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martes, 14 de junio de 2022

NO SABÍA HACIA DÓNDE IBA, PERO SABÍA CÓMO SE LLEGABA


Dadas las circunstancias, de Paco Inclán (Editorial Jekyll & Jill)
(imagen tomada en Antequera, que no aparece en ninguno de sus relatos,
aunque tratándose de Paco, quién sabe si la próxima vez...)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 

En el mundo hay gente –están por todos lados– que prefiere mandarte a cualquier lugar antes que reconocer que no tienen ni idea de lo que les estás preguntando. ¡Cuánto bien que hacen a las derivas sin rumbo ni sentido!
Dadas las circunstancias, Paco Inclán


Paco Inclán me mira desde la solapa de Dadas las circunstancias (Jekyll & Jill, 2020), su último libro de relatos, y lo hace desde detrás de los cristales de sus gafas de carey, parapetado tras una barba y un bigote generoso. El paisaje campestre del fondo y la camisa de cuadros abierta, que deja ver su camiseta interior, completan ese aire de bonhomía que desprende. Paco Inclán, que ya les digo tiene cara de ser un buenazo, podría pasar en la foto por un agricultor o un ganadero afable, sencillo, bondadoso y honrado. Sin embargo, Paco Inclán es escritor (de qué sino iba a estar su foto en la solapa de un libro). Y eso lo puedo corroborar después de acompañarlo por las páginas de su peculiar libro de viajes.

 Dice la biografía de la misma solapa que Paco Inclán (Valencia, 1975) imparte talleres de creatividad literaria en bibliotecas, librerías y centros culturales, y clases de español a personas migrantes y refugiadas. Lo segundo viene a confirmar que no es sólo que tenga cara de buenazo, es que lo es. Y sobre lo primero, lo de que imparte talleres de creatividad literaria, les diré que, no habiendo asistido a ninguno de sus talleres (en realidad no he asistido al de nadie), me atrevería a afirmar que Paco Inclán es el más creativo de todos los profesores. Para ello basta leer la sinopsis de la contraportada. ¿Cómo se le ocurren a Paco Inclán estas historias tan extrañas?

Un viaje al país del esperanto [encerrado en un museo], un paseo por la Habana en busca del chiste que mató a un escritor decimonónico, el encuentro con el último hablante del híbrido lingüístico entre el romaní y el euskera, una visita a la taberna praguense que sirvió de escenario para el poema más desconcertante de Roque Dalton y un macguffin escatológico para rescatar del olvido a un erudito del medievo son algunas de las misiones que Paco Inclán nos comparte en Dadas las circunstancias.

 Sus crónicas o relatos, desde sitios tan dispares como Praga o Llodio, vienen acompañadas de unos mapas minimalistas que no sé si serán acierto del propio Paco o del diseñador gráfico de la editorial (que en este aspecto he de reconocer que se lo curra mucho más que otras, siendo cada libro un mundo y no la uniformidad a la que nos tienen acostumbrados).

Mapa de Llodio. Dadas las circunstancias, Paco Inclán (Jekyll & Jill)
Fotografía: Lucía Rodríguez

Mapa de Praga. Dadas las circunstancias, Paco Inclán (Jekyll & Jill)
Fotografía: Lucía Rodríguez

 Plutón, planeta enano [Homenaje a Roque Dalton] comienza en una playa de Sinaloa, ¡y termina en una taberna del casco antiguo de Praga!

El día que Plutón dejó de ser un planeta me estaba bañando en una playa de Sinaloa, en el Pacífico mexicano. Me enteré aquella misma noche, cuando bajé a comer unos tacos de chicharrón en una cantina de Navolato, el municipio más próximo. Una televisión local informaba en la sección de breves de su noticiario que doscientos astrónomos, reunidos aquel jueves 24 de agosto de 2006 en la asamblea que la Unión Astronómica Internacional (UAI) celebrada en la ciudad de Praga, habían decidido que Plutón pasase a ser considerado «un planeta enano». No se especificaba mucho más. La escasa clientela de la cantina prestó mayor atención a la siguiente noticia: un misterioso rebrote de niños chinos que se quedaban con la cabeza atrapada entre los barrotes de las rejas de sus balcones.

 En Pasajes cubanos [Como recuerdo] acompañamos a Paco Inclán a Cuba. En La Habana asiste (asistimos) a la presentación de otra biografía del Che Guevara por el cincuenta aniversario de su muerte. Allí, además de a Aleida Guevara, hija del Che, conocerá (conoceremos) a un tal Vladimir, un doble del guerrillero disfrazado de una versión exagerada del Che, con su gorra calada, su barba rala y su aire castrense.

A la salida del edificio, los asistentes se apiñan en el portal exterior a la espera de que una pasajera lluvia tropical amaine. El gentío agasaja a Vladimir, centro de atención de la muchedumbre: firma autógrafos, lo abrazan, posa para la cámara de algunos móviles. Un equipo de la televisión cubana le graba unas declaraciones en las que se define como un ferviente guevarista dispuesto a todo por defender el legado del comandante. Parece sentirse a gusto con su rol, resuelto, acostumbrado. Quisiera acompañarlo lo que me queda de tarde para descubrir quién se esconde debajo de su personaje. Viajar a La Habana para acabar escribiendo sobre el Che es un asunto demasiado trillado; sin embargo, encontrarme con un doble suyo merece una oportunidad, un a-ver-qué-pasa.

 Y a un valenciano. Bueno, a quién mejor conocerá será a la hija de éste.

 –¿Y él? ¿No ha venido?
 –Se ha quedado en el hotel. Estaba cansado, estuvimos todo el día caminando.
 –Ayer lo escuché decepcionado.
 –Se la pasa criticándolo todo, mañana nos vamos a Varadero, a ver si así se relaja un poco.
 [...]
 –Me ha dicho que estás buscando un chiste.
 –Sí, el chiste que mató a un poeta cubano a finales del siglo XIX. Le provocó una aneurisma.
 –¿De verdad?

 Pasa mucho más en en este relato, el más largo de todos; microhistorias que siempre resultan ingeniosas.

 Pero para ingenioso el relato que lleva por título El último hablante de erromintxela (se llamaba Goyo).

El erromintxela, se puede vivir sin saberlo, es la lengua que mezcla el euskera con el romaní que trajeron a cuestas los gitanos que, en el siglo XV, detuvieron su peregrinaje para afincarse en territorios vascos. La simbiosis del lenguaje nómada por antonomasia con el que permanece asentado en los mismos lugares desde su balbuceo originario. Supe de su existencia por un pequeño vocabulario que encontré en las estanterías de una biblioteca durante un paseo por el centro de Donostia. En su prólogo se aseguraba que el erromintxela había vivido sus años de esplendor, si es que los tuvo, a finales del siglo XIX. [...] Algunos lo daban por extinguido y otros lo trataban como una curiosidad, un mito o una forma criollizada (pidgin) del romaní barruntado con gramática del euskera. Había también quien contaba que el erromintxela había funcionado durante siglos como un pogadolecto secreto, tan secreto que quizás no hubiese existido, un código encriptado de quinientas palabras y quinientos hablantes, en su mayoría ancianos que habitaban pequeños pueblos de montaña en la región de Iparralde.

 Hasta Llodio viajará Paco Inclán en busca del tal Goyo, un pintor «payo y euskaldún» que había aprendido la lengua durante el tiempo que pasó en un municipio cercano a Hendaya, y que ahora vivía aislado en una casa en las montañas. Su intención: entrevistarlo.

Cuando soñaba con entrevistar al último hablante de una lengua me imaginaba haciéndolo en el interior del Amazonas o en una remota aldea china fronteriza con Mongolia. Sin embargo, sueños menguantes, mi búsqueda me ha dirigido a Llodio, segundo municipio de Araba, hacia donde he salido esta mañana desde Donostia.

Como se deduce por el título, Escatología en la obra de Arnau de Vilanova, Paco se pone un tanto escatológico en su siguiente relato, una singular (cómo no) historia sobre el erudito y médico del siglo XIII «del que poco o nada sabemos: apenas que da nombre a un hospital valenciano».

El médico Arnau de Vilanova
Imagen: Wikipedia

Además, entre otros tantos quehaceres, Arnau de Vilanova fue médico de papas y reyes, interpretador de sueños, experimentador con plantas y minerales acusado de ideas peregrinas –aunque posteriormente se le reconocería su legado–, traductor del árabe y del hebreo de las principales investigaciones médicas de su época y renovador de los planes de estudio de la Facultad de Medicina de Montpellier, donde impartió clases desde 1290.

 En Lenguas artificiales (Una aproximación), que versa sobre el esperanto y otras lenguas artificiales creadas a lo largo de la historia, aparece un autor del que oí hablar hace muchos años, precisamente a la vuelta de un viaje por Islandia: un mes entero con mi hijo mayor, recorriendo en autostop la enorme isla en el sentido de las agujas del reloj.

En la carretera, Islandia en autostop (julio de 2014)
(nuestras sombras como dos personajes míticos de Hugo Pratt)
Fotografía: Pedro Delgado

 Subir al Sneffels, navegar junto a ballenas, ver geysers enormes, recorrer glaciares y campos de lava, caminar bajo la tierra y darnos un remojón en aguas termales fueron algunas de las cosas que nunca olvidaremos de aquel viaje. También mi vano intento de dar con Auđur Ava Ólafsdóttir en Reikiavik para que me firmara mi ejemplar de La mujer es una isla, una edición de bolsillo que me había leído, junto a no recuerdo ahora mismo qué otros libros, aquellos días.

«Estoy teniendo problemas con las epiglotales», me ha confesado Elías en esta cafetería impersonal de Reikiavik, tan impersonal que también podría ser la trastienda de una ferretería o un garaje de automóviles. «¿Con las epiglotales?», le recalco para darle pie a que me continúe relatando el proceso de construcción del alfabeto del Iwyma, la lengua artificial que se está inventado. Se calla, me observa con sus ojos pequeños; prefiere no desvelarme mucho más: «Quiero dejar atada su estructura antes de comenzar a divulgarla». Me remite a su blog, que redacta en Iwyma, al que solo se accede por invitación. De momento, solo él, su creador, puede entenderlo.
 Elías Portela, gallego de Cangas de Morrazo, aterrizó hace siete años en Islandia para «aprender a bailar tangos» (sic). Ahora se dedica a traducir poesía del islandés al gallego para una editorial llamada Rinoceronte e imparte clases en el departamento de Español de la Facultad de Letras de la Universidad de Reikiavik, donde esta mañana he presentado la revista Bostezo ante el rictus indiferente de un grupo de estudiantes autóctonos. Elías estaba allí, al fondo del aula. Al terminar, me ha invitado a tomarnos algo. Hemos intercambiado un ejemplar de Bostezo por un poemario que él ha escrito en lengua islandesa, Sjóarinn međ morgunhestana undir kjólnum –«O pescador con cabalos matutinos baixo o vesntido»... o algo así– que publicó camuflado en el heterónimo de Elías Knorr, con el que, me cuenta, ha sido escogido por la Poetry Society de Reino Unido como uno de los tres autores más representativos de la poesía islandesa contemporánea.
 Islandia era el marco perfecto para Elías. No parecían de este mundo.

Elías Portela en Reikiavik. Fotografía: Bartomiej Gowacki

 Le siguen El postre sirio, ambientado en Berlín, quizás el mejor ejemplo de cómo no se debe degustar un menú, y Exaltación de las ausencias, que nos traslada a Veracruz, México, al estreno de un documental que retrata el no vínculo de Pancho Villa con la ciudad.

No acabo de entender la elección de Pancho Villa para iniciar una serie de documentales que relacionen la ciudad con personajes ilustres que la visitaron. ¿Por qué empezar entonces con alguien que jamás estuvo? Miro a los lados buscando una mirada cómplice, un rostro perplejo, una disimulada risita, alguien encogiéndose de hombros. Sin embargo, solo yo parezco estar viviéndolo desde esa extrañeza. Al finalizar la proyección, los asistentes aplauden a rabiar. Me siento un aguafiestas aunque secundo los aplausos por ese temor recurrente a que me tilden de infiltrado.

 Cierra el volumen El hombre del tiempo, que no hace referencia al señor que presenta el tiempo en el telediario, sino al organizador de un banco del tiempo en Valladares, en la periferia rururbana de Vigo. Ya saben, esa gente que en lugar de dinero emplean el tiempo para tasar sus intercambios de bienes y servicios.

 Paco Inclán nos avisa en la contraportada de que «cualquier parecido con la ficción es pura coincidencia», pero uno termina el libro, después de acompañarlo por sus historias, pensando que el valenciano es un as de la autoficción. Y preguntándose qué otros libros habrá escrito este hombre.


lunes, 25 de enero de 2021

MÉXICO INSURGENTE: UN MÁSTER DE PERIODISMO IMPARTIDO POR JOHN REED


México  insurgente, de John Reed
Capitán Swing/Nórdica Libros

 Aprovechando unos días de confinamiento por un contacto directo con un portador del virus, me he leído México insurgente, del periodista y activista estadounidense John Reed, del que se celebró el centenario de su muerte el pasado mes de octubre. Una lectura que para mí, que en un momento de mi vida quise ser reportero, ha supuesto todo un Máster en Periodismo.

México insurgente, de John Reed
Fotografía: Lucía Rodríguez

 México insurgente es la crónica de la Revolución Mexicana que lideró Pancho Villa en 1910 (la rebelión del norte de México contra los terratenientes ricos para redistribuir la tierra entre los pobres que la trabajaban) contada por John Reed de primera mano en una serie de artículos que aparecieron en el Metropolitan Magazine y el New York World. Un título reeditado ahora con sumo gusto por Capitán Swing y Nórdica Libros, con una excelente traducción de Íñigo Jáuregui y una interesante propuesta gráfica de Alberto Gamón, con una geometría peculiar que trae ecos de los murales sobrios y contundentes de Diego Rivera, y que siempre va al hilo de lo que se va leyendo en las páginas. 

«El libro se lee como una novela; mejor dicho, con más interés, puesto que todo ha nacido de la vida misma».
Revista de la Universidad de México

Ilustración de Alberto Gamón
México insurgente, de John Reed
Capitán Swing / Nórdica Libros

 Del caracter valiente e intrépido de su autor nos damos cuenta nada más empezar a leer, cuando cruza el río Bravo desde el lado estadounidense para entrevistar al general Mercado en el pueblo de Ojinaga.

Se podían ver las casas de adobe de Ojinaga, cuadradas y grises, y algunas cúpulas orientales de viejas iglesias españolas. Era una tierra tan desolada y desprovista de árboles que  uno esperaba ver minaretes. Durante el día, los soldados federales vestidos con andrajosos uniformes blancos pululaban por allí cavando trincheras sin orden ni concierto, pues se rumoreaba que Villa y sus victoriosos constitucionalistas venían de camino. […]
 Había tres mil quinientos hombres en Ojinaga. Eso era todo lo que quedaba del ejército de diez mil hombres comandado por Mercado y de los cinco mil que Pascual Orozco había llevado al norte como refuerzo desde Ciudad de México. De esos tres mil quinientos, cuarenta y cinco eran comandantes, veintiuno coroneles y once generales.
 Yo quería entrevistar al general Mercado, pero como un periódico había publicado algo que había molestado al general Salazar, este había prohibido la presencia de reporteros en la ciudad. Envié una respetuosa petición al general Mercado, pero la nota fue interceptada por el general Orozco, que la devolvió con la siguiente respuesta:
 Estimado Señor:
Si pone los pies en Ojinaga, le llevaré contra un  muro y con mi propia mano tendré el gusto de coserle la espalda a balazos.
 A pesar de todo aquello, vadeé el río y me dirigí al pueblo. 

 Desde ese momento, ya deseamos calzarnos sus botas y vivir sus aventuras, cabalgando por el desierto con un centenar de andrajosos soldados constitucionalistas.

Pancho Villa (quinto desde la izq.) con algunos de sus hombres
Hacienda Bustillos, marzo de 1911
Fotografía: Librería del Congreso.

 Ante el rumor de que el general Tomás Urbina iba a salir al frente en dos días, John Reed se presentó con su español rudimentario en el pueblo de Las Nieves, donde vivía el militar.

El general no respondió a mis explicaciones. Me estrechó flojamente la mano y la retiró enseguida, pero no se levantó. Era un hombre robusto, de mediana estatura y la tez color caoba, con una barba rala hasta los pómulos que no ocultaba la amplia, delgada e inexpresiva boca, las enormes fosas nasales y los ojillos brillantes y divertidos como los de un animal. Durante al menos cinco minutos no los apartó de los míos. Saqué  mis papeles.
 –No sé leer –dijo de pronto el general, e hizo una seña a su secretario–. ¿Así que usted quiere venir conmigo a la batalla? –me soltó en su más bronco español–. ¡Hay  muchas balas! –Permanecí callado–. ¡Muy bien! Pero no sé cuándo saldré. Quizás dentro de cinco días. ¡Ahora coma!
 –Gracias, mi general, pero ya he comido.
 –Vaya a comer –repitió tranquilamente–. ¡Ándele!

El general Urbina, ilustración de Alberto Gamón
México insurgente, de John Reed
Capitán swing/Nórdica Libros

***

En el patio el general hablaba con su amante, una hermosa mujer de aspecto aristocrático y voz como un serrucho. Al verme, se acercó y, tras estrecharme la mano, me dijo que le gustaría que le hiciera unas fotos. Le dije que ese era mi objetivo y le pregunté si creía que marcharía pronto al frente.

 –Creo que dentro de unos diez días –contestó.

 Empecé a sentirme incómodo.

 –Agradezco su hospitalidad, mi general –le dije–, pero mi trabajo requiere estar donde pueda ver el avance a Torreón. Si no es inconveniente, me gustaría volver a Chihuahua para unirme al general Villa, que pronto saldrá para el sur.

 Urbina, sin inmutarse, me espetó:

 –¿Qué es lo que no le gusta de este lugar? ¡Está en su casa! ¿Quiere cigarrillos? ¿Aguardiente, sotol, coñac? ¿Quiere una  mujer que le caliente la cama por la noche? ¡Puedo darle lo que pida! ¿Quiere una pistola? ¿Un caballo? ¿Dinero?

 Sacó un puñado de dólares de plata y los arrojó tintineando a mis pies.

 –En ninguna parte de México estoy tan contento y complacido como en esta casa –le dije, dispuesto a seguir adelante.

 Durante la hora siguiente fotografié al general Urbina: el general Urbina de pie, con y sin sable; el general Urbina montado en tres caballos diferentes; el general Urbina con y sin su familia; los tres hijos del general Urbina, a caballo y en el suelo; la madre del general Urbina, y la amante de este; la familia al completo, armada con sables y revólveres, incluido el fonógrafo, traído para la ocasión,  mientras uno de los niños sostenía una pancarta en la que ponía: «General Tomás Urbina R.»

Fotograma de la película Reed: México insurgente

 *** 
Habíamos terminado de desayunar, y yo me estaba resignando a pasar diez días en Las Nieves cuando el general cambió repentinamente de opinión. Salió de su cuarto gritando órdenes. Cinco minutos después la casa era todo ajetreo y confusión. Los oficiales empaquetaban apresuradamente sus ponchos, los mozos y los jinetes ensillaban los caballos y los peones, armados con rifles, corrían de un lado para otro. Patricio enjaezó cinco mulas al gran carruaje, una réplica exacta de la diligencia de Deadwood. Un correo salió a toda prisa para convocar a la tropa, que estaba acuartelada en El Canotillo.

Último viaje de la famosa diligencia de Deadwood
Fotogr.: John C. H. Gabrill, donada a la Biblioteca del Congreso de los EE. UU.

 […] Luego llegó la tropa, levantando una irregular polvareda parduzca a lo largo de varios kilómetros en el camino. Al frente marchaba una figura achaparrada y morena, con la bandera mexicana ondeando sobre su cabeza. […] Llegaron galopando, entre gritos indios y el chasquido de revólveres, hasta que estuvieron a solo treinta metros. Entonces dieron un tirón a sus pequeños caballos para que estos frenaran en seco, con los hocicos ensangrentados, en medio de un confuso remolino de hombres, caballos y polvo.
 Así era la tropa cuando la vi por primera vez. Eran unos cien hombres, en todos los grados de pintoresco desaliño. Algunos llevaban petos, otros las chaquetas de charro de los peones, mientras que uno o dos lucían pantalones vaqueros ajustados. Unos pocos iban calzados, la  mayoría llevaba sandalias de piel de vaca y el resto iba descalzo. […] Rifles enfundados en las sillas de montar, cuatro o cinco cartucheras en bandolera sobre el pecho, sombreros altos y de ala ancha, enormes espuelas que repiqueteaban al cabalgar y sarapes de colores brillantes atados por la espalda. Esos eran sus uniformes.

General Tomás Urbina

[…] de pronto Urbina salió por la puerta. Sin apenas mirar a su familia, saltó sobre su caballo gris y lo espoleó furiosamente hacia la calle. Juan Sánchez tocó su cascada corneta y la tropa, con el general al frente, tomó el camino de El Canotillo.

 El general, la tropa y nuestro corresponsal marchan a la guerra, y con él nosotros –es lo que tienen los libros bien escritos–.

John Reed (2º por la izq.) en un vagón artillado de la División del Norte
Fotografía: Otis A. Aultman (Biblioteca Pública de El Paso, Texas)
Web Relatos e Historias en México

 Leyendo el libro uno se da cuenta de la facilidad con que Reed podría haber desaparecido –como su compatriota y también escritor Ambrose Bierce– en medio de la Revolución. John Reed arriesgó su vida en más de una ocasión, y sólo la fortuna evitó que en algunos de los tiroteos le volaran la cabeza, o que algún oficial o soldado borracho le descerrajara unos tiros a bocajarro. A veces me parece que estoy inmerso en un spaghetti western de Sergio Leone, y otras en una novela de Cormac McCarthy, temeroso de ser alcanzado, aún estando en casa, por el disparo de un máuser o una granada.

Un pequeño caballo apareció galopando en la loma y vino hacia nosotros, el jinete recortado sobre el polvo resplandecía. Iba a una velocidad endiablada, hundiéndose y emergiendo en la tierra ondulada. Mientras espoleaba furiosamente a su caballo para subir la pequeña colina donde nos encontrábamos, vimos algo horrible. Una cascada de sangre en forma de abanico le manaba por delante. Una bala expansiva le había arrancado casi toda la parte inferior de la boca. Tiró de las riendas para situarse junto al coronel y, de forma angustiada y terrible, trató de decirle algo, pero nada inteligible salió de aquel estropicio. Las lágrimas corrían por las mejillas de aquel pobre hombre. Dio un grito sordo y, espoleando con fuerza a su caballo, enfiló el camino de Santo Domingo.

 Con la lectura también descubrimos que la imagen de cuatreros desalmados que algunos quieren adjudicarle a estos revolucionarios no es real. Pancho Villa, Emiliano Zapata y sus ejércitos no luchaban por tomar el poder del país, sino por apartar de él a los que habían oprimido y robado al pueblo.

Generales Urbina, Villa y Zapata en Palacio.
Fotografía: M. Ramos

 El ejército «maderista», como se conocía a los soldados constitucionalistas en referencia al añorado presidente Francisco I. Madero, peleaban contra el dictador Porfirio Díaz y su sucesor, el traidor Victoriano Huertas, con el deseo de revertir lo que estaba ocurriendo en el país y recuperar las identidades locales que habían sido usurpadas: el derecho a la tierra, a la educación, etc.

La gran pasión de Villa era las escuelas. Creía que la tierra para el pueblo y las escuelas resolverían todos los problemas de la civilización. Las escuelas eran una obsesión para él. A menudo le oí decir:
 –Cuando pasé esta mañana por tal o cual calle, vi un montón de chiquillos. Vamos a crear una escuela allí.
 Chihuahua tiene menos de cuarenta mil habitantes. Villa abrió más de cincuenta escuelas allí en diferentes ocasiones.

Pancho Villa acerca de la educación

***
El 80 % de los mexicanos son campesinos. La mitad del resto son aristócratas de sangre española, y los demás son comerciantes y profesionistas. Durante casi 500 años los aristócratas españoles, con la ayuda del capital foráneo y la iglesia católica, han robado y masacrado a los campesinos […] La revolución sobre la que estoy escribiendo es sólo la más reciente de 100 revoluciones. Pues el pueblo mexicano, con su predominio de sangre indígena, ha sido siempre una de las razas que mayor amor a la libertad siente en el mundo.
John Reed 

Fotogr.: Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México 

***

El cuarto estaba lleno del humo de la hoguera que ardía en el suelo. A través de él pude vislumbrar a unos treinta o cuarenta soldados, en cuclillas o sentados de cualquier manera, en silencio absoluto mientras Silverya leía una proclama del Gobierno de Durango que expropiaba por siempre las tierras de las grandes haciendas para repartirlas entre los pobres.

En vista de que la principal causa de descontento entre la gente de nuestro Estado, que se vio obligada a empuñar las armas, era la absoluta falta de propiedad  individual, y que hoy las clases campesinas no tienen medios de subsistencia ni más esperanza futura que servir como peones en las haciendas de los grandes terratenientes, que han monopolizado la tierra del Estado;
 En vista de que el principal sector de la riqueza nacional es la agricultura, y que no puede haber verdadero progreso en la agricultura sin que la mayoría de los propietarios tenga un interés personal en hacer que la tierra produzca;
 En vista, finalmente, de que los pueblos rurales se han visto reducidos a la más profunda miseria, porque las tierras comunales que antaño poseían pasaron a engrosar la propiedad de la hacienda más cercana, especialmente bajo la dictadura de Porfirio Díaz, con lo que los habitantes del Estado perdieron su independencia económica, política y social, y pasaron del rango de ciudadanos al de esclavos sin que el Gobierno fuera capaz de elevar el nivel moral mediante la educación, porque la hacienda donde vivían es propiedad privada;
 El Gobierrno del Estado de Durango declara, en consecuencia, la necesidad pública de que los habitantes de los pueblos y aldeas sean los dueños de las tierras agrícolas.

 Cuando el tesorero hubo leído trabajosamente las disposiciones subsiguientes, que estipulaban cómo había que solicitar la tierra y demás, se hizo un silencio.

 –Esto es la Revolución mexicana –dijo Martínez.

 –Es justo lo que está haciendo Villa en Chihuahua –dije–. Es genial.

***

 La segunda de las seis partes del libro está dedicada por completo a la figura de Pancho Villa, el proscrito que se convirtió en el Robin Hood mexicano y con el que Reed pasó dos semanas en Chihuahua: su entrada en la revolución de los peones a las órdenes de Madero como capitán del ejército maderista; su victoria sobre Orozco en el norte; la acusación de insubordinación; su encarcelamiento; su fuga a El Paso (Texas) y su regreso para conquistar México; su autoproclamación como gobernador militar del estado de Chihuahua y su negativa a ser presidente del país.

–Soy un combatiente, no un hombre de estado. No soy lo bastante instruido para ser presidente. Aprendí a leer y escribir hace apenas dos años. ¿Cómo yo, que nunca fui a la escuela, puedo esperar hablar con los embajadores extranjeros y los cultivados caballeros del Congreso? Sería malo para México que un hombre sin educación fuera presidente. Hay algo que no haré: ocupar un puesto para el que no estoy cualificado. Solo hay una orden de mi jefe (Carranza) que me negaría a obedecer: si me ordenara ser presidente o gobernador.

***

 Esa segunda parte contiene un buen rapapolvo de Villa a los españoles:

–¿Quién es el cónsul español?
 Scobell, el vicecónsul británico, dijo:
 –Yo represento a los españoles.
 –¡Muy bien! –dijo bruscamente Villa–. Pues dígales que empiecen a hacer las maletas. Pasados cinco días a contar desde hoy, cualquier español que sea detenido en el territorio de este estado será llevado al paredón más cercano por un pelotón de fusilamiento.
 Los cónsules ahogaron un grito, horrorizados. Scobell empezó a protestar enérgicamente, pero Villa le interrumpió.
 –Esta no es una decisión repentina por mi parte –dijo–. Llevo pensando en ella desde mil novecientos diez. Los españoles deben irse.
 Letcher, el cónsul estadounidense, dijo:
 –General, no cuestiono sus motivos, pero creo que comete un grave error político expulsando a los españoles. El Gobierno de Washington se lo pensará muy mucho antes de ser amigo de un bando que toma medidas tan bárbaras.
 –Señor cónsul –respondió Villa–, los mexicanos llevamos trescientos años aguantando a los españoles. No han cambiado de carácter desde la época de los conquistadores. Reventaron el imperio indio y esclavizaron al pueblo. No les pedimos que mezclaran su sangre con la nuestra. Los echamos dos veces de México y los dejamos volver con los mismos derechos que los mexicanos, pero ellos usaron esos derechos para robarnos la tierra, esclavizar al pueblo y tomar las armas contra la causa de la libertad. Apoyaron a Porfirio Díaz. Se mostraron perniciosamente activos en política. Fueron los españoles quienes montaron la conjura que llevó a Huerta al palacio. Cuando Madero fue asesinado, los españoles dieron banquetes para celebrarlo en todos los estados de la república. Lanzaron sobre nosotros la mayor superstición que ha conocido el mundo: la Iglesia católica. Solo por eso habría que matarlos. Creo, pues, que estamos siendo muy generosos con ellos.
***

Pancho Villa y la División Norte

–Cuando se constituya la nueva república ya no habrá más ejército en México. Los ejércitos son el mayor sostén de la tiranía. No puede haber tiranía sin ejército.

 En la tercera parte del libro se nos narra la marcha de Reed al sur desde Chihuahua en un tren militar con destino a la avanzadilla cercana a Escalón. Francisco Villa volverá a aparecer en la cuarta parte, donde Reed vuelve a encontrarse con él y nos narra la victoria de su ejército sobre Orozco en Gómez Palacio.

El ejército constitucionalista estaba destrozado. En los cuatro días de combates había habido cerca de un millar de muertos y casi dos mil heridos. Hasta el excelente tren hospital era insuficiente para atender a los heridos. Afuera, en la vasta llanura donde nos encontrábamos, un ligero olor a cadáveres lo invadía todo. En Gómez Palacio debía de haber sido horrible. El jueves, el humo de veinte piras funerarias manchó el cielo. Pero Villa estaba más decidido que nunca. Gómez debía caer, y rápido. Villa no tenía municiones ni víveres suficientes para un asedio. Además, su nombre se había convertido en una leyenda para el enemigo. Siempre que Pancho Villa aparecía en una batalla, los rivales habían empezado a creer que estaba perdida, y el efecto que esto tenía en los suyos también era clave. Así pues, programó otro ataque nocturno.

 La quinta parte del tomo, se centra en Venustiano Carranza, el jefe ejecutivo de la Revolución, y en la sexta, como cierre, John Reed nos muestra la vida nocturna mexicana en Chihuahua, Valle Alegre y Santa María del Oro. En El Oro, donde dice viven las muchachas más bonitas de Durango y se celebran las fiestas con más pasión que en otros lugares, nuestro corresponsal nos hace partícipes de las pastorelas, viejo auto sacramental que aún hoy día se sigue celebrando.

 Las páginas de México insurgente encierran además una potente banda sonora, a la que he sumado las canciones mexicanas de Jorge Negrete y Pedro Infante que ponía mi padre en casa, y otras de Agustin Lara que me recomendó Teresa desde Barcelona.

Patricio desenfundó la guitarra y el teniente coronel, acompañado por Rafael, cantó canciones de amor con su voz rota. Cualquier mexicano se sabe cientos de ellas. No están escritas, sino que a menudo se compusieron de forma improvisada y pasaron de boca en boca. Algunas son muy bonitas, otras grotescas y otras tan satíricas como cualquier canción popular francesa. El teniente coronel cantó:

 Como complemento al libro, recomiendo la película Reed: México insurgente, producida por Berta Navarro y dirigida por Paul Leduc en 1970, de la que se hizo una restauración digital en 2010 con la colaboración de la Cinemateca Real de Bélgica. En ella el papel de John Reed es interpretado por el actor Claudio Obregón. Yo la vi anoche con el pequeño de mis hijos, que sueña con ser cineasta y rodar sus propias películas.

 El sueño de Pancho Villa era ayudar a hacer de México un lugar feliz. Viendo los problemas que tiene hoy día el país, me pregunto que pensaría Villa, o mejor que haría, si levantara la cabeza.

 Sobre Johnn Reed, contarles que fue acusado de espionaje en Estados Unidos por su ideología de izquierdas, y tuvo que huir a la Unión Soviética, donde falleció de tifus en un hospital de Moscú. Tan sólo tenía 33 años, pero en ese corto espacio de tiempo exprimió la vida hasta la última gota. Fue enterrado con honores muy cerca del mausoleo de Lenin, junto al muro del Kremlin, así que si ustedes pasan por la plaza Roja, hagan el favor de dejar una flor sobre su lápida.

Tumba de John Reed, necrópolis del Kremlin, Moscú
Fotografía: Vladimir (Guía roja de Moscú)

Lápida donde se lee en segundo lugar, y en ruso, el nombre de John Reed
Junto a él: Inés Isabel Fiedorovna, Iván V. Rusakov y Simón Matveyevich
Fotografía: Vladimir (Guía roja de Moscú)

 Seguramente, si pudiera, Juan, Juanito o el míster, como le llamaban sus cuates, les brindaría una de sus sonrisas.

John Reed

 Por último, me van a permitir que cierre esta reseña con un ¡Viva Pancho Villa y Emiliano Zapata, Cabrones!

México insurgente, de John Reed
Capitán Swing / Nórdica Libros

Nota: Si les gustó México insurgente y quieren leer más obras de John Reed, les recomiendo La guerra en Europa Oriental (Editorial Txalaparta, 2005), donde nos narra su estancia en el frente oriental en 1914, durante la Primera Guerra Mundial, y Diez días que sacudieron el mundo (Capitán Swing / Nórdica Libros, 2017), la crónica de otra revolución, en este caso la rusa.

La guerra en Europa Oriental, de  John Reed
Editorial Txalaparte

«Si E. H. Carr ha sido el mejor historiador de la revolución bolchevique, John Reed ha sido su mejor periodista»
Manuel Vázquez  Montalbán 

Diez días que sacudieron el mundo, John Reed
Capitán swing/Nórdica Libros