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domingo, 1 de junio de 2025

BUTCHER'S CROSSING


Butcher's Crossing, de John Williams
Fotografía: Pedro Delgado

En el día de Reyes, le regalé a mi padre Butcher's Crossing, de John Williams, el mismo autor de Stoner, la novela que le leí cuando estaba ingresado en el hospital recuperándose de un ictus*.

 Regalar un libro a alguien que no puede sostenerlo bien entre sus manos es regalarle también tu tiempo para leérselo. No hay nada más poderoso que un buen libro, y nada más gratificante que narrar o escuchar una historia. Y si en ella hay un pueblo polvoriento, grandes praderas y manadas de bisontes..., porque Butcher's Crossing es un western, miel sobre hojuelas.

 Eso sí, leerle a una persona octogenaria, cuando no se puede hacer a diario, requiere a cada nueva sesión de lectura una breve recapitulación de lo leído, unas frases sencillas que lo sitúen de nuevo en la novela.

 «Acuérdate, papá», le decía los primeros días, «estamos en Burcher's Crossing, Kansas, un incipiente pueblucho del lejano Oeste donde la gente se dedica al comercio de las pieles. Hasta allí ha llegado William Andrews, un joven estudiante del Harvard College de Boston que ha sentido la llamada de lo salvaje. Pregunta por un tal J. D. McDonald, un comerciante de pieles amigo de su padre que le ofrece trabajo, pero que este rechaza, pues lo que él quiere no es llevar un negocio sino conocer a los cazadores y a la región lo más a fondo posible. McDonald lo manda entonces a ver a Miller, un veterano cazador de búfalos». Y, una vez asentía, continuaba con la lectura.

–De modo que ha preferido no atarse a McDonald.
–No es lo que yo buscaba.
–Esto es un pueblo de cazadores, muchacho –comentó Miller–. Poca cosa más se puede hacer por aquí, si decide quedarse. Una posibilidad es trabajar para McDonald y sacar algún dinero, otra montar su pequeño negocio de lo que sea y confiar en que sea cierto que el ferrocarril pasará por aquí, y otra más apuntarse a una partida de caza.
–Es más o menos lo que me dijo el señor McDonald.
–Y la última idea no le gustó.
–Eso parece –dijo Andrews con una sonrisa.
–No le caen bien los cazadores –dijo Miller–. Y a ellos tampoco les cae bien él.
–¿Por qué?
Miller se encogió de hombros antes de responder.
–Los cazadores hacen el trabajo, y todo el dinero se lo queda McDonald. Para ellos, él es un sinvergüenza; McDonald, en cambio, cree que los cazadores son tontos. Ambas partes tienen razón; no culpemos a nadie.
–Pero usted también es cazador, ¿no es así, señor Miller? –le preguntó Andrews.
Miller  meneó la cabeza.
–No como los de por aquí. Además, no trabajo para McDonald. Él organiza sus propias partidas, les da cincuenta centavos por cabeza a cuenta de pieles crudas; pieles de verano, poco más que un cuero fino. Tiene siempre a más de treinta grupos cazando; obtiene montones de pieles, pero tal como está estipulado el reparto de beneficios, suerte tendrá el cazador que saque lo suficiente para pasar el invierno. Yo cazo por mi cuenta o no salgo a cazar... –Miller se interrumpió.
Francine regresó con un cuarto de botella y vasos limpios, y uno pequeño de cerveza para ella. Charley Hoge cogió con celeridad el whisky que ella le puso delante; Miller ahuecó una manaza peluda alrededor del suyo; Andrews tomó un sorbito. El licor le quemó los labios y la lengua y le calentó el gaznate; el ardor le impidió notar sabor alguno.
–Llegué a este pueblo hace cuatro años –prosiguió Miller, el mismo año que McDonald. ¡Dios mío, si hubiera visto usted esta región entonces! En primavera mirabas desde aquí y todo eran bisontes hasta donde alcanzaba la vista, como si el suelo estuviera cubierto por una hierba oscura. En aquel entonces éramos muy pocos en la zona, y no era raro que una sola partida consiguiera mil o mil quinientas cabezas en un par de semanas de cacería. Y hablo de pieles de primavera, que son las buenas. Ahora queda muy poca caza. Los bisontes viajan en pequeñas manadas, y suerte tiene un cazador si consigue doscientas o trescientas cabezas por viaje. Dentro de un par de años, aquí en Kansas no habrá nada que cazar.
Andrews tomó otro sorbo de whisky.
–¿Qué hará usted entonces?
–Ya veremos. Poner trampas otra vez, o dedicarme un tiempo a la minería, o cazar cualquier otro bicho. –Miró ceñudo su vaso–. O cazar más bisontes. Si uno sabe buscar, hay sitios donde todavía quedan.
–¿Por esta zona? –preguntó Andrews.
–No –respondió Miller. Se rebulló inquieto en la silla, con su corpachón vestido de negro; empujó el vaso intacto hasta el centro de la mesa–. En el otoño del sesenta y tres estuve cazando castores en Colorado. Fue un año después de que Charley perdiera la mano; él estaba instalado en Denver pero entonces no iba conmigo. Ese año los castores tardaron en echar el pelo, de modo que dejé mis trampas cerca del río donde estaba trabajando y me fui en mulo hacia las montañas, con la esperanza de cazar un par de osos; había oído decir que ese año su piel era buena. Durante casi tres días trepé por aquella ladera sin avistar ni un maldito oso. El cuarto día continué el ascenso, pero ahora más hacia el norte; llegué a un punto donde la montaña caía a pico sobre una cañada. Pensé que  quizá allí abajo habría algún riachuelo en el que los animales irían a beber, de modo que empecé a bajar con el mulo. Tardé no sé cuántas horas, y una vez abajo no encontré más que un lecho reseco, de unos diez o doce pies de ancho, duro como la piedra, que parecía un camino abierto en pleno monte. En cuanto lo vi, supe de qué se trataba, pero no me lo podía creer. Eran bisontes; habían apisonado la tierra yendo y viniendo por aquel camino, durante años y años. Seguí el cauce cuesta arriba, y ya casi de noche salí al lecho de un valle tan llano como un lago. El valle entraba y salía de las montañas hasta donde alcanzaba la vista, y por todas partes había bisontes, pequeñas manadas. Pieles de otoño, pero más espesas y mejores que las de invierno en las zonas de pradera. Desde donde me encontraba, calcule que había unas tres o cuatro mil cabezas, más las que estaban ocultas a la vista en los recodos del valle. –Cogió el vaso que había dejado en el centro de la mesa y lo apuró de un trago, estremeciéndose un poco al beber–. Tuve la clara sensación de que ningún ser humano había pisado jamás aquel valle. Quizá algunos indios, mucho tiempo atrás, pero ningún blanco. Estuve allí dos días enteros y no vi una sola señal de presencia humana, como tampoco a la vuelta. Cerca del río, el sendero se ceñía a la ladera de la montaña y quedaba oculto entre árboles; remontando la corriente, ningún hombre podía verlo.
Andrews carraspeó, y su voz le sonó hueca y extraña al hablar:
–¿Ha vuelto alguna vez a ese sitio?
Miller negó con la cabeza.
–Nunca. Sabía que todo estaría igual. Nadie podría encontrarlo a no ser que supiera el lugar exacto, o que se topara con él por casualidad, como me ocurrió a mí; y eso es poco probable.
–Diez años –dijo Andrews–. ¿Cómo es que no ha vuelto?
–Las cosas no salieron bien. Un año a Charley le dio la fiebre, otro año me había comprometido para otro trabajo, al siguiente estaba sin blanca. Entre una cosa y otra nunca he podido reunir la partida adecuada.
–¿Qué clase de partida debería ser? –preguntó Andrews.
Miller no le miró al responder.
–Una que me dejara toda la iniciativa. Ya no quedan muchos sitios como ese, y no quisiera mezclar en eso a ninguno de los otros cazadores.
Andrews sintió crecer en su interior una gran emoción.
–¿Cuántos hombres se necesitarían?
–Depende de quién lo organice –respondió Miller. Entre cinco y siete hombres, para una partida normal. Pero, en este caso concreto, creo que cuanta menos gente, mejor. Con un cazador bastaría, porque dispondría de todo el tiempo del mundo para cobrar piezas; tendría a los bisontes siempre a su disposición. Un par de desolladores y alguien que se ocupara del campamento. Creo que cuatro hombres podrían hacer el trabajo. Y cuanta menos gente hubiera, mayor sería la tajada.
Andrews guardó silencio. Vio cómo Francine se inclinaba hacia delante y se acodaba en la mesa. Charley Hoge inspiró hondo, con brusquedad, y tosió un poco. Tras la pausa, Andrews dijo:
–¿Se podría organizar una partida, en esta época del año?
Miller asintió, mirando por encima de la cabeza de Andrews.
–Sí, supongo que se podría.
Se hizo otro silencio.
–¿Cuánto dinero se necesitaría?
Miller bajó ligeramente la vista hasta encontrar lo ojos de Andrews y esbozó una sonrisa.
–¿Habla por hablar, muchacho, o es que está interesado de verdad?

 La exquisita prosa de John Williams, que ya nos enganchó en Stoner, esta vez traducida por el Luis Murillo Fort, recoge en las páginas de Burcher's Crossing el viaje iniciático del joven Andrews al mundo duro, austero y violento de los cazadores de bisontes que esquilmaron las praderas del salvaje Oeste en la década de 1870.

 Miller disparó, volvió a cargar, disparó y cargó otra vez. La neblina de humo acre se hizo más densa alrededor de ambos hombres; Andrews tosió, respiró boqueando y pegó la cara al suelo, donde el humo era menos denso. Al levantar la cabeza pudo ver ante sus ojos un sinfín de cadáveres de bisonte, y el resto de la manada –que, en apariencia, apenas había menguado– pululando en círculo de un modo casi mecánico, como si obedeciera al oscuro ritmo marcado por los disparos que Miller efectuaba a intervalos precisos. Las detonaciones lo dejaron sordo [...]

 Con su estilo cinematográfico, John Williams escenifica los cambios internos que se van produciendo en los personajes, no ya sólo en sus físicos, sino también en sus almas.

De la manada original quedaban unas dos terceras partes, o poco más. En un trecho largo e irregular que se extendía casi una milla, el suelo estaba sembrado de montículos oscuros. Andrews tenía las rodillas en carne viva de arrastrarse al lado de Miller, pues habían seguido avanzando en dirección sur conforme la manada se desplazaba hacia allí en su perpetuo girar. Le ardían los ojos de tanta humareda y los pulmones le dolían de respirarla; el ruido de los disparos le había dado dolor de cabeza; en la palma de una mano empezaban a salirle ampollas de sujetar los cañones calientes. Había pasado la última hora apretando los dientes para reprimir cualquier expresión de dolor.
 Pero, a medida que aumentaba el dolor en distintas partes de su cuerpo, su mente pareció distanciarse de él, sobrevolarlo de alguna forma, y fue capaz de verse a sí mismo, y a Miller, con mayor claridad que antes. Durante la última hora acabó viendo a Miller como una suerte de autómata, un mecanismo puesto en marcha por el discurrir de la manada; y la matanza de bisontes, no como un ansia de sangre, de pieles o de lo que pudieran reportar, y ni siquiera al final como una descarga de la furia que anidaba en el interior de Miller; acabó viendo la matanza como una fría y ciega respuesta a la vida en la que Miller se había metido de lleno. Se miraba a sí mismo, arrastrándose entumecido detrás de Miller por el lecho del valle, recogiendo las vainas vacías, tirando del barrilete, ocupándose del rifle, limpiándolo, pasándoselo a Miller cuando lo precisaba..., se miraba y no era capaz de reconocerse ni de entender qué hacía allí.
***
 A medida que los bisontes, siguiendo su instinto, se empeñaban en alejarse del valle, la matanza se hacía más intensa. De por sí reservado y parco en palabras, Miller se obsesionó cada vez más con la matanza; incluso por la noche, en el campamento, ya ni siquiera utilizaba la voz para expresar sus necesidades más primarias; pedía café señalando simplemente la cafetera, gruñía cuando alguien pronunciaba su nombre, impartía las instrucciones a base de escuetos gestos de manos y brazos, sacudiendo la cabeza o gruñendo por lo bajo. Iba a cazar con dos escopetas, y tantos eran los disparos que los cañones de ambas llegaban casi al punto de arder.
 Schneider y Andrews tenían que darse más prisa en despellejar los animales que Miller iba dejando tirados en el suelo; casi nunca terminaban la tarea antes de ponerse el sol, y en consecuencia cada mañana se levantaban antes del amanecer para bregar con el duro cuero de unos bisontes tiesos. Durante el día, mientras sudaban, cortaban y arrancaban en un esfuerzo desesperado por no rezagase, oían cómo el rifle de Miller quebraba el silencio de manera inexorable, insistente, monótona, hasta dejarlos desquiciados y con los nervios a flor de piel. Por la noche, cuando los dos volvían agotados hacia el resplandor rojizo que señalaba la posición del campamento en la oscuridad, encontraban a Miller junto al fuego, encorvado, el gesto ausente; salvo por la mirada, estaba tan quieto y desprovisto de vida como los bisontes a los que mataba. Incluso había dejado de limpiarse la pólvora que se le pegaba a la cara al disparar; ahora el polvillo negro parecía formar parte de su piel como si estuviera grabado en ella, una máscara que resaltaba el furibundo y penetrante brillo de sus ojos.

 Will Andrews, Miller, el huraño desollador Fred Schneider y el borrachuzo Charley Hoge, con los que el joven ha emprendido la búsqueda de un valle secreto poblado de manadas de bisontes, son los protagonistas de esta novela junto a McDonald y la prostituta Francine; todos retratados finamente por el autor, que recoge de manera pausada la evolución de sus emociones y de su percepción de la realidad. Además de ellos, asoman otros secundarios, a modo casi de extras de una película, que aparecen y desaparecen de las páginas en un suspiro.

En dos ocasiones se cruzaron con pequeñas partidas que llevaban su misma dirección. Una de ellas la formaba un hombre, su esposa y tres niños. Sucios de polvo, la cara chupada y la expresión hosca por el cansancio, la mujer y los niños iban acurrucados en un pequeño carro tirado por cuatro mulos y no dijeron nada; el hombre, ansioso por hablar y atragantándose casi de tantas ganas como tenía, les dijo que venían de Ohio, que habían perdido allí su granja y que se dirigía a California, donde un hermano suyo tenía un pequeño negocio; habían iniciado el viaje con una pequeña caravana, pero uno de sus mulos cojeaba y ahora el grupo principal le llevaba ya dos semanas de ventaja, y no tenía esperanzas de alcanzarlos. Miller examinó el mulo que renqueaba y aconsejó al hombre desviarse hacia Fort Wallace, donde podría dejar descansar al tiro y esperar a que pasase otra caravana. El hombre estaba indeciso y Miller, cortante, le dijo que el mulo no llegaría mucho más allá de Fort Wallace y que seguir camino él solo era una estupidez. El hombre negó con la cabeza, tozudo. Miller no insistió; tras hacer una seña a Andrews y Schneider, el grupo dio un pequeño rodeo y siguió su camino dejando atrás al hombre, la mujer y los niños. Al anochecer divisaron el polvo que levantaba el carromato, muy lejos a sus espaldas. Miller meneó la cabeza.
 –No lo conseguirán. Ese mulo no aguantará ni dos días. –Escupió al suelo–. Deberían haberse desviado por donde les he dicho.

 Y como suele suceder en los westerns, junto a todos ellos brillan con luz propia los paisajes y los animales, no ya solo el bisonte de la portada –comprensible que figure en casi todas las ediciones– sino también los bueyes y los caballos.

Portadas ediciones de Butcher's Crossing (Montaje Pedro Delgado)

Portadas ediciones de Butcher's Crossing (Montaje Pedro Delgado)

 De todas las portadas, me quedo con la española, la de Lumen, por la paz que transmite y porque junto al búfalo americano aparece otro de los grandes protagonistas de la novela: la nieve.

 –Un momento –dijo Schneider. Tenía la vista perdida, y por el gesto de la cabeza parecía estar escuchando algo.
 –¿Qué hay? –dijo Miller.
 –Marchémonos de aquí. –Schneider se volvió lentamente hacia él. Su voz sonó queda.
 Miller torció el gesto, lo miró pestañeando.
 –¿Qué pasa?
 –No lo sé –dijo Schneider–. Pero hay algo. Algo no me acaba de gustar.
 Miller resopló.
 –Te asustas más rápido que los bisontes. Vamos, aún quedan muchas horas de luz. Dentro de un rato se habrán calmado y podré tumbar unos cuantos antes de que anochezca.
 –Escuchad –dijo Schneider.
 Se quedaron los tres inmóviles en las sillas de montar, tratando de oír algo que desconocían. El viento había cesado, pero el aire seguía siendo frío. No oyeron más que silencio; ni murmullo de ramas ni canto de pájaros. Uno de los caballos resopló; alguien hizo crujir la silla al moverse. Miller, ansioso por romper el silencio, se palmeó una pierna y, volviéndose hacia Schneider, dijo en alta voz:
 –Qué demonios...
 Pero no continuó. El brazo estirado de Schneider, la mano y un dedo que parecía señalar a ninguna parte, le conminaron al silencio. Andrews los miró alternativamente, desconcertado, pero de pronto sus ojos se detuvieron en un punto entre los dos hombres. En el aire, cayendo despacio, como una pluma, vio un gran copo solitario de nieve. Y estaba mirándolo cuando apareció otro más, y un tercero.

 La trama en las novelas de John Williams avanza muy lentamente. A veces, como en Stoner, ya sabemos desde el inicio hacia donde nos conduce; pero eso no tiene la mayor importancia, porque la magia de este autor, un desconocido hasta hace poco en estos lares a pesar de que obtuvo el National Book Award en 1973, no reside en lo que cuenta, sino en cómo nos lo cuenta. En el estilo. En cómo consigue con ese tono y ese lenguaje aparentemente sencillos meternos a base de detalles dentro de la historia, empotrarnos con sus protagonistas y provocarnos las más diversas e intensas emociones.

John Williams (Clarksville, Texas, 1922-Fayetteville, Arkansas, 1994)
Fotografía: Archivos de la Universidad de Denver

 Yo siempre iba en la lectura unos cuantos capítulos por delante de mi padre, pues al regresar a casa sentía la imperiosa necesidad de continuar leyendo, de forma que cuando volvía a leerle, al cabo de los días, yo ya sabía exactamente qué era lo que le esperaba en aquellas páginas: como un dios magnánimo que sabe lo que va a pasar en la Tierra. De paso, al leer por dos veces los capítulos, me fijaba más en la construcción de las frases y en los recursos que utilizaba el escritor, tratando de aprender su estilo y la técnica de la que se servía.

 Al final de la segunda parte del libro –se divide en tres partes–, John Williams nos agarró a ambos por las solapas y nos zarandeó a base de bien. A mí por segunda vez, sintiendo el mismo estupor de la primera. Mi padre emitió un «¡Oh!» de sorpresa y meneó la cabeza a los lados repetidas veces, como si quisiera negar lo que acababa de suceder.

 Y al terminar la tercera parte y decir aquello del punto final, mi padre definió aquella novela como un western de altura literaria, nada que ver con las novelitas baratas que tenía antaño en su mesita de noche.

 Bret Easton Ellis, el autor de American Psycho y de Los destrozos, al que oí hablar una tarde en el auditorio del Museo Picasso de Málaga, también fue exquisito en sus palabras para definirla: «Butcher's Crossing desmantela el mito del Oeste, revelando una historia de terror sobre el día a día agotador de la mera supervivencia... [un] lirismo sobrio y magnifico... incluso en sus momentos más suaves no exagera en nada, y la crítica moral está en la precisión del lenguaje, la ahora famosa prosa simple y elegante de Williams».

 Y The New York Times Book Review la emparentó con Cormac McCarthy, del que ya disfruté Meridiano de sangre: «Dura e implacable, pero de tono apagado, Butcher's Crossing allanó el camino para Cormac McCarthy. Fue quizás el primer y mejor western revisionista».

 ¿Y qué es un western revisionista?, se preguntarán ustedes. Pues les daré la definición que encontré en mm guionistas (Manuel Fajardo y Marc Cosdán):

El western revisionista es un subgénero del cine del oeste que se desarrolló a partir de la década de 1960 y que busca cuestionar y subvertir las convenciones y estereotipos tradicionales asociados con las películas del oeste clásicas. A diferencia de las narrativas simplistas y maniqueas que solían presentarse en los western tradicionales, el western revisionista se caracteriza por ofrecer una visión más realista, compleja y crítica de la historia del Oeste americano y de los personajes que lo habitan.
 Las principales características del western revisionista incluyen:
 1. Ambigüedad Moral: Los personajes en el western revisionista son más complejos y no se dividen claramente entre "buenos" y "malos". Los protagonistas a menudo tienen motivaciones ambiguas y pueden estar llenos de contradicciones. Los antagonistas también pueden tener razones comprensibles para sus acciones.
 2. Contexto Histórico Realista: A diferencia de los western clásicos que presentaban una visión idealizada y heroica del Oeste americano, el western revisionista tiende a retratar un ambiente más auténtico y verosímil. Se abordan temas como la violencia, el racismo, la avaricia, el conflicto entre colonos y nativos americanos, y las dificultades que enfrentaron los pioneros y forajidos.
 3. Cuestionamiento de Mitos y Leyendas: El western revisionista desafía los mitos y leyendas tradicionales que rodean la historia del Oeste. Busca presentar una perspectiva más crítica sobre la conquista del Oeste y los eventos históricos que han sido idealizados en las películas clásicas.
 4. Estilo de Dirección Innovador: Los directores de western revisionista a menudo adoptan un enfoque más moderno y estilizado en su dirección. Pueden utilizar técnicas cinematográficas innovadoras, narrativas no lineales y elementos simbólicos para contar sus historias.
 5. Reinterpretación de Arquetipos: El western revisionista revisa y redefine los arquetipos tradicionales del género. Los héroes pueden tener rasgos más oscuros y conflictivos, mientras que los villanos pueden tener motivaciones más complejas.

 Y ya que hablamos de cine del oeste, les diré que en 2023 Netflix estrenó la adaptación de Butcher's Crossing a la gran pantalla. Dirigida por Gabe Polsky, y con Nicolas Cage en el papel de Miller y Fred Hechinger en el de William Andrews.

 ¿Qué decirles de ella? Pues que la película que me monté en la cabeza conforme leía la novela es muchísimo mejor que ese trailer que he visto, y que quizás habría sido mejor colocar a Kevin Costner en el papel de Miller en lugar de al casi siempre sobreactuado Nicolas Cage.

 A pesar de ello, tengo ganas de verla para ver las diferencias con la novela –por ejemplo, ese carro que se despeña por un barranco, cosa que no sucede en el texto–. Y quién sabe, igual al final me termina gustando. Ya les dejaré un comentario cuando la vea.

 Lo que sí puedo recomendarles, y lo hago de manera encarecida, es la novela. Si solo van a poder leer un libro este año, que sea este. Lo terminamos de leer hace unos meses y todavía sigue retumbando en nuestra cabezas.

 ¡Sí!, y los poetas mandan al espíritu enfermo a visitar verdes pastos, de la misma manera que a un caballo que cojea se lo saca a la pista sin herrar para que renueve sus cascos. Curanderos a su modo, los poetas sostienen que tanto para corazones apenados como para pulmones doloridos, la naturaleza es el gran remedio. Pero entonces ¿quién dejó que mi cochero muriese congelado allá en la pradera? ¿Y quién tuvo la culpa de que Peter el Salvaje se volviera idiota?
HERMAN MELVILLE, El estafador y sus disfraces

*Pueden leer la reseña de Stoner, de John Williams, clicando en el siguiente enlace:

Stoner, de John Williams. Fotografía: Pedro Delgado

https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2023/02/del-cohete-chino-el-ictus-de-mi-padre.html

sábado, 19 de agosto de 2023

COMO SI EXISTIESE EL PERDÓN


Como si existiese el perdón, de Mariana Travacio
Editorial Las afueras. Fotografía: Pedro Delgado

"Esto va a acabar mal", sentenció mi madre. Con Quebrada* lo dijo ya muy avanzada la lectura, pero con Como si existiese el perdón lo soltó casi de inmediato, en cuanto apareció Loprete en el bar del Tano preguntando por Pepa.

En una de las vueltas del viento norte, se nos apareció Loprete. Llegó lúgubre, un poco perdido, preguntando por Pepa. Hablaba sin urgencia, pero decidido. Busco a Pepa, dijo, apenas lo vimos en lo del Tano. Lo dijo seco, como si tuviera la boca vacía y se le llenara con eso. Lo miramos extrañados, un poco sorprendidos por su figura concreta en la tarde abrasadora, como si la bruma de polvo que nos envolvía esa tarde lo hubiese materializado para que así de repente preguntara por Pepa.

 Se lo estaba leyendo a mis padres en pleno mes de agosto, en tres días de terral que tenían a toda Málaga enchufada al aire acondicionado, al ventilador y al abanico. Estábamos sentados en el salón bajo las fatigadas aspas de un viejo ventilador, de ahí que nos identificáramos con el narrador, Manoel, nada más leer las primeras líneas.

Allá, donde vivíamos, venía el viento norte. Era un viento de calor que nos cercaba despacio hasta instalarse como un perro hambriento. Cuando nos tenía rodeados, dormíamos unas siestas interminables. Nos despertábamos cuando el sol se iba y el cielo quedaba con un resplandor que seguía levantando el olor de la tierra seca.

 La escritura de Mariana Travacio (Argentina, 1967) crea una atmósfera casi poética, por la que pululan sus personajes, a los que trata con una ternura que contrasta con el duro destino que les aguarda. La novela, publicada por la editorial Las afueras, es del año 2016, pero ahí ya está la voz que me sorprendió gratamente en Quebrada (Editorial Las afueras, 2022), su última novela. Esas historias cortas, pausadas, retenidas, pero a la vez plenas de sucesos, que se desatan con intensidad al final, y esa estructura de capítulos cortos que no alcanzan la media página, junto a otros más largos de dos, tres o cuatro páginas, podados hasta la extenuación para que no haya nada superfluo que nos distraiga. Y ese narrador –narradores en el caso de Quebrada– que te agarra por las solapas y te arrastra con él.

3
Al principio nos daban ganas de golpear la tierra, donde jugábamos a las cartas, ahí donde lo sepultamos. Queríamos golpear la tierra para que se despertara. En esos días nos agarraba seguido el recuerdo. No lo hablábamos, pero todos sabíamos. Nos juntábamos a tomar unas ginebras, como antes, pero la mirada se le iba al Tano, o se me iba a mí, o a Juancho, y todos sabíamos para dónde se iba. Se iba al vientre tajado de Loprete, a las manos del Tano queriendo taparle las tripas, a la sangre que lo mismo caía y que la tierra nuestra se tragaba sedienta, a las paladas de polvo cayendo sobre el cuerpo todavía caliente de Loprete. Y a las palabras del Tano haciéndonos jurar: esto nunca pasó.
4
Dos semanas después de que lo sepultáramos aparecieron tres hombres, a caballo, en lo del Tano. Juancho no estaba: su esposa lo había mandado a llamar porque iba a nacerle el hijo. Pero estábamos el Tano y yo. De eso me acuerdo. Los caballos venían levantando la polvareda desde el horizonte. Se oían los cascos contra la tierra seca. Todavía quedaba el resplandor de la tarde cuando llegaron. Uno solo, el más alto, se bajó del caballo cuando lo vio al Tano. Lo miramos bajar y pensamos que era Loprete, recién resucitado, que venía a reclamarnos lo que le habíamos hecho. Buenas tardes, dijo, ando buscando a mi hermano. Y el Tano, calmado, como si le hablaran de una gallina, o como si esa figura que se había bajado del caballo no fuera el mismísimo Loprete, les invita una ginebra. Siéntense, amigos, tomemos unas ginebras antes de que oscurezca. Así supimos que eran nueve hermanos. Estos tres salieron a buscar al que se había perdido cuando su madre avisó que lo había visto correr detrás de una cabra, al sol del mediodía, y que ya no lo había vuelto a ver. Desde entonces lo buscaban. Y el Tano, tranquilo, diciéndoles que nunca habíamos visto a un hombre así, ni tan alto ni tan delgado ni mucho menos tan parecido al que teníamos enfrente: José es mi hermano mellizo. Así nos describió al hombre que buscaban. Y el Tano, imperturbable, que no. Y debe haberles sonado convincente, porque tomaron esa sola ginebra y se excusaron: sabrán disculpar, pero tenemos que seguir; su madre lo quiere de vuelta.

 Que estamos ante un western es obvio. Un western gauchesco, como indican la imagen de la portada –Gauchos en la provincia de Chubut, Argentina, del fotógrafo Reiner Harscher–, los mates que beben los protagonistas y los sabés y nomás que salpican el texto.

6
Los hermanos de Loprete volvieron a lo del Tano unos días después. Llegaron a media mañana, bastante decididos. Estábamos el Tano y yo, solos, tomando unos mates. Sentimos el galope, a lo lejos, mucho antes de que llegaran. El Tano enseguida me dijo: ahí vuelven, hablo yo. Así me dijo, tranquilo, mientras me daba el mate. Llegaron al rato.
 Se bajaron de los caballos los tres juntos y lo increparon al Tano: usted no dice la verdad. El Tano le clavó los ojos al mellizo de Loprete, como si lo hubiese ofendido, y sin parpadear, lo retó: disculpe, ando un poco sordo, ¿cómo dice? Yo empecé a temblar. Tuve que apoyar el mate sobre la mesa para que no se me notara el espanto. Solo me calmaba verlo al Tano, impasible, mientras les retrucaba. En una de esas la cosa se puso fea. Yo me había distraído, con mi miedo, en alguna parte, y en eso levanto la vista y escucho: sordo lo vamos a dejar como que no nos cuente dónde lo tiene. Y el Tano seguía con la bravuconada, sereno, sin titubear: deben estar equivocados, amigos, siéntense a tomar unos mates y ponemos esto en claro. Lo agarraron al Tano ahí nomás y le rebanaron una oreja. Para que piense, amigo. Mañana nos damos una vuelta. Tal vez mañana usted recuerde que José estuvo aquí tomando unas ginebras.
 Fue Juancho. Así me dijo el Tano apenas se fueron. Yo lo miraba, todavía espantado, sin reaccionar, mientras él recogía su pedazo de oreja de la tierra seca.

 Eso sí, la música que me sonaba de fondo al leer esta historia de venganzas de idas y vueltas, era la del italiano Ennio Morricone en los spaghetti western. Sin duda, aquí hay una buena película, algo que me confirma mi hijo Pedro, que también se acaba de leer la novela –ya empieza con Quebrada–. Él la ve dirigida por Craig Zhaler, por el ritmo y el tempo narrativo, pero yo preferiría que resucitara Sergio Leone o el mismísimo Sam Peckinpah, de cuyo Grupo Salvaje me acordé en un momento; aunque la forma del director no sea tan lírica como la de la autora. Por supuesto, también me acordé de los westerns del recientemente fallecido Cormac McCarthy, al que siempre voy a echar de menos.

 Y hablando de muertos, aquí, como en Quebrada, también nos encontramos con muertos que no terminan de morirse y se les aparecen a los vivos.

 El Tano nos dijo que no tuvo que pedirle nada: no tuvo que pedirle nada. Dice que le contó todo y que enseguida Miranda le ofreció ayuda: diez hombres de confianza y un dinero para que no tuviéramos dificultades en el camino. Y que después le dio un consejo, que el Tano nos repetía, todavía incrédulo, aquella madrugada: a los fantasmas hay que pelearlos de entrada, Tanito, porque sino se afianzan, ¿sabés?, y se acaban instalando y no se van más.

 Podría mencionar en esta reseña a Aballay (Adriana Hidalgo Editora), la novela corta de Antonio Di Benedetto, y a Juan Moreira, el folletín escrito por Eduardo Gutiérrez para el diario La Patria Argentina, obras llevadas al cine por Fernando Spiner y Leonardo Flavio, respectivamente.  Pero de esas obras ya les hablé en otra reseña** y no quiero repetirme, solo recordar, como ya dijera Fernando Spiner, las coincidencias geográficas y sociales que se dan entre la vida rural del lejano oeste americano y la pampa sudamericana: las grandes extensiones no conquistadas, los hombres que viven a caballo y la ley ausente, que deja lugar al culto de las armas y la pelea.

El gaucho Juan Moreira en 1868
Fotografía: Eugenio Courret

 A pesar de que el tempo es lento, en Como si existiese el perdón suceden muchas cosas, de ahí que cada tarde, antes de iniciar la lectura, sacara una chuletilla para recordarles a mis padres todo lo acontecido hasta el momento, un breve esquema para que, a sus ochenta y muchos años, no perdieran el hilo. A veces, mi padre cerraba los ojos, y yo paraba la lectura y le hacía una seña a mi madre. Y ante su pregunta –ese "Paco, ¿estás dormido?"–, abría los ojos y nos decía que no, y nos repetía lo último que yo había leído.

 La última tarde, justo delante del punto final, apareció el título del libro, y mis padres asintieron satisfechos con la cabeza y me miraron como si existiese el perdón. "Este libro tiene mucha «comía» –dijo mi madre". Le pregunté qué quería decir con eso. "Que tiene mucha tela", me respondió. Me quedé igual, y volví a preguntarle. "Que pasan muchas cosas", me aclaró. "Pensar todo eso..., qué cabeza tiene esa mujer. Y qué de gente «metía» en tan pocas páginas". Sonreí ante sus comentarios. Luego le pregunté a mi padre si le había gustado, y volvió a asentir con la cabeza, enfatizando el gesto con un «Muucho». Tras eso, me llevé a mi madre a la cocina para comentarle (sin que nos oyera mi padre al que todavía no se la he leído) las conexiones que había entre esta historia y Quebrada, que no les contaré aquí para dejar que las descubran ustedes mismos.

 Háganme caso, que aún les queda un resto de verano por delante, pónganse a la sombra, ceben el mate y lean a Mariana Travacio. Me lo agradecerán.

 Y como no termino de decidirme entre las dos imágenes para abrir esta entrada, aquí les dejo la fotografía descartada.

Como si existiese el perdón, de Mariana Travacio
Editorial Las afueras. Fotografía: Pedro Delgado

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Reseñas propias mencionadas:

*https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2023/06/quebrada-o-la-expectacion-ante-un-libro.html

**https://cartadesdeeltoubkal.blogspot.com/2021/09/aballay-el-western-gaucho-de-antonio-di.html