. Willinger / Getty Images
***
El programa inspiró la aparición de Wells Fargo en forma de tira cómica. Aunque no se indica, parece probable que el autor (Kelman Frost) tuviera en mente el período de principios de la década de 1860 para sus historias, la era en la que Wells Fargo usaba la ruta central para transportar correo y pasajeros entre Salt Lake City y California. [...] La precisión histórica y geográfica no era su principal preocupación. Con la intención de contar una buena historia, todas las diligencias que aparecían en la serie se identificaban con Wells Fargo a pesar de que usaran rutas que, en la realidad histórica, eran utilizadas por otras compañías. En uno de los relatos nos enteramos de que "Sterling es una ciudad ganadera a medio camino de Fort Morgan" desde Julesburg, lo que no era el caso; el ferrocarril visto en otra historia solo llegó a Julesburg en 1867 y es poco probable que Jim estuviera explorando un sendero desde Denver a Dodge City, ya que esta ciudad no comenzó a existir hasta 1872.
"¡Por Dios y por Wells Fargo!". Cómo Wells Fargo y el Pony Express unieron el este y el oeste de Estados Unidos
Steve Holland

 En Pony Express el protagonista es Clint Clandon quien se encarga del rancho Júpiter desde que su padre falleció. Tras el robo de todos sus caballos por unos cuatreros, Clandon decide hacerse jinete del Pony Espress para que su familia no tenga que vender el rancho y mudarse al pueblo.

Viñetas de Pony Express, Laramie Ediciones
Dibujos: Don Lawrence. Guión: Kelman D. Frost

 A caballo, cargando con las alforjas del correo de estafeta en estafeta, Clint vivirá diversas aventuras en las que continúa destacando el dibujo y el entintado de Don Lawrence.

Viñetas de Pony Express, con dibujo de Don Lawrence
Laramie Ediciones

 Son cuatro historietas de entre 9 y 11 páginas en las que también cobra cierto protagonismo Hester, la hermana gemela de Clandon, que se muestra igual de intrépida que él.

Viñeta de Pony Express, dibujada por Don Lawrence
Laramie Ediciones

 Los dos bloques de historietas suman un total de 216 páginas en blanco y negro, editadas en tapa blanda con solapas. La imagen de la portada está sacada de una de las viñetas de Wells Fargo, correspondiente a una trepidante y algo rocambolesca aventura en la que la diligencia tendrá que ser transportada por el río encima de una rudimentaria balsa, acosada por los indios desde las orillas. En ella viaja Doc, el médico del pueblo, al que espera el hijo, muy enfermo, de un coronel. ¿Llegará la diligencia a tiempo?

Páginas 54 y 55 de Wells Fargo+Pony Express (laramie Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

 Como curiosidad, apuntar que en las páginas 89 y 90 hay dos versiones de la misma escena. Si alguien conoce el motivo, le agradecería el comentario.

Pág. 89 de Wells Fargo (Laramie Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

Pág. 90 de Wells Fargo (Laramie Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

 En los años sesenta se publicaron en España algunos números de Wells Fargo y de Pony Express en el suplemento infantil del diario La Actualidad Española. Las páginas de la portada venían a color y las otras en blanco y negro.

Nº 64 de La Actualidad Española (SARPE, 1964)
Imagen: Jesús Piernas (Tebeosfera)

Nº 68 de La Actualidad Española (SARPE, 1965)
Imagen: Jesús Piernas (Tebeosfera)

 Por último, quisiera cerrar esta reseña alabando una vez más la apuesta de Laramie Ediciones por el wéstern. Que sigan cabalgando. Y nosotros con ellos.

Nota: Tres de las viñetas que se muestran en esta reseña han sido escaneadas por mí en blanco y negro, por lo que no se aprecia bien en ellas las gamas de grises de la edición de Laramie, cosa que sí se nota en las demás viñetas que han sido fotografiadas. 

martes, 23 de septiembre de 2025

DESPRENDIMIENTO DE RUTINA


Desprendimiento de rutina, de Pablo Aranda (Editorial Arguval, 2003)
Fotografía: Pedro Delgado

La primera semana de julio viajé a Gran Canaria para visitar a mi hijo mayor y conocer la isla en la que él había vivido y trabajado casi un par de años. Acababa de rescindir su contrato de piloto para trabajar en una nueva compañía con base en Málaga, de ahí que regresásemos juntos a casa.

 Viajar es desprenderse de la rutina, así que elegí la novela corta de Pablo Aranda Desprendimiento de rutina para el trayecto aéreo de ida y de vuelta y los ratos muertos en Las Palmas.

Desprendimiento de rutina en Lentini, Las Palmas
El Mejor bocata de pata asada de Gran Canaria
Fotografía: Pedro Delgado

 No había leído la novela en su momento, en 2003, cuando obtuvo el Premio Diario Sur de Novela Corta, así que la leí como si fuera una novedad. Acerté de pleno, pues la novela es de lo más entretenida y divertida, conteniendo sus páginas la ironía y el humor inteligente que lo caracterizaban.

 Eligió un chiringuito de El Palo al que había ido algunos domingos con su padre, cuando era niño. Creyó reconocer en un camarero viejo con una camisa blanquísima al amigo de su padre que siempre les había atendido.
 –Yo venía aquí con mi padre, cuando era niño –le comentó Luis al camarero.
 –Me extraña –respondió sin parecer darle mucha importancia a las palabras de Luis.
 –¿Qué le extraña?
 –Esto lleva abierto cuatro años.
 –Bueno, la verdad es que al que he reconocido es a usted y he supuesto que éste era el chiringuito donde comía con mi padre, sería otro de por aquí en el que usted trabajara hace años.
 –Yo he estado cuarenta años trabajando en Oporto, y llevo un par de años aquí. No da usted una.

 El protagonista es Luis, un caradura de 40 años que forma una pareja extraña con Marta, ella tan guapa y elegante y el tan barrigón, descuidado y mentiroso. «Ese tipo de vecinos que pide un sacacorchos y no lo devuelve nunca, o que reparte la propaganda que echan en su buzón entre los otros».

 Luis apuró la cerveza, se metió el último boquerón en la boca y se levantó. Estaba cerca del coche cuando oyó que alguien hablaba en voz alta, casi gritaba. Se volvió y vio al camarero viejo caminando ligero hacia él, se le veía muy agitado.
 –Se ha ido sin pagar, eso no lo voy a permitir.
 –Pero qué dice, hombre. Le he pagado al camarero ése que parece un niño, el de las espinillas. Encima que no he esperado ni el cambio va a venir gritándome por la calle como si fuera un, un nosequé.
 –Ah, ¿le ha pagado a Paquito? –el camarero viejo se había quedado perplejo–. Perdone, yo no sabía, es que cada uno suele cobrar las mesas que lleva. Disculpe, señor.
 Luis no dijo nada y siguió hasta su coche. El camarero viejo se quedó un rato allí parado en la acera antes de regresar al chiringuito, sin saber dónde meterse. Al entrar en el coche, Luis masculló: no hay nada como comer sin pagar un duro, nada.

 Sin embargo, a mí, como lector, este pícaro comienza a caerme bien desde muy pronto, desde que se pone el pijama, enciende la tele y aparece Alan Ladd en el western favorito de mi padre.

Raíces profundas (Shane, 1953)

 Alan Ladd ayudaba a un granjero, trataba de dejar atrás su vida de pistolero. Pero la música y la presencia del terrateniente y sus secuaces, que pretendían echar del valle a los indefensos campesinos, presagiaban que Alan buscaría su revólver. Os vais a enterar, cabrones, dijo Luis. Ya veréis, os vais a enterar.

 Pero dejemos a un lado a Alan Ladd y a Jack Palance en Shane (Raíces profundas) y vayamos al comienzo de la novela: Luis delante de una tapa de tortilla y una cerveza, posponiendo unos informes urgentes que tiene que entregar a la mañana siguiente a su jefe.

De la cocina salió una voz ronca pronunciando un nombre confuso, casi gritando, y al momento el camarero del bigote se acercó y recogió una fuente pequeña que depositó en la barra, justo delante de Luis. Luis observó la tortilla humeante, muy gruesa, y pensó que acababa de entrar en el proceso imparable –y ante el que no cabía oponer resistencia– que culminaría en una siesta al llegar a su casa. No se trataba de una cuestión sin importancia, pues esa tarde había planeado dedicarla a terminar en la oficina unos informes urgentes que se suponía entregados hacía casi una semana y cuyo plazo de presentación cumplía la mañana siguiente.

 La susodicha mañana, Luis llega tarde al trabajo tras dejar el coche en doble fila. En la oficina se encuentra con un ambiente festivo: la empresa va a invitar a desayunar por haber entregado todos a tiempo los informes. Está en juego una subvención que Luis ya sabe que no cobrarán.

 En una huída hacia adelante, el cúmulo de mentiras de Luis en su trabajo lo irá enredándolo todo, metiéndolo en un atolladero de difícil salida. Y si en la oficina pinta mal la cosa, en casa pinta peor con Marta, que está de lo más rara últimamente.

 Para colmo, influenciado por una película de serie negra que ha visto en la tele, se obsesiona con querer contratar a un detective –primero sin un propósito claro y luego porque teniendo información se tiene poder–, sin sospechar el terremoto que va a provocar en su vida dicha acción. En su vida y en la novela, pues esta se torna de repente en una novela de detectives. O mejor dicho, en una parodia de dicho género, con una serie de carambolas o casualidades disparatadas propias de las comedias de enredo que, para regocijo del lector, se suceden página tras página.

 Sobre la mesa había un ordenador apagado y papeles mal agrupados. Un lapicero, un escudo del Real Madrid, un teléfono y un libro donde se leía en letras mayúsculas UNED. El detective le tendió la mano desde el otro lado de la mesa cuando Luis estuvo sentado.
 –Isidro, –pronunció en voz baja al tiempo que le apretaba la mano, a modo de presentación.
 – Usted dirá –añadió.
 –Bueno, yo –dudó Luis –quería encargarle un caso.
 –Su mujer.
 –No.
 –Un empleado suyo.
 –No, bueno, en cierta manera sí.
 –Cómo se llama.
 –Ramón Darajas, es director provincial de la empresa Cutresa en Málaga.
 –¿Le interesa algún pormenor de su vida laboral o más bien lo que hace de oficinas para fuera?
 –De oficinas para fuera.
 –¿Cree que él puede tener algún motivo para sospechar que alguien vaya a investigar algo sobre él, a seguirle?
 –No, no creo.

 Como en todas las novelas de Pablo, lo más importante son los personajes, las cosas que les pasan y por qué les pasan. Y que todo eso se desarrolle en Málaga. Entre los escenarios que aparecen en Desprendimiento de rutina están la calle Carretería, donde se encuentra la oficina de Luis y el bar que regenta Charly, al que van a desayunar; El Palo y Pedregalejo, con sus chiringuitos; la Alameda de Capuchinos; la calle Cristo de la Epidemia, con el kiosco en el que compra el periódico y el bar Los Vikingos, en el cual suele tomarse un café con leche y unos churros; la calle Eugenio Gross, en la que está la oficina del detective privado; y el pueblo de Macharaviaya, a donde lo catapultan de una patada en el culo.

La calle Eugenio Gross en Desprendimiento de rutina
Fotografía: Lucía Rodríguez

 –¿Luis? ¿Dónde estás? –estaba enfadado don Ramón.
 –Llevo desde las siete y media intentando hablar con usted. Es que no me han dado la dirección del almacén en Macharaviaya.
 –Me da la impresión de que no comprendiste bien eso de que no quería volver a verte, también me refería a no querer oírte. Escúchame bien: Macharaviaya son dos calles, eso sería suficiente para alguien con un cociente intelectual normal, por ser tú te diré que está junto al restaurante Las Piedras y que a las nueve debías haberte incorporado.
***
 Los catorce kilómetros de autovía los recorrió Luis soñoliento y dejándose envolver por la extraña luz de esa tarde de septiembre. El día había cambiado, ahora unas nubes densas y de un gris oscuro dejaban extraños claros por los que se colaban rayos de luz que alargaban las sombras y dotaban de gran luminosidad los cuerpos que iluminaban. Eran casi las cinco de la tarde cuando llegó al desvío para Macharaviaya: todavía siete kilómetros más. La primera parte era una carretera antigua y estrecha, llena de curvas. Los últimos tres kilómetros acababan de ser asfaltados y la carretera ensanchada. Al llegar a una curva se vio el pueblo, efectivamente consistía apenas en dos calles. Un poco más allá, a la izquierda, al noroeste, las otras dos calles de Benaque.
 –Bueno, ya estamos aquí –murmuró Luis, tratando de emular las célebres palabras que, según don Fernando, el profesor de latín de su colegio, dijera César al cruzar el Rubicón.
 Detuvo el coche en una plaza a la entrada del pueblo en la que había una piedra de molino. No quiso aventurarse con el coche porque las calles tenían mucha pendiente y temía que no desembocasen en una salida. Se acercó a tres señoras mayores que estaban sentadas en un banco, pero antes de abrir la boca, cuando todavía estaba a unos metros de ellas, habló la que parecía más vieja:
 –La casa de Salvador Rueda está en Benaque.
 –¿Salvador Rueda? –preguntó Luis extrañado.
 –Sí, es en Benaque.
 –No, yo busco a otro señor. Vicente.
 –¿El del almacén de aceitunas?
 –Sí –afirmó Luis desengañado, pues estaba a punto de decir lo de Área de Gestión Rural.
 –Está ahí mismo, baje por esta calle de aquí, la avenida de los Gálvez. Al Vicente lo va a encontrar en la taberna El Candil.
 La avenida era una calle estrecha con casas a un lado y un cortado al otro. Al comienzo estaba el restaurante Las Piedras. Después del restaurante había un garaje con la puerta metálica levantada. Luis se asomó: era un local grande sin apenas luz. Olía a humedad y a aceite. A los lados tenía apiladas cajas de cartón en las que se leía Cutresa, por lo que supo que ese garaje era el edificio de oficinas que había imaginado la noche anterior. Al fondo descubrió la luz mortecina que despedía la bombilla cubierta de polvo de un flexo gris.

 También aparece la calle Bolivia; el Peñón del Cuervo; el parque cementerio de Málaga, arriba de cuyas escaleras se agolpa la gente delante de la puerta de la capilla principal; y Miraflores de los Ángeles.

La calle Bolivia, de Málaga, en Desprendimiento de rutina
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Cuando regresó a calle Bolivia había una pareja de policías locales en moto detenidos junto a su coche. No le reconocieron. Uno que iba sin afeitar y mascaba chicle le preguntó si el coche era suyo:
 –¿El coche es suyo? –preguntó, como ya he dicho que hizo.
 Detrás, junto a la marquesina del autobús, la señora de antes sonreía satisfecha.
 –Sí, es mío.
 –Migue, que el coche es suyo –le comentó al otro agente, que trataba de sacarse el casco– yo creo que no se ha enterado de que este sitio es para los del reparto. Le voy a poner una multa que se le van a quitar las ganas de conducir por un tiempo, ¿eh, Migue?
 –Di que sí.
 –Perdonen, pero yo soy del reparto. Les agradezco que luchen contra los que aparcan en estas zonas, hace un momento precisamente un imbécil que se cree que la ciudad es suya había estacionado en doble fila y no he podido salir en un rato.
 –Pero usted tiene un turismo normal y corriente –dudó el agente sin afeitar y que mascaba chicle.
 –Es que tengo la furgoneta en el taller. Pero qué voy a hacer si no aquí a estas horas, vengo de entregar dos cajas de sardinas a Rodrigo, el del chiringuito de ahí delante, en la playa, pregúntenle.
 –¿Qué hacemos, Migue?
 –Perdonen pero les tengo que dejar, es que me van a cerrar la lonja. En serio, pregúntenle a Rodrigo.
 –Está bien. Váyase.
 Luis le dijo adiós con la mano a la señora, que se había puesto seria de repente. En el parabrisas empezaron a caer las primeras gotas. En Málaga nunca nieva.
***
 A la altura del Peñón del Cuervo, justo después de dejar atrás las últimas casas de El Palo, antes de llegar a la fábrica de cementos, el motor hizo un cric casi imperceptible y fue parándose. Don Ramón giró el volante y detuvo el coche en el arcén, joder, vaya día de mierda, todo me tiene que pasar a mí.
Playa de El Peñón del Cuervo con el túnel y la fábrica de cementos
Fotografía: Pedro Delgado
***
 En lugar de volver por el camino más corto hasta su casa, es decir, caminar los metros que separaban su portal del bar de Luis, Isidro dio una vuelta completa a la manzana, callejeando después sin rumbo hasta llegar a Miraflores de los Ángeles. En una placita rodeada de edificios altos e iguales, de coches dando otra vuelta para encontrar aparcamiento a ritmo de claxon, niños con mochilas cargadas de libros que se perseguían, Isidro se sentó en un banco.
 –Oiga, perdone –Isidro levantó la cabeza y vio a un joven en camiseta interior de tirantes con los brazos tatuados.
 –¿Cómo?
 –No se lo tome a mal, pero ¿es usted policía?
 –¿Yo? No, no, yo no.
 –Es que verá, nosotros no somos mala gente –señaló a otro banco en el que había otros cinco o seis muchachos y un perro de presa– pero de vez en cuando nos gusta fumarnos un porrillo, ya sabe, uno solo ni marea ni nada, es solo para pasar el rato.
 Isidro no entendía lo que pretendía el joven. Sus maneras educadas alejaban la posibilidad del robo, aunque a lo mejor pretendía hacerlo por las buenas, una suerte de impuesto revolucionario. Se fijó en uno de los tatuajes del brazo musculoso y después le miró a los ojos con cara de no comprender.
 –Verá –continuó el joven, mirando un instante a su grupo para darse ánimos– es que si viene alguien y quiere fumar de nuestro chocolate a nosotros no nos importa, ¿sabe?, eso sí, tiene que pagar su parte, que tontos no somos.
 –Yo no voy a fumar –aclaró Isidro.
 –Si no es eso. Es que con su pinta de policía aquí sentado pues no se va a acercar nadie a comprar nada, ¿me entiende?
 –¿Entonces?
 –Pues que si no le importa, podía usted sentarse en un banco del parquecito que hay más abajo, o tomarse un café en el bar de la esquina. Es que con su pinta de policía espanta a todo el mundo.
 –Bueno –Isidro se levantó.
 –Muchas gracias, agente, digo, señor.

 Como curiosidad, anotar que en Desprendimiento de rutina aparecen de refilón dos de los personajes de La otra ciudad, su primera novela: Rafa, profesor de ética en un instituto, y Maribel, la novia de éste.

 Y, como es normal tratándose de Pablo, no podía faltar un perrete, en este caso en un paraje tan significativo como El Peñón del Cuervo y el túnel de la antigua carretera de Almería, lugar de memoria histórica.

Túnel de la antigua carretera de Almería, lugar de memoria histórica
Fotografía: Lucía Rodríguez

Fábrica de cementos de Málaga
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Isidro giró a la derecha y fue hasta la playa del Peñón del Cuervo. Allí dejó el coche. La playa estaba repleta de gaviotas que iban alzando el vuelo a medida que se aproximaba un perro blanco y gris que corría por la orilla, girando a veces la cabeza para asegurarse de que su amo no se había ido. Recorrió a pie el túnel que le separaba de la carretera, al salir se encontró con el esqueleto de metales retorcidos de la fábrica de cementos. Anduvo hasta la autovía y caminó por el arcén en dirección a Málaga hasta que creyó estar en el lugar exacto en el que el directivo de la empresa Cutresa había sido atropellado. Después de unos minutos de detenida observación encontró un bolígrafo y unas monedas, seguramente habrían salido de alguno de los bolsillos del atropellado. Recordando las lecciones del médico forense, en las aulas donde estudió los tres cursos de Criminología, buscó rastro de un frenazo brusco: no había. Empezó a aceptar que el caso que le habían encargado no solo era el más arriesgado que había tenido hasta entonces sino que se excedía de su preparación e incluso ambiciones. Tenía miedo. Esa misma mañana, en el cementerio, habían ido a por él. Prefería no pensar qué habrían hecho si lo hubieran atrapado.
 Estaba en cuclillas intentando averiguar si una mancha oscura podía ser sangre cuando oyó el motor de un coche que todavía no podía ver. Se inquietó al pensar que tal vez ese sonido fue el último que oyó el hombre antes de ser atropellado hacía veinticuatro horas. Se puso de pie de un salto. Empezó a temblar al reconocer al coche amarillo que había golpeado en su acelerada huida del cementerio.

 Por último, no puedo cerrar esta reseña sin destacar su final alegre y esperanzador, marca de la casa, que dice mucho de la sensibilidad y la ternura con la que Pablo trataba a sus personajes, algo que, en su día a día, hacía extensible a todo el mundo.

martes, 16 de septiembre de 2025

V CERTAMEN DE MICRORRELATOS PABLO ARANDA

La final de los mil quinientos ha sido preseleccionado en el V Certamen de Microrrelatos Pablo Aranda que organiza el diario SUR.

 Mi escrito fue publicado en el periódico el pasado 9 de agosto, requisito indispensable para poder optar a los premios finales de este certamen que se fallará el 6 de octubre en la sede de Cervezas Victoria.

 El texto es un claro guiño a Pablo, con el que solía hablar de atletismo y de viajes. En él aúno el humor fino que le caracterizaba con la prueba atlética que más le gustaba: los 1500 metros.

V Certamen de Microrrelatos Pablo Aranda
Microrrelato publicado el 9 de agosto de 2025 en el diario SUR de Málaga

 Desde aquí les invito a compartirlo. También a volver a la obra de Pablo, un escritor con una voz personalísima al que nunca vamos a olvidar.

V Certamen de Microrrelatos SUR en homenaje a Pablo Aranda

viernes, 1 de agosto de 2025

LA OTRA CIUDAD, DE PABLO ARANDA


La otra ciudad, de Pablo Aranda (Espasa Calpe, 2003)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Por motivos que no vienen al caso, estuve sumergido unas semanas del mes de junio en las páginas de La otra ciudad (Espasa Calpe, 2003), del añorado Pablo Aranda.

 Paco va hacia el río, la perra a su lado. Le gusta pasearla por el río porque allí todo está tranquilo, apenas hay gente. Aunque le agobia un poco caminar por el valle, el cañón que es el cauce de un río seco: altos muros a los lados. El río es un paréntesis de la ciudad, un respiro, sin casas, sin coches, sin gente. A veces, debajo de uno de los puentes, verá Paco a las viejas glorias del barrio, los jóvenes emprendedores que trabajaron la plaza antes que su hermano Manolo, miembros de la generación anterior que, solidarios, han cedido su puesto de venta en la plaza para dedicarse –tras algunos años de intensa vida laboral en el campo del trapicheo– a deambular, a buscar la forma de conseguir dinero para conseguir la dosis que les dé fuerzas para buscar la forma de conseguir dinero, a entrar y a salir de la cárcel, a ir perdiendo la compostura y los últimos atisbos de dignidad, a bajar al río a fumar chiné cuando ha habido suerte, mientras Paco ya va creciendo y va dejando de ser aquel niño que jugaba cuando eran ellos los reyes del efímero imperio de la plaza, Paco que pasará junto a ellos acompañado de un perro enano y negro que no se separa de él, Paco que pasa y les mira un instante con indiferencia, casi como si no estuvieran, igual que ellos que ni le miran, como si no pasara Paco que va creciendo y baja al río a pasear a la perra, porque allí, en el río, se está tranquilo, sin gente, sólo a veces dos o tres fumando, sombras de ellos mismos, humo.
***
 Se estaba bien en el río, en calma. Ya estaba oscureciendo. Paco bajaba casi todos los días, a esa misma hora o un poco más tarde. A veces, solos Richa y él, otras los cuatro, otras él solo. Meses más tarde dejaría de ir al río, desde el encontronazo que tuvo con uno al que confundió con su hermano. Entonces cambió el río por El Ejido, que también era tranquilo. Lo malo del Ejido era que para subir hasta allí tenía que andar un trecho más que para el río, pero una vez allí se estaba hasta mejor, sin la leve claustrofobia de los muros del cauce que impedían ver casi todo lo que había más allá de los muros, dando la impresión de que no existiera el otro lado, sólo ocultándolo; era ésta una sensación que notaría Paco después, cuando ya no iba al río.
***
 Caminaba despacio Paco y la perra junto a él. De cuando en cuando se acercaba, la perra, a algún arbusto a olisquear y volvía correteando. Por la noche, y los sábados y domingos durante todo el día, era mejor ir al Ejido, mejor que por la mañana. Por la noche no había nadie. El Ejido es como una isla, un monte sin habitantes en el centro de la ciudad, sin viviendas al menos alrededor de aquel parque flanqueado por el instituto y por varios edificios de la universidad que quedaban desiertos por la noche. Entonces, de noche, aparecía Paco por el parque que hacía un rato había cruzado Rafa, un parque por el que a esas horas sin luz no se atrevían a pasar ni los que vivían en las calles de atrás, al otro lado de las escuelas y facultades de la universidad. Era muy grande el parque cuando no había nadie. Llegaba Paco hasta las puertas del instituto por el que tantas veces había entrado y allí se daba la vuelta: frente a él árboles frondosos rodeados de tierra, atrás el instituto y un teatro, a la derecha edificios de la universidad, paredes viejas que se repetían también a la izquierda, fachadas sucias de una universidad que crecía a varios kilómetros de allí, al frente nada.
Parque de El Ejido, Málaga
Fotografía: Pedro Delgado

I.E.S. Cánovas del Castillo "El Ejido" junto al Teatro Auditorio
Fotografía: Pedro Delgado

 La otra ciudad fue su primera novela, y con ella alcanzó la gloria literaria: fue finalista del Premio Primavera 2003 y recibió un adelanto de la misma editorial para escribir su siguiente novela. Con ella, el sueño de ser un escritor profesional, de poder vivir de las letras, se le hizo realidad. Él lo aceptó gustoso, pero sin aspavientos. Aquello le cambió la vida, pero no su forma de ser. No se convirtió en un ser engreído y vanidoso, si no que siguió siendo el mismo Pablo de siempre: cercano, afable, buena gente, «corazón blanco» que le dijo aquel argelino.

Pablo Aranda fotografiado por Julián Rojas

 Yo no había leído sus dos primeras novelas, y me sorprendió encontrar ya en esta primera la madurez, el estilo y los temas de las posteriores. En las cerca de trescientas páginas de La otra ciudad ya asoman los grandes momentos literarios de Pablo: lo personal de su estilo y su voz; la construcción no lineal del relato con esos saltos en el tiempo; las repeticiones sobre las que se cimienta la historia; el monólogo interior que da acceso al flujo de conciencia de los protagonistas; los personajes en el centro de la trama; la inmigración; la mirada social, reflejando la vulnerabilidad de esos personajes que están un tanto al margen de la sociedad y a los que trata con ternura; y la ciudad como escenario real por el que estos se mueven. Todo ello, marca de la casa.

 La novela abarca un arco temporal grande, por lo que hay días de lluvia y de terral en Málaga, y críos que se hacen hombres y mujeres débiles que se hacen fuertes.

 El personaje principal de la novela es Paco, un tipo introvertido y sensible en todas sus variantes: porque a ratos tenemos al Paco adolescente que va al instituto de formación profesional, y en otras al Paco adulto que trabaja en el taller de mecánica de Ramón y espera un hijo de Nadia, una inmigrante marroquí –o bereber, que preferiría decir ella– con la que se ha arrejuntado.

–¿Bereber?
–Sí, aquí somos todos moros, y en los libros somos todos árabes. Asun, ya la conoces, la del curso de mujeres, también hablaba de árabes, pero yo no soy árabe, soy bereber, y en Marruecos, cuando vivía con mi tía, hablábamos en bereber.
–¿Y con tu padres también?
–No, con mis padres en una mezcla de árabe y de bereber.
–¿Y con tus amigos?
–En árabe. En una ciudad grande casi todo el mundo se entiende en árabe.
–Y cuando tú eras chica vivías en el pueblecito ese de las montañas, con todos los bereberes.
–No –sonrió Nadia, le enternecía la ingenuidad de Paco, su dulce ignorancia, su infantil curiosidad cuando estaba con ella, el privilegio de conocer a un Paco hablador, sólo de puertas hacia dentro–, mi madre se fue del pueblo cuando se casó, mi padre ya vivía en la ciudad.

 Y junto a ellos tenemos a la familia de Paco: su padre, Manolo, señor de la barra, siempre acodado en la del bar del Chato, alcohólico; su madre, Encarnación; su hermano Manolo, señor de los futbolines, que es el chulo del barrio, cinco años mayor que él, con el que no se habla desde que le dio una paliza por cogerle una camiseta de su armario, un tipo mal encarado y violento que acabará malamente de adulto; y su hermana Lucía, que tiene un churumbel, Ismael, abandonado por su padre antes de nacer. Lucía e Ismael, pendientes de la trabajadora social, con los que Pablo abre el primer capítulo del libro.

Llueve en la ciudad. Primero poco, gotas dispersas. Alguien dice me ha caído una gota y nadie le hace caso hasta que otro añade a mí también. El suelo va llenándose de círculos negros, despacio, cada vez más. Lucía coge al niño de la cintura rodeándolo con el brazo, le aprieta y el niño se queja. Espera, mi vida, le dice, vamos a recoger las sábanas. Piensa que podía haberlas recogido esa mañana porque seguramente ya se habrían secado. Mientras deja al niño en el suelo diciéndole, gritándole, de aquí no te muevas, a ver si me dejas recoger lo que tendí ayer antes de que esté empapado del todo, coño con la lluvia que tenía que empezar a llover justamente ahora, para que se me mojen los trapos, no podía haberse esperado hasta mañana. Mientras deja al niño en el suelo va quitando las pinzas –algunas las sujeta con los labios– y toca para ver si vale la pena descolgar la ropa, que se ha mojado muy poco. Está cansada, todo lo hace con prisa. Y encima el niño. El niño que requiere toda la atención del mundo, a ver si me conceden ya el pase ese para poder dejarlo en una de las guarderías del ayuntamiento, cuánto tiempo esperando, y encima me dará pena cuando lo lleve, seguro que lloro yo más que él la primera vez que pase toda la mañana allí, con los otros niños y con las encargadas, que no me creo yo que les importe mucho cuando un niño se ponga a llorar y a lo mejor, cuando se caga uno, lo dejan un rato antes de limpiarle el culo al pobre, como le pasó al niño de la Juana, que vino con el culo escocío el pobrecito mío que es que se le quitan las ganas a una de dejar al niño con nadie, porque la verdad es que mejor que con su madre no va a estar en ningún lado, eso que no me lo discutan, pero una no puede llevarlo todo para adelante, imposible, si por lo menos me durmiera bien, mira, pero así como duerme que es que da hasta pena verlo, tan chiquitito y con esas lloreras por la noche, angelito, pero ojalá me den el permiso para la guardería, yo creo que sí me lo van a dar, y muy pronto, que me lo dijo la trabajadora social que es muy apañada la chiquilla y me dijo que volviera el jueves y que a lo mejor ya me lo ha conseguido porque ella sabe muy requetebién que no tengo ni un duro y además si dejo al niño por las mañanas puedo ir al sitio ese, donde me dijeron que necesitaban una mujer para limpiar las escaleras y también podría echarle una mano a Nadia, que tiene que estar a punto de parir.

 Además, están los amigos del instituto de Paco, donde estudia un módulo de mecánica: Richa, Fali y Pelusa, la pandilla con la que compartir cháchara y batidos de litro de chocolate como si fueran de cerveza, y con los que, ya de adulto, camina hacia el Materno una tarde de agosto. Cruzar todo el barrio y más, bajo un sol imponente, para llegar al hospital donde Nadia va a dar a luz.

 Andan rápido los hombres. Dejan atrás un callejón que da a otro descampado. Es imposible caminar en línea recta: tienen que esquivar montones de escombros. Mira Paco hacia los lados, sin aminorar el ritmo que él impone.
 –Esto eran casas –murmura, y nadie le contesta, lleva todo el rato así, hablando para él mismo, en voz baja, como si pensara, por eso los otros le miran de reojo y siguen caminando, sin decir nada.
 Paco se mira de nuevo las manos de grasa. Ya se ha quejado varias veces, mierda, se me ha olvidado lavarme las manos con las prisas, me las tengo que lavar. Van sudando. El sol pega fuerte, arriba, sin dejar lugar a las sombras, vertical. Los cuatro hombres andan deprisa, Paco el primero. Todos en un silencio que sólo rompe de cuando en cuando Paco en voz baja, para comentar algo sin mucho sentido, para quejarse de las manos llenas de grasa. Serán las cinco. No se cruzan con nadie.
***
 –Paco, espera –le dice Fali.
 Paco se para, se vuelve, interrogándole con la mirada.
 –Vamos a subir un momento a casa de mi tía que vive aquí, para beber agua y si quieres te lavas las manos.
 Le sentó bien el agua fría, lavarse al fin las manos y la cara, meter la cabeza debajo del grifo y salir con el pelo chorreando. Darle las gracias a la tía de Fali que le decía ya verás como todo sale bien, y bajar de nuevo de dos en dos los escalones, seguido de sus amigos. Volver a la calle caliente, sola, dudar un momento si torcer a la izquierda o seguir recto. Continuar.
 –Ya falta menos –dijo Richa.
 Un perro diminuto salió de una casa y les siguió unos metros ladrando. Ahora, cruzando un nuevo descampado, los cuatro en línea. Fali, muy delgado, el más alto; Pelusa con el pelo muy corto, casi rapado, patillas largas, bajo, fuerte; Richa grande y gordo, con melenas, sudando más que ninguno, con un aro en la oreja izquierda; Paco ni alto ni bajo, los músculos de la cara marcados. Juntos los cuatro. Adónde irán los cuatro, había gritado una señora del barrio al verles pasar. Adiós, Dolores, le contestó Pelusa.
 Dejaron atrás la calle Salamanca, el mercado, salieron a las grandes calles cercanas al río, al otro lado del puente pararon un momento sin haber dicho nada, en una sombra. Fali sacó un cigarro, pero no lo encendió, se lo puso en la oreja. Un poco más allá se veía el gris de los muros del hospital.
Calle Cruz del Molinillo con el mercado de Salamanca al fondo
Fotografía: Pedro Delgado

 Entre esos amigos del instituto también está Raúl, que en vez de mecánica estudiaba un módulo de diseño gráfico, pero que se juntaba bastante con ellos porque era de los que jugaba al fútbol, y que acabaría siendo policía nacional.

 Cuando terminó de estudiar Raúl se puso a estudiar más. No se le veía apenas, de su casa a la academia donde se preparaba, de la academia a su casa, de su casa al gimnasio o a correr y del gimnasio a su casa a estudiar más. Así un año entero hasta que un día llegó a los bancos, estás blanco Raúl, a ver si vas a la playa, tanto estudiar, que te vas a quedar ciego y se te va a olvidar cómo es la calle, les informó de que habían salido las listas, qué listas, las de ingreso, y les dijo que había entrado en la academia de policía y que se tenía que ir en un mes a Ávila, donde, por lo visto, hacía un frío que no veas en invierno y estudiaría dos años, y después sería un policía y todos le miraron como si fuera muy importante y Raúl les habló de las clases de tiro y del uniforme y del sueldazo que iba a tener todos los meses durante toda la vida, en serio, tíos, toda la vida.

 Y está Laura, de la que se enamoró platónicamente a los catorce años –antes de cruzarse en una gasolinera de Huelva con Nadia, cuando se averió el autobús de vuelta de un viaje de estudios a Portugal–.

[...] Solían comprarse un bocadillo cada uno en el bar del instituto y un litro de batido para todos. Se sentaban en la parte de atrás, donde los campos de deporte, y allí se iban pasando el batido. Se juntaban ocho o diez que no siempre eran los mismos, pero ya estaban los que se harían amigos incondicionales de Paco (al que acompañarían años más tarde en la odisea de cruzar los prados urbanos de casas, manzanas enteras arrancadas, en busca de Nadia). Éstos eran Richa, Pelusa y Fali. Los otros eran de la clase, o alguna muchacha de otro curso, pues en el módulo de mecánica prácticamente todos eran varones. A Paco le encantaban los recreos, estar allí sentado escuchando lo que otros contaban. Le gustaba saberse miembro de ese grupo, sentirse amigo de ellos, notar que todos le miraban de una forma extraña y bonita, como con respeto sin tener él que esforzarse por conseguirlo.
 Aquella mañana todo fue diferente para Paco. Estaban allí sentados, más o menos, los de todos los días. Había, además, uno de los miembros itinerantes: Laura. A Paco le sonaba su cara de antes del instituto, pero no sabía de qué. Solía andar con Juana, una vecina de Richa, y a veces se iban las dos con ellos en los recreos. Paco buscaba momentos cortos para mirarla sin riesgo de ser sorprendido: cuando estaba bebiendo de la botella de batido, cuando todos observaban algo que no estaba allí. Paco la miraba y se conformaba con mirarla.

 Y Rafa, apodado el «Cura», educador social y profesor de ética del instituto, enredado en la tarea de escribir un ensayo: La ciudad agresiva; Maribel, enfermera y pareja/expareja del primero; Asun, la trabajadora social; y Carmen, la vecina gitana a la que otro chulo de barrio, el «Gato», le hizo un hijo, Isaac, al que ella amamanta y cría con el miedo de que acabe pareciéndose a su padre, dieciséis años ya en la cárcel.

 A Carmen se le vino el mundo encima cuando una noche llamaron a la puerta y abrió Rosa, una sobrina suya que vivía en la casa, y entró al salón con la cara descompuesta que no tuvo que decir nada para que Carmen saliera a la puerta, envejeciendo varios años por el pasillo, donde estaba él, más delgado, más viejo, con el pelo largo y la misma mirada –por qué está tu marido en la cárcel, le había preguntado un día Paco hacía muchos años, cuando niño, no es mi marido, dijo ella, bueno, continuó Paco, el padre del niño, por qué está en la cárcel, insistió Paco, por hijoputa, contestó Carmen–, la misma mirada de siempre.
 –Qué haces aquí –dijo Carmen.
 –He venido a ver al niño.
 –¿Ahora? Hace once años que nació.
 –Ahora es cuando me han dado un fin de semana de permiso –dijo él con la voz distorsionada y un deje de mala leche.
 –No es el primer permiso, ¿por qué no viniste a verle las otras veces?
 –No pude.
 Y Carmen se le quedó mirando fijamente unos segundos y fue a cerrar la puerta de golpe, pero él puso el pie y de un empujón que casi tira a Carmen la volvió a abrir.
 –Te he dicho que he venido a ver al niño –dijo–, dile que salga o entro yo a por él.
 –Está acostado.
 –Pues levántalo.
 Entró Carmen sin cerrar la puerta, encontrando a Isaac incorporado en la cama porque ya le había avisado Rosa, su prima, está ahí tu papá, le dijo, y él no se lo creía, ¿mi padre?, pero si yo nunca he visto a mi padre.

 Y Mariló, la novia del hermano de Paco, Manolo el de los brazos fuertes que, ya de adulto y dueño y señor del barrio, trapichea con costo en la plaza.

 Sin olvidarme de Francis y Antonia, los vecinos de la casa de la familia de Paco. Personajes tiernos y entrañables que uno quisiera proteger, y que nacen del pozo que dejó en Pablo Aranda los dos años que trabajó de monitor en una residencia de enfermos mentales.

[...] Francis vivía en la primera planta, con su mujer, o su novia, Antonia. La gente de la calle decía que estaban locos. Él era gordo, con barba. Siempre que se cruzaba con alguien en las escaleras, o incluso en la calle, saludaba sin mirar, andando con pasos cortos, pesados, respirando dificultosamente, de la mano de Antonia que casi nunca saludaba, siempre mirando hacia abajo, a veces moviendo los labios, puede que hablando sola. A menudo Francis se soltaba de ella un momento y se dirigía a alguien para pedir tabaco.
 –¿Tiene usted un cigarro? –preguntaba. Y la gente, según le pareciera, le daba o no le daba.
 A veces se oían gritos bestiales de Francis en su casa y la madre de Paco solía comentar que en uno de esos ataques iba a cargarse a la loca, que lo que había que hacer era llamar a la policía y que se los llevaran de allí a un manicomio, que ella, la madre de Paco, ya tenía bastante aguantando al grupo de cuerdos que le había tocado para encima soportar a los locos, que se fueran al manicomio, coño, como había sido toda la vida de Dios.
 Al principio de irse a vivir allí Francis y Antonia, los niños del barrio algunas tardes apedreaban a Francis por ver si se ponía rabioso como decía Manolo, el hermano de Paco, que se apostaba a veces en su casa y lo único que conseguían era que se echara a llorar amargamente. Un día entró en el bar del Chato y cuando éste le preguntó qué te pongo, Francis contestó que es que los niños le estaban tirando piedras, llorando, y el Chato se debió enternecer porque salió a la calle y se fue para los niños con un palo a modo de porra que guardaba detrás de la barra y dirigiéndose a Manolo, que por aquel entonces tendría doce años y ya era el jefe de la cuadrilla, dijo algo así como la próxima vez que molestéis a este hombre os meto con el palo este en la boca y os mando a la playa y después venid con vuestro padre, que lo mando también a la playa. Ya no le apedrearon más. El Chato le invitó a un café aquel día y le dijo solamente ya está. A la semana siguiente apareció por la calle la trabajadora social y habló con algunas madres y algún que otro padre. Dijo inserción, enfermos mentales, comprensión, y dos o tres palabrejas más, pero lo que realmente entendieron los oyentes fue lo de si no habrá que ponerse serios. Todos dependían de una manera o de otra de ella: les arreglaba papeles, les incluía en la lista de los que recibían cajas de alimentos. Entre el Chato y la trabajadora social lograron el respeto para Francis y Antonia.

 Y junto a todos ellos, la ciudad de Málaga. Que no es otra que la suya. La Málaga de aquella época, llena de solares, con el centro histórico en pleno proceso de gentrificación –qué bien nos explica Pablo lo que significa esa palabra odiosa–. Una Málaga que ha acabado convertida, quién nos lo iba a decir, en un decorado para los turistas, una ciudad de cartón piedra que soporta una turistificación masiva que ha encarecido la ciudad y disparado el precio de la vivienda.

Descampado en el centro de Málaga, julio 2025
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Se había agotado la ciudad musulmana, los dos ejes que cruzaban la ciudad, de norte a sur, uno, y de este a oeste, el otro, y que convergían en una plaza ahora con fuente y banderas, donde muchos siglos antes los agricultores de los arrabales acudían a vender. Los ejes –las calles principales– que marcaban el diámetro que tenía la ciudad, rodeada de murallas que cerraban sus puertas al anochecer.
 Y lo que no eran las arterias de la ciudad –lo construido entre los ejes– era el laberinto de callejas que ahora terminaba, la distribución de manzanas arbitrarias en las cuales ya no daría sombra en las tardes de septiembre, cuando ya no sacaría nadie la silla a la calle para pasar las horas charlando, mirando a los niños. Ahora una mano poderosa cogía –¿arbitrariamente también?–, como si fueran las fichas de un juego, las casas, y dejaba vacíos los casilleros que habían ocupado, los prados urbanos, la ciudad muerta, la ciudad musulmana. Agotada.
***
El Balneario y su playa (Málaga, 9 de septiembre de 2024)
Fotografía: Pedro Delgado
El Balneario, donde estaba tomando café con Miguel como tantos años atrás, era, había dicho Miguel, la concentración en un espacio chiquitito de La Habana Vieja, una sucursal de Cádiz, de Argel, que ahora querían transformar.
 –Fíjate, Miguel, de esto no hablo en La ciudad agresiva, del Balneario, nos lo van a arrancar, y esto no es que sea también ciudad musulmana, esto es más. Esto es un rincón donde se refugia la esencia, mira estas columnas que por parecer romanas ya son romanas, que no sujetan nada, que son ruinas, y ese trozo de muro que da al mar y que tú dices que es La Habana, el malecón aquí concentrado, y lo dices tú que has estado allí.
 –Pero esto no es la ciudad agresiva, Rafa, esto es la ciudad agredida, la ciudad que no puede defenderse de una agresión.
***
Mercado de Salamanca, en el barrio de El Molinillo
Fotografía: Pedro Delgado
 Sólo Rosa reparó en la silueta que se recortaba bajo la puerta con arco de herradura del mercado. La inmensa luz de la calle chocaba justo en la puerta con la suave y fresca oscuridad del interior a los ojos del que entrara. En el pasillo de los puestos de pescado, hombres con delantales de plástico fuerte y botas de goma charlaban en voz alta, las manos grandes (algunas sosteniendo los botellines de un quinto de litro de cerveza) y rojas de abrir pescado introduciendo un dedo preciso que sacaba las tripas que iban a parar al cubo de basura. El tono era jocoso. Reían. La jornada había empezado pronto, muy pronto, para ellos, y ya podían permitirse el lujo de dejar solos los puestos un rato, las pilas de mármol cubiertas de hielo picado, perejil, y el pescado preparado, atendidos los comercios por las mujeres, esposas, madres, hermanas o, en aquellas pescaderías más grandes, por algún empleado que soñaba con tener algún día su propio negocio y por las noches se imaginaba llegando de la lonja con el pescado para su puesto, recreándose en el aspecto de su tienda, su empresa, pescadería Mi Ana, mientras ella, Ana, dormía junto a él, la respiración pesada, casi roncando. Reían los hombres sobre el suelo inclinado por ambos lados hacia un canalillo central que formaba un charco: ya habían pasado la manguera. La gente que compraba casi toda eran mujeres. Mujeres que hablaban también a voces. No, sardinas no que son muy chicas. A cómo están las coquinas, niño. Ponme dos jibias, no, ésa no, la otra. Cómo está tu madre, dale un beso de mi parte, a ver si me paso una tarde a verla, la pobre. Dame seiscientas pesetas, y esto de regalo, para que no diga.
 Paco entró sin fijarse, bajó los escalones. Ya dentro, se detuvo unos instantes, su silueta todavía oscura, negra, él arriba, como un dios, como el pistolero de la película del domingo por la tarde, cuando volvió a la granja para vengarse [...].

 Una tarde, paseando por Carretería, Pablo le contó a su amigo César –el productor y director de cine Martínez Herrada– que el foco escénico de su novela estaba en las calles paralelas, en el laberinto de callejuelas y callejones próximos que había en el interior de la muralla musulmana, plagado de derribos, solares y escombros.

 Hay en la ciudad calles que no aparecen en los planos. Calles del centro, pasajes que existen desde siempre. Callejones que es inútil buscar en los planos de la ciudad de las oficinas de turismo. Sin embargo esas calles existen, unen calles más grandes abiertas al tráfico. En uno de los pasajes que tal vez existan –antes habría que dejar claro qué se considera existencia– hay, entre dos portales de casas antiguas, de viviendas, donde vive gente que nunca sabrá que su calle, ellos, es como si no existiera, una puerta donde un perro de presa dormita a la puerta de un improvisado taller en el cual un muchacho de apenas dieciocho años arregla motos y rectifica motores, borra numeraciones, discute con su novia, a gritos. En las calles que tal vez no existan la gente lo hace todo a voces y si miras hacia arriba buscando el cielo, entre las fachadas que casi se rozan incumpliendo las actuales normas de urbanismo –ah, la ciudad musulmana–, es posible ver la ropa tendida a un sol que hasta allí no llega. Camisas, pantalones, enormes calzoncillos, los gritos, sirven de crónica actual y viva de lo que allí se cuece. Nunca visitará estas calles una autoridad extranjera, quizá un turista arriesgado a quien le gusta salirse del recorrido oficial y que reconoce en esos grupos de jóvenes sentados en un bordillo (fumando, pasándose una cerveza), a otros grupos similares en todas las ciudades del mundo pero que él relaciona con las que conoce. Nápoles, Marsella, Sevilla. Jóvenes a los que sonreiría sin pensárselo, jóvenes que tal vez piensen en quitarle su cámara, su cartera, el reloj. Muchachos acompañados por uno, por dos perros de presa: en las calles que no existen hay perros chicos y feos o perros de presa, las únicas razas puras admitidas son las de perros capaces de destrozar. Las calles que no existen también están podridas.
 Sin embargo, hay lugares bellos en estas calles. Como la tienda donde una vieja acaricia a un gato mientras charla pausadamente con una vecina antes de preguntar qué desea a alguien que ya hace unos minutos que entró, como un quiosco en el que no te preocupes, ya me lo pagarás otro día, como puerta abiertas de par en par, como un niño solo que sentado en un escalón se te queda mirando descaradamente y te sonríe, como una muchacha de ojos muy oscuros que te pregunta la hora de una forma que quisieras que te lo volviera a preguntar una y otra vez, como un bar que no existe porque está en una calle que no existe y donde los hombres hablan a voces de fútbol y se exaltan y parece que van a llegar a las manos y después casi se pelean por invitarse.
 En las calles que no existen –las del centro y las barriadas que rodean al centro–, los tatuajes forman dibujos torpes de un solo color tinta azul gastada. Hay sombra normalmente en las calles que no existen, y en verano la gente saca las sillas afuera de sus casas y a veces charla y a veces mira, por mirar miran. En las calles que no existen de la ciudad agresiva el volumen de los televisores aleja cualquier intento de sentirse lejos, perdido y solo. Débil, sentirse débil. Y desear que nadie se aproveche de eso, que tu cuerpo acurrucado encuentre la forma exacta de unos brazos que lo cobijen.

 Y que el origen de la historia le había surgido un caluroso día de verano, cuando trabajaba como educador social en un piso habitado por enfermos mentales. Aquel día caminaba con tres de ellos por la zona del colegio La Goleta, donde también estaban derribando edificios antiguos para sustituirlos por nuevas construcciones, modernas, pero feas y faltas de personalidad. Atravesando uno de esos solares, donde aún no habían metido las grúas, se toparon con un drogadicto de aspecto cadavérico que les pidió un cigarrillo. Pablo no fumaba, así que pasaron de largo. Sin embargo, aquel drogadicto siguió habitando la cabeza de Pablo. ¿Quién sería antes aquel tipo? ¿Habría sido durante un tiempo el rey del barrio, el chulo al que todos los muchachos miraban con respeto y admiración? Aquel drogadicto, en la mente de Pablo, en su imaginación, resultaría ser Manolo, el violento hermano de Paco y Lucía. Y los cuatro que caminaban abatidos por el terral terminaron por ser Paco, Richa, Fali y Pelusa.

 Eran cuatro hombres los que avanzaban, los que cruzaban suelos sin forma llenos de escombros y restos de hogueras. La tarde pegaba las camisas a la piel que empapaba las camisas de sudor, al ritmo de los jadeos del andar rápido, de ruidos de cubiertos al otro lado de algunas ventanas donde aún no sesteaban los que tenían la suerte de poder hacerlo. Era primeros de agosto y el sol alto, implacable, no daba sombra a los tres hombres que caminaban deprisa detrás del que iba mirándose las manos y murmurando para sí palabras incomprensibles. Nada es solo, dijo. No habría resultado larga la distancia que los separaba del Hospital Materno Infantil una tarde de primavera, pero era verano. De hecho habían pensado cruzar las calles del centro en coche, pero el encargado de traerlo apareció sin él –se lo llevó mi hermano esta mañana y todavía no ha vuelto, se disculpó– y el que andaba primero no dio opción, nervioso, agarrotado, aguantando los rápidos e intensos latidos de su corazón, a que cogieran un taxi que les aliviase la distancia y el tiempo.
 Cerca de allí, Nadia se agarraba con fuerza a Lucía que, extrañamente, permanecía callada a su lado, pasándole la mano por la frente y el pelo negro, casi meciéndola, como si fuese su hijo (que se había quedado con una vecina) el que tuviera en brazos y quisiera dormirse y ella que se durmiera. Nadia también callaba y se mordía los labios y apretaba su mano en el antebrazo de Lucía y dejaba escapar la primera lágrima, que bajó demasiado rápido hasta la boca y se perdió entre el pelo y el cuello. Maldecía por dentro al médico deseando que llegase ya de una vez, que se apurase el médico y la ayudase ya a terminar con esa tarde horrible que no había hecho más que empezar. Maldecía a Paco que no había aparecido todavía y estoy aquí agarrada al brazo de tu hermana en vez de al tuyo. Deberías estar ya aquí y decirme cosas, o no decirme nada pero estar aquí, conmigo, Paco, Paco de mi vida, aquí conmigo.
 Eran cuatro los hombres que no se detuvieron al levantarse ante ellos el edificio enorme –cristal, gris– del hospital. Aflojaron el ritmo. No buscaron el semáforo ni el paso de cebra. Vieron una puerta grande en un lateral, la puerta que les esperaba, que les empujaría al pasillo que desembocaba en un ascensor largo y estrecho, al otro lado del cual, esperando con la misma ansia con que Paco deseaba encontrarla, estaba Nadia. Ahí mismo. En ese edificio en el que se sumergían.
Hospital Materno Infantil de Málaga
Fotografía: Pedro Delgado

 César quiso comprar los derechos del libro para hacer una película, pero finalmente estos acabaron en manos de otra productora que dejó morir el proyecto en un cajón. Ojalá alguien algún día se acuerde de La otra ciudad y la convierta en la miniserie que nadie pensó rodar la primera vez.

 Para ella ya está escrito el final, ese The end que te arranca una sonrisa, una de esas que siempre te arrancaba Pablo en sus encuentros. Porque Pablo, así lo recuerdo, era un tipo gracioso, noble y tierno, que hoy, 1 de agosto, hace cinco años que nos dejó –aunque siga pululando por las cabezas de todos los que lo conocimos–.