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domingo, 8 de octubre de 2023

EL HOMBRE DEL KALÁSHNIKOV


Todo por decir, de Tomás Alcoverro en mi mesita de noche
Fotografía: Pedro Delgado

La vez que me topé con la portada de este libro, en una librería del centro, se me removió algo por dentro. Yo también tenía una fotografía con un kaláshnikov en las manos, y se me despertaron recuerdos dormidos. La instantánea de la portada se había tomado en Beirut, la capital del Líbano, y la mía en Trípoli, 68 kilómetros más al norte. El kaláshnikov, el arma de las revoluciones, haciendo el papel de la Magdalena de Proust.

Pedro Delgado en Trípoli (Líbano, agosto de 1993)
Fotografía: Archivo personal de Pedro Delgado

 Miro mi fotografía, fechada en agosto de 1993. Yo tenía 27 años y un deseo de aventuras que todavía no me ha abandonado. Pero hoy no voy a hablarles de mí, sino del corresponsal Tomás Alcoverro, el protagonista de Todo por decir (Ediciones Carena, 2022).

Tomás Alcoverro
Fotografía: Archivo personal de Alcoverro

 Tomás Alcoverro Muntané (Barcelona, 1940) es un histórico de los reporteros de guerra. Periodista en activo de La Vanguardia, es el corresponsal occidental que más tiempo lleva viviendo y escribiendo desde Oriente Medio. Cincuenta años, que han dado para unas diez mil crónicas y reportajes.

 Todo por decir no es un ensayo o una biografía al uso, sino una larga entrevista realizada por el también reportero de la sección de internacional del diario La Vanguardia, Plàcid Garcia-Planas (Sabadell, 1962). Durante el otoño de 2022, entre la primera y la segunda ola de la pandemia, Plàcid y Tomás charlaron varias horas por Skype, el primero desde Barcelona, y el segundo desde Beirut. Este libro es fruto de la grabación de esas largas conversaciones.

 ¿La magdalena de Proust, lo que despierta las sensaciones dormidas, era un kaláshnikov?
 Una magdalena y un kaláshnikov pueden provocar el mismo efecto. Lo cierto es que, al ver la foto, me emocioné. Yo debía de tener treinta y seis años, y la guerra del Líbano apenas empezaba sin que nadie lo supiera.
 Sé de qué hablas: nadie lo creía. Nadie imaginaba que toda una generación viviría enganchada al kaláshnikov.
 La guerra comienza y todo el mundo piensa que será algo que va a durar pocos días, una semana. La gente creía que la guerra se contaba por rounds, como los combates de boxeo. A nadie se le ocurrió que aquello duraría quince años.
 El kaláshnikov sirve para matar. Es un arma.
 Era el arma de los pobres. Kaláshnikov quería decir palestinos, quería decir musulmanes, quería decir prosoviéticos, quería decir prosirios, quería decir prorevolucionarios... Hasta los cristianos de Beirut se lo hicieron suyo, y al final el kaláshnikov ya lo quería decir todo. La vida y la muerte y todo lo que hay en medio.
Maia con Kaláshnikov. Obra de Guillermo Muñoz Vera
Óleo sobre lienzo montado sobre tabla. 70 x 100 cm [2008]
 Con aquel kaláshnikov tuviste la guerra en las manos por primera vez. Y en el alma, ¿cuándo la tuviste por primera vez?
 No mucho después, una noche de julio de 1976. Mientras dormía en casa.
 El sueño y la guerra, juntos, son muy raros.
 Dormía profundamente y dos explosiones tremendas me despertaron. Me arrastré por el suelo hasta el vestíbulo. Lejos de los balcones. Empezaron a oírse disparos de fusil tan cerca que creía que disparaban desde el portal del edificio. Agachado, volví al dormitorio y me metí debajo de la cama. Pero el tiroteo se intensificó hacia la parte trasera del edificio, donde estaba el dormitorio, y me arrastré otra vez hasta el vestíbulo. De repente, gritos del portero y ruido del ascensor que subía. Se me hizo eterno. ¿Se detendría en mi rellano?
 La guerra vino hacia ti en ascensor.
 Yo contenía la respiración mientras el ascensor iba subiendo. Piso a piso. ¿Sabes cuando algo se te hace infinito?
 ¿Dónde se detuvo?
 En el ático. Justo encima de mi dormitorio instalaron ametralladoras y empezaron a disparar. Un ruido espantoso.
 ¿Allí descubriste el miedo?
 Sí. En el ruido de un ascensor que sube.
 ¿Qué recuerdas del día siguiente?
 Un amigo que vivía cerca. Cuatro balas habían entrado en el salón de su casa y habían agujereado las cortinas. Venía a despedirse. Huía en coche hacia Siria.
 ¿Cómo te despides en un momento así?
 Me apretó la mano diciendo: «En Beirut hemos cometido muchas imprudencias».
 ¡Quedaban quince años de imprudencias!
 Quedaba todo.

 Desde Beirut, Tomás Alcoverro acabaría contando la guerra a miles de lectores, cubriendo todos los conflictos de Oriente Medio de los últimos cincuenta años. Sin embargo, la primera vez que visitó la ciudad en 1966, en un viaje en un Citroën 2 Caballos con unos amigos, esta le decepcionó. «Encontré Beirut muy occidentalizado. Demasiado artificial. Nos fuimos corriendo hacia Damasco, en Siria, para ver los zocos, los mercados genuinamente árabes. Buscábamos la autenticidad. [...] Beirut es hoy una ciudad mucho menos occidentalizada de lo que era cuando la descubrí».

 Y sin embargo, más de cincuenta años después, resulta que aún vives allí: ¿qué ha pasado mientras tanto?
 La respuesta no es demasiado brillante: la vida. Ha pasado la vida.

 Si quieren ustedes descubrir esa vida que ha pasado entre crónica y crónica, les recomiendo que se adentren en las páginas de Todo por decir, donde Alcoverro nos abre las puertas de su casa.

 ¿Qué es una casa para ti?
 Un refugio. Una trinchera. Sobre todo a medida que me he ido haciendo mayor. En árabe tienen la palabra beituti: hombre de casa. Haya vivido donde haya vivido, la casa siempre ha sido un rincón de concentración y libertad.

Tomás Alcoverro en su casa
Fotografía: Josep M Montaner

***
 Recuerdo que, una vez, hacia finales de los ochenta, viniste unos días a Barcelona y te pregunté si tenías miedo a ser secuestrado. Me comentaste que te habías hecho una foto con el líder de Hezbollah, por si acaso.
 Siempre la llevaba encima porque así, si alguien de Hezbollah me miraba mal, podía enseñarla y decir que era amigo del líder.
***
 En 1989, cuatro años después de ser secuestrado unas horas, un misil impactó en el comedor de la residencia del embajador Arístegui y le mató. Tú tenías que estar en esa comida.
 Aquella noche dormí en la embajada porque había hecho una entrevista al general cristiano Michel Aoun y cruzar de un lado a otro de Beirut era difícil. Al día siguiente, el embajador me pidió que me quedara a comer. Se lo agradecí, pero tenía trabajo. Insistió, pero no me quedé. El misil impactó de lleno en el comedor mientras almorzaban. Lo mató a él, a su suegro, a su cuñada y a su guardaespaldas. Y sí, yo tenía que estar comiendo en esa mesa.

 Afortunadamente, el azar salvó a Tomás Alcoverro en aquella ocasión, y pudo seguir escribiendo sus artículos. En uno de los primeros capítulos del libro, se hace mención a una crónica de la guerra de Iraq que redactó en el 2003, en la segunda Guerra del Golfo, cuando los periodistas esperaban el ataque estadounidense sobre Bagdad. «Todo el mundo sabe que el miedo se contagia, así que intenté separarme un poco del resto del grupo. Procuré aislarme, intenté vivir en mi habitación en la medida de lo posible, haciendo un esfuerzo para que el miedo de los demás no me perjudicara. Y de hecho, diría que a lo largo de mi carrera he hecho siempre todo lo posible por poner distancia con el miedo. Enfriarlo. Antes de que tuviera tiempo de congelarme a mí. Compré algunos grabados, flores, un pequeño kilim o estera, y un canario que me acompañó durante toda la guerra en esta habitación que convertí en mi casa. Escribí una crónica sobre el canario que algunos lectores recordaron más que cualquier otro texto sobre la guerra».

Crónica de Tomás Alcoverro con fotografía de Steven Senne
Diario La Vanguardia (Archivo personal del autor)

 Intrigado, he buscado en la red esa crónica, fechada el 23 de abril de 2003, y la he encontrado en la página personal del autor. Sin revelarles el final, les copio aquí el artículo para que lo lean. También la dirección de la página de Tomás Alcoverro para que curioseen en ella.

Memoria de la batalla de Bagdad o Historia triste del canario

Lo llamé simplemente Canari (canario, en árabe) al comprarlo en el bazar de los pájaros de Bagdad. El canario que había animado mi habitación del hotel junto a los libros y las flores reposaba en su humilde y sucia caja en esa suerte de guantera junto al cambio de marchas del amplio todoterreno que nos conducía a Ammán. Por esa carretera, que durante una década ha sido el cordón umbilical más fuerte de Iraq con el mundo exterior, apenas hay circulación; algún que otro convoy de prensa que va y viene entre las dos capitales árabes, y muy de vez en cuando, una patrulla de vehículos blindados del Ejército estadounidense de ocupación.

A ambos lado aún se ven carros de combate, autobuses y automóviles carbonizados. Hay puentes semiderrumbados y barricadas de piedras que hay que sortear en este largo trayecto de seiscientos kilómetros hasta la frontera jordana. En el poblado de Abu Garib, los saqueadores de Bagdad venden sus sacos de harina, de té indonesio, de azúcar, sus enseres robados, en la orilla de la carretera. Los parasoles y taburetes de piedra, construidos antaño para ofrecer un solaz a los viajeros para comer o vivaquear, han quedado intactos. Los marines siguen al cuidado de la desamparada frontera. Son ellos los que en inglés dan la bienvenida a este antiguo pueblo humillado con un insultante «Welcome to Iraq».

Cuando atravesé esta línea divisoria, dos policías iraquíes, de uniforme, uno de ellos tocado con una gorrita deportiva cuya visera cubría su nuca, quizá en un intento de rebajar su precaria función oficial, fingía leer los pasaportes de los viajeros acercándose con humildad a los vehículos. En este vacío puesto fronterizo ondea la bandera de Iraq y todavía están las grandes imágenes del rais.

¡Menos mal que no me llevé, como quería, la mano de bronce de la estatua derribada de Saddam Hussein de la plaza de Al Fardus, en la escenografía de la decapitación simbólica del régimen ante todas las televisiones del mundo y con el trasfondo de los hoteles Sheraton y Palestina, donde se alojaba la prensa! La mano de bronce de Saddam me hubiese creado una situación mucho más embarazosa que la que sufrí al hacer los desagradables y lentos trámites aduaneros para entrar en el reino hachemita de Jordania y dejar atrás Iraq.

Ante el expolio y los saqueos de Bagdad, las autoridades jordanas decidieron imponer un draconiano y minucioso registro de los equipajes de los transeúntes a fin de tratar de recuperar valiosos objetos de arte, antigüedades y piezas no sólo de museos y palacios, sino de muchas casas particulares. Corrió el rumor de que periodistas árabes y occidentales querían sacarlos de Iraq. Así, los libros en inglés sobre la historia contemporánea iraquí y una pequeña estatuilla con pie de mármol de un aguador, comprados por un puñado de dinares en la calle de Al Mutanabi, donde arman la feria de libros viejos y de segunda mano, me fueron decomisados sin contemplaciones. Pude salvar unas grandes fotografías de la juventud de Saddam Hussein y la matrícula del Volkswagen con el que se perpetró la tentativa de asesinato de 1959 contra el coronel Kassem, que había derrocado al rey Faisal.

Los que formábamos parte del convoy, organizado por mis amigos de France Presse, que ya habíamos sufrido las molestias de los marines que impidieron la entrada de nuestros vehículos en el hotel Palestina, padecimos la inapelable conducta de los aduaneros hachemitas.

Para mi desgracia, el viaje que al día siguiente debía emprender en avión desde Ammán a Beirut fue doloroso. Las autoridades aduaneras no distinguieron al principio en el aeropuerto el tampón estampado de la entrada, ni mi pobre canario tenía el certificado de un veterinario iraquí. Los representantes de la seguridad del aeropuerto además se alarmaron al encontrar casquetes vacíos de proyectiles norteamericanos, machacados y quemados, que me llevaba en la cartera como recuerdo de la batalla de Bagdad. No pude subir al avión. Viajé cuarenta y ocho horas después, una vez esclarecido todo y provisto el pájaro debidamente de su certificado de salud.

El sufrido Canari, que había salvado de la guerra, llegó muerto en su pobre jaula a Beirut, con su ojo derecho manchado de sangre, al ser aplastado por los bultos en la bodega del avión.

Tomás Alcoverro

Artículo publicado en La Vanguardia el 23 de abril de 2003

http://www.tomasalcoverro.com/

 La Guerra de los Seis Días, en 1967; el conflicto armado entre palestinos y jordanos de 1970, denominado Septiembre Negro; el golpe de estado de Háfez al Asad, en Siria; el funeral de Gamal Abdel Nasser, rais de Egipto; la llegada del imán Jomeini a Teherán, en 1979; o la invasión israelí del Líbano, en 1982, son algunos de los conflictos que nos contó Alcoverro, autor también de numerosas entrevistas a personajes de la talla de Josep Tarradellas, Arafat, Bashar al Asad o el rey Husein de Jordania. Junto a todo ello, toman fuerza en el libro algunos objetos, fetiches como el brazo de Sadam Husein, una máscara de la era de los faraones ptolomeicos o la pluma de Tito.

Tomás Alcoverro con guerrilleros palestinos en Trípoli (Líbano)
Fotografía: Archivo personal de Tomás Alcoverro

 Sin duda, este libro nos permite conocer de cerca la intrépida vida de los corresponsales en unos tiempos en los que no había teléfonos móviles y conseguir un télex era indispensable, a la vez que nos da las claves para entender el eterno conflicto de Oriente Medio.

 Cuando entrevisté a Bashar al Asad, presidente de Siria, quise hacerle una pregunta que me hacía temblar las piernas. Tenía miedo de que me echara de su despacho. Le dije: «¿Usted no cree, señor presidente, que después de todo lo que está pasando en Oriente Medio desde hace tantos años, la política, al menos en esta parte del mundo, se puede resumir en o yo te mato a ti o tú me matas a mí?»...
 ¿Te echó del despacho?
 No. Me dijo que sí, que es exactamente así.
***
 ¿Eres optimista respecto a Oriente Medio?
 En los años setenta, en la oficina en Beirut de la agencia United Press International había un cartel en inglés que decía: «Lo peor está por llegar».

Nota: Si os gustó esta reseña, os animo a haceros seguidores del blog y a curiosear en los archivos del mismo, 179 entradas que dan para muchas horas de lectura.

jueves, 14 de septiembre de 2017

UN PULSO EN ORIENTE PRÓXIMO


Recién llegado a Tirana recibí un correo de mi hermano Marcial en el que me adjuntaba un artículo de Jorge Dezcallar sobre el pulso que están manteniendo Qatar y Arabia Saudí en Oriente Próximo. El texto aparecía en Página tres, la sección de opinión que tiene el diplomático en el diario digital El Confidencial. El tema me interesa, y aunque en mi blog de atletismo Calle 1 le he dado algo de caña a Qatar por asuntos deportivos, la postura hipócrita y el matonismo saudí hacen que esta vez me decante por los de Doha. Es por eso que pensé en escribir algo al respecto cuando hiciese algún alto en el camino, pero los días se sucedieron sin tiempo para ello. Ahora, ya de vuelta de mi largo viaje por Albania, les traigo aquí las doctas palabras de Dezcallar,  fundamentales para entender el embrollo que se está montando en el Cercano Oriente.


¿Una crisis artificial?
Por Jorge Dezcallar

 

Han exigido unas condiciones a Qatar de tan imposible cumplimiento que no sabe uno si lo hicieron por arrogancia y para humillarle o porque en realidad no querían solucionar nada


Vista aérea de Qatar. (Reuters)

Lo que parecía un rifi-rafe de patio de vecindad se fue convirtiendo con el paso de los días en una crisis seria que se añade a las muchas que ya hay en el Medio Oriente. Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, irritados con la política independiente de Qatar, han arrastrado en su enfado a Egipto, Bahrein y un par de países más y juntos le han impuesto un bloqueo político, diplomático, comercial y aéreo. Y para levantarlo le han exigido unas condiciones de tan imposible cumplimiento que no sabe uno si lo hicieron por arrogancia y para humillarle o porque en realidad no deseaban solucionar el problema. Como lo segundo no parece razonable, hay que concluir que la primera razón es la buena y eso significa no conocer a los catarías, que pueden ser pocos (200.000) y vivir en un país pequeño pero que tienen tanta dignidad como el que más.
 En mi opinión, los motivos de irritación de Arabia Saudita, de los Emiratos y de Egipto son perfectamente comprensibles desde su punto de vista y tienen que ver, sobre todo, con la libertad informativa de que goza la cadena televisiva al-Jazeera en una región donde eso no se estila, y con las críticas que desde ella reciben. Al parecer es más fácil tratar de matar al mensajero que analizar y subsanar las carencias propias. Pero no es solo eso sino que están enfadados porque intentan formar una coalición sunnita contra Irán para complacer a los EEUU y la política independiente de Qatar se lo complica. Además Qatar acoge a refugiados políticos de sus países y exigen que se los entreguen, así como que se paren las obras de una base militar que los turcos están construyendo cerca de Doha; y como guinda quieren que Qatar deje de apoyar al terrorismo y en especial a los Hermanos Musulmanes, que el presidente egipcio al-Sisi quiere declarar como una organización terrorista sin lograr que los norteamericanos o los europeos atiendan su petición. Y luego había otras exigencias de menos calado. Casi nada.
 La verdad es que la lista de refugiados en Qatar incluye a gentes tan diversas como la familia de Saddam Hussein, un hijo de Bin Laden, líderes talibanes, el anterior líder de Hamas, Khaled Meshal, o el clérigo al-Karadaui, la bestia negra del general al-Sisi de Egipto. A Meshal lo intentó matar el Mossad en Ammán en 1997 y solo la intervención del rey Hussein logró que los israelíes le enviaran el antídoto del veneno que le habían inyectado. Como en las películas. Confieso que no son el tipo de huéspedes que yo desearía encontrarme en el hall de mi hotel y también es cierto que desde Qatar se ha apoyado más o menos abiertamente a Hamas, a los Hermanos Musulmanes y a otros grupos sunnitas radicales en terceros países, a veces con la cobertura de organizaciones piadosas del ámbito privado, y eso no está bien, pero tendría más sentido que fueran otros quiénes se lo reprocharan. Sea como fuere, Doha haría bien en rectificar sobre este punto. Las relaciones con Irán son una cuestión de supervivencia para Qatar pues ambos países sacan el gas de la misma bolsa submarina, situada entre sus costas, y la deben gestionar conjuntamente. De ese gas vive Qatar. Y la base militar turca (un acuerdo de 2014 prevé estacionar en Qatar hasta mil soldados) es una cuestión de soberanía nacional.
 El caso es que el bloqueo ha aislado al emirato y le ha causado graves trastornos sin llegar a hacerle claudicar, y ha tenido la consecuencia de acercarle más a Turquía e Irán, que han acudido en su ayuda llevándole medicinas y comida y facilitando los sobrevuelos de sus aviones. Ahora el vuelo desde Madrid a Doha, pasando sobre Irán, dura veinte minutos menos que antes. O sea que han logrado lo contrario de lo que pretendían, lo que en castellano se llama hacer un pan con unas tortas.
 Inicialmente Donald Trump, que cada día pone de relieve más carencias, salió en apoyo de Riad y de Abu Dhabi y en contra de Qatar, presumiendo de que lo ocurrido era la primera consecuencia de su visita en mayo a Arabia Saudita, donde asistió a una Cumbre Árabe centrada en luchar contra el terrorismo y en aislar a Irán, que es una de sus obsesiones. Y lo hizo sin pararse a pensar que en Qatar tienen los EEUU la base aérea más importante de la región, al-Udeid, donde hay estacionados 10.000 soldados, que resulta esencial para los combates contra el Estado Islámico y que es imposible sustituir en el contexto actual porque ningún otro país de la zona aceptaría hoy una base militar de esas características. Un amigo norteamericano me comentaba, sarcástico, que lo más probable es que Trump no supiera que esa base existía.
 Pero como a nadie interesa que al-Udeid desaparezca y como la primera víctima de la crisis estaba siendo la misma coalición sunnita, comenzaron las gestiones de unos y otros para facilitar una salida diplomática que les permitiera a todos salvar la cara. Y a ello se dedicaron Omán y Kuwait, los europeos y los norteamericanos, sin demasiado éxito hasta que la CIA desveló que las pretendidas declaraciones del emir de Qatar, que estaban en el origen de la crisis y que el propio emir al-Thami siempre había negado, eran resultado de un burdo hackeo hecho desde los Emiratos Árabes Unidos. Una chapuza.  El caso es que un par de días más tarde, sauditas y emiratíes han rebajado sus exigencias y de trece demandas muy concretas han pasado a media docena de peticiones muy genéricas que tanto pueden servir para acabar con el problema permitiendo que todo el mundo salve la cara, como para mantenerlo vivo o en estado latente durante el tiempo que deseen porque lo que ahora demandan es luchar contra el terrorismo y el extremismo, no dar refugio a terroristas, no interferir en los asuntos internos de los estados, no instigar al odio y la violencia y en definitiva cumplir con el Acuerdo de Riad de 2013.
 En esa nebulosa cabe todo según convenga, desde silenciar a al-Yazeera y expulsar a los refugiados o no hacer nada. Y por eso su misma vaguedad facilita también su aceptación por parte de Qatar. De entrada Doha ha firmado con Washington un memorando para combatir el terrorismo, ha reformado su ley anti-terrorista de 2004 y ha prometido elaborar y mantener actualizada una lista de terroristas, y estas medidas han sido bien recibidas por todos y deben ayudar a calmar los ánimos y las suspicacias de unos y otros... a no ser que todo se complique con discusiones sobre qué es un terrorista y a quiénes incluir en la lista, que también puede pasar.
 A mi juicio podemos estar ante una crisis con mucho de artificial, pues para empezar la desencadenó un correo electrónico falso, y aunque la política independiente del pequeño emirato de Qatar es para sus vecinos un irritante constante que ya ha provocado problemas en el pasado, uno se pregunta por las razones para hacer estallar la crisis en este momento y no en otro. Y se me ocurren dos razones: la primera es la reciente visita de Donald Trump a Riad. Los líderes árabes allí reunidos se habían distanciado mucho de los Estados Unidos desde que Obama dejó caer al egipcio Mubarak, y por eso recibieron con alivio a un presidente norteamericano que ya no les pedía democracia o respeto por los derechos humanos y que afirmaba cosas como que "busco aliados, no la perfección". Y así, reforzados por el respaldo de los EEUU, han pensado que era el momento oportuno para ajustar viejas cuentas con Qatar.
 La segunda razón es tan vieja como la misma política y puede tener que ver con el deseo por parte del nuevo príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohamed bin Salman, de crear una distracción en el mismo momento en el que se movía entre bastidores para apartar al que hasta ahora mismo ocupaba ese puesto, su primo Mohamed bin Nayef, y colocarse él mismo en primer lugar de la línea de sucesión al trono. No digo que haya sido así pero parece plausible porque, por lo que se va sabiendo, lo que ha sucedido en Riad ha sido un auténtico golpe de estado palaciego, hecho con alevosía, nocturnidad y el apoyo de su padre, el rey Salman, pues al parecer bin Nayef se resistió a ser cesado y ahora está en prisión domiciliaria en su palacio de Jedda.
 Por eso, una vez que los americanos se han dado cuenta de que necesitan la base de al-Udeid, que dan prioridad a la coalición sunnita contra Irán, y que se ha consolidado el poder del nuevo heredero en Arabia Saudita, la crisis puede haber consumido toda su energía y llega el momento de buscar una salida Y en eso deberían estar unos y otros, dejando que tras la tempestad se imponga el buen sentido. Es lo que procuran las visitas de los ministros de Exteriores de los EEUU, Alemania, Francia y Reino Unido, y del propio presidente turco Recep Tayyip Erdogan. Por eso es de desear que el bloqueo de Qatar desaparezca cuanto antes y eso será una buena noticia para la región, lo que no quiere decir que Doha no deba andarse con cuidado en el futuro porque su misma supervivencia, su independencia política y su pequeño tamaño así lo aconsejan. La prudencia es de rigor en su caso por simples razones de realpolitik.
 Y mientras esta crisis tan extraña se cocía, he leído en algún lado que el flamante nuevo príncipe heredero saudita, de 32 años de edad, se ha comprado un yate de 500 millones de dólares. No sé si es cierto, pero si lo es comprendería que le moleste al-Yazeera.


***

 Jorge Dezcallar, que tuvo la generosidad de escribir el prólogo de Carta desde el Toubkal, publicó en octubre de 2015 su primer libro, Valió la pena (Península), donde cuenta recuerdos de su vida como diplomático y director del Centro Nacional de Inteligencia.


Sinopsis de Valió la pena:

 Jorge Dezcallar de Mazarredo quiso ser diplomático desde que, de pequeño, escuchaba fascinado las historias que le contaba su tío, el embajador Guillermo Nadal. Una vez que sus sueños se hicieron realidad, su carrera le llevó a Polonia, Nueva York, Uruguay –donde vivió un rocambolesco 23-F–, Marruecos –fue embajador ante Hasán II y Mohamed VI–, Roma –ocupaba la embajada del Vaticano cuando murió Juan Pablo II y el cónclave eligió a Benedicto XVI– y Washington, donde de nuevo vivió de cerca la historia con la victoria electoral de Barack Obama.

 La familia real, seis presidentes españoles, ministros de todos los colores, personajes como Gadafi, Carter, Sharon, Chávez o Arafat... A todos conoció y trató Jorge Descalzar. Como director del Centro Nacional de Inteligencia, los servicios secretos españoles, fue además testigo de primera fila de los atentados del 11 de marzo de 2004. Y no tiene empacho en reconocerse "marginado, engañado y manipulado" durante aquellos días, con la aparente intención –desde luego nunca confesada– de que el CNI siguiera defendiendo la posible autoría de ETA ante la opinión pública en vísperas electorales. Una estrategia no de Estado, sino de partido, que Dezcallar critica aquí desde su insobornable independencia.