Everest -Expedición Vasca 1980- Todo un pueblo en la cumbre Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno Sua Edizioak / Mendi Film Festival Fotografía: Lucía Rodríguez
Sabía del gusto por la exploración y la conquista del pueblo vasco, de sus ilustres aventureros, como Juan Sebastián Elcano, Cristobal de Oñate, Juan de Tolosa, Pascual de Andagoya, Pedro de Ursua, Lope de Aguirre, Juan Ortíz de Zarate, Juan y Francisco de Garay, Miguel López de Legazpi o Andrés de Urdaneta; por eso no me extrañó que, a nivel nacional, fuese una expedición vasca la primera en conquistar la cumbre del Everest (8.848 metros).
Integrantes de la expedición vasca al Everest en 1980 Ref. Revista Pyrenaica, 1980 Colección del fondo Bernardo Estornés Lasa
La gesta ocurrió el 14 de mayo de 1980. Ese día, a eso de las tres de la tarde, Martín Zabaleta y el sherpa Pasang Temba culminaron el largo y arduo trabajo de todo un equipo. Agotados por el esfuerzo, pero eufóricos por la hazaña, se abrazaron en la cima; luego, por walkie-talkie, se pusieron en contacto con los campos base de la expedición, y el grito de «¡Gora Euskadi Askatuta!» resonó en el valle. Zabaleta y Temba se fotografiaron con la ikurriña y la bandera de Nepal ondeando en la montaña más alta del planeta; aunque la cámara de Martín no funcionó y sólo quedó para el recuerdo la imagen del sherpa.
Páginas 30 y 40 de Everest. Todo un pueblo en la cumbre Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno Sua Edizioak y Mendi Film Festival Fotografía: Lucía Rodríguez
El sherpa Pasang Temba en la cima del Everest, 14 de mayo de 1980 Fotografía: Martín Zabaleta
Permanecieron allí algo más de media hora, henchidos de gozo, dejando volar la vista en rededor, absortos en el paisaje: las aristas de los picos atravesando el mar de nubes. ¿Qué pasaría en esos momentos por la cabeza de aquel mecánico de Hernani de 31 años? Seguramente pensaría en sus compañeros de expedición, en su familia y amistades, incluso en algún profesor o compañero de ikastola; pero también en los peligros que todavía le aguardaban, en que la pieza no estaría cobrada hasta llegar abajo. Antes de iniciar ese descenso, Zabaleta recogió un rosario bendecido por el papa Karol Wojtyla que los polacos Krzysztof Wielicki y Leszek Cichy habían dejado tres meses antes en la cumbre*. Es lo que marca la costumbre: que el siguiente recoja el presente para corroborar la cima. Ellos dejaron allí las banderas clavadas.
Rosario bendecido por el papa Wojtyla recogido por Martín Zabaleta de la cumbre del Everest. Donado en 2020 al Museo del Montañismo Vasco (Euskal Mendizaletasunaren Museoa Fundazioa (EMMOA))
Abajo, junto al grupo de montañeros que habian salido de Bilbao el 11 de febrero con la intención de asediar la mole blanca y atacarla por oleadas, los aguardaba su hermano, Jon Zabaleta, recién llegado al campo base con sus lápices y sus cuadernos de dibujo.
Expedición Vasca 1980 al Everest
Para que no caigan en el olvido los peligros que aquellos expedicionarios tuvieron que afrontar, tanto en el ascenso como en el escalofriante descenso (tras una serie de caídas, en las que Martín arriesgó su vida para salvar la de Temba, vivaquearon en una grieta muy cerca de la cima), el dibujante César Llaguno (con ecos del gran Hugo Pratt) y el guionista Ramón Olasagasti se han unido para revivir aquella hazaña, recuperando las palabras y los sentimientos de aquellos que participaron en aquella expedición de 1980.
Páginas 34 y 35 de Everest. Todo un pueblo en la cumbre Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno Sua Edizioak y Mendi Film Festival Fotografía: Lucía Rodríguez
Páginas 36 y 37 de Everest. Todo un pueblo en la cumbre Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno Sua Edizioak y Mendi Film Festival Fotografía: Lucía Rodríguez
También para rendir tributo a los expedicionarios de la Tximist que ya en 1974 intentaron la conquista, teniéndose que dar la vuelta a 8.550 metros tras pasar la noche en el campo VI por culpa de la climatología.
Componentes de la Expedición Tximist 1974 al Everest Fotografía: Ángel Lerma
El cómic, editado en noviembre de 2018 por Sua Edizioak y el Mendi Film Festival de Bilbao, el mejor festival de cine de montaña y aventura de España, puede conseguirse en librerías y en la página web de la editorial.
Páginas 14 y 15 de Everest. Todo un pueblo en la cumbre Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno Sua Edizioak y Mendi Film Festival Fotografía: Lucía Rodríguez
Páginas 20 y 21 de Everest. Todo un pueblo en la cumbre Cómic de Ramon Olasagasti y César Llaguno Sua Edizioak y Mendi Film Festival Fotografía: Lucía Rodríguez
De la humildad de Martín Zabaleta (Hernani, 1949), de la falta de divismo del primer español que alcanzó el techo del mundo, da muestra su escasa presencia en los medios de comunicación. Al poco de volver de Nepal, y quizás huyendo de las polémicas de carácter político que afloraron cuando la siguiente expedición (polaca) bajó y se fotografió con la ikurriña que dejó en la cima, Zabaleta se mudó a los Estados Unidos, donde encontró trabajo como carpintero, empleo que compaginó con tareas de guía de alta montaña, principalmente en los Andes, los Pirineos y las Montañas Rocosas. En 1988 logró su segundo ochomil, ascendiendo al Kangchenjunga con los norteamericanos Carlos Buhler y Peter Habeler, y en 1989, también junto a Buhler, alcanzó la cima del Cho Oyu.
Martín Zabaleta leyendo en Katmandú las crónicas de los diarios sobre su hazaña Fotografía: El Correo
Martín Zabaleta sigue viviendo en Bozeman, Montana, y a sus 71 años continua disfrutando de la montaña. En las fotos de ahora se le ve con el pelo blanco y la piel bronceada por el sol. Parece sereno, en paz consigo mismo, como si ya hubiese ajustado cuentas con el joven impulsivo de los ochenta y ya sólo le quedase el dulce recuerdo de la gesta, de aquella hazaña que, sin duda, le sobrevivirá.
Martín Zabaleta y su madre, fallecida en diciembre de 2019 a los 95 años Fotografía del Museo del Montañismo Vasco (Fundación EMMOA)
Expedición Vasca 1980 al Everest (eitb.eus)
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*El rosario que Martín regaló a su madre fue donado, a la muerte de ésta, al Museo del Montañismo Vasco (Fundación EMMOA), al igual que la chaqueta naranja, similar a la de Temba, con la que logró sobrevivir a aquel vivac extremo a 8.700 metros de altura.
Chaqueta con la que Martín Zabaleta ascendió al Everest en 1980 Museo del Montañismo Vasco (EMMOA)
El sonido de un caracol salvaje al comer, Elisabeth Tova Bailey Editorial Capitán Swing Fotografía: Lucía Rodríguez
No es este un libro oportunista nacido a la sombra de la pandemia, pues fue escrito mucho antes de que la covid-19 viniera a alterar nuestras vidas –ganó el National Outdoor Book Award en 2010–; sin embargo, hay una cita, unas líneas en el prólogo y un mensaje en sus páginas, que parecen premonitorios.
«Los virus constituyen piezas fundamentales del entramado de la vida».
Luis P. Villareal
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Diez días de fiebre con un dolor que me martillea la cabeza. Urgencias. Análisis. Nunca he estado tan enferma. Ni la neumonía que pasé de niña ni la mononucleosis del instituto fueron nada en comparación con esto.
[…] empiezo a caer en una profunda oscuridad y sigo cayendo hasta estar increíblemente lejos. No puedo volver; no puedo llegar hasta mi cuerpo. La lejana sirena de una ambulancia. Los lejanos sonidos de la conversación de los médicos. Los párpados me pesan como piedras. Intento abrirlos un poco, solo unos segundos, pero vuelven a cerrarse en contra de mi voluntad. Lo único que puedo hacer es respirar.
Los médicos sabrán qué hacer para curarme. Arreglarán esto. Sigo respirando. ¿Y si dejo de respirar? Necesito dormir, pero me da miedo hacerlo. Intento velar por mí. Si me duermo, puede que nunca despierte.
A la edad de treinta y cuatro años, durante un breve viaje a Europa, un misterioso patógeno vírico o bacteriano se instaló en el cuerpo de Elisabeth Tova Bailey, la autora de El sonido de un caracol salvaje al comer. Y si bien su nombre es un seudónimo, su historia es totalmente verídica.
La ensayista y escritora de cuentos Elisabeth Tova Bailey (Estados Unidos)
Elisabeth pensaba que era indestructible, que, si le pasaba algo, la medicina moderna la curaría. Pero no lo hizo. Aquel virus le provocó graves síntomas neurológicos que, tras una serie de recaídas, terminaron por postrarla en una cama.
Unas nuevas pruebas más sofisticadas, revelaron que la mitocondria de mis células no funcionaba correctamente y que se habían producido daños en mi sistema nervioso autónomo; todas las funciones que no se controlan conscientemente, como la frecuencia cardiaca, la presión arterial y la digestión, estaban descontroladas.
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Cuando el cuerpo se vuelve inútil, la mente sigue corriendo como un sabueso a lo largo de unas ya trilladas pistas de neuronas, siguiendo el rastro de las preguntas que se repiten: la confusa familia de los porqués, los qués y los cuándos, y su extremadamente alejado familiar el cómo. [...] Habida cuenta de la facilidad con la que la buena salud infunde sentido y propósito a la vida, es sorprendente la rapidez con la que la enfermedad nos roba esas certicumbres. Lo único que podía hacer para superar cada momento era reflexionar y cada momento me parecía una hora interminable, y pese a ello, los días pasaban inadvertidamente en silencio. El tiempo que no se utiliza y solo se soporta también desaparece, como si el propio tiempo estuviera muriéndose de hambre y se tragara cada día de un solo bocado, sin dejar migajas ni recuerdos ni ningún rastro de él.
Dice otra cita del libro, en este caso de la enfermera Florence Nightingale, que «una pequeña mascota es, a menudo, un excelente compañero». Mi sobrina Guadalupe podría corroborarlo, pues además de dos pájaros, tres gatos y un pequeño pez azul, tiene unos cuantos caracoles de mascota. La autora decidió llamar al suyo simplemente «el caracol», pero Guadalupe, mientras les ponía una hoja de lechuga en una caja de zapatos con la tapa agujereada, los bautizó con el nombre de Gari, Marri, Manchita, Mar, Nieve, Rosi y Estrella. Ella dice que son como sus hijos.
Guadalupe Delgado con sus caracoles Fotografía: Lucía Rodríguez
Pues bien, a nuestra protagonista le regalan un caracol que vendrá a hacerle compañía y a cambiarle la existencia.
Al principio de la primavera, una amiga mía fue a dar un paseo por el bosque y, al fijarse en el sendero, a sus pies vio un caracol. Lo cogió, lo colocó con cuidado sobre la palma de la mano y volvió al estudio en el que yo estaba convaleciente. Vio que había unas violetas silvestres al borde del césped. Fue a por una pala de jardinería, sacó unas cuantas violetas con tierra, las trasplantó a una maceta de terracota y colocó al caracol debajo de las hojas. Entró al estudio con la maceta y la dejó junto a mi cama.
–Me he encontrado un caracol en el bosque. Lo he traído y está justo aquí, debajo de las violetas.
–¿Ah, sí? ¿Por qué lo has traído aquí?
–No sé. Pensé que te gustaría.
–¿Está vivo?
Mi amiga cogió la concha marrón del tamaño de una bellota y miró dentro.
–Creo que sí.
[…] Mi amiga me dio un abrazo, se despidió y se fue.
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Las violetas silvestres de la maceta junto a mi cama estaban frescas y llenas de vida, al contrario de lo que ocurría con el típico ramo de flores que me traían otros amigos. Esas flores solo duraban unos cuantos días y dejaban tras de sí un agua turbia y maloliente en el jarrón. Cuando era joven me ganaba la vida como jardinera, así que me alegraba tener este trocito de jardín junto a mi cama. Incluso podía regar las violetas con el vaso que usaba para beber.
Pero ¿qué hacer con este caracol? ¿Qué podía hacer con él? Por pequeño que fuera, estaba ocupado con sus cosas cuando lo cogieron del suelo. ¿Qué derecho teníamos mi amiga y yo a trastocar su vida? Aunque tampoco era capaz de imaginar el tipo de vida que tendría un caracol.
[...] Durante el resto del día el caracol se quedó dentro de su concha y yo estaba tan exhausta tras la visita de mi amiga que no volví a pensar en él.
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Durante varias semanas, el caracol vivió en la maceta a solo unos pocos centímetros de mi cama, durmiendo debajo de las hojas de violeta durante el día y explorando los alrededores por la noche. Cada mañana, mientras yo desayunaba, él volvía a subir a la maceta y se echaba a dormir en el pequeño hueco que había hecho en la tierra. Aunque habitualmente el caracol dormía durante todo el día, era reconfortante echar una mirada a las violetas y ver su pequeña forma circular oculta bajo una hoja.
Al final de la tarde, el caracol se despertaba y, con una asombrosa elegancia, avanzaba graciosamente hasta el borde de la maceta y se asomaba por encima para estudiar, una vez más, el extraño terreno que lo rodeaba. Ponderaba sus circunstancias con un aire regio, como encaramado en lo alto del torreón de un castillo, y agitaba sus tentáculos primero a un lado y después al otro, como contestando a una distante melodía.
Cada pocos días regaba las violetas con agua del vaso que utilizaba para beber y el agua sobrante se colaba hasta el platillo que había debajo de la maceta. Esto siempre despertaba al caracol, que se deslizaba hasta el borde de la maceta y se asomaba a mirar, ondeando sus tentáculos con suavidad, obviamente encantado, antes de abrirse camino hasta el platillo para beber. A veces, después de beber, empezaba de nuevo a subir por la maceta, aunque se paraba a medio camino y se quedaba dormido otra vez. Se despertaba cada poco tiempo y, sin moverse de sitio, estiraba su cuello hasta el agua y tomaba un buen trago.
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Observarlo deslizarse de un sitio a otro me distraía, y constituía una especie de meditación. Mis a menudo frenéticos y frustrados pensamientos se iban calmando gradualmente hasta ajustarse a su ritmo tranquilo y suave. Con su movimiento fluido y misterioso, el caracol era el maestro de taichí por excelencia.
Terrarium. Fotografía: Stacey Cramp
La cuidadora de la autora le buscó un acuario rectangular de cristal, y lo convirtió en un espacioso terrario con plantas del bosque del caracol, un lugar más seguro y más natural que la maceta para su diminuta mascota. Y a medida que Elisabeth empezó a obervar y a familiarizarse con su gasterópodo, comenzó a estudiarlo. Se leyó un libro de tapa blanda publicado varias décadas antes titulado Odd Pets (Mascotas extrañas), de Dorothy Horner, y los doce volúmenes de The Mollusca (Los moluscos), y escribió este ameno y encantador ensayo sobre estas criaturas de cuerpo blando que carecen de espina vertebral y arrastran la casa a cuestas; en el que igual tiene cabida un comentario sobre sus abuelos, médicos misioneros en Birmania, que un relato de Patricia Highsmith sobre los caracoles gigantes carnívoros de Kuwa.
Los grises y polvorientos volúmenes pesaban tanto que tenía que apoyarlos contra otros libros y tumbarme de lado para leerlos. A medida que los leía pausadamente, un poco cada día, fui descubriendo que en todas las disciplinas científicas, desde la biología y la fisiología hasta la ecología y la paleontlogía, había muchísima información sobre los gasterópodos. Era asombrosa la abundancia de detalles, desde los compejos patrones de sus dientes hasta la bioquímica del proceso de fabricación de la baba y los detalles íntimos de la vida amorosa específica de su especie. No obstante, incluso en los numerosos volúmenes de The Mollusca, faltaba un cierto punto de vista sobre la vida del caracol. Y entonces descubrí a los naturalistas del siglo XIX, esas almas intrépidas a las que no les suponía ningún problema pasar innumerables horas en el campo observando a sus diminutas criaturas. También encontré poetas y escritores que, en algún momento de su vida, se habían sentido atraídos por la vida del caracol.
Estrella Fotografía: Guadalupe Delgado
Es este un libro muy especial, con un título que a priori da para un What the fuck?, pero que termina resultándonos de lo más apropiado.
Escuché atentamente. Podía oírlo comer. Era como el sonido de alguien minúsculo masticando apio sin descanso. Lo observé, paralizada, mientras –durante el curso de una hora– el caracol se comía meticulosamente un pétalo morado entero para cenar.
Después de leer esta joyita, y aprender sobre la espiral de su concha, la mucosidad de su cuerpo, sus órganos vitales y sus sentidos, el cortejo, el apareamiento y la puesta de huevos, entre otras tantas cosas, no puedo evitar seguir el brillo de los múltiples rastros plateados que dejan los caracoles tras una noche de lluvia en las baldosas de barro del porche. Y miro si descansan en algún mullido hoyito bajo una hoja seca o colgado del vacío en la hoja, arqueada por el peso, de algún helecho, los mismos que florecían en el terrario y que la autora veía desplegarse a un ritmo indetectable, pues yo también soy un amante de los helechos Polypodium, con sus imberbes brotes aún enrollados con forma de cabeza de violín, y tengo unas cuantas macetas con ellos en casa.
Helecho Polypodium Fotografía: Lucía Rodríguez
En varias ocasiones tuve la suerte de verlo acicalándose; arqueaba el cuello por encima de la parte superior curvada de su propia concha y limpiaba cuidadosamente el borde con la boca, como un gato se lame el pelaje de la parte posterior del cuello.
***
Yo, con mis escasos treinta y dos dientes en la edad adulta, que además tenían que durarme toda la vida, descubrí que sentía envidia de los dientes de mi compañero gasterópodo. Me parecía mucho más razonable pertenecer a una especie que había evolucionado para reemplazar sus dientes de manera natural que pertenecer a una especie que había inventado la profesión de dentista.
Para mi sorpresa, buscando la fotografía de la autora, me he topado con el trailer del corto que ella misma ha escrito y dirigido. Un corto de quince minutos, titulado igual que el libro, que está causando sensación en los festivales en los que se proyecta.
También os dejo el trailer del libro; aunque está en inglés, podréis escuchar al inicio el sonido amplificado de un caracol al comer.
Por último, deciros que en la página de la escritora (www.elisabethtovabailey.net) podéis encontrar una guía para trabajar con los alumnos, aunando la asignatura de ciencia con la de Lengua y Literatura.
Nota: Todos los textos a color pertenecen a El sonido de un caracol salvaje al comer, de Elisabeth Tova Bailey, editado por Capitán Swing con una traducción de Violeta Arranz.
El sonido de un caracol salvaje al comer, Elisabeth Tova Bailey Editorial Capitán Swing Fotografía: Lucía Rodríguez
«El sonido de un caracol salvaje al comer es un ensayo ligero y de una belleza honesta sobre la enfermedad, la recuperación y cómo a veces son las pequeñas cosas que ocurren en nuestras vidas las que nos hacen darnos cuenta de lo que realmente importa y de quiénes somos. Un extraordinario y profundamente conmovedor viaje de supervivencia y capacidad de recuperación, destinado a convertirse en un clásico que nos muestra cómo una pequeña parte del mundo natural puede iluminar nuestra propia existencia humana, a la vez que proporciona una apreciación de lo que significa estar plenamente vivo».
Capitán Swing
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Capa. Estrella fugaz, de Florent Silloray (Ed. Blume)
Estas noches he estado leyendo Capa. Estrella fugaz (Editorial Blume), la novela gráfica del francés Florent Silloray con la que me topé por sorpresa en una de mis visitas a las tiendas de cómics de mi ciudad.
Mientras leía la intensa vida del fotógrafo húngaro, y por esas sincronías de las que les hablo a veces, Lucía enfilaba los últimos capítulos de La chica de la Leica, novela sobre la también malograda fotógrafa Gerda Taro, pareja artística y sentimental de Capa.
Cuando tras un rato de lectura nos vencía el sueño y dejábamos los dos libros sobre mi mesita de noche, uno encima del otro, y apagábamos la luz, me reconfortaba pensar que de esa manera volvían a estar juntos, que podían escapar por unas horas de las páginas y las tapas que los encerraban y bajar, tratando de nos despertarnos, al salón de la casa. Allí se servían un negroni o un americano, ponían algo de música en el tocadiscos con el volumen bajo, curioseaban los libros de pintura y de fotografía de Lucía –entre los que hay un catálogo de la retrospectiva de Capa en Málaga de 1990, otro de los 50 años de Magnum que adquirí en la exposición del Reina Sofía de Madrid en 1993 y el volumen con la hojas de contacto de la Magnum que compró Lucía en la exposición de la Fundación Canal en 2017– y, antes de que amaneciese y sonasen los despertadores, antes de volver a meterse en sus libros, hacían el amor sobre el sofá Ektorp de Ikea. Quizás por no romper ese hechizo, al terminar nuestras lecturas hemos dejado los dos libros juntos en la estantería del salón.
La alemana Gerda aparece por primera vez en la página 7 del álbum. Primero en la primavera de 1936, compartiendo con Capa estrecheces y cama en una humilde habitación del hotel de Blois de Montparnasse. En esa página, de aguadas con acrílicos, Capa no es todavía Capa sino Endre, Endre Friedmann. Su seudónimo llegará en la última viñeta de la página 9.
La "idea estupenda" de Gerda los sacará de la miseria. Las fotografías del "estadounidense" Robert Capa se empiezan a cotizar, y lo contrata un importante periódico de izquierdas. La farsa no dura mucho, pues Lucien Vogel, el redactor jefe del periódico descubrirá el engaño.
«Nuestra mentirijilla le hizo gracia, pero ahora Gerda ya no podrá exigir nuestras tarifas desorbitantes…»
«…aunque lo que hemos perdido en cantidad de dinero, lo he ganado en complicidad con Vogel...»
En julio de ese mismo año, una llamada telefónica los llevará a Barcelona a cubrir la guerra civil.
«He revisado sus planchas de contactos; sus fotografías están impregnadas de su gracia y su talento. Sus progresos son rápidos y ahora nos disputamos el mejor ángulo, que ella parece encontrar por instinto. Enviamos a París nuestros negativos. Algunas veces sus fotografías se atribuyen a Capa. Eso logra enfurecerla».
En la retaguardia hacia Madrid, en septiembre, Capa le pedirá matrimonio; pero Gerda no está por la labor. «¿Tú me ves a mí, Gerda Taro, sometida a la institución burguesa del matrimonio?».
En febrero de 1937, tras un rápido viaje de ida y vuelta a París, regresan a Madrid donde se instalan en el hotel Florida, el cuartel general de los corresponsales extranjeros entre los que se encuentra el mismísimo Hemingway.
En julio de ese año, el director de Ce Soir reclama la presencia de Capa en París. Capa intenta que Gerda lo acompañe, pero ella se niega a abandonar Madrid sin antes cubrir una victoria republicana. Capa no volverá a verla con vida. Es la primera fotógrafa que muere en combate.
Gerda Pohorylle, más conocida como Gerda Taro, es enterrada en la página 25. A partir de ahí, lo que restan son 61 páginas llenas de viñetas contando la azarosa y apasionante vida de Capa, quien tendrá que lidiar con su pena y sus fantasmas cubriendo un conflicto tras otro, a veces de forma suicida, como si buscara la muerte. La parca como una liberación. En el 39 ve la caída de China en manos japonesas, la caída de la República en España –«¿De qué han servido las fotografías que publicamos, los riesgos que corrimos con los combatientes..., la muerte de Gerda?»– y la caída de gran parte de Europa en manos de Hitler. Asiste a la operación Torch en el norte de África, y salta en paracaídas sobre Sicilia donde se une a la 1ª división, que está pisándole los talones al ejercito alemán en retirada y a sus aliados italianos. Cubre los tremendos bombardeos de Nápoles, y el 6 de julio de 1944 participa en el desembarco de Normandia. Es el único fotógrafo que interviene en el primer asalto.
«El corresponsal de guerra tiene su apuesta –su vida– en sus propias manos, y puede ponerla en este caballo o en aquél, o la puede devolver a su bolsillo en el último momento. Soy un jugador. Decidí marcharme con la Compañía E en la primera ola.», escribió después de aquel día.
Muchos dicen que sus fotos del desembarco están demasiado borrosas y desenfocadas, pero a ver a quién no le tembló el pulso esa mañana al tratar de ganar la playa. Saltar de la lancha transbordadora al agua y correr hacia los búnkers y las trincheras enemigas desde donde te disparaban sin descanso. Tratar de tomar la playa bajo el fuego de las metralletas. Capa desembarcó en Omaha. Yo estuve allí y en las otras cuatro playas con mi hijo pequeño en el verano de 2015, y sé la distancia que hay desde el agua hasta el búnker más cercano. Y también he visitado las tumbas de los miles de soldados que sacrificaron sus vidas por nosotros. Si saltar a la orilla en cualquiera de aquellas playas ya era un poderoso acto de valentía, imagínense hacerlo con una cámara en lugar de con un fusil.
Tras saltar sobre el Rin con la 17º división aerotransportadora, avanza hacia Leipzig. Allí, con Alemania a punto de caer, fotografiará su último cadáver de esa guerra.
Capa no volverá a sumergirse en los combates hasta la guerra árabe-israelí de 1948. De aquel conflicto conservará la marca de una bala perdida en uno de sus muslos, una herida que le permita darse un respiro y viajar a Budapest. Tras diecisiete años de ausencia vuelve a ver el Danubio de su infancia, y visita el apartamento donde vivió de niño en la parte vieja de la ciudad. Es un paréntesis más entre tanta guerra, como sus idas y venidas por Estados Unidos, México y Rusia a lo largo de su vida –mostradas por Silloray sobre el fondo sepia de las viñetas iluminadas con el pincel mojado de blanco–, porque Capa, como dijo Irwin Shaw, había perfeccionado el truco de convertir la vida entre las ciudades bombardeadas y los horribles campos de batalla en alegre, elegante y atractiva.
El álbum también recoge sus problemas con el alcohol y el juego; su relación sentimental con Ingrid Bergman y otras mujeres; sus amistades, de la talla de Picasso, Hemingway, Matisse o Steinbeck; la creación de la famosa agencia Magnum y de la productora de películas World Video; y por supuesto, el encuentro final con su destino en la guerra de Indochina. Y todo ello contado en primera persona, para hacernos sentir por unas horas que somos el mejor fotógrafo de guerra del mundo.
Nota: Mi agradecimiento a Tina Tonero y Christel Masson, de la editorial francesa Casterman, por la autorización para reproducir las páginas, viñetas y cubiertas del cómic. Igualmente a Aroa Borlán y Elsa Gasòliba de la Editorial Blume.
México insurgente, de John Reed Capitán Swing/Nórdica Libros
Aprovechando unos días de confinamiento por un contacto directo con un portador del virus, me he leído México insurgente, del periodista y activista estadounidense John Reed, del que se celebró el centenario de su muerte el pasado mes de octubre. Una lectura que para mí, que en un momento de mi vida quise ser reportero, ha supuesto todo un Máster en Periodismo.
México insurgente, de John Reed Fotografía: Lucía Rodríguez
México insurgente es la crónica de la Revolución Mexicana que lideró Pancho Villa en 1910 (la rebelión del norte de México contra los terratenientes ricos para redistribuir la tierra entre los pobres que la trabajaban) contada por John Reed de primera mano en una serie de artículos que aparecieron en el Metropolitan Magazine y el New York World. Un título reeditado ahora con sumo gusto por Capitán Swing y Nórdica Libros, con una excelente traducción de Íñigo Jáuregui y una interesante propuesta gráfica de Alberto Gamón, con una geometría peculiar que trae ecos de los murales sobrios y contundentes de Diego Rivera, y que siempre va al hilo de lo que se va leyendo en las páginas.
«El libro se lee como una novela; mejor dicho, con más interés, puesto que todo ha nacido de la vida misma».
Revista de la Universidad de México
Ilustración de Alberto Gamón México insurgente, de John Reed Capitán Swing / Nórdica Libros
Del caracter valiente e intrépido de su autor nos damos cuenta nada más empezar a leer, cuando cruza el río Bravo desde el lado estadounidense para entrevistar al general Mercado en el pueblo de Ojinaga.
Se podían ver las casas de adobe de Ojinaga, cuadradas y grises, y algunas cúpulas orientales de viejas iglesias españolas. Era una tierra tan desolada y desprovista de árboles que uno esperaba ver minaretes. Durante el día, los soldados federales vestidos con andrajosos uniformes blancos pululaban por allí cavando trincheras sin orden ni concierto, pues se rumoreaba que Villa y sus victoriosos constitucionalistas venían de camino. […]
Había tres mil quinientos hombres en Ojinaga. Eso era todo lo que quedaba del ejército de diez mil hombres comandado por Mercado y de los cinco mil que Pascual Orozco había llevado al norte como refuerzo desde Ciudad de México. De esos tres mil quinientos, cuarenta y cinco eran comandantes, veintiuno coroneles y once generales.
Yo quería entrevistar al general Mercado, pero como un periódico había publicado algo que había molestado al general Salazar, este había prohibido la presencia de reporteros en la ciudad. Envié una respetuosa petición al general Mercado, pero la nota fue interceptada por el general Orozco, que la devolvió con la siguiente respuesta:
Estimado Señor:
Si pone los pies en Ojinaga, le llevaré contra un muro y con mi propia mano tendré el gusto de coserle la espalda a balazos.
A pesar de todo aquello, vadeé el río y me dirigí al pueblo.
Desde ese momento, ya deseamos calzarnos sus botas y vivir sus aventuras, cabalgando por el desierto con un centenar de andrajosos soldados constitucionalistas.
Pancho Villa (quinto desde la izq.) con algunos de sus hombres Hacienda Bustillos, marzo de 1911 Fotografía: Librería del Congreso.
Ante el rumor de que el general Tomás Urbina iba a salir al frente en dos días, John Reed se presentó con su español rudimentario en el pueblo de Las Nieves, donde vivía el militar.
El general no respondió a mis explicaciones. Me estrechó flojamente la mano y la retiró enseguida, pero no se levantó. Era un hombre robusto, de mediana estatura y la tez color caoba, con una barba rala hasta los pómulos que no ocultaba la amplia, delgada e inexpresiva boca, las enormes fosas nasales y los ojillos brillantes y divertidos como los de un animal. Durante al menos cinco minutos no los apartó de los míos. Saqué mis papeles.
–No sé leer –dijo de pronto el general, e hizo una seña a su secretario–. ¿Así que usted quiere venir conmigo a la batalla? –me soltó en su más bronco español–. ¡Hay muchas balas! –Permanecí callado–. ¡Muy bien! Pero no sé cuándo saldré. Quizás dentro de cinco días. ¡Ahora coma!
–Gracias, mi general, pero ya he comido.
–Vaya a comer –repitió tranquilamente–. ¡Ándele!
El general Urbina, ilustración de Alberto Gamón México insurgente, de John Reed Capitán swing/Nórdica Libros
***
En el patio el general hablaba con su amante, una hermosa mujer de aspecto aristocrático y voz como un serrucho. Al verme, se acercó y, tras estrecharme la mano, me dijo que le gustaría que le hiciera unas fotos. Le dije que ese era mi objetivo y le pregunté si creía que marcharía pronto al frente.
–Creo que dentro de unos diez días –contestó.
Empecé a sentirme incómodo.
–Agradezco su hospitalidad, mi general –le dije–, pero mi trabajo requiere estar donde pueda ver el avance a Torreón. Si no es inconveniente, me gustaría volver a Chihuahua para unirme al general Villa, que pronto saldrá para el sur.
Urbina, sin inmutarse, me espetó:
–¿Qué es lo que no le gusta de este lugar? ¡Está en su casa! ¿Quiere cigarrillos? ¿Aguardiente, sotol, coñac? ¿Quiere una mujer que le caliente la cama por la noche? ¡Puedo darle lo que pida! ¿Quiere una pistola? ¿Un caballo? ¿Dinero?
Sacó un puñado de dólares de plata y los arrojó tintineando a mis pies.
–En ninguna parte de México estoy tan contento y complacido como en esta casa –le dije, dispuesto a seguir adelante.
Durante la hora siguiente fotografié al general Urbina: el general Urbina de pie, con y sin sable; el general Urbina montado en tres caballos diferentes; el general Urbina con y sin su familia; los tres hijos del general Urbina, a caballo y en el suelo; la madre del general Urbina, y la amante de este; la familia al completo, armada con sables y revólveres, incluido el fonógrafo, traído para la ocasión, mientras uno de los niños sostenía una pancarta en la que ponía: «General Tomás Urbina R.»
Fotograma de la película Reed: México insurgente
***
Habíamos terminado de desayunar, y yo me estaba resignando a pasar diez días en Las Nieves cuando el general cambió repentinamente de opinión. Salió de su cuarto gritando órdenes. Cinco minutos después la casa era todo ajetreo y confusión. Los oficiales empaquetaban apresuradamente sus ponchos, los mozos y los jinetes ensillaban los caballos y los peones, armados con rifles, corrían de un lado para otro. Patricio enjaezó cinco mulas al gran carruaje, una réplica exacta de la diligencia de Deadwood. Un correo salió a toda prisa para convocar a la tropa, que estaba acuartelada en El Canotillo.
Último viaje de la famosa diligencia de Deadwood Fotogr.: John C. H. Gabrill, donada a la Biblioteca del Congreso de los EE. UU.
[…] Luego llegó la tropa, levantando una irregular polvareda parduzca a lo largo de varios kilómetros en el camino. Al frente marchaba una figura achaparrada y morena, con la bandera mexicana ondeando sobre su cabeza. […] Llegaron galopando, entre gritos indios y el chasquido de revólveres, hasta que estuvieron a solo treinta metros. Entonces dieron un tirón a sus pequeños caballos para que estos frenaran en seco, con los hocicos ensangrentados, en medio de un confuso remolino de hombres, caballos y polvo.
Así era la tropa cuando la vi por primera vez. Eran unos cien hombres, en todos los grados de pintoresco desaliño. Algunos llevaban petos, otros las chaquetas de charro de los peones, mientras que uno o dos lucían pantalones vaqueros ajustados. Unos pocos iban calzados, la mayoría llevaba sandalias de piel de vaca y el resto iba descalzo. […] Rifles enfundados en las sillas de montar, cuatro o cinco cartucheras en bandolera sobre el pecho, sombreros altos y de ala ancha, enormes espuelas que repiqueteaban al cabalgar y sarapes de colores brillantes atados por la espalda. Esos eran sus uniformes.
General Tomás Urbina
[…] de pronto Urbina salió por la puerta. Sin apenas mirar a su familia, saltó sobre su caballo gris y lo espoleó furiosamente hacia la calle. Juan Sánchez tocó su cascada corneta y la tropa, con el general al frente, tomó el camino de El Canotillo.
El general, la tropa y nuestro corresponsal marchan a la guerra, y con él nosotros –es lo que tienen los libros bien escritos–.
John Reed (2º por la izq.) en un vagón artillado de la División del Norte Fotografía: Otis A. Aultman (Biblioteca Pública de El Paso, Texas) Web Relatos e Historias en México
Leyendo el libro uno se da cuenta de la facilidad con que Reed podría haber desaparecido –como su compatriota y también escritor Ambrose Bierce– en medio de la Revolución. John Reed arriesgó su vida en más de una ocasión, y sólo la fortuna evitó que en algunos de los tiroteos le volaran la cabeza, o que algún oficial o soldado borracho le descerrajara unos tiros a bocajarro. A veces me parece que estoy inmerso en un spaghetti western de Sergio Leone, y otras en una novela de Cormac McCarthy, temeroso de ser alcanzado, aún estando en casa, por el disparo de un máuser o una granada.
Un pequeño caballo apareció galopando en la loma y vino hacia nosotros, el jinete recortado sobre el polvo resplandecía. Iba a una velocidad endiablada, hundiéndose y emergiendo en la tierra ondulada. Mientras espoleaba furiosamente a su caballo para subir la pequeña colina donde nos encontrábamos, vimos algo horrible. Una cascada de sangre en forma de abanico le manaba por delante. Una bala expansiva le había arrancado casi toda la parte inferior de la boca. Tiró de las riendas para situarse junto al coronel y, de forma angustiada y terrible, trató de decirle algo, pero nada inteligible salió de aquel estropicio. Las lágrimas corrían por las mejillas de aquel pobre hombre. Dio un grito sordo y, espoleando con fuerza a su caballo, enfiló el camino de Santo Domingo.
Con la lectura también descubrimos que la imagen de cuatreros desalmados que algunos quieren adjudicarle a estos revolucionarios no es real. Pancho Villa, Emiliano Zapata y sus ejércitos no luchaban por tomar el poder del país, sino por apartar de él a los que habían oprimido y robado al pueblo.
Generales Urbina, Villa y Zapata en Palacio. Fotografía: M. Ramos
El ejército «maderista», como se conocía a los soldados constitucionalistas en referencia al añorado presidente Francisco I. Madero, peleaban contra el dictador Porfirio Díaz y su sucesor, el traidor Victoriano Huertas, con el deseo de revertir lo que estaba ocurriendo en el paísy recuperar las identidades locales que habían sido usurpadas: el derecho a la tierra, a la educación, etc.
La gran pasión de Villa era las escuelas. Creía que la tierra para el pueblo y las escuelas resolverían todos los problemas de la civilización. Las escuelas eran una obsesión para él. A menudo le oí decir:
–Cuando pasé esta mañana por tal o cual calle, vi un montón de chiquillos. Vamos a crear una escuela allí.
Chihuahua tiene menos de cuarenta mil habitantes. Villa abrió más de cincuenta escuelas allí en diferentes ocasiones.
Pancho Villa acerca de la educación
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El 80 % de los mexicanos son campesinos. La mitad del resto son aristócratas de sangre española, y los demás son comerciantes y profesionistas. Durante casi 500 años los aristócratas españoles, con la ayuda del capital foráneo y la iglesia católica, han robado y masacrado a los campesinos […] La revolución sobre la que estoy escribiendo es sólo la más reciente de 100 revoluciones. Pues el pueblo mexicano, con su predominio de sangre indígena, ha sido siempre una de las razas que mayor amor a la libertad siente en el mundo.
John Reed
Fotogr.: Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México
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El cuarto estaba lleno del humo de la hoguera que ardía en el suelo. A través de él pude vislumbrar a unos treinta o cuarenta soldados, en cuclillas o sentados de cualquier manera, en silencio absoluto mientras Silverya leía una proclama del Gobierno de Durango que expropiaba por siempre las tierras de las grandes haciendas para repartirlas entre los pobres.
En vista de que la principal causa de descontento entre la gente de nuestro Estado, que se vio obligada a empuñar las armas, era la absoluta falta de propiedad individual, y que hoy las clases campesinas no tienenmedios de subsistencia ni más esperanza futura que servir como peones en las haciendas de los grandes terratenientes, que han monopolizado la tierra del Estado;
En vista de que el principal sector de la riqueza nacional es la agricultura, y que no puede haber verdadero progreso en la agricultura sin que la mayoría de los propietarios tenga un interés personal en hacer que la tierra produzca;
En vista, finalmente, de que los pueblos rurales se han visto reducidos a la más profunda miseria, porque las tierras comunales que antaño poseían pasaron a engrosar la propiedad de la hacienda más cercana, especialmente bajo la dictadura de Porfirio Díaz, con lo que los habitantes del Estado perdieron su independencia económica, política y social, y pasaron del rango de ciudadanos al de esclavos sin que el Gobierno fuera capaz de elevar el nivel moral mediante la educación, porque la hacienda donde vivían es propiedad privada;
El Gobierrno del Estado de Durango declara, en consecuencia, la necesidad pública de que los habitantes de los pueblos y aldeas sean los dueños de las tierras agrícolas.
Cuando el tesorero hubo leído trabajosamente las disposiciones subsiguientes, que estipulaban cómo había que solicitar la tierra y demás, se hizo un silencio.
–Esto es la Revolución mexicana –dijo Martínez.
–Es justo lo que está haciendo Villa en Chihuahua –dije–. Es genial.
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La segunda de las seis partes del libro está dedicada por completo a la figura de Pancho Villa, el proscrito que se convirtió en el Robin Hood mexicano y con el que Reed pasó dos semanas en Chihuahua: su entrada en la revolución de los peones a las órdenes de Madero como capitán del ejército maderista; su victoria sobre Orozco en el norte; la acusación de insubordinación; su encarcelamiento; su fuga a El Paso (Texas) y su regreso para conquistar México; su autoproclamación como gobernador militar del estado de Chihuahua y su negativa a ser presidente del país.
–Soy un combatiente, no un hombre de estado. No soy lo bastante instruido para ser presidente. Aprendí a leer y escribir hace apenas dos años. ¿Cómo yo, que nunca fui a la escuela, puedo esperar hablar con los embajadores extranjeros y los cultivados caballeros del Congreso? Sería malo para México que un hombre sin educación fuera presidente. Hay algo que no haré: ocupar un puesto para el que no estoy cualificado. Solo hay una orden de mi jefe (Carranza) que me negaría a obedecer: si me ordenara ser presidente o gobernador.
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Esa segunda parte contiene un buen rapapolvo de Villa a los españoles:
–¿Quién es el cónsul español?
Scobell, el vicecónsul británico, dijo:
–Yo represento a los españoles.
–¡Muy bien! –dijo bruscamente Villa–. Pues dígales que empiecen a hacer las maletas. Pasados cinco días a contar desde hoy, cualquier español que sea detenido en el territorio de este estado será llevado al paredón más cercano por un pelotón de fusilamiento.
Los cónsules ahogaron un grito, horrorizados. Scobell empezó a protestar enérgicamente, pero Villa le interrumpió.
–Esta no es una decisión repentina por mi parte –dijo–. Llevo pensando en ella desde mil novecientos diez. Los españoles deben irse.
Letcher, el cónsul estadounidense, dijo:
–General, no cuestiono sus motivos, pero creo que comete un grave error político expulsando a los españoles. El Gobierno de Washington se lo pensará muy mucho antes de ser amigo de un bando que toma medidas tan bárbaras.
–Señor cónsul –respondió Villa–, los mexicanos llevamos trescientos años aguantando a los españoles. No han cambiado de carácter desde la época de los conquistadores. Reventaron el imperio indio y esclavizaron al pueblo. No les pedimos que mezclaran su sangre con la nuestra. Los echamos dos veces de México y los dejamos volver con los mismos derechos que los mexicanos, pero ellos usaron esos derechos para robarnos la tierra, esclavizar al pueblo y tomar las armas contra la causa de la libertad. Apoyaron a Porfirio Díaz. Se mostraron perniciosamente activos en política. Fueron los españoles quienes montaron la conjura que llevó a Huerta al palacio. Cuando Madero fue asesinado, los españoles dieron banquetes para celebrarlo en todos los estados de la república. Lanzaron sobre nosotros la mayor superstición que ha conocido el mundo: la Iglesia católica. Solo por eso habría que matarlos. Creo, pues, que estamos siendo muy generosos con ellos.
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Pancho Villa y la División Norte
–Cuando se constituya la nueva república ya no habrá más ejército en México. Los ejércitos son el mayor sostén de la tiranía. No puede haber tiranía sin ejército.
En la tercera parte del libro se nos narra la marcha de Reed al sur desde Chihuahua en un tren militar con destino a la avanzadilla cercana a Escalón. Francisco Villa volverá a aparecer en la cuarta parte, donde Reed vuelve a encontrarse con él y nos narra la victoria de su ejército sobre Orozco en Gómez Palacio.
El ejército constitucionalista estaba destrozado. En los cuatro días de combates había habido cerca de un millar de muertos y casi dos mil heridos. Hasta el excelente tren hospital era insuficiente para atender a los heridos. Afuera, en la vasta llanura donde nos encontrábamos, un ligero olor a cadáveres lo invadía todo. En Gómez Palacio debía de haber sido horrible. El jueves, el humo de veinte piras funerarias manchó el cielo. Pero Villa estaba más decidido que nunca. Gómez debía caer, y rápido. Villa no tenía municiones ni víveres suficientes para un asedio. Además, su nombre se había convertido en una leyenda para el enemigo. Siempre que Pancho Villa aparecía en una batalla, los rivales habían empezado a creer que estaba perdida, y el efecto que esto tenía en los suyos también era clave. Así pues, programó otro ataque nocturno.
La quinta parte del tomo, se centra en Venustiano Carranza, el jefe ejecutivo de la Revolución, y en la sexta, como cierre, John Reed nos muestra la vida nocturna mexicana en Chihuahua, Valle Alegre y Santa María del Oro. En El Oro, donde dice viven las muchachas más bonitas de Durango y se celebran las fiestas con más pasión que en otros lugares, nuestro corresponsal nos hace partícipes de las pastorelas, viejo auto sacramental que aún hoy día se sigue celebrando.
Las páginas de México insurgente encierran además una potente banda sonora, a la que he sumado las canciones mexicanas de Jorge Negrete y Pedro Infante que ponía mi padre en casa, y otras de Agustin Lara que me recomendó Teresa desde Barcelona.
Patricio desenfundó la guitarra y el teniente coronel, acompañado por Rafael, cantó canciones de amor con su voz rota. Cualquier mexicano se sabe cientos de ellas. No están escritas, sino que a menudo se compusieron de forma improvisada y pasaron de boca en boca. Algunas son muy bonitas, otras grotescas y otras tan satíricas como cualquier canción popular francesa. El teniente coronel cantó:
Como complemento al libro, recomiendo la película Reed: México insurgente, producida por Berta Navarro y dirigida por Paul Leduc en 1970, de la que se hizo una restauración digital en 2010 con la colaboración de la Cinemateca Real de Bélgica. En ella el papel de John Reed es interpretado por el actor Claudio Obregón. Yo la vi anoche con el pequeño de mis hijos, que sueña con ser cineasta y rodar sus propias películas.
El sueño de Pancho Villa era ayudar a hacer de México un lugar feliz. Viendo los problemas que tiene hoy día el país, me pregunto que pensaría Villa, o mejor que haría, si levantara la cabeza.
Sobre Johnn Reed, contarles que fue acusado de espionaje en Estados Unidos por su ideología de izquierdas, y tuvo que huir a la Unión Soviética, donde falleció de tifus en un hospital de Moscú. Tan sólo tenía 33 años, pero en ese corto espacio de tiempo exprimió la vida hasta la última gota. Fue enterrado con honores muy cerca del mausoleo de Lenin, junto al muro del Kremlin, así que si ustedes pasan por la plaza Roja, hagan el favor de dejar una flor sobre su lápida.
Tumba de John Reed, necrópolis del Kremlin, Moscú Fotografía: Vladimir (Guía roja de Moscú)
Lápida donde se lee en segundo lugar, y en ruso, el nombre de John Reed Junto a él: Inés Isabel Fiedorovna, Iván V. Rusakov y Simón Matveyevich Fotografía: Vladimir (Guía roja de Moscú)
Seguramente, si pudiera, Juan, Juanito o el míster, como le llamaban sus cuates, les brindaría una de sus sonrisas.
John Reed
Por último, me van a permitir que cierre esta reseña con un ¡Viva Pancho Villa y Emiliano Zapata, Cabrones!
México insurgente, de John Reed Capitán Swing / Nórdica Libros
Nota: Si les gustó México insurgente y quieren leer más obras de John Reed, les recomiendo La guerra en Europa Oriental (Editorial Txalaparta, 2005), donde nos narra su estancia en el frente oriental en 1914, durante la Primera Guerra Mundial, y Diez días que sacudieron el mundo (Capitán Swing / Nórdica Libros, 2017), la crónica de otra revolución, en este caso la rusa.
La guerra en Europa Oriental, de John Reed Editorial Txalaparte
«Si E. H. Carr ha sido el mejor historiador de la revolución bolchevique, John Reed ha sido su mejor periodista»
Manuel Vázquez Montalbán
Diez días que sacudieron el mundo, John Reed Capitán swing/Nórdica Libros