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jueves, 6 de noviembre de 2025

DE HONDO Y EL REGALO DE COCHISE

Fue terminar La ley del desierto* de Laramie Ediciones y zambullirme en las páginas de Hondo de Louis L'Amour, novela publicada por Valdemar en la colección Frontera que regalé a mi padre hace muchos años.

Hondo, de Louis L'Amour
Valdemar / Frontera

 La portada es un detalle de un cuadro del pintor estadounidense Frank McCarthy, una obra de 1986 en formato apaisado que lleva por título The Hostile Land.

The Hostile Land, obra de Frank McCarthy
Imagen: Bradford's Auction Gallery

 «Regalo de mi hijo Pedro por mi 81 cumpleaños. 12. 12. 2016» se lee en la segunda página, escrito a lápiz con la preciosa letra gótica de mi padre.

 La editorial ha tenido el detalle de incluir en el libro El regalo de Cochise, el relato que dio origen a la novela; una curiosa historia que nos cuenta Alfredo Lara, director de la colección Frontera de la editorial Valdemar, en las páginas de presentación.

 En 1952, el actor John Wayne y el productor Robert Fellows compraron los derechos de El regalo de Cochise, aparecido en la revista Collier's y escrito por, hasta ese momento, casi un desconocido Louis L'Amour.

The Gift of Cochise by Louis L'Amour
Revista Collier's

Por aquellos días Louis L'Amour es un escritor incipiente, un admirador y aprendiz de Jack London, de ascendencia francesa por parte de padre e irlandesa en su rama materna, que ha sido marino mercante en los mares de Indochina, boxeador profesional por necesidad, soldado en la división de tanques del ejército de Patton durante la II Guerra Mundial en Europa y que, tras todas esas ocupaciones y algunas más, se intenta abrir paso como escritor en las revistas de relatos.*

Revista de relatos Collier's
The Gift of Cochise by Louis L'Amour

 Wayne y Fellows pusieron el relato en manos de uno de sus guionistas de cabecera: James Edward Grand. Y le encargaron la dirección a John Farrow. Fruto de ello resultó Hondo que «aunque no es la mejor película de Wayne, sí es de aceptación bastante extendida que es el mejor de los western de John Wayne no dirigido por Ford o Hawks, y suele aparecer con regularidad en la lista de los 25 mejores westerns de todos los tiempos».

Cuando L'Amour vende los derechos de El regalo de Cochise a Wayne y Fellows, el autor se reserva el derecho de novelar el guión que va a hacer James Edward Grant para el film. Y lo hace. Y en 1953 aparecen simultáneamente, justo el mismo día, la película Hondo, protagonizada por John Wayne, y la novela de Louis L'Amour Hondo, con una frase promocional de John Wayne en la que afirma que Hondo es el mejor western que ha leído nunca.*

 Primero leí el relato, de apenas veinte páginas, y nada más iniciarlo comprendí porqué John Wayne y Fellows habían comprado los derechos para el cine del mismo. Así, imaginé a Brigitte Bardot o a Farrah Fawcett –incluso a nuestra María Jiménez, para ser más patrios si aquello fuese un spaghetti western– en el papel de Angie Lowe, esa ranchera que espera con sus hijos el retorno de su marido asediada por los guerreros apaches de Cochise.

Tensa y pálida, Angie Lowe se plantó ante la puerta de su cabaña con una escopeta de dos cañones en las manos. Junto a la puerta había un Winchester 73 y sobre una mesa, dentro de la casa, dos Colts Walker.
 Delante de la casa había doce apaches montados en ponis blancos desgreñados, y uno de los indios había alzado una mano, con la palma hacia fuera. El apache que montaba el bayo con manchas blancas era Cochise.
 Junto a Angie estaban su hijo de siete años, Jimmy, y su hija de cinco, Jane.
 Cochise, sin apearse del caballo, guardaba silencio; los ojos negros e inescrutables escrutaban a la mujer, a los niños, la cabaña y el pequeño jardín. Miró los dos ponis del corral y las tres vacas. Su mirada se alejó hacia el pequeño almiar de heno cortado en la vega y más allá, a los pocos novillos que había en el cañón.
 En tres ocasiones los apaches habían atacado aquella cabaña solitaria y en las tres los habían rechazado. En total, habían perdido siete hombres y tres habían resultado heridos. Habían muerto cuatro  ponis. Sus bravos informaban de que no había ningún hombre en la casa, sólo una mujer y dos niños, y Cochise había acudido para conocer a la mujer, tan certera con el rifle, que estaba matando a sus guerreros.
 Estos eran los mismos que habían vencido en fuerza, astucia y velocidad al mejor de los ejércitos americanos, que superaba a los apaches en la proporción de cien a uno. Sin embargo, una mujer sola con dos niños los había vencido, y era apenas mayor que una niña. Y ahora estaba preparada para luchar. Hubo un destello de admiración en los ojos de Cochise mientras la evaluaban. Los apaches eran un pueblo guerrero y respetaban el carácter luchador.
 –¿Dónde está tu hombre?
 –Ha ido a El Paso.
 La voz de Angie fue firme, aunque estaba asustada como nunca lo había estado. Había reconocido a Cochise por las descripciones y sabía que si él decidía matarla o apresarla, eso es lo que sucedería. Hasta entonces, los asaltos esporádicos que había repelido eran de pequeñas bandas de guerreros que atacaban la cabaña cuando iban de paso.
 –Lleva mucho tiempo fuera. ¿Cuánto?
 Angie vaciló, pero mentir no formaba parte de su naturaleza.
 –Se fue hace cuatro meses.
 Cochise meditó en la respuesta. Sólo un estúpido abandonaría a una mujer así, a unos niños como aquellos. Sólo había una causa que pudiera impedir su regreso.
 –Tu hombre ha muerto –dijo.
 Angie aguardó, su corazón batiendo con fuertes latidos rítmicos. Hacía mucho que pensaba que Ed había muerto, pero el modo como Cochise lo había dicho no daba a entender que hubiera sucedido a manos de los apaches, sólo que tenía que estar muerto porque en otro caso habría regresado.

 En dicho relato, frente a Cochise, Angie y su marido –Ed Lowe–, cobra protagonismo Ches Lane, al que Lowe ha salvado la vida. Por supuesto, no les revelaré nada más de la trama, ni del relato ni de la novela que disfruté después en varias tardes de lectura.

Leonard Howard Reedy, acuarela sin título
Imagen: Invaluable Sold at Auction

 El guión novelado por L'Amour, es decir, lo que acaba siendo la novela Hondo, no se limita a expandir los hechos narrados en El regalo de Cochise, sino que, manteniendo lo básico, introduce cambios muy sustanciales en la historia. En principio, el relato corto cuenta cómo Ches Lane decide socorrer a una joven mujer que ha quedado aislada en pleno territorio apache y... –no revelaremos más del relato–. En Hondo, la novela que deriva de él, los elementos románticos, bélicos e históricos –aunque con alguna licencia– se han acentuado notablemente. Por de pronto y respecto al relato previo, ya no se trata de Cochise y hacia 1872; la acción se ha retrasado casi diez años, hasta la campaña contra Victorio. En ese turbulento escenario Hondo Lane, correo y explorador del general Crook, llega al rancho donde Angie Lowe espera el retorno de su marido ausente.*
*(de la presentación de Alfredo Lara)

Cartela de la película Hondo, con John Wayne y Geraldine Page
Imagen: Warner Bros.

 La novela, escrita con un respeto absoluto por los apaches y la figura del jefe Victorio, contiene todos los elementos y toda la épica que se le puede pedir a un buen western.

 Achicando los ojos contra el resplandor del sol, trató de ver más allá de las ondas de calor. Al otro lado se encontraban las montañas, y ante ellas, entre las ondulaciones líquidas, asomaban los puntiagudos tallos de los saguaros, esos extraños signos de exclamación del desierto.
 Ningún sonido perturbaba la tarde en declive, salvo el crujido del cuero de las sillas, el roce de los avíos, el tintineo de las herraduras contra las piedras, y tales sonidos iban siempre con ellos.
 El sudor le abría regueros entre el polvo que le cubría el rostro, y la sal le había dejado el uniforme rígido y gris. El cuello le picaba por el calor y el polvo, y tenía las partes expuestas del cuerpo en carne viva debido al sol. En ningún lugar de aquella vasta extensión se apreciaba movimiento alguno. Aun así, los apaches estaban allí, en alguna parte.

 La historia engancha desde el inicio y hace que uno quiera seguir leyendo a la conclusión de cada capítulo.

 Llenó el primer cubo, luego el segundo. No se oía nada, y estaba examinando las colinas cuando algo la hizo mirar a su espalda.
 Un indio había salido de entre los árboles y, a lomos de un poni jadeante y de aspecto fiero, la miraba fijamente. Ella no había oído nada ni notado ningún movimiento.
 Apareció otro y luego otro más. Y, procedentes de entre los árboles, se materializaron como por arte de magia, hasta conformar una docena.

 Hondo es también una historia de amor, una novela romántica que rezuma poesía en algunas de sus líneas.

 Casi había anochecido cuando la tormenta remitió en el valle y ella salió. El aire estaba milagrosamente fresco y limpio. Respirar era como beber agua fría. El cielo seguía cubierto por un manto nuboso y los truenos retumbaban en el cañón entre las colinas lejanas, al oeste. Masas bajas de nubes colmaban los huecos de las colinas y anidaban en los desfiladeros. De cuando en cuando los abultados domos resplandecían incandescentes por efecto de un rayo distante.

 Añadir que a Hondo Lane, correo y explorador del ejército, lo acompaña en la novela un perro –Sam–, un animal mestizo y de aspecto poco amigable que no aparece en el relato y tiene peso en la lectura.

 Sam se asomó a la puerta, dudó y entró receloso. Un minuto después se tendía en el suelo, pero sin perder de vista a Hondo. Parecía peligroso y distante. No había nada en el perro que inspirara afecto, salvo, quizá, su absoluta resolución. Existía una curiosa afinidad entre hombre y perro. Ambos eran indómitos, criaturas nacidas y criadas para la lucha, afiladas y templadas por vendavales tórridos y largas marchas a través del desierto, desconfiados, peligrosos, y aun así buenos compañeros en una tierra dura.
 –¿Qué puedo dar de comer a su perro?
 –Nada, gracias. Se las apaña solo. Es más rápido que cualquier conejo.
 –No es ningún problema –se volvió hacia la cocina y cogió un plato para llenarlo de sobras.
 –Si no le importa, señora, prefiero que no le dé nada.
 Ella lo miró con curiosidad. Cada vez le sorprendía más aquel hombre, tan extraño. No obstante, se sentía más a salvo con él en casa. No se parecía a nadie que hubiera conocido, ni siquiera en aquel territorio de hombres extraños y peligrosos.
 Bastaba verlo moverse para apreciar que era diferente de los demás. Siempre despreocupado, siempre pausado, pero con un control de sus movimientos y una vigilancia que contradecían la actitud tranquila. Ella tenía la impresión de que vivía en continua vigilancia del peligro, sin permitir nunca que este lo alcanzara, pero siempre preparado. La mirada de la mujer cayó en la gastada cartuchera y en la pulida empuñadura del Colt. Las dos tenían una larga historia, no fruto del mero paso de los años, sino de usarlas para lo que estaban hechas.
 –Creo que lo entiendo. No quiere que se acostumbre a aceptar comida de alguien que no sea usted. Bueno, yo la prepararé y usted puede dársela.
 –No, señora. Yo tampoco le doy de comer.
 Viendo la duda en los ojos de la mujer, dijo:
 –Sam es independiente. No necesita a nadie. Quiero que siga así. Es una buena forma de ser.
 Se sirvió otra ración de carne, junto con más patatas y salsa.
 –Pero todo el mundo necesita a alguien.
 –Sí, señora –Hondo siguió comiendo–. Qué lástima, ¿verdad?
***
Angie salió de la casa y lo vio reordenar la leñera para mantener el contenido a salvo de la lluvia. Mientras él trabajaba, el niño miraba a Sam, que los contemplaba desde las cercanías.
 El niño vaciló, miró anhelante al perro y luego a Hondo.
 –¿Lo acaricio?
 –Haz lo que quieras, pequeño.
 Dubitativo, el niño tendió una mano hacia el perro. Sam erizó el pelo y lanzó un mordisco. El niño retrocedió a toda prisa, asustado y a punto de llorar.
 Angie se volvió enfadada hacia Hondo.
 –Señor Lane, si sabía usted que el perro muerde, ¿por qué...?
 –Señora Lowe –dijo Hondo con calma–, ya le había dicho al niño que no lo tocara, pero él seguía queriendo acariciarlo. La gente aprende a fuerza de mordiscos. Ahora el pequeño ha aprendido la lección.
 Para ocultar su confusión, ella se dirigió al niño.
 –¡Johnny, no vuelvas a tocar a ese perro!
 Johnny miró a Hondo y este sonrió, poniendo una mano sobre la cabeza del niño.
 –No pasa nada, amigo. Recibirás un montón de mordiscos en esta vida. Es mejor que te acostumbres. No te fíes de nada ni de nadie.
***
 Sam apareció trotando. El perrazo había estado ausente ocupándose de un asunto propio. Por el  mechón de pelo que le colgaba del extremo de la mandíbula, el asunto había tenido que ver con conejos. Tomó asiento a unas yardas y observó a Hondo. Los dos eran, en cierto modo, distantes, intocables, inalcanzables. Ella estudió al perro como si esperara aprender más del hombre.
 –Es raro ese perro suyo.
 –No es mi perro.
 Ella estaba perpleja.
 –Pero los dos van juntos.
 –Está conmigo. Puede oler a un indio a media milla.

 Si no vi de nuevo la película –la vi de niño, como casi todas las de John Wayne– fue porque no está en mi videoteca ni, de momento, en la programación de Filmin. Mas todo se andará. Por cierto, he encontrado un fotograma de la película en el que pueden ustedes ver al perro. Por supuesto, pinta muchísimo más fiero y salvaje el de la novela; «un perrazo brutal y feo», un bicho tan «amistoso como un puma», pero batallador y «tan extrañamente cortés» que sabe ganarse un hueco en el corazón del lector.

John Wayne y su perro Sam en Hondo
Imagen: Warner Bros.

 Por cierto, la traducción de Hondo, impecable, corre a cargo de Jon Bilbao, traductor para la editorial Impedimenta de otro excelente wéstern, A lo lejos**  de Hernán Díaz, que ya reseñé en este blog.

A lo lejos, de Hernán Díaz

 Además de traductor, Jon Bilbao es escritor y tiene publicada en la misma editorial una trilogía de temática western conformada por BasiliscoAraña y Matamonstruos que espero poder leer y reseñar algún día.

*Pueden leer la reseña del cómic La ley del desierto de Laramie Ediciones clicando sobre el siguiente enlace:

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2025/10/la-ley-del-desierto.html

**Y si se quedaron con ganas de más, también pueden leer la reseña de A lo lejos de Hernán Díaz clicando sobre este otro enlace:

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2020/06/a-lo-lejos-in-distance.html

viernes, 3 de octubre de 2025

WELLS FARGO + PONY EXPRESS


Wells Fargo + Pony Express, de Kelmand D. Frost y Don Lawrence (Laramie)
Fotografía: Pedro Delgado

Si hay cuatro palabras que tienen el poder de erizarle la piel a todos los amantes del wéstern, esas son Wells Fargo y Pony Express.

 Antes de la construcción del ferrocarril, la diligencia era el principal medio de transporte de pasajeros y correo. La compañía más famosa de todas fue Wells Fargo, fundada en 1852 por Henry Wells y William G. Fargo, que ya eran socios de la compañía American Express. A menudo, las diligencias también transportaban dinero, oro u otros objetos de valor, haciéndose responsable la Wells Fargo de que todo llegara a su destino. Como la carga y lo que pudieran portar los pasajeros era cosa golosa para los asaltantes de diligencias, pronto surgió la figura del agente especial de la compañía, que se encargaba de lidiar con forajidos, indios y cualquier imprevisto que pudiera surgir en el viaje o en las postas, donde los pasajeros y el personal podían comer, descansar un rato, revisar o reparar el carruaje y cambiar la recua de caballos.

Todo sobre el Oeste (Serie 7), recortable dibujado por Sergio Toppi
Gaceta Junior nº 17 (1968). Colección Miguel Ángel Ferrer
Fotografía: Pedro Delgado

 El otro medio para transportar el correo, de un lado a otro del continente americano, era el Pony Express, servicio de correos entre Missouri y California que funcionó, bajo la gestión de la misma Wells Fargo, desde abril de 1860 hasta el 26 de octubre de 1861, y en el que los jinetes tardaban menos de diez días en recorrer 3.164 kilómetros, deteniéndose regularmente en postas donde relevaban al caballo o al jinete y al caballo.

Todo sobre el Oeste. Gaceta Junior nº 17 (1968)
Colección Miguel Ángel Ferrer
Fotografía: Pedro Delgado

 Hay una acuarela fascinante del estadounidense Leonard Howard Reedy (1899-1956) que muestra muy bien el arrojo de estos jinetes.

Acuarela de Leonard Howard Reedy, sin título
Fotografía: Invaluable sold at Auction

 Realmente había que ser muy aguerrido para trabajar en ambas compañías, pues muchos eran los peligros a los que se veían sometidos durante los desplazamientos, cruzando a menudo territorio indígena.

 Una leyenda como Wyatt Earp fue copiloto de la compañía Wells Fargo en Arizona, y el famoso James Butler Hickok, más conocido como Wild Bill Hickok –explorador militar y hombre de ley en varias ciudades de Nebraska y Kansas–, trabajó en el Pony Express.

Wyatt Earp y Wild Bill Hickok 

 En 1866, el ferrocarril comenzó a hacerle la competencia a las diligencias como medio para transportar las nóminas a través del país, y con la paulatina sustitución de estas y con la unión de los dos ramales ferroviarios, el de la Union Pacific y el de la Central Pacific, en Promontory (Utah) el 10 de mayo de 1869, llegó el ocaso y la desaparición de las diligencias. Al igual que el Pony Express sucumbió al telégrafo cuando este fue capaz de llevar las comunicaciones de costa a costa.

 Curiosamente, Wells Fargo sigue existiendo en la actualidad como una firma de servicios bancarios y financieros exitosa e influyente, que era su cometido inicial, pues Wells, Fargo & Company era en su origen proveedora de servicios bancarios y entregas esprés. Fue la fiebre del oro, desatada en California en 1848, en la que los afortunados buscadores se vieron en la necesidad de transportar con garantías de seguridad su preciado botín, la que hizo entrar en escena a las diligencias.

Jim Sharpe, agente especial de la Wells Fargo
Wells Fargo + Pony Express (Laramie)

 Afortunadamente, el Oeste es el marco de un sinfín de historias recogidas en relatos, novelas, tebeos y tiras de prensa que demandaba todo el mundo, y que ahora nos traen de vuelta editoriales como Valdemar Frontera o Laramie Ediciones.

 En Wells Fargo + Pony Express, Laramie Ediciones ha rescatado muchas de las tiras de prensa del escritor y guionista británico Kelman D. Frost (Kent, 1899-Bournemouth, 1972) y del dibujante Don Lawrence (Londres, 1928-2003). El primero alcanzó cierta fama como escritor de libros infantiles, novelas juveniles como Son of the Sahara, Stallion of the desert, The Cobra Strikes o Sahara Trail, e historias para revistas pulp.

 Y el segundo es reconocido por sus tiras de ciencia ficción y fantasía de El imperio de Trigan (The Rise and Fall of the Tigran Empire), que dibujó entre 1965 y 1976, y Storm.

Don Lawrence

El imperio de Trigan y Storm, dibujados por Don Lawrence

 Don Lawrence comenzó a trabajar el tema del western en el estudio de Mick Anglo, «una agencia que producía cómics del género western y de superhéroes para el distribuidor Len Miller». Posteriormente, Lawrence dibujó westerns para Zip, Swift y Sun. En las dos primeras publicó, entre 1958 y 1963, la serie Wells Fargo con los guiones de Kelman D. Frost, aquí traducidos por Miguel Sanz Jiménez.

Saloon Bar, ilustración de Don Lawrence

 Juntos, Kelman y Don fueron capaces de reflejar en sus viñetas la épica del salvaje Oeste y de estas míticas compañías del far West. El libro contiene historias, de 4, 5, 6, 7, 8 u 11 páginas, que no hay que leer del tirón, sino de a poco, para no empacharnos, deteniéndonos en los dibujos a tinta y plumilla del maestro Lawrence.

Wells Fargo (Laramie Ediciones)
Dibujos de Don Lawrence–Guión de Kelman D. Frost

 Así las he leído yo este verano, de una en una, pensando en lo que me hubiera gustado disfrutar de este tebeo cuando era un niño y jugaba con mi diligencia de Famobil (la actual Playmobil).

Viñetas de Wells Fargo, dibujadas por Don Lawrence (Laramie)

 El protagonista absoluto de los cómics de Wells Fargo es Jim Sharpe, agente especial de la compañía de diligencias, que vive las más diversas aventuras en Colorado, Utah, Wyoming, Nevada, California y Kansas, donde se enfrenta a robos, atracos, secuestros, accidentes, desapariciones, suplantaciones y tribus indias, entre ellas, shoshones, cheyenes, sioux, paíutes y comanches.

Viñeta de Wells Fargo, dibujada por Don Lawrence
Laramie Ediciones 

 Cada página semanal se abre con un minúsculo resumen de lo ocurrido y se cierra con una exhortación o animación a proseguir la lectura la siguiente semana, rematando a su vez el fin de la historia con un «La próxima semana empieza otra aventura trepidante de Jim Sharpe. ¡No te la pierdas!» o un «Jim Sharpe se enfrenta a nuevos peligros la próxima semana. ¡Acompáñalo!».

Viñeta de Pony Express, dibujada por Don Lawrence
Laramie Ediciones

Viñeta de Wells Fargo (Laramie Ediciones)
Dibujo: Don Lawrence / Guión: Kelman D. Frost

 Como nos cuenta Steve Holland en el extenso artículo que cierra el libro, el origen de estas tiras de prensa está en el programa de la BBC Tales of Wells Fargo, emitido desde el 1 de junio de 1957 hasta 1963.

El programa estaba protagonizado por Dale Robertson interpretando a un "solucionador de problemas" para la empresa Wells Fargo y muchos de los episodios fueron escritos por el creador del programa, Frank Gruber, que combinaba dos grandes talentos como novelista del "Oeste" y escritor de guiones de cine y televisión, habiendo escrito previamente episodios de "The Texan", "Lawman", "Colt.45", "Zane Grey Theatre" y "The life and Legend of Wyatt Earp", además de crear la serie "Shotgun Slade". Otros novelistas aportaron su talento al programa, entre ellos Peter Germano, Samuel A. Peeples, Borden Chase, Steve Fisher y Sam Ross. Con un plantel de escritores tan talentoso, no es de extrañar que la serie fuera un paso adelante respecto de muchas de sus contemporáneas.
Dale Robertson en el papel de Jim Hardie
Tales of Wells Fargo (BBC)
Fotografía: L. J. Willinger / Getty Images
***
El programa inspiró la aparición de Wells Fargo en forma de tira cómica. Aunque no se indica, parece probable que el autor (Kelman Frost) tuviera en mente el período de principios de la década de 1860 para sus historias, la era en la que Wells Fargo usaba la ruta central para transportar correo y pasajeros entre Salt Lake City y California. [...] La precisión histórica y geográfica no era su principal preocupación. Con la intención de contar una buena historia, todas las diligencias que aparecían en la serie se identificaban con Wells Fargo a pesar de que usaran rutas que, en la realidad histórica, eran utilizadas por otras compañías. En uno de los relatos nos enteramos de que "Sterling es una ciudad ganadera a medio camino de Fort Morgan" desde Julesburg, lo que no era el caso; el ferrocarril visto en otra historia solo llegó a Julesburg en 1867 y es poco probable que Jim estuviera explorando un sendero desde Denver a Dodge City, ya que esta ciudad no comenzó a existir hasta 1872.
"¡Por Dios y por Wells Fargo!". Cómo Wells Fargo y el Pony Express unieron el este y el oeste de Estados Unidos
Steve Holland

 En Pony Express el protagonista es Clint Clandon quien se encarga del rancho Júpiter desde que su padre falleció. Tras el robo de todos sus caballos por unos cuatreros, Clandon decide hacerse jinete del Pony Espress para que su familia no tenga que vender el rancho y mudarse al pueblo.

Viñetas de Pony Express, Laramie Ediciones
Dibujos: Don Lawrence. Guión: Kelman D. Frost

 A caballo, cargando con las alforjas del correo de estafeta en estafeta, Clint vivirá diversas aventuras en las que continúa destacando el dibujo y el entintado de Don Lawrence.

Viñetas de Pony Express, con dibujo de Don Lawrence
Laramie Ediciones

 Son cuatro historietas de entre 9 y 11 páginas en las que también cobra cierto protagonismo Hester, la hermana gemela de Clandon, que se muestra igual de intrépida que él.

Viñeta de Pony Express, dibujada por Don Lawrence
Laramie Ediciones

 Los dos bloques de historietas suman un total de 216 páginas en blanco y negro, editadas en tapa blanda con solapas. La imagen de la portada está sacada de una de las viñetas de Wells Fargo, correspondiente a una trepidante y algo rocambolesca aventura en la que la diligencia tendrá que ser transportada por el río encima de una rudimentaria balsa, acosada por los indios desde las orillas. En ella viaja Doc, el médico del pueblo, al que espera el hijo, muy enfermo, de un coronel. ¿Llegará la diligencia a tiempo?

Páginas 54 y 55 de Wells Fargo+Pony Express (laramie Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

 Como curiosidad, apuntar que en las páginas 89 y 90 hay dos versiones de la misma escena. Si alguien conoce el motivo, le agradecería el comentario.

Pág. 89 de Wells Fargo (Laramie Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

Pág. 90 de Wells Fargo (Laramie Ediciones)
Fotografía: Pedro Delgado

 En los años sesenta se publicaron en España algunos números de Wells Fargo y de Pony Express en el suplemento infantil del diario La Actualidad Española. Las páginas de la portada venían a color y las otras en blanco y negro.

Nº 64 de La Actualidad Española (SARPE, 1964)
Imagen: Jesús Piernas (Tebeosfera)

Nº 68 de La Actualidad Española (SARPE, 1965)
Imagen: Jesús Piernas (Tebeosfera)

 Por último, quisiera cerrar esta reseña alabando una vez más la apuesta de Laramie Ediciones por el wéstern. Que sigan cabalgando. Y nosotros con ellos.

Nota: Tres de las viñetas que se muestran en esta reseña han sido escaneadas por mí en blanco y negro, por lo que no se aprecia bien en ellas las gamas de grises de la edición de Laramie, cosa que sí se nota en las demás viñetas que han sido fotografiadas. 

martes, 21 de febrero de 2023

DEL COHETE CHINO, EL ICTUS DE MI PADRE, LA NOVELA STONER Y OTRAS COSAS


Noticia sobre la alarma por la caída de la chatarra espacial china
EL PAÍS, sábado 5 de noviembre de 2022
Fotografía: Lucía Rodríguez

El día 4 de noviembre del año pasado, parte de un cohete chino cruzó la península y fue a estrellarse al mar. Unas horas después, como si el paso de esa chatarra espacial sobre la península hubiese provocado una perturbación en la cabeza de mi padre, éste sufrió un ictus hemorrágico y tuvo que ingresar en la Unidad de ictus del hospital Carlos de Haya. Estaba en un estado semicomatoso, y nos dieron pocas esperanzas de vida. Lo más probable era que le repitiese otro episodio en los próximos cinco o quince días y no saliese vivo de aquel hospital en el que habíamos nacido sus cuatro hijos.

 Mi padre era lector asiduo del diario Sur, y por alguna extraña razón decidí fiar su supervivencia al hecho de guardarle el periódico a diario. No quería caer en el desánimo, y me agarré a aquel gesto banal con la convicción de que se iba a obrar el milagro. Los primeros días tenía que recorrer los quioscos de media Málaga para conseguirlo, pero después aprendí la lección y lo compraba nada más salir a la calle, antes de que se agotase. Y así los fui amontonando en casa, con la esperanza de que al salir del hospital pudiera leerlos, o leérselos yo, y tener un resumen del tiempo en el que se le detuvo el mundo.

 Afortunadamente, mi padre recuperó la conciencia y, poco a poco, a pesar de lo grande del derrame, su estado se fue estabilizando; aunque no movía el lado derecho del cuerpo, ni conseguía emitir palabra alguna, como si la capacidad del lenguaje se le hubiera borrado del disco duro del cerebro.

 El 25 de noviembre lo trasladaron al hospital Civil para recibir tratamiento de fisioterapia, logopedia y terapia ocupacional. Y allí sigue ingresado. Cuando por fin se echó a hablar, lo hizo de manera ininteligible, pero con el paso de los días, empezó a hilar vocales y consonantes y consiguió que lo entendiéramos. Los avances motores son muchísimo más lentos, tanto que a veces se desespera. También nosotros nos desesperamos, pero desde que está allí tengo la sensación de que las cosas importantes ya no lo son tanto y que no hay nada mejor que hacer cada tarde que visitarlo. Tiene la cabeza perfecta, así que jugamos al dominó, repasamos la prensa y, como hacía con mis hijos cuando eran pequeños, me doy el placer de leerle alguna novela. La primera ha sido Stoner, del estadounidense John Williams. Me la regaló por Reyes mi hermano Marcial. «No es más que la historia de un profesor de Literatura en una universidad estadounidense, pero te va a encantar», me dijo. Y así fue: nos encantó a los dos (a pesar del capítulo del examen que creo le corta el ritmo).

Stoner, de John Williams
Fotografía: Pedro Delgado

 Stoner es la vida de un crío que nace en 1891 en una pequeña granja de Misuri central, y que a los diecinueve años va a estudiar agricultura a la Universidad de Columbia. Allí, durante el primer semestre de su segundo año, cursará una asignatura requerida para todos los estudiantes universitarios, un estudio de literatura inglesa impartido por el profesor Archer Sloane que le abrirá los ojos al mundo de los libros y lo llevará a cambiar sus asignaturas de ciencias por la filosofía, la historia antigua y la literatura inglesa. A sus 27 años, William Stone recibió el título de Doctorado en Filosofía y aceptó una plaza de profesor en la misma universidad, donde enseñará hasta su muerte en 1956. Entre esas dos fechas, 1891-1956, la vida. Recogida en 240 páginas que se disfrutan de principio a fin, con personajes secundarios memorables, como ese Dave Masters, que a pesar de morir joven en la Primera Guerra Mundial no nos abandonará durante toda la lectura del libro.

También le contó que Dave Masters había sido enviado a Francia y que, casi exactamente al mes de su alistamiento, había caído en Château-Thierry, junto con las primeras tropas estadounidenses que habían entrado en combate.

 La traducción de Stoner (Editorial Baile del Sol) corre a cargo de Antonio Díez Fernández, que ha hecho un magnífico trabajo, algo que se comprueba al ser leída en voz alta. Impagable ver las caras que ponía mi padre ante los avatares que le sucedían al protagonista, y el interés con el que aguardaba un nuevo capítulo, como si fuera un serial de la radio.

 Ahora le estoy leyendo La aventura soñada, la biografía de Hugo Pratt, escrita por el francés Thierry Thomas, y aunque no está escrita para ser leída en voz alta como Stoner, también nos está gustando. A mí porque soy muy fan de Pratt y de todos sus personajes, con Corto Maltés a la cabeza, y a él porque también conoce al protagonista y porque, a sus 87 años, cumplidos en el hospital, repasar otras vidas (la del profesor William Stoner o la de Hugo Pratt) le sirve para revisar la suya.

 Y me gusta mucho verlo sonreír cuando nos encontramos con alguna sincronía. Ayer mismo, tras terminar de leerle un pasaje de La aventura soñada (Ediciones Siruela) en el que se mencionaba a Mandrake el mago, uno de sus personajes de cómic favoritos, abrimos el periódico por la trasera y vimos que en la segunda cadena de Televisión Española echaban esa noche Raíces profundas, la película que más le gusta, dirigida por George Stevens y protagonizada por un impresionante Alan Ladd. Un western basado en la novela Shane, de Jack Schaefer, que le regalé un día por su cumpleaños en una cuidada edición de la colección Frontera de la editorial Valdemar.

Raíces profundas (Shane) en La 2
Fotografía: Pedro Delgado

 «Bueno, bueno. Hoy va la cosa de favoritos», le dije. Y por su cabeza volvieron a cruzarse las viñetas de Lee Falk y aquella secuencia al inicio de la película en la que Shane desciende el valle montado en su caballo y llega a la granja mientras suena Call of the Faraway Hills. «¿Recuerdas el duelo del final?», le pregunté. «Con Jack Palance», afirmó. «Y la conversación con el crío al final de la película», añadió. Y en ese momento, el «Shane. Shane. ¡Vuelve!» retumbó en los pasillos del hospital.